Lucrecia Borja: Estudio Histórico
Part 11
Ya en vida de Alonso de Aragón, el Papa, siempre previsor, pensando en quién pudiera ser el futuro marido de Lucrecia, pues el Reino de Nápoles estaba llamado a desaparecer y no había esperanza ninguna, por la oposición del Rey Fadrique al matrimonio de su hija Carlota, de que recayera en César la corona, habíase fijado en otro Alfonso, el de Este, Príncipe heredero de Ferrara, viudo sin hijos, que contaba entonces unos veinticuatro años. A los catorce se había casado con Ana Sforza, la bellísima y bonísima hermana del Duque de Milán Juan Galeazzo[87], cuya madre, al enviudar en 1476, renovó la alianza con Ferrara y concertó la boda de su hija Ana con el recién nacido Alfonso[88], hijo y heredero de Hércules. Al año siguiente se firmó en Ferrara el contrato matrimonial, y siete años después, cuando cumplía diez la novia, su futura suegra la Duquesa Leonor le envió una muñeca con un equipo completo, obra de los mejores artistas ferrareses. Habíase convenido que la boda se celebraría en 1490, en que cumpliría los catorce Alfonso, y al propio tiempo la de su hermana Beatriz con Ludovico _el Moro_; mas tenía éste entonces por amiga a Cecilia Gallerani, dama milanesa de noble alcurnia, singular belleza y gran cultura, retratada por Leonardo de Vinci y cantada por todos los poetas cortesanos, la cual hablaba y escribía el latín corrientemente, componía sonetos italianos y discutía en latín con los teólogos y filósofos que frecuentaban su casa. Había Ludovico tenido en ella un hijo a quien hubiera deseado legitimar por subsiguiente matrimonio[89], por lo que andaba aplazando la boda concertada con la Estense, hasta que, al fin, teniendo en cuenta la razón de Estado, casó con Beatriz en el castillo de Pavía, el 17 de Enero de 1491, que era martes, porque, consultado el médico y astrólogo de la Corte, Ambrosio de Rosate, declaró que el día de Marte era propicio para el matrimonio de un señor que deseaba sobre todo tener sucesión masculina. Y el lunes 23 se verificaron en la capilla del palacio ducal de Milán los desposorios de Alfonso de Este con Ana Sforza, pronunciando la oración nupcial el maestro de Ludovico, Filelfo, a pesar de ser lego y casado. Un mes después recibieron la bendición con gran pompa en la catedral de Ferrara. Fué el matrimonio felicísimo y muy sentida, tanto en Ferrara como en Milán, la temprana muerte de Ana, al dar a luz un hijo muerto, el 30 de Noviembre de 1497. Igual fin, muy común entonces, había tenido el 2 de Enero de aquel año su cuñada Beatriz, que vió amargados los últimos meses de su vida por los públicos amores del Duque con Lucrecia Crivelli, una de sus damas[90].
[87] Retrató a Ana Ambrosio de Predis, y cree Bertoni que es la tabla de la Ambrosiana, atribuída antes a Leonardo, y en la que unos han creído ver a Beatriz de Este; otros, a Blanca María Sforza, mujer del Emperador Maximiliano; otros, a Blanca Sforza de San Severino, y otros, a Cecilia Gallerani, la amiga del _Moro_.
[88] Nació el 21 Julio 1476.
[89] En 1476 había tenido _el Moro_, de Lucía Marliani, Condesa de Melzi, un hijo natural, que fué bautizado en Pavía y apadrinado por el Cardenal de Novara. Tuvo luego, de Bernardina de Corradis, en 1480, a Blanca, la mujer de Galeazzo de San Severino, y dos hijos de la Gallerani: el primero llamado León y el segundo César, que nació después del matrimonio con Beatriz. Enterada ésta de que su marido seguía frecuentando a la bella Cecilia, alojada en palacio, negóse a seguir viviendo con él maritalmente, y el Duque, que había cobrado afición a su mujercita, puso fin a sus relaciones con la Gallerani, casándola con uno de los gentiles-hombres de su Corte, el Conde Ludovico Bergamini, de Cremona, y regalándole uno de los más hermosos palacios de Milán. Y es curioso que un año después de la muerte de Beatriz, su hermana Isabel escribiera a la Gallerani para pedirle en préstamo el retrato que le había pintado Leonardo, para compararlo con unos de Giovanni Bellini, a lo que accedió la Condesa, advirtiendo que ya no se parecía porque había, con los años, engordado.
