Part 14
En el artículo de Gavino Tejado, que anteriormente mencionamos, dice este autor hablando de nuestro teatro clásico: «Nuestra poesía clásica es el triunfo permanente del espíritu sobre la materia; los intereses puramente mundanales, los que llamamos intereses positivos en estos tiempos de materia y de prosa...» (¿Por qué son estos tiempos--los de 1854--de materia y de prosa? ¿Por qué no lo eran también los de 1654, por ejemplo? Todos los tiempos son de materia y de prosa... ó no lo son.) «... en estos tiempos de materia y de prosa, apenas tienen espacio ni lugar en nuestra literatura; por eso no hay en ella nada que repugne...» (Recuerde el lector la multitud de casos citados en el artículo II.) Una literatura en que no se ve el reflejo de los _intereses materiales_, es decir, de la materia, es decir, de la realidad, es decir, de la vida cotidiana y corriente, es una literatura sin apoyo ninguno en el mundo, sin base sólida de verdad y de observación; una literatura fantaseadora, artificiosa, deleznable. No se ha podido--en general--formular un más acertado juicio acerca del teatro clásico y de la novela picaresca. La realidad se halla profundamente falseada en esos dos géneros.
Esta cuestión de la falta de observación de la realidad que se nota en la novela y en el teatro está íntimamente ligada al problema--antaño tan debatido--de la ciencia española. En la _Revista Contemporánea_ (números del 15 de Agosto de 1876 y 15 de Abril de 1877) expusieron su argumentación Manuel de la Revilla y José del Perojo; deben ser leídos esos trabajos detenidamente; sus principales observaciones no han podido ser rebatidas. No ha habido entre nosotros un vigoroso, continuado, escrupuloso pensamiento filosófico y científico; un ambiente, en fin, de amor á la vida, por las mismas razones por que no han existido un teatro y una novela basados en la realidad. ¿Cómo pudiera haber ese ambiente cuando la literatura dramática y la novelesca eran lo que eran? Si exceptuamos el caso de Cervantes--y algunos otros--, ¿qué escritores han dado entre nosotros una visión amorosa, honda y ecuánime de realidad? Cuando se hable de presiones ó de determinadas influencias que han podido evitar, coartar el desenvolvimiento del pensamiento científico, será preciso tener en cuenta el caso de la novela y el teatro. Sí, se pudo coartar la libertad de la investigación de la realidad--concedámoslo--; pero, ¿de qué manera el literato que tenía la realidad ante él y pudo reflejarla escrupulosamente, no lo hizo? ¿Cómo la observación no se ejercitó en el arte literario? ¿Por qué, lejos de esto--y salvo excepciones--, dió en lo absurdo y en lo caricaturesco? El campo, sin embargo, estaba libre; el artista no era probable que encontrara trabas ni obstáculos para su obra; no los encontró para su deformación de la realidad: menos pudo encontrarlos para el reflejo escrupuloso y cordial de la vida.
En 1841 don Nicomedes Pastor Díaz escribía en _El Conservador_ un artículo, recogido luego en el tomo III de sus obras completas, en que hablaba de la novela en España. No se explicaba Pastor Díaz cómo, cuando en Francia escribían novelas Balzac, Sand, Hugo, Vigny, en España no se cultivase este género. «Repetimos--decía el autor--que se nos oculta la causa de este fenómeno.» La causa de este fenómeno es que no puede haber novela sin observación de la realidad, y que este espíritu, este amor, esta comprensión, aún no había comenzado á despertarse entre nosotros. Cuando escribía Pastor Díaz, en 1841, ya hacía seis años que Vigny había publicado los soberbios relatos de _Grandeza y servidumbre militares_; relatos de una fuerza, una sobriedad y una emoción tales como no han sido sobrepujados por las modernas páginas de un France, un Barrès ó un Lemaitre. ¿Cómo se hacía aquí el género novelesco en esa época, en 1835?
