Los valores literarios

Part 9

Chapter 94,042 wordsPublic domain

Lo hecho por Alhaquime estaba bien hecho; no se podía negar. Mas no era aquélla cosa en que pudiera emplearse un rey. («Non era tan gran fecho como convenía de fazer al rey.») Por esto las gentes comenzaron á loar desmesurada é hiperbólicamente, á manera de escarnio, la hazaña del rey. Todo era comentarios, risas, sonrisas y alusiones en las cámaras y retretes de palacio. Todo eran burlas y trebejos entre los populares. «Y decían cuando llamaban á alguno, en arábigo: _Va hede ziat Alhaquime_, que quiere decir: _Este es el añadimiento del rey Alhaquime_.» El añadimiento regio de un agujero al albogón, era, en suma, comidilla de todos los vasallos del rey moro. Tanto se habló del caso, tan sin rebozo llegaron á ser las burlas, que el monarca se percató de ello. Preguntó Alhaquime á sus cortesanos, y aunque los cortesanos son artificiosos y lisonjeros, al fin tuvieron que hacer lo que rarísima vez hacen: decir la verdad. Alhaquime, el rey de la mirada absorta y de los labios sensuales, debió de sonreir. Y un día, mandando juntar todos los alharifes, tallistas y estofadores de su reino, mandó que la mezquita de la ciudad, hasta allí harto menguada, fuese ensanchada y ornada espléndidamente. Desde entonces, cuando los moros quieren loar alguna empresa grande, exclaman: «¡Este es el añadimiento del rey Alhaquime!»; es decir: «¡_Va hede ziat Alhaquime_!» Así el loamiento que antes se hacía por escarnio, después se hizo por entusiasta admiración.

Cuando nosotros, hombres del siglo XX, empapados en la civilización occidental, entremos ahora á lo largo de nuestras andanzas en el patio de la mezquita de Córdoba y allí, gozando del silencio, de la paz y del cielo azul, nos detengamos entre los naranjos, exclamemos también: ¡_Va hede ziat Alhaquime_! Y pensemos ante esta mezquita maravillosa que aquel rey mandó agrandar; pensemos--nosotros, artistas, políticos--que están bien las menudas y pulidas obras, pero que están mejor--y ése debe ser nuestro ideal--las grandes, levantadas, generosas obras en que pongamos nuestro corazón y nuestra fe.

* * * * *

DON CUERVO Y DON RAPOSO.--Un cuervo va volando por el azul. Lleva en el pico un pedazo de queso: «un pedazo de queso muy grande». Va contento el cuervo; debe de haber cogido este queso de algún cestillo que llevaba un niño al mercado; los ojos del mozuelo habrán visto asombrados cómo de pronto el cuervo remontábase á lo alto llevándose en el pico el queso. Ahora el cuervo va á darse un suculento hartazgo. Se posa en la rama de un árbol. ¿En la rama de un ciprés? El ciprés es de las cornejas. ¿En la rama de un olivo? El olivo es de los mochuelos; cada mochuelo tiene su ramita en un olivo. ¿En la rama de un almendro? El almendro es de los cuclillos; en Levante, durante las claras noches, en el llano plantado de grandes, sensitivos almendros, los cuclillos tañen su flauta de dos notas... El cuervo se para en un árbol cualquiera; esta estada del cuervo en una rama es accidental, fuera de sus costumbres. No nos imaginamos á los cuervos posados serenamente en un árbol, sino volando, volando, volando por los cielos azules ó cenicientos, desde donde, bruscamente, descienden á las llanuras rasgadas por interminables surcos paralelos. Nuestro cuervo se halla posado en un árbol; en el pico tiene su queso; está indeciso. ¿Se lo comerá aquí ó en la escondida quiebra de una montaña?

