Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 14

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No se fiaba César de sus condotieros, a pesar de las paces, y habiéndose retirado las lanzas francesas que tanto le habían servido para amedrentarlos, reclutó unos dos mil quinientos hombres entre suizos y gascones, y con ellos tomó el camino de Sinigaglia, ciudad que pertenecía al Prefecto de Roma, Francisco María de la Rovère, niño de once años, en cuyo nombre gobernaba su madre, Juana, la hermana de Guidobaldo de Urbino, aconsejada por el tutor Andrés Doria. Viéndose éste amenazado por los ejércitos de los Orsini y de César, puso en salvo a la madre y al hijo, refugiándose en Florencia. Entraron en Sinigaglia Vitellozzo y los Orsini, y luego que lo supo el Duque les ordenó pusieran su gente fuera de las murallas, y él, con su ejército, llegó allí en la mañana del 31 de Diciembre. Salió primero a su encuentro Vitellozzo, y siguiéronle el Duque de Gravina, Francisco Orsini, candidato _in petto_ de Alejandro VI a la mano de Lucrecia, Pablo Orsini, el suegro de Jerónimo Borja, y Oliverotto de Fermo, acompañándole los cuatro por las calles de la ciudad hasta la casa que se alojó, y entrados en ella, a una señal del Duque fueron presos y aquella misma noche murieron estrangulados por Micheletto, Vitellozzo y Oliverotto. Pocos días después perecieron también a sus manos los dos Orsini, Pablo y Francisco, cuando tuvo César noticia de que había sido preso en Roma el Cardenal Orsini, que murió en el castillo de Sant’Angelo, según pública voz, envenenado.

Este, que Pablo Jovio en su _Vida de César Borja_ llamó _bellísimo engaño_ de Sinigaglia, le valió los elogios de Maquiavelo y los plácemes de Estes y Gonzagas. La Marquesa Isabel le escribió una carta afectuosísima, a la que acompañaba un regalo de cien antifaces, sabiendo la afición que tenía el Duque a enmascararse. El Papa aguardaba con tanta impaciencia noticia de los progresos de César, que cuando le llegó la de su detención por algún tiempo en Cesena, andaba gritando fuera de sí: «¿Qué diablos hace allí?; le hemos escrito que se dé prisa», y en alta voz repitió tres veces, de suerte que todos le oyeron, _hideputa bastardo_, con otras palabras y blasfemias españolas[98]. El día de Año Nuevo, acabada la misa, llamó a los Embajadores y les comunicó la fausta nueva, añadiendo que el Duque, de cuya virtud y magnanimidad hizo el elogio, jamás perdonaba a quien le ofendía ni dejaba a otros la venganza.

[98] Despacho del Embajador veneciano Giustinian, de 23 de Diciembre de 1502.

Los audaces a quienes la fortuna, con razón o sin ella, otorga desmedidamente sus favores, padecen tarde o temprano sus desaires, y cuanto mayor es la altura a que subieron más grande y dolorosa es la caída. Así sucedió al soberbio y temido César Borja cuando creía próxima la soñada meta. Todo lo había previsto y calculado menos el encontrarse, a la muerte de Alejandro VI, postrado por la misma enfermedad e imposibilitado de hacer cosa alguna de las que tenía pensadas para cuando llegara el inevitable trance. Se dijo que habían sido envenenados el padre y el hijo en una cena con que les obsequió en su viña el Cardenal Adrián de Corneto, y que el veneno era el de los propios Borjas destinado al Cardenal, y que por error bebieron el Papa y César. Gregorovius no se atreve a negarlo ni a afirmarlo, y da el hecho todavía por incierto; pero el _Diario_ de Burchard y los despachos del Embajador veneciano Giustinian, que diariamente participaba a la Señoría el curso de la enfermedad, prueban que Alejandro VI murió de la malaria o fiebre romana, siempre peligrosa en el mes de Agosto, y que en aquel año de 1503 se había presentado con mayor fuerza y causaba mayores estragos. La edad del Papa, que contaba entonces setenta y tres años, agravaba el mal, y aunque se le sangró copiosamente por temor a la congestión cerebral, de ella murió, al atardecer del día 18, después de haber confesado y comulgado. Durante su enfermedad no pidió noticias de Lucrecia ni de César, que estuvo en peligro de muerte, y de él escapó gracias a sus pocos años y robusta naturaleza. Cuando se supo el fallecimiento del Papa, entró en sus habitaciones Miguel Corella con unos cuantos hombres armados, y amenazando con un puñal al cuello al Cardenal Casanova, le obligó a entregar las llaves y el dinero del Papa, y así se apoderó, por orden y en nombre de César, de 100.000 ducados en moneda contante y de la plata labrada y alhajas, cuyo valor se estimaba en 300.000; pero olvidó que en una cámara contigua a la mortuoria estaban las tiaras preciosas, los anillos y los vasos sagrados, los cuales cayeron con cuanto encontraron a mano en las de la servidumbre pontificia. Terminado el saqueo, abriéronse las puertas, y se anunció públicamente la muerte del Pontífice.