[90] También retrató Leonardo a la Crivelli, y dícese que es _La Belle Ferronnière_ del Louvre. Cuatro meses después de la muerte de Beatriz dió a luz un hijo, Gianpaolo, de cuya educación se encargó el Duque, mas puso fin a sus relaciones con la madre. Gianpaolo peleó y murió defendiendo bravamente los derechos de su medio hermano Francisco, el hijo de Ludovico y Beatriz.
Eran los Este, reinantes en Ferrara como Duques feudatarios de la Santa Sede, una de las Casas más ilustres y encopetadas de Italia. Aunque en ella había, como en todas las demás, no pocos bastardos, no lo era D. Alfonso, y a Alejandro halagaba que su hija entrase, y no por mano de bastardo, en una familia muy principal y estuviese llamada a reinar como consorte en un Estado cuya amistad era preciosa para los ambiciosos planes de César, que no se contentaba con la Romaña, de que era ya Duque, y tenía puestos sus ojos en Bolonia y en Florencia.
Había venido a Roma Alfonso de Este muy mozo, en Noviembre de 1492, enviado por su padre para felicitar a Alejandro VI por su elevación al solio pontificio. El Papa, que era padrino de bautismo del joven Príncipe, lo acogió con mucha amabilidad, alojándolo en el Vaticano; de suerte que pudo ver a su sabor a la que había de ser nueve años después su mujer y era entonces la prometida esposa de Juan Sforza, linda chicuela de ojos claros y cabellos rubios, siempre alegre y dispuesta a divertirse.
En Noviembre de 1500 hablábase ya en Roma de la boda de Lucrecia con el heredero de Ferrara, y el 26 de aquel mes se lo participaba a la Señoría el nuevo Embajador de Venecia, Marin Gorzi. Los primeros pasos cerca del Duque de Ferrara los dió Alejandro por medio de un modenés, Juan Bautista Ferrari, antiguo servidor de Hércules, a quien el Papa hizo Datario y luego Cardenal. Al oír la proposición del Papa quedó el Duque tan perplejo y disgustado como el Rey D. Fadrique cuando le pidieron la mano de su hija Carlota para César. Tenía ya en tratos la boda de su primogénito con una Princesa de la Casa Real de Francia, Luisa, la viuda del Duque de Angulema, y la que le proponía Alejandro heríale en su orgullo. Repugnaba también a Alfonso, y tanto la Marquesa de Mantua como la Duquesa de Urbino se indignaron al pensar en semejante alianza. Y no era la bastardía lo que les escandalizaba, sino que fuera hija del Papa, habida cuando éste era sacerdote, y la mala reputación de que, además, gozaba, sabiéndose en Ferrara cuanto de ella se decía en Roma y era a todas las Cortes de Italia transmitido por los despachos de los Embajadores y las cartas de los agentes oficiosos. La respuesta de Hércules fué, pues, una rotunda negativa.
Preveíala el Papa y no se dió por ofendido ni vencido. Encargó a su mandatario que hiciera presente al Duque las ventajas que ofrecía su propuesta y el daño que podría resultarle de rechazarla: por una parte, la seguridad y el engrandecimiento de sus Estados; por otra, la enemistad del Papa, la de César y acaso la de Francia. Sabía Alejandro que la opinión de Luis XII había de ejercer decisivo influjo en Ferrara, y aunque el Monarca francés se mostró en un principio contrario al matrimonio de Lucrecia, porque deseaba estrechar con Ferrara y estorbar el engrandecimiento del poder papal, necesitaba, sin embargo, entonces, para su empresa de Nápoles, la ayuda de Alejandro y el permiso al ejército para que pudiese pasar desde la Toscana a Nápoles a través de los Estados de la Iglesia. Contaba asimismo el Papa con el apoyo del Cardenal d’Amboise, grande amigo de César, que le había llevado el capelo y le había prometido la tiara, para cuando muriera Alejandro, contando con los votos de los Cardenales españoles. Vino César a Roma en Junio de 1501, púsose de acuerdo con los franceses, y juntando luego sus tropas a las que mandaba el Mariscal Aubigny, entró a sangre y fuego en el Reino de Nápoles, que, según lo convenido, había de repartirse entre Francia y España, y desapareció, por obra del Rey Católico, la Casa de Aragón, que César tanto odiaba, recibiendo su último Rey, D. Fadrique, que pasó a Francia, el Ducado de Anjou. Su hijo el Duque de Calabria, D. Fernando, fué llevado a España, adonde le acompañó su preceptor Crisóstomo Colonna[91], y andando el tiempo, casó con la viuda del Rey Católico, Germana de Foix, y a la muerte de ésta con D.ª Mencía de Mendoza, segunda Marquesa de Zenete. Vivió y murió en Valencia, y allí, como Virrey, tuvo Corte, que describe Luis Milán en su libro _El Cortesano_, renovando en el alcázar del Real las cultas y regocijadas fiestas del Rey D. Juan el _Amador de gentileza_. Al morir dejó su cuantiosa fortuna al Monasterio, que fundó, de San Miguel de los Reyes.