Terminemos. Philarete Chasles, en sus _Études sur l’Espagne_, publicados en 1847, compara nuestro teatro clásico al moderno periodismo. «En el siglo XVII el drama--escribe Chasles--representaba el papel de nuestra prensa.» «Todos los acontecimientos, todos los recuerdos, todas las ideas, todas las locuras, todas las esperanzas creaban algún drama nuevo.» «Lope y Calderón obraron en su época como brillantes periodistas: ¡valientemente, vivamente, con pompa y ligereza!» Comparar las comedias clásicas á las brillantes crónicas de los periódicos, no está mal. Acaso tuviera razón Philarete Chasles...
LOS ESPAÑOLES
De don Francisco Gregorio Salas hemos hablado en alguna ocasión. (Véase, si se quiere, nuestro libro _Clásicos y modernos_.) Conocemos de Salas sus _Parábolas morales, políticas y literarias_, especie de fábulas en prosa; su _Observatorio rústico_, librito precioso para el estudio del idioma castellano; la _Colección de los epigramas y otras poesías críticas, satíricas y jocosas_. De todos sus libros, el más popular, aquel de que se han hecho más ediciones es el _Observatorio_. Pero todos los ejemplares de todos los libros de Salas que se encuentran en los baratillos aparecen sumamente grasientos, sobados y manoseados; señal de que han sido muy leídos. Salas tiene reputación--merecida--de escritor prosaico, chabacano; se le cita de raro en raro como modelo de vulgarismo. Mas lo que no se añade--y esto salva su nombre--es que en su poesía alienta un vivo y curioso espíritu de observación. Don Francisco Gregorio vivía pobre y apaciblemente; se le quería por su bondad; él iba poquito á poco devaneando por el mundo (digo por Madrid) y escribiendo sus versitos, llenos de una candorosa malicia y de una pulcra realidad.
De don Francisco Gregorio ha dejado un retrato Moratín; en otros autores de la época hay también tal cual alusión. Hemos encontrado, por ejemplo, una referencia en un librito titulado _La Amalia ó cartas de un amigo á otro residente en Aranjuez_. Su autor se llamaba don Ramón Tamayo y Calvillo. Pues don Ramón habla elogiosamente de don Francisco. La novelita--escrita en cartas--es una imitación de otro escritor también original... á su manera, y también desconocido: Mor de Fuentes. (Ha llegado la hora, señores míos, de hacer justicia á estos pequeños clásicos ignorados. No hay más remedio.) Don Ramón, que es un erudito, escribe así en una de las cartas de _La Amalia_, ó mejor dicho, escribe uno de los personajes de la fábula: «Anoche, después de haber hablado con nuestro sabio don Francisco Gregorio de Salas, me ocurrió tomar la pluma para escribir la conversación que tuvimos y él dedujo de las obras de sus amigos Marcial, Valbuena y Argensola, cuyas circunstancias, si no las elevase á tu noticia, creerías que era un hombre extravagante»... (No sabemos, á primera vista, lo que quiere decir don Ramón. Luego vemos, fijándonos, que el autor tuvo una conversación con don Francisco y que éste dijo tales cosas, apoyándose en Marcial, Valbuena y Argensola--un poco incongruente es este manojo--, que si él, don Ramón ó su personaje, citara las palabras de Salas sin añadir las autoridades en que éste las apoyaba, se le tendría por un extravagante. ¡Qué misterioso es todo esto! ¡Caramba!)
En la _Colección_ de sus poesías, «nuestro sabio amigo don Francisco»--como decía Tamayo y Calvillo--dedica unas páginas á trazar el retrato moral ó etopeya de los habitadores de las distintas regiones españolas. Hay cosas curiosas en este librito; por ejemplo--todo en verso, desde luego--, las razones que da el autor para no imprimir sus libros por cuenta propia, los motivos que alega para tener criados y no criadas en su casa, la descripción que hace del «ajuar ó muebles que vió el autor en varias casas». Dejando todas estas curiosidades aparte, nos ocuparemos, según hemos prometido en el título, de los retratos españoles. El autor titula esta parte de su libro «Juicio imparcial ó definición crítica del carácter de los naturales de los reinos y provincias de España».
