Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 10

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En Roma entró, sin ceremonia alguna y casi furtivamente, D. Alonso, el 15 de Julio, y el 21 se celebró y consumó secretamente el matrimonio. La misa de las bodas tuvo lugar el domingo 5 de Agosto, y la relación de los festines que con este motivo se celebraron en el Vaticano escribióla D.ª Sancha, la hermana del novio, y la ha publicado, acrecentada con noticias y aclaraciones, el Marqués de Laurencín, Director de nuestra Academia de la Historia. Es esta Relación una carta que dirigió la Princesa de Squillace a su tío, el Rey D. Fadrique, a juzgar por el encabezamiento y texto de la epístola, y «resulta una amena y detallada descripción de los banquetes pantagruélicos que en el Vaticano se celebraron con tan fausto motivo; una pintura exacta, un cuadro animado y fidelísimo de las costumbres, de las malas costumbres de aquella corrompida Corte, y nos muestra a los Cardenales y Prelados bailando con las damas de Palacio, alanceando toros, haciendo una montería con disfraces y otras cosas extrañas. Narra con primor hasta los más nimios y singulares pormenores, como tal vez no lo hicieran un afamado modisto parisino o un competente cronista de salones, los trajes, atavíos y tocados de damas y galanes; enumera los espléndidos regalos de joyas y orfebrería con que a la desposada obsequiaron su padre Alejandro VI y la Corte cardenalicia, ofreciéndonos, en suma, esta epístola narrativa, escrita con deliciosa ingenuidad y no afectado realismo por testigo presencial de tanta monta, una página vibrante, llena de luz y color, de tan espléndidas fiestas, útil y aprovechable para la Historia, para la indumentaria y para el arte.» A ella remitimos al curioso lector, que advertirá fácilmente que andaba entonces D.ª Sancha en amorosos tratos con su cuñado el Cardenal, cuyos trajes se complace en describir con tanta minuciosidad como los suyos[80]. Danzó César, a menudo, con ella _una baja y una alta_, sentóse en sus faldas, obsequióla con motes sugestivos y convidóla a una corrida de toros, a que asistieron diez mil personas, y en un palco D.ª Sancha, el Príncipe su marido y sus doncellas. «Vestía el Cardenal una camisa muy rica de canyutillo de oro y otras labores de seda, sembrada toda ella, con unas mangas de nueva manera hechas, _la cual yo se la di para aquel día_; encima de ella traía una marlota toda blanca, con una espada labrada de oro de martillo, un bonete de terciopelo carmesí, con unos torzales de oro, y un penacho blanco y unos borceguíes azules de zumaque, labrados todos de hilo de oro muy ricos. Salió a caballo en un caballo todo blanco, morisco, muy hacedor, con un jaez esmaltado y unos cordones azules y de canutillo de oro y piedras, y una lanza en la mano con una bandera labrada de plata y de oro, muy gentil, _la cual yo le di para aquel día_. Llevaba el Cardenal consigo doce caballeros, que eran: D. Juan de Cervellón, D. Guillén Ramón de Borja, D. Ramón Castellar, Mosén Alegre[81], el Prior de Santa Finna[82], D. Miguel de Corella, D. Juan Castellar, mi mestresala, mi trinchante, el caballerizo del señor Cardenal y mi caballerizo, todos muy buenos caballeros de la jineta. Corrieron ocho toros desde las 19 horas hasta las 24; mató el señor Cardenal, sólo de su mano, dos toros de aquesta manera: que después de haber corrido mucho el primero, dióle una lanzada cerca de la cabeza que le pasó la mitad de la lanza por el pescuezo con la bandera, después de cansado un rato corriendo con los otros caballos; ya descansado, fué para mudar de caballo, aunque había mudado otros tres; él solo se agarró con otro toro muy bravo, y porque había muerto el primero con la lanza, dejó aquélla y tomó otra de la misma manera y corrió este toro por espacio de media hora; después arrojó la lanza y puso la mano a la espada, y dióle una tan gran cuchillada en el pescuezo, que le echó en tierra muerto luego sin más ferida; y ansí fueron, en la tarde, todos los otros toros corridos y muertos por su señoría.» Bueno es que conste, para los aficionados a la fiesta nacional, cómo se corrían los toros a la española en Roma, a fines del siglo XV, y cómo se acreditó de gran matador César Borja. Cuando terminó la corrida, el Cardenal, y todos los del juego vinieron a la posada de D.ª Sancha y allí cenaron y estuvieron seis horas cantando y tomando otros placeres.