[91] Vino a España engañado con la esperanza de casar con una Infanta de Castilla y siguió la Corte de los Reyes Católicos durante diez años, _más acariciado que favorecido_. Otros diez pasó encerrado en el Castillo de Játiba, por haber intentado escapar de su dorado cautiverio, y el Emperador Carlos V le dió, en premio de su conducta durante las germanías, la libertad con la mano de la Reina viuda D.ª Germana, y el Virreinato de Valencia, que aquélla había desempeñado dos veces, la primera en vida de su real consorte, y la segunda siendo ya esposa del Duque de Brandemburgo.
A la guerra de Nápoles debió Lucrecia el haber llegado a ser Duquesa de Ferrara. La Corte de Francia, cediendo a los deseos del Papa, empezó en Junio a hacer pesar su influencia en la de Ferrara, aconsejando al Duque que diera su asentimiento al matrimonio con ciertas condiciones, como la de que trajera la novia una dote de 200.000 ducados, se eximiera a Ferrara del pago del canon anual y se concedieran algunos beneficios a miembros de la Casa de Este. Amboise envió a Ferrara al Arzobispo de Narbona para que convenciera al Duque, y el propio Rey le escribió con igual empeño, negándole la mano de la Princesa francesa prometida a D. Alfonso. A estas instancias uníanse las de los enviados del Papa y los agentes de César, que no dejaban momento de reposo al Duque, por lo que éste tuvo, al fin, que rendirse, y el 8 de Julio participó a Luis XII que estaba dispuesto a darle gusto con tal de que pudiese llegar a ponerse de acuerdo con el Papa respecto a las condiciones de la boda.
La negociación fué larga y laboriosa. Apremiaba el Papa al Duque, pero éste, para concluir el trato, necesitaba, por una parte, vencer la resistencia del hijo, tenazmente opuesto a la que reputaba vergonzosa boda, y por otra, la de Alejandro al cumplimiento de todas las condiciones que Hércules tenía por indispensables y previas para poder firmar las capitulaciones matrimoniales. Habíale mandado a decir el Rey Cristianísimo que si la cosa podía hacerse, tratara de sacar el mayor partido posible, y que si no podía hacerse, él estaba dispuesto a dar a D. Alfonso la mano que quisiera pedir en Francia. Parecíale al Papa excesiva la dote de 200.000 ducados, muy superior a la que llevó Blanca María Sforza al Emperador Maximiliano, y ofreció dar la mitad al contado. Para la exención del canon que pagaba el Duque por el feudo de Ferrara era preciso obtener el consentimiento del Sacro Colegio, y el del Cardenal Julián de la Rovère para la cesión de Cento y de Pieve, ciudades ambas, que exigía Hércules, del Arzobispado de Bolonia, del que era titular aquel Cardenal. Pero si grande era el deseo de Alejandro de ver a su hija establecida en Ferrara, mayor era el de Lucrecia de que se realizara la boda, a pesar de la repugnancia que sabía inspiraba a su futuro esposo y de las condiciones, para ella tan humillantes, de que dependía el éxito de la negociación. Fué Lucrecia quien, tomando en manos el asunto y los intereses del Duque de Ferrara, que eran entonces los suyos, acabó por conseguir del padre que aceptara las condiciones previas exigidas por el Duque para el matrimonio, lo cual tuvo lugar por acta legal estipulada en el Vaticano el 26 de Agosto de 1501, firmándose el contrato de matrimonio el 1.º de Septiembre en Ferrara.
