Los Sueños, Volume II

Part 9

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--Si todo el Infierno se hubiera conjurado contra la Monarquía de los turcos no hubiera pronunciado cuatro pestes más nefandas que las que acaba de proponer este perro morisco, que entre cristianos fué mal moro y entre moros quiere ser mal cristiano[464]. En España quisieron levantarse éstos; aquí quieren derribarnos. No fué aquélla mayor causa de expulsión que ésta; justo será desquitarnos de quien nos los arrojó con volvérselos. No pretendió con tan último fin don Juan de Austria acabar con nuestras fuerzas cuando en Lepanto, derramando las venas de tantos genízaros, hizo nadar en sangre[465] los peces y a nuestra costa dió competidor al mar Bermejo; no con enemistad tan rabiosa el Persiano, con turbante verde, solicita la desolación de nuestro imperio; no don Pedro Girón, duque de Osuna, virey de Sicilia y Nápoles, siendo terror del mundo, procuró con tan eficaces medios, horrendo en galeras y naves y infantería armada, con su nombre formidable esconder en noche eterna nuestras lunas, que borró tantas veces, cuando, de temor de sus bajeles, se aseguraban las barcas desde Estambol a Pera[466], como tú, marrano infernal, con esas cuatro proposiciones que has ladrado. Perro, las monarquías con las costumbres que se fabrican se mantienen. Siempre las han adquirido capitanes, siempre las han corrompido bachilleres[467]. De su espada, no de su libro, dicen los reyes que tienen sus dominios; los ejércitos, no las universidades, ganan y defienden; victorias, y no disputas, los hacen grandes y formidables. Las batallas dan reinos y coronas; las letras, grados y borlas. En empezando una república a señalar premios a las letras, se ruega con las dignidades a los ociosos, se honra la astucia, se autoriza la malignidad y se premia la negociación, y es fuerza que dependa el vitorioso del graduado, y el valiente del dotor, y la espada de la pluma. En la ignorancia del pueblo está seguro el dominio de los príncipes; el estudio que los advierte, los amotina. Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que le respetan; en entendiéndole, osan despreciarle; en sabiendo qué es libertad, la desean; saben juzgar si merece reinar el que reina, y aquí empiezan a reinar sobre su Príncipe[468]. El estudio hace que se busque la paz, porque la ha menester, y la paz procurada induce la guerra más peligrosa. No hay peor guerra que la que padece el que se muestra codicioso de la paz: con las palabras y embajadas pide ésta y negocia con el temor de los ruegos la otra. En dándose una nación a doctos y a escritores, el ganso pelado vale más que los mosquetes y lanzas, y la tinta escrita, más que la sangre vertida, y al pliego de papel firmado no le resiste el peto fuerte, que se burla de las cóleras del fuego, y una mano cobarde, por un cañón tajado, se sorbe desde el tintero las honras, las rentas, los títulos y las grandezas. Mucha gente baja se ha vestido de negro en los tinteros, de muchos son los algodones solares, muchos títulos y Estados decienden del burrajear[469]. Roma, cuando desde un surco que no cabía dos celemines de sembradura se creció en República inmensa, no gastaba dotores ni libros, sino soldados y astas[470]. Todo fué ímpetu, nada estudio. Arrebataba las mujeres que había menester, sujetaba lo que tenía cerca, buscaba lo que tenía lejos. Luego que Cicerón, y Bruto, y Hortensio, y César, introdujeron la parola y las declamaciones, ellos propios la turbaron en sedición, y, con las conjuras, se dieron muerte unos a otros y otros a sí mismos, y siempre la República, y los Emperadores y el Imperio, fueron deshechos, y, por la ambición de los elegantes, aprisionados. Hasta en las aves sólo padecen prisión y jaula las que hablan y chirrean, y, cuanto mejor y más claro, más bien cerrada y cuidadosa. Entonces, pues, los estudios fueron armerías contra las armas, las oraciones santificaban delitos y condenaban virtudes, y, reinando la lengua, los triunfos yacían so el poder de las palabras. Los griegos padecieron la propia carcoma de las letras: siguieron la ambición de las Academias: éstas fueron invidia de los ejércitos y los filósofos persecución de los capitanes. Juzgaba el ingenio a la valentía: halláronse ricos de libros y pobres de triunfos. Dices que hoy, por sus grandes autores, viven los varones grandes que tuvieron; que vive su lengua, ya que murió su Monarquía. Lo mismo sucede al puñal que hiere al hombre, que él dura y el hombre acaba, y no es consuelo ni remedio al muerto. Más valiera que viviera la Monarquía, muda y sin lengua, que vivir la lengua sin la Monarquía. Grecia y Roma quedaron ecos: fórmanse en lo hueco y vacío de su majestad, no voz entera, sino apenas cola de la ausencia de la palabra. Esos escritores que la acabaron quedaron después de acabarla[471] con vida, que les tasa el lector tan breve, que se regula en unos con el entretenimiento[472]; en otros, con la curiosidad. España, cuya gente en los peligros siempre fué pródiga de la alma, ansiosa de morir, impaciente de mucha edad, despreciadora de la vejez[473], cuando con incomparable valentía se armó en su total ruina y vencimiento y poca ceniza derramada, se convocó en rayo, y de cadáver se animó en portento; más atendía a dar que a escribir[474]; antes a merecer alabanzas que a componerlas; por su coraje hablaban las cajas y las trompas[475], y toda su prosa gastaba[476] en _Sant Yago_, muchas veces repetido. Ellos admiraron el mundo con Viriato y Sertorio; dieron esclarecidas victorias a Aníbal, y a César, que en todo el orbe de la tierra había peleado por la honra, obligaron a pelear por la vida. Pasaron de lo posible los encarecimientos del valor y de la fortaleza en Numancia. Destas y de otras inumerables hazañas nada escribieron: todo lo escribieron los romanos. Servíase su valentía de ajenas plumas; tomaron para sí el obrar; dejaron a los latinos el decir[477]; en tanto que no supieron ser historiadores, supieron merecerlos. Inventóse poco a poco la artillería[478] contra las vidas seguras y apartadas, falseando el calicanto a las murallas y dando más vitorias al certero que al valeroso. Empero luego se inventó la emprenta contra la artillería, plomo contra plomo, tinta contra pólvora, cañones contra cañones. La pólvora no hace efecto mojada: ¿quién duda que la moja la tinta por donde pasan las órdenes[479] que la aprestan y previenen? ¿Quién duda que falta[480] el plomo para balas después que se gasta en moldes fundiendo letras, y el metal en láminas? Perro, las batallas[481] nos han dado el imperio y las vitorias los soldados, y los soldados los premios. Éstos se han de dar siempre[482] a los que nos han dado los triunfos. Quien llamó hermanas las letras y las armas poco sabía de sus avalorios, pues no hay más diferentes linajes que hacer y decir. Nunca se juntó el cuchillo a la pluma que éste no la cortase; mas ella, con las propias heridas que recibe del acero, se venga dél. Vilísimo morisco, nosotros deseamos que entre nuestros contrarios haya muchos que sepan, y entre nosotros, muchos que venzan; porque de los enemigos queremos la vitoria, y no la alabanza.