[80] Uno de los trajes que lució D.ª Sancha era un hábito a la capellana, cerrado delante y de todas partes, que hacía poco le había enviado de España la Duquesa de Gandía, con una mantilla de terciopelo negro que se la había hecho hacer el señor Cardenal.

[81] De todos los lidiadores aquí citados nos da el Marqués de Laurencín noticia exacta, excepto de este Mosén Alegre, a quien confunde con el Capitán francés Ives d’Allegre, el cual mandó las lanzas que puso Luis XII a las órdenes de César para la conquista de la Romaña y le debió su libertad Catalina Sforza, que después de haberse entregado en Forli a los franceses estuvo presa en el Castillo de Sant’Angelo. El Mosén Alegre aquí nombrado es un valenciano, justador singular, que por indicación del Papa trajo de Valencia el Duque de Gandía.

[82] D. Pedro Luis de Borja, Prior de Santa Eufemia.

Las fiestas de la boda que describe D.ª Sancha no duraron, en rigor, más que dos días. El domingo 5 de Agosto, después de la misa, pasaron la mañana en casa de Lucrecia, donde comieron, y después fueron al Vaticano. Aguardábalos el Papa en la Sala de los Pontífices, y allí danzaron durante tres horas; vino luego la cena, y no cenó Sancha porque servía la copa a Su Santidad, teniendo de sota-copero a D. Ramón Guillén de Borja, pariente del Papa, y de paje del pañizuelo a Mosén Alegre. A la cena siguió una montería, aparejada por el Cardenal de Valencia, que, vestido de raso amarillo, representaba el unicornio, y acabados los bailes de los momos, cambiaron de trajes y se reanudaron las danzas _altas y bajas_, hasta que amaneció y se sirvió su colación al Papa, y éste despidió al Duque y a D.ª Lucrecia, que se fueron a su casa, y con ellos se fueron todos, con muchos sones y ya salido el sol.

El lunes se gastó todo el día en dormir, y cuando despertaron el martes era la misma hora a que se habían acostado el día anterior. Ese día, el 7, fué el Cardenal quien convidó e hizo la fiesta en el Belveder, casa y huerta de placer de Su Santidad, repitiéndose las danzas, la cena y la colación con motes e invenciones que presentaba el Cardenal, y cuando amaneció, mandó el Papa que fuese cada cual a su posada. Y con esto acabaron las fiestas del señor D. Alonso y la señora D.ª Lucrecia.

Todo presagiaba un matrimonio felicísimo. La mocedad de D. Alonso, casi dos años menor que Lucrecia, su varonil hermosura, su apacible carácter, la simpatía de la sangre, bastardos ambos, hijo él de un Rey aragonés y ella de un Papa valenciano, hasta el afecto que se tenían Lucrecia y Sancha, ahora doblemente cuñadas, hacían que fuera el Duque de Bisceglia un marido a quien no es extraño cobrara Lucrecia, desde luego, grandísima afición.

Poco después, y con fines también políticos, concertó Alejandro otras dos bodas: las de sus sobrinas Jerónima y Angela, hermanas ambas del Cardenal Juan de Borja, el menor; de Rodrigo, el Capitán de la Guardia palatina y del Prior de Santa Eufemia, Pedro Luis, torero como César, que fué también Cardenal, y a la muerte de su hermano, el último Borja, Arzobispo de Valencia. Casó Jerónima, el 8 de Septiembre de 1498, con Fabio Orsini, hijo de Pablo y sobrino de Juan Bautista, el Cardenal, celebrándose el matrimonio con gran pompa, en el Vaticano, en presencia del Papa e interviniendo como testigo el Duque de Bisceglia, que tuvo la espada desnuda sobre la cabeza de los jóvenes esposos mientras duró la ceremonia. D.ª Jerónima acompañó a Lucrecia a Ferrara, y viuda de Fabio Orsini, contrajo, en 1507, segundas nupcias en Nápoles, con Tiberio Caraffa, Duque de Nocera, Conde de Soriano y de Terranova. Angela se desposó en el Vaticano el 2 de Septiembre de 1500, en presencia de los Embajadores de Francia, con Francisco de la Rovère, que contaba sólo ocho años, hijo del Prefecto de Roma y sobrino del Cardenal Julián, con quien se congració el Papa por medio de estos desposorios que no se llevaron luego a cabo. Francisco de la Rovère casó con Leonor Gonzaga, la hija de Isabel de Este, y fué Duque de Urbino, y Angela Borja, que era dechado de hermosura y gracia, pasó a Ferrara con su parienta la Duquesa y trajo aquella Corte a mal traer, siendo por el Ariosto citada en la octava cuarta del último canto del _Orlando Furioso_. Casó, el 6 de Diciembre de 1506, con Alejandro Pío de Saboya de los Píos de Sassuolo[83], de los que desciende el actual Príncipe Pío de Saboya, Marqués de Castel Rodrigo, y un hijo de ellos llamado Gilberto se desposó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito de Este, el cuñado de Lucrecia, que estando enamoradísimo de Angela y celoso de su hermano Julio, mandó sacarle los ojos por haberle a ella oído decir que los tenía muy hermosos.

