Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 15

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Los Este reinantes en Ferrara eran una de las más antiguas dinastías italianas, y arrancaban de la invasión longobarda y de un Alberto o Adalberto, que en italiano se llamó Oberto, y cuyo diminutivo fué Obizzo y Azzo. En el siglo X figuró un Marqués Oberto y un su biznieto se tituló Marqués de Longobardia y casó con Cunegunda, hermana del Conde Güelfo III de Suabia. En ella tuvo dos hijos, Güelfo y Folco; vivió más de cien años y a su muerte su hijo Güelfo pasó a Alemania, fué Duque de Baviera y fundó la dinastía de los Güelfos, y Folco heredó los Estados italianos y consolidó la dinastía de los Este.

La ciudad de Ferrara, cuyos orígenes son oscuros, reclamábanla los Papas como formando parte de la donación de Pepino y Carlomagno, comprendida después en la de la Condesa Matilde, que alimentó la disputa entre el Papa y el Emperador, y durante estas guerras adquirió Ferrara su autonomía como República. Disputáronse luego el dominio en la ciudad güelfos y gibelinos, y los Este, por el matrimonio del nieto de Folco, Azzo V, con Marchesella Adelardi, hija del jefe de los güelfos, intervinieron en las luchas intestinas ferraresas. Cansada de ellas, dió la ciudad al vencedor, que lo fué en 1208 Azzo VI, la cualidad hereditaria de Podestá, primer ejemplo de una República italiana que se entrega libremente a un Señor; fundando así los Este su dinastía sobre las ruinas de la República y adueñándose por completo de Ferrara cuando Azzo VII, en 1240, venció al audaz Salinguerra, jefe de los gibelinos, que murió en la cárcel. Durante el destierro de los Papas a Avignon fueron echados de la ciudad por la Santa Sede, que la entregó a Roberto, Rey de Nápoles, el cual envió, para gobernarla, al español D. Diego de la Rata con unos cuantos soldados catalanes. Hiciéronse éstos, por su arrogancia, insoportables a los ferrareses, que se alzaron a las órdenes de Tolomeo Costabili y otros nobles, y acabaron con todos los españoles, llamando a Rinaldo Estense, hijo del Marqués Aldobrandino III, su legítimo Príncipe, y el Papa Juan XXII le dió, en 1317, la investidura como feudatario de la Iglesia mediante un tributo anual de 10.000 florines de oro. Y de esta suerte los Este, con título de Marqueses, fueron Señores de Ferrara, no ilegítimos e intrusos y por mera y momentánea conquista, como los demás tiranos italianos, sino por derecho propio y pertenecientes a una antiquísima, hereditaria y arraigada dinastía.

A Nicolás III sucedió, en 1441, su hijo bastardo Lionelo, habido en la bellísima Stella Tolomei, por ser aún menores los legítimos Hércules y Segismundo. Este Príncipe, que había tenido por preceptor a Guarino de Verona, mereció nombre de inmortal, casó con María de Aragón, hija de Alfonso _el Magnánimo_, de Nápoles, y fué sabio y liberal, protector de las ciencias y las artes y cultivador de las letras, habiéndose ejercitado en dísticos latinos, y con su ejemplo brotaron los poetas latinos, llegando a ser en Ferrara tan numerosos como las ranas que poblaban las marismas. A Lionelo le sucedió su hermano, también bastardo, Borso, que si no sabía el latín, porque «la fortuna, enemiga de todo hombre virtuoso, no había querido añadir a sus demás adornos el de las letras», fué uno de los Príncipes más espléndidos y grandiosos de su tiempo. Federico III, a la vuelta de su coronación, lo nombró en Ferrara Duque de Módena y Reggio y Conde de Rovigo y Comachio, y desde entonces los Este cambiaron el águila blanca de su blasón por el águila negra imperial, a la que unieron las flores de lis que les había concedido Carlos VII de Francia. Y el Papa Pablo II, el 14 de Abril de 1471, nombró a Borso en Roma Duque de Ferrara. Un mes después moría sin sucesión este Príncipe famoso, a quien heredó Hércules, el hijo legítimo de Nicolás III, que recogió la corona de su padre después de haberla ceñido, no sin gloria, sus dos hermanos bastardos, y de habérsela disputado con las armas el hijo de Lionelo, Nicolás. De su matrimonio con Leonor de Aragón, hija del Rey Ferrante de Nápoles, tuvo Hércules seis hijos: las dos famosísimas Princesas, Isabel, Marquesa de Mantua, y Beatriz, Duquesa de Bari y de Milán; Alfonso, que casó con Ana Sforza y en segundas nupcias con Lucrecia Borja; Fernando, el Cardenal Hipólito y Segismundo. Y por no ser menos que su padre, reconoció a dos hijos naturales, Julio y Lucrecia, mujer ésta de Aníbal Bentivoglio.

