Part 8
Nuestro viajero se apresura á visitar la casa de Medrano; durante mucho tiempo se ha creído que estuvo preso en ella Cervantes. La fachada es sencilla; las jambas y el dintel de la puerta son de piedra; sobre la puerta campea un escudo. Rejas saledizas destacan en el piso principal. De una de ellas pende un manojo de brezos: advertimiento á los transeuntes de que en aquel lugar se expende vino. Del techo sobresale un ancho alero morisco. «El portón está desvencijado y tiene por adornos gruesos clavos de hierro. Penetré por su achatado postigo, que da entrada á un portal medianamente largo y del ancho de la portada. Después está el patio, guarnecido, á la usanza árabe de cenadores, de una galería descubierta en el piso principal, sostenida por seis columnas de piedra y dos pilares de madera con capiteles labrados.» (Tipo de la casa manchega; en una casa así, pero más modesta, fué á morir Quevedo, año de 1645, en Villanueva de los Infantes, desde su Torre de Juan Abad, donde se puso enfermo. En la casa hay una galería con una barandilla de madera toscamente labrada. El zaguán es chiquito; mezquina la estancia donde expiró el gran satírico. Titubeante, exhausto de fuerzas, pálido, con la mirada triste, trágica, debió de entrar Quevedo--para no salir vivo--por este zaguán empedrado de menudos guijos.) En la casa de Medrano, puestos en el patio, lucían sus orondas barrigas las tobosescas tinajas llenas del espeso vinazo de la tierra. «En el lado de la izquierda estaba el _sótano inmundo_ que me traía á aquella casa de aciago recuerdo.» Encendieron un candil, desembarazaron la puerta de unos canastos que la obstruían, y nuestro mozo bajó por una escalerilla de siete escalones. Se encontró Giménez Serrano en una bodeguilla lóbrega y húmeda. La llenaban esteras y trastos inútiles. «Á los rojizos reflejos de la luz huyeron los ratones que habitaban descuidados entre los trastos, y bandadas inmensas de correderas se pusieron en agitado movimiento; un olor insalubre y fétido despedía tan sucio conjunto. Aquel subterráneo está nueve pies más bajo que el nivel del patio; tiene unas cuatro varas de ancho, seis y algunas pulgadas de largo, y una bóveda de yeso lo cubre.»
Á la derecha de la entrada, en el muro, se conserva todavía un agujero donde se supone estuvo clavada la cadena que sujetaba á Cervantes. (Queda así transcrita circunstanciadamente la descripción que hace nuestro autor. Si no estuvo Cervantes en este sótano, la opinión lo ha supuesto durante mucho tiempo. Ya este lugar es definitivamente famoso. Cuando en 1905 le visitamos nosotros vimos que la puerta de la cueva estaba mellada y astillada. Nos dijeron que los viajeros extranjeros que allí aportaban se llevaban, como recuerdo, pedacitos de la madera de la puerta.)
De Argamasilla, Giménez Serrano se encamina al Toboso; de la patria de don Quijote, á la patria de Dulcinea. En el camino encuentra nuestro autor á un clérigo que marcha caballero en su mula; era natural del Toboso este cura; mas vivía en Argamasilla desde hacía cuarenta años. Los dos viandantes traban conversación. El joven escritor da cuenta al clérigo del motivo de su viaje.
--¡Ah, vamos!--exclama el cura--. Usted ¿es el joven de melenas que ha visitado esta mañana la iglesia, que ha dibujado en la plaza de Argamasilla y que ha permanecido un gran rato á solas con los ratones de la bodega de la preciosísima casa de Medrano?
