Lucrecia Borja: Estudio Histórico
Part 12
Al fin, el 9 de Diciembre salió de Ferrara, precedida de trece trompetas y ocho pífanos, la lucida cabalgata de 500 jinetes que capitaneaba el Cardenal Hipólito, y de la que formaban parte sus hermanos D. Ferrante y D. Segismundo, los Obispos de Adria y Comacchio, Nicolás María y Meliaduse de Este y un Hércules, sobrino del Duque, además de otros muchos parientes y amigos ferrareses o feudatarios de Ferrara, personas todas de rango. Trece días duró el viaje, y desde el castillo de Monterosi, a unas quince millas de Roma, al que llegaron harto maltrechos, empapados y embarrados por efecto de las invernales lluvias y pésimos caminos, envió el Cardenal un mensajero a pedir las órdenes del Papa, quien dispuso hicieran su entrada por la puerta del Pueblo. Esta entrada de los ferrareses en Roma fué el más espléndido espectáculo del Pontificado de Alejandro VI. A las diez de la mañana del 23 de Diciembre llegaron al Ponte Molle, donde los recibieron el Senador de Roma, el Gobernador y el Barigello o jefe de la policía con unos dos mil hombres a pie y a caballo. A medio tiro de ballesta de la puerta del Pueblo salió a su encuentro la comitiva de César, 100 gentiles-hombres a caballo y 200 suizos a pie, armados de alabarda, con el uniforme pontificio de terciopelo negro y paño amarillo y gorra empenachada, y tras ellos, a caballo, el Duque de Romaña y el Embajador de Francia, vestidos ambos a la francesa. Desmontaron todos los jinetes, abrazó César al Cardenal Hipólito, y cabalgando a su lado dirigiéronse hacia la puerta, donde los aguardaban diecinueve Cardenales, con un séquito cada cual de 200 personas. Dos horas duró el recibimiento con un diluvio de discursos de bienvenida y gracias, y ya atardecido, al son de trompetas, pífanos y cuernos, encaminóse la cabalgata, por el Corso y el campo de Fiori, al Vaticano. Aguardábalos Alejandro rodeado de doce Cardenales, y después de haber cumplido con el Papa los Príncipes de Ferrara, llevólos César a casa de Lucrecia, la cual salió a recibirlos a la escalera, del brazo de un caballero anciano, con traje de terciopelo negro y cadena de oro al cuello, y según el ceremonial preestablecido, no besó a sus cuñados, saludándolos con una inclinación de cabeza como era moda en Francia. Vestía una _camora_ o traje blanco de brocado de oro, y una _sbernia_ o manto forrado de zibelina; las mangas también blancas, de brocado de oro, acuchilladas a la española; tocada con una cofia de gasa verde sujeta con un listón de oro y orlada de perlas, y al cuello un collar de gruesas perlas del que pendía un rubí. Se sirvieron refrescos, repartió Lucrecia unos cuantos regalitos, obra de joyeros romanos, y los Príncipes y su séquito se fueron muy contentos, habiéndoles parecido Lucrecia muy gentil y graciosa, según escribía el Prete a la Marquesa de Mantua[94].
[94] Gregorovius, que salva las dificultades del italiano del siglo XVI traduciéndolo a su capricho, hace aquí decir al Prete que _al Cardenal Hipólito le brillaban los ojos_, cuando ni aun siquiera le nombra, y la frente de Lucrecia es la que brillaba.
Este Prete, que asistió a las fiestas de la boda en Roma y las describió con no menor lujo de detalles respecto de los trajes de Lucrecia que los que hallamos en la antes citada relación de D.ª Sancha, era un familiar de Nicolás de Cagnolo, a quien encargó Isabel de Este se fijase especialmente en la indumentaria, a la que atribuía grandísima importancia la Marquesa. Superaron las fiestas en fausto a las de las otras dos bodas de Lucrecia. Hubo cabalgatas triunfales, y luchas de atletas, y carreras de caballos, y comedias, bailes y banquetes, y además corridas de toros, que los italianos llamaban _cacie al toro_; habiendo el Papa anticipado el Carnaval, para que los romanos pudiesen entregarse libremente a toda clase de locuras, y se echasen a la calle enmascaradas desde la mañana hasta la noche las honestas y deshonestas meretrices que abundaban en Roma.