La ciudad de Ferrara había sido, a fines del siglo XV, engrandecida y hermoseada por el Duque Hércules, siguiendo los consejos del arquitecto ferrarés Biagio Rossetti. Triplicó el circuito de la antigua Ferrara, añadiéndole una ciudad nueva, que se llamó la _Adición Hercúlea_, dos veces más vasta, de barrios elegantes, con anchas y rectas calles, amplias plazas y suntuosos edificios, rodeada de parques, huertos y jardines, siendo en pleno Renacimiento la primera ciudad moderna de Europa. Aparecía grandiosa e imponente con sus poderosas murallas, que tenían siete millas de circunferencia y once gigantescos baluartes. Bañada al Mediodía por el Po, con un puerto al que acudían centenares de naves, y cercada por los otros tres lados de anchos y hondos fosos, no había ejército que se atreviera a aproximarse a sus murallas, armadas con la más pudiente artillería entonces conocida; y considerábasela en aquellos tiempos como plaza fuerte inexpugnable, que el Mariscal de Fleurange llamaba _la mejor de toda la Cristiandad_. Entrábase en Ferrara por doce puertas, y la ciudad, notable por su regularidad y su extensión, éralo también por sus monumentos arquitectónicos, entre los que sobresalía la Catedral, obra maestra del arte románico-lombardo. Frente a ella el Palacio Ducal, la _Corte Vecchia_, con su almenada fachada, sus diez salas alrededor del patio, al que daba ingreso el arco triunfal con dos columnas laterales que sostenían las dos estatuas en bronce de Nicolás III, el fundador de la potencia estense, y de Borso, el primer Duque de la dinastía[107]; sus salas todas de artesonados y dorados techos, llamando la atención la de los Gigantes, en que los hermanos Dossi pintaron al claroscuro las hazañas de Hércules, y las adornadas con los paños de la tapicería de Flandes, llamada _la Pastorella_, que había pertenecido a los Reyes de Aragón[108]. Al otro lado de la Catedral estaba el gótico Palacio del Podestá, que se llamó de la Razón, en el que se representaron las comedias para festejar las bodas de Lucrecia. Pero el más imponente de todos los edificios construídos por los Este era el elegante y austero Castillo, con sus cuatro macizas torres, su foso, su puente levadizo y sus doce aposentos decorados por Garofalo y los Dossi. Obra de Rossetti fué el precioso Palacio de los Diamantes, construído para Segismundo de Este, el hijo de Hércules, y habitado luego por el Cardenal Luis de Este, nieto de Lucrecia.

[107] Fueron vandálicamente destruídas por los jacobinos en 1796.

[108] Estos preciosos paños, tejidos de oro, plata y seda por artistas flamencos y llevados por la Reina Juana a Nápoles, habían sido de allí traídos a Ferrara por la Duquesa D.ª Leonor.

