Part 16
¿Dónde paró Víctor Hugo á su llegada á San Sebastián? En España--dice el poeta--hay muchas ventas, es decir, tabernas; algunas posadas, es decir, hospederías; muy pocas fondas, es decir, hoteles. El poeta trabuca aquí un poco las cosas, según su costumbre. Las ventas, desde luego, no son tabernas; son simplemente hosterías situadas fuera de poblado, en la campiña. En San Sebastián, en 1843, cuando estuvo Hugo en la ciudad, no había, según nos cuenta él, mas que una fonda á la española, la «fonda de Isabel», y un hotel á la francesa, «dirigido por un honrado y valiente hombre llamado Laffite». (Saludemos reverentemente, de pasada, á esta Isabel y á este Laffite, patriarcas de la industria hotelera que, andando los años, tanto auge, tanto esplendor había de alcanzar en San Sebastián.) Víctor Hugo venía en diligencia de Bayona á Donostia. Ya cerca de la ciudad, al llegar á lo alto de una colina, descúbrese de pronto el panorama urbano de San Sebastián. Con cuatro rasgos, á manera de grandes, airosos brochazos, traza el poeta lo que ven sus ojos en aquel momento: «Un promontorio á la derecha; un promontorio á la izquierda; dos golfos; un istmo en medio; una montaña en el mar; al pie de la montaña una ciudad. He aquí San Sebastián». Y, en efecto, nada más sintético ni más exacto. El aspecto de San Sebastián--añade el poeta--es el de una ciudad construída de nuevo, simétrica y cuadrada como un juego de damas. (No se olvide que estamos en 1843, y que lo que el poeta está contemplando es, en efecto, este tablerito de damas de la--ahora--ciudad vieja.)
Aposentado en San Sebastián, Víctor Hugo nos refiere diversas impresiones experimentadas por él en la ciudad; casi todas estas páginas están dedicadas á los lances de la guerra carlista. Continuamente daba el poeta grandes paseos por los aledaños de la ciudad; un día se alargó hasta un paraje en que el agua del mar, después de pasar por un freo ó angostura, se remansa en un ancho lago. Cautivóle la hermosura y placidez del sitio; admirándolo estaba, cuando le sacó de su arrobo una greguería estrepitosa de voces humanas. Paró en ella atención el poeta y vió una grey de mujeres que en la orilla del mar estaban apostadas y lanzaban gritos invitando al embarque en unos ligeros bateles. ¿Á quién se dirigían estas mujeres? De todas edades, trazas y pergeños las había entre ellas: ardimiento ponían en sus palabras, pero ninguna de ellas se movía ni avanzaba. Víctor Hugo derramó la vista en su torno; no había nadie allí mas que él; á él debían dirigirse estas nautas femeninas. Á él, en efecto, se dirigían. El poeta--documento precioso--nos ha conservado, en lengua castellana, las exhortaciones que le lanzaban. Eran éstas: «¡Señor francés, benga usted conmigo!--¡Conmigo, caballero!--Ben hombre, muy bonita soy!» El autor de _Los Miserables_ tomó un batel y llegó á Pasages; dejamos aparte numerosos y pintorescos detalles de la narración. Encanto profundo produjo en el poeta esta villa de junto al agua. Las casas, desde el mar, eran sencillas, modestas, pobres; una vez en el pueblo, se veía que tales edificios tenían otra faz: una faz noble, severa, con anchas puertas, berroqueños blasones, muros recios, fornidos. De sorpresa en sorpresa caminaba Hugo por las callejas de Pasages; su vista ponía con delectación en los escudos de las puertas, en los hierros forjados de los balcones, en las paredes renegridas noblemente por la pátina de los siglos. Á su vuelta á San Sebastián anunció su propósito de irse á vivir á Pasages. Su designio causó «un espanto general».
--¿Qué va usted á hacer allí, señor?--le preguntaron--. Aquello es un hoyo, un desierto, un país de salvajes. ¡No encontrará usted alojamiento!
--Me alojaré en la primera casa que encuentre--repuso el poeta--. Se encuentra siempre una casa, un cuarto, una cama.
