Part 10
VALOR Y RIESGO DE LOS CONSEJOS.--Un breve epílogo á estas divagaciones sobre motivos de _El conde Lucanor_. Ya se habrán percatado de ello los lectores. No hemos expuesto fielmente las historias y ejemplos que trae en su libro don Juan Manuel; muchos detalles hemos añadido; á nuestra manera hemos contado los casos que el infante relata. No hemos sacado tampoco--generalmente--de tales cuentecillos las enseñanzas que el autor pone por contera; diferentes han sido alguna vez los proloquios deducidos. Hemos hecho con el libro de don Juan Manuel lo que se suele hacer con la música de las grandes óperas; de aquí y de allá, tomando este tema y dejando tal otro, hemos compuesto una rapsodia. Pero si algún lector entra en gana de leer el libro de don Juan Manuel, desde luego habremos logrado nuestro propósito; propósito modesto; el propósito de quien trata de excitar la curiosidad con palabras encarecedoras de estas ó las otras excelencias de una obra.
Ahora digamos algo respecto del valor de los consejos y del riesgo que corre el que se aventura á darlos. ¿Qué valor tienen los avisos, advertimientos y prevenciones que se suelen hacer en la vida? Distingamos entre el consejo genérico y el consejo concreto. Es decir, distingamos entre los consejos que se dan en los libros y los consejos que, en la realidad cotidiana, damos al amigo ó al deudo. Los libros de consejos por fuerza han de ser generales; aquí está precisamente su punto flaco. Como es una regla genérica la que se da, no sabremos, cuando llegue el caso, si precisamente en ese trance debemos ó no aplicar el consejo que hemos leído. La vida es varia, compleja, contradictoria, ondulante; el consejo--ó la norma--es rígida, siempre igual, inflexible. ¿Cómo concordaremos la realidad cambiante y fugitiva con el canon permanente? Dificultad es ésta de una grandísima trascendencia; tanto lo es, que en ella van implícitos todo el arduo problema de la moral y todo el magno negocio de la política.
Contra la norma genérica de la ética surge el casuísmo, que toma en cuenta el tiempo, el lugar, la persona y otras diversas circunstancias. Contra el cumplimiento de la ley, en el gobernante surge la consideración--análogamente--de que la ley _debe_ siempre ser cristalización de la justicia, pero que _puede también no serlo_. Puede no serlo: 1.º, porque originariamente, al hacer la ley, no se haya interpretado en ella bien la justicia; 2.º, porque, aun interpretándose primitivamente bien la justicia en la ley, el tiempo puede haber hecho que cambie la sensibilidad ambiente (la justicia no es mas que una cuestión de sensibilidad) y que la justicia contenida en el canon formulado anteriormente sea escasa, pobre, deficiente; 3.º, porque, aun siendo buena la ley, ley acomodada al tiempo, ley viva, ley actual, unas pasajeras circunstancias pueden hacer que no se contenga en ella la justicia.
«¡Sed prudentes, sed enérgicos, sed sinceros!», nos dicen los consejos genéricos de los libros. Está bien; la doctrina es inmejorable; muchos hombres eminentes han practicado tales máximas. (Los hombres eminentes, eminentes de veras, han hecho muchas cosas que han sacado, ingénitamente, de sí mismos, y no de los libros.) Está bien; pero en este trance en que ahora nos hallamos precisamente, ¿debemos ser audaces, intrépidos, temerarios? ¿Es ahora, con estas circunstancias, cuando debemos ser brutalmente sinceros, ó bien será en otra ocasión y con tales otras particularidades? Los libros de consejos no pueden decirnos nada de esto. «Un grano de audacia en todo--escribe Gracián--es importante cordura.» ¿Hemos leído bien? _En todo_--dice el psicólogo. O sea, seamos _siempre_ audaces; con la audacia empleada en todos los momentos, con todos los motivos, nos irá siempre bien. (Algunos políticos, harto desaprensivos--no nombramos á nadie--, encontrarán admirable la máxima. Sí, la audacia á todo pasto es posible que lleve á la fortuna; pero... las quiebras de tal juego suelen ser terribles.)