De ella daba cuenta a su mujer el Marqués de Mantua, haciéndose eco de las voces que corrieron en Roma, y le decía que cuando Alejandro VI cayó enfermo, las personas que le rodeaban oyéronle decir: «Iré, iré; pero espera todavía un poco», y los que estaban en el secreto daban la explicación de que en el Cónclave, a la muerte de Inocencio, pactó con el diablo, comprando con su alma el Papado, que debía durar doce años. Había quien afirmaba que en el momento de expirar había siete diablos en la cámara, y en cuanto murió empezó el cuerpo a hervir y la boca a echar espuma, y así continuó hasta que le enterraron, hinchándose además de tal manera que no parecía cuerpo humano[99]. _El Cartujano_ (Juan de Padilla) en su poema _Los doce triunfos de los doce apóstoles_, imitación de _La Divina Comedia_, coloca a Alejandro VI en el Infierno.

[99] Fué enterrado Alejandro VI en San Pedro, en la capilla que bajo la advocación de los Apóstoles Santiago y San Andrés, edificó su tío Calixto III. En 1610 obtuvo el Cardenal Juan Bautista Vives, del Papa Paulo V, un Breve para la traslación de los restos de los dos Papas Borjas a la Iglesia española de Santiago, en la Plaza Navona, donde pensaba erigirles un suntuoso monumento; pero habiendo reñido el Cardenal con los Administradores de la Obra Pía Española, dejó todos sus bienes a la _Propaganda Fide_, y nadie volvió a pensar en tal monumento ni a acordarse de aquellos Papas españoles, cuyos restos, encerrados en una caja de plomo, se arrumbaron en un armario de la sacristía, y de allí pasaron a la iglesia de Santa María de Monserrat cuando se vendió la de Santiago, con el pretexto de que estaba ruinosa. Al actual Rector de Monserrat, Monseñor Perea, débese el que los restos de los dos últimos Papas españoles, Calixto III y Alejandro VI, se hallen colocados en un modesto monumento de mármol en la primera capilla lateral de la derecha. Es lástima que no pueda reconstituirse en la iglesia de Monserrat el sepulcro de Calixto III, cuyos mármoles existen, según se dice, en la cripta de San Pedro.

La noticia de la muerte se la comunicó a Lucrecia el Cardenal Hipólito. Fué para ella un duro golpe, no sólo por la entrañable devoción que la había siempre unido a su padre, sino por el desamparo en que su falta la dejaba en la Corte de Ferrara, donde no se había todavía adueñado ni del afecto de su marido ni del de su suegro. En la carta que éste escribió a Giangiorgio Seregni, en Milán, le manifestaba «que la muerte del Papa no le había disgustado, y que por el honor de Dios Nuestro Señor y por el bien universal de la cristiandad había deseado que la Divina Bondad y Providencia quisiese dar a la Iglesia un pastor bueno y ejemplar, que acabase con tanto escándalo. Por nuestra parte te diremos que, a pesar del parentesco de afinidad, es el Papa de quien menos favores hemos recibido, habiéndonos dado únicamente aquello a que estaba obligado. Fuera de esto, no nos complació en cosa alguna, ni grande, ni mediana, ni pequeña, y creemos sea por culpa del Duque de Romaña, que no habiendo podido hacer de nosotros lo que hubiera querido, nos trató como extraños. E inclinándose ellos, por último, a los españoles, y viéndonos tan buenos franceses, nada teníamos que esperar ni del Papa ni de Su Señoría».