--Pero las casas no tienen techo, ni puertas los cuartos, ni colchones las camas.
--Eso será interesante.
--¿Qué comerá usted?
--Lo que haya.
--No habrá mas que pan mohoso, sidra agria, aceite rancio y vino con sabor á pez.
--Pues comeré eso.
--¿Está usted decidido?
--Decidido.
--Hace usted lo que nadie hace aquí.
--¿De veras? Eso me seduce.
--¡Ir á dormir á Pasages! ¡No se ha visto nunca tal cosa!
El poeta partió hacia Pasages; la misma batelera que habíale servido la primera vez, le indicó una casa donde podría alojarse. Es la casa histórica que hoy contemplamos--si somos artistas, si amamos la patria--con emoción. Víctor Hugo la describe minuciosamente en estas páginas; hasta un pequeño plano de ella, dibujado por él, nos ofrece. Allí vivió unos días feliz, tranquilo; la hija de su patrona se llamaba Pepita; la comida que le servían--por cinco francos diarios--era abundante, sana, gustosa. Le seducía al poeta morar en esta vieja casa, entre estos nobles muros; por las mañanas deambulaba por el pueblo, en requisitoria de rincones y recovecos poéticos, interesantes, históricos; á la tarde se marchaba hacia la montaña, peregrinaba largamente, se sentaba en una eminencia frente al inmenso mar. Cuando al anochecer retorna á la vieja casa consigna en las cuartillas sus impresiones. Trasladaremos una de estas rápidas anotaciones del poeta. Víctor Hugo ha subido á un escarpadísimo picacho; en su ascensión ha tenido, á ratos, que ir á gatas. Ya ha llegado á la cima. «Descubro un inmenso horizonte--escribe el poeta--. Todas las montañas hasta Roncesvalles. Todo el mar desde Bilbao á la izquierda; todo el mar desde Bayona á la derecha. Escribo estas líneas acodado sobre un bloque en forma de cresta de gallo que forma la arista suprema de la montaña. En esta roca han sido grabadas hondamente con un pico estas tres letras, á la izquierda: L. R. H., y estas dos á la derecha: V. H. En torno á esta roca hay una reducida meseta triangular cubierta de prados calcinados y rodeada de una especie de foso abarrancado. En una quiebra diviso una florecilla. La he cogido.»
¿Cuál es el lugar descrito aquí por Víctor Hugo? ¿Se conservará la inscripción de que el poeta habla, grabada en esa altísima roqueda? Lezo, Hernani, Tolosa ocupan también varias páginas en el libro de Hugo. El poeta ha dejado la vetusta casa de Pasages--en que tan serenas y claras horas ha pasado--y se ha dirigido hacia Pamplona. Durante el viaje ha podido ocurrir una catástrofe: la diligencia, parada en la carretera, allí en lo alto de un precipicio, ha comenzado á recular; ya una de las ruedas posteriores iba á llegar al borde del hondo barranco; entonces un mendigo que allí estaba ha puesto una gruesa piedra ante la rueda, y el cocherón se ha detenido. Si la diligencia se hubiera derrumbado por aquel abismo, y se hubiera matado Víctor Hugo--como era probable, verosímil--, á estas horas no podríamos leer muchas de sus hermosas obras; y todo esto hubiese sucedido--¡complicación sutil del sutil tejido de los hechos humanos!--si aquel mendigo que puso obstáculo con la piedra á la caída no hubiese estado allí. Á un mendigo vasco debe, pues, el Parnaso de Francia multitud de maravillosos poemas. Tenía entonces, en 1843, Víctor Hugo cuarenta y un años; hasta 1885 había de vivir produciendo, laborando infatigablemente.