El clérigo relata al literato dos leyendas ó consejas relativas á Cervantes. Se refieren las dos á una bárbara--y supuesta--venganza que en el Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones ó alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor del _Quijote_. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose durmiendo por la noche en el pajar de una casa, lo despertaron los mozos y, «medio arrastrando, con una soga á la cintura, le sacaron por las calles del pueblo». Afortunadamente, llegaron á tiempo los cuadrilleros y libertaron á Cervantes de manos de la chusma. No era otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar á Cervantes á una laguna próxima y chapuzarlo en sus cenagosas aguas. En el Toboso son peritísimos en esta operación. Cuando arriba allí algún recaudador, lo somormugen en el dicho navazo. «¡Oh, en esto de atormentar á los ejecutores ó comisionados son diestrísimos en el Toboso y con orgullo salvaje les oiréis referir mil atrocidades de las consumadas en la villa con estos pobres emisarios de la Hacienda!» (No olvide el lector que estamos en 1848. Hoy suponemos que tales prácticas habrán desaparecido.) «Muchos--añade el autor--han sido encerrados desnudos en una de las tinajas colosales que allí se fabrican; otros, después de haber bebido más de lo necesario, estimulados por los que se fingían sus camaradas, han despertado en el cementerio, vestidos de hábito y tendidos en un ataúd con sus blandones y su túmulo. Los más han sufrido palizas, y ninguno ha vuelto con sus dietas sin poderlo contar como milagro.» (¿Cómo, dado este ambiente, no había en el Toboso, en el año 1848, plaza de toros?)
Cerca del pueblo, á cosa de «dos millas» de él, vió nuestro viajero las ruinas de un parador. Por allí había también antaño un encinar: el boscaje en que Don Quijote quedó esperando en tanto que Sancho iba al Toboso á celebrar una entrevista con Dulcinea. «El Toboso ha sido pueblo de consideración, y así lo indican sus aristocráticas casas, que, aunque de pobre aliño y en ruinas, ostentan portadas de mármol, columnas, brocales y fuentes talladas, escudos sobre las puertas y labrada rejería.» En su época de esplendor había en el Toboso telares y alfarerías; de éstos salían las más admirables de todas las tinajas españolas.
«Desapareció todo esto, y un pueblo rico, industrioso, que ha contado con más de 4.000 vecinos, se halla hoy reducido á poco menos de 800, y apenas puede fabricar algunas tinajas y gloriarse con sus rábanos, que son extraordinariamente gordos, blancos y tiernos, según me han dicho.» Es mediodía; nuestro autor, después de recorrer el pueblo, se sienta en los escalones del rollo que se yergue en la plaza, y comienza á tomar un diseño de la iglesia. «Mas, en verdad sea dicho--escribe Giménez Serrano--, no se muestran en el Toboso más aficionados á los artistas que á los ejecutores, pues antes de que acabara de tantear la torre que tomó Don Quijote por palacio, vino sobre mí tal nube de piedras, que forzoso me fué dejar la obra para mejor ocasión, pues los tobosescos angelitos daban mayor impulso á los cantos de lo que á mis delicadas carnes convenía.» (¡Tate, tate con los paisanitos de Dulcinea! ¿Cómo no había plaza de toros en el Toboso?).
El colaborador del _Semanario Pintoresco_ da por terminado su viaje. Con objeto de llevarse del Toboso un recuerdo, decide comprar un queso. No es esta operación baladí. En una nota Giménez Serrano nos dice lo siguiente: «Según nuevas por mí recogidas, han visitado muchos extranjeros estos lugares, que yo tengo el orgullo de haber descrito el primero. Entre ellos, varios ingleses compraron quesos para dar con ellos un banquete á sus amigos de Londres.» Cerremos estos artículos loando á los ingeniosos sajones; esos hombres demostraron delicadeza y buen gusto al llevarse á Londres unos quesos manchegos. Se llevaban con ellos un recuerdo de la patria de Don Quijote, y daban á la par prueba de ser unos excelentes lamizneros, puesto que si Don Quijote era el más excelso de los caballeros andantes, el queso manchego bueno es el más exquisito de todos los quesos.