Mientras se seguían las negociaciones matrimoniales, César ayudaba en Nápoles a los franceses a apoderarse de aquel Reino y el Papa aprovechaba la ocasión para despojar de sus bienes en el Lacio a los Barones Romanos, amigos de la Casa de Aragón, como los Colonna, los Savelli, los Estouteville. El 27 de Julio, con infantes y caballos, se trasladó el Papa a Sermoneta; pero antes de ponerse en camino dejó a Lucrecia por lugarteniente suyo en el Vaticano, «confiándole todo el palacio y los asuntos corrientes, con facultad de abrir las cartas dirigidas a Su Santidad, y en los casos de mayor importancia debía aconsejarse con el Cardenal de Lisboa», que era el portugués Jorge da Costa. Y añade Burchard que habiendo llegado un caso en que Lucrecia se dirigió a dicho Cardenal, exponiéndole el asunto y el encargo que le había dado el Papa, le dijo el Cardenal que cuando el Papa hacía alguna propuesta al Consistorio, el Vicecanciller u otro Cardenal la firmaba en su nombre y tomaba nota de la opinión de los votantes, y así también se necesitaba ahora que alguien suscribiese lo que se hubiera dicho. A lo que replicó Lucrecia que ella sabía muy bien escribir.—¿Y dónde tiene usted su pluma?—preguntó el Cardenal. Comprendió Lucrecia el chiste y se sonrió, acabando de buena manera la consulta.
Claro es que los negocios de que dejó el Papa encargada a Lucrecia no se referían al gobierno de la Iglesia, que le correspondía como Vicario de Cristo; pero no puede decirse, como Leonetti en su apología de Alejandro VI, que es como si un cura al ausentarse encargase a una cercanísima parienta que le cuidase la casa y recibiese su correspondencia. Al Maestro de ceremonias de Su Santidad no debió parecerle cosa tan trivial, sino antes bien censurable, como asimismo el que Lucrecia y Sancha asistieran a una función en San Pedro sentándose en el coro entre los Canónigos, a título de hija y nuera del Papa, y es de suponer, dado el carácter de ambas, que no dejarían de charlar alegremente. Gregorovius cree que si Alejandro dispensó a Lucrecia tan señalada prueba de favor, la mayor que podía darle, fué para hacer ver a la Corte de Ferrara, durante la negociación matrimonial, el alto concepto que tenía de las dotes políticas de su hija, que podía empuñar en caso necesario las riendas del gobierno, siendo frecuente que los príncipes italianos, cuando se veían obligados a ausentarse, confiasen a sus mujeres el manejo de los negocios de Estado.
La fausta nueva de la firma de las capitulaciones nupciales en Ferrara, se recibió en Roma con grandes muestras de júbilo. El castillo de Sant’Angelo la saludó con salvas, iluminóse el Vaticano y los partidarios de los Borjas recorrieron ruidosamente las calles de la ciudad eterna, haciéndolas resonar con sus alegres voces. En cuanto a Lucrecia no tuvo límites su gozo. El sentarse en el trono de Ferrara, y reinar en una de las Cortes más antiguas e ilustres de Italia, era la realización de un sueño que llegaba tras nueve años de inquieta vida y de tremendos infortunios conyugales. Había visto anulado su primer matrimonio por la declarada impotencia de un marido de notoria virilidad, y el segundo disuelto por mano fratricida. Mal fin tuvo también la amorosa aventura con _Perote_, y si incurrió en algún otro desliz, pequeño o grande, pasó inadvertido y no hallamos de él mención en los despachos y cartas que recogían cuidadosamente cuantas noticias alimentaban la pública curiosidad. Y es que la atroz calumnia del incesto, lanzada por Sforza y revestida de forma literaria en los epigramas de Sannazzaro,[92] habíase de tal manera esparcido en Roma, que las gentes acabaron por creerla cierta y no les parecía posible que hubiese quien se atreviera a cortejar a la hija del Papa y hermana de César, y si