Como modelo de cartas de pésame merece citarse la que publica Gregorovius del veneciano Bembo, rendido entonces a los encantos de Lucrecia, el cual, hablando de Alejandro VI, le llama _vuestro gran padre, que mayor no hubiera podido dároslo la misma fortuna_. Mas no eran de esta opinión los ferrareses, que compartían la del Duque, si bien no la vocearon por respeto a la adolorada Lucrecia. No sucedió así en Mantua, donde fué grande y público el júbilo, porque la caída de los Borjas significaba la restauración de los Duques de Urbino, del Señor de Pesaro, de los Varano de Camerino, de los Gaetani de Sermoneta.

¿Cuál fué la suerte del hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, Duque de Bisceglia y de Sermoneta y del infante romano Juan de Borja, Duque de Camerino, que habían quedado en el Vaticano al cuidado del Papa, que les profesaba especialísimo cariño? A la muerte de Alejandro VI envió César a su madre, a su cuñada Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, como asimismo a los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellos a Nepi, hasta que, obtenido el permiso del Papa Pío III, regresó a Roma, y no considerándose seguro en el palacio de su hermano Jofre, se trasladó al castillo de Sant’Angelo. Tomó Sancha el camino de Nápoles con Próspero Colonna para recuperar sus bienes en aquel Reino, y quedaron probablemente en Roma los dos desposeídos Duquesitos, yendo luego a Nápoles cuando allí se refugiaron los Cardenales españoles Borja y Remolinos. El de Cosenza, Francisco Borja, escribió a Lucrecia proponiéndola enviar a Rodrigo a España y vender sus bienes muebles para subvenir con su importe y el de las rentas del mayorazgo de Bisceglia[100] al mantenimiento del Duque durante su menor edad, pudiendo él luego decidir, cuando fuera mayor y según las circunstancias, si le convenía volver a Italia o seguir viviendo en España. Mandó Lucrecia la carta a su suegro el Duque, quien le contestó, el 4 de Octubre del año 1503, que le parecía acertadísimo el consejo de Su Eminencia, a cuyo cordial afecto debía Rodrigo haber escapado con vida. No debió, sin embargo, seguirlo Lucrecia en cuanto al envío del niño a España, habiéndose de él encargado su tía la Duquesa de Milán, Isabel de Aragón, la viuda de Juan Galeazzo Sforza, que vivía con su corte en Bari desde 1499, en que le había cedido aquel Ducado Ludovico _el Moro_. En Loreto dábanse cita Isabel y Lucrecia, y pasaba ésta allí algunos días con su hijo, el cual murió, aún no cumplidos los trece años, en los primeros días de Septiembre de 1512.

[100] Alejandro VI obtuvo de los Reyes Católicos, el 20 de Mayo de 1502, un diploma por el cual aseguraban a los Borjas todos sus bienes en el Reino de Nápoles, con especial mención de César y sus sucesores, Jofre, Juan el hijo del asesinado Duque de Gandía, Lucrecia, como Duquesa de Bisceglia y su hijo y heredero Rodrigo.

Más larga vida tuvo, si no mayor ventura, su compañero de infancia y de infortunio, el misterioso _infante romano_, a quien Lucrecia tuvo consigo hasta su muerte, figurando en los documentos estenses como su hermano, e hijo, por ende, de Alejandro VI y no de César. Dióle como preceptor a Bartolomeo Grotto, y mostróse siempre con él maternalmente afectuosa y generosa. En 1518 acompañó en su viaje a Francia al Duque D. Alfonso, que lo presentó al Rey Francisco I. Nada se volvió a saber de él hasta el año de 1530, en que le encontramos en Roma alegando sus derechos al Ducado de Camerino, que no le fueron reconocidos por el tribunal de la Rota, y el 7 de Junio de 1532 le prohibió Clemente VII que molestara con sus pretensiones a Julia Varano, la hija del último de los Varano, Juan María, a quien Julio II reconoció como vasallo de la Iglesia y León X lo hizo Duque de Camerino y lo casó con su sobrina la bella Catalina Cibo. Es la última vez que el nombre de este Borja aparece en la Historia[101].

