Los valores literarios

Part 15

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Pudiéramos poner muchos ejemplos. Citaremos un texto para explicar mejor lo que decimos. Noel está describiendo Sevilla desde lo alto de la Giralda. Nos hace ver «las casas blancas del barrio clásico de Santa Cruz, con terradillos de un mismo color, con azoteas llenas de tiestos y flores; el paseo de Santa Catalina Rivera, la torre y cúpula de la iglesia de San Bernardo, la cúpula y macizo de los Venerables». Al llegar aquí acaba el párrafo. Nos disponemos á entrar en un nuevo aspecto de la realidad descrita. En efecto, entramos; el autor comienza así el párrafo siguiente: «De un jardincito sale un ciprés; hay allí un cementerio de monjas»...; surge en nuestro espíritu la _sensación_ de uno de esos jardines reducidos recoletos en lo interior de las ciudades; el jardín de un convento de monjas; un jardín--visto desde allá arriba, desde lo alto de una torre--en que se divisan unos cipreses. Necesitamos algún detalle más que complete nuestra visión. ¡Oh, esos cipreses de los huertos monjiles, cipreses que se yerguen sobre los rosales! El autor añade: «Se delinean en el macizo blanco las estrechas calles con sus mil leyendas...» Pero ¿no habíamos pasado á otra cosa? ¿Qué salto es éste que hemos dado ahora? ¿Qué tiene que ver aquí ese _macizo_? Nuestro ritmo mental ha sido bruscamente roto.

Otra observación hemos de hacer; ésta de más trascendencia. Nadie duda que Eugenio Noel es un adversario acérrimo de los toros y el flamenquismo. Mas la lectura de sus trabajos á las veces nos produce el efecto de una exaltación de lo que se trata de deprimir y condenar. No sabemos cómo explicar esto; pero el hecho es exacto. Si fuéramos amadores de los toros, acaso encontráramos, leyendo los libros de Noel, más gusto que encontramos siendo adversarios. Noel sabe menudamente todo lo referente á los toros: historia, bibliografía, biografía de toreros, gestos de toreros, dichos de toreros, andanzas de toreros. No hay nada que se le escape. Nadie como él nos informa tan bien de las cosas y lances del flamenquismo. Nadie ha descrito con más entusiasmo, con más exaltación los bailes de una popular danzarina. Sus meditaciones ante la estatua de un torero pueden colocarse por encima de las que dedica al _Pensador_, de Rodín. ¿Qué sortilegio es éste? Veníamos á buscar una triaca contra la ponzoña taurina y nos encontramos con una morosa delectación. En verdad, en verdad que son algo peligrosos estos libros contra los toros y el flamenquismo.

Dicho esto, hemos de elogiar en el libro de Noel numerosas páginas; elogiarlas desde el punto de vista artístico (bien que estas páginas á que nos referimos no sean de aquellas que encierran una determinada tendencia política). Pueden servir de ejemplo los capítulos dedicados á la descripción de Triana, ó á hacer el retrato de un torero malogrado y pintoresco, ó á describir una capea en Medina del Campo. En este último capítulo citado, el autor escribe: «En Tordesillas se lidia el llamado toro de la Vega, el cual en pleno campo se lancea; el mozo que da la última lanzada tiene derecho á traer al pueblo en la punta de su pica la oreja del animal, y es fama que aquella noche sueñan con él las mujeres». Estas líneas, mero incidente en el capítulo, son para nosotros más sugeridoras que el capítulo todo. Cuarenta y seis años pasó una infortunada mujer--Juana, la reina--recluída en un caserón de Tordesillas; Tordesillas va unida á la página sangrienta y patriótica de los Comuneros. Eugenio Noel ha recordado que en ese pueblo se lancea un toro en campo abierto.