«No hacer negocio del no negocio--escribe también Gracián--. Así como algunos todo lo hacen cuento, así otros todo negocio.» (Los negocios de que aquí habla Gracián no son los negocios en que suelen andar metidos los antes mencionados parlamentarios y políticos. Esos, sí, es cierto, _todo lo hacen negocio_. Pero ahora Gracián habla de otra cosa; Gracián nos dice que no lo hagamos todo cuestión personal, cosa de honra y de dignidad.) «Siempre hablan de importancia--prosigue el autor--; todo lo toman de veras, reduciéndolo á pendencia y á misterio. Pocas cosas de enfado se han de tomar de propósito, que sería empeñarse sin él... Muchas cosas que eran algo, dejándolas fueron nada; y otras que eran nada, por haber hecho caso de ellas fueron mucho.» He aquí un sagaz consejo, basado en la más fina observación de la vida diaria. Pero ¿cómo lo aplicaremos? En presencia de una de esas fruslerías cotidianas que pueden ó no pueden ser algo--ó mucho--, ¿qué es lo que tendremos que hacer?
Mas si los libros de consejos no pueden orientarnos en el caso concreto, aquí está el deudo, el amigo, ó simplemente el hombre ducho y experimentado, á quien--sin conocerle, ó conociéndole apenas--recurrimos en busca de una sabia prevención. Difícil y arriesgado es, en general, el dar un consejo. Desconfiad--¡oh escritores renombrados!--de los que, acercándose á vosotros, os piden un consejo, una opinión, un juicio sincero, completamente sincero, de una obra que os dan á leer. Si usáis, incautamente, de vuestra sinceridad, os arrepentiréis; quien ha pedido sinceridad, cuando sinceridad le sirven, cuando con ella le hablan y juzgan su obra, podrá por cortesía, y por no desmentir las protestas hechas, agradeceros aparentemente vuestras palabras; pero en el fondo ese hombre siente por vosotros un vivo disgusto, una viva hostilidad. «Entonces--preguntará el lector--, ¿habrá que mentir siempre? ¿Tendremos que ser unos hipócritas, unos faranduleros?» No; lo que cabrá es, sin decir la verdad ruda y brutalmente, usar de tal modo de los silencios, de los matices y de las gradaciones, que los lectores entiendan nuestro verdadero pensamiento sobre la obra de que se trata. Hay elogios en apariencia que son censuras, y hay pausas, silencios y apartes que huelen á la más rotunda condenación.
En la vida cotidiana, el consejo nos puede exponer á molestias, contrariedades y pesadumbres. En sus _Empresas políticas_ (en la XLVII, al final) Saavedra Fajardo escribió las siguientes palabras: «Ninguna cosa más peligrosa que el aconsejar. Aun quien lo tiene por oficio debe excusarlo cuando no es llamado y requerido, porque se juzgan los consejos por el suceso, y éste pende de accidentes futuros que no puede prevenir la prudencia; y lo que sucede mal se atribuye al consejero, pero no lo que se acierta.»
No se puede decir sobre la materia nada más exacto. En el mismo _Conde Lucanor_ (historia del gallo y el raposo) el autor, encareciendo la dificultad y riesgo del consejo, nos dice lo mismo que, más tarde, había de escribir Saavedra. Es difícil dar el consejo--escribe don Juan Manuel--, porque «non es ome seguro á que pueden recudir las cosas; ca muchas veces vemos que cuida ome una cosa é recude después otra, ca lo que cuida ome que es mal, recude á las vegadas á bien, é lo que cuida ome que es bien, recude á las vegadas á mal». ¡Grande es la perplejidad del consejero! De todos modos, acierte ó no, no se le agradecerá nada al consejero. «Ca si el consejo que da recude á bien, non ha otras gracias si non que dicen que fizo su debdo en dar buen consejo, é si el consejo á bien non recude, siempre finca el consejero con daño é con vergüenza.»
