Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 13

Chapter 134,140 wordsPublic domain

Al fin dejaron solos a los esposos y aun les perdonamos la _serenata_ y la _maitinata_ entonces en uso. Recordaba Alfonso de Este las de su boda con Ana Sforza, que en estos términos describían Ermes María Visconti y Juan Francisco de Sanseverino en carta al Duque de Milán, de 14 de Febrero de 1491: «Puestos en la cama el esposo y la esposa, los acompañamos todos, y del lado de D. Alfonso estaba el Marqués de Mantua con otros muchos, buscándole las cosquillas, y él se defendía con un cacho de bastón que tenía en la mano, y ella estaba de muy buen humor; pero a ambos les parecía raro verse rodeados de tanta gente extraña, que cada cual les decía alguna cosa de las que suelen decirse en tales casos. Nos marchamos, y a la mañana siguiente volvimos para ver cómo se habían portado y supimos que ambos habían dormido muy bien, como nos lo figurábamos.» Preparábase Isabel con sus hermanos y hermanas _di fare la maitinata a li sposi secretamente peró et cum pochi_, según escribía al marido; mas renunciaron a ello, y el 3 de Febrero le decía al Marqués: «esta noche el señor D. Alfonso ha dormido con D.ª Lucrecia, su mujer, sin ninguna ceremonia previa, y según he oído ha caminado tres millas, aunque todavía no he hablado con ninguno de ellos. No les hemos hecho la _maitinata_ como escribí estaba dispuesto, porque a decir verdad son éstas _nozze fredde_»[97].

[97] Catalano en su _Lucrezia Borgia, Duchessa di Ferrara_, cita este documento como autógrafo de la Marquesa de Mantua; pero Luzio, en _Isabella d’Este e i Borgia_, lo atribuye al Canciller de la Marquesa.

Bien fuera por la aversión que tenía a su cuñada, bien porque las fiestas pecaran realmente de largas y pesadas, ello es que la Marquesa de Mantua y los que la rodeaban y adulaban no se cansaban de decir que eran unas bodas frías. Seis días, hasta que terminó el Carnaval, duraron las fiestas con que el Duque celebró el segundo matrimonio de su primogénito, y que consistieron principalmente en banquetes, bailes y comedias, a las que era Hércules en extremo aficionado, ufanándose de ser uno de los fundadores del teatro italiano del Renacimiento. Hacía ya algunos años que había hecho representar en Ferrara, traducidas al italiano por varios autores, las comedias de Plauto y de Terencio. En 1486 se habían representado _los Menechmes_, la comedia predilecta de Plauto, que fué puesta de nuevo en escena en Febrero de 1491 para la boda de Alfonso de Este con Ana Sforza. Tenían lugar estas funciones en el salón del Palacio del Podestá, llamado hoy Palazzo della Ragione, que contenía más de tres mil personas, distribuídas en trece filas de sillas, y del 3 al 8 de Febrero se representaron todas las noches, salvo en una que hubo de reposo, cinco comedias de Plauto, acompañadas de _morescas_, que eran primitivamente danzas pírricas, y fueron luego peleas de moros y cristianos, de donde les vino el nombre de morescas, tomando en ellas parte los principales personajes de la Corte, como César Borja en Roma, y Alfonso y Julio de Este en Ferrara.