Las corridas de toros importáronlas los españoles en Italia desde el siglo XIV, pero no se generalizaron hasta el siguiente, en que los aragoneses las llevaron a Nápoles y los Borjas a Roma, placiendo a César porque en ellas lucía su fuerza y su destreza. Una carta, dirigida a Alfonso de Este por el ferrarés Adornino Feruffino, protonotario apostólico, describe la corrida, que tuvo lugar el 2 de Enero de 1502, en la que se lidiaron ocho toros y dos búfalos, que dieron poco juego. Con el Duque salieron a la plaza ocho caballeros, armados de rejones, y a uno de los toros se lo clavó el Duque en medio de los cuernos y cayó al suelo muerto. Después de esta hazaña dejó el caballo y volvió a pie, con doce compañeros, con unos rejones de asta fuerte y hierro largo, y cuando el toro venía hacia ellos se ponían muy juntos y lo herían de muerte. El mejor lance fué el de un toro bravísimo, que embistió a los peones, derribó a dos con poco daño y a otro lo enganchó y lo echó al aire, y cuando cayó en tierra no se movió, y se dijo que estaba muerto. Tres caballos de gran precio de los caballeros en plaza fueron destripados por los toros.
El Embajador de Ferrara, Juan Lucas Pozzi, para quien obtuvo Lucrecia el Obispado de Reggio, escribía al Duque, el 23 de Diciembre de 1501, que había ido a visitar a Lucrecia, después de la cena, y había tenido con ella larga plática sobre varios asuntos y había podido conocer que era muy prudente y discreta, afectuosa, de buena índole y en extremo respetuosa para con el Duque y D. Alfonso, por lo que creía que ambos quedarían satisfechos. Tenía mucha gracia para todo con modestia, simpática y honesta. Era también católica: mostraba temor de Dios e iba a confesarse al día siguiente para comulgar el día de Navidad. Su belleza era suficiente, pero sus agradables maneras, y su buena cara y gracia (_la buona ciera et gratia_) la aumentaban y hacían parecer mayor, y en resumen, eran tales sus cualidades, _que no se debía ni podía sospechar cosa siniestra_, sino más bien presumir, creer y esperar de ella óptimas acciones.
Ya hemos dicho que lo que más gustaba a Alejandro eran los bailes, porque en ellos se distinguía Lucrecia por su pericia y gracia, que encantaban al Papa. El Prete describe una fiesta que tuvo lugar en casa de Lucrecia, el domingo 26, día de San Esteban. Abrió el baile un caballero valenciano con una doncella de la Duquesa, que se llamaba Nicolasa. Bailó luego Lucrecia, muy lindamente, con D. Ferrante. Con las doncellas de Lucrecia podían competir las de Ferrara, a juicio del Prete. Había dos o tres graciosas. Una valenciana, Catalina, bailó bien, y había otra, un ángel de bondad (la Angela Borja), que el Prete, sin que ella lo supiera, escogió por favorita.
El personal femenino que había de llevar a Ferrara la Duquesa era objeto de especial predilección para el Prete, quien escribía que irían con ella Jerónima Borja, la hermana del Cardenal, mujer de Fabio Orsini, que se decía tenía el mal francés; Angela Borja, su hermana, que creía sería la preferida de Isabel de Este, porque a él también le placía; una Catalina, valenciana, que a unos gustaba y a otros no; una perusina guapa; otra Catalina[95]; dos napolitanas, Cintia y Catalina, que no eran bellas, pero sí agraciadas, y una mora, que nunca vió persona más hermosa y galana y bien vestida, con brazaletes de oro y perlas, creyéndola favorita de la Duquesa[96].
[95] Debía ser Catalina _la Loca_, devotísima de Lucrecia, a quien llamaba familiarmente _Deda_, y la cual, cuando murió su ama, quiso ir a Mantua y allí estuvo con la Marquesa Isabel cinco años. Era además de mentecata, muy aficionada al vino y a lo ajeno.
[96] Era una esclava mora y llamábase también Catalina.