Así es, en efecto. En el _Semanario Pintoresco_ de 9 de Septiembre de 1849, uno de sus colaboradores, don Juan de la Rosa, hace una detenida descripción de tal espectáculo tordesillense. Ese alanceamiento no es mas (ó era en el año citado) que el último número de una variada serie de espectáculos taurinos. Se corrían toritos («toritos» dice el cronista); se los lidiaba por los señoritos de la localidad; se celebraba también una mojiganga taurina, en la cual, por cierto, entre otros personajes, figuraban Don Quijote y Sancho. El prólogo de esas fiestas taurinas era la vaca encohetada. Se celebraba ese espectáculo la noche antes de la primera corrida. La plaza del pueblo se llenaba de una inmensa muchedumbre. «Cuando el concurso empieza á manifestar su impaciencia--dice el señor Rosa--sueltan la vaca, la cual lleva puesta sobre el lomo una manta impregnada de un combustible que se inflama con facilidad, y sembrada de cohetes bien sujetos, y que á su tiempo se incendian.» «Apenas el animal--añade el autor--siente el calor de la manta que arde, empieza á dar brincos lanzando quejidos de dolor.»

El colaborador del _Semanario Pintoresco_ describe después los otros festejos taurinos. Al final pinta el espectáculo de los campos tordesillenses cruzados y recruzados por los mozos que van persiguiendo con sus picas al toro. Todo esto conmueve profundamente á don Juan de la Rosa. Estos parajes le parecen encantadores. «Así es--escribe--que al separarse de ellos, al darles el último adiós, siente uno renacer en su espíritu un vago deseo de tristeza, y no puede menos de envidiar á los moradores de aquellos sitios destinados á la felicidad.» ¡Oh, ingenuidad peregrina! ¡Una Arcadia donde se tuesta viva á una vaca enfundándola en una manta embreada y cubriéndola de cohetes! Si viviéramos en 1849 diríamos, llenos de fervor: _¡Señor, líbranos de esa Arcadia!_

CARROS

Xenius ha dedicado, hace tiempo, uno de sus glosarios á los carros; los carros--para el glosador--componen una característica del ambiente de Cataluña; con el paisaje, el pueblo, las costumbres se armonizan los carros. No sólo de la tierra catalana, sino de toda la tierra española, son parte integrante los carros. Existen varias clases de carros. La división fundamental es ésta: carritos ligeros; carros «gruesos». Los ligeros corren y saltan por los caminos; son alegres y frívolos; tienen pocos asientos; son para ir á una estación, para devanear por el campo, para hacer un viaje á una granja, para realizar una alegre jira. En Levante, en los crepúsculos vespertinos de primavera, cuando el aire tiene una tibieza voluptuosa, cuando los frutales blanquean de flor, los carritos tornan con ruido de cascabeles, con chasquidos ligeros de látigos; de dentro parten, risas, carcajadas y voces femeninas; parten canciones entonadas á coro. Esas levantinas, tan delicadas y sensitivas, tornan de una merienda en un prado, al pie de una fontana, y tienen los ojos brillantes, lucidores y las mejillas amapoladas.

Los carros gruesos son graves, solemnes. Con ellos se portea el vino, el aceite, los granos. Con ellos se hacen largos viajes por los caminos que cruzan las llanuras, bordean los ríos, reptan por las anfractuosidades de las montañas. Los varales de estos carros son recios; recio el toldo, de unidos y trabados cañizos; recias las escalas--pintadas de azul--; recia la honda «bolsa», que va cruzada por el eje y que casi roza la tierra del camino.

Llevan estos carros una barjuleta á la derecha, donde se pone la botija con agua; á la izquierda, en otra barjuleta, van las provisiones del viático. El ruido que hacen estos carros es sonoroso, estruendoso; al rechocar en los hondos y pedregosos relejes, su voz se extiende y repercute largamente. Una ringla de mulas arrastra al solemne vehículo. En el paisaje levantino, el carro es inseparable de las redondas y finas colinas, de las huertas que rodean las ciudades, de las ventas y paradores, puestos en lo alto de los puertos, de los caminos viejos--estrechos y amarillentos--y de las carreteras blancas y polvorientas.