Lo segundo que propones es introducir las leyes de los romanos. Si esto consiguieras, acabado habías con todo. Dividiérase todo el imperio en confusión de actores y reos, jueces y sobre jueces[483], y en la ocupación de abogados, pasantes, escribientes, relatores, procuradores, solicitadores, secretarios, escribanos, oficiales y alguaciles, se agotaran las gentes, y la guerra, que hoy escoge personas, será forzada a servirse de los inútiles y desechados del ocio contencioso. Habrá más pleitos, no porque habrá más razón, sino porque habrá más leyes. Con nuestro estilo tenemos la paz que habemos menester, y los demás la guerra que nosotros queremos que tengan; las leyes por sí buenas son y justificadas; mas, habiendo legistas, todas son tontas y sin entendimiento. Esto no se puede negar, pues los mismos jurisprudentes lo confiesan todas las veces que dan a la ley el entendimiento que quieren, presuponiendo que ella por sí no le tiene. No hay juez que no afirme que el entendimiento de la ley es el suyo, y con decir que se le dan, suponen que no le tiene. Yo, renegado soy, cristiano fuí y depongo de vista que no hay ley civil ni criminal que no tenga tantos entendimientos como letrados y jueces, como glosadores y comentadores, y a fuerza de entendimientos que la achacan, le falta el que tiene y queda mentecata. Por esto, al que condenan en el pleito, le condenan en lo que le pide el contrario y en lo que no le pide, pues se lo gasta la defensa, y nadie gana en el pleito sin perder en él todo lo que gasta en ganarle, y todos pierden y en todo se pierde. Y cuando falta razón para quitar a uno lo que posee, sobran leyes que, torcidas o interpretadas, inducen el pleito y le padecen igualmente el que le busca y el que le huye. Véase qué dos proposiciones nos encaminaba el agradecimiento del morisco. La tercera fué que dejásemos los alfanjes por las espadas. En esto, como no había muy considerable inconveniente, no hallo utilidad considerable para que se haga. Nuestro carácter es la media luna: ése esgrimimos en los alfanjes. Usar de los trajes y costumbres de los enemigos, ceremonia es de esclavos y traje de vencidos, y, por lo menos es premisa de lo uno u de lo otro[484]. Si hemos de permanecer, arrimémonos al aforismo que dice: _Lo que siempre se hizo, siempre se haga; lo que nunca se hizo, nunca se haga_; pues, obedecido, preserva de novedades[485]. Pique el cristiano y corte el turco, y a este morisco que arrojó aquél, éste le empale. En cuanto al postrero punto, que toca en el uso de las viñas y del vino, allá se lo haya la sed con el Alcorán. No es poco lo que en esto se permite días ha; empero advierto que si universalmente se da licencia al beber vino y a las tabernas, servirá de que paguemos la agua cara y bebamos a precio de lagares los pozos por azumbres. Mi parecer es, según lo propuesto, que este malvado perro aborrece más a quien le acoge que a quien le expele.