DON JUAN VALERA
Se están publicando en Madrid las obras completas de don Juan Valera. Entre los volúmenes publicados figuran dos tomos de cartas particulares. Nació Valera en 1824; murió en 1905, La primera de las cartas citadas lleva la fecha de 1847; la última corresponde al año 1857. Aparecen escritas las cartas desde Madrid, Lisboa, Nápoles, Río Janeiro, Dresde, Varsovia, Petersburgo. Tenía don Juan Valera cuando escribió la primera carta veintitrés años. Documento importante es esta correspondencia para el estudio del carácter del escritor cordobés. Dos notas dominan en estas páginas: el ansia por el dinero y el amor--no á la mujer--á las mujeres. Era hijo Valera de una familia distinguida; vivía Valera con sus deudos en provincias; tenía Valera un espíritu vivo, fino; al llegar á Madrid encontróse con un mundo nuevo para él. Le atraía la sociedad elegante; le causaba íntima aversión la convivencia con literatos--toscos y pobres--y con gente de mediano pasar. Á la sociedad aristocrática pretendió incorporarse desde su llegada á Madrid. Veamos cómo va sintiendo el espectáculo de la vida y de qué manera va expresando sus anhelos y sus pesares.
«Este país--escribe Valera--es un presidio rebelado. Hay poca instrucción y menos moralidad; pero no falta ingenio natural, y sobra desvergüenza y audacia.» Hablando de los escritores madrileños dice: «Los que son eruditos están mal educados, son sucios y pedantes; los que son limpios y cortesanos, tan mentecatos, que no hay medio de poderlos aguantar.» «Con resignación--escribe--me propongo soportar el trato de los pedantes del Café del Príncipe, y las cosas primitivas de mi patria, y la presunción estúpida de sus hombres de Estado, filósofos y sabios.» En la tertulia literaria del café del Príncipe «reina la mayor franqueza y españolismo, esto es, el más exquisito mal tono y la peor educación posible». No hay en España mas que mediocres prosistas é insignificantes pensadores. «El único economista que tenemos es Flórez Estrada; el único filósofo, Balmes, y ambos no pasan de medianos.»
En este ambiente social se veía Valera: se veía pobre, sin medios de fortuna, sin elementos que le hicieran dejar este ambiente de grosería y vulgaridad para vivir entre la gente aristocrática, selecta, rica. Su obsesión á lo largo de todas sus primeras cartas es el dinero. El estudio literario considéralo Valera como su «mayor deseo, después del de tener dinero». «Mis necesidades son grandes, mis gustos por el lujo y el bienestar, y mis recursos extremadamente escasos.» «Harto conozco que debiera ingeniarme y buscar un medio de ganar dinero, pero aún no he hecho nada con este fin; sigo, sin embargo, emborronando papel, pero nada me satisface.» «Si algo me impacienta es la pobreza. Por eso me quiero meter, por el pronto, á autor dramático. Es el medio más corto de obtener cien duros al mes, que es cuanto deseo para vivir holgadamente.» Ingresa Valera en la carrera diplomática; el contraste entre su medianía y el lujo que le rodea acentúase de un modo angustioso. Su anhelo es la conquista del bienestar; aspira á vivir en un medio de refinamiento y cortesanía.