El 30 de Diciembre celebróse en el Vaticano el matrimonio. Salió Lucrecia de su Palacio, llevada de la mano por sus cuñados D. Ferrante y D. Segismundo, y seguida de toda su Corte y de cincuenta damas. Vestía de brocado de oro, a la francesa, con mangas abiertas que llegaban hasta el suelo y manto carmesí, forrado de armiño, cuya larga cola llevaban sus doncellas, y en la cabeza una cofia de seda y oro y sujeto el pelo por una sencilla cinta negra. El collar era de perlas y el colgante se componía de una esmeralda, un rubí y una perla de gran tamaño. Aguardábala el Papa en la sala Paolina, sentado en su trono y teniendo a su lado a su hijo César y a trece Cardenales. Presentes estaban también los Embajadores de Francia, España y Venecia, pero no el de Alemania. Empezó la ceremonia con la lectura del poder del Duque de Ferrara, a la que siguió la plática de rigor que pronunció el Obispo de Adria, el cual tuvo que abreviarla por habérselo así ordenado el Papa. D. Ferrante, en representación de su hermano D. Alfonso, dirigió a Lucrecia la pregunta de rúbrica, y habiendo ella respondido afirmativamente, le puso al dedo el anillo nupcial y se levantó acta en instrumento que redactó un notario. El Cardenal Hipólito presentó entonces las joyas que regalaba el Duque, por valor de 70.000 ducados, y de las cuales no se hizo mención en el acta notarial, «para que en el caso de que faltara la Duquesa a sus deberes para con D. Alfonso no se viese éste obligado más de lo que quisiera respecto a las alhajas», según escribía el Duque a su hijo Hipólito. La entrega hízola el Cardenal con mucha gracia: colocó ante el Papa el cofrecito, lo abrió, y ayudado por el tesorero ferrarés, Juan Ziliolo, fué presentando las joyas, de la manera más adecuada para realzar su valor y hacerlas mejor apreciadas. El Papa las tomó en sus manos y mostró a Lucrecia las cadenas, sortijas, pendientes, las piedras preciosas y, sobre todo, un magnífico collar de perlas, que había sido de Leonor de Aragón, siendo conocida la pasión que por las perlas sentía Lucrecia.
Desde las ventanas del Vaticano presenciaron las carreras de caballos y una justa, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, y de la que resultaron cinco heridos, por servirse los combatientes de armas de filo. Trasladáronse después a la Cámara del Papa y allí empezaron los bailes, danzando Lucrecia con César por orden de Su Santidad, que se regocijó mucho. Bailaron asimismo muy bien las doncellas de Lucrecia por parejas, y al cabo de una hora empezaron las comedias, con una de Plauto, que por lo larga no se terminó, y luego otra igualmente en latín, muy bonita, pero cuyo significado no pudo alcanzar a comprender el Prete.
A esta fiesta siguieron otras, trayendo cada día aparejada la suya. Hubo una cabalgata, organizada por la ciudad de Roma, con trece carros alegóricos: comedias, _Morescas_, bailes a la moda, en uno de los cuales tomó parte César. El día de la corrida de toros se representó la comedia del _Menechino_, de Plauto, la misma con que había sido obsequiada Lucrecia cuando casó con Sforza.
El 5 de Enero cobraron los ferrareses el resto de la dote en dinero contante y se entregaron a Lucrecia todas las Bulas pedidas por el Duque de Ferrara, con lo que pudo ponerse en marcha al día siguiente la comitiva, que quería Alejandro fuese la más fastuosa que se hubiese jamás visto en Italia. Formaba de ella parte, como Legado del Papa, el Cardenal Francisco de Borja, Arzobispo de Cosenza, hijo natural de Calixto III y muy amigo de Lucrecia, a quien debía la púrpura. Iban, además, tres Obispos, cuatro enviados de la ciudad de Roma, dos representantes del patriciado romano, que fueron Francisco Colonna, de Palestrina, y Julián, Conde de Anguillara, a los que se juntaron Ranucio Farnesio y el Capitán de la guardia pontificia, D. Guillén Ramón de Borja, sobrino del Papa, y ocho gentiles-hombres de segundo orden. César envió una lucida escolta de doscientos caballeros: españoles, franceses, romanos e italianos de otras varias provincias, con música y bufones para entretener a la hermana en el camino. La Corte oficial de Lucrecia se componía de ciento ochenta personas, y entre sus damas llamaba la atención Angela Borja, cuya belleza había sido ya cantada en Roma por el poeta Diómedes Guidalotto, y mereció que la citara en su _Orlando Furioso_, Ludovico Ariosto. Con ella iba su hermana Jerónima, Madonna Adriana, que había servido de aya a Lucrecia; otra Adriana, mujer de Francisco Colonna, y una Orsini, que no podía ser su nuera Julia _la Bella_, pero que quizá fuera la hija de esta Laura, que contaba entonces unos diez años y era ya prometida esposa de Federico Farnesio.
