Los valores literarios

Part 6

Chapter 63,698 wordsPublic domain

La originalidad de _La Celestina_ en el siglo XV, lo que _La Celestina_ representa en la evolución del arte literario castellano, está contenido, á nuestro entender, en dos hechos capitales. Primero: por primera vez nos encontramos--se encuentran los coetáneos del autor--ante un psicólogo, es decir, ante un escritor que crea, desenvuelve, anima caracteres. En el arcipreste de Hita ya hay muchos de los elementos decorativos, pintorescos y ornamentales que figuran en _La Celestina_; pero en este libro hay lo que antes no existía. Juan Ruiz es un pintor, un colorista, un _visual_; el autor de _La Celestina_ es un analista de espíritus y de temperamentos. Pensemos en lo que modernamente han sido Teófilo Gautier y Stendhal. En el Arcipreste, maravilloso descripcionista, no encontraréis ni un solo momento de emoción; el poeta nos hace asistir á pintorescos y variados espectáculos; describe el color y la forma; no entra dentro ni de los hombres, ni de las cosas; su espíritu no vibra emocionado con lo que pinta del mundo exterior. En el autor de _La Celestina_, en cambio, hay momentos de íntima y honda emoción: suplica, plañe, amenaza, llora. Los personajes van poco á poco iniciándose, creciendo, desenvolviéndose; tienen sus afanes, sus ansias, sus dolores, sus codicias, sus alegrías, sus miserias... Segundo hecho: todos estos procesos psicológicos, todo este análisis del espíritu no se desenvuelven en lo abstracto; bellos procesos de amor y de pasión hay, por ejemplo, en los libros de caballería; mas lo que allí, en esas historias amorosas falta, es lo que el autor de _La Celestina_ ha traído al arte, esto es, una base de realidad, y de realidad viva, cotidiana, menuda, prosaica. Y por encima de esto, no de realidad indefinida (como lo es la de algunos cuadros de _El conde Lucanor_), sino realidad de un determinado momento y de un determinado país; realidad, en suma, española, castiza, de lo hondo de nuestro pueblo. Á la creación, pues, de los caracteres, el autor de _La Celestina_ añade el ligar íntima, profundamente esos caracteres á la realidad de la vida de España. Ahí están viviendo perdurablemente todos los detalles, los más pequeños detalles de nuestro vivir cotidiano: las tenerías, la cuesta del río, el jarrillo desbocado de Celestina, la camarilla de las escobas, las bujerías que la vieja lleva de una casa á otra, las mudas y mixturas que confecciona... Únase á todo esto la rapidez y viveza del diálogo, los modismos populares y refranes, el lirismo exaltado de Calisto en determinados momentos, y se comprenderá el encanto profundo de este libro y su inusitada, maravillosa novedad en nuestro siglo XVI.

Hemos anunciado antes que indicaríamos una _consecuencia práctica_ de determinada modalidad crítica; aludimos al modo como ha sido juzgada Celestina, uno de los tres personajes principales del libro. Recuérdese lo que también hemos apuntado respecto á la temperatura espiritual en que ha vivido la generación literaria anterior á la actual; temperatura esencialmente oratoria. He aquí lo que dice Menéndez y Pelayo hablando de Celestina: «Celestina es el genio del mal encarnado en una criatura baja y plebeya, pero inteligentísima y astuta, que muestra en una intriga vulgar tan redomada y sutil filatería, tanto caudal de experiencia moderna, tan perversa y ejecutiva y dominante voluntad, que parece nacida para corromper al mundo y arrastrarle encadenado y sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer.» (La última frase es completamente de melodrama ó de discurso en mitin popular. Menéndez y Pelayo, que no era orador _hablado_, tenía la preocupación de serlo _escrito_. El estilo oratorio hace que se piense más en cómo va á decirse la cosa, que en la cosa misma; las palabras, en ese estilo, son siempre mucho más grandes que las cosas.) Julio Cejador, que copia la anterior cita de M. Pelayo, añade por su cuenta: «Hay en Celestina un positivo satanismo; es una hechicera y no una embaucadora. Es el sublime de mala voluntad, que su creador supo pintar como mujer odiosa, sin que llegase á ser nunca repugnante; es un abismo de perversidad; pero algo humano queda en el fondo, y en esto lleva gran ventaja al Yago de Shakespeare, no menos que en otras cosas».