Los carros evocan las andanzas de nuestra niñez y de nuestra adolescencia. Evocamos los días en que--de un pueblo á otro--nos llevaban al colegio, con los baúles, los colchones y la ropa blanca, y en que, ya mozos, hemos viajado por los llanos y por los altozanos suaves avizorando los paisajes. Al pensar en los carros vemos un panorama de verdes viñedos--en Julio--; un panorama por el que un camino angosto, torcido, con hondas carriladas, se aleja entre la verdura. Caminamos y caminamos. El día ha llegado á su plenitud; está el cielo limpio; ya el sol reverberante ha cegado los colores del campo. No se percibe ni el más pequeño ruido; á intervalos, una bocanada tibia de viento nos trae olores de tomillo, romero, cantueso. Baja el olor desde una montaña vecina, que cierra, á mano izquierda, el horizonte. Por la derecha el panorama se extiende, se aleja, se dilata hasta perderse--esfumado, tenue--en el vaho caliginoso de la tierra. Como en los paisajes de algunos maestros holandeses de batallas, vemos en la extensión que la vista alcanza, caseríos blancos, acequias de agua que relucen, un macizo de árboles, un pueblecito con su campanario enhiesto. Callemos un momento; el carro ha parado. ¿No parece que oímos lejano, muy lejano, casi imperceptible, el son de una campana?

Caminamos y caminamos. Ya es mediodía. Hemos pasado por delante de una casa de labor y nos hemos detenido. La puerta es ancha; empedrado está el zaguán de menudos guijos, ó solado con anchas baldosas; las sillas tienen el asiento de tomiza urdida con esparto crudo. Las mesas son de pino blanco--con redondos nudos rojizos--y una de ellas es bajita, casi terrera, y en torno de ella, en sillas también bajitas, se sientan nuestros labriegos á comer. Con estos muebles forman concierto los jarros, peroles, cazuelas, picheles en que se cocina ó se bebe. Las formas de estos recipientes son armónicas y definitivas; de una vez para todas--revelación de la idea--se han inventado estas rotundidades y estas angosturas del barro y del metal... Repica el almirez; unas palomas se entran por la puerta y marchan por el pavimento picoteando entre las piedras. Á lo lejos se divisa el verde de los viñedos, el azul tenue de las montañas.

Cuando no comemos en una alquería que encontramos al paso, nos detenemos junto á unos árboles. El olivo es el árbol de Levante; invierno y verano, el olivo es el mismo; hiele ó haga calor, su ramaje es siempre idéntico. Su tronco se hiende y se retuerce; su fronda cenicienta, plateada, se destaca sobre el tapiz verde de las viñas. Al pie de un olivo, en el silencio del mediodía, hacemos nuestro yantar. Luego proseguimos el viaje, hasta que, cuando va declinando el día, comenzamos á penetrar por las huertas y herreñales que rodean el pueblo adonde nos dirigimos... Por los caminos de España marchan lentos, muy lentos, los gruesos carros.

Los carreteros, de bruces sobre la mercancía, reposan amodorrados. Las picazas de la Mancha conocen los carros; las bandadas de cuervos que cruzan sobre el azul son conocedoras también de los carros. Con los carros se cruzan--ó siguen la misma ruta--los cosarios y arrieros que portean cargas de carbón, corambres de aceite, cacharros revueltos entre paja. Carros y almocrebes se perfilan sobre el cielo radiante y azul de España. En Castilla los carros atronadores y recios y los carreteros membrudos y coléricos nos traen á la memoria el manteamiento de Sancho, las palizas de los yangüeses, el apedreamiento de Don Quijote en la noche de su vela de armas. Los carros en Madrid, cargados enormemente, son destrozo de pavimentos, atascamientos en las cuestas, vociferaciones iracundas, blasfemias, chasquidos de trallas, bárbaro apaleamiento á las pobres mulas, corro de bausanes para presenciar la cruel y estulta escena. No son éstos nuestros carros; no son los carritos de Levante, que armonizan con los granados, con los almendros, con el mar lejano y con las voluptuosas carcajadas femeninas.