Lo primero que hace Salas es darnos una pintura del español «en general». El español es honrado, valiente, cauto, etc.; tiene ingenio, despierto; no le falta disposición natural para las empresas. Pero al español «le falta aplicación» (en eso estamos), y por eso se puede decir de él que es «un tesoro escondido». Después de esto, don Francisco la emprende con Castilla la Vieja. Los castellanos viejos... Pero antes permítame el lector--¡guarda Pablo!--que advirtamos que nosotros no hacemos mas que transcribir lo que dice el sabio don Francisco; lejos, muy lejos de nuestro ánimo está el hacer una terrible labor antipatriótica. Continuemos: el castellano viejo es hombre franco y bien intencionado; se le puede buscar para que nos dé un buen consejo. Pero «no es hombre de gran despejo» y, además de esto, peca de «algo lerdo y mohino». No da más fruto su sencillez que el que da su tierra: «al pan, pan, y al vino, vino». (Ignoramos lo que quiere decir con esto nuestro sabio amigo.)
Mucho más enredado está lo que Salas dice de Castilla la Nueva. Es éste un país agradable; bondadosa se muestra la gente; pero «afecta al interés». Todos los campos que vemos cultivados en Castilla la Nueva, «sin catar jamás el pan harán mucho más que un Cid, si dan un año con otro, para Madrid, cebada». (Es decir, á lo que creemos columbrar, que si los bancales de Castilla la Nueva dan cada dos años una cosecha de cebada, y si esta cebada se vende en Madrid, los labradores pueden darse más por satisfechos que si esas tierras produjeran pan.) Los asturianos son «cerdosos, rechonchos, cuadrados». Se distinguen por su honradez. De Asturias salen todos los alhameles ó soguillas de España. Los maragatos, «bonazos», pueden ser presentados como modelos de obtusidad; sin embargo, el autor añade que «van y vienen muy de prisa con sus lienzos» y que acaban por llevarse nuestro dinero. (Pues entonces no son tan tontos...) De los gallegos, el que sale agudo puede darle ventaja al más astuto. No comen mas que «coles y pan seco»; trabajan infatigablemente.
«Amigo verdadero, arrestado marinero, honrado mercader»; todo esto es el vizcaíno. Y algo más es el vizcaíno; es «por su entereza capaz, sin que por ello la cabeza se le canse, de escribir más que el Tostado.» (¿Cuántos tomos llevan escritos nuestros queridos y admirados amigos Pío Baroja y Miguel de Unamuno? ¿Cuántos escribirán? _Ai posteri_...) No se podrá negar que los navarros son rectos; pero también son «un poco pesados». Comen tremendamente; beben al igual; todos son asentistas, comerciantes, indianos y capadores. La gente riojana es «en tal manera oficiosa, que á cualquier otra le puede cardar la lana».
La «gloria» del montañés consiste en su «grande ejecutoria»; ejecutorias que van á parar á las «alojerías»; sabido es que los naturales de la Montaña de Santander se distinguen por ser los alojeros, bodegoneros y botilleros de toda Andalucía. Del retrato que Salas hace de los madrileños se han hecho populares los cuatro primeros versos:
Aun las personas más sanas, si son en Madrid nacidas, tienen que hacer sus comidas de píldoras y tisanas.
Con lo cual se quiere significar la destemplanza, rigor y desconcierto del clima madrileño. Aparte de esto, los madrileños gustan de llevar «diamantes como avellanas, corbatín estirado, espadín, ricas vueltas». (La afición á las sortijitas es algo cierta.) Llevan también los naturales de Madrid «siempre marcado el cuello con sellos de Antón Martín». (¿Á qué se alude con esto? Lo que hemos tardado en consultar el _Manual de Madrid_, de Mesonero Romanos, edición de 1831, página 182, hemos tardado en salir de dudas. En la plazuela de Antón Martín había un cierto hospital. ¡Pero querido y bondadoso don Francisco Gregorio...!) La Alcarria cría gente «muy fiel». (Un dato interesante que añadir á la etopeya de Salas: don Fermín Caballero, en su _Manual geográfico de España_--1844--dice que los alcarreños «han poblado de libreros á Madrid, así como de criadas, que pasan por fieles y pegajosas por su mojigatería». En lo de la fidelidad de los alcarreños están, pues, de acuerdo Salas y Caballero). Los andaluces son ponderativos, festeros; muéstranse aficionadísimos á galanteos; «jamás están sin comadre»; se pelean de palabra y se desafían; «luego quedan tan compadres».