Como se ve por las frases transcritas, Menéndez y Pelayo se muestra terminante y unilateral al juzgar á Celestina; Cejador condena con igual fuerza, pero hace algunas atenuaciones (que no sabemos cómo concordar con sus juicios supremos). Tenemos, pues, de lo copiado: que Celestina es «el genio del mal»; que tiene tanto caudal de experiencia y tan perversa voluntad que «parece nacida para corromper el mundo»; que, además de corromper el mundo, su idea es «arrastrarle encadenado y sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer»; que posee un «positivo satanismo»; que es «el sublime de mala voluntad»; que es también, y finalmente, «un abismo de perversidad». Nada menos. Ha quedado agotado el diccionario castellano en la calificación de la maldad de un ser humano. _Genio del mal_--dice Menéndez y Pelayo. _Abismo de perversidad_,--añade Cejador. Si después de esto quisiéramos adjetivar á un gran criminal, no podríamos hacerlo. ¿Qué más podríamos decir de un Troppmann, de un Lecenaire? Y dentro de las ficciones literarias, ¿cómo vamos á definir, por ejemplo, á Lady Macbeth? (Hace pocos meses, un famoso abogado de París, Henri-Robert, hizo en la Universidad de los Anales una supuesta defensa forense de Lady Macbeth; como si realmente estuviera defendiendo á la acusada, el ilustre jurisconsulto examinó minuciosamente los hechos inculpados y adujo las pruebas. Henri-Robert terminaba así su defensa: «Con la lejanía del tiempo, considerando el ambiente sanguinario, y la anarquía de la época, y el medio feudal, Lady Macbeth se nos aparece como digna de alguna indulgencia». El original discurso forense de Henri-Robert se ha publicado en el número de 1.º de Abril de 1913 del _Journal de l’Université des Annales_.)

¿Cómo definir á Lady Macbeth y á nuestra _mala pelegrina_? _La mala pelegrina..._ ¿Quién es la mala pelegrina? Es una mujer real y singularmente perversa; hace su retrato don Juan Manuel en el capitulo XLV de _El conde Lucanor_. La mala pelegrina, astuta, sagacísima, logra que un matrimonio tranquilo y feliz se desevenga; comienza á recelar el marido de la mujer y la mujer del marido; crecen los disturbios; llega el marido, gracias á una traza verdaderamente diabólica de la mala pelegrina, á degollar á la mujer; se enzarzan los parientes de ésta con el marido; lo asesinan; los deudos del marido entran en batalla con los de la mujer; toman parte en la lucha los vecinos del pueblo; resultan numerosos muertos... Tal es, en síntesis, la obra de esta fembra perversa. ¿Se puede comparar con ella Celestina? _Genio del mal_, _abismo de perversidad_... No tanto, no tanto: Celestina ha tenido en su mocedad un prostíbulo; quebró el negocio; Celestina, ya vieja, retiróse á una casilla miserable. Allí vive obscuramente; su oficio es procurar ilícitas y solapadas recreaciones; pero lo hace discretamente, sin escándalo. Todos, fiados en su discreción y sigilo, la buscan y la solicitan. ¿Cuál es su enorme, formidable crimen en el asunto de Calisto y Melibea?