Aparece el raposo. El raposo hállase pasando unos días muy amargos; tal premia como ésta no la ha pasado él nunca. No cae ni una gallina, ni una perdiz, ni una ingenua cogujada. Está harto el raposo de comer grillos y saltamontes; los racimos de los majuelos están aún verdes. El raposo oye un leve ruido en un árbol y levanta la cabeza. Allí hay un cuervo con un queso en el pico. Ya tiene pitanza el raposo para el día de hoy. He aquí cómo el raposo comienza á hablar al cuervo: «Don Cuervo...» (Cortés, exquisitamente cortés, según veis, es el raposo; por tanto, con el don con que él agracia al cuervo le agraciaremos también á él nosotros.) Dice así don Raposo: «Don Cuervo: muy gran tiempo ha que oí fablar de vos, y de la vuestra nobleza, y de la vuestra apostura, é como quier que vos mucho busqué, non fué la voluntad de Dios, nin la mi ventura, que vos pudiese fablar hasta ahora; y ahora que vos veo, entiendo que ha mucho más bien en vos de cuanto me dezían. Y porque veades que vos lo non digo por lisonja, también como vos diré las aposturas que en vos entiendo, también vos diré las cosas en que las gentes tienen que non sodes tan apuesto».

Nótese cómo don Raposo da color de verdad sincerísima á su lisonja; él dirá las gentilezas de don Cuervo, pero también le dirá á don Cuervo las cosas que, según las gentes, no están bien á don Cuervo. Dicen las gentes que el color negro es desapacible; negros tiene don Cuervo el pelaje, los ojos, las garras, el pico. Eso dicen las gentes; mas las gentes se engañan. Porque, ¿qué color más hermoso en los ojos que el negro?

Las péndolas del pavón, ¿no son negras también? Y ¿habrá animal más bello que el pavón?... Todas las cosas, en fin, son cumplidas y graciosas en don Cuervo; todo: las plumas, las garras, el pico, el volar majestuoso y raudo. Con todo ello sería gran mengua si don Cuervo no supiese cantar. Don Raposo está seguro de que don Cuervo canta maravillosamente; pero, por desgracia, él no le ha oído nunca. ¿No podría hacerle don Cuervo la merced de cantar? «Si yo pudiese de vos oir el vuestro canto--dice zalameramente don Raposo--, para siempre me ternía por de buena ventura.» Don Cuervo, emocionado, enternecido, va á cantar. Abre el pico, cae el queso... Instantáneamente don Raposo lo coge y se aleja corriendo.

Las más dañosas falsías son aquellas que se realizan con elementos de la verdad. Sepamos, en todo caso, resistir á la lisonja; más difícil es permanecer ecuánimes ante el elogio que ante la diatriba. Artistas, poetas, pintores, oradores: cuando se nos haga alguna loanza, no salgamos de nuestro diapasón habitual. Leamos serenamente los elogios; sepamos distinguir lo que en ellos hay de exacto, y lo que en ellos se debe á las circunstancias y al afecto del loador. ¿Qué harán de todos estos elogios las generaciones venideras? Y ¿qué pensar de los elogios cuando vemos, frecuentemente, ponderadas en nuestra obra aquellas partes deleznables, efímeras, á que no damos importancia, mientras los entusiastas admiradores pasan en silencio, ignorándolas, aquellas otras en que hemos puesto fervientemente toda nuestra alma?

III

DON ILLÁN EL MÁGICO.--Don Illán el Mágico vive en Toledo. Un mágico es un hombre sencillo y respetable. Tenéis una idea errada de lo que es un mágico. Un mágico no es un señor barbado y hosco que lleva en la cabeza un cucurucho con estrellas pintadas; un mágico es un hombre silencioso, discreto, de una mirada inteligente y dulce, de unas maneras suaves. Don Illán vive en Toledo; habita en una casa silenciosa y limpia. Grande es su renombre de sabiduría; á todos los ámbitos de España se extiende. Allá en Santiago de Galicia, un deán de la catedral ha entrado en deseos de conocer los secretos del arte mágico. ¿Para qué querrá conocer tales misterios este deán? Y ¿quién mejor que Don Illán podrá--si quiere--enseñárselos? Pues á Toledo se encamina nuestro deán. Cuando llega á Toledo endereza sus pasos á la casa de Don Illán. Á éste «fallólo que estaba leyendo en una cámara muy apartada»; es decir, tal vez en un desván, en un cuartito lejos de los ruidos de la calle, y que tiene por panorama--que se atalaya desde la ventana--una vasta extensión de tejados y de torrecillas, que se destacan bajo el cielo azul; un cielo por el que caminan unas nubes blancas.

