Los valores literarios

Part 11

Chapter 113,750 wordsPublic domain

Recientemente leíamos las poesías de fray Luis de León y los primeros volúmenes de versos de Gabriel D’Annunzio. Conforme avanzábamos en la lectura notábamos de nuevo lo que ya anteriormente habíamos observado: el ambiente italiano que por las poesías de fray Luis circula. Á la distancia de varios siglos, en el poeta español percibíamos algo inefable, inconcretable, indefinible, que en el poeta italiano de estos días respirábamos. No se trata de reminiscencias, ni de rasgos análogos en la técnica, ni de idéntica fraseología. Podrá haber algo de todo esto; pero hay algo más: una cierta atmósfera espiritual que circunda por igual á uno y otro poeta. De estas afinidades se pueden señalar muchas en las letras: un escritor español, por ejemplo, que haya frecuentado los libros de Flaubert y que sea un temperamento original, tendrá siempre una cierta _polarización intelectual_ pareja con la del novelista francés. No descubriréis imitaciones, ni tal vez analogías técnicas; pero sí una dirección ideal idéntica y casi imposible de expresar con palabras. Nuestro fray Luis leyó mucho y tradujo al Petrarca y á Bembo; amaba apasionadamente á Italia; era su espíritu--ardiente é impetuoso--similar al de un italiano del Renacimiento. Y sobre todo esto--como el poeta moderno italiano--, enamorado de la antigüedad clásica. ¿Qué extraño tiene que apasionado fray Luis de la lírica y del ambiente italianos, admirador al propio tiempo de los poetas griegos y latinos; qué extraño tiene, repetimos, que se perciba en sus versos el hálito particular que ahora, al cabo de cuatro siglos, percibimos en Gabriel D’Annunzio? Y, sin embargo, á primera vista, y para nuestros pétreos y herméticos eruditos, ¡qué extraño--y aun qué irreverente--ha de parecer este acercamiento, á través del tiempo, de los dos tan lejanos y diversos poetas!

La lectura indicada suscitó en nosotros el deseo de leer á fray Luis en italiano, á fray Luis y á otros poetas--Boscán, Garcilaso--que con fray Luis han ido espiritualmente á Italia en busca de orientación. Fácilmente podíamos satisfacer nuestro deseo; al alcance de la mano teníamos una breve antología de poetas clásicos españoles puestos en la lengua de Petrarca. Publicó esta colección don Juan Francisco Masdeu. Vió la luz en Roma en 1786; la estampó Luigi Perego Salvioni. Se titula: _Poesie di ventidue autori spagnuoli del cinquecento_. El traductor hace seguir su nombre de su calidad de _barcellonese_, y ostenta su título de arcade. _Sibari Tessalicense_ se llamaba Masdeu entre los arcades. La antología consta de dos volúmenes, publicados en el mismo año y con paginación correlativa. Veintidós poetas, como se indica en el título, son los autores traducidos: uno de ellos no es castellano, sino portugués: Camoens. Los poetas que Masdeu traslada al italiano son: Alcázar, Lupercio Argensola, Bartolomé Argensola, Balbuena, Boscán, Camoens, Cetina, Ercilla, Figueroa, Frías, Garcilaso, Góngora, Herrera, León, Lomas Cantoral, Martín, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Rioja, Squilache, Lope de Vega, Villegas. Á estos poetas añade Masdeu el nombre de San Francisco Xavier. Á San Francisco Xavier atribuye Masdeu el célebre soneto _No me mueve, mi Dios, para quererte_... Al final del libro lo ofrece traducido para cerrar la antología.