Oyeron todos con gran silencio. El morisco estaba muy trabajoso de semblante, toda la frente rociada de trasudores de miedo, cuando Halí, primero visir, que estaba más arrimado a las cortinas del Gran Señor, después de haber consultado su semblante, dijo:

--Esclavos cristianos: ¿qué decís de lo que habéis oído?

Ellos, viendo la ceguedad de aquella engañada nación, y que amaban la barbaridad y ponían su conservación en la tiranía y en la ignorancia, aborreciendo la gloria de las letras y la justicia de las leyes, hicieron que por todos respondiese un caballero español, de treinta años de prisión, con tales palabras:

--Nosotros españoles no hemos de aconsejaros cosa que os esté bien, que sería ser traidores a nuestro Monarca y faltar a nuestra religión; ni os hemos de engañar, porque no necesitamos de engaños para nuestra defensa los cristianos: dispuestos estamos a aguardar la muerte en este silencio inculpable.

El Gran Señor, cogido de la _hora_, y corriendo las cortinas de su solio, cosa nunca vista, con voces enojadas, dijo:

--Esos cristianos sean libres; válgales por rescate su generosa bondad: vestidlos y socorreldos para su navegación con grande abundancia de las haciendas de todos los moriscos, y a ese perro quemaréis vivo, porque propuso novedades, y se publicará por irremisible la propia pena en los que le imitaren. Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio que me llamen docto vencido: saber vencer ha de ser el saber nuestro, que pueblo idiota es seguridad del tirano. Y mando a todos los que habéis estado presentes que os olvidéis de lo que oístes al morisco. Obedezcan mis órdenes las potencias como los sentidos y acobardad con mi enojo vuestras memorias.

Dió con esto la _hora_ a todos lo que merecían: a los bárbaros infieles, obstinación en su ignorancia; a los cristianos, libertad y premio, y al morisco, castigo.