Don Illán recibe cordialmente al viajero. Con exquisita amabilidad se dispone á enseñar su ciencia al deán de Santiago. En el coloquio que acaban de tener, el deán ha manifestado que él es hombre ante quien se abre un halagüeño porvenir; ahora es deán; dentro de unos años, seguramente llegará á arzobispo, á cardenal, á papa. El deán, en cambio de la ciencia que le iba á comunicar Don Illán, «le prometió y le aseguró que de cualquier bien que de él oviere, que nunca faría sino lo que él mandase». No hay, por lo tanto, más que hablar. Don Illán manifiesta que la ciencia que él ha de enseñar «non se podía aprender sino en un lugar muy apartado». Esta misma noche tendrán los dos la misteriosa conferencia. Antes, don Illán llama á su cocinera y le ordena que prepare unas perdices para la cena. Don Illán desea obsequiar con este yantar al viajero.

Llega la noche; se dirigen ambos á esa cámara secreta donde don Illán ha de dar su conferencia. «Entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada, y fueron descendiendo por ella muy gran pieza en guisa que parescían tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos; é desque fueron en cabo de la escalera, fallaron una posada muy buena en una cámara mucho apuesta que ahí havía, do estaban los libros y el estudio en que habían de leer.» No os imaginéis retortas, matraces, hornillos y redomas. No un gran caimán puesto colgando de una pared (como vemos en las ilustraciones del _Fausto_). No tibias humanas ni un ancho infolio y un reloj de arena colocados encima de una mesa. Esta cámara subterránea, tan honda que sobre ella quizá pase el río Tajo; esta cámara no es mas que una biblioteca henchida de raros y preciosos libros. La estancia no está alumbrada por el resplandor rojo de los hornillos (como también vemos en las estampas populares). Don Illán debía de ser uno de estos hombres que, viviendo en su siglo (el XII ó el XX), viven realmente en un futuro en que fuerzas misteriosas que hoy desconocemos--pero que presentimos--harán que sea posible lo que hoy juzgamos irrealizable. Cuando ha entrado por su puerta el deán de Santiago, don Illán, á través de la materia y á través del tiempo ha leído el alma de este hombre. Este hombre es un ingrato.

Ya se dispone don Illán á comenzar su conferencia, cuando aparecen unos mensajeros que le traen una carta al deán. Hemos olvidado decir que el deán es sobrino del arzobispo de Santiago. En la carta se le notifica una grave enfermedad del arzobispo. El deán contesta con otra epístola, diciendo que siente mucho no poder ir á acompañar á su tío. «Dende á cuatro días llegaron otros hombres á pie, que traían otras cartas al deán, en que le fazía saber que el arzobispo era finado.» Se preparaba en aquellos momentos en Santiago la elección de nuevo arzobispo; todos deseaban elegir al deán. Transcurren siete ú ocho días más y aparecen «dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados»; los cuales escuderos se llegan hasta el deán, le besan reverentemente las manos y le entregan una carta en que se le notifica que ha sido elegido arzobispo de Santiago.

Ya tenemos á nuestro deán hecho arzobispo electo. Ya rebosa de satisfacción. Ya se ve en su palacio de Santiago sentado en uno de esos sillones de terciopelo, con bordados ricos de sedas en que--más tarde--había de poner Antonio Moro algunos de sus personajes regios. Don Illán da la enhorabuena al electo arzobispo. Y como don Illán ha sido generoso con él enseñándole su ciencia misteriosa, don Illán ruega al arzobispo que el deanazgo vacante lo provea en un hijo suyo. El arzobispo, cortés y atento, se dispone á acceder á la petición de don Illán; sin embargo, deseaba exponerle una cierta consideración. Él «le rogava que quisiese consentir que aquel deanazgo lo hubiese un su hermano»... Nótese la irreprochable cortesía del electo arzobispo; el deanazgo es para el hijo de don Illán; no hay más que hablar de ello; mas él, el arzobispo, _ruega_ á don Illán que _quiera consentir_ que sea para un hermano del arzobispo con quien el arzobispo tiene un grande y antiguo compromiso. Y añade: «Más que él le faría bien en la Iglesia en guisa que él fuese pagado, y que le rogava que se fuese con él á Santiago y que levase con él á aquel su fijo».