El aragonés es testarudo y porfiado; no perdona fatiga para llegar á lo que se propone; «aspira siempre á la intriga, al dominio y á la memoria». (Algo de esto dijo, mucho antes, Maquiavelo en el retrato de Fernando V.) Vamos ahora con vosotros, catalanes. El catalán es «oficioso, carruajero, navegante, fabricante, mercader»; no se da punto de reposo. En un país escabroso, con mil dificultades, «marca tierras, hace planes». En resolución, «aunque sea en un establo», el catalán, por arte del diablo (lo del establo es fuerza del consonante), «hace de las piedras, panes». Los valencianos son ligeros y mudables. Su corazón es frío; «gente de regadío», se les puede llamar. El tesoro del mallorquín es «el aceite y el vino». Aborrecen los mallorquines á los argelinos y á los moros; «guardan bien su peculio»; en Mallorca, «todo el año es mes de Julio»; «con rara veneración» los mallorquines «dan culto y veneración á su Raimundo de Lulio». El murciano pasa la vida alegremente; su preocupación son «los naranjicos» y «el gusanico».
Terminemos. Los canarios son «siempre vagos». Con «un plátano y un trago» se sustentan. Los ingleses, «con halago», sacan el fruto de la tierra canaria. Por esto los canarios vienen á ser «vasallos del rey de España y hermanos del de Inglaterra». Dos décimas dedica también Salas á los portugueses y á los americanos; los primeros son finchados; pretendientes eternos los segundos. Cuando leemos estas semblanzas de los distintos españoles, trazadas por el buen don Francisco Gregorio, evocamos los retratos de castellanos, andaluces, catalanes, etc., estampados, con lindos colores, en los platos de una vajilla del Retiro. Pareja hace una cosa con la otra. Y es interesante la descripción de Salas para el estudio--á través del tiempo--del concepto, concepto popular, que los españoles han tenido de sí mismos.
EUGENIO NOEL
Eugenio Noel ha publicado recientemente un folleto titulado _El flamenquismo y las corridas de toros_ y un libro que lleva el título de _Flamenquismo y república_. Eugenio Noel ha dedicado la mayor parte de su actividad á combatir el flamenquismo: da conferencias en pueblos y ciudades españolas; publica multitud de artículos. Continuamente se halla Noel en peregrinación por tierras de España; á menudo, en los periódicos encontramos noticias de discursos pronunciados por el conferenciante; alguna vez nos sorprende la nueva de algún incidente ruidoso provocado por las prédicas de Noel. Nos hacen suponer estos incidentes--siempre lamentables--que el propagandista ha estado demasiado agresivo en sus palabras; no podemos creer que, á exponer sus ideas correctamente--y con todo el ardimiento que se quiera--, pudiera haber quien atajase violentamente sus lícitas propagandas. De todos modos, el espectáculo de un hombre joven que recorre España en perpetua y caliginosa predicación contra el flamenquismo no puede menos de ser interesante.