En torno de los Este, la familia más ilustre de Italia después de los Saboyas, juntóse en Ferrara una escogida aristocracia, sostén y ornamento de la dinastía ducal, a la que daba ministros, diplomáticos y soldados, y en la vía degli Angeli (hoy Corso Vittorio Emanuele) y en las otras calles de la Adición Hercúlea, surgieron los cuarenta hermosísimos palacios del patriciado ferrarés. Algunas familias nobles eran originarias de la ciudad, como los Costabili, Giglioli y Turchi; otras habían sido ennoblecidas y enriquecidas por los Este, en premio de señalados servicios, como los Sacrati, oriundos de Parma; los Ariostos, de Bolonia; los Bevilacqua y Guarini, de Verona; los Tassoni y Montecuccoli, de Módena; los Calcagnini, de Rovigo; otras, atraídas por la liberalidad y cortesía de los Este, habían trasladado sus penates a Ferrara, como los Bentivoglio, descendientes de Juan II, el desposeído Señor de Bolonia; los Strozzi, venidos de Florencia en el siglo XV; los Píos, Señores antes de Carpi y feudatarios después de Sassuolo; los Manfredi, de Faenza, y los Varano, de Camerino. Todos aquellos nobles para quienes la Corte era su único pensamiento, contribuían al esplendor de que gozaba fama Ferrara, formando una sola familia con el Duque, su Señor, al que obsequiaban en aquellos palacios dignos de Príncipes y en los que como Príncipes vivían. Hiciéronse entonces comunes en la nobleza ferraresa los nombres de Hércules y Alfonso y también el de Lucrecia.

En los principios del siglo XVI tenía todavía la Corte de Ferrara un carácter feudal y militar. Los Este nacían soldados, dispuestos a batirse por quien mejor pagaba o más probables ventajas ofrecía; pero con el tiempo, sin perder la calidad de condotieros, propia de los grandes tiranos italianos, se fueron refinando a medida que se engrandecían y enriquecían, aficionándose al fausto y al lujo y rindiéndose al ya entonces avasallador dominio de las letras y las artes y al no menos poderoso de la mujer, que no era la Beatriz exaltada por Dante, deidad inaccesible y radiante en un paraíso de luz, ni la Dama translúcida cantada por los trovadores y soñada por los andantes caballeros, como tampoco la sierva sumisa ocupada sólo en las faenas domésticas y cuya vida se resumía en el epitafio de la matrona romana _lanam fecit, domum servavit_. Era la mujer que surgía como Venus de la espuma del mar y encarnaba en la grácil desnudez de la Bella Simonetta fijada en el lienzo por el pincel de Botticelli; la que siguiendo el consejo de San Bernardino, no se avergonzaba de ser mujer, y por boca de Isota Nogarola, sólo comparable a las Sibilas, a las Musas y a Safo, discutía en casa de Ludovico Foscarini sobre la parte que respectivamente cupo a Adán y a Eva en el pecado original; la que se vestía con los más costosos terciopelos y sedas, brocados y damascos, y se adornaba con las más preciosas joyas, como Blanca María e Hipólita Sforza, Beatriz e Isabel de Este y Lucrecia Borja, pudiendo decir Leonardo Bruni, al día siguiente de su boda, que había consumado el matrimonio y consumido el patrimonio.

En Ferrara más que en otras partes intervenían las mujeres en los juegos, torneos, cacerías, bailes y espectáculos, y daban a la vida mundana el encanto de la belleza, la gracia y la elegancia femenina. Eran el rayo de sol que iluminaba y alegraba el sombrío palacio. El viejo Nicolás tenía para su placer ochocientas doncellas[109], y Rinaldo, Abate Comendador de Pomposa, no se contentaba con menos de mil. En 1478 el Duque Hércules, para celebrar sus bodas con Leonor de Aragón, dió un baile a ciento setenta jóvenes casaderas. Estas bodas influyeron no poco en el refinamiento de la Corte de Ferrara. Había pasado Hércules su mocedad en la de Nápoles, y de ella trajo Leonor la afición de los aragoneses a las letras y las artes, tan generosamente protegidas por Alfonso _el Magnánimo_. Amistóse Leonor en Ferrara con su cuñada Blanca de Este, que por la temprana muerte de su prometido el primogénito del Duque Federico de Urbino, casó con Galeotto de la Mirandola, de la Casa de Carpi, y cuya prosa griega y latina causó la admiración de sus contemporáneos. Cuidó asimismo la Duquesa de la esmerada educación de sus dos hijas, Isabel y Beatriz, y también de la de Lucrecia, la hija natural de Hércules, a la que conocía por retrato antes de la boda, pues Hércules se hizo retratar con ella por Cosme Tura y se lo envió a la novia de regalo. Vino entonces a Ferrara el maestro de baile Lorenzo Lavagnolo, a quien la Marquesa de Mantua, Bárbara de Brandemburgo, tenía por muy superior a todos los de su oficio y de su tiempo. Después de haber enseñado a bailar a Isabel y Magdalena Gonzaga, las hermanas del Marqués Francisco, pasó a Milán para dar lecciones a las hijas de la Duquesa Bona y luego a Ferrara, donde tuvo por discípulas a las tres hijas de Hércules. De Milán y Florencia trajo la Duquesa hábiles tejedores para establecer una fábrica de tapices en Ferrara, e hizo venir de Valencia eximios bordadores, entre ellos el maestro Jorba, que lo fué luego de Lucrecia Borja. Y así como la pasión de Hércules eran las piedras preciosas y los camafeos, la de su mujer eran los objetos de oro y plata, dirigiéndose preferentemente, para la satisfacción de sus caprichos, a Francisco Francia, el gran orífice y pintor de Bolonia. Una de las más admiradas obras de este artista fué un collar formado de corazones de oro, que le envió en 1488, destinado probablemente a Isabel Gonzaga como regalo de boda. Tanto por su valor como por su exquisito gusto, gozaban fama las alhajas de Leonor de Aragón, y no sólo sirvieron para adorno de la Duquesa de Ferrara, sino para sacar más de una vez de apuros al Duque, proporcionándole el nervio de la guerra.

