Part 17
Sin embargo, no se asusten los devotos del novelista; más adelante explicaremos cómo entiende Pío Baroja la Historia; afirmemos desde luego que nuestro autor no es un copiante servil de la realidad, no un amontonador de datos y fechas, no un frío hacinador de prolijos pormenores que á nadie pueden interesar. _El aprendiz de conspirador_ palpita de vida, de pasión y de amenidad en todas sus páginas. La novela ha alcanzado ya á estas horas lisonjero éxito; se la elogia entre los literatos y se la han dedicado artículos fervorosos en los periódicos. Huelga decir que el libro está escrito en el estilo sobrio, escueto, limpio, que es peculiar en Pío Baroja; nada más lejos que Baroja de la prosa pseudocastiza, imitada de los clásicos del siglo XVII, artificiosa, sin verdad y sin realidad. Todo un mundo separa á las novelas escritas en este estilo (por ejemplo, la titulada _Ave Maris stella_, de Juan García) de las novelas de Baroja; nuestro novelista escribe para decir algo, y lo dice de la manera más rápida y exacta.
Se comienza á contar en la nueva novela la vida de un hombre de acción. Los hombres de acción han atraído siempre á Pío Baroja; él mismo se lamenta de no poder ser un hombre de acción. Pero el concepto que se tiene del hombre de acción--el que tiene Baroja--será preciso definirlo, con objeto de no exponernos á torcidas interpretaciones. Un hombre de acción--para nosotros--es Goethe; lo es también Spinoza; lo es Voltaire; lo es Spencer; lo es Tolstoi. Todos son hombres que no han salido de las cuatro paredes de su estudio (como no salió tampoco Kant), pero que han removido un mundo, han hecho transformarse las sociedades (ellos, con auxilio de otros muchos), han creado nuevas visiones de las cosas, han troquelado flamantes, desconocidos valores intelectuales; han sido, en suma, excitantes y levaduras poderosas de la marcha humana. ¿Quién es más hombre de acción: Kant ó Garibaldi? ¿Quién: Spencer ó Hernán Cortés?
Mas Baroja, intelectual, removedor de prejuicios, impulsador--en más ó menos escala--de deseos y de iniciativas (todo ello acción), se encuentra seducido, hechizado por la _otra acción_: por las idas y venidas, el afanoso tráfago, las agitaciones populares, las empresas industriales, los largos viajes. De aquí que, desde su mesa de trabajo, cada vez que se sienta á escribir, ponga su pensamiento en aventureros, gentes errátiles, cabecillas, vagabundos, bohemios, hombres, en fin, que se mueven continuamente y que hacen cosas. Eugenio de Aviraneta--providencialmente descubierto en un armario viejo--ha venido á ser el símbolo supremo, la representación más alta--y, desde luego, ancestral--de la obra, las meditaciones, los anhelos y las esperanzas de Pío Baroja. Un volumen acaba de consagrarle el novelista; pero un volumen, ni dos, ni cuatro, es poco; de diez constará toda la vida de Aviraneta.
La obra que acaba de emprender Baroja, como toda obra henchida de intensa vida, será motivo de comentarios y discusiones; se la comentará y se la discutirá (y las discusiones y comentarios han comenzado ya) por la concepción que el novelista expone en ella tanto de la vida como de la representación de la vida en el pasado; es decir, de la Historia. Aviraneta nació á fines del siglo XVIII; toda su vida fué una perenne agitación; se mezcló en las guerras civiles y tramó pintorescas conspiraciones.