En el espectáculo de la vida le atraen las mujeres. Su sensibilidad meridional se siente voluptuosamente conmovida ante la belleza femenil. Hay en sus cartas multitud de pasajes referentes al amor sensual y tangible. Á sus deudos más íntimos no se recata en hacer alusiones sobre la materia. En la primera carta de la colección habla á su madre de sus cortejos á una dama casada. Le anima con miradas y palabras esta señora, y él escribe á su madre: «Con todos estos avances, ya se puede usted figurar que yo no estaría muy pacífico, así es que hubo pisotones y miradas lánguidas; me ofreció la casa, me dijo que fuera á visitarla, que todo el día estaba sola, y también puso en mi noticia la hora en que salía, dónde iba á pasear y cuándo acostumbraba estar fuera de casa su digno consorte». Á su misma madre cuenta también otro chichisveo con otra señora también casada: «La niña se reía mucho de todo esto. Yo la he prometido llevarla á Nápoles sin hacerle nada por el camino que ofenda su honestidad». De la coima de un amigo suyo habla asimismo Valera á su propia hermana: «El señor Andrade se ha hecho grande amigo mío, me ha confiado la historia de sus amores con la _prima donna_ del teatro San Fernando, y el otro día me decía que quisiera la viese yo desnuda para que admirase lo acabado de sus formas, lo que hace que ella nunca lleve corsé». En Petersburgo, un día, tal impresión le causa una mujer alta, gallarda, de labios encendidos, «respirando orgullo, energía y lujuria á la vez», que queda «atortolado», tropieza con el estribo de un coche y resbala en el hielo de una manera absurda y cómica.
Notables son, por lo pintorescos, los pasajes en que Valera cuenta sus amores, en Petersburgo, con la actriz francesa Magdalena Brohan. Durante una larga temporada complacióse la comedianta en excitar diabólicamente al español; desesperábase éste; no acabó de entregarse nunca la francesa. «Me estrechó en sus brazos--escribe Valera--y unió y apretó su boca á la mía, y me mordió la lengua y el pescuezo, y me besó mil veces los ojos, y me acarició y enredó el pelo con sus lindas manos, diciendo que tenía reflejos azules y que estaba enamorada de mi pelo; y me quería poner los besos en el alma, según lo íntima y estrechamente que me los ponía dentro de la boca, y nos respirábamos el aliento, sorbiendo para adentro muy unidos, como si quisiéramos confundirnos y unimismarnos.» Tal escena se repitió muchos días. Exasperado Valera, dió un formidable empellón una vez á la actriz; no pudo, sin embargo, pasar adelante en sus amores. Profundamente hechizaban á Valera las mujeres. «Esta afición mía á las faldas es terrible»--escribe nuestro autor.
Completemos los datos anteriores con otros varios; estas nuevas citas acabarán de definir la idiosincrasia literaria de Valera. «El mundo, al fin, no es una cosa tan mala»--escribe nuestro autor haciendo profesión de optimismo. «Ya conocerá usted--escribe á su padre--que, á pesar de mi liberalismo filosófico, soy aficionadísimo á la gente de alto copete, y tanto, que me aflige y entristece la de mal tono.» «Yo me siento incapaz de ser dogmático en mis opiniones filosóficas; ando siempre saltando del pro al contra, y dudando y especulando, sin atreverme á seguir doctrina alguna.» No transcribamos más. Realizó don Juan Valera durante cuarenta años una copiosa labor literaria; ideó novelas, compuso poesías, escribió multitud de ensayos críticos. Fué siempre Valera el mismo que escribía estas cartas de 1847. En 1902, á los setenta y seis años, escribía Valera lo siguiente en la introducción á su _Florilegio de Poesías Castellanas_: «¿Por qué hemos de desdeñar ó estimar sólo como chiste ó agudeza de ingenio lo que inventa Campoamor filosofando, y hemos de tomar tan por lo serio, pongamos por caso, á Krause, Schopenhaüer ó Nietzsche?» Era esto parangonar las mediocres abstracciones de Campoamor con los estudios de Nietzsche y Schopenhaüer. En el mismo trabajo habla Valera livianamente de las doctrinas evolucionistas; por la misma época trataba festivamente--al hacer la crítica de un libro de Pompeyo Gener--las concepciones de Nietzsche. Fué Valera en sus últimos tiempos, toda su vida, el mismo de sus primeros años. Tuvo ingenio, donosura, erudición vasta; le faltó poesía, emoción, idealidad. Un artista que hondamente ame la belleza nos expresará en sus primeros años sus anhelos, sus angustias, sus esperanzas por realizar la bella obra de arte. Valera, pobre, desconocido, principiante, el ansia que siente es la de poder figurar en la sociedad elegante, la de convivir con la gente cortesana y mundana, la de ser rico y vivir bien. «Soy aficionadísimo á la gente de alto copete, y tanto, que me aflige y entristece la de mal tono.» La Humanidad, para Valera, es esa gente de buen tono. No fué nunca Valera poeta; no llegó nunca en sus obras á hacer sentir la emoción del dolor y de lo trágico. Mariposeó sobre todo como un discreto y amable hombre de mundo. Á un lado están los artistas de la laya de un Carlyle, de un Flaubert y de un Leopardi; los artistas inquietos, tormentosos, obsesionados por la Idea. Á otro lado se hallan los escritores amenos, agradables, áticos, irónicos. Sólo los primeros son grandes y perdurables. Han sentido y hacen sentir. Han amado y hacen amar. Han sido poetas y hacen soñar.