No cesaba Alejandro de alabar, en sus conversaciones con los enviados ferrareses, la castidad y pudicicia de su hija, que deseaba no la rodeara su suegro sino de damas y caballeros que fuesen gente de bien, y ellos escribían a Ferrara que Lucrecia les había dicho que por sus acciones jamás habría de sonrojarse Su Santidad, lo cual tenían por cierto, pues cada día tenían mejor opinión de su bondad, honestidad y discreción, viviéndose en su casa, no sólo cristiana, sino religiosamente. Y el Cardenal Ferrari, al recomendar a Lucrecia, por sus méritos y virtudes, creía oportuno avisar al Duque de Ferrara que cuanto por ella hiciera lo apreciaría el Papa como si por él lo hiciese.
El 6 de Enero despidióse Lucrecia de sus padres (porque es de suponer que lo hiciera a solas de Vannozza, que no asistió visiblemente a fiesta ninguna de la boda) y de su hijo Rodrigo, a quienes jamás había de volver a ver, y a las tres de la tarde se puso en camino, montada en una mula blanca, con riquísima gualdrapa y arreos de plata y vestida con un precioso traje de viaje que daba gusto verla, cabalgando entre los Príncipes de Ferrara y el Cardenal de Cosenza y con un séquito de más de mil personas. Hasta la Plaza del Pueblo la acompañaron todos los Cardenales, los Embajadores y los Magistrados de Roma, y un buen trecho fuera de la ciudad, César y el Cardenal Hipólito, que regresaron luego al Vaticano. Alejandro, después de despedirse, en la sala del Papagayo, de su hija, con la que estuvo solo largo rato, fué a verla pasar de cuantas partes pudo, y con los ojos y el corazón la siguió, ansioso, hasta que, desapareciendo a lo lejos, envuelta en polvo, la lucida cabalgata, perdió de vista, y para siempre, a la hija predilecta que había querido _de un modo superlativo_, según escribía una vez a su Rey un Embajador napolitano.
VI
Viaje de Lucrecia de Roma a Ferrara.—La entrada y fiestas de la boda.—Asisten a ellas Isabel de Este e Isabel Gonzaga.—Rivalidad de la primera con Lucrecia.—Despedida de la servidumbre española.—Queda en Ferrara Angela Borja y es causa involuntaria de la tragedia de la Casa de Este.—Los alfileres de Lucrecia.—Su primer desgraciado alumbramiento pone en peligro su vida.—Visítala su hermano César.—Conquista éste la Romaña y se apodera de Urbino y Camerino.—La rebelión de sus capitanes.—El _bellísimo engaño_ de Sinigaglia.—Muerte de Alejandro VI.—Suerte que corrieron el hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, y el infante romano Juan de Borja.—La del Valentino en España.—Su muerte en Viana.—Partos y duelos de Lucrecia.
En el viaje de Roma a Ferrara, que se hace hoy sin gran fatiga y en pocas horas, tardó Lucrecia veintisiete días, siguiendo el itinerario que el Papa había trazado y prescrito, y aunque las etapas fueron muchas y breves las jornadas, no dejó de ser en extremo cansado para ella y las damas que la acompañaban, poco aficionadas a cabalgar, siquiera fuese en mula. El 13 de Enero llegaron a Foligno tan molidas que resolvieron descansar allí todo el día, con lo que no era posible estar antes del martes 18 en Urbino, donde pasarían el 19, y saldrían el 20 para Pesaro, según escribían desde Foligno al Duque Hércules sus Embajadores. Y añadían que, como la Duquesa querría ciertamente tomarse algún otro día de descanso en el camino, para no llegar estropeada y descompuesta, no estarían en Ferrara antes del último día del mes o en los primeros del siguiente.