El traductor de nuestros poetas presenta en una página el texto original, y en la frontera su versión italiana. Un breve prólogo precede á las traducciones. Da también el autor noticias sucintas de cada poeta traducido. En el prólogo nos dice Masdeu que generalmente se cree que las características de nuestros poetas son «el desorden de la imaginación, la hinchazón en el hablar y la agudeza en los pensamientos». (¿Por qué entonces nos dice el autor, en su noticia de Góngora, que este poeta, en las poesías cortas y de arte menor, marchó por el buen camino; «pero que en las demás composiciones, así líricas como épicas y teatrales, caminó por sendas erradas, _afectando la hinchazón, las agudezas y las antítesis_»? Pues Góngora es uno de los capitales poetas clásicos de los que más han influído en España.) Los poetas españoles--nos dice Masdeu--no son hinchados ni caóticos. Son esos rumores infundados; los han hecho correr, «desde el siglo pasado, los enemigos de las armas de España». Para demostrar la falsedad de tales especies, lo mejor que le ha parecido á Masdeu es poner en italiano á los dichos poetas. No ha dudado en hacerlo. Doce años atrás tradujo también á la lengua del Dante el _Aljedrez_, de Jerónimo Vida. Los «efemeridistas romanos» censuraron su traducción; de ella dijeron que estaba escrita con «spagnuola patavinità». Afortunadamente, otros cultos italianos intervinieron en la contienda y defendieron cumplidamente á Masdeu.

Las noticias que nuestro autor da de los poetas traducidos son breves y casi anodinas. Acá y allá se encuentra de raro en raro algún rasgo interesante. De Alcázar elogia Masdeu «la delicadeza de sus epigramas y demás poesías cortas». Las tragedias de Lupercio Leonardo Argensola le parecen que «tienen varios defectos notables, pero que son mucho mejores que todas las demás tragedias del siglo décimosexto de franceses, ingleses é italianos». Al mérito de Balbuena «no ha correspondido la fama ni el concepto que suelen tener de él los mismos españoles»; su poema épico el _Bernardo_ es «el mejor tal vez que se haya hecho en lengua castellana». (Luego veremos que, decididamente, el primero es _La Araucana_; y con esto está en lo cierto Masdeu.) Las poesías de Boscán son «ingeniosas y elegantes y deben estimarse mucho, porque sirvieron de modelo para los demás poetas castellanos de aquel siglo». El poema _La Araucana_ «es algo falto de invención en su principal argumento», pero es admirable en lo demás; «en la estimación de los hombres ha merecido tener el primer lugar entre los muchos poemas que tiene la lengua castellana». «El señor de Voltaire hizo de él un juicio en que quiso distinguirse, según su costumbre, por la extravagancia. Dice que el razonamiento de Colocolo á los indios araucanos es _infinitamente mejor_ que el que hizo Néstor á los capitanes griegos en la _Iliada_, de Homero; pero que en lo restante de la obra de Ercilla _no hay otra cosa buena_. Son dos extremos dignos igualmente de censura.» Góngora fué el que, por distinguirse, introdujo en España «la corrupción de Italia». Enemigos de la nueva manera fueron «Bartolomé Leonardo de Argensola, Francisco de Quevedo, y aun Lope de Vega, á quien, sin embargo, algunos extranjeros, ó por grosera ignorancia, ó por echar sus cabras al corral de otro, atribuyen la introducción del mal gusto». Las poesías de fray Luis «son muy estimadas por su llaneza, sublimidad, y, sobre todo, por la lindura y propiedad del lenguaje». Hurtado de Mendoza «en medio de sus grandes ocupaciones literarias y políticas y de su extraordinaria fealdad de rostro, vivió muy dedicado á los amores, que le ocasionaron muy graves disgustos, singularmente en Roma. Esta ardiente pasión de Mendoza nos ha privado de la mayor y mejor parte de sus poesías, las cuales hasta ahora no se han impreso por su sobrada indecencia». Lope de Vega escribió copiosísimamente; á pesar de tal abundancia, «sus poesías líricas y pastoriles son casi todas de buen gusto. Sólo pudo pegársele en Nápoles un poco de la corrupción poética del _seiscientos_, que era ya común y antigua en Italia». Donde claudicó Lope fué en sus obras épicas y teatrales. «Fuera de muy pocas comedias perfectas, todas las demás, aunque llenas de mil preciosidades (de que han robado todas las naciones), son defectuosas.» Conocíalo el mismo Lope: excusábase diciendo que lo hacía por agradar al público, «y, sobre todo, á las mujeres, que son las árbitras del teatro». (Tomen nota los autores dramáticos de hogaño.) «Los mayores poetas de Europa han tenido la misma flaqueza. Molière, muchas veces, no tanto atendió á las reglas cuanto al designio de Luis XIV de divertir al pueblo. Shakespeare ha caído con frecuencia en excesos increíbles para seguir el gusto de su nación. Metastasio ha hecho de propósito varios monstruos deliciosísimos para dar gusto á las gentes. Es muy conforme á la flaqueza humana el buscar el aplauso popular, aunque sea luchando contra la propia razón.»