[109] Además de los hijos legítimos, tuvo veintidós naturales conocidos, y su descendencia, no sólo llenaba Ferrara, sino que se había esparcido por las Cortes de la Romaña, diciéndose en Ferrara:

_Di qua e di là del Po Tutti figli di Niccolò._

El frecuente trato, público e íntimo, con las claras, si no siempre virtuosas mujeres que gozaban en la Corte de Ferrara merecida fama de bellas y de cultas, suavizó la natural rudeza de aquellos vigorosos soldados malolientes a sudor y a cuadra, quienes para hacerse gratos a las damas, que no se contentaban sólo con el ingénito vigor, se esforzaron en parecer corteses, bien hablados y hasta instruídos, atiborrando la mollera con la lectura de los libros de caballería que venían de Francia y de Bretaña. De ahí que esta caballería puramente literaria se convirtiera en Ferrara en viviente realidad. Creóse la orden de la Espuela dorada; hubo juegos de amor y cuestiones de honor y justas y torneos, y en uno de ellos, en 1494, obtuvo la victoria, como defensor del dios Amor, el Conde Nicolás de Correggio[110], de quien decía Isabel de Este que era «el más cumplido y en rimas y cortesías erudito caballero y barón que en estos tiempos se encontrase en Italia». Las damas llevaban bordado en la manga algún lema tomado de aquellas novelas caballerescas[111], los Príncipes aspiraban a imaginarios entronques con los doce Pares de Francia, y se hicieron corrientes en Italia los nombres franceses o bretones de Rinaldo y Ginebra, Tristán e Isotta.

[110] Era primo hermano de Isabel, por su madre Beatriz de Este, hija natural de Nicolás III, que casó primero con Borso de Correggio y después con Tristán Sforza, hijo natural del Duque Francisco. A la muerte de su madre regresó a Ferrara y su amistad con Lucrecia Borja enfrió la que le tenía Isabel.

[111] El Cardenal Hipólito tomó un lema español: _No sufro más de lo que puedo_.

Con Leonor de Aragón empezó a difundirse en la Corte de Ferrara la afición a la lengua y literatura españolas, y se acrecentó en tiempo de Lucrecia Borja, no siendo únicamente los libros de caballería franceses los leídos por la gente culta, sino también los españoles, de cuyo influjo encontramos evidentes muestras en el _Orlando Furioso_[112]. Recuerdos hay en él del _Amadís_, de la _Historia de Grisell y Mirabella_, de Juan de Flores, y sobre todo del _Tirante el Blanco_, de J. Martorell, del que poseía Isabel de Este un ejemplar en valenciano, impreso en 1490, habiéndolo vertido al italiano Lelio Manfredi, que hizo luego, por complacer a la Marquesa de Mantua, a quien la dedicó, una traducción de la _Cárcel de Amor_, de Diego de San Pedro, que publicó en 1514.