LAS TEMERIDADES DE MARCHENA

La vida de Marchena ha sido dilucidada por los eruditos. Ninguna vida tan pintoresca y desbaratada. Compendio es esta vida de la total vida española. Como Duque de Estrada, como Ordóñez de Ceballos, como tantos otros españoles aventureros, Marchena no tiene plan ni disciplina; á campo traviesa camina por el mundo; los más contradictorios sentimientos se barajan en su alma. Ex seminarista--no abate--revolucionario, actor de la revolución francesa, autor de una oda á Cristo crucificado--que él cree de lo mejor del Parnaso castellano--, lector constante de la _Guía de pecadores_, traductor de Voltaire, traductor de Molière... no hay nada en su tiempo de que no haya sido curioso Marchena; no hay espectáculo intelectual á que Marchena no se haya asomado. Nuestro autor ha sido también crítico literario; una colección, en dos volúmenes, formó de trozos en prosa y verso de los clásicos; en el largo prólogo puesto á esa obra (_Lecciones de filosofía moral_, Burdeos, 1820) es donde el sacudido ingenio sevillano expone sus puntos de vista respecto á la literatura castellana. Menéndez y Pelayo--en la introducción á su _Antología de líricos_, tomo I, ha calificado de «temeridades críticas» estos juicios de Marchena. Temeridades--ó por lo menos, intrepideces--son, en efecto, para el tiempo en que fueron escritas--y aun para hoy--, estas opiniones de Marchena.

Examinemos algunas de ellas. Inútil creemos advertir que no nos adherimos á lo que Marchena diga; hacemos ahora de expositor, y nada más. Ante todo, la estética de Marchena, en general. Marchena, revolucionario; Marchena, innovador; Marchena, demoledor de los viejos prestigios, es un enemigo formidable de la nueva fórmula literaria que se anuncia allá por 1820; hablamos del romanticismo. Lo mismo ocurre con otro arriscado revolucionario literario: con Mor de Fuentes. La contradicción se explica (al menos en Marchena) teniendo en cuenta que nuestro autor escribía y se había formado intelectualmente en Francia. En Francia el romanticismo de primera hora fué tradicionalista, conservador (al revés de lo que sucedía en España); en Francia lo liberal era el clasicismo; es decir, un ideal que tomaba su inspiración en las antiguas democracias de Grecia y Roma. Son curiosos para la historia del romanticismo español los pasajes--dos--en que Marchena habla de las nuevas tendencias.

Hablando de la literatura alemana dice Marchena que Gellert, Haller y Gessner «han introducido la corrección en el tudesco, que repelen aún los sectarios de una nueva obscurísima escolástica, con nombre de _estética_, que calificando de _romántico_ ó _novelesco_ cuanto desatino la cabeza de un orate imaginarse pueda, se esfuerzan á hacer del idioma y la literatura germánica tan desproporcionados monstruos, que comparado con ello fuera un dechado de arreglo el que en su _Arte poética_ nos describe Horacio». Más adelante, el autor escribe también, ya más concretamente: «Si cuando los tudescos defensores del romantismo ó novelería dijeron que cada pueblo debía cultivar una literatura peculiar y privativa, se hubieran ceñido á decir que cada nación debía pintar sus propias costumbres y ornarlas con los arreos que más á la índole de su idioma, á las inclinaciones, estilo y costumbres de los nacionales se adaptan, hubieran profesado una máxima de inconcusa verdad». (En realidad, si eso que dice Marchena, es decir, lo que él apunta que debe ser el romanticismo, no era _todo_ el romanticismo, al menos, era una parte de él. Y esa es la enseñanza que se deduce del libro _De la Alemania_, de la señora Staël.)