Contemplemos desde lejos la vida de Aviraneta; ya con las 300 páginas que ahora nos da Baroja podemos comenzar á contemplarla. Primera observación que se nos ocurre hacer; Aviraneta no es ni liberal ni conservador; toma unas veces partido por los liberales y otras por los conservadores. Aviraneta no es una línea recta; su vivir ondula, se tuerce en un complicado zig-zag. Y, sin embargo--atajemos el pensamiento del lector--, sin embargo, Aviraneta no es un vividor, un logrero, un negociante turbio (lo que ahora son muchos políticos españoles); Aviraneta no es tampoco un inconsciente, un ingenuo. ¿Cómo clasificar esta vida sinuosa? ¿De qué manera encasillar á este hombre que, apenas nacido á la literatura, ya comienza á inquietarnos y preocuparnos? No existen casilleros para los hombres como Eugenio de Aviraneta; evoluciona este personaje por encima de los valores conocidos; obra independientemente de la tradición sancionada. ¿Es un enamorado de la fuerza por la fuerza? ¿Un dominador pre-nietzschano? ¿Un hombre que, secuaz de Maquiavelo, lector de _Il Principe_, no repara en medios (zarpazo de león ó artimaña de vulpeja) para llegar al fin que se propone: no su engrandecimiento--según el falso maquiavelismo--, sino el engrandecimiento de la patria--según el verdadero maquiavelismo? ¿Es un _superhombre_--como diría Nietzsche, ó un _serpihombre_--como diría Gracián? Es realmente Aviraneta--por lo que comenzamos á ver--un hombre superior, fuera de la medida ordinaria; pero su superioridad, tan lejana del sentir medio de la masa, nos inquieta y nos hace reflexionar. El espectáculo del mundo no es para Aviraneta lo que para la mayoría de los hombres; su representación de la realidad es distinta. Siendo la representación diversa, diversa ha de ser también la moral. Aviraneta no es ni moral ni inmoral. De _amoral_ estamos tentados de calificarle; por lo menos, seguidor de una moral que no acopla con nuestra moral; una moral que principiamos á entrever en este primer volumen de su vida y que quizá cuando se publiquen los restantes podremos comprender y definir. Para entonces aplazamos nuestro juicio sobre el asunto.
Vengamos á la concepción histórica de Baroja. Alfredo de Vigny ha sentado, en el célebre prólogo á su novela _Cinq-Mars_, una teoría capital respecto de la Historia. En síntesis, para Vigny, la verdad del arte es más verdadera que la verdad real. «El espíritu humano--escribe Vigny--no parece preocuparse de lo _verdadero_ mas que en cuanto al carácter general de una época; lo que sobre todo le importa es la masa de los acontecimientos y los grandes pasos de la humanidad que arrastran á los individuos.» «Pero indiferente en los detalles--añade el autor--, el espíritu humano no los ama tanto _reales_ cuanto _bellos_, ó _grandes_ y _completos_.» Es decir, que dada la realidad histórica, á grandes pinceladas, de una época, luego, sobre ese fondo de autenticidad, el artista, el gran artista, puede dar á los personajes que en realidad existieron una vida _distinta_ de la que tuvieron, pero más intensa, más bella, _más verdadera_ que la auténtica. Sirvan de ejemplos el Cid creado por el desconocido poeta del _Cantar_, ó el Felipe II, de Schiller, de Alfieri y del moderno Verhaeren. Será inútil, completamente inútil que protestemos; serán ineficaces cuantas refutaciones cuajadas de datos hagamos. La creación artística vivirá perdurablemente, con luminosidad inextinguible, por encima de la menguada rastrera realidad. Ante la sucesión de los siglos se mantendrá incólume, tal como la ha creado el poeta alemán, la figura del monarca de El Escorial; ante el tiempo, sin conmoverse, subsistirá la imagen de Rodrigo Díaz que el ignorado vate ha estampado en su _Poema_.
La realidad que busca Pío Baroja en la serie de sus novelas históricas es la realidad viva y palpitante que crea el arte. Sobre un lienzo de realidad histórica Baroja construye sus figuras. ¿Qué importan detalles más ó menos? Lo que importa es la vida. Y las creaciones de Pío Baroja se mueven, hablan, sienten, gesticulan, se apasionan, ríen, plañen, llegan á nuestro corazón é inquietan nuestro espíritu.