Tengamos en cuenta que Melibea está ya realmente enamorada de Calisto; todos los detalles lo acusan; todos los detalles, incluso esa agria y destemplada respuesta que da á Calisto en la primera escena, y luego, más tarde, el préstamo del ceñidor. Está ya enamorada... sin que ella misma se dé cuenta; el caso es frecuentísimo. Celestina no hace mas que alumbrar esa pasión de Melibea y poner en relación--secreta--á uno y otro enamorado. En esta concertación solapada, urdida por Celestina, estriba todo el crimen de la vieja. ¿Pueden cometer una falta Melibea y Calisto? Sí; deplorémoslo sinceramente. Pero añadamos que el hecho puede ser reparado. ¿Por qué no se han de casar Calisto y Melibea? Á familias igualmente distinguidas pertenecen uno y otro; no hay desdoro para ninguna de las dos familias en este enlace. Seguramente que si Calisto no hubiera tenido la desgracia de caerse desde lo alto de una pared y de matarse, Melibea y Calisto se hubieran casado y hubieran vivido felices. No se puede imputar á Celestina la muerte de Calisto (mera casualidad), ni tampoco podemos hacerla responsable de la bárbara codicia de unos criados (causa del asesinato de la vieja, por cuyo asesinato luego son ajusticiados los matadores). ¿Qué queda, pues, de este _genio del mal_, de este _abismo de perversidad_? El genio del mal se llama aquí--como en tantas otras ocasiones--casualidad, azar, fatalidad... Y esa fatalidad de las cosas, esa inexorabilidad del destino es otro de los atractivos profundos, misteriosos de _La Celestina_.

LA CELESTINA, LA PELEGRINA...

Recordará el lector (ó ya no se acordará de tal cosa) que hace poco dedicábamos dos artículos á hablar de _La Celestina_; comentábamos en esas líneas la edición reciente publicada por _La Lectura_ y cuidada y anotada por Julio Cejador--querido amigo nuestro. Cejador, honrándonos con ello, ha replicado á nuestras observaciones; su réplica la han constituído otros dos artículos: en «Los lunes de _El Imparcial_» del 15 y del 22 del presente mes se han publicado. Termina Cejador su alegato de defensa invitándonos á que reconozcamos nuestro error. La cortesía obliga á no dejar sin contestación los artículos de Cejador. Contestación breve, en que satisfaremos la urbanidad y aclararemos todos nuestros anteriores puntos de vista.

Cejador comienza diciendo que se nos han escapado en nuestro trabajo varias «liebres». Al leer esto creímos que nuestro amigo iba á poner de relieve algún error de hechos, de fechas, de nombres; algo, en suma, material y concreto. Nos parece que el significado de la frase popular citada («escaparse una liebre») encierra la comisión de un olvido, de una negligencia. En olvido ó negligencia (ó ignorancia) podíamos haber incurrido nosotros al disertar sobre _La Celestina_; ante nosotros teníamos á un verdadero erudito; esperábamos, por tanto, una rectificación completa de algo que aturdida ó ignorantemente hubiéramos dicho. No ha habido, sin embargo, nada de esto. (Luego veremos que, efectivamente, en nuestro artículo había un pequeño error... hasta cierto punto.) Las _liebres_ de Cejador no son tales liebres. Liebre habría cuando alguien estuviera en posesión cierta de una verdad inconcusa, axiomática, y viera á otro desbarrar, andar errado, y de pronto abriese su mano para soltar la verdad que en ella tenía aprisionada. En el caso presente no se trata--lo repetiremos--de una rectificación de hechos. Se trata, sí, de la interpretación psicológica de una obra de arte. Cejador la interpreta de un modo; nosotros la interpretamos de otro. Suponer que hay _liebre_ (es decir, verdad irrebatible de una parte; error manifiesto de otra) es suponer que no hay más verdad en este asunto que aquella que tiene en su posesión Cejador. Lo demás es desvarío, y nosotros incautamente, como el meleno ó matiego (seamos castizos) que comete un desliz, hemos caído en él, se nos ha escapado la liebre. No creemos á nuestro buen amigo tan inmodesto.