Entre la batalla del marido y el cansancio del viaje durmió mal Lucrecia la noche de su entrada en Ferrara, según escribió al Marqués Gonzaga la Marquesa Cotrone, por lo que no se levantó hasta el mediodía, y después de una frugal colación se presentó vestida ricamente, a la francesa, y acompañada de los Embajadores. Todo el día se pasó bailando, y por la noche se representó el _Epidicus_, o el Pendenciero, con cinco bellísimas morescas. Tampoco se levantó más temprano Lucrecia al día siguiente, en que se bailó igualmente hasta las seis, y se representó por la noche _Bacchides_, que duró cinco horas y pareció a Isabel demasiado larga y fastidiosa. Por ser viernes, la mayor parte de las damas asistieron a la comedia vestidas de negro. El sábado 5 no se dejó ver Lucrecia en todo el día, que dedicó a lavarse la cabeza y a escribir cartas, y los huéspedes se contentaron con callejear por la ciudad, no habiéndose celebrado fiesta alguna. Aquel día el Embajador francés repartió los regalos que enviaba su Rey, siendo el de D. Alfonso una imagen de María Magdalena, a quien, según hizo notar, se asemejaba en gracia y virtud la esposa que había escogido. A la bellísima Angela Borja tocóle un collar de oro de gran precio. Por la noche invitólo a cenar la Marquesa de Mantua, que lo hizo sentar entre ella y la Duquesa de Urbino, y por complacerle cantó, acompañándose con el laúd, varias canciones y se lo llevó después a su Cámara, donde, en presencia de dos de sus doncellas, tuvo con él un coloquio secreto, y quitándose, por último, los guantes se los regaló _amorosamente y con amorosas palabras_, y el Embajador los aceptó con afectuosa reverencia. El domingo 6 oyó Lucrecia misa en la Catedral, donde un Camarero del Papa entregó a D. Alfonso una espada y una gorra, benditas por Su Santidad. Después del mediodía, los Príncipes y Princesas fueron a buscar a Lucrecia para conducirla a la sala del festín, y ella bailó con una de sus doncellas, unas bajas francesas, muy galanamente, según escribía la Marquesa de Mantua, y por la noche fueron al aburridísimo espectáculo de la comedia _Miles gloriosus_, el Soldado fanfarrón, la cual, aunque ingeniosa, no gustó por larga y por el estrépito de la gente. La _Asinaria_, o el Padre indulgente, que se representó el lunes 7, fué verdaderamente bella y deleitable, a juicio de la Marquesa, tanto por no haber sido demasiado larga, cuanto por haber estado mejor recitada y con menor estrépito. Por último, el martes se puso en escena la _Casina_, o la Ramera, que, como lasciva y deshonesta, nada dejó que desear. En el tercer acto hubo música de seis violas, una de las cuales tocó D. Alfonso.

Acabó el Carnaval y acabaron las fiestas de la boda y empezó el desfile de los convidados. Volvieron a sus palacios de Mantua y Urbino, tras una breve excursión a Venecia, las dos Isabeles, y la de Este, al decir de los muchos que en su loor cultivaban la lisonja cortesana, fué, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara, la que hubiese obtenido la manzana que el pastor troyano adjudicó en el monte Ida a la más hermosa de las diosas. Pero, a pesar del incienso que en las aras de Isabel quemaron sus admiradores, y que aun trasmina de los libros de su moderno y gran turiferario Alejandro Luzio; a pesar de los elogios que la Marquesa de Cotrone y los demás corresponsales del Marqués de Mantua la tributaron en sus cartas, celebrando su gran belleza, su suprema distinción y elegancia, su extraordinario entendimiento y exquisito tacto y la delicadeza y dulzura de su canto, no debió quedar enteramente satisfecha la Marquesa, que aspiraba, acaso con razón, a la primacía entre las mujeres italianas de su tiempo, y padecía, como suele acontecer a las personas que sienten tales ansias, por efecto de un exceso de protagonismo. No la superaba Lucrecia en hermosura, pero era más joven, competía con ella en la riqueza y gusto del vestir, adornábase con más valiosas joyas, y, sobre todo, en el bailar era maestra, no reconociendo rival en ninguna clase de danzas, porque con igual gracia y soltura bailaba las francesas, las españolas y las romanas, como no pudo menos de reconocerlo y declararlo en una de sus cartas la propia Isabel. Sentía ésta por Lucrecia, aun antes de conocerla, la aversión que inspira a la mujer honrada la que tiene fama de no serlo, aversión, a veces, acrecida por la envidia, que recuerda a las hijas de Eva la fruta prohibida, causa del pecado original y de otros muchos que por culpa de aquél viene desde entonces la Humanidad gozando y padeciendo. El difícil parentesco, la natural rivalidad femenina y aun quizás el presentimiento de que los encantos de Lucrecia le robarían algún día el afecto del marido, hicieron que las relaciones entre las dos cuñadas fuesen tan frías como las bodas, mientras duraron las fiestas. La Marquesa llegó a Mantua el lunes 14 de Febrero, y cuatro días después escribió a Lucrecia una carta en términos de extrema cortesía, a la que contestó de igual manera Lucrecia el 22 de Febrero, empezando así una correspondencia que duró diecisiete años, y que no prueba, sin embargo, como pretende Gregorovius, que la Marquesa, en un principio hostil, se convirtiera más tarde en sincera amiga de su cuñada. Las 339 cartas de Lucrecia, que se conservan en el Archivo Gonzaga, son todas pálidas e insignificantes: tratan de regalos, gracias, pésames, recomendaciones, escritas siempre en el estilo cancilleresco de la época, sin que haya una sola en que aparezca la supuesta amistad.