XXXVI. Dió una tormenta en un puerto de Chile con un navío de olandeses, que, por su sedición y robos, son propiamente dádiva de las borrascas y de los furores del viento. Los indios de Chile que asistían a la guarda de aquel puerto, como gente que en todo aquel mundo vencido guarda belicosamente su libertad para su condenación en su idolatría, embistieron con armas a la gente de la nave, entendiendo eran españoles, cuyo imperio les es sitio y a cuyo dominio perseveran excepción. El capitán del bajel los sosegó, diciendo eran olandeses y que venían de parte de aquella República con embajada importante a sus caciques y principales, y acompañando estas razones con vino generoso, adobado con las estaciones del norte, y ablandándolos con butiro[486] y otros regalos, fueron admitidos y agasajados. El indio que gobernaba a los demás fué a dar cuenta a los magistrados de la nueva gente y de su pretensión. Juntáronse todos los más principales y mucho pueblo, bien en orden, con las armas en las manos. Es nación tan atenta a lo posible y tan sospechosa de lo aparente, que reciben las embajadas con el propio aparato que a los ejércitos. Entró en la presencia de todos el capitán del navío, acompañado de otros cuatro soldados, y por un esclavo intérprete le preguntaron quién era, de dónde venía y a qué y en nombre de quién. Respondió, no sin recelo de la audiencia belicosa:

--Soy capitán olandés; vengo de Olanda, república en el último occidente, a ofreceros amistad y comercio. Nosotros vivimos en una tierra que la miran seca con indignación debajo de sus olas los golfos; fuimos, pocos años ha, vasallos y patrimonio del grande Monarca de las Españas y Nuevo Mundo, donde sola vuestra valentía se ve fuera del cerco de su corona, que compite por todas partes con el que da el sol a la tierra. Pusímonos en libertad con grandes trabajos, porque el ánimo severo de Felipe II quiso más un castigo sangriento de dos señores[487] que tantas provincias y señorío. Armónos de valor la venganza desta venganza, y con guerras[488] de sesenta años y más, continuas, hemos sacrificado a estas dos vidas más de dos millones de hombres, siendo sepulcro universal de Europa las campañas y sitios de Flandes. Con las vitorias nos hemos hecho soberanos señores de la mitad de sus Estados[489], y, no contentos con esto, le hemos ganado en su país muchas plazas fuertes y muchas tierras, y en el oriente hemos adquirido grande señorío y ganádole en el Brasil a Pernambuco, la Parayba, y hecho nuestro el tesoro del palo, tabaco y azúcar, y en todas partes, de vasallos suyos, nos hemos vuelto su inquietud y sus competidores. Hemos considerado que, no sólo han ganado estas infinitas provincias los españoles, sino que, en tan pocos años, las han vaciado de tan inumerables poblaciones y pobládolas de gente forastera, sin que de los naturales guarden aun los sepulcros memoria, y que sus grandes emperadores y reyes, caciques y señores, fueron desparecidos y borrados en tan alto olvido, que casi los esconde con los que nunca fueron. Vemos que vosotros solos, o sea bien advertidos o mejor escarmentados, os mantenéis en libertad hereditaria y que en vuestro coraje se defiende a la esclavitud la generación americana. Y como es natural amar cada uno a su semejante, y vosotros y mi república sois tan parecidos en los sucesos, determinó enviarme por tan temerosos golfos y tan peligrosas distancias a representaros su afecto, buena amistad y segura correspondencia, ofreciéndoos, como por mí os ofrece, para vuestra defensa o pretensiones, navíos y artillería, capitanes y soldados, a quienes alaba y admira la parte del mundo que no los teme, y para la mercancía, comercio en sus tierras y estados, con hermandad y alianza perpetua, pidiendo escala franca en vuestro dominio y correspondencia igual en capitulaciones generales, con cláusula de amigos de amigos y enemigos de enemigos, y, por más demostración, en su poder grande os aseguran muchas repúblicas, reyes y príncipes confederados.