Era un adversario Marchena del romanticismo ó novelería (él dice, como Mor de Fuentes, _romantismo_); un poco más tarde, y en España, nuestro autor hubiera sido tal vez su partidario. Tal vez... ó acaso no. La estética de Marchena es profundamente clásica; en 1870, en Francia, en la misma Francia en que él escribía, la hubiéramos calificado de idealista. Frente al naturalismo, Marchena hubiera estado con Feuillet. Hasta ahora, pues, nuestro inquieto revolucionario va resultando un conservador. Donde expone Marchena su credo estético es al hablar de lo que en su concepto debe ser la novela. El novelista, ¿debe copiar _toda_ la realidad? (Fórmula del naturalismo.) ¿O debe copiar tan sólo _parte_ de lo que se ofrece á sus ojos? (Fórmula idealista.) (Otro paréntesis detrás de estos paréntesis: en realidad, del naturalismo al idealismo sólo hay una diferencia de grado, no de esencia. El arte no puede copiarlo todo, porque dejaría de ser arte. Los naturalistas no lo han copiado todo. Aun los más extremados de todos ellos, un Paul Alexis, por ejemplo, se han visto obligados á hacer una selección previa _in mente_. Selección es ya, y, por lo tanto, aceptación y rechazamiento, la manera de presentar la realidad en el fragmento escrito.) «No nos equivoquemos--escribe Marchena--; no es el arte una imitación de la Naturaleza, _tal cual ella es generalmente_; que el buen imitador escoge en los objetos lo más vigoroso y lo más puro que en muchos de ellos ve esparcido, y de estos variados rasgos, _verdaderos y existentes todos_, forma el tipo ideal, cuya concepción constituye el perfecto crítico teórico, cuya ejecución forma el acabado escultor, el sublime poeta, realizando el Júpiter de Fidias, el Aquiles de Homero, el Roger del Ariosto.» Si el lector tiene la paciencia de repasar las _Investigaciones sobre la belleza ideal_, del jesuíta Arteaga, verá que la estética allí expuesta--á fines del siglo XVIII--no es otra que esta que ahora, en 1820, expone Marchena. Para Arteaga, el ideal en pintura, por ejemplo, era Mengs; lógicamente, para Marchena, si no era Mengs, no debía de ser Velázquez, el Velázquez de los bufones.

Sobre tal fondo de estética conservadora, hondamente tradicionalista, Marchena edifica su crítica literaria. No hay que decir que muchas veces las consecuencias prácticas están reñidas con la doctrina fundamental. En realidad, Marchena no es un crítico literario, sino un crítico social; según la obra de arte se acomode ó no á su ideal político, en esa medida será buena ó mala. Y el ideal político de Marchena está condensado en un ardiente y entusiasta progresismo. Toda la civilización de un pueblo la gradúa nuestro autor según la mayor ó menor libertad de pensar y expresarse. Á través de este prisma mira la historia de España. Durante la Edad Media, bien que mal, nuestro pueblo iba progresando. Se cultivaban las ciencias, se escribía con ingenio é independencia. (El autor que cita como cultivador de las ciencias al marqués de Villena, no repara en el arcipreste de Hita, y sí en Juan de Mena, como ejemplo de literatos independientes.) «Todo anunciaba la aurora de un día más puro, cuando, por irreparable desgracia de la nación española, subieron Isabel y Fernando al trono de Castilla y Aragón.» Se ha discutido años atrás--y aún hoy se discute--sobre el momento en que comienza la decadencia de España; divergían las opiniones expuestas por Salmerón y Costa. No recordamos exactamente en qué punto hacían comenzar uno y otro el declive; pero aquí está Marchena que es más radical que todos. Para Marchena no hay problema; no hay problema sobre la decadencia... porque no ha habido período de apogeo. Pudo haberlo habido; mas por irreparable desgracia de la nación española subieron al trono Isabel y Fernando. El natural y espontáneo desenvolvimiento de la vida nacional, tal como lo incubó la Edad Media, quedó interrumpido. Para ser sinceros, diremos que no es sólo Marchena quien así opina; con más ó menos distingos y paliativos, no faltan quienes crean que muy distinta hubiera sido la vida de España (distinta por lo próspera) sin el advenimiento de Fernando é Isabel. Del mismo modo se ha preguntado también, en Francia, qué hubiera sido del país vecino sin el Renacimiento; es decir, qué hubiera dado de sí, en pleno desarrollo, la Edad Media, sin ingerimientos ni aportes de savia extraña...