Llamó la atención, y es digna de notarse, la despedida de los Embajadores de Venecia, Nicolás Dolfini y Andrés Foscolo, que asistieron a las fiestas vestidos a costa de la Señoría con lujosos mantos de terciopelo carmesí, forrados de armiño. Habíanlos estrenado en Venecia, en la sala del Gran Consejo y en la Plaza de San Marcos, para satisfacer la legítima curiosidad de sus conciudadanos, y tenían encargo de ofrecérselos a Lucrecia, cuando terminaran su misión, como regalo de la Serenísima República. Al despedirse de la Duquesa pronunciaron largos y sendos discursos, uno en latín y otro en italiano, y se retiraron luego a la antecámara para quitarse los trajes de la boda, volviendo al salón para hacer de ellos entrega a Lucrecia, según se les tenía ordenado.

Las que no se marchaban, a pesar de las ganas que tenía Hércules de quitárselas de encima, eran madonna Adriana, Jerónima Borja y la otra Orsini, que tenían encargo de Alejandro de esperar en Ferrara a la Duquesa de Romaña, Carlota d’Albret, la cual siguió en Francia, sin hacer caso de las instancias del Nuncio, y sólo vino a Ferrara, el 6 de Febrero, el Cardenal d’Albret, de paso para Roma. Quejábase el Duque a su Embajador en Roma del grande e insoportable gasto que le causaba la presencia de estas damas y la del gran número de hombres y mujeres que esperaban su partida, y que ascendían a unas 450 personas y 350 caballos. Los víveres se habían consumido, la Duquesa de Romaña no vendría para la Pascua y él no podía seguir soportando el gasto, porque le habían costado más de 25.000 ducados las fiestas de la boda. A los gentiles-hombres del Duque de Romaña los había despedido, después de doce días de estancia, por impertinentes, y porque su presencia no beneficiaba a Su Santidad ni al Duque. Mas si no tan pronto como deseaba el Duque, fuéronse, al fin, casi todas las damas y doncellas españolas y romanas que a Ferrara vinieron con Lucrecia, y que ésta vió partir con harto y mal disimulado sentimiento. El 26 de Febrero escribía a la Marquesa de Mantua Teodora Angelini, que ya había partido Jerónima Borja y la hermosa Catalina y las otras dos que cantaban y la mayor parte de los españoles de la familia, quedando tan sólo madonna Adriana, Angela Borja y las dos hermanas napolitanas, con la madre, que quizás se marcharían antes de Pascua.

Duró poco tiempo la Angelini en casa de Lucrecia, y en cambio Angela Borja permaneció hasta su boda al lado de su tía la Duquesa, y no sólo fué su amiga y confidente, sino que cautivó con sus encantos a cuantos en la Corte de Ferrara la vieron y trataron. Ya escribía el Prete a Isabel de Este, desde Roma, que esta Angela era su preferida, y creía lo sería también de la Marquesa, y Polissena Bentivoglio le decía, desde Ferrara: _Questa Madonna Angela e la più cara cosa che l’habia al mondo et benemerito perchè non praticai mai Madonna più piacevole et più humana_. En un principio, cuando Lucrecia andaba malhumorada por el licenciamiento de sus españoles, mostróse esquiva con los ferrareses, y éstos se quejaban de que la señora no gustase sino de Angela y de las otras españolas. A una de éstas, la Nicolasa, la cortejaba, sin pecar, D. Ferrante, por lo que el Duque puso coto a sus visitas a Palacio; y el Prete había tomado por su cuenta a la morita, a quien obsequiaba, como a los niños, con golosinas, y para que no recelase la señora la llamaba hija y decía que sentía por ella cariño de padre. Poco a poco fué Angela adueñándose de la Corte de Ferrara. Uno de sus admiradores le envió las siguientes quintillas:

A LA SEÑORA DOÑA ANGELA

Es aquel ángel del cielo, Es doña Angela escogida, Que si anda en este suelo Es para darnos consuelo En los daños de la vida:

Tan hermosa, tan galana, Tan graciosa, tan apuesta, Tan airosa y tan ufana, De una condición muy llana, Muy humana y muy dispuesta.