En los fragmentos de Boscán que Masdeu copia en castellano, para traducirlos, suprime, dejándolos en blanco, numerosos versos; de esos versos sólo conserva la palabra final. Lo mismo hace con otros fragmentos de Bembo, en que Boscán se ha inspirado y que nuestro autor cita en nota. La razón que da Masdeu es que de estampar esos versos suprimidos pudiera con ello «ofenderse la modestia». No nos parece que, caso de haber ofensa, fuera precisamente la _modestia_ la ofendida.

Menéndez y Pelayo, en el prólogo á su _Antología de poetas líricos castellanos_, habla de algunas antologías análogas á esta de don Juan Francisco Masdeu; pero no cita la de nuestro autor. Menciona Menéndez y Pelayo las traducciones francesas de Maury y las italianas de Conti. ¿Por qué no tener un recuerdo para esta empresa simpática de Masdeu? Hablando de Conti, escribe el erudito montañés: «Puso en lengua toscana, con singular elegancia y armonía, muchas obras de Boscán, Garcilaso, fray Luis de León, Herrera, los Argensola y otros poetas clásicos nuestros». Por lo que respecta al arte de traductor de Conti, pueden verse en la antología de Masdeu las notas dedicadas á poner de relieve las infidelidades é inexactitudes de Conti en su traducción de Garcilaso.

Otro gran erudito se ha olvidado también del libro de Masdeu; aludimos al querido maestro Foulché-Delbosc. El director de la _Revue Hispanique_ no cita á Masdeu en su _Bibliografía de Góngora_. No pretende Foulché-Delbosc «disimularse ni las lagunas ni las imperfecciones» de su trabajo. El primer libro que se menciona en dicha bibliografía es la traducción de _Las Lusiadas_, publicada en 1580 por Gómez de Tapia; figura en el volumen una poesía de Góngora; tenía entonces el poeta cordobés diez y nueve años. Foulché-Delbosc va citando luego, tanto todas las ediciones de Góngora como aquellos libros en que figuran, por varios títulos, composiciones suyas. De estos últimos son, por ejemplo, algunas biografías de Cervantes (la de Pellicer, la de Navarrete); la _Agudeza y arte de ingenio_, de Gracián; el primer número de _El Criticón_, de Gallardo (en que se transcriben dos poesías del vate cordobés); la citada _Espagne poétique_, de Maury... La mención de la antología de Masdeu (con dos canciones de Góngora) era, como se ve, oportuna. Merece ser recordada esta colección estimable formada por un hombre que sentía vivo amor á su país y que procuraba estimar y juzgar las cosas de su país con cierto sentido de reserva y de crítica, no reñido con el más acendrado patriotismo.

PIFERRER Y LOS CLÁSICOS

Pablo Piferrer vivió treinta años. Nació en 1818; murió en 1848. Escribió el tomo de Mallorca que figura en la colección de _Recuerdos y bellezas de España_; fué poeta. En la breve antología formada por Menéndez y Pelayo, y que lleva el título de _Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana_, figura un poemita de Piferrer; ninguna de las poesías de esa colección más delicada, más fina, más emocionadora que la del poeta catalán. Fué corta la vida de Piferrer; seguramente hubiera llegado, de vivir más, á ser un gran artista. Con lo que escribió merece desde luego un lugar distinguido en la literatura española. En los manuales de historia literaria se menciona ligeramente á Piferrer; más ancho espacio merece quien supo ser delicado y original poeta y crítico agudo de los clásicos castellanos.