[83] Según Béthencourt, casó previas capitulaciones de 27 de Marzo de 1506, en Valencia, con D. Luis Lanzol de Romani, segundo Barón de Gilet; pero figúrasenos que si las capitulaciones existieron, no se llevó a cabo la boda o que hay identidad de nombre y error de persona. Otra Angela de Borja, hija del Capitán de la Guardia palatina, D. Ramón Guillén de Borja-Lanzol de Romani, prima hermana de nuestra Angela, casó con D. Rodrigo de Corella, cuarto Conde de Cocentaina, que con su valor y sangre fría salvó la vida del Papa en un mal encuentro que tuvo con un león en los jardines del Vaticano.

El 17 de Agosto de aquel año, de 1498, César, cuyas notorias deshonestidades aun para lego eran muy grandes, según solía decir el Embajador de España, renunció, con autorización del Sacro Colegio, el capelo cardenalicio para la salvación de su alma, y aquel mismo día llegó a Roma Luis de Villeneuve, Embajador de Luis XII, que le traía el nombramiento de Duque de Valence en Francia, por lo que siguieron llamándole el Valentino, y le invitaba a ir a Chinon, donde a la sazón residía la Corte. Largos y costosos fueron los preparativos para el viaje, que hasta el 1.º de Octubre no pudo emprender el nuevo Duque, revistiendo su partida de Roma la solemnidad y el fausto de la de un Soberano. En este viaje tenía puestas el Papa grandes esperanzas, más que para bien de la Iglesia y acrecentamiento de su poder temporal, para el encumbramiento de su hijo César, que, según decía en Breve dirigido a Luis XII el 28 de Septiembre, era lo que tenía en el mundo de más caro. Por mediación del Rey de Francia esperaba que obtendría César la mano de Carlota de Aragón, que en aquella Corte se educaba; mas no fué posible vencer la resistencia de la doncella, no menor que la del padre, que jamás quiso venir en deudo que tan mal la estaba, ni ella en ser llamada _la Cardenala_, y tuvo César que contentarse con otra Carlota, la francesa d’Albret, y dióse el Papa también por satisfecho, porque los franceses ayudarían al Valentino, como en efecto lo hicieron, a conquistar la Romaña, para lo que empezó Alejandro por declarar desposeídos de sus feudos, por no haber pagado a la Santa Sede el debido tributo, a los Señores de Rimini, Pesaro, Imola, Forli, Urbino, Faenza y Camerino, y hasta se pensó en Ferrara.

Aguardaba el Papa con impaciencia noticias de Francia para saber por quién decidirse, si por el Rey Cristianísimo, que con la ayuda de Venecia aspiraba a conquistar el Milanesado y Nápoles, o por el Rey Católico, que temía se opusiera a ello y se declarase en favor de los Sforzas y los Aragoneses. Los Embajadores de España le habían amenazado con el Concilio y la Reforma, y como llegaran a decirle que eran conocidos los medios de que se había valido para conseguir la tiara, los interrumpió diciéndoles la había obtenido por los votos del Cónclave y era Papa con mejor derecho que los Reyes de España, que eran unos intrusos sin título ninguno jurídico y contra toda conciencia. Uno de los Embajadores aludió a la muerte del Duque de Gandía, calificándola de castigo de Dios, y el Papa repuso indignado: «Más castigados han sido vuestros Reyes, que no tienen prole.» Pero estos desahogos poco diplomáticos, si es que tales palabras se dijeron, no tuvieron ninguna consecuencia. El Papa se tranquilizó por completo cuando supo que el Rey Católico estaba de acuerdo con el Cristianísimo para repartirse los Estados de su pariente, el último Rey de la Casa de Aragón, en Nápoles.