Y así como ella gozaba del favor de Lucrecia, solicitaron y se disputaron los suyos los dos cuñados de la Duquesa, el Cardenal Hipólito y su hermano D. Julio, hijo natural del Duque. Un día, el 3 de Noviembre de 1505, apremiando a la Angela el libertino Cardenal, ocurriósele a ella, con o sin mala intención, hablarle de los hermosos ojos de su hermano Julio, lo cual enfureció tanto a Su Eminencia, que dió orden a unos sicarios para que, cogiendo a su hermano en una celada, al regresar de la caza, le sacaran los ojos que Angela reputaba tan hermosos. Y así lo hicieron, en presencia del Cardenal; pero los médicos pudieron salvarle un ojo y no quedó ciego, sino tuerto. El hecho causó gran ruido en la Corte, y de ella fué desterrado, temporalmente, el Cardenal por su hermano don Alfonso, ya entonces reinante. La benigna pena no podía satisfacer a D. Julio, que ardía en deseos de venganza, y para llevarla a cabo urdió una conjura, en que entraron el Conde Albertino Boschetti de San Cesario, el yerno del Conde, Capitán de la guardia palatina, un cantante, un camarero y otros varios servidores del Duque, juntamente con su hermano D. Ferrante, a quien pondrían en el trono en lugar de D. Alfonso, dando a éste muerte en un baile de máscaras y envenenando previamente al Cardenal Hipólito. Enterado el Cardenal por sus espías de cuanto se tramaba, lo participó a su hermano, y descubierta la conspiración, trataron de ponerse en salvo los conjurados, lográndolo tan sólo Julio y el cantante de Cámara, Guasconi, que se refugiaron, el primero en Mantua y el segundo en Roma. No intentó la fuga D. Ferrante; conducido a la presencia del Duque, se echó a sus pies y le pidió perdón; mas su airado hermano sacóle un ojo con el estoque que empuñaba y lo hizo encerrar en un calabozo del castillo, adonde bien pronto llegó también D. Julio, entregado, no sin alguna resistencia, por el Marqués de Mantua. Condenados a muerte los conspiradores, fueron decapitados y descuartizados en la plaza, frente al Palacio de la Razón, el Conde Boschetti y dos de sus cómplices, cuyas cabezas, en sendas picas, se fijaron en la torre del castillo para que sirvieran de escarmiento. Los dos Príncipes debían ser ahorcados, el 12 de Agosto de 1506, en el patio del castillo, en presencia del Duque, el cual, en el momento de irse a ejecutar la sentencia, indultó de la pena de muerte a los dos infelices, que fueron llevados de nuevo al calabozo. En él permanecieron, no sólo durante toda la vida de Alfonso, sino aun años después. Allí murió D. Ferrante, el 22 de Febrero de 1540, a los sesenta y tres años de edad, y D. Julio, puesto en libertad en 1559, tras un cautiverio de más de medio siglo, murió, a los ochenta y tres años, el 24 de Marzo de 1561. Y el 6 de Diciembre de aquel infausto año de 1506, en que estuvo D. Julio a punto de morir ahorcado por la culpa original de Angela Borja, contrajo ésta matrimonio con Alejandro Pío de Saboya, Señor de Sassuolo, y un hijo que tuvieron, llamado Gilberto, casó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito.

El malhumor de Lucrecia, _la mosca_, decía el Prete, no reconocía sólo por causa, en sus primeros tiempos de Ferrara, el licenciamiento de la familia española, sino también los dimes y diretes en que andaba con el suegro por la cantidad que éste quería darle para alfileres, y que ella consideraba mezquina e insuficiente. El Duque le señaló 6.000 ducados anuales. Lucrecia, que era muy liberal y gastadora, pedía el doble. Sabiendo Hércules que a su hija Isabel le daba 8.000 el Marqués de Mantua, ofreció 10.000, que Lucrecia se negó a recibir, diciendo que prefería morirse de hambre, y el suegro, por su parte, decía que ni Dios ni el Papa le harían dar más; pero, según Gregorovius, salióse al fin Lucrecia con la suya.