En Pamplona mora Hugo unos días. Le encantan el claustro de la catedral, la ancha plaza con soportales, el panorama que se descubre desde el paseo de la Taconera. Corretea por las murallas y por las callejuelas. Se celebraba en aquellos días de Julio la feria. Hugo discurre entre los tipos de campesinos y compra multitud de chucherías y baratijas: ligas con letreros, de Segovia; una caja de cerillas químicas de Hernani; pilillas de agua bendita, de Bilbao: un hacecillo de teas de Elizondo; papel de Tolosa; un cinturón ó garniel de cuero, de Panticosa; dos mantas de Pamplona, «que son de lana magnífica, de una manufactura recia y de un gusto exquisito». El libro del poeta--en lo que se refiere á España--termina con una excursión de Hugo á las montañas navarras, en donde el autor de las _Orientales_ pasa un día ó dos viviendo en una choza.
¿Cuál debe ser nuestro juicio sobre estas páginas que Víctor Hugo dedica á España? Las impresiones del gran poeta no tienen la densidad é intensidad de las de Teófilo Gautier; son notas ligeras, rápidas. La más considerable es la referente á su estancia en Pasages. Pero Hugo, como Gautier y como, años antes, Próspero Merimée, han sabido encontrar en un rincón de España--descartando las inexactitudes en que hayan podido incurrir--un aspecto de honda y perdurable poesía. Y vosotros los artistas ó los que amáis el arte, contestad: ¿hay algo más real que la poesía? ¿Hay algo más definitivo?
UN IDEÓLOGO DE 1850
I
El ideólogo á que nos referimos es don Ramón de la Sagra. Sobre La Sagra encontramos indicaciones biográficas en el _Manual de biografía y bibliografía de los escritores españoles del siglo XIX_, publicado por Ovilo y Otero en París, librería de Rosa y Bouret, en 1859. Como no nos proponemos hacer un trabajo biográfico de La Sagra, ni escribir un estudio crítico de sus obras, nos limitaremos á unas breves notas sobre su persona y sus libros. Nació La Sagra en 1798; fué varias veces diputado; figuró en las Cortes de 1854; desempeñó la cátedra de Botánica en la isla de Cuba; realizó numerosos viajes por Europa y América. Era La Sagra lo que hoy llamamos un «europeo». Profesó las más avanzadas ideas progresistas. «Hoy las ha modificado--escribe Ovilo--, lo cual le ha valido algunas censuras.» Los libros, folletos y publicaciones de distinta índole que La Sagra dió á luz son innumerables. Según vemos en el _Manual_ citado, existe un _Tratado cronológico_ de los escritos de La Sagra; pero sólo abarca este tratado las publicaciones de 1822 á 1845. Muchas más deben de existir; con lo cual bien podemos imaginar que don Ramón de la Sagra ha sido uno de los escritores más prolíficos, fecundos y caudalosos que podemos imaginar.
Á La Sagra le interesaba todo y escribía de todo. Escribió sobre botánica, geografía, ciencia económica, sistemas penitenciarios, política, industria, agricultura. En el libro de Otero, al copiar éste un juicio de don Manuel Colmeiro sobre La Sagra, dice el autor: «El doctor Colmeiro que, como nosotros, no supone tanto mérito, tantos servicios, ni tanta ciencia en este laborioso é infatigable escritor...» Se deduce de estas palabras que La Sagra era, no un investigador original, sino simplemente un vulgarizador, un viajero y un lector que luego iba exponiendo en libros y en artículos lo que por el mundo había visto. Y juntamente con esto, no cabe, ni hay para qué negar, que La Sagra poseería un deseo sincero de mejoramiento social, de adelanto y de progreso respecto á España.
En resolución: La Sagra ha sido, con mayor ó menor originalidad y con mayor ó menor desinterés, un precursor de los hombres que, más tarde, hacia 1898, trabajaron en favor de una política de regeneración española. Hemos hablado de desinterés porque, registrando, tiempo atrás, periódicos de la época, hemos hallado ataques á empresas industriales de La Sagra; y entre las obras citadas por Ovilo figura una _Vindicación de una apreciación injusta de un proyecto de ley presentado á las Cortes Constituyentes el 14 de Diciembre de 1854, seguido de algunas reflexiones sobre el estado fisico y económico de España_. No decimos nada ni en pro ni en contra de La Sagra; lo que queremos evitar es toda incauta apología. Hoy existen hombres que, vanagloriándose de las más modernas ideas y de los móviles más altruístas, se mezclan á empresas y gestiones que no merecen beneplácito. Si ahora pudiéramos contemplar á un escritor de 1960 escribiendo un artículo sobre estos hombres y desplegando en él la más candorosa pompa apologética, seguramente que, por lo menos, sonreiríamos.