ARANJUEZ Ó LA SENSIBILIDAD ESPAÑOLA
Aranjuez en otoño tiene un encanto que no tiene (ó que tiene de otro modo) en los días claros y espléndidos de la primavera. Las largas avenidas, desiertas, muestran su fronda amarillenta, áurea. Caen lentamente las hojas; un tapiz muelle cubre el suelo; entre los claros del ramaje se columbra el pasar de las nubes. En los días opacos el amarillo del follaje concierta--melancólicamente--con el color plomizo, ceniciento, del cielo. Y si el viento, á intervalos, mueve las ramas de los árboles y lleva las hojas de un lado para otro, la sensación del otoño--tristeza, anhelo infinito--es completa en estos parajes, entre estos árboles, á lo largo de estas seculares avenidas, solos, rodeados de silencio; y nuestro espíritu se siente sobrecogido, sin saber qué esperar y sin poder concretar su inquietud. Un tren silba á lo lejos y pasa rápido, allá en la lontananza, por el extremo de una alameda...
Aranjuez encierra recuerdos literarios y políticos de diverso orden. Viajeros ilustres que han visitado en distintas épocas Madrid, han llegado luego hasta las frondas de Aranjuez. Aranjuez, más ó tanto como Madrid, ha sido, desde este punto de vista intelectual, el _contraste_ de Europa con España, con su historia, con su paisaje y con su raza. Aranjuez es una creación, no del pueblo, de la masa, sino de lo más selecto de España; lo más elevado socialmente ha podido aquí, materialmente, exteriorizarse. Alrededor de Aranjuez se extiende el campo manchego, el campo uniforme, gris, triste, pobre, el campo con sus pueblecillos, sus cortijos, sus labores someras y escasas. Si Aranjuez representa la exteriorización--en los jardines y en el palacio--de lo selecto español, esta campiña es la expresión de lo popular de España. Por lo tanto, quienes después de pasar por Madrid llegaban á Aranjuez desde los países extranjeros, era aquí donde realmente ponían en contacto su espíritu moldeado en otros medios con lo refinado español. Ningún elemento extraño estorbaba esta comunicación espiritual; en Aranjuez, como en El Escorial, como en Sevilla, el choque del resto de Europa con lo genuino de España podía perfectamente verificarse.
Saint-Simón es uno de los viajeros que nos han dejado sus impresiones de Aranjuez. Vino á nuestro país Saint-Simón en 1721; precisamente en el otoño fué cuando el aristócrata francés visitó el indicado Real Sitio. ¿Qué impresión le causó Aranjuez, con los campos manchegos que le rodean, á este hombre que venía de Versalles, que traía los ojos empapados con los espléndidos jardines de Le Nôtre, que vivía en el ambiente espiritual formado por Descartes, Molière, La Bruyère, Pascal? ¿Cómo un cerebro plasmado sobre el orden, la lógica, la simetría, la tradición ordenada y coherente, sintió este medio nuestro? La visión que Saint-Simón nos da de España es de las más originales, profundas y fuertes; este hombre, habituado á la _temperatura moral_ más alta que entonces había en Europa; este hombre fino y agudo, no se dejó sorprender por la impresión primera; en sus juicios, semblanzas y escenas llega, casi siempre, al fondo de las cosas. Un detalle hay en su pintura de Aranjuez que es altamente significativo. Saint-Simón nos dice que, acostumbrado á los jardines de Le Nôtre, no podía menos de encontrar en los de Aranjuez _bien du petit et du colifichet_. Hemos preferido dejar la frase en su original. ¿Cómo traduciríamos la palabra _colifichet_ aplicada á los jardines de Aranjuez? (Dos _colifichets_ clásicos é ilustres hemos encontrado á lo largo de nuestras lecturas; clásicos é ilustres porque están usados en dos obras capitales de la literatura francesa. Uno lo usa Molière en _El Misántropo_--acto I, escena II--, cuando Alcestes habla de los versos artificiosos, pulidos, rebuscados, de Oronte. Otro lo emplea Balzac en _Eugenia Grandet_, al enumerar las fruslerías, perendengues y dijes que se lleva de París á provincias el primo de la protagonista, joven elegante y apuesto.) Saint-Simón añade: «Pero el conjunto resulta algo encantador y sorprendente en Castilla, á causa de la densidad de las sombras y de la frescura de las aguas».