había algún mozo audaz al que ayudaba en su empresa la fortuna, nadie se fijaba en tales amores clandestinos, que eran pecados veniales oscurecidos y eclipsados por el nefando que se suponía cometido por Lucrecia. No podía ella ignorar, aunque no se sintiese culpable, que gozaba en Roma de mala reputación y que ésta era la causa de la resistencia de Alfonso de Este a aquella boda, para cuyo logro no había omitido Lucrecia ningún esfuerzo. Quizás la moviera, no sólo el afán de llegar a la cumbre de la humana grandeza con que soñaba, sino el deseo, dice un historiador moderno, de apartarse para siempre de Roma y de olvidar un pasado que no podía borrar mientras viviese en compañía y bajo la férula del padre y del hermano. Pero tal deseo no responde al carácter de Lucrecia, que harto moza y de suyo casquivana, acostumbrada a vivir en un ambiente de notoria concupiscencia, no estaba todavía en sazón para sentir el arrepentimiento, que es merced que suele otorgar Dios en el otoño o en el invierno de la vida a las que en edad propicia amaron mucho, sirviendo de disculpa a su flaqueza el natural encanto, el excesivo temperamento, los pocos años y el poquísimo seso. Educóse Lucrecia en casa de su parienta Adriana Milá y en compañía de Julia Farnesio, y vivió luego en la intimidad de su cuñada Sancha. Ninguna de ellas era ejemplo de virtud, y si acaso no se dió cuenta de las relaciones de _la Bella_ con el Papa, no podían ocultársele las de Sancha con César. Todo aquello debía parecerle, por la fuerza de la costumbre, muy natural, y quien a los dos meses de asesinado su marido sólo pensaba en divertirse y en disponerse a un nuevo enlace, sin que el recuerdo del difunto le turbara el sueño, no podía sentir remordimiento alguno ni arrepentirse de la vida pasada. No puede creerse, dice Gregorovius, que permaneciera Lucrecia inmaculada en medio de la corrupción romana y del círculo en que vivía, y hasta le parece perdonable su amoroso y fecundo desliz tras la fuga de Sforza; mas si Lucrecia hubiese cometido los nefandos actos que le achacaba la voz pública, no hubiera podido ocultarlos bajo la máscara de una sonriente gracia, porque sería preciso entonces reconocerle, en punto a hipocresía, una fuerza que traspasa los límites de lo humano. Mas peca en esto de ingenuo Gregorovius. No necesitaba Lucrecia mayor hipocresía que la humana, común y corriente, con que cada cual oculta instintivamente sus propios defectos. Y en cuanto a la gracia siempre serena y jovial que tanto entusiasmó a los de Ferrara, era en ella ingénita y nunca la abandonó, ni durante su inquieta vida romana, ni en sus últimos años, cuando la muerte le arrebató a los suyos y acabó el poder de los Borjas en Italia. En su corazón no hacía mella el dolor, y la alegría del vivir, que se reflejaba en su sonrisa, era tan grande que prevalecía sobre todas las contrariedades y amarguras que afligen al común de los mortales.
[92] Conocido es el epitafio:
_Hic jacet in tumulo Lucretia nomine, sed re Thais, Alexandri filia, sponsa, nurus._
Firmadas las capitulaciones, no quiso, sin embargo, el Duque que se celebrara por poder el matrimonio hasta que hubiera el Papa cumplido todas las condiciones estipuladas. Envió a Roma a Saraceni y Berlingeri para que discutieran el asunto con Su Santidad, y a estas conferencias asistía Lucrecia, y con tanto calor apoyaba a los agentes del Duque que, según ellos escribían, _parecía ya una óptima ferraresa_. Al fin se obtuvo del Consistorio, el 17 de Septiembre, la rebaja del canon de Ferrara de 400 ducados a 100 florines. Aquel mismo día renunció Lucrecia el Ducado de Sermoneta en favor de su hijo Rodrigo, Duque de Bisceglia, y el de Nepi en favor del infante romano, Juan, a quien hizo después el Papa Duque de Camerino.