[101] En el testamento otorgado el 28 de Febrero de 1538 por D. Juan de Borja y Enríquez, tercer Duque de Gandía, publicado en los _Monumenta Historica Societatis Jesu_, se habla de varios censos, entre otros, uno sobre el castillo de Turis, a favor del _egregio D. Juan de Borja onele nostre_.

El ánimo de Lucrecia, afligido por la muerte del padre, vióse también atormentado por la suerte de su hermano César, prisionero en España, cuya liberación procuró interesando a cuantos creyó pudieran ayudarla. Acudió primero a Francisco Gonzaga, el amigo en quien había depositado todo su cariño y su confianza, rogándole intercediera cerca del Papa para que permitiera al Cardenal Pedro Isnalles ir a España con el fin de solicitar del Rey Católico la libertad del Valentino. El Cardenal de Salerno, Remolino, tuvo carta, fecha el 3 de Octubre, de Requesens, el mayordomo del Duque, enviado a España con cartas de varios Cardenales para el Rey D. Fernando, «el cual le había dicho que no había ordenado la prisión del Duque; que si estaba encerrado en un castillo era por muchas cosas que le imputaba Gonzalo, y que en cuanto se probase que eran falsas lo pondría en libertad, como pedían los Cardenales; que había, ante todo, que aguardar a que sanase la Reina». Igual respuesta dió a los Embajadores del Rey y de la Reina de Navarra. Y el 3 de Febrero de 1505 escribía Capilupi desde Ferrara a Isabel de Este, que el Duque Valentino había sido puesto en libertad y se hallaba en la Corte de España con un empleo de 10.000 ducados y esperanzas de ser destinado a la empresa de Italia.

Mas la noticia no era cierta, y el cautiverio del Valentino prolongóse hasta el 25 de Octubre de 1506, en que logró huir del castillo de Medina, y después de haber permanecido un mes en tierras del Conde de Benavente, por tratos con algunos Señores castellanos que querían enviarle a Flandes como Embajador cerca del Emperador Maximiliano, para ofrecerle la Regencia de Castilla, llegó el 3 de Diciembre a Pamplona, residencia de su cuñado el Rey de Navarra, Juan d’Albret, y desde allí escribió el día 7 al Marqués de Mantua una carta, cuyo dador, su Secretario Federico, al que podía dar fe en cuanto le dijera, le contaría cómo se había librado de la prisión tras muchos trabajos. Claro es que el tal Federico no había sido enviado a Italia únicamente para anunciar a Francisco Gonzaga y a Lucrecia Borja la buena nueva de la liberación del Valentino. Es probable que acariciara éste la idea de recobrar su Ducado de Romaña, y quisiera saber, por persona de su confianza, con qué elementos podía contar para la empresa de su restauración.

Llegó Federico a Ferrara a últimos de Diciembre, según carta de recomendación que le dió Lucrecia para el Marqués de Mantua, Generalísimo del ejército pontificio, con que había conquistado Julio II a Perusa y Bolonia. Hallábase en esta última ciudad el Papa cuando en ella se presentó Federico, que fué preso por orden de Su Santidad. Luego que lo supo Lucrecia acudió a su cuñado e imploró su intervención para que fuera puesto en libertad el que ella llamaba Canciller de su hermano César. Esto era a mediados de Enero de 1507. El día 12 del siguiente Marzo caía muerto el Valentino en Viana al frente de las tropas del Rey de Navarra contra el Condestable, Conde de Lerín, y el 22 de Abril llegó a Ferrara un familiar de César, llamado Grasicha, portador de la tan triste nueva. Encargó el Cardenal Hipólito al P. Rafael que se la comunicara a la Duquesa, que estaba encinta, y cumplido su cometido por el fraile, díjole Lucrecia: «Cuanto más trato de conformarme con la voluntad de Dios, tanto más me visita con afanes. Doy gracias a su Divina Majestad y me conformo con lo que le place.» No se la vió derramar una lágrima: pero sus doncellas oyéronla en la soledad y silencio de la noche llamar con angustiadas y repetidas voces al adorado hermano.