En todos los pueblos en que era Lucrecia conocida por su gobierno de Spoleto, fué muy agasajada, y a Foligno salieron a recibirla los Baglioni, que la convidaron a ir a Perugia, pero la Duquesa había resuelto ir embarcada de Bolonia a Ferrara para evitar las molestias de la vía terrestre. De Foligno se siguió el viaje por Nocera y Gualdo a Gubbio, una de las más notables ciudades del Ducado de Urbino, y desde allí regresó a Roma el Cardenal Borja. A dos millas de la ciudad salió al encuentro de Lucrecia la Duquesa Isabel, hermana del Marqués de Mantua, que la acompañó hasta Ferrara, según lo había prometido, compartiendo con ella la litera que con este objeto había mandado hacer Alejandro. En Urbino la recibió el Duque Guidobaldo con su Corte, y Lucrecia se alojó con los Príncipes de Este en el magnífico palacio de Federico, que los Duques, por cortesía, les cedieron. Conocían a Lucrecia de Roma, donde el Duque había servido como condotiero al Papa en la campaña contra los Orsini a que puso fin la batalla de Soriano, y de Pesaro, durante el idilio con Juan Sforza, y aunque no habían visto con gusto el matrimonio con Alfonso de Este, agasajáronla, fiando a su amistad el porvenir de Urbino, sin sospechar que a los pocos meses habían de verse despojados por César de sus Estados y obligados a buscar refugio primero en Mantua y luego en Venecia.
De Urbino pasaron a Pesaro, donde fué Lucrecia recibida con grandes demostraciones de júbilo y respeto, como en todas las ciudades conquistadas por César, que constituían el Ducado de Romaña. Alojóse en el palacio y permitió a las damas de su séquito que bailasen aquella noche con las de Pesaro, entre las que figuraba Juana López, a quien ella casó con el médico Juan Francisco Ardizzi; pero no asistió a la fiesta ni salió de su cuarto en todo el día, bien porque lo dedicase a lavarse el pelo, bien porque no quisiera dejarse ver de sus antiguos vasallos. Se detuvo luego en Rimini, Cesena, Forli, Faenza e Imola, donde también dedicó otro día a lavarse la cabeza, que ya empezaba a dolerle porque hacía ocho días que no había podido hacerlo. El 28 de Enero tomó la cabalgata el camino de Bolonia. El tirano Juan Bentivoglio, que debía al Rey de Francia el haber salvado sus Estados de la rapacidad de César, y su mujer, Ginebra Sforza, tía de Juan, el Señor de Pesaro, cuidaron de que no se traslucieran los sentimientos que les inspiraban los odiados Borjas y no omitieron esfuerzo ni gasto para festejar suntuosamente a Lucrecia en Bolonia. El 31 de Enero embarcó en el canal que unía a Bolonia con el Po, y aquella misma tarde llegó Lucrecia al castillo de Bentivoglio, a veinte millas de Ferrara, apareciéndosele disfrazado Alfonso de Este, su marido, con el que no había cruzado palabra alguna desde la firma del contrato nupcial el 1.º de Septiembre. Conmovióse Lucrecia al verle, mas pronto se repuso y lo acogió con devoción y gracia, a que él correspondió con mucha galantería, según escribió Bernardino Zambotto, volviéndose al cabo de dos horas a Ferrara. Debió el rudo Alfonso sentir todo el encanto seductor de Lucrecia durante la larga plática, de la que ella quedó muy satisfecha, y se apresuró a hacérselo saber al Papa, a quien escribía diariamente, habiendo sido aún mayor, si cabe, la satisfacción de Su Santidad, que abrigaba el temor de que no fuera su hija bien acogida por su tercer marido y su nueva familia ferraresa.