La crítica de los escritores antiguos la hizo Piferrer en una colección de trozos escogidos por él. Publicóse el libro en 1846 en Barcelona; se estampó en la imprenta de Tomás Gorchs. Se titula la antología de Piferrer: _Clásicos españoles: colección de trozos de nuestros autores antiguos y modernos que pueden servir de muestra para la lectura y el análisis en el curso de retórica_. Menéndez y Pelayo, en su semblanza de Milá y Fontanals, dice hablando de Piferrer que «fué un maestro de la lengua y de la crítica en su libro _Clásicos españoles_». Nuestro autor recoge en su libro fragmentos de diez autores; son éstos: Hurtado de Mendoza, Granada, León, Mariana, Cervantes, Jovellanos, Capmany, Moratín, Quintana y Martínez de la Rosa. Al final de muchos de los trozos citados, Piferrer hace unas breves observaciones de carácter crítico y psicológico. Amaba apasionadamente los clásicos nuestro autor; estudiaba--y escribía--escrupulosamente el idioma castellano.

«La experiencia de una larga enseñanza» dice él en la advertencia preliminar de su libro que le ha hecho ver la necesidad de hacer practicar los clásicos á los jóvenes estudiantes. Sólo estudiando prácticamente los autores antiguos podrá conocerse y «aprenderse» su secreto; es el secreto de los clásicos «cierta trabazón ingeniosa y espontánea de los miembros, una plenitud en el número y una redondez en la proporción de su forma general, que ha venido á ser peculiar de España y distintivo de las mejores épocas de nuestra literatura». Por esta manifestación, y por la orientación toda de la obra de nuestro autor, se ve que Piferrer era entusiasta del castellano elegante, levantado, elocuente. Más abajo veremos cómo su crítica, al llegar al estilo de Santa Teresa, se muestra reservada y formula censuras en que se descubren las preferencias íntimas del colector.

Los _Clásicos españoles_ llevan al frente una extensa noticia histórica. No otra cosa es esta introducción que una sucinta historia de la literatura española. En siete épocas divide Piferrer la historia literaria de España. La primera comprende desde el siglo X á principios del XIII. La segunda, desde el siglo XIII á principios del XV. La tercera, desde el XV hasta el XVI. La cuarta abarca el reinado de Carlos I, ó sea desde el principio del siglo XVI hasta el año 1556. La quinta comprende desde el último tercio del siglo XVI hasta el año de 1620, esto es, los reinados de Felipe II y de Felipe III. La sexta, desde el segundo tercio del siglo XVII hasta más de la mitad del XVIII, ó sea los reinados de Felipe IV y Carlos II, Felipe V y Fernando VI. La séptima, desde el reinado de Carlos III--1759--hasta nuestros días. La primera época está caracterizada por el _Poema del Cid_. En la segunda figuran Gonzalo de Berceo, Juan Lorenzo Segura, López de Ayala. En la tercera, el arcipreste Martínez de Toledo, Juan de Mena, el Tostado, Santillana, Diego de Valera, Alfonso de la Torre. En la cuarta, Pérez de Oliva, Guevara, Villalobos, Juan de Ávila, Morales, Gil Polo. En la quinta, Hurtado de Mendoza, fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Mateo Alemán, Mariana, Lope de Vega, Cervantes. En la sexta, Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, Solís, Melo, Moncada, En la séptima, Feijóo, Isla, Jovellanos, Moratín, Larra.