El detalle á que aludíamos antes lo da el autor en una observación que hace á continuación. «Me chocó mucho--escribe--un molino sobre el Tajo, á menos de cien pasos del Palacio; un molino que corta el curso del río y que produce un ruido que se oye de todas partes.» Ya está aquí, junto á una expresión de sociabilidad, de civilización (los jardines de Aranjuez), el pormenor revelador de la incuria tradicional, de la insensibilidad histórica. Por una parte, estos jardines nos hacen pensar en una obra--más ó menos perfecta--de coherencia, de afinamiento espiritual; por otra, este molino estruendoso que afea el paisaje y molesta continuamente con su estrépito, nos demuestra que existe una laguna en la sensibilidad creadora de estos parques. (Análogamente, los enormes y toscos carromatos que discurren por las calles de Madrid, con sus reatas de mulas y con sus violentos, coléricos y blasfemadores carreteros; esos carros que pasan ante las tiendas modernas, lujosas, y sobre los cuales, de noche, caen los resplandores de los arcos voltaicos; esos carros son otra incongruencia de la sensibilidad española. Se podrían citar numerosos ejemplos.) Saint-Simón no podía explicarse la existencia de este molino sobre el Tajo. Descartes con su _Discurso del método_, y Racine con sus tragedias, y La Fontaine con sus fábulas (todos creadores de una sensibilidad) habían hecho que, andando el tiempo, él, Saint-Simón, no pudiera comprender esta aceña de nuestro Real Sitio.
Le preocupaba el tal molino al aristócrata francés. Vuelto á Madrid, Saint-Simón se apresuró á hablar del asunto al rey. «Hablé del molino y me mostré sorprendido de cómo se le toleraba tan cerca del palacio, en sitio en que su vista, que interrumpía la vista del Tajo, y más todavía su ruido, eran tan desagradables que un particular no lo toleraría.» Veamos cuál es la actitud del rey, es decir, de la representación más alta--_oficialmente_--de la sensibilidad española. «Esta franqueza mía--añade Saint-Simón--desagradó al rey, el cual me contestó que el molino había estado siempre allí...» Detengámonos un momento, hagamos resaltar la frase que sigue: «... había estado siempre allí, y que allí _no hacía ningún daño_». Se ha verificado el choque de las modalidades de sensibilidad; un detalle, una pequeñez, una fruslería, si queréis, pero detalle de una alta significación. Saint-Simón, ante las palabras del monarca, siente instantáneamente la capital diferenciación. _Je me jetai promptement sur d’autres choses agréables d’Aranjuez..._ Y nada más.
Más tarde pasó por Aranjuez otro gran observador de hombres y de cosas: el caballero Casanova de Seingalt. En Aranjuez moró una temporada Casanova. En estas mismas páginas dedicadas al Real Sitio habla el autor de su «deseo de observar los hombres y de hacerles hablar sobre el motivo de sus acciones». (¿Es de Casanova ó de Stendhal esta frase?) Paraba Casanova en la casa de un empleado de palacio. «Desde las ventanas--escribe el autor--yo veía á su majestad partir todas las mañanas para la caza y volver luego agotado por la fatiga.» Unas páginas siguen en que Casanova muestra, al hablar del rey, su visión _diferencial_ de España. No nos detendremos en ella; nos falta el espacio; esta parte de las _Memorias_ de Casanova--la dedicada á España--es sumamente interesante para los lectores españoles. Á notar: un prodigioso, maravilloso retrato de mujer (_la señora Nina_). Á notar: las siguientes profundas palabras, que sólo un gran observador pudo escribir: «¿Quién duda de que España necesita una regeneración, que no puede ser sino el resultado de una invasión extranjera, ella sola capaz de reanimar en el corazón de todo español ese hogar de patriotismo y de emulación que amenaza extinguirse en absoluto?» (La invasión se produjo años más tarde; soberbia explosión de patriotismo hubo también, en efecto; pero...) «Si España--sigue Casanova--recobra alguna vez su puesto en la gran familia europea, mucho tememos por ella que no sea sino á costa de una terrible conmoción. Sólo el rayo puede despertar esos espíritus de bronce.» (Costa, Macías Picavea, ¿no era esto lo que vosotros decíais un siglo más tarde?)