[112] Alonso de Ulloa publicó en Venecia, en 1553, la traducción del _Orlando Furioso_, de Jerónimo de Urrea, con los comentarios de Ludovico Dolce.

El propio Manfredi tradujo en 1521 el libro de Flores con el título de _Historia di Aurelio e Isabella, nella quale si disputa che più dia occasione di peccare o l’huomo alla donna o la donna all’huomo_. _La Celestina_ se reimprimió muchas veces en Italia, no sólo en su original castellano, sino en la traducción italiana que, a instancias de una dama, Madonna Gentile Feltria di Campofregio, hizo en 1515 un español, Alfonso Hordeñez, familiar del Papa Julio II. Alfonso, el marido de Lucrecia, adquirió en Roma un ejemplar de _Las Trezientas_, de Juan de Mena, y habiendo encargado un _Tristán_, sólo lo encontró en castellano.

No menor influjo que los importados y traducidos libros de caballería ejercieron en las costumbres de Ferrara los poetas, buenos o mediocres, latinos o italianos, eruditos o populares, señoriles o plebeyos, ricos o pobres, que húbolos de todas clases y en gran número y se consideraron indispensables en todas las fiestas, en las bodas, los banquetes, las procesiones, los torneos y en todos los espectáculos de gala, reputándose su oficio tan necesario en una República bien ordenada como el de los pintores, músicos, farsantes y bufones, y otros que nuestro Cervantes menciona, menos honrosos, pero no menos necesarios para el comercio de ambos sexos. Claro es que verdaderos poetas como Tebaldeo, los dos Strozzi, el Conde de Correggio, fueron pocos, y que todos aquellos madrigales, sonetos y canciones que se acompañaban con el laúd o la viola de amor, y cuyo objeto era ensalzar los múltiples encantos más o menos visibles de las damas, para entretenerlas y divertirlas arrancándoles una sonrisa o un aplauso, eran de una calidad inferior, si no despreciable, bajo el punto de vista literario. Pero Ferrara puede gloriarse de haber visto nacer en el siglo XV dos poetas que cantaron a Orlando, el uno enamorado y el otro furioso, y que, si no de igual grandeza, tienen señalado puesto en el Parnaso italiano. El uno, Mateo-María Boiardo, Conde de Scandiano, sobrino del delicado poeta latino Tito Vespasiano Strozzi, se enamoró de Antonia Caprara, y aquel verdadero amor, correspondido primero y luego desdeñado por la dama, hízolo poeta y a él se debe su obra maestra _Orlando innamorato_. Murió el 20 de Diciembre de 1494, dejando inacabado su poema, al que dió gloriosa cima Ludovico Ariosto con su _Orlando Furioso_, que dedicó al Cardenal Hipólito de Este. Y cuentan que al Cardenal sólo se le ocurrió decirle: _Messer Lodovico, dove avete pigliato tante coglionerie?_

Cuando llegó Lucrecia a Ferrara había ya muerto Boiardo, pero no le faltó el incienso de todos los poetas ferrareses, y el más grande de todos, por cuya mano la Casa de Este ha pasado inmortalizada a la posteridad y vivirá mientras viva el idioma italiano, la glorificó en una octava, la 85 del canto XLII del _Orlando Furioso_. En ella coloca la imagen de Lucrecia en el templo de honor de las mujeres, sostenida por dos caballeros testigos de su honra, los dos célebres poetas Antonio Tebaldeo y Hércules Strozzi, un Lino y un Orfeo con una inscripción que dice que su patria, Roma, debe, por su belleza y su honestidad, ponerla por encima de la Lucrecia antigua[113]. En otras bellísimas estrofas del poema (canto XII, 69-70 y 71) la ensalza por boca de Melissa, y la cantó, por fin, en una elegía después de haber celebrado en un epitalamio catuliano su boda con Alfonso.