GLOSARIOS Á XENIUS
Á 630 metros.--Á 630 metros de altura, en esta altiplanicie castellana, ante este paisaje austeramente noble, hemos conocido--y con él cordialmente hemos charlado--á un hombre que venía de las doradas riberas del Mediterráneo. Era un joven alto, trajeado con aliño y sin atuendo; su musculatura destacaba proporcionada; en la placidez de su cara brillaba una mirada inteligente. Ni era presuroso en el ademán, ni locuaz. Su voz sonaba levemente; á menudo los finales de sus frases--opacas, tenues--se perdían en una á manera de penumbra. Tras de lo dicho con brevedad, flotaba como un ambiente de meditación y de recogimiento. Cuando hacía una observación, se veía en la palabra sucinta, en la reflexión rápida, el trabajo recopilador de una copiosa lectura. Hay hombres que atraen y hechizan más--ó por lo menos, tanto--por sus silencios como por sus palabras. Este joven que subía á la altiplanicie castellana desde el piélago azul era uno de ellos. En su presencia estábamos, no ante un hombre que habla, sino ante un hombre que medita.
Este hombre medita y escribe. Todos los días en las cuartillas consigna alguna impresión: una impresión sugerida por el espectáculo intelectual. Aparecen sus anotaciones en un periódico diario--_La Veu de Catalunya_. Llevan el título genérico de «Glosario». Los glosarios de Xenius son de todos los tamaños, tratan de todas las materias. Unos tienen seis ú ocho líneas; alguno ha ocupado--ampliamente--toda una plana del periódico. El espíritu ávido y curioso del glosador va comentando en sus apuntes toda clase de acaecimientos, incidentes y novedades intelectuales. La muerte de un poeta, la declaración de una guerra, la venta de un cuadro célebre, un concierto clásico, la publicación de un volumen de poesías líricas... He aquí, en compendio, una serie de temas de los que figuran en los glosarios. Durante ocho años, en la breve sección del periódico barcelonés, ha ido reflejándose, día por día, la vida universal. La vida universal vista, sentida, expresada por un temperamento que, siendo clásico, pristinamente clásico, beneficia de todas las aportaciones--ya definitivas--de la revolución romántica.
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IMPRESO EN PARMA.--Sobre la mesa en que escribimos estas líneas tenemos un libro impreso bellamente en Parma. Es un libro español: _La comedia nueva_, de Moratín. Estampada está esta edición--blanca y clara--en la «oficina de don Juan Bautista Bodoni» el año 1796. ¿Por qué hablamos de esta elegante edición, elegante dentro de su sobriedad? No se ha hecho una edición de Moratín más en consonancia con su genio. Siempre que pensamos en Moratín tributamos mentalmente nuestra admiración á su sentido de las proporciones y del equilibrio, á su amor á la claridad, á su preocupación por el bello ordenanamiento y por la simetría, á su buen gusto irreprochable. Y nuestra admiración va acompañada de un irreprimible pesar: quisiéramos que á todas estas cualidades enumeradas, que á tales condiciones de artista impecable, se uniera un poco de entusiasmo, un poco de fuego, un poco de ímpetu, un poco de exaltación ante el espectáculo de la Naturaleza ó los sublimes artificios del arte. ¿Qué es lo que preferiremos: el fuego romántico ó la disciplina clásica? ¿Con qué nos quedaremos: con la pasión romántica ó con la serenidad clásica? Después de 1830, habiendo pasado tantos años, á la distancia en que nos encontramos de aquella fecha, nuestra sentencia no puede ser dudosa. El ideal es el de un escritor que sintiendo vibrar entusiásticamente su espíritu ante el mundo exterior, que mostrándose ávido de todo espectáculo mental, que siendo capaz de exaltación y de entusiasmo, logre mantener su arte en una armónica serenidad. La inquietud romántica dentro de la línea clásica: así podemos expresar la fórmula del artista moderno. Nuestro glosador pertenece á esta estirpe de artistas.
UN RETRATO DE INGRES.--Estando Ingres en Roma, en 1839, comenzó á pintar el retrato de un célebre músico; dicho retrato no fué terminado hasta 1842, hallándose el pintor ya de vuelta en París. El artista retratado figura en actitud pensativa, ensoñadora. Detrás de él, una esbelta mujer--simbólica--extiende su mano sobre la cabeza del artista... Xenius ha concentrado todo su arte de pensador y de poeta en hacer el retrato de una mujer catalana, símbolo de la tradición y de la raza. El libro se titula--con el apelativo de la protagonista--_La ben plantada._ Nos place imaginar el retrato de Xenius con la figura por él ideada--concentración de Cataluña--, extendiendo, amorosa y simbólicamente, sobre la cabeza del artista su mano.
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EL ORO SOBRE LO VERDE; LO BLANCO SOBRE LO AZUL.--Imaginemos un pueblecito en las márgenes del Mediterráneo, en tierra catalana. Las casas, puestas en lo alto, escalonadas, son blancas; por la mañana, á los primeros rayos del sol, fulgen las nítidas paredes; á la tarde, cuando el día muere, esas paredes albas hacen sobre el pueblo, en la penumbra, en tanto que allá arriba brillan las primeras estrellas, un vago resplandor. Esas paredes blancas son las que primero recogen la luz naciente y las últimas que le dicen adiós. El pueblo está cercado de huertos; de entre las casas, por las callejas, asoma el boscaje verde de jardincillos interiores. Sobre el verde de la cortina de los huertos destacan--como en la enramada de Botticelli--los puntos encendidos, gualdos, áureos, de los naranjos. El verde resalta sobre lo blanco del caserío. Y lo blanco y lo verde--en inefable armonía--se funden sobre la inmensa mancha azul del cielo y sobre la extensión azul del mar. Un profundo silencio reina sobre tales radiantes colores. No es grande el pueblo; no hay en él fastuosidades ni atracciones mundanas. Sólo unas pocas familias vienen en busca de sedante solaz en los días caliginosos del verano. La intimidad reina entre todos los veraneantes. Hombres y mujeres apegados á la tierra nativa, practicadores de los usos tradicionales, el cosmopolitismo no ha borrado de ellos la mentalidad secular de la raza. Aquí todo está en armonía: el paisaje, las usanzas familiares, el culto al hogar milenario, las modalidades del habla, las inflexiones de la voz, el gesto, las actitudes de la marcha. La tradición y la raza aquí son reposo, orden y claridad. Y entre todas las figuras que se destacan sobre el azul, el verde y el blanco, ninguna como la de Teresa, á quien por lo esbelta y por lo eurítmica llaman _la ben plantada_.
En Teresa ha querido modelar Xenius una figura simbólica y real á la vez. Ha culminado en su libro--tan alado y sabio--la sensibilidad de su pueblo. No es posible en lengua catalana expresar un más perfecto consorcio de romanticismo y de clasicismo. Esto en cuanto al aspecto estético del libro. Pero tiene _la ben plantada_--y ello es esencialísimo--una trascendencia social, nacional. Toda una fórmula de tradicionalismo se encierra en esas páginas. Seamos nosotros como nuestra esencia quiere lógicamente que seamos--parece decirnos Xenius--; en nuestro suelo, en nuestro paisaje, en la disposición de nuestras casas, en nuestro idioma, en nuestro arte, en nuestro derecho hay un tipo ideal sobre el que debemos plasmarnos. No nos descentremos violenta y absurdamente. La continuidad de la raza exige la perseverancia en nosotros mismos. Un pueblo no puede ser grande y bello en la incoherencia. La incoherencia es la contradicción entre los elementos espontáneos y naturales y los elementos innovadores. No se crea que por esto cerramos la puerta á la innovación; la vida necesita renovarse. Mas la innovación ha de ser cauta, mesurada y prudente... Y Xenius, tradicionalista, propugnador ferviente de determinada modalidad social é histórica, nos da el ejemplo de la universalidad, de la renovación, asomándose al tumulto del mundo moderno y anotando sus palpitaciones, día por día, en su «Glosario».
EL CONDE LUCANOR
I
UN RETRATO IMAGINARIO.--Este señor que estamos observando--año de 1329--es príncipe; su padre fué infante; su abuelo no era otro que el santo rey don Fernando. Se llama este caballero el príncipe don Juan Manuel. Ha peleado ardientemente en la guerra contra los moros; muchos años ha pasado en estas lides allí cerca del mar Mediterráneo, en la tierra murciana, donde hay palmeras y granados. Ha entrado ya ahora en la senectud; tiene el paso lento--un poco tremulante--y los cabellos canos. Toda su prestancia es de sosiego y de nobleza. En la mano derecha, ahora cuando escribe, vemos lucir una gruesa esmeralda en cerco de oro. Escribe atentamente el caballero en su cámara, con el gesto sereno del Erasmo retratado por Holbein. En el silencio de la estancia se percibe el vago rasgueo de la cortada pluma sobre el blanco pergamino; de cuando en cuando, por la ventana abierta llega el lejano son--rítmico y sonoro--de una campana.
Cuando don Juan Manuel estaba en la guerra, su nota característica era el ímpetu y la decisión. Al cabo de los años, cuando la vejez ha venido, el príncipe quiere depositar en un libro su experiencia del mundo. En prosa clara, limpia, irónica á ratos, sentimental y patética de raro en raro, va escribiendo don Juan Manuel su libro en la soledad de su cámara. Dos personajes figuran en la obra: un gran señor y un consejero suyo. Á las dudas del magnate, en los trances dificultosos de la vida, va respondiendo el consejero. Se llama aquél Lucanor; éste se apellida Patronio. Para mejor expresar su doctrina, Patronio refiere casos, anécdotas y sucedidos que vienen de molde á lo demandado por Lucanor. Luego, á la postre, referido el caso, el consejero hace la aplicación en palabras sencillas, bondadosas y graves.
Una cuarentena de historias componen el libro de don Juan Manuel. _El conde Lucanor_ lo titulamos ahora. Cuando nuestro caballero acaba de escribir uno de sus capítulos, se levanta, da unos paseos por la estancia, contempla sus libros, echa un vistazo por la ventana al paisaje. Desde la ventana se descubre el severo y noble campo de Castilla; una serranía azulina, con cimas blancas, cierra el horizonte; hasta la línea azul se extiende una campiña suavemente ondulada por los oteros y recuestos. Hay un encanto hondo en estas obras primitivas de nuestra literatura. En _La Celestina_ la espontaneidad pasional va mezclada con alardes intempestivos de erudición; la fuerza, la emoción, el sentimiento del artista salva y hace olvidar estos engorrosos arrequives escolásticos. En _El conde Lucanor_ todo es sencillo, limpio y claro; la prosa es como el paisaje clásico de Levante--que el autor tanto contemplara en su mocedad--, y el espíritu que entre líneas circula, el alma del libro, semeja, por su gravedad, por su sutileza, á este otro panorama que don Juan Manuel contempla ahora, ya en la senectud, desde las ventanas de su cámara.
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DON RODRIGO.--Para hacer ver lo que es el libro de nuestro autor, extractaremos algunos de sus ejemplos; el lector nos perdonará si añadimos pinceladas y detalles... Una vez vivía un caballero que se llamaba don Rodrigo Meléndez de Valdés. Asistía con su consejo al rey. Vivía holgada y cómodamente. Su casa era ancha y rica; un ancho huerto se abría detrás del edificio. Don Rodrigo caminaba lentamente; reposados eran sus ademanes. No gustaba en su morada de ruidos turbadores. Su mesa mostrábase blanca, limpia y bien abastada. Cuando hablaba nuestro caballero, lo hacía con palabras mesuradas y breves. Su sosiego era inalterable. Si le acontecía un contratiempo, don Rodrigo exclamaba sin irritarse: «¡Bendito sea Dios; ca pues Él lo fizo, esto es lo mejor!» Siempre esta reflexión estaba en los labios del caballero. No había pesadumbre ni angustia, por terribles que fueran, que lograran sacarle de esta su sabia conformidad. Las gentes que le rodeaban llegaron á tomar enojo de esta ecuanimidad. Sin duda el sosegado caballero no tenía alma.
Aconteció que los enemigos de don Rodrigo pusiéronle á mal con el rey. Dijéronle al rey que el caballero había maquinado contra él una gran maldad. (Los reyes se dejan engañar fácilmente.) El rey mandó matar á don Rodrigo. Llamólo á su palacio y concertó con sus cortesanos que cuando don Rodrigo se hallase en camino lo matasen. Nuestro caballero, con su sosiego de siempre, se dispuso al viaje. Ya sale de su cámara. Ya va á bajar la escalera. De pronto da un traspiés, rueda por los escalones y se quiebra una pierna. Las gentes del caballero plañíanle y le decían: «Vos que decides siempre: _Lo que Dios hace, esto es lo mejor_, tened vos ahora este bien que Dios vos ha fecho». Y el caballero movía tristemente la cabeza y perduraba en su conformidad con lo acaecido.
No pudo don Rodrigo acudir al llamamiento del rey. Con ello salvó la vida. Descubrióse tiempo después la falsedad de lo imputado al caballero y el rey le perdonó, lo recompensó con nuevas mercedes y mandó castigar á los engañadores. La moralidad del caso podemos exponerla en dos palabras. Conformémonos con la realidad cuando contra la realidad no podamos hacer nada. Reaccionemos contra la realidad cuando la realidad pueda ser modificada por nosotros. «Devedes entender que aquellas cosas que acaescen son en dos maneras. La una es, si viene á hombre algún embargo en que se pueda poner consejo. La otra es, si viene á hombre algún embargo en que se non puede poner consejo alguno.» Cuando llegue el primero de estos dos casos y la adversidad sea contra nosotros, por nuestra inercia, no nos quejemos, no nos plañamos del Destino ni de la Providencia; en nuestras manos ha estado nuestra salvación y no la hemos querido aprovechar. Cuando nos acontezca lo segundo, es decir, cuando no podamos, ni por ingenio ó fuerza, torcer el curso de los hechos, no nos lamentemos tampoco, no nos expandamos en vanos gemidos y reproches: seamos dignos en nuestra actitud; mostrémonos tranquilos, serenos, ante la inexorable corriente de las cosas.
II
VA HEDE ZIAT ALHAQUIME.--Una vez era un rey.... Era un rey moro. ¿Dónde vivía este rey? ¿Dónde reinaba? Vivía y reinaba en Córdoba; hace ya de esto muchos siglos. El palacio de este monarca debía de ser espléndido. Serían los pisos de grandes losas de mármol blanco. Se tejerían y destejerían por las paredes arabescos azules, rojos y dorados. Los techos serían de oloroso é incorruptible alerce. Habría fuentes de ancho tazón en que caería--levemente--un surtidor de agua. (Y en que también, en una hora trágica, caería, pesadamente, con un sordo ruido, una cabeza ensangrentada.) Encuadrado en el patio--un patio con mirtos--se vería un pedazo de cielo azul diáfano. Por una ventanita de una cámara silenciosa se vería, allá en la lontananza, la serranía parda... Alhaquime se llamaba el rey. Se aburría angustiadoramente el rey. Debía de tener una carne blanca, un poco fofa, unos ojos soñadores, de miradas largas y lentas, y unos labios sensuales, de hombre que lo ha gustado todo y de todo se ha hastiado. Alhaquime vagaría por las salas anchas y calladas de su palacio. No detendría su mirada en las rosas rojas de los jardines, ni en el cielo azul, ni en los arabescos de los muros. Cuando sus mujeres bailaran una danza lenta y milenaria; cuando los suaves instrumentos tañeran una música melodiosa, Alhaquime, sin parar atención en los movimientos rítmicos, eurítmicos, de las beldades, pondría su mirada á lo lejos, indefinidamente, como hombre abstraído por completo del mundo.
Sin embargo, esta dulce música que suena entra en sus oídos y llega á su espíritu. Plácenle al rey unas melodías singulares que el albogón hace, en tanto que los demás instrumentos callan. Alhaquime ama el sonido del albogón. Tanto le place, que, escuchando su tañido, él ha llegado á creer que este son que el albogón produce podrá ser todavía perfeccionado. Mucho piensa el rey en este problema musical; largos ratos se lleva imaginando cómo el albogón pudiera ser modificado. Al cabo halló la manera. «Tomó el albogón y añadió en él un forado á la parte del yuso, en derecho de los otros forados, y dende en adelante faría el albogón muy mejor son que hasta entonces facía.»