GABRIEL ALOMAR
Gabriel Alomar se encuentra desde hace algunos días en Madrid. Antagonistas de Alomar en política, no le regateamos la admiración--sincera y cordial--para su claro talento, su vasta cultura, la impetuosidad y elegancia de su estro lírico. Enviamos nuestro saludo al compañero en tareas literarias; algo queremos decir en estas líneas respecto á su obra literaria. Gabriel Alomar es, á la hora presente, una de las personalidades con más fuerte vigor representativo de la intelectualidad española; si su nombre en tierras castellanas, entre el público castellano, es poco conocido, débese á que Alomar ha escrito en lengua catalana casi todos sus libros; periodista militante, en catalán pergeña también sus múltiples artículos. ¿Cuántos son los hombres de letras, los periodistas, los aficionados á libros que en Castilla, es decir, fuera de Cataluña, siguen atentamente el movimiento literario catalán? ¿Cuántos libros catalanes vemos en Madrid en los escaparates de los libreros? Deplorable se nos antoja este desconocimiento en Castilla de los libros catalanes; no mandan tampoco sus libros los autores catalanes á los críticos castellanos. Aparte de esto, si los mandaran--podrán argüir nuestros colegas de Cataluña--; si los mandaran, ¿se hablaría de ellos en nuestros periódicos? ¿Se hablaría de ellos con frecuencia, con interés, con efusión, con cordialidad?
En sus recientes _Estudios de literatura catalana_, Manuel de Montolíu ha escrito lo siguiente hablando de Alomar: «Alomar es, sin duda, el más intenso y el más enérgico condensador del idealismo moderno en nuestra Cataluña». La afirmación del crítico es exacta; Gabriel Alomar sintetiza en su obra el más puro idealismo, basado en el más profundo y escrupuloso sentido de la realidad. Su obra--joven todavía Alomar--no es muy extensa; tiene, sí, una peregrina intensidad. Ha publicado nuestro autor un largo ensayo titulado _Futurismo_; ha trazado una hermosa glosa del _Quijote_; en las revistas ha publicado también diversos trabajos (como el aparecido recientemente en _La Lectura_, originalísimo, con el título de _Logometría_); en un volumen, _La columna de foc_, ha reunido sus poesías líricas; finalmente, en periódicos barceloneses, como _El Poble Català_, _La Campana de Gracia_ y _La Esquella de la Torratxa_, ha desparramado multitud de artículos sobre palpitantes cuestiones sociales y literarias. Siguiendo la labor de Alomar en periódicos y revistas se descubren, ante todo, en el autor dos cualidades dominantes: una gran originalidad y una vastísima erudición. Alomar, crítico, es un disociador formidable; lejos de aceptar los valores hechos, tradicionales, Alomar va examinándolos á una luz nueva, contrastándolos, descomponiéndolos, para ver si realmente se ajustan á la idea recibida ó si es preciso apartarlos de su concepto secular, sancionado. Algunas veces, al tratar de obras literarias castellanas, leíamos con vivo interés el sutil análisis que el autor hacía de autores que entre nosotros no han alcanzado todavía su verdadera significación; sirva de ejemplo su intento--tan laudable--de rehabilitar al original José de Marchena; debemos también llamar la atención sobre su comentario, de carácter puramente psicológico, del _Quijote_.