No hemos citado todos los autores que examina nuestro autor. La crítica de Piferrer es perspicaz, aguda; de cuando en cuando encontramos rasgos de verdadera originalidad. En la cuarta época, la lengua castellana osténtase «ya formada, con índole peculiar suya, copiosa en modos de decir vivos y rápidos, suelta en giros». Dos hechos capitales contribuyeron al engrandecimiento del idioma: el estudio de la antigüedad clásica y la influencia de Italia. «Mas uno y otro vinieron á punto de ser en vano y en parte dañosos, así por el exclusivismo escolástico á favor de la lengua latina, el cual llegó á lo sumo, como por el sesgo muelle é imitador por donde echó nuestra literatura durante una temporada.» Apuntaremos algunas de las observaciones de Piferrer al hablar de los principales clásicos. Con los escritos de fray Luis de Granada «comenzó la España á leer repartido el pensamiento en aquella serie de cláusulas llenas, sonoras y rotundas, y ciertamente de entonces ha de datar la elegancia de este arte». «El carácter dominante del maestro Granada es la declamación.» (Más adelante, en el examen de la época sexta, habla Piferrer también de «los tonos retóricos y en demasía declamatorios del maestro Granada».) Á veces Granada--debido á su «extremada facilidad»--adolece de «prolijidad, uniformidad y languidez». «Pocas veces deja de emplearse en las obras de Granada el tono oratorio.» Santa Teresa de Jesús «es una excepción entre los escritores que forman la escuela de Granada». No puede señalarse la prosa de Santa Teresa como un modelo de estilo. Hay en ella calor y vehemencia; pero de la misma facilidad y espontaneidad con que Santa Teresa escribe «dimanan incorrecciones, repeticiones frecuentes, algún desorden y el romper de repente el hilo de la oración, como también alguna llaneza demasiada». La historia de Mariana «no será nunca citada como historia filosófica»; será, sí, tenida «como una obra clásica de estilo».

Aun siendo brillante y fácil la versificación de Lope, «la literatura hubiera reportado no escaso provecho de que se hubiese valido para algunas comedias de aquella prosa tan corriente y llena de firmeza y gallardía de su obra dramática _La Dorotea_». Cervantes pintó por primera vez «con toques graduados y exactos». Lo cotidiano y lo excelso se expresa en su obra; «y el todo se enlazaba con una armonía general, en que estaban muy en su punto las poblaciones, el verdor de los árboles, la soledad de los barrancos, las corrientes deleitosas, el espacio henchido de luz y de aire». Cervantes posee «sentimiento»; por el sentimiento llega á la «esencia de las cosas». «Por esto hieren con tanta fuerza la imaginación todas sus pinturas de la Naturaleza». «No á otra cosa, sin duda, hay que atribuir su colorido del paisaje, tan fresco, tan luminoso y tan inundado de aire y de vida.» (Admirables son, en efecto, de una maravillosa--é indefinible--sugestividad, los breves, etéreos apuntes de paisaje que de cuando en cuando aparecen en las páginas del _Quijote_.) Quevedo no tiene «la ironía fina y apacible» de Cervantes. «Como quiera que sea--dice el autor después de elogiar á Quevedo--, la profundidad de su juicio, su conocimiento del corazón humano, su espíritu de observación, no pudieron hacerle superior á su época.» Jovellanos «sintió como pocos la verdadera belleza»; «anticipándose á los tiempos futuros, adivinó en fuerza de ese sentimiento estético los principios que ahora han cambiado la faz de la literatura y del arte». «Ni tan sólo los adivinó, sino que su mirada penetró en las más de las particularidades y en la misma nomenclatura, hasta el punto de legar á la posteridad, claras y fijas, las ideas fundamentales y parte de los procedimientos de la escuela moderna.»

«Así como en Martínez de la Rosa y en Quintana remata la serie de escritores que restauraron la literatura, don Mariano José de Larra encabeza otra mucho más fecunda, y en cierto modo representa la época nueva que va discurriendo.» (Note el lector lo de _mucho más fecunda_.) La frase de Larra es la que hoy cuadra á las plumas españolas. «¿Y no marcan también otro período aquella aparente desigualdad, aquella viveza, aquel desasosiego que tanto lo desasemejan, no sólo del sesgo majestuoso de nuestros clásicos, sino aun de la sátira de Quevedo?» (Excelente visión crítica; atinadísima. No olvide el lector que estamos en 1846.) Los artículos literarios, políticos y de costumbres de Larra, «sin disputa, han sido lo más profundo que durante los primeros años de este turbulento período llenó las páginas de los diarios».