En cuanto a las relaciones conyugales, que preocupaban harto al Papa, porque temía que D. Alfonso, de quien podía decirse que había contraído matrimonio muy a su pesar, no tratase a Lucrecia como su mujer, supo Alejandro, con gran satisfacción, y así se lo manifestó al enviado ferrarés Beltrando Costabili, que seguían durmiendo juntos por la noche, y que de día, como mozo que era don Alfonso, buscaba su placer en otras partes, y _hace muy bien_, decía Su Santidad.

La sucesión que aguardaba impacientemente Alejandro tardó en venir y no pudo disfrutarla el Papa. Lucrecia, que fué en sus embarazos y partos poco afortunada, dió a luz, el 5 de Septiembre de 1502, una niña muerta, y estuvo a punto de perder la vida, que le salvó el Obispo de Venosa, el más hábil de los médicos de Alejandro VI. Para reponerse se trasladó, el 8 de Octubre, con toda la Corte, desde el Castel Vecchio, que se le había hecho odioso, al convento del Corpus Domini, donde pasó quince días, y Alfonso fué en peregrinación a Loreto, en cumplimiento del voto que hizo por la salud de su esposa. El interés que en este trance mostraron por Lucrecia todos los ferrareses, probó que empezaban a quererla, y así se lo escribía el Duque a su Embajador en Roma.

El 19 de Septiembre, durante la gravedad de Lucrecia, se presentó César en Ferrara y pasó allí dos días, en uno de los cuales el médico Francisco, hijo de Jerónimo Castelli, sangró a la Duquesa en un pie, sujetándole la pierna su hermano. Andaba ocupado entonces el Valentino en la conquista de la Romaña, que aspiraba a convertir en reino, con Bolonia por capital, y redondeado con parte de Toscana. Los vasallos y Vicarios de la Iglesia, los Malatesta de Rimini, los Sforza de Pesaro, los Riario de Imola y Forli, los Varano de Camerino, los Manfredi de Faenza habían sido despojados de sus investiduras por el Papa y de sus Estados por César. Cayeron primero en sus manos, según ya dijimos, Imola y Forli, cuyo castillo defendió la varonil Catalina Sforza. Apoderóse luego fácilmente de Pesaro y de Rimini y sitió a Faenza, que resistió valientemente, por el amor que tenían sus vasallos a Astorre Manfredi, y se rindió por hambre, pero con la formal promesa de que quedaría en libertad Astorre. Contaba éste apenas dieciséis años y era reputado el más hermoso efebo de Italia, habiéndolo querido casar el Cardenal Farnese con la hija de su hermana la Bella Julia. Lejos de cumplir César lo pactado, tuvo encerrados en el castillo de Sant’Angelo a los dos hermanos Manfredi más de un año. Y antes de salir de Roma para continuar su empresa, hizo estrangular al hermoso mancebo, después de haber saciado en él nefandos apetitos, lo cual hubo de decirlo el cadáver hallado en el Tíber, y túvose, aun en aquellos tiempos, por cosa fea.

El 13 de Junio de 1502 salió César de Roma con sus tropas y se dirigió a Urbino para despojar de sus Estados, con engaño, al ingenuo Duque, que cayó en la celada y por milagro escapó vivo y pudo refugiarse en Mantua, de donde se trasladó a Venecia con la Duquesa Isabel. Peor la hubieron los Varano, Señores de Camerino, de los que sólo uno salió con vida de las manos de Micheletto, el ejecutor de las sentencias del Valentino.

La noticia de lo acaecido a los Duques de Urbino produjo penosa impresión, tanto en Mantua como en Ferrara, y aun entre los mismos españoles, y Lucrecia mostró gran disgusto recordando las atenciones que con ella había tenido Isabel Gonzaga. A la de Este lo que más le preocupó no fué la triste suerte de sus desposeídos cuñados, sino el obtener del Valentino, por medio del Cardenal Hipólito, que vivía en Roma en estrecha amistad con César, «dos estatuas, una Venus antigua de mármol, pequeña, pero muy buena, y un Cupido, de Miguel Angel, regalo del Duque de Romaña, que estaban en el Palacio del de Urbino, y con las que ella quería adornar su estudio»; y, en efecto, pudo satisfacer este deseo, habiéndoselas César regalado.