No enseña _La Celestina_ nada que no conozca un muchacho despierto y agudo de veinticinco ó treinta años. Se considera tal obra como un dechado de enseñanzas psicológicas, y nosotros nos negamos á ver en _La Celestina_ tal libro extraordinario--desde este punto de vista. La psicología de la famosa tragicomedia es de lo más primario y elemental. Una cobejera astuta, una madre descuidada, criados codiciosos, un amante atolondrado y ferviente... esto es todo lo que encontramos en esas páginas. Y esto dibujado y tramado de un modo impetuoso, enérgico, con transiciones violentas, con fogosas y ardientes pinceladas. Libros de sutil psicología, de una enseñanza honda del mundo y del vivir, ¿cuáles citaremos? Se nos ocurre ahora el _Wilhem Meister_, de Goethe, libro que nos ofrece una trascendente lección de conformidad filosófica con la realidad. Se nos ocurre--por citar ejemplos dispares--la novela _Volupté_, de Saint-Beuve, calificada, no hace mucho, por Julio Lemaitre de «libro extraño y profundo». Se nos ocurre el _Tomás Graindorge_, de Taine, en que se ha querido ver una anticipación de Nietzsche y en que hay páginas (las dedicadas á definir una cierta moral) de una larga significación psicológica. Pero la psicología de _La Celestina_, ¿no es de lo más sabido y repetido desde que hay observadores en la literatura? Nada sería esa obra si no contuviera, como contiene, subidos elementos de arte.

Hemos dicho también--y este es el segundo punto rebatido por Cejador--; hemos dicho también que Celestina, la protagonista, no es el monstruo de maldad que nos pintan Menéndez y Pelayo y Cejador. _Genio del mal_ la llama el primero; _abismo de perversidad_ la denomina el segundo. _No tanto, no tanto_, decíamos nosotros. Cejador nos cita la relación pintoresca de lo que Celestina tiene guardado en su casilla miserable y nos habla de sus misteriosos procedimientos, artes y trazas. Conocemos ese pasaje; repetidas veces--y atentamente--hemos leído _La Celestina_. Celestina tiene mil hierbas é ingredientes extraños en su cámara; Celestina hace tales ó cuales cosas diabólicas, misteriosas. Todo eso no nos produce impresión ninguna. Todo eso es una prueba más de la mocedad é inexperiencia del autor. Toda esa larga relación de hierbajos, semillas y menjurjes, si interesante históricamente, sabe á presuntuoso artificio: en ese aspecto de la pintura de Celestina, como en la intempestiva erudición de los personajes de la obra, echamos de ver la mocedad del autor. ¿Se concibe que un hombre experimentado, _corrido_, que haya devaneado mucho por el mundo, se entretenga en tales trampantojos y en ellos crea? Aquí aludimos concretamente al llamamiento que la vieja hace al demonio y á su pacto con tal personaje. «Como no tengo yo á _Azorín_ por tan aferrado á su propio juicio que no confiese lo que ve á vista de ojos--escribe Cejador--, lo único que dirá será que no había leído este trozo, y que verdaderamente Celestina, no sólo hizo declarar á Melibea el amor que ya sentía por Calisto y les facilitó los medios de verse, sino que por el pacto hecho con Satanás forzó á éste con su conjuro á meterse en el hilado y á que _abriese y lastimase el corazón de Melibea de crudo y fuerte amor de Calisto_.»

Puestas las cosas en este terreno, no es posible replicar nada. Nosotros vemos en Celestina una mujer que concierta y prepara amores más ó menos ilícitos; una astuta cobejera; una mujer á quien, por su habilidad y discreción, todos acuden en estos trances. Antes pintó un tipo análogo en Trotaconventos el arcipreste de Hita; después, Lope de Vega en la Gerarda de su _Dorotea_. Todo lo demás, hechizos, hierbajos, ungüentos, conjuraciones, pactos con el demonio, nosotros lo tenemos por pura fantasía, por pintorescas pataratas. Cejador, en cambio, saliendo de este campo puramente terrestre, humano, cree en los maleficios, filtros mágicos y pactos diabólicos de la vieja. Contando con tales fantasmagorías, nuestro amigo proclama á Celestina monstruo ó abismo de perversidad.

Citábamos en nuestros artículos, como ejemplar de mujer realmente perversa, la pintada por don Juan Manuel en uno de los capítulos de _El conde Lucanor_. (El error... hasta cierto punto, á que aludíamos al comienzo consistía en haber llamado _Pelegrina_ á esta mujer, siendo así que en otras versiones de la obra parece ser que se llama _veguina_, del francés _béguine_, es decir, hembra artera y falsa. Pelegrina dice la versión publicada en 1575 por Argote de Molina. El mismo apelativo lleva esa mujer en la lección impresa en Vigo en 1902. Pelegrina nos place más á nosotros por lo expresivo y pintoresco.) ¿Se puede comparar la vieja Celestina á la vieja Pelegrina? Por las artes de ésta--y un poco inverosímilmente--se enemista un pacífico matrimonio, el marido degüella á la mujer, riñen sangrientamente los deudos del marido y los de la mujer, traban también sanguinosa batalla todos los vecinos del pueblo. En Celestina no hay, en cambio, mas que enlabios, arterías y zangamangas.

No aparece por ninguna parte el abismo de perversidad ni la genialidad en el mal de la vieja. Muere Calisto. ¿Tiene Celestina la culpa de que Calisto se caiga de lo alto de una pared? Matan dos codiciosos criados á Celestina para robarla una cadena de oro. ¿Tiene Celestina la culpa de que estos hombres sean tan feroces que lleguen por un robo casi sin importancia, ó de poca importancia, á cometer tal crimen? Se suicida Melibea, angustiada por la desgracia de Calisto. ¿Podremos hacer de ello responsable á Celestina? Fatalidad, inexorabilidad del Destino--hemos escrito nosotros. Esa fatalidad de las cosas, esa ceguedad de la corriente eterna del mundo, que presta un atractivo misterioso y doloroso á _La Celestina_, lo mismo que más tarde al _Don Álvaro_ ó á la maravillosa novela de Camilo Castello Branco _Amor de perdición_.

Pero Cejador no lo ve así. «¡Sortilegio, encantamiento, maleficio, pacto!»,--exclama nuestro amigo, dejándonos un poco despavoridos. Mas nos recobramos de nuestro espanto y apartamos lejos de nosotros toda intervención extrahumana. No hemos citado indeliberadamente la obra de don Juan Manuel. Compárese _El conde Lucanor_ con _La Celestina_ y se verá la experiencia y la madurez de un autor al lado de la inexperiencia y de la mocedad del otro. En 1854 don Pascual Gayangos publicó un estudio sobre _El conde Lucanor_ en la _Revista Española de Ambos Mundos_ (número correspondiente á Agosto). «Su autor--decía Gayangos hablando de don Juan Manuel--se manifiesta constantemente superior á su siglo y libre de muchas de las preocupaciones que á la sazón reinaban. En los capítulos XI y XIII se burla de los que ponen su fe en falsos agüeros y vaticinios, y el XX es una sátira punzante de los frailes y sus pretensiones. En el VIII se ríe de su tío don Alfonso el Sabio porque da crédito á las patrañas de los alquimistas y pretendía haber descubierto la piedra filosofal.» «Toda la obra--añade Gayangos--respira la observación fría y sagaz del hombre experimentado que conocía á fondo el corazón humano y que ha sufrido demasiado para conservar las engañosas ilusiones de la juventud.»

¿Se concibe al retratista de la Pelegrina dando crédito en su obra á hechicerías, pactos demoníacos y sortilegios? Quien se reía de los horóscopos, de la piedra filosofal, de los sortilegios, no podía menos de hacer un retrato verdaderamente humano, sólo humano, de una mujer perversa. Si el autor de _La Celestina_ hubiera escrito su libro, no en la mocedad--como parece ser--, sino ya maduro, corrido y desengañado, seguramente que en su retrato de Celestina no hubiera puesto todo ese aparato excesivo y estrafalario de influencias extraterrestres y diabólicas. Y si de todos modos lo hubiera puesto, á nosotros, hombres de ahora, hombres modernos, nos toca prescindir mentalmente de él y considerar que si pasó lo que pasó en _La Celestina_, no fué por obra misteriosa y siniestra de Satanás--¡qué horror!--, sino porque _asi vinieron las cosas_.

DEJEMOS AL DIABLO...

Cuatro palabras para terminar--por nuestra parte y cordialmente--la amistosa discusión que venimos sosteniendo con Julio Cejador... La viejecita Celestina se halla recogida en su casa. Vive muy lejos, allá fuera de la ciudad, en la cuesta del río. Cerca están las tenerías. No muy distante se ve un viejo puente por donde pasan viandantes y carros. La casa de Celestina es chiquita, medio caída; lo principal--y casi lo único--de ella lo compone una camarilla con una ventanita; por la ventanita se columbra el río manso y claro que discurre por debajo del puente y luego se aleja entre dos filas de verdes álamos, unos campos labrados, la silueta azul de unas remotas montañas. De la ciudad llegan, de cuando en cuando, los campaneos de sus iglesias. En la habitación de Celestina hay dos ó tres filas de anchos vasares y un reducido armario: en los vasares forman, cuidadosamente colocados, botecillos, picheles y redomas de diversos tamaños y colores. Encierran esos botes y frascos variedad de ungüentos, aceites, mixturas, grasas y jarabes; de todos estos aceites y ungüentos, unos curan dolores, otros--aunque Celestina lo crea--no curan nada. Hacecillos de hierbas montaraces penden del techo y de las paredes. Reposan en el armario, bien guardados, algunos objetos y trebejos de apariencia y usos extraños. Aquí hay soga de ahorcado, piedra del nido del águila, espina de erizo, pie de tejón. Todas estas cosas, aunque en ocasiones Celestina las venda muy caras y misteriosamente á gentes que han perdido un poco el seso, lo cierto es que no sirven para nada. En una cajuela la viejecita tiene sus instrumentos más preciados: unas finísimas agujas y un sutilísimo hilo de seda. Y tampoco esto sirve para gran cosa; pero sí puede engañarse con ello--alguna vez--á los papanatas y á los incautos, á los incautos sobre todo, gente atropellada y que no repara en detalles.

Celestina se encuentra en un momento crítico; va á invocar á Satanás. Necesita que el demonio le ayude en un trance en que se halla metida. Ya ha cerrado la ventanita que mira al río y ha encendido una vela (no la vela que se enciende á San Miguel, sino la que se enciende al diablo). De todo su poder evocador va á usar Celestina; del más formidable aparato mágico va á echar mano; del conjuro más poderoso, más fuerte, más inapelable va á servirse. Todo es silencio y misterio en la estancia. (Pero á lo lejos, de las tenerías, llegan unos cantos populares y picarescos que desazonan un poco á la viejecita.)

Celestina exclama, tratando de ahuecar la voz y haciendo terribles aspavientos:

--Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos que los hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos é atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias: Tesifone, Megera y Aleto; administrador de todas las cosas negras del reino de Stigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigiosos caos; mantenedor de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras...

Se detiene un poco Celestina; no es para menos; la invocación que acaba de hacer entra en la categoría de las más solemnes invocaciones. Luego continúa:

--Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas letras, por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen... vengas sin tardanza á obedecer... hasta que Melibea con aparejada oportunidad... lastimes del crudo y fuerte amor de Calixto... pide y demanda á mí tu voluntad... apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre... me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya envuelto.

Cuando la viejecita ha acabado su tremendo y formidable conjuro se ha abierto bruscamente la ventanilla del chamizo y ha entrado un vivísimo rayo de sol que ha dado en los ojos á Celestina. Celestina ha cerrado los ojos, y al abrirlos de nuevo ha visto sentado en la única silla de la estancia á un mancebo de tez morena y luminosa mirada.

--Un momento, querida Celestina--ha dicho con voz melódica este mozo--: tu conjuro ha sido tan aparatoso y tan vehemente, que he querido venir yo mismo, en persona, á ver lo que se te ofrecía. La cosa debe de ser de mucha importancia...

Aunque la viejecita está acostumbrada á tratar con el demonio (ó, por lo menos, lo dice ella), ha sufrido una viva sorpresa al contemplar frente á ella al propio Satanás. Apenas acertaba á balbucir unas palabras.