Mientras llegaba a Roma la embajada y comitiva que debía venir a buscar a Lucrecia para conducirla a Ferrara, no paraban las fiestas en el Vaticano. Allí había todas las noches música, y canto, y baile, porque uno de los mayores placeres de Alejandro era ver bailar a mujeres hermosas, y a estas fiestas, que duraban hasta las dos o las tres de la mañana y a veces hasta el alba, solían ser invitados los enviados ferrareses para que admiraran la belleza de Lucrecia y la gracia con que bailaba, y para que vieran—decía el Papa—_que la Duquesa no era coja_.
A la que no estuvieron ciertamente invitados, y de ella, si tuvieron noticia, nada dijeron al Duque de Ferrara, fué a una bacanal con que obsequió César a su padre y hermana el último domingo de Octubre[93] y que el Maestro de ceremonias del Papa, Burchard, refiere en su _Diario_; y también el Materazzo de Perugia como cosa de todos conocida, no sólo en Roma, sino en Italia. Trátase del famoso baile llamado de las Castañas, en que tomaron parte unas cincuenta cortesanas, que, primero vestidas y luego enteramente desnudas, bailaron con los servidores del Duque, y acabada la cena pusiéronse los candelabros en el suelo, sobre el que se esparcieron gran cantidad de castañas que las desnudas cortesanas, andando a gatas entre las encendidas antorchas, debían ir recogiendo. El Papa, el Valentino y Lucrecia presenciaban desde una tribuna el espectáculo, y con sus aplausos animaban a las más diestras, que recibieron en premio ligas bordadas, borceguíes de terciopelo y cofias de brocado y encaje. Y después se pasó a otros placeres. Esto escribió Burchard, y es la única vez en que, al hablar de Lucrecia, la deja harto mal parada, por lo que Gregorovius, atribuyendo a la tradición popular la escandalosa relación a que Burchard dió cabida en su _Diario_, cree verosímil que en las habitaciones de César, en el Vaticano, tuviera lugar la referida fiesta; pero no el que a ella asistiera Lucrecia, ya legalmente esposa de Alfonso de Este y a punto de partir para Ferrara.
[93] El anónimo autor de la _Carta a Silvio Savelli_, dice que la fiesta tuvo lugar el día de Todos los Santos.
La designación de las personas, tanto ferrareses como romanas, que habían de acompañar a Lucrecia de Roma a Ferrara, fué cuestión ardua y discutida. La lista que mandó el Duque mereció la aprobación del Papa, así como la de César, que conocía a algunas de las personas escogidas. Más tardó el Papa en dar su lista y, según dijo, irían pocas damas, porque las romanas eran muy hurañas y poco diestras en cabalgar. Tenía Lucrecia unas siete doncellas que la seguirían a Ferrara, así como D.ª Jerónima, la hermana del Cardenal Borja, casada con un Orsini. De caballeros andaban escasos, porque salvo los Orsini, estaban en su mayor parte fuera de Roma. Sobraban, en cambio, curas y gente docta que no servían para el caso. De todos modos no irían menos de cien personas. Y como los enviados expresaran su sentimiento por no haberles concedido el Duque de Romaña la audiencia que le habían pedido, mostróse Su Santidad muy disgustado y dijo que el Duque acostumbraba hacer del día noche y de la noche día, y que era muy otra la Duquesa (Lucrecia) que como mujer prudente era fácil para las audiencias, e hizo de ella los mayores elogios por la gracia con que había gobernado el Ducado de Spoleto.
Pero el séquito ferrarés de Lucrecia, tan impacientemente aguardado en Roma, no se ponía en camino, a pesar de estar ya pronto. Sospechaba el Papa que en el retraso pudiera influir alguna razón política, y en efecto: el Emperador Maximiliano seguía insistiendo cerca del Duque para que aplazase la boda a que se había mostrado siempre opuesto. De más peso que esta opinión del Emperador era para el Duque el deseo de tener en su poder las Bulas y los 100.000 escudos contantes de la dote, que debían satisfacer los Bancos de Venecia, Bolonia y otras ciudades, amenazando, para el caso de que no estuviesen entregados al llegar la comitiva a Roma, con que le daría la orden de volverse a Ferrara. Enfurecióse el Papa cuando se lo dijeron los agentes del Duque, y los colmó de improperios, calificando de _mercader_ al propio Hércules, que de ello se dolió.