Nos proponemos ahora tan sólo hablar de algunas originales ideas que nuestro autor expuso en un breve folleto. Se titula el opúsculo _Aforismos sociales_; lleva por subtítulo: _Introducción á la ciencia social_. En Madrid y en 1849 se publicó el librito, y en la portada se lee la siguiente indicación: «Edición hecha sobre la cuarta publicada en Bruselas en 1848». El ejemplar del folleto que poseemos va encuadernado en volumen juntamente con otro opúsculo de La Sagra escrito en francés y titulado _Revolution économique: causes et moyens_. Del mismo año del folleto español es este francés; en París se vendía en la librería de Capelle «et chez l’auteur, 27, rue Lamartine». Los _Aforismos sociales_ resumen la ideología de La Sagra (como hoy otros aforismos, los publicados recientemente por Gustavo Le Bon, resumen la política, la sociología y la psicología social de este escritor, también multiforme, abundante y diverso).
Las máximas que nos presenta La Sagra son en número de 300. En varios capítulos está dividida la obra.
En el primero se estudia el orden social antiguo; en el segundo, la emancipación del pensamiento; en el tercero, la sustitución de un nuevo principio de orden social; en el cuarto, el orden por la fuerza; en el quinto, la teoría del orden social racional; en el sexto y último, las condiciones y medios para la organización social racional. Un resumen y conclusiones cierran el folleto.
En el breve prólogo de la obra nos dice el autor que estos aforismos constituyen «parte de los teoremas» cuya demostración larga, minuciosa, equivaldría á hacer el estudio de la humanidad. La Sagra ha hecho cristalizar en ellos todo su pensamiento. Persigue también otro propósito: el de «impedir que la calumnia ó la ignorancia le coloquen en alguna de las escuelas en que se dividen las opiniones reinantes». La Sagra desea ser conocido «no tal cual le suponen, sino tal cual es»; es decir--añade el mismo La Sagra--, como «hombre observador y lógico». (Hombre observador y lógico no así como se quiera, impreso en el mismo tipo en que va impreso lo demás, sino estampado ostensiblemente, con versalitas: HOMBRE OBSERVADOR Y LÓGICO... Repasando los periódicos á que hemos aludido antes, periódicos de mil ochocientos cuarenta y tantos, tenemos bien presente el haber visto que uno de ellos llamaba _sabihondo_, humorísticamente, á La Sagra.)
El autor, al publicar esta edición castellana de su libro, nos advierte también que el trabajo ha sido redactado pensando en otros pueblos; otros pueblos «más adelantados y, por consiguiente, más distantes de la época antigua». En esas naciones se hallan muy debilitadas las creencias individuales; hállase también la fe social «totalmente extinguida, es decir, enteramente eliminada de la legislación». Muy lejos de ese estado «fatal» nos hallamos nosotros los españoles; «pero--añade La Sagra--conduce á él la doctrina y la práctica del progreso». Esta última frase es altamente significativa. ¿Qué concepto del progreso va á exponernos La Sagra? Él, un hombre avanzado, moderno, científico, ¿va á lanzarnos por el camino de esas sugestionadoras paradojas que, hablando del progreso (del progreso y sus _ilusiones_) han proclamado también, bien mirados por los tradicionalistas, otros espíritus igualmente modernos y científicos de estos días? Sí, algo hay aquí, aparte de la antinomia de Comte, creador del positivismo y de una nueva religión; algo hay aquí de Sorel, de Le Bon y de otros...