Desde Urbino le escribió a su hermana Lucrecia, participándole la toma de Camerino, que creía le sería muy grata, y el 28 de Julio se presentó en Ferrara disfrazado y acompañado de cinco caballeros, permaneciendo sólo un par de horas, de paso para Lombardía, donde iba a avistarse con el Rey de Francia. Durante su ausencia, y no a su gusto, dispuso Alejandro VI de la conquistada Camerino, erigiéndola en Ducado, que otorgó, el 2 de Septiembre de 1502, al infante romano Juan de Borja, investido ya del Ducado de Nepi, y cuyos bienes administraba el Cardenal de Cosenza, Francisco de Borja. Tomó entonces el Valentino el título de César Borgia de Francia, por la gracia de Dios, Duque de Romaña, de Valenza (Valence) y de Urbino, Príncipe de Andría, Señor de Piombino, Gonfaloniero y Capitán General de la Iglesia.

Pero mientras César soñaba con acrecentar sus Estados con Bolonia y la Toscana, lo que no pudo lograr por el veto de Francia, los condotieros que capitaneaban sus tropas, _para no ser devorados uno a uno por el dragón_, como escribía Juan Pablo Baglioni al Conde de Montebiviano, último Podestá de Florencia, resolvieron tomar las armas y rebelarse contra el Duque, pareciéndoles la ocasión propicia por verlo abandonado por el Rey de Francia. El 9 de Octubre reuniéronse en la Magione, cerca de Perugia, para acordar la Liga, y se obligaron a la común defensa, a no promover guerra sino de mutuo acuerdo, a levantar y sustentar un ejército de unos diez mil hombres, bajo pena de 50.000 ducados, y tacha de traidor a quien faltara a lo pactado. Acudieron en demanda de ayuda a Florencia y Venecia, y sin aguardarla entraron en campaña, levantándose en armas el Ducado de Urbino en favor de su antiguo Señor. Dióse cuenta César de la gravedad de la situación y despachó a Miguel Corella y a Hugo de Moncada con las tropas que le habían quedado fieles, las cuales, en Fossombrone, vinieron a las manos con los rebeldes, que alcanzaron un completo triunfo. Moncada cayó prisionero y Corella logró escapar a duras penas. No conoció límites el gozo de los vencedores. Volvió Guidobaldo de Montefeltro a Urbino, y a Camerino Juan María de Varano, el único sobreviviente de la familia. Pero ni Florencia ni Venecia se prestaron a intervenir en la contienda contra César, que obtuvo del Rey de Francia que le mandara unas cuantas lanzas al mando de Carlos de Amboise, Señor de Chaumont. Cambió esto por completo la situación, infundiendo un terror pánico en los conjurados el ver de nuevo al Valentino protegido por Francia. Optaron, pues, por entrar en tratos con el Duque y el 28 de Octubre juraron las paces, y en su nombre firmó Pablo Orsini un acuerdo por el que se obligaron a restituir a la obediencia a Urbino y Camerino, y el Duque prometió seguir teniendo a sueldo, a su servicio, a los Orsini y Vitelli, quedando el Cardenal Orsini libre de residir en Roma tan sólo cuando quisiese.

Se ha creído y dicho que Maquiavelo, a la sazón enviado de Florencia cerca del Duque de Romaña, servía a éste de guía y consejero; pero sus cartas prueban cuán errónea es esta opinión. Si no pecaba en los negocios de Estado el Secretario florentino por escrúpulos de conciencia, no era, sin embargo, de la índole cruel y sanguinaria de los hombres que le rodeaban, dispuestos siempre a la traición y al crimen y respetuosos sólo de la fuerza. Limitóse a tener enterado a su Gobierno de cuanto llegaba a su noticia, y a defenderse de las insidias del Duque, que si no era un gran Capitán ni un gran político, supo deshacerse de sus enemigos con una audacia grande y un arte infernal que le granjeó la admiración de Maquiavelo.