No es posible en un breve artículo de periódico dar una idea de una personalidad literaria compleja. Aunque orientada francamente hacia un ideal de progreso--un ideal _futurista_--, hay en el espíritu de nuestro autor sutilidades y complejidades de difícil expresión. En todo artista verdadero existirá siempre una lucha íntima, más ó menos dolorosa, entre la contemplación de la realidad tal como es y el anhelo de ver esa misma realidad transformada con arreglo á un ideal de progreso. Se tratará, en suma, de un combate interior entre la delectación estética y la idea ética. Claro está que todo nuevo ideal ético lleva implícita una nueva estética. Pero ¿cómo el _futurista_ más entusiasta logrará desprenderse de un amor, de una simpatía (todo lo tenues que se quiera, pero al fin amor y simpatía) por una realidad presente, cuya desaparición considera necesaria, indispensable? Este ambiente de ahora, en el que nosotros vivimos, formado por lo pretérito--la historia--y por lo actual; este ambiente físico y moral, de hombres, de cosas, de ciudades, de paisajes, ha de desaparecer, se ha de esfumar en el tiempo; su aniquilamiento lo percibimos, lo vemos, lo ansiamos en aras de un ideal de justicia, de fraternidad y de bienestar. Todo se va transformando y destruyendo en la corriente eterna y universal de las cosas... Pensamos largamente en nuestras soledades sobre tal fatal necesidad; imponemos á nuestra sensibilidad de hombres nuevos tal norma. Y sin embargo--¡oh, contraste!--, esta marcha inexorable del tiempo, este desfile eterno hacia _el ideal_, esta corriente en busca de una verdad en que nosotros firmemente creemos, produce en nuestro espíritu una honda melancolía. Nuestro ideal ético--como decíamos antes--entra en pugna con nuestro ideal estético.
¿Es que con tales cosas pasamos también nosotros? ¿Es que sentimos, con las cosas fugaces, desvanecerse también nuestro fugacísimo yo, formado de tantos etéreos sentimientos, de tantas etéreas ideas que han nacido de lo que nos rodea? Tal vez nuestra melancolía tenga su parte en esta consideración de nuestra inestabilidad en medio de la corriente eterna; pero si dentro de tres, de cuatro, de veinte siglos, nosotros, futuristas fervientes; nosotros, enamorados fervientes del ideal, pudiéramos resucitar en plena realización de ese ideal, seguramente nos sentiríamos satisfechos; pero acaso habría en lo hondo de nuestro espíritu una añoranza, una rememoración por estas cosas fugitivas y frágiles de ahora en que hemos puesto nuestras esperanzas y nuestros dolores.
Leyendo las páginas consagradas por Alomar al futurismo, como leyendo algunas de sus poesías, se percibe en nuestro artista este espiritual é íntimo conflicto que acabamos de esbozar. Lo encontraremos también en algunos grandes pensadores, que á la par eran delicados artistas. En esa lucha íntima, en ese febril desasosiego perduró Enrique Heine durante toda su vida. Si al fin un excelso compatricio suyo--Goethe--logró alcanzar la serenidad tras ese trágico conflicto, ¿cuánto y cuán dolorosamente trabajó para alcanzarla? Y ¿hay derecho á alcanzarla sembrando la angustia y la desesperanza en las almas que nos rodean? ¿No valdrá más la piedad efusiva de un Francisco de Asís que la serenidad olímpica de un Goethe?
Sobre la tradición y la innovación, sobre el sentimiento del pasado y el ansia de lo porvenir, tiene páginas Alomar en su _Futurismo_ de un caluroso estro lírico. Esas páginas, como sus poesías, traducen el fuego interno, la inquietud de su alma de artista. Un admirable artista--plasmador de la prosa, cincelador del verso--es Gabriel Alomar. Señalemos cordialmente su estancia entre nosotros. De desear sería que sus compañeros de letras en Madrid le testimoniaran públicamente su respeto y su admiración.
UNA ANTOLOGÍA OLVIDADA