En las dos obras que ahora publica, Eugenio Noel ha condensado su pensamiento sobre la materia que él impugna tan denodadamente. Paralelamente á un renacimiento fervoroso--fervoroso y vergonzoso--del flamenquismo, Noel inicia y desenvuelve su cruzada. En el folleto citado escribe nuestro autor: «El español trabaja poco, y lo que es peor, su trabajo está á merced de los Gobiernos; ignora el valor de la tierra; huye del campo y se arrincona en las ciudades; permite una bárbara ocultación de riqueza, y no le extraña ver en manos inertes inmensas extensiones territoriales que harían la riqueza de un pueblo». Sumariamente, en cuatro rasgos, éste es el boceto de un cuadro. Ahora el reverso. «Á cambio de esto--añade Noel--, he aquí lo que posee: 396 plazas de toros, en las que da anualmente 872 corridas, y á las que asisten, en cifras redondas, siete millones de personas. En esas orgías se matan 4.394 toros, cuyo valor es de 5.318.000 pesetas, y 5.618 caballos, que fenecen entre los más espantosos é inmerecidos martirios. De divertir á tal gente y de tal modo se encargan 62 matadores de alternativa y 324 novilleros, con 1.148 cuadrilleros de oficio, que cobran cerca de cuatro millones de pesetas.» En _República y flamenquismo_ el autor expone en unas páginas exactas un concepto del valor que entre nosotros goza de gran predicamento y hace estragos. El flamenquismo--dice Noel--implica la idea de que «el supremo valor es la serenidad suficiente para que el pitón del toro roce las axilas»; de donde saca, en consecuencia, que los peligros de la vida han de afrontarse, como los cuernos del toro, con habilidad, con el engaño. Es importante advertir que en otros pasajes de sus discursos y de sus artículos el autor completa su idea del valor flamenco: completa la idea del engaño (_listeza_ en política) con la idea de obstinación, de testarudez, de obtusa pertinacia en el error ó en la decisión desgraciada. Creemos que este segundo aspecto del fenómeno social es más importante--y de más graves consecuencias--que el primero. Sea de ello lo que quiera, el caso es que toda la doctrina que Eugenio Noel desparrama en prosa hablada ó escrita se halla contenida en las dos citas que acabamos de hacer. De un lado, la inmensa incultura, la deplorable pasividad de una gran masa social en lo atañadero al problema de su bienestar y de su conciencia de la vida; de otro, formidable caudal de energía, de iniciativas y de riqueza, gastado, derrochado espléndidamente en un deporte cruel. Agreguemos á esta visión social una visión complementaria de la palingenesia de España tal como la concibe Joaquín Costa, y tendremos esbozado el pensamiento de Noel; pensamiento expuesto en una prosa cálida, pintoresca, un poco redundante, un poco amplificadora.
Las propagandas y los libros de nuestro autor se prestan á múltiples reflexiones. Tendríamos que examinar, ante todo, los orígenes del flamenquismo. No es de ahora esta tendencia; más de un siglo lleva de vida; aún podríamos decir que en la decimoséptima centuria se ven rastros de flamenquismo en las sátiras y protestaciones que contra él hacen, por ejemplo, Quevedo y Góngora. Pero el flamenquismo ó majismo--que así se llamaba entonces--,cuando adquiere alarmantes proporciones es á mediados del siglo XVIII; desde esa época sigue su marcha incierta, ondulante, hasta que modernamente, con el aumento de las plazas de toros, con la sistematización, digámoslo así, de las corridas, llega á su máximum. Nos hallamos ahora en un momento álgido del flamenquismo. En 1899 publicó Morel-Fatio una edición crítica de la sátira de Jovellanos contra la mala educación de la nobleza; en ese trabajo el ilustre hispanista trata de dilucidar los orígenes del majismo y expone interesantes textos que demuestran la preocupación que en el siglo XVIII inspiraba ese morbo social. Clavijo y Fajardo, Jovellanos, Cadalso, describen el señorito flamenco--con todas sus consecuencias--tal como hoy lo vemos circular por nuestras calles; Noel no va más lejos en sus pinturas--ni en sus anatemas--de donde han ido estos insignes pensadores. Si retocáramos algo el estilo de alguna de estas páginas de Clavijo ó de Cadalso, y las publicáramos sin firma, diríamos seguramente que se trataba de cosas y hombres de ahora, y no de cosas y hombres de hace más de un siglo.