Sirva lo antedicho como ejemplo--ligerísimo--de la manera que tenía Piferrer de ver los clásicos. Aquí se nos descubre el crítico. Cuando releemos su _Canción de la primavera_ se nos aparece el poeta; el poeta que en sus versos sutiles y etéreos nos da una penetrante sensación del tiempo y de las cosas que--inexorablemente--se lleva el tiempo. Pablo Piferrer murió á los treinta años. En sus retratos le vemos con una faz ovalada, un bigote caído y una barba encrespada y primeriza; lleva un anchuroso, abierto y doblado cuello blanco, como los que nos muestran en sus efigies Byron y Shelley.

JUAN R. JIMÉNEZ

Juan R. Jiménez--el delicado poeta lírico--apareció en la literatura algo después que la generación de 1898. Pertenece á la generación que sigue á ésta. No está trazada aún la historia de la poesía lírica en el siglo XIX (ni en los otros siglos); desconocemos casi en absoluto el movimiento romántico; sabemos mucho menos--aunque está más cerca--del período de 1850 á 1870. Pero se puede decir que si el período romántico fué fecundo para la lírica, en cambio, el lapso de tiempo comprendido entre las fechas citadas lo fué calamitoso en extremo. La poesía, en ese período, registra los nombres de García Tassara, López García, Carolina Coronado, la Avellaneda... Vivía Zorrilla y publicaba profusamente versos, sí; pero aparte de que, á nuestro entender, lo mejor de Zorrilla son sus primitivas colecciones, el poeta castellano es para nosotros, más que un puro lírico, un poeta subjetivo, _íntimo_, un orador en verso, un espléndido declamador, un admirable fabricante de retórica. Los nombres estampados más arriba no dicen, en realidad, nada. ¿Quién podrá leer hoy la _Oda al sol_ ó cualquier otra poesía de Tassara? Pues con Bernardo López García pasa como con esos discursos de reuniones populares, dichos enfática y caliginosamente: los aplaudimos sin escucharlos, por el tono de la voz, por el gesto del orador; y luego, á medida que pasa el tiempo, queda entre los recuerdos aquella soflama como una obra de elocuencia abrumadora.

De 1870 á 1890 la poesía cuenta en España con Campoamor, Núñez de Arce, Bécquer, Ventura Ruiz Aguilera, Rosalía de Castro. No son puramente líricos tampoco, entre estos poetas, más que Bécquer y Rosalía; algo tiene también Ruiz Aguilera; mas no puede ser puesto en la misma línea del poeta gallego y del sevillano. De Ferrari, Velarde, Balart, no hablemos. En torno del libro _Dolores_, del último, se formó, cuando apareció--en 1894--,un ambiente entusiasta de admiración; dos largos artículos henchidos de elogios le dedicó _Clarín_. Hoy no comprendemos la admiración de 1894 por esas mediocres, vulgares poesías de Balart. La novela absorbe lo más principal de la energía literaria en el período indicado; el movimiento positivista--tendencia puramente crítica--prepara el advenimiento de una nueva literatura. El acercamiento á la realidad que supone la novela de Galdós ha de ser indispensable para que florezca una lírica flamante, espléndida. No puede darse la lírica sin una base sólida, fuerte, de realidad. Lo que aparece menos real en la literatura, más caprichoso, más arbitrario, necesita un constante alimento de realidad, de vida cotidiana, de sensaciones vividas, de detalles auténticos.

La tendencia realista que se manifiesta en España de 1895 á 1900 había de producir una renovación en la poesía. Se comenzó entonces á amar el paisaje; se viajó por las campiñas; se estudió los viejos pueblos; se gustaba de penetrar en las viviendas humildes y de observar la vida menuda, prosaica, cotidiana. Y todo esto--unido á otras influencias de orden literario--determinó un ambiente especial, algo como un hálito de las cosas, como un reflejo antes no visto de la vida, que fué lo que la poesía lírica recogió en sus versos. Sería preciso hacer en un estudio detenido un examen de la influencia de Rubén Darío en la poesía moderna española. Desde Rubén, la poesía sigue una marcha distinta de antes; no olvidemos lo que acabamos de decir respecto al factor capital de la dicha renovación; no olvidemos tampoco que antes que Rubén, en 1884, Rosalía de Castro había sido la precursora de la revolución poética realizada en la métrica y en la ideología.