Ya están todos en Santiago. El arzobispo es un buen arzobispo; todos le quieren bien; él es bondadoso con todos. Al cabo de algún tiempo llegan unos mandaderos del papa. Ha vacado el obispado de Tolosa; para esa sede nombra el papa al arzobispo de Santiago. Entonces don Illán pide con mucho encarecimiento que el arzobispado vacante de Santiago sea para su hijo. De nuevo torna á darle la razón el antiguo deán á su amigo y bien hechor; pero le ruega que permita que este arzobispado sea para un tío suyo, hermano de su padre. «Y don Illán dijo que bien entendía que le faría muy gran tuerto, pero que lo consentía en tal que fuese seguro que ge lo enmendaría en adelante.» De muy buen grado se lo prometió el arzobispo, y rogóle que fuese con él á Tolosa y que llevase á su hijo. Ya están todos en Tolosa. Á los dos años llegan otra vez mandaderos del papa. El papa ha nombrado cardenal al obispo; el obispado de Tolosa puede darlo á quien quiera. Aquí tenemos á don Illán de nuevo solicitando la vacante para su hijo; tantas veces han fallado sus pretensiones, tantas veces el favor le ha sido denegado, que parece absurdo que ahora no se le cumplan sus afanes y el obispo le dé una nueva excusa. Pero así es, desgraciadamente. El nuevo cardenal ruega--tan cortés como siempre--que el obispado vacante de Tolosa sea para un tío suyo, hermano de su madre. «Y don Illán quejóse mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuése con él para la corte.»

Ya están todos en Roma. El nuevo cardenal desempeña admirablemente su cargo; gran consideración le guardan los demás cardenales. Ocurrió que el Papa falleció; los cardenales eligieron por papa al antiguo deán de Santiago. Ha llegado la ocasión--¡por fin!--de que don Illán pueda ver colmados sus deseos. Su amigo no podrá tener efugio alguno para hacerlo. Al papa representa don Illán lo que espera de él. «Y el papa dijo que no le afincase tanto, que siempre habría lugar en que le hiciese merced según fuere razón.» Entonces don Illán, amargado, desesperanzado, se lamentaba con palabras ardientes. Estas palabras pusieron en indignación al papa. El papa, apurada la paciencia, reprochó su pesadez y pertinacia á don Illán. Más hizo: le amenazó con meterle en prisión si persistía en su actitud; puesto que él, don Illán, era un hereje y un nigromántico, ejercitador de reprobadas y diabólicas artes. Cuando esto oyó don Illán, no quiso permanecer más en Roma. Ni para el camino le dió el papa, su antiguo amigo, un viático...

Lector: Todo esto que nos cuenta un gran aristócrata, nieto de un santo y rey á la vez--don Fernando--, no tiene nada de irreverente. Todo es una ingeniosa ficción. Al llegar el relato al punto en que lo hemos interrumpido, bruscamente, mágicamente, el deán de Santiago y don Illán se encuentran los dos en la cámara subterránea de Toledo. Don Illán ha visto, en un segundo, á través de la materia y el tiempo. Despide al deán y él se come solo las perdices preparadas para la cena. Don Illán había adivinado que si él tuviera con este hombre la generosidad de enseñarle su ciencia, este hombre luego no sería agradecido con él.

Seamos buenos, corteses, afables: que nuestro corazón esté siempre dispuesto al bien. Pero cuando vayamos á poner toda nuestra alma, nuestro trabajo, nuestro porvenir, la paz de los nuestros y aun nuestra propia vida al servicio de un hombre ó de una causa, miremos si ese hombre y si esa causa son dignos de nuestro supremo sacrificio.