[113] La prima inscrizion che agli occhi occorre Con lungo onor Lucrezia Borgia noma, La cui bellezza ed onestà preporre Deve all’antica la sua patria Roma. I duo, che voluto han sopra sè torre Tanto eccellente ed onorata soma, Noma lo scritto Antonio Tebaldeo Ercole Strozza; un Lino ed un Orfeo.

He aquí la traducción que de esta octava hizo Jerónimo de Urrea:

Lo que primero a caso allí ha mirado Con largo honor, Lucrecia Borja ha sido; Cuya honesta beldad bien ha ilustrado A Roma, y más que nunca ha engrandecido. Y los dos que con honra se han tomado Carga tan principal, allí ha leído En el mármol: Antonio Tebaldeo Y Hercul Estroza, un Lino y un Orpheo.

También floreció entonces en Ferrara el teatro a que era el Duque Hércules aficionadísimo, y queda ya dicho, al hablar de la boda de Lucrecia, que se representaron cinco comedias traducidas de Plauto y que el Duque se ufanaba de ser el fundador del teatro del Renacimiento en Italia, habiendo hecho traducir al italiano las comedias de Plauto y de Terencio. El Conde de Correggio, inspirándose en Ovidio, escribe la tragicomedia de _Céfalo y Pocris_, «que enseña a las mujeres a no tener celos del marido». El Pistoia dedica a Isabel de Este su tragedia en tercetos _Ponfila_, tomada de una novela de Bocaccio, y Pandolfo Collenuccio encuentra en la Biblia asunto para su _Comedia de Jacob y José_, cuya representación dura dos días[114].

[114] Philippe Monnier—Le Quattrocento—_Essai sur l’Histoire littéraire du XVeme siècle italien._ París, 1901.

No echó Lucrecia de menos en Ferrara como en Pesaro el lujo de Roma. Alcanzó en Ferrara extraordinarias proporciones y se manifestó de todas maneras: lujo de trajes y joyas, de animales, de armas, de palacios, de jardines, de muebles. Cubríanse las paredes de las habitaciones con tapices de Flandes y las camas con colchas de tisú de oro; iluminaba los naipes Mantegna; encuadernábanse los manuscritos en raso cuajado de perlas; abundaban el oro y la plata, el marfil, el brocado, las plumas y las flores; llevábanse en todas partes piedras preciosas: al cuello, en el sombrero, en el rosario, en los zapatos, en la brida de los caballos, en la trailla de los perros y hasta en el mango de la escoba que servía para barrer las migajas del banquete.

Pero ni el trato ameno y suave con las damas, ya compañeras y no siervas, ni el blando y bienhechor influjo de las letras, ni el lujo y los placeres de la vida, lograron domar por completo la rudeza medioeval de aquella gente batalladora, en quienes los terciopelos y las joyas encubrían pasiones violentísimas y crueldades feroces. Así vemos aquella tragedia de la familia ducal, en que por un fútil motivo el Cardenal Hipólito mandó sacar los ojos a su hermano Julio, la conjura de éste para asesinar por venganza al Duque, y el castigo impuesto por Alfonso a sus dos hermanos, a uno de los cuales, Ferrante, en un arrebato de ira, dejó tuerto para igualarle a Julio, sin que jamás de ellos se apiadara. En el Castillo Viejo señalado a Lucrecia por morada, cuidaron de enseñarle el día de su solemne entrada en Ferrara el patio sobre cuyas losas rodaron, por orden de Nicolás III, la cabeza de su hijo Hugo y la de la madrastra de éste, Parisina Malatesta, para que el recuerdo sirviera de advertencia a la joven desposada respecto a la suerte reservada en Ferrara a la mujer infiel a su marido.

¿Llegó a serlo Lucrecia de obra con alguno de sus adoradores o no pasó su infidelidad de mero pecaminoso pensamiento y devaneo? Era natural que quien en Roma, como hija del Papa, había, por lo menos, saboreado las delicias del amoroso requiebro y de la lisonja cortesana, no quisiera verse privada de ellas en Ferrara y no se diera por satisfecha con la tranquila compañía nocturna de un marido que andaba de día despilfarrando su erótico caudal con daifas y bagasas. ¿Mas fueron o no platónicas las conocidas relaciones de Lucrecia con Pedro Bembo y con Francisco Gonzaga?