II
Expongamos algunas de las ideas de don Ramón de La Sagra; nos limitamos sencillamente al papel de expositores. No presentaremos tampoco sistematizadas las ideas del autor (para eso, léase el libro); indicaremos puntos de vista, consideraciones, observaciones. Vivimos--dice La Sagra--en un tiempo en que la opinión es quien reina y legisla. «El reinado de la opinión tiene por resultado la anarquía, porque la opinión es variable por esencia.» El sufragio universal es la consecuencia lógica de este régimen de opinión; pero, imperando las mayorías, ¿á quién podrán apelar las minorías? (No olvide el lector que estamos en 1849; la originalidad de estos juicios consiste precisamente en haberse formulado en esa época en que eran novísimos... y ahora también. No dejaremos, de cuando en cuando, de ir recordando la fecha de este librito.) «El sufragio universal, considerado como base del derecho, es, en realidad, la negación del derecho.» Con el sufragio universal, el derecho queda sometido á la fuerza: á la fuerza de la mayoría. Se somete el derecho á una voluntad general, universal, y de ella se le hace depender. No se tiene en cuenta que actualmente la humanidad no posee todavía «una voluntad racional é incontestable». Por eso todo voto es la expresión de un interés pasional.
Como no existe todavía una dirección racional en la sociedad, el voto del sufragio no puede adaptarse á esa orientación. «Se llama _ley_ lo que resulta de la decisión de intereses más ó menos numerosos, ó de los que son bastante fuertes para hacerse admitir como generales.» Las pasiones, los intereses, las razones individuales fingen someterse á una supuesta voluntad general; esa voluntad general, expresión del sufragio, flor de la democracia, no es mas que un agregado de voluntades unidas por un interés que les es común. Y esta artificiosa voluntad general se convierte en _autoridad_ con el auxilio de la fuerza. «De consiguiente, bajo el imperio de las mayorías no reina el _derecho_ fundado en la razón social y universalmente reconocida, sino la fuerza resultante del número ó de la intriga.»
El despotismo moderno se apoya en las mayorías; ese despotismo no es mas que fuerza privada del prestigio de la fe. «Hallándose fundada la autoridad moderna en la opinión, resulta contestable; y en una época de libre discusión es necesariamente contestada». La supremacía del número, como base de la autoridad, se halla en pugna con la razón; forzosamente la investigación moderna ha de discutirla y combatirla. En la esencia misma de este régimen de mayorías se encuentra el origen del espíritu revolucionario. El espíritu revolucionario, inseparable del régimen de mayorías, se manifiesta en actos ilegales ó legales. «En la revolución llamada legal domina el voto; en la revolucionaria domina la fuerza. Pero como en ambos casos son las pasiones las que dan el impulso, resulta que la fuerza da la victoria, suponiendo que tiene los votos en su apoyo.»
Faltando la unidad espiritual, psicológica, que antiguamente daba la religión al agregado social, y no habiendo sido esa orientación reemplazada por otra, la autoridad y el poder se hallan en quiebra. «En el día todo poder inspira desconfianza; toda autoridad se pone en duda; todo mandato sugiere oposición.» La sumisión á la ley, al dictado jurídico, á la regla moral, supone que lo que se ordena ha de ser razonable, justo. «Pero ¿quién califica los actos como justos ó injustos? La opinión de cada individuo. Por consiguiente, las órdenes de la autoridad son calificables para la humanidad entera.» El desorden será permanente. El orden sólo se establecerá cuando quede determinado de un modo absoluto lo que la razón debe dictar y cuando cada ciudadano pueda conocerlo.
Lo que al presente se llama libertad no es mas que anarquía, desorden. Las sociedades libres son eminentemente anárquicas. «La causa, pues, del sentimiento revolucionario se halla en el principio mismo que sirve de base á la autoridad moderna.» «La sociedad antigua reposaba sobre la fe; la sociedad moderna reposa sobre la opinión, y la dominación por la opinión es esencialmente anárquica.» (Esta es una de las ideas fundamentales de La Sagra; él ve la sociedad antigua como formada toda de una pieza, compacta, solidaria, gracias al aglutinante, digámoslo así, de la unidad espiritual que proporcionaba la religión, y hoy ve, por el contrario, fraccionado en mil fragmentos el todo social, merced á la diversidad de opiniones que luchan, se oponen é imponen unas á otras. Queda, por encima de todo esto, el sufragio, la voluntad general; pero el sufragio es una ficción y no logra cohesionar las fuerzas sociales ni dar una dirección lógica y racional á la humanidad.) Escritores antiguos y modernos--continúa La Sagra--han combatido el principio de las mayorías como base del derecho moderno. Sin embargo, sólo ese principio sobrevive á la muerte de la fe. «Esto procede de que hasta ahora no ha sido posible sustituir á la destruída autoridad de derecho divino más que la autoridad del número.»