IV

LA RAPOSA MORTECINA.--Una raposita ha salido de su manida y se ha dirigido hacia la aldea. Todo duerme; es media noche. En la obscuridad no se percibe mas que--allá lejos--la raya negruzca de las montañas sobre la foscura del cielo. Brillan las estrellas: brillan con ese titileo radiante de las noches de invierno. En esas noches, á la madrugada, en el profundo reposo de la tierra, ese relumbrar vivo, radiante, de los astros trae á nuestro espíritu una profunda nostalgia--¡oh fray Luis de León!--de algo que no sabemos... De cuando en cuando un vientecillo ligero trae de la aldea un olor particular que nuestra raposita recoge en sus narices. El ejido del poblado está ya aquí; luego las casas; detrás de una de ellas se extienden las largas tapias de un corral. No se sabe cómo la raposita ha entrado en el corral. En los travesaños de un cobertizo están acurrucadas las gallinas, los gallos. Los gallos, tan vigilantes, no se han percatado de nada. Lentamente, pasito á paso, mirando á todos los lados, venteando todos los olores, avanza la buena raposita.

--Un momento, querido cronista. ¿Por qué llama usted buena á esta raposa inquietadora, sanguinaria, que va á poner el espanto y la destruccion en la república de las gallinas?

--Perdón, querido lector. Todo es relativo, y la raposa, comparada con el taciturno y violento lobo, es buena, es excelente. Hace mucho tiempo que un gran naturalista--Buffón--ha hecho en pocas líneas el elogio de la raposa. «La raposa no es un animal vagabundo, sino un animal domiciliado--escribe Buffón.--Esta diferencia, que se hace sentir aun entre los hombres, tiene más grande eficiencia y supone más grandes causas entre los animales. La idea sola del domicilio presupone una singular atención sobre sí mismo; luego, la elección del lugar, el arte de fabricar la guarida y de solapar la entrada á ella, son tantos otros indicios de un sentimiento superior.»

Tiene, pues, nuestra raposita un sentimiento superior de la vida y del mundo. Sólo que... La vida es dura; se tienen hijos; los inviernos no ofrecen grandes recursos en el campo. No hay nidos entre los atochares; las cepas de los majuelos aparecen desnudas y secas. ¿Qué ha de hacer una raposa sino ir á los corrales donde las gallinas reposan? En ello aventura la vida, que no es poco. Ya está en el gallinero nuestra zorrita; las gallinas se han dado cuenta--un poco tarde--del huésped que viene á visitarlas. La hora no es muy á propósito para cortesías. Se ha producido un ruidoso remolino en el cobertizo á la vista de la raposa. Todas las gallinas cacareaban y los gallos cantaban--despavoridos. La raposa ha cogido una gallina entre los dientes y la ha zarandeado con violencia. Con una tierna y gorda gallina tendría la raposita para su yantar. Pero cuando ha sentido la raposa correr entre sus fauces la sangre tibia, humeante, de la gallina, ha perdido la cabeza. ¡Cómo brillan ahora sus ojos! ¡Cómo va de una parte á otra furiosa, abstraída, tambaleándose, como ciega, como borracha!

No se harta de destrozar gallinas; tendidas quedan muchas por tierra. En la casa deben de tener el sueño muy pesado; nadie se mueve. (O ¿qué sabemos? Estos labriegos que trabajan á costa de un amo son muy ladinos. Pensad en las matanzas que hacen los pastores y se las achacan á los lobos. Tal vez ahora saben que la zorra está destrozando el gallinero; pero como la raposa no ha de poder llevarse todas las gallinas y han de quedar algunas muertas...) Entusiasmada, encarnizada en su labor siniestra, la raposita no ve que una claror blanquecina aparece por Oriente. La aurora comienza á anunciarse.

Tiene este momento único de la madrugada un encanto profundo. Nos atrae misteriosamente esta palidez que en el cielo se inicia. Todavía es de noche... y ya está ahí el día que llega. En este minuto supremo las luces que han velado toda la noche van á borrarse en la claridad del día; su misión ha terminado.

Durante las tinieblas han puesto sus resplandores sobre una mesa en que una cabeza se inclinaba sobre los libros; ó han iluminado--tenuemente--la cara blanca, sobre ropas blancas, de un enfermo; ó se han destacado, como puntitos rojos y verdes, en el horizonte, en tanto que las locomotoras lanzaban agudos chillidos y pasaban raudos los trenes. Cuando la claridad del día va aumentando, las luces, todas las luces, luces trágicas ó luces de esperanza, se retiran, se esfuman, se disuelven, se recogen en una tregua de reposo hasta la noche venidera. Á esta hora de la madrugada, las montañas ya comienzan á destacarse más vivamente sobre el cielo; el cielo es de una claridad vaga y lívida. Dentro, en las casas, se hace una densa y confusa penumbra. Las cosas van á surgir á la vida; las ventanas van á recobrar su espíritu de luz y de sol.