Hizo la pena que por tercera vez se frustraran las esperanzas de maternidad de Lucrecia; pero, al fin, dió a luz un año después, el 4 de Abril de 1508, su primer hijo, que recibió en la pila el nombre de su abuelo paterno y fué apadrinado por el Papa León X, que envió a la Duquesa una valiosa joya[102], haciéndose representar en la ceremonia por Juvenale Latino.

[102] Era ésta una serpiente de oro y esmalte verde, con siete cabezas, diamante tallado en punta en el pecho, y una perla en forma de pera a los pies. Así la describe un inventario inédito de las joyas de Lucrecia.

Según Gregorovius, tuvo Lucrecia, además del primogénito Hércules II, que casó con Renata de Francia, otros cuatro hijos: Hipólito, que fué Cardenal como su tío y murió en Tívoli, en la Villa de Este, monumento que perpetúa su memoria[103]; Alejandro, que falleció en la infancia[104]; Leonora, que profesó en el convento de Clarisas del _Corpus Domini_[105], y Francisco, Marqués de Massalombarda[106]. En el árbol genealógico de la Casa de Este, que publica Fontana en su libro _Renata de Francia_, figuran dos Alejandros y un Alfonsino, sin que de éste y del otro Alejandro tengamos ninguna noticia. La hay, en cambio, de Isabel, la última hija de Lucrecia, que dice Gregorovius nació muerta. Bautizáronla inmediatamente por lo delicado de su constitución, y vivió por lo menos cinco meses, estando enterrada con su hermano Alejandro, en la misma sepultura que Lucrecia, según reza la lápida sepulcral, en el coro de la iglesia del _Corpus Domini_.

[103] Nació el 25 de Agosto de 1508 y murió el 2 de Diciembre de 1572.

[104] Nació en Abril de 1514 y murió el 10 de Julio de 1516.

[105] Nació el 4 de Julio de 1515 y murió el 15 de Julio de 1575.

[106] Nació el 1.º de Noviembre de 1516 y murió el 22 de Febrero de 1578.

Ya hemos dicho que en los primeros días de Septiembre de 1512 falleció en Bari, apenas cumplidos los trece años, el joven Duque de Bisceglia, Alfonso de Aragón. La noticia de esta desgracia llenó de inefable tristeza a su madre, que se retiró al convento de San Bernardino, por ella fundado, donde no hallaban modo de consolarla. Más hondamente la postró la muerte del pequeñuelo Alejandro a los dos años, tras larga enfermedad, y refleja su pena la sentida carta que escribió a su cuñada de Mantua. Y no acabaron con éste los duelos que afligieron a Lucrecia, pues en 1517 murió su hermano Jofre, y en 1518 su madre Vannozza Cattanei, a la que se guardó en Ferrara poco luto. Habíale, pues, la muerte arrebatado a sus padres, a sus tres hermanos, a dos de sus hijos. Su amigo, el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, pasó enfermo y alejado de ella los diez últimos años de su vida, que fueron también para Lucrecia otros tantos de pena y penitencia.