Los de Chile respondieron con agradecimiento, diciendo que para oír bastaba la atención; mas, para responder, aguardaban las prevenciones del Consejo[490]; que a otro día se les respondería a aquella hora.

Hízose así, y el olandés, conociendo la naturaleza de los indios, inclinada a juguetes y curiosidades, por engañarles la voluntad[491], les presentó barriles de butiro, quesos y frasqueras de vino, espadas, y sombreros, y espejos, y, últimamente, _un cubo óptico_, que llaman antojo de larga vista. Encarecióles su uso, y con razón, diciendo que con él verían las naves que viniesen a diez y doce leguas de distancia y conocerían por los trajes y banderas si eran de paz o de guerra, y lo propio en la tierra, añadiendo que con él verían en el cielo estrellas que jamás se han visto, y que sin él no podrían verse; que advertirían distintas y claras las manchas que en la cara de la luna se mienten ojos y boca, y en el cerco del sol una mancha negra, y que obraba estas maravillas porque con aquellos dos vidrios traía al ojo las cosas que estaban lejos y apartadas en infinita distancia. Pidiósele el indio que entre todos tenía mejor lugar. Alargósele el olandés en sus puntos, dotrinóle la vista para el uso y diósele. El indio le aplicó al ojo derecho, y, asestándole a unas montañas, dió un grande grito, que testificó su admiración a los otros, diciendo había visto a distancia de cuatro leguas ganados, aves y hombres, y las peñas y matas tan distintamente y tan cerca, que aparecían en el vidrio[492] postrero incomparablemente crecidas. Estando en esto, los cogió la _hora_, y zurriándose[493] en su lenguaje, al parecer razonamientos coléricos, el que tomó el antojo, con él en la mano izquierda, habló al olandés estas palabras:

--Instrumento que halla mancha en el sol y averigua mentiras en la luna y descubre lo que el cielo esconde es instrumento revoltoso, es chisme de vidrio, y no puede ser bienquisto del Cielo. Traer a sí lo que está lejos, es sospechoso para los que estamos lejos: con él debistes de vernos en esta gran distancia, y con él hemos visto nosotros la intención que vosotros retiráis tanto de vuestros ofrecimientos. Con este artificio espulgáis los elementos y os metéis de mogollón a reinar: vosotros vivís enjutos debajo del agua y sois tramposos del mar. No será nuestra tierra tan boba que quiera por amigos los que son malos para vasallos, ni que fíe su habitación de quien usurpó la suya a los peces. Fuistes sujetos al Rey de España, y, levantándoos con su patrimonio, os preciáis de rebeldes, y queréis que nosotros, con necia confianza, seamos alimento a vuestra traición. Ni es verdad que nosotros somos vuestra semejanza, porque, conservándonos en la Patria que nos dió la naturaleza, defendemos lo que es nuestro, conservamos la libertad, no la robamos[494]. Ofrecéisnos socorro contra el Rey de España, cuando confesáis le habéis quitado el Brasil, que era suyo. Si a quien nos quitó las Indias se las quitáis, ¿cuánta mayor razón será guardarnos de vosotros que dél? Pues advertid que América es una ramera rica y hermosa, y que, pues fué adúltera a sus esposos, no será leal a sus rufianes. Los cristianos dicen que el Cielo castigó a las Indias porque adoraban a los ídolos, y los indios decimos que el Cielo ha de castigar a los cristianos porque adoran a las Indias. Pensáis que lleváis oro y plata y lleváis invidia de buen color y miseria preciosa. Quitáisnos para tener que os quiten: por lo que sois nuestros enemigos, sois enemigos unos de otros. Salid con término de dos horas deste puerto, y si habéis menester algo, decildo, y si nos queréis granjear, pues sois invencioneros, inventad instrumento que nos aparte muy lejos lo que tenemos cerca y delante de los ojos, que os damos palabra que con éste, que trae a los ojos lo que está lejos, no miraremos jamás a vuestra tierra ni a España. Y llevaos esta espía de vidrio, soplón del firmamento, que, pues con los ojos en vosotros vemos más de lo que quisiéramos, no le habemos menester. Y agradézcale el sol que con él le hallastes la mancha negra, que si no, por el color intentárades acuñarle y de planeta hacerle doblón[495].