Á nuestra raposita se le ha hecho tarde. No puede salir sin peligro del gallinero; van y vienen gentes por la aldea. Otros gallos lejanos cantan; un can ladra. No tiene más recurso nuestra raposa que salir á la calle y tenderse en medio haciéndose la muerta. Porque si la vieran correr por las calles del pueblo, ¿qué sería de ella? (Son muchos los animalitos que se hacen los muertos para librarse de las trazas sanguinarias del hombre. Se hace la muerta esta arañita que, en el campo, ha bajado desde un árbol, por un hilillo sutil, hasta las páginas blancas de este libro que estamos leyendo. Se hace el muerto, replegando sus patitas, este cetonia con que nuestros dedos han tropezado en el fondo de una rosa, lecho fresco y fragante. Se hace el muerto este glomérido que encontramos debajo de una piedra y que se convierte en una bolita de acero. ¿Por qué se hacen los muertos? ¿Hemos dicho que para defenderse del hombre? Pero ¿saben ellos del hombre? Esta es una idea antropocéntrica. No sabemos siquiera si lo que hacen es hacerse los muertos.) Nuestra raposita se hace la muerta; en medio de la calle está tendida. No es cosa rara, donde hay muchas zorras, ver una zorra muerta en medio del arroyo. Va paseando la gente. «Á cabo de una pieza, passó por hi un home, y dixo que los cabellos de la frente del raposo que eran muy buenos para poner en las frentes de los mozos pequeños, porque no los ahojen.» Con unas tijeras, este hombre curioso trasquila la frente de la zorrita. La zorrita se estuvo quieta.

Después otro transeunte vió la raposa y dijo lo mismo de los pelos del lomo. Le trasquiló los pelos del lomo. La raposita se estuvo quieta. Luego otro hizo la misma observación respecto del pelo de las ijadas. Le trasquiló las ijadas. La raposita se estuvo quieta. «Nunca se movió el raposo, porque entendía que aquellos cabellos non le farían gran daño en los perder.» Otro viandante llegó más tarde y dijo que la uña del raposo es buena para curar los panadizos. Tajóle las uñas á la raposita. La raposita no se movió. Después otro dijo que el diente de la zorra cura los males de dientes. Quitóle un diente á la raposita. La raposita no se movió. Á seguida vino otro y manifestó que el corazón del raposo es conveniente para nuestros dolores de corazón. Metió mano á un cuchillo para sacarle al raposo su corazón. «Y el raposo vió que le querían sacar el corazón y que si gelo sacassen, que non era cosa que se pudiese cobrar.» Entonces la raposita dió un salto, echó á correr y se perdió á lo lejos.

...En nuestras casas, en la vida cotidiana, debemos pasar por alto--indulgentemente--las pequeñas cosas. En la vida pública, á la vista de todos, de igual manera, no debemos de ponernos fieros ante lo que en sí tiene escasa importancia. No coloquemos nuestro natural y legítimo deseo de dignificación y de reivindicación en un plano demasiado alto. Si el puntillo de honor lo ponemos muy subido, á cada momento tendremos que estar en altercaciones, porfías y denuedos. Nuestra vida se hará imposible. Una palabra, un gesto, un ademán, un ligero desdén, una inflexión de cólera, un matiz de irritación en los demás tendrán para nosotros una importancia decisiva. No; sepamos pasar por todo esto. La raposita no se movía cuando le trasquilaban el lomo y la frente; aquello no tenía para ella importancia. Pero cuando se trate de cosa grande, cuando se trate del corazón--como en el caso de la raposa--, entonces pongamos todas nuestras fuerzas, todo nuestro ardor, todo nuestro ímpetu en defender la esencialidad de nuestro ser moral: las ideas, los procedimientos, la conducta, la honradez, la sinceridad.

V