Quien no se tranquilizó con las noticias que de Milán le daba su hermano Ludovico _el Moro_, fué el Cardenal Ascanio Sforza, y juzgando su situación harto precaria en Roma, abandonó la ciudad secretamente en la noche del 13 al 14 de Julio de 1499 y se dirigió a Nepi, propiedad de los Colonna, con ánimo de embarcar en una nave napolitana que lo llevara a Génova, desde donde se trasladaría a Milán. El 2 de Agosto partió también de Roma, y se refugió en Genazzano, al amparo de los Colonna, el Duque de Bisceglia. Debieron influir en el ánimo apocado y contristado de D. Alonso los consejos del Cardenal Ascanio, su mejor amigo en Roma, que le recordaría el caso del anterior marido de Lucrecia, que debió a la fuga el salvar la vida amenazada por César. Furioso el Papa envió gente a caballo, que no logró dar alcance al fugitivo. Lucrecia, que estaba embarazada de seis meses, después de haber malparido el 18 de Febrero a consecuencia de una caída en el jardín en que jugaba con una de sus doncellas, que le cayó encima, no hacía más que llorar y lamentarse. El marido le escribió que la aguardaba en Genazzano, y el Papa, en cuyas manos cayó esta carta, hizo que ella le contestara exhortándolo a regresar a Roma, y para distraerla la nombró el 8 de Agosto Regente de Spoleto, ciudad hasta entonces gobernada por Legados pontificios, los más de ellos Cardenales. Púsose Lucrecia en camino aquel mismo día con un numeroso séquito, del que formaban parte su hermano Jofre, Fabio Orsini, el marido de Jerónima Borja, y una compañía de arqueros, y al cabo de seis días de viaje, ya en mula, ya en litera, llegó a Spoleto. D. Alonso, para su desgracia y por lo muy enamorado que estaba de su esposa, se decidió a reunirse con ella, obedeciendo al Papa, que le ordenó fuese a Spoleto por Foligno y que vinieran después ambos a Nepi, donde él se encontraba, y de cuyo feudo, perteneciente a Ascanio Sforza, había investido a Lucrecia. El 25 de Septiembre se trasladó Alejandro, con cuatro Cardenales, a Nepi y allí recibió a la nueva señora, acompañada de su marido y de su hermano Jofre. El 1.º de Octubre regresó el Papa al Vaticano y el 14 Lucrecia. El día de todos los Santos dió ésta a luz un hijo, que fué con gran solemnidad bautizado en la Capilla Sixtina, poniéndole por nombre el de su abuelo materno, lo que hizo decir al enviado de Mantua, Juan Lucio Cattanei, «que se había encontrado el filón que no pudo explotar el Señor de Pesaro». Poco después la Señora de Spoleto y Nepi acrecentó sus Estados con el de Sermoneta, del que se vieron los Gaetani despojados.

Había también regresado de Nápoles a Roma D.ª Sancha, levantado el destierro de algunos meses que le impuso el Papa, y ausente César, ocupado en guerrear en la Romaña contra Catalina Sforza y en rendir las fortalezas de Imoli y Forli, disfrutábase, tanto en el Vaticano como en el Palacio de Santa María in Pórtico, de un reposo siempre amenazado por la ambición y los amores del siniestro y temido Valentino. Si fueron para Lucrecia, según Gregorovius, los días más felices de su vida los del idilio de Pesaro, con mayor razón pudiera decirse que conoció la dicha en su segundo y breve matrimonio con Alonso de Aragón. La varonil belleza del adolescente marido, el ardor, no de perito capitán, sino de soldado bisoño, con que cumplía sus deberes conyugales; su ingenuidad y mansedumbre, y la afición que le cobró a Lucrecia, hicieron que ella correspondiese a este afecto con no menor vehemencia, y que hallase en los nupciales y legítimos goces igual satisfacción que la obtenida del pecaminoso ayuntamiento. Pero las dichas humanas duran poco, y la de Lucrecia, en su segundo matrimonio, había de tener pronto y terrible fin.

El 26 de Febrero de 1500 celebró César su entrada triunfal en Roma, trayendo prisionera a Catalina Sforza, a quien el vencedor hizo sufrir, según voz pública, los últimos ultrajes[84]. Recibiéronlo solemnemente los Cardenales y los Embajadores, y el Papa, que lloraba y reía de gozo, le confirió las insignias de Gonfaloniero de la Iglesia y la rosa de oro. Habíase visto César obligado a suspender las hostilidades en la Romaña, porque la reaparición de Ludovico _el Moro_ en Lombardía, llevó allí las tropas francesas, que al mando de Allegre servían a las órdenes del Valentino; pero la batalla de Novara acabó con los Sforza. _El Moro_ cayó prisionero y fué encerrado en la fortaleza de Loches, donde murió tras largo cautiverio; su sobrino Francisco _il Duchetto_, el hijo de Isabel de Aragón, desposeído por _el Moro_, pasó a la Corte de Francia y se convirtió en el Abate de Noirmoutiers, muriendo tempranamente, en una cacería, de una caída de caballo; y el Cardenal Ascanio, que cayó en manos de los venecianos, los cuales lo entregaron a los franceses, estuvo preso en Bourges y obtuvo su libertad por mediación del Cardenal d’Amboise, con quien vino a Roma para la elección de Pío III, y aquí murió de la peste a fines de Mayo de 1505, y yace en el magnífico sepulcro que para él labró, en Santa María del Popolo, por orden de Julio II, Andrea Sansovino. Llegaron las faustas noticias de Milán a Roma, cuando la ciudad eterna, rebosante de peregrinos, celebraba el jubileo.

[84] Cuando lo supo Giangiacomo Trivulzio, dijo: _O bona Madonna, hora non te mancherà da..._

En la noche del 15 de Julio, al regresar del Vaticano el Duque de Bisceglia, atacáronle, en la Plaza de San Pedro, unos seis sicarios disfrazados de mendigos, que después de herirlo a puñaladas quisieron arrastrarlo hacia el Tíber para hacer desaparecer las trazas del delito; pero los gritos del Príncipe en el silencio de la noche y las irritadas voces de los asesinos dieron el alarma a la guardia palatina, que salió, aunque no a tiempo para detener a los falsos mendigos, que se reunieron con unos cuantos jinetes que los aguardaban en un apartado y oscuro rincón de la plaza, y a rienda suelta se alejaron de Roma. Transportado el malherido Duque a su palacio, pudo llegar hasta la estancia en que se hallaba Lucrecia, la cual, al verle en aquel estado, cayó desmayada. Sanó, sin embargo, de las graves heridas; mas temeroso de ser envenenado, no se dejó curar sino por los médicos que le envió el Rey de Nápoles[85] ni probó más alimento que el que Lucrecia y Sancha preparaban. Atribuyóse el atentado a la misma mano criminal que había perpetrado el del Duque de Gandía, que entonces se tenía por obra de César, y de ello estaba convencido el propio D. Alonso, que había cobrado mortal odio y temor a su cuñado[86].

[85] El cirujano Micer Galieno y el doctor Antonazo Calabrei.

[86] El Barón de Pastor achaca el atentado a los Orsini y tiene por inverosímil que César tuviese parte en el asesinato, pero no alega otra razón sino la de que los Orsini creían que Alonso trabajaba en su daño con los Colonnas, aliados del Rey de Nápoles.

Ello es que un mes después, el 18 de Agosto, estando ya convaleciente el Duque de Bisceglia, se presentó en su cuarto Miguel Corella, que lo estranguló por orden de César. Según refiere el Embajador veneciano Paolo Capello, y esta es la versión del Vaticano para justificar aquella muerte y disculpar a César, desde su ventana vió Alonso a César que paseaba en el jardín del Belvedere. Cogió rápido un arco y disparó una flecha contra el que era objeto de su odio. La cólera de César no conoció límites, y su capitán de guardias hizo pedazos al Duque. Aquella misma noche el cadáver del desdichado Príncipe fué transportado a San Pedro, y amedrentado, al tener noticia del nefando crimen, el Embajador de Nápoles se refugió en casa de su colega de España.

Era natural que Lucrecia, mujer al fin y al cabo, siquiera no dejaran las penas en su corazón apenas huella, sintiera la muerte del gallardo mozo que fué durante dos años su marido y pereció villanamente asesinado por la misma mano que ultimó al Duque de Gandía. Era natural que derramara abundantes lágrimas y prorrumpiera en amargas quejas; pero ni las lágrimas ni las quejas enternecieron a Su Santidad, y para librarse de ellas, porque también molestaban a César, por cuyos ojos veía el Papa todas las cosas, envió a Lucrecia a Nepi.

El 30 de Agosto, con un séquito de seiscientos jinetes, salió Lucrecia para la ciudad de que era Señora. Como era de temer, dado que se hallaba encinta cuando ocurrió el asesinato de su marido, malogróse la criatura. En el solitario castillo, reconstruído por Alejandro VI, pudo la tierna viuda dar rienda suelta a su dolor, tanto menos duradero cuanto más vehemente, y antes de dos meses estaba de regreso en Roma dispuesta a gozar de la vida y a pasar a terceras nupcias que la hicieran olvidar por completo, tanto al asesinado Duque de Bisceglia, como al fugitivo Señor de Pesaro, porque era, como César, _super omnia clara et jocunda e tutta festa_, según decía el Obispo de Módena Juan Andrés Bocaccio.