XXXVII. Los negros se juntaron para tratar de su libertad, cosa que tantas veces han solicitado con veras. Convocáronse en numeroso concurso. Uno de los más principales, que entre los demás interlocutores bayetas era negro limiste[496], y había propuesto esta pretensión en la Corte romana, dijo:

--Para nuestra esclavitud no hay otra causa sino la color, y la color es accidente, y no delito. Cierto es que no dan los que nos cautivan otra color a su tiranía sino nuestro color, siendo efecto de la asistencia de la mayor hermosura, que es el sol. Menos son causa de esclavitud cabezas de borlilla y pelo en burujones, narices despachurradas y hocicos góticos. Muchos blancos pudieran ser esclavos por estas tres cosas, y fuera más justo que lo fueran en todas partes los naricísimos, que traen las caras con proas y se suenan un peje espada, que nosotros, que traemos los catarros a gatas y somos contrasayones. ¿Por qué no consideran los blancos que si uno de nosotros es borrón entre ellos, uno dellos será mancha entre nosotros? Si hicieran esclavos a los mulatos, aún tuvieran disculpa, que es canalla sin rey, hombres crepúsculos entre anochece y no anochece, la estraza de los blancos y los borradores de los trigueños y el casi casi de los negros y el tris de la tizne. De nuestra tinta han florecido en todas las edades varones admirables en armas y letras, virtud y santidad. No necesita su noticia de que yo refiera su catálogo. Ni se puede negar la ventaja que hacemos a los blancos en no contradecir a la naturaleza la librea que dió a los pellejos de las personas. Entre ellos, las mujeres, siendo negras o morenas, se blanquean con guisados de albayalde, y las que son blancas, sin hartarse de blancura, se nievan de solimán. Nuestras mujeres solas, contentas con su tez anochecida, saben ser hermosas a escuras, y en sus tinieblas, con la blancura de los dientes, esforzada en lo tenebroso, imitan, centelleando con la risa, las galas de la noche. Nosotros no desmentimos las verdades del tiempo, ni con embustes asquerosos somos reprehensión de la pintura de los nueve meses. ¿Por qué, pues, padecemos desprecio y miserable castigo? Esto deseo que consideréis, mirando cuál medio seguirá nuestra razón para nuestra libertad y sosiego.

Cogiólos la _hora_, y levantándose un negro, en quien la tropelía de la vejez mostraba con las canas, contra el común axioma, que sobre negro no hay tintura[497], dijo:

--Despáchense luego embajadores a todos los reinos de Europa, los cuales propongan dos cosas: la primera, que si la color es causa de esclavitud, que se acuerden de los bermejos, a intercesión de Judas, y se olviden de los negros, a intercesión[498] de uno de los tres Reyes que vinieron a Belén, y que, pues el refrán manda que de aquel color no haya gato ni perro, más razón será que no haya hombre ni mujer, y ofrezcan de nuestra parte arbitrios para que en muy poco tiempo los bermejos, con todos sus arrabales, se consuman. La segunda, que tomen casta de nosotros, y, aguando sus bodas en nuestro tinto, hagan casta aloque y empiecen a gastar gente prieta, escarmentados de blanquecinos y cenicientos, pues el ampo de los flamencos y alemanes tiene revuelto y perdido el mundo, coloradas con sangre las campañas y hirviendo en traiciones y herejías tantas naciones, y, en particular, acordarán lo boquirubio de los franceses, y vayan advertidos los nuestros, si los estornudaren, de consolarse con el tabaco y responder: “Dios nos ayude”, gastando en sí propios la plegaria.

XXXVIII. El serenísimo Rey de Inglaterra, cuya isla es el mejor lunar que el Océano tiene en la cara, juntando el Parlamento en su palacio de Londres, dijo: