Part 7
--Cálmate, Celestina, cálmate--ha proseguido bondadosamente el diablo--. El caso que te ha hecho llamarme tan aparatosamente debe de ser verdaderamente grave y difícil. Siendo cosa tuya, ha de ser, desde luego, cosa de amores... Sospecho que se trata de algún amor _imposible_, desatinado. Acaso un viejo achacoso, decrépito, miserable, nacido en el más bajo fondo social, se ha enamorado de una elevadísima, angelical (permíteme la palabra) y elegantísima princesa...
Celestina, todavía sobrecogida, mueve la cabeza con ademán denegatorio.
--¿No?--prosigue el diablo--. ¿No? ¡Ah, ya caigo! Es el caso contrario... Una labradorcita, una mozuela del campo, ingenua y linda, se ha enamorado de su señor, el altivo magnate que ha entrevisto ella un momento, al pasar él frente á la choza, caballero en un brioso trotón...
La viejecita vuelve á hacer signos de negación.
--¿Tampoco?--torna á preguntar un tanto receloso el diablo--. Entonces... entonces, ¿es cosa de algún rey... de la esposa de algún rey, que contra toda ley, contra toda fidelidad...?
Celestina hace nuevos ademanes de que no.
--Pues no caigo; explícate; habla.
Celestina entonces, ya más serena, ha contado que dos jóvenes, Calisto y Melibea, se han encontrado en una huerta y que el mozo ha quedado perdido de amor por la muchacha. Ahora es el diablo quien ha quedado sorprendido, sin comprender.
--¿Ella es rica, de buena familia?--ha preguntado Satanás.
--Sí--ha contestado Celestina.
--¿Él es rico, de buena familia?
--Sí--ha vuelto á contestar Celestina.
--¿No hay enemistad ninguna entre las dos casas?
--Ninguna... Es más: yo creo que la muchacha, íntimamente, sin saberlo, sin haberse dado cuenta de ello todavía, está enamorada del galán.
Satanás ha callado un momento, estupefacto, sin saber qué decir. Al cabo ha dicho:
--Pues no lo entiendo, amiga Celestina; no lo entiendo, á menos de que piense que tú, esta mañana, en vez de beberte tu jarrillo habitual, te has bebido uno ó dos más. Se me puede llamar á mí con el aparato y la vehemencia que tú lo has hecho, para remediar un amor fantástico y quimérico, ó para que conceda toda la ciencia del universo á un estudiante ó á un doctor (que á cambio de ella me venden su alma), ó para que, con las mismas condiciones, dé á un perdulario todos los goces del mundo... Pero llamarme para que intervenga en las relaciones de mozo y moza en cuyo noviazgo no hay inconveniente ninguno, ni lo hay tampoco en su casamiento... francamente, llamarme para eso es una verdadera simpleza.
Celestina ha sentido otra vez en los ojos un vivo resplandor. Los ha cerrado, y al abrirlos de nuevo no estaba ya frente á ella el cetrino y gallardo mancebo. Había en la estancia un ligero olor á azufre.
* * * * *
Querido Cejador: Ya ve usted lo que acaba de decir el diablo. El diablo está muy ocupado y sus negocios son harto graves. No se le puede llamar por una fruslería.
Dejémosle estar; respetemos sus trabajos. Si hemos de llamarle alguna vez, que sea, no por una futesa, como esa de Calisto y Melibea, sino para hacerle hacer _una que sea sonada_.
LA INTELIGENCIA DE FEIJÓO
El profesor don Miguel Morayta ha publicado un excelente libro sobre Feijóo. No ha dicho nada de él la prensa; no son muchos los periodistas que en España se consagran á la divulgación de los libros; poca costumbre existe entre nosotros--en los periódicos--de hablar de libros; los libros casi no existen entre nosotros. El libro de don Miguel Morayta merece comentario y divulgación; publicado en una biblioteca popular--la valenciana de Sempere--, podrá ser adquirido por cuantos no puedan, ordinariamente, hacer grandes dispendios tocante á libros. Estudia el señor Morayta en su obra una de las más simpáticas figuras de nuestro desenvolvimiento intelectual; es el autor claro, sencillo, preciso. Ni hay en la obra las vacuas generalizaciones entre nosotros tan usadas, ni estas páginas están escritas en el ampuloso oratorio estilo de que no saben salir--en general--nuestros publicistas y nuestros parlamentarios. Es, pues, la obra del señor Morayta obra á propósito para ser leída por el tipo medio de lector deseoso de un discreto y selecto aprovisionamiento intelectual. Añadiremos que en _El padre Feijóo y sus obras_ (que así se titula el libro de Morayta) resalta un juicio sereno, ecuánime, respetuoso y sin asomos de sectarismo y de pasión.
El libro de don Miguel Morayta nos ofrece oportunidad para trazar--compendiosamente--la silueta moral y física de Feijóo. Veamos, por tanto, cómo era Feijóo, cuál su obra, qué ideas eran las suyas, cuál era su sensibilidad, qué consecuencias tuvieron sus trabajos. Feijóo era un hombre alto, gallardo, recio; había dulzura, inteligencia y apacibilidad en su semblante; de miembros ágiles, flexibles, sus movimientos hacíanse notar por su presteza y desenvoltura; gozaba de sanidad perfecta; su persona, en resumen, como dice un biógrafo, sugería la sensación de un «hombre grande». Sanos, fuertes, enhiestos, de prestancia gallarda y elegante, han sido copiosos trabajadores intelectuales, como--por citar disparmente, en esferas distintas--un Goethe ó un Joaquín Costa. Pero no generalicemos; otros hombres, también formidables laboradores del cerebro, han sido frágiles, enfermizos, raquíticos...
Feijóo, como Costa, era sano y robusto. Trabajó, también como Costa, de un modo abrumador. No salió de su retiro provinciano sino para hacer rápidas visitas á Madrid; en su celda de Oviedo escribió infatigablemente hasta los ochenta años; milagros de erudición hizo con los no muchos libros que allí tenía; su intuición fina, delicada, suplía muchas veces la falta de materiales para el trabajo. Serenamente, desde su rincón, soportó la estruendosa baraúnda promovida en España en torno de sus libros; no se amilanó por la hostilidad--en algunos momentos verdaderamente terrible--que hacia sus publicaciones mostraron elementos sociales poderosos; aun ante la amenaza de la Inquisición se mantuvo ecuánime, confiado en sí mismo. No hay ejemplo en España de más intensa agitación espiritual que la producida por Feijóo. Pensemos en la actitud espiritual del escritor en medio de esta ardiente tolvanera de pasiones, envidias, rencores, insidias; formidable era el aluvión de folletos, papeles, críticas suscitadas por la labor de Feijóo. Hoy difícilmente podemos formarnos idea de la situación del escritor en este ambiente; era en el siglo XVIII menos en cantidad y en calidad que actualmente la tolerancia y la comprensión. Hoy sólo podemos imaginarnos la situación de Feijóo pensando, por ejemplo, en Emilio Zola durante el período álgido del asunto Dreyfus.
Á tal resistencia, fortaleza mental, unía Feijóo una delicadísima sensibilidad. Marqués y Espejo, autor de un curioso _Diccionario feijoniano_ publicado en 1802, y que no recordamos haber visto citado en el libro, tan erudito, de Morayta; Marqués y Espejo, resumidor en ese _Diccionario_ de las ideas de Feijóo, escribe lo siguiente: «Su beneficencia nacía de su ternura, y una y otra poseían su corazón. Se le veía temblar, en efecto, cuando la casualidad disponía que presenciase la muerte de algún ave para el uso de la mesa; y aún habrá tal vez algunos vecinos de Oviedo, de los que en la época desgraciada de su necesidad le invocaban desde la calle, sin que jamás dejasen de abrirse sus balcones y sus manos generosas para el socorro de su indigencia». (El mismo Feijóo ha escrito muy sentidas páginas, que cita Morayta, respecto de la compasión á los irracionales; páginas, por decirlo así, _pretolstoyanas_.) Una sensibilidad delicada supone una inteligencia viva; lo que en Feijóo domina es la inteligencia. No confundamos la inteligencia con la memoria; tal confusión es corriente en la vida diaria. Se puede ser un hombre de una vastísima cultura (un formidable erudito ó un maravilloso orador) y ser un hombre muy poco inteligente. La inteligencia implica originalidad; y la originalidad es rebeldía. Cuanto más inteligente sea un hombre más rebelde será, es decir, menos conformista, menos aceptador de lo ya hecho, de lo ya pensado, de lo ya sentido. Feijóo--comprensor, humano, piadoso--se nos aparece, en suma, como un rebelde, como una inteligencia en lucha contra preocupaciones, prejuicios, supersticiones, corruptelas, convencionalismos de su tiempo y de su pueblo. _Una sensación de hostilidad hacia un determinado ambiente_: así, en síntesis, podemos definir la obra de Feijóo. La inteligencia viva, aguda, vigilante, dúctil y fuerte del escritor va escudriñando, durante cuarenta años, por la sociedad y la historia de su pueblo. Producto de ese examen libre y pertinaz ha sido la _precipitación_--en el sentido químico--de un nuevo estado de conciencia y un gigantesco montón de escorias que representan ideas y sentimientos que de esa crítica de Feijóo han salido definitivamente muertos.
«Logramos, en fin, que (como dice el señor Sempere en su _Biblioteca española_) las obras de este sabio produjesen una fermentación útil.» Así escribe el autor del _Diccionario feijoniano_. Y añade: «Hiciesen empezar á dudar; diesen á conocer otros libros muy distintos de los que había en el país; excitasen la curiosidad...» Páginas antes, en la introducción de su obra, el mismo autor del _Diccionario_ expresa de una manera pintoresca algunos aspectos de la labor de Feijóo. «Ya, gracias al inmortal Feijóo--escribe--, los duendes no perturban nuestras casas; las brujas han huído de los pueblos; no inficiona el mal de ojo al tierno niño, ni nos consterna un eclipse, que con prolija curiosidad examinamos muy atentos.» Incontables son las cuestiones que ha tratado Feijóo á lo largo de su extensa obra; á todas las disciplinas humanas pertenecen los problemas por él examinados. En lo referente á la estética, por ejemplo, Feijóo ha planteado la discutida cuestión del clasicismo en su verdadero sentido; por la modernidad en el lenguaje se declara terminantemente; la belleza de la obra de arte ve en la cantidad de vida que ésta tenga, y no en una ridícula y absurda imitación de modelos pretéritos. Feijóo ha escrito, hablando de los poetas españoles, lo siguiente: «El que menos mal lo hace, exceptuando uno ú otro raro, parece que estudia en cómo lo ha de hacer mal. Todo el cuidado se pone en hinchar el verso con hipérboles irracionales y voces pomposas; conque sale una poesía hidrópica que da asco y lástima verla. La propiedad y naturalidad, calidades esenciales sin las cuales ni la poesía ni la prosa jamás pueden ser buenas, parece que andan fugitivas de nuestras composiciones. No se acierta con aquel resplandor nativo que hace brillar el concepto; antes los mejores pensamientos se desfiguran con locuciones afectadas».
En resumen: las consecuencias de la obra de Feijóo podemos expresarlas en las frases copiadas del autor del _Diccionario feijoniano_. La obra de Feijóo ha producido una fermentación útil; ha hecho empezar á dudar; ha dado á conocer libros distintos de los que aquí se leían; ha despertado la curiosidad. Vean los lectores si un libro como el de don Miguel Morayta, en que tan escrupulosamente se refleja la personalidad de Feijóo, merece ser leído y divulgado; si merece ser leído y divulgado un libro consagrado á un despertador incansable de curiosidades en este país en que no hay curiosidad ni interés casi por nada.
LA PATRIA DE DON QUIJOTE
I
Cuando en 1905 un joven escritor (romántico y con el pelo largo) hizo un viaje por la Mancha siguiendo la ruta de Don Quijote, ignoraba que muchos años antes, en 1848, otro joven escritor (con el pelo largo, romántico) había realizado, en parte, el mismo viaje. Hasta hace poco no ha sabido de las andanzas del primer viandante el segundo deambulador. Quien viajó en 1848 fué J. Giménez Serrano. Colaboraba este escritor en el _Semanario Pintoresco_; en esta Revista publicó sus impresiones. Las publicó en los números correspondientes al 16 de Enero, 30 del mismo mes, 6 de Febrero, 2 de Abril y 23 de igual mes. Cinco son, por tanto, los artículos publicados. Llevan el título de _Un paseo á la patria de Don Quijote_. Extractaremos lo más interesante de ellos. Giménez Serrano--según él mismo nos dice--hizo el viaje á pie; llevaba como guía á un labriego de la propia tierra manchega. Era joven Giménez Serrano; también nos cuenta él mismo--incidentalmente--que usaba melenas. Se trata, pues, al parecer, de un mozo romántico que, enamorado del inmortal caballero, llega hasta emprender una peregrinación á los principales lugares de su vida y andanzas.
El joven viajero amaba á Don Quijote y ansiaba la realidad. Deseando añadir un comentario al libro de Cervantes, este mozo, en vez de revolver crónicas, papelotes y libracos, emprendió sencillamente un viaje por la Mancha. Creemos que debieran imitar en esto á Giménez Serrano los eruditos que, teniendo á mano la cantera viva, ahí á las puertas de Madrid, se dan de calabazadas para encontrar en los libros lo que se puede hallar en la realidad. «Desprecié el antiguo método--dice nuestro autor--, y antes de todo me propuse visitar la patria de Don Quijote, recorrer las calles de su lugar, seguir el camino de sus primeras y más famosas aventuras, recoger las populares tradiciones y apurar cuanto allí se supiese de las desgracias del manco de Lepanto y de lo que pudo dar origen á su riquísima historia.» El autor, además de sus impresiones literarias, nos ofrece algunos croquis que ha ido trazando á lo largo de su viajata. Curiosos son, en sus toscos grabados en madera, los dibujos de la venta en que se supone fué manteado Sancho, de la iglesia de Argamasilla, de la casa llamada de Medrano (en que la leyenda supuso prisionero á Cervantes; leyenda que todavía se da como hecho positivo en 1912 en el Diccionario Enciclopédico _Pal-las_), de la iglesia del Toboso. «Deseo--dice Giménez Serrano--dar una base á los ilustradores del _Quijote_ para que no sigan urdiendo disparatadas fantasías. Bien que con ello--añade el autor--no harían mas que seguir á las Academias y á otros no menos sabios editores.» En efecto; nada más absurdo y disparatado que las ilustraciones puestas por la Academia á su edición monumental del _Quijote_. ¿Cómo teniendo estos señores la Mancha al alcance de la mano dieron en esas estampas una tan estrambótica representación de España?
El primer paraje quijotesco que visita nuestro autor es la venta de que queda hecha mención. Se halla situada á una media legua hacia el sudeste de Fuente del Fresno. Dista como veinticinco leguas de Madrid y cuatro y media de Consuegra. Antes este lugar era muy pasajero; dejó de ser frecuentado á causa de la desviación de un importante camino. Antiguamente llamábase esta venta del _Cuadrillero_; á últimos del siglo XVIII la tomó á su cargo de un _rumboso sevillano_: enjalbegó éste sus muros, y desde entonces llevó el nombre de _Casa blanca_. Traspuesto el portal, á la izquierda se veían las escaleras, «que daban al derribado camaranchón donde prepararon aquella famosa y maldita cama que sirvió de potro para que le bizmasen al hidalgo manchego los cardenales que en su cuerpo habían labrado las villanas estacas de los yangüeses». (Advertencia: cuando Giménez Serrano visita la venta, ésta se halla casi derruída; su techo lo componían unas faginas de carrizo; habitaba en ella un labriego). Á la derecha, entrando, estaba el corral; unos poyos rodeaban el hogar de la cocina. «En los poyos que rodeaban el hogar--dice el autor--leyó el cura la novela de _El curioso impertinente_, tan dramática como buena y bien razonada, y, para mayor ilusión mía, sobre un arcón, en aquel lado, vi un recio cuaderno que era nada menos que la _Historia de los doce pares_.» Preguntó el autor al viejo habitador del mesón la causa de llamarse éste del _Cuadrillero_. Contestóle el viejo con una larga historia de un episodio sangriento de la guerra civil, que, en verdad, no tenía conexión con el apelativo de la venta. Ahorramos el relato al lector. De aquel trágico lance resultó el incendio de la venta. Y éste es uno de esos antiguos y hoy derruídos mesones--sin techos, con las paredes ahumadas--que ahora contemplamos en nuestras peregrinaciones por las quebradas andaluzas ó por los llanos de Castilla; ruinas que nos hacen pensar un momento en un drama que desconocemos; ruinas inseparables del paisaje solitario y yermo de las campiñas castellanas.
El autor sigue su viaje. Es verano; el sol inunda el campo manchego. «La tierra, seca con los ardores del estío, comenzaba á _hervir_, según la enérgica expresión de los segadores.» Sudoroso, jadeante, llega Giménez Serrano á un ameno vallecillo. «Tres alcores sembrados de encinas, alfombrados de enebros, jara y oloroso romero, rodeaban aquel voluptuoso apartamiento de los montes, y al pie de la más gallarda de las colinas, al amor de los blancos pobos, murmuraba una fuentecilla que se derramaba en un reducido lecho de menudísimas guijas de colores, cercado por una corona de musgo y mastranzos. Tan cristalina y transparente era la superficie de aquel nacimiento, tan verdes sus márgenes, que compararse pudiera con un espejo de acero por marco de esmeraldas guarnecido.» (De acero el espejo, porque de acero los había antaño.) En tan apacible lugar dice el autor que reposó Don Quijote después de haber sudado buscando inútilmente á la pastora Marcela; allí hidalgo y escudero, echada mano á las alforjas, tuvieron un sobrio yantar. Con tristeza abandona el autor este grato lugar. Eran las dos de la tarde. «Una ligera neblina del color del hierro candente velaba los últimos términos del horizonte, que cambiaba á cada paso como en todas las travesías de montaña. Al torcer de un recodo vi sobresalir allá en la hondura la copa de un ciprés.» Se encaminó el viajero hacia aquel lugar y vió que la tierra estaba cubierta de astillas. «Unos leñadores acababan de cortar otros cuatro cipreses que antes daban compañía al que ahora descollaba solitario.» Aquel paraje debía de ser el lugar en que se desarrolló la triste aventura del pastor Crisóstomo. Parecían indicarlo así «la quebrada que á la izquierda se veía, el tajo cortado, al pie del cual alzaba su copa el ciprés que allí me habia traído». El viajero continúa su peregrinación en busca de las ventas de Puerto Lápice.
Las ventas de Puerto Lápice se hallan en el camino de Madrid á Andalucía. «Si no miente un editor famoso, distan quince leguas de Aranjuez y veintiséis de Bailén.» «Situadas en el puerto que forman las cordilleras que ocupan el centro de la curva elíptica trazada por la unión del Giquela y el Valdespino, rodeadas de colinas con boscaje, son el teatro más á propósito, como decía Don Quijote, para _meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras_. Apenas se anda por estas tierras una vara sin oir trágicas escenas de la última guerra, robos, acometimientos, incendios. El viajero arriba al mesón, come y se tiende en una pétrea cama, dispuesto á dormir. Mas fué en vano su propósito: los viandantes reunidos en la posada armaron tal trapatiesta y baraúnda, que hizo imposible el sueño. He aquí la curiosa y archiespañola lista de los viajeros del mesón: «cuatro estudiantes de la tuna, tres de los cuales eran descabezados rapistas; un cedacero con gran provisión de sonajas; cuatro alegres napolitanos, calderero el uno y _santi boniti_ los otros; dos pañeros de Fortuna; un abaniquero de viejo; dos gitanos cantadores de la viña de Cádiz y un respetable coro de mayorales y mozos que así destripaban un zaque de vino y rascaban el vientre de una vihuela ó de un tenor malagueño, como entonaban por el eco de los _panes calientes_ y de la castiza seguidilla manchega». (¡Oh, abaniqueros de viejo y apañadores! ¡Oh, vosotros, pañeros de Fortuna, famosos pañeros de Fortuna, cuyos pregones largos he oído tantas veces en las silenciosas, limpias y blancas callejuelas de los pueblos levantinos!)
De Puerto Lápice se traslada Giménez Serrano á Villalta. En la llanura de Villalta nos dice el autor que aconteció la temerosa aventura del vizcaíno. De Villalta pasamos á Montiel. Por estos campos hizo Don Quijote su primera salida. «Frente de mis ojos se alzaban las sombrías ruinas del castillo de Montiel.» Más á lo lejos se columbraban las casas de la Torre de Juan Abad, de la que era señor Quevedo, y en donde el gran satírico enfermó para ir á morir á Villanueva de los Infantes. Prosigue el viajero su camino y llega á Argamasilla de Alba.
II
Nuestro buen Giménez Serrano--jóven romántico y con melenas--llega á Argamasilla de Alba. Se llama también este pueblo _Lugar Nuevo_; la denominación de Alba procede de haber reedificado esta villa el duque de ese título. Argamasilla «se halla situada en una extensa llanura y rodeada de huertas, molinos harineros y quinterías y alamedas. Su cielo es limpio, despejado y sereno». (Un poco paradisíaca es tal sumaria descripción de los aledaños argamasillescos. Una huerta cerrada, un cortinal, hay á las puertas de la villa; macizos de álamos se yerguen aquí y allá, á lo largo del Guadiana. Y las uniformes llanas tierras paniegas se extienden hasta la remota lejanía del horizonte.) Cuando el duque de Alba elevó la nueva población, los moriscos la ocuparon en su mayor parte. «Como eran tan industriosos y frugales, la tierra de migajón y fácil el regadío, se hizo opulenta la villa, y tanto, que en su lengua la llamaban ellos _Río de la Plata_.» El viajero penetra por sus calles mal arrecifadas; las casas están construídas con tierra apisonada; constan de un solo piso; ciento ochenta, poco más ó menos, componen la villa; no llegarán á mil cuatrocientos los habitantes. «En la plaza no hay árboles ni fuentes, y las casas todas, exceptuando algunas que ostentan en sus portadas escudos de armas, son de miserable aspecto.» «Lo mal blanqueado de sus paredes--añade el autor--, el polvo con que las cubre el viento solano de la llanura, sus desvencijadas puertas y la desigualdad de los tejados y techumbres, dan á este lugar, como á otros muchos de la Mancha, un aspecto monótono y salvaje que repugna y entristece.» (La melancolía de la Mancha procede de la llanura inmensa y gris. Hay en los pueblos unas paredes largas y blancas, nítidas, con una ventanita angosta en toda su extensión, y entre las dos paredes, en la calleja silenciosa y desierta, se otea allá á lo lejos la mancha verde de los trigales y la mancha azul del cielo. Una campanada sonora, muy de tarde en tarde, rasga el silencio.)