El 1.º de Febrero encontró en Malalbergo a Isabel de Este, llamada por su padre el Duque para hacer con él los honores en Ferrara, y aunque ella de mejor gana se hubiera quedado con el marido en Mantua, saludó y abrazó con _furia gozosa_ a su cuñada, según escribía al Marqués, y la acompañó a bordo hasta Torre della Fossa, donde el canal desemboca en uno de los brazos del Po. Allí la esperaba el Duque con D. Alfonso y la Corte. Saltó Lucrecia a tierra y la besó su suegro, después de haberle ella besado la mano, y subieron todos a un bucentauro o barca lujosamente aparejada, en la que fueron presentados a la Duquesa los Embajadores y muchos caballeros ferrareses, a quienes dió la mano, desembarcando en Borgo de San Lucas. Alojóse en el palacio de Alberto de Este, hermano bastardo de Hércules, donde la aguardaba la hija natural del Duque, Lucrecia, mujer de Aníbal Bentivoglio. Habían acudido a Ferrara todos los grandes vasallos del Estado, mas no compareció ningún Príncipe reinante. Los Señores de Mantua y de Urbino estuvieron representados por sus respectivas mujeres, Isabel de Este e Isabel Gonzaga. A los Bentivoglio los representó Aníbal, el yerno del Duque. Roma, Venecia, Florencia, Luca, Siena y el Rey de Francia, enviaron Embajadores. César quedó en Roma, y su mujer, Carlota d’Albret, que debía venir a pasar un mes en Ferrara, no se movió de Francia.
La entrada de Lucrecia en Ferrara tuvo lugar el 2 de Febrero y debió ser, según la descripción que de ella hicieron los que la presenciaron, un hermosísimo espectáculo. A las dos de la tarde fué a buscarla el Duque con los Embajadores y la Corte al Palacio Alberto, de donde partió la procesión. Abrían la marcha cuarenta y cinco ballesteros a caballo, con el uniforme blanco y rojo de la Casa de Este; seguíanles ochenta trompetas y muchos pífanos, y luego los nobles de Ferrara y las Cortes de la Marquesa de Mantua y la Duquesa de Urbino, y a caballo, rodeado de ocho pajes y vestido a la francesa, de rojo terciopelo, D. Alfonso con su hermano Fernando y su cuñado Aníbal Bentivoglio. Tras D. Alfonso venía la cabalgata de Lucrecia, los caballeros españoles, los cinco Obispos, los Embajadores, los cuatro Diputados de Roma, seis tambores y los dos bufones favoritos. La esposa, radiante de belleza y de felicidad, en un blanco corcel, con la dorada cabellera suelta sobre el manto de brocado de oro forrado de armiño, y al cuello el magnífico collar de perlas y rubíes de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón, que le envidiaba Isabel de Este, cabalgaba sola bajo palio, cuyas varas llevaban ocho doctores de Ferrara. Fuera del palio, y a su izquierda, por expresa invitación de Lucrecia, iba a caballo el Embajador de Francia, Felipe Rocaberti, como protector de Ferrara y de los Borjas. Y detrás de Lucrecia, asimismo a caballo y vestidos ambos de terciopelo negro, iban el Duque de Ferrara y la Duquesa de Urbino, con un séquito de parientes de la Casa de Este y las damas que acompañaban a Lucrecia, de las que sólo tres Orsini iban a caballo: Jerónima Borja, otra Orsini y Madonna Adriana, _viuda y noble dama pariente del Papa_. Venían, por último, cuatro carrozas con una docena de doncellas ferraresas destinadas a la Corte de la joven Duquesa, que fueron escogidas entre las de mejor presencia; dos mulas y dos caballos blancos de respeto, con lujosos arneses, y ochenta y seis mulas cargadas de efectos pertenecientes a Lucrecia. Al llegar ésta a la puerta de Castel Tedaldo, con el estruendo de las salvas y de los fuegos artificiales, se espantó y empinó el caballo que montaba, y antes de que pudieran sujetarla dió en tierra con la gentil amazona, en cuya ayuda acudió inmediatamente el Duque, y sin más daño que el susto montó en una de las blancas mulas y continuó la marcha de la lucida cabalgata, que al anochecer llegó al Palacio Ducal, llamado del Cortile, o sea del patio, al pie de cuya escalera de mármol se apeó Lucrecia.
Aguardaban allí la Marquesa de Mantua con un escogido ramillete de bastardas Estenses para saludar a la Borja; Lucrecia, la hija del Duque, casada con Aníbal Bentivoglio, y las tres hijas naturales de Segismundo de Este; Lucrecia, Condesa de Carrara; Diana, Condesa Uguzoni, y Blanca Sanseverino. En Palacio tuvo que oír pacientemente los encomiásticos epitalamios de los poetas cortesanos Ludovico Ariosto, Celio Calcagnini y Nicolás María Panizzato, y sobre todo el discurso latino de rigor, lleno de alusiones mitológicas y recuerdos clásicos del grave y solemne Pellegrino Prisciano.