La literatura taurina y la antitaurina son extensísimas. No intentaremos añadir una página más á la última; no es ese nuestro propósito en este momento. Sí haremos notar la inmensa influencia que ese deporte--si así puede llamarse--ejerce en todo un pueblo. No son nocivos sólo los toros; es profundamente dañino también lo que podríamos denominar los _aledaños de los toros_; es decir, el ambiente, la particular _espiritualidad_ que la fiesta taurina crea á su alrededor. Multitud de conceptos sociales, políticos, hasta estéticos, son falseados por causa de los toros. La idea matriz del valor que en los toros se engendra pasa á diversos órdenes de la vida. El valor, dentro de ese ambiente, se concibe como fuerza física, como obstinación, como ciega prosecución de un acto. En el extremo opuesto de la escala psicológica se halla el _valor-inteligencia_, el _valor-altruísmo_. Toda la marcha de la humanidad pudiéramos decir que estriba en sustituir al valor-fuerza el valor-inteligencia. En la misma guerra el valor sufre una transformación; el valor va siendo, no ímpetu ciego, no intrépida temeridad, sino reflexión, cálculo, inteligencia, ciencia. Vence quien más frialdad y ciencia tiene; y en la guerra la victoria es lo que importa.
Sigamos con interés--en lo que tienen de laudables--las propagandas de Eugenio Noel. Combatamos el flamenquismo; continuemos la obra de Jovellanos y de Cadalso. Si invocamos la tradición, he aquí una bella tradición. Pongamos nuestros ojos, no en el héroe de un deporte inhumano, sino en el héroe por la ciencia, en el héroe por el progreso.
TORITOS, BARBARIE
Asistimos en estos tiempos á un renacimiento de la barbarie taurina. Se ensalza fervorosamente á los toreros. Se llenan planas enteras en los diarios con las hazañas y peripecias del estúpido espectáculo. En una ciudad cantábrica se celebra una corrida de diez y ocho toros (en la misma ciudad á la cual ha legado su biblioteca Menéndez y Pelayo). Escritores y publicistas que parecía que debieran estar libres de ese virus, se complacen en tratar y debatir sobre cosas de toros... En un tiempo en que tal exaltación se produce, cuantos no amamos esa fiesta cruel y estulta, cuantos detestamos los toros, debemos ver con viva complacencia la campaña que contra los toros y el flamenquismo viene haciendo desde hace tiempo un independiente escritor. Aludimos á Eugenio Noel. Un libro nuevo sobre la materia acaba de publicar Noel. En otra parte hemos hablado ya--con elogio--de la labor realizada contra el espíritu de chulapismo por este publicista. Queremos aquí añadir algo más. Se titula el nuevo libro de Eugenio Noel _Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca_. Se halla editado en edición económica, al alcance de los más modestos lectores.
Nos permitirá Eugenio Noel que hagamos algunos reparos á su ideología. Adversarios políticos del publicista, nos hallamos muy lejos de compartir con él todas sus afirmaciones; vaya por delante esta salvedad como advertimiento á los lectores. Noel se muestra (en sus discursos, mucho más que en sus libros) apasionado y acre en demasía á veces; hemos hecho constar que deplorando, como deploramos, los incidentes ruidosos á que han dado origen sus propagandas, esos lances y trapatiestas pudieran haberse ahorrado con una poca más de mesura y de flexibilidad (no de hipocresía) en la palabra. Todo se puede decir, sin protesta de nadie, cuando se sabe decir. Y ¿cómo no creer que escritor tan experimentado como Noel no ha de hallar forma--sin perjuicio de la verdad--de decir las cosas más ásperas sin que sean rechazadas estruendosa y violentamente?
En su último libro, Eugenio Noel ha recopilado alguno de los trabajos más notables publicados en la prensa. Hay en estas páginas invectivas contra los toros, paisajes castellanos, excursiones por Andalucía, vistas panorámicas de ciudades, meditaciones sobre monumentos artísticos, etc., etc. El estilo de Eugenio Noel es un tanto amplificador; el autor nos dice que él ha leído todos, «absolutamente todos», los libros de Emilio Castelar: algo del énfasis y de la redundancia castelarinas se nota en la prosa de Noel. ¿Por qué no ser más precisos, más concretos? Da la impresión esta prosa de que ha sido escrita febrilmente, al azar de los viajes, sin el reposo necesario para una coordinación reflexiva. Así se ve, por ejemplo, que en las descripciones hay cierta falta de matiz unificador, de transición de un detalle á otro, de un aspecto á otro.