Chateaubriand pasó también por Aranjuez. Encontramos la referencia en sus _Memorias de ultratumba_. La parte en esa obra consagrada á España fué traducida, en 1839, con el título de _El Congreso de Verona_ (Madrid, «imprenta que fué de Fuentenebro»), por don Cayetano Cortés, el mismo que escribió un agridulce estudio de Larra que todavía figura al frente de algunas ediciones--la de Montaner, por ejemplo--de las obras del satírico. «Un día--escribe Chateaubriand--nos paseábamos, en 1807, á orillas del Tajo, en los jardines de Aranjuez, y vimos venir á Fernando á caballo y acompañado de don Carlos. ¡Cuán ajeno estaba entonces de prever que aquel peregrino de Tierra Santa contribuiría en algún tiempo á restituirle la corona!» Nada más sugestivo que este encuentro del hombre que había de renovar toda la sensibilidad literaria moderna y de Carlos IV y su hijo Fernando. Nada más antitético que estas dos representaciones humanas, símbolos de dos grandes y opuestas modalidades sociales...
... Aranjuez, Aranjuez: en los días grises, velados, del otoño, cuando paseamos por las desiertas alamedas, una vaga tristeza invade nuestro espíritu. ¿En qué pensamos? ¿Qué tememos? ¿Qué esperamos? ¿Ponemos nuestro anhelo en un perfeccionamiento de la sensibilidad española; un perfeccionamiento que haga desaparecer tantas cosas, que haga surgir otras? Las hojas caen; á lo lejos suena el agudo silbido de un tren.
PROCESO DEL PATRIOTISMO
Solicitado el autor para que enviase artículos á un periódico de la Habana--el _Diario de la Marina_--inauguró su colaboración con el siguiente trabajo (12 Septiembre 1913):
LA GUERRA
Un viejecito--simbólico--está viajando por España. Tiene este viejecito una larga barba que le llega hasta las rodillas y unos ojos claros, azules. Es chico: como un gnomo. Lleva en su mano un cayado con regatón de hierro. Cuenta con muchos, muchos, muchos años. Allá en las pretericiones de la Historia conoció á los primitivos pobladores de España; luego anduvo entre los godos; más tarde estuvo con los alarbes; después, durante la Edad Media, presenció cómo construían las catedrales y cómo en unos talleres angostos imprimían los primeros libros. Ha departido este viejecito con Mariana; ha platicado con Saavedra Fajardo; ha visto pensativo y angustiado á Cervantes; ha observado, desde lejos, el último paseo de Larra por Recoletos el mismo día de su muerte... Nuestro viejecito--con su luenga barba y su bastón herrado--camina sin parar por la patria española. En el Norte ha subido á las verdes montañas y ha descansado, junto á los claros riachuelos, en lo hondo de los sosegados valles. Ha preguntado á labriegos y á oficiales de mano. Una paz dulce reina en las tierras españolas del Norte; lo cantan así los poetas y los literatos. Pero por debajo de esa paz tradicional, nuestro viajero ve la intranquilidad y la penuria del labriego. No falta el agua del cielo, que fecunda los campos; mas la vida es pobre, limitada, y ya algunos morbos terribles de la civilización moderna van entrando, poco á poco, en el hogar milenario, y van, poco á poco, corroyendo y aniquilando esa dulzura que loan los poetas. En ninguna región de España hace tantas devastaciones el alcoholismo como en Guipúzcoa. El alcoholismo trae como secuela fatal é inevitable la tuberculosis. Diezma la tuberculosis los habitantes de esa hermosa región de España. El cuadro que nos presentan las estadísticas es verdaderamente aterrador. ¿Quién creería que esta paz, que esta serenidad, que esta poética dulzura encubre los estragos verdaderamente extraordinarios, hórridos, del alcoholismo y de la tisis?