VII

Lucrecia en Ferrara.—La dinastía de los Este.—La ciudad de Ferrara.—La Corte.—Influencia de la mujer.—Las letras y las artes.—Los libros de caballería.—Los poetas.—La lengua y la literatura españolas en Ferrara.—Los cantores de Orlando, Boiardo y Ariosto.—Elogio que hace éste de Lucrecia en su _Orlando Furioso_.—El teatro.—El lujo.—Los amores de Lucrecia con Pedro Bembo y Francisco Gonzaga.—¿Fueron o no platónicos?—La _servidumbre amorosa_ del siglo XVI.—La correspondencia de Lucrecia con Bembo.—El _púdico adulterio_ con el Marqués de Mantua.—Sirve de tercero Hércules Strozzi.—Asesinato de éste.—Reemplázale en su oficio su hermano Lorenzo.—Después del asesinato de Hércules no vuelven a encontrarse Francisco y Lucrecia.—Los franceses en Ferrara.—Elogio que tributa a Lucrecia el biógrafo de Bayard.—Los últimos tristes diez años de Lucrecia.—Su vida devota y ejemplar.—Da a luz una niña el 14 de Junio de 1519 y muere el 24 de fiebre puerperal.—La carta al Papa León X.—Su entierro en el convento del _Corpus Domini_.—El duelo de Ferrara.—La sepultura de los Este.—Laura Dianti consuela de su viudez a Alfonso I, que contrae con ella matrimonio _in articulo mortis_.—La Santa Sede lo declara inexistente y se niega a reconocer la legitimidad del hijo D. Alfonso, Marqués de Montecchio.—Bula de Pío V _Prohibitio alienandi_, que priva a los bastardos de la investidura de los feudos eclesiásticos.—Muerte de Alfonso.—Le sucede su hijo Hércules II, casado con Renata de Francia.—Aficiones heréticas de Renata.—Causa que se le forma.—Su aparente conversión.—A la muerte de Hércules II se retira a Francia y se declara hugonote.—Los hijos de Renata: Alfonso II y el Cardenal Luis.—Sus hijas: Ana, Duquesa de Guisa y luego de Nemours; Leonor y la leyenda de sus amores con el Tasso.—Lucrecia: su desgraciado matrimonio con Francisco de la Rovère, Duque de Urbino, y sus aventuras amorosas en Ferrara.—La impotencia de Alfonso II.—Sus tres mujeres: Lucrecia de Médicis, Bárbara de Austria y Margarita Gonzaga.—Gestiones infructuosas de Alfonso cerca del Papa para poder disponer del Ducado de Ferrara en favor de su primo César, hijo del Marqués de Montecchio.—Nómbralo heredero de todos sus Estados.—Consigue para él del Emperador Rodolfo II la investidura de Módena, Reggio y Carpi.—Apenas expira Alfonso II, surge el conflicto entre César y el Papa Clemente VIII.—Excomulgado César, solicita la intervención de su enemiga Lucrecia y acepta un convenio que le obliga a renunciar a Ferrara.—Entra triunfante en la ciudad el Cardenal Aldobrandini, a quien Lucrecia deja por heredero de todos sus bienes.—Conclusión.

Divide Gregorovius su historia de Lucrecia Borja en dos partes: Lucrecia Borja en Roma y Lucrecia Borja en Ferrara, y dijérase que su heroína, al pasar de las orillas del Tíber a las del Po, se había bañado en las aguas del Jordán, saliendo de ellas limpia de todas sus culpas y convertida en esposa y madre ejemplar, apartada de todo erótico y pecaminoso pensamiento y tan sólo preocupada de la salvación de su alma y dedicada a hacer méritos para la otra vida. Es cierto que los últimos años de la Duquesa de Ferrara fueron de cristiana preparación al trance de la muerte, y que, en un principio, al verse en una Corte nueva, muy distinta de la de Roma, rodeada de gente extraña, con un marido más celoso de su honra que prendado de su mujer, en aquel Castel Vecchio donde vivía el recuerdo y parecía que erraba la sombra de la enamorada Parisina Malatesta, cuyo infortunio se asemejaba al de Francesca de Rimini y ha inspirado a dos poetas, Byron y d’Annunzio, puso Lucrecia especial cuidado en granjearse el afecto y respeto del suegro y del marido y los de los ferrareses, desvirtuando la leyenda negra romana que le atribuía las más relajadas costumbres y los más nefandos pecados. Pero no se puede decir que el camino de Ferrara fuera para ella el de Damasco y que el Señor hubiera tocado el corazón de la pecadora para llamarla desde luego arrepentida a su servicio. Las más empedernidas pecadoras de aquel tiempo morían todas cristianamente, más o menos tardíamente arrepentidas, y no había de ser una excepción Lucrecia; antes bien, quiso Dios favorecerla haciendo que la muerte llamara tantas veces a su puerta para llevarse a los suyos, que, al fin, despertó el alma adormida y se arrepintió en sazón de sus pecados, preparándose para cuando le llegara a su vez la hora del descanso eterno.

Amores tuvo en Ferrara, y no sólo los tan conocidos con Bembo, que sus panegiristas pretenden no pasaron de literarios y platónicos, sino con Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, de los que nos ha dado noticia Alejandro Luzio en su documentada monografía _Isabella d’Este e i Borgia_, y para los que sirvió de tercero el poeta Hércules Strozzi, sin que dieran lugar a escándalo ninguno ni de ellos se enterara el celoso marido.