Reina universalmente la anarquía: en el sistema industrial, en el intelectual, en el moral, en el social. La dominación por la riqueza ha reemplazado á la antigua dominación por el privilegio. «La antigua dominación era compensada por la revelación, que declaraba meritorios en otra vida los sufrimientos de los desgraciados explotados en ésta. La dominación moderna no da á la explotación que ejerce más motivo que la fuerza sin consuelo alguno.» El desorden y la incongruencia social irán siendo mayores de día en día. Ese progreso del mal llegará á hacer comunes á todas las clases los sufrimientos que ahora afligen á las masas proletarias. Se hará preciso buscar entonces el remedio á males que á nadie excluirán. El vínculo social que hoy falta sólo puede darlo la ciencia. (Esta es otra de las ideas fundamentales de La Sagra; de La Sagra, que escribe, repitámoslo, en 1849. Un año antes escribía Renán su libro _El porvenir de la Ciencia: pensamientos de 1848_, libro que no fué publicado hasta 1890.) «Hasta el día--añade La Sagra--la ciencia no ha llegado más que al período materialista, que es la negación del espiritualismo.»
«Para la humanidad--añade nuestro autor--no puede haber mas que dos géneros de existencia: ó por la _fe_ ó por la _ciencia_. El reinado social de la fe ha desaparecido; es preciso, pues, que el de la ciencia aparezca ó que la humanidad se extinga.» Nos hallamos á la hora presente en un estado de conturbación espiritual y de desorientación. No puede darse un período de más aguda crisis; en la historia de la humanidad no habrá acaso época tan angustiosa como ésta. «En resumen: el _despotismo es imposible_ y la _libertad es anárquica_.» De este modo podemos caracterizar los tiempos que alcanzamos. Es decir, que el elemento necesario para la marcha (la libertad) es origen de perturbación y de desorden; y por otra parte, el factor que pudiera remediar y encauzar el mal (la autoridad) se ha hecho imposible. ¿Cómo resolver este formidable, trágico conflicto?
Tales son, sumariamente, las ideas de don Ramón de La Sagra. Sencillamente, somos expositores. Y lo somos porque para la historia del pensamiento español durante el siglo XIX nos parece interesante no olvidar á este divulgador de ideas, cualquiera que sea nuestra opinión sobre él. Un hombre que en 1849 ha proclamado la religión de la Ciencia: ése es La Sagra. La religión de la Ciencia como ideal para la humanidad, como socializadora de la humanidad. La fe en la Ciencia acabará con la anarquía producida por las opiniones diversas y pugnantes.
BAROJA, HISTORIADOR
Pío Baroja acaba de publicar un nuevo libro; es este volumen de Baroja el primero de una serie de novelas históricas. Se titula _El aprendiz de conspirador_. El título genérico que llevarán estas novelas será el de _Memorias de un hombre de acción_. Digamos, ante todo, el motivo que Baroja ha tenido para emprender esta serie de obras novelables é históricas: entre los antecesores del novelista se encuentra un vasto andariego é inquieto, llamado Eugenio de Aviraneta; revolviendo Baroja papeles viejos, allá en los arcones y armarios familiares, encontróse con algunos documentos relativos á su antecesor; entróle curiosidad por conocer más datos referentes á Aviraneta; leyó libros de Historia; metióse en las bibliotecas y husmeó por los puestos de libros viejos; fué enfrascándose poco á poco en el estudio de una época; á la postre, nuestro Baroja--antihistórico y antirretórico--se encontró con un cúmulo tal de pormenores, particularidades y detalles, que fácilmente cayó en la tentación de entrarse, pluma en ristre, por los campos lóbregos y falaces de la Historia.