De las provincias vascas, el viejecito de los ojos azules pasa á Castilla. Atrás han quedado las verdes pomaradas; atrás los suaves praderíos, con los puntitos rojos de las techumbres de las casas, colgadas allá arriba en la altura; atrás los claros, silenciosos regatos que se deslizan entre las anchas y resbaladizas lajas. Ya la estepa castellana abre su horizonte ilimitado; antes la mirada no podía extenderse más allá de un punto próximo; ahora se dilata por la inmensidad gris, rojiza, amarillenta. Ya no hay bosques de árboles; si acaso, algún macizo de álamos gráciles, tremulantes, se yergue á la vera de un riachuelo. La tierra de sembradura produce poco; no se la beneficia toda á la vez y todos los años. Se la divide en dos, tres ó más hojas, y en cada añada una sola de estas tres suertes ó tranzoneras es la que produce el grano. Son breves y superficiales las labores; aún el labriego rige la mancera del milenario arado romano.
Tan poco produce la tierra, que apenas tiene el labrador para pagar el canon del arriendo, los pechos del fisco y los intereses de los préstamos usurarios. Todo el día, desde que quiebra el alba hasta que el sol se pone, el labrador permanece inclinado sobre su bancal. Los fríos le atarazan; los ardores del sol le tuestan en el verano. No hay leña en su vivienda para calentarse en el invierno. No prueba la carne en sus yantares mas que una ó dos veces al año (cuando la prueba). Largas sequías dejan exhaustos de humedad los campos; en tanto que la sementera se malogra ó que los tiernos alcaceles se agostan, allí á dos pasos, corre el agua de los ríos por los hondos álveos hacia el mar, inaprovechada, baldía. No hay piedad para el labriego castellano, ni en el usurero que presta al ciento por ciento, ni en el Estado que agobia con su tributación, ni en el político que se expande en discursos grandilocuentes y vanos. Castilla se nos aparece pobre y desierta. No llegarán á treinta los habitantes por kilómetro cuadrado. Incómodos y escasos son los caminos. En insalubres y desabrigadas casas moran sus gentes. Leguas y leguas recorremos sin encontrar en la triste paramera ni un árbol...
Nuestro viajero deja Castilla y entra en Levante. Levante se abre ante la vista del viandante con sus colinas suaves, sus llanos de viñedos y sus pinares olorosos. En los pueblecillos, los huertos se destacan en los aledaños con sus laureles, sus adelfas y sus granados. El aire es tibio y transparente; en la lejanía espejea el mar de intenso azul. Pero el labrador de Levante se siente oprimido--como el de Castilla--por los múltiples males que le deparan el Estado y la Naturaleza. Tan frugal es este cultivador de la tierra como el cultivador castellano. No prueba jamás la carne; legumbres y verduras constituyen su ordinaria alimentación. La tierra rinde poco; la filoxera ha devastado la mayoría de los viñedos. El vino ha llegado á una suma depreciación. De las campiñas y de los pueblos emigran á bandadas los labriegos y los artesanos; emigran también de Galicia, de Castilla y de Andalucía. Ahoga asimismo la usura á los pequeños propietarios; han de malvender éstos sus casas y sus predios para pagar al usurero. Los malos años, las sequías, las plagas del campo, hacen que el número de jornaleros empleados en el beneficio de la tierra disminuya; en las viviendas pobres--los que no emigran--pasan los días inactivos, sin pan, viendo en la miseria más cruel á sus mujeres y á sus hijos.
Continúa nuestro viejecito su camino á través de España. Ahora ha llegado á Andalucía. Sierras abruptas, como las de Córdoba y las de Ronda, nos muestra la Naturaleza. Llanos grises y uniformes, como los de Sevilla, se extienden ante la mirada. La frugalidad en los trabajadores agrarios llega á su colmo en la tierra andaluza; una jornada de trabajo produce apenas para comprar un poco de pan y una escasa porción de aceite. Escuálidos, exangües vemos á los labriegos; con andrajos cubren sus carnes; á centenares abandonan la patria española. Y en tanto que se alejan de los campos que los vieron nacer, en esos mismos campos permanecen incultos, yermos, pertenecientes á unas pocas manos, leguas y leguas de terreno.