Marchena, á seguida de la aseveración copiada, hace el retrato, en cuatro líneas, de los Reyes Católicos. No creemos que hayan sido muchos los que de esta manera áspera y cruel hayan pintado á dichos monarcas; por lo menos, de Isabel no se ha solido hablar así. De Fernando, sí; y lo que Marchena dice no es mas que un eco de la semblanza que Maquiavelo traza en _Il Principe_--capítulo XXI--de Fernando V de Aragón. Dejando á un lado este asunto, habría que exponer ahora los puntos de vista literarios de Marchena. Nos contentaremos con indicar algunos; aciertos son, á nuestro entender, sus opiniones sobre el teatro clásico, que el autor considera semillero de corrupción. Hoy, más que de inmoral--en muchos ejemplos, que Marchena especifica--, lo calificaríamos de _amoral_. Acierto también es la crítica de los sainetes de don Ramón de la Cruz, que á nosotros también se nos antoja una de las cosas más desprovistas de observación, realidad y gracia que se han escrito en España. Acierto, finalmente, lo que sobre Quevedo escribe Marchena; Quevedo, soberano ingenio, pero que no caló más allá de la corteza social.

En resumen, y por lo que respecta al aspecto estético de la crítica de Marchena: algunos de los juicios del autor podrán ser erróneos ó injustos; otros, en cambio, ó han sido confirmados por los críticos posteriores, ó llevan camino de serlo. En todo caso, la obra de Marchena no puede ser desdeñada; en cuenta habrá de tomarla el historiador de las letras castellanas.

VÍCTOR HUGO EN VASCONIA

El popular editor inglés Tomás Nelson está publicando, en tomitos elegantes y baratos, las obras completas de Víctor Hugo. El último volumen puesto en las librerías es una colección de viajes que el poeta francés hizo por Francia, Bélgica, los Alpes y los Pirineos. Tiene interés para los españoles este volumen, porque se contienen en él, en la parte dedicada á los Pirineos, las impresiones de Víctor Hugo respecto á España. Víctor Hugo estuvo con su padre, el general Hugo, en nuestro país, cuando era un niño. No quedó de aquella mansión en España casi nada en la mente de Hugo; sin embargo, el poeta hacía vanagloria de su españolismo, preciaba de conocer nuestra lengua--lo cual no era cierto--, y en su obra, á lo largo de su fastuoso y espléndido escribir, ha ido esparciendo _visiones_ grandiosas de España. Recuérdese, en la _Leyenda de los siglos_, su _Romancero del Cid_; _Romancero_ en que nos ofrece un Rodrigo Díaz que, en resumidas cuentas, digamos la verdad, no es ni más ni menos veraz--siendo tan bello--que el Cid imaginario y poético del primitivo _Cantar_, ó el Cid de los romances, ó el de Guillén de Castro, ó, modernamente, el de José María de Heredia, en sus _Trofeos_, ó el de Manuel Machado, nuestro poeta, en el breve y luminoso poema en que plastifica, amplifica y colorea una de las más hermosas escenas del centenario, venerable _Cantar_.

Víctor Hugo no sabía el castellano; de nuestra lengua sólo conocía leves rudimentos. Quien lo sabía muy bien y le fué muy útil al poeta en sus _españolismos_ era su hermano Abel. Pero Víctor Hugo sentía un gran entusiasmo por España; él mismo--si no recordamos mal--se jactaba de ser un poeta español. En 1843 hizo un viaje á España el poeta; más concretamente pudiéramos decir que la excursión la hizo al país vasco. En Vasconia pasó Víctor Hugo el verano del citado año; su primera página sobre España está fechada en San Sebastián, el 28 de Julio. El autor de _Ruy Blas_ fué desde Bayona derechamente á San Sebastián; desde allí trasladóse á Pasages y habitó una temporada no larga en Pasages la casa en que, por solicitud patriótica de Deroulede, se puso una lápida conmemorativa; de Pasages Víctor Hugo marchó á Pamplona; permaneció unos días en la capital de Navarra; hizo una excursión por la montaña, y regresó á Francia. Tal es el esquema de impresiones sobre España que en su libro nos ofrece Hugo; marcado queda el itinerario de su viaje por Vasconia.