Los Sueños, Volume II

Part 8

Chapter 83,294 wordsPublic domain

Y viendo llegar pasajeros de a mula[436] que los despartieron, les pidió le diesen fe de aquella vitoria que a fuer de espulgo había tenido contra las comezones de España. Riéronse los caminantes sabida la causa, y, llevándose al español a las ancas de una mula, dejaron a los franceses ocupados en dar tapabocas[437] a los fuelles, y bizmar las ratoneras, y remendar el carretón, y buscar los alfileres, que se habían sembrado por aquellos cerros. El español, desde lejos, yendo caminando, les dijo a gritos:

--Gabachos, si son malcontentos en su tierra, agradézcanme el no dejar de ser quien son en la mía.

XXXII. La serenísima república de Venecia, que, por su gran seso y prudencia, en el cuerpo de Europa hace oficio de cerebro, miembro donde reside la corte del juicio, se juntó en la grande sala a consejo pleno. Estaba aquel consistorio encordado de diferentes voces, graves y leves, en viejos y en mozos; unos doctos por las noticias, otros por las experiencias: instrumento tan bien templado y de tan rara armonía, que, al son suyo, hacen mudanzas todos los señores del mundo. El Dux, príncipe coronado de aquella poderosa libertad, estaba en solio eminente con tres consejeros por banda; de la una parte, un _capo_ de cuarenta; de la otra, dos. Asistían próximos los secretarios que cuentan las boletas, y en sus lugares, en pie, los ministros[438] que las llevan. El silencio desaparecía a los oídos de tan grande concurso, excediendo de tal manera al de un lugar desierto, que se persuadían los ojos era auditorio de escultura: tan sin voz estaban los achaques en los ancianos y el orgullo en los mancebos. Rompiendo esta atención, dijo:

--La malicia introduce la discordia[439], y la disimulación hace bienquisto al que siembra la cizaña del propio que la padece. A nosotros nos ha dado la paz y las vitorias la guerra que habemos ocasionado a los amigos, no la que hemos hecho a los contrarios. Seremos libres en tanto que ocupáremos a los demás en cautivarse. Nuestra luz nace de la disensión; somos dicípulos de la centella que nace de la contienda del pedernal y del eslabón. Cuanto más se aporrean y más se descalabran los monarcas, más nos encendemos en resplandores. Italia, después que falleció[440], es a la manera de una doncella rica y hermosa, que, por haber muerto sus padres, quedó en poder de tutores y testamentarios con deseo de casarse; empero los testamentarios, como cada uno se le ha quedado con un pedazo, por no restituirla su dote y quedarse con lo que tienen en su poder, unos se la niegan y afean al Rey de España, que la pretende; otros, al Rey de Francia, que la pide, poniendo en los maridos las faltas que estudian en sí. Estos tutores tramposos son los potentados, y entre ellos no se puede negar que nosotros no la hemos arrebatado grande parte de su patrimonio. Hoy aprietan la dificultad por casarse con ella estos dos pretensores. Del Rey de Francia nos hemos valido para trampear esta novia al Rey Católico, que, por la vecindad de Milán y Nápoles, la hace señas y registra desde sus ventanas las suyas. El Rey Cristianísimo, que, por estar lejos, no la podía rondar ni ver, y se valía de papeles, hoy, con las tercerías de Saboya y Mantua y Parma, y llegándose a Piñarol, la acecha y galantea, nos obliga a que se la trampeemos a él. Esto es fácil, porque los franceses con menos trabajo se arrojan que se traen; con su furia, echan a los otros, y con su condición, a sí mismos. Empero conviene que se disponga esta zancadilla de suerte que, haciendo efectos de divorcio, cobremos caricias de casamenteros. Derramada tiene la atención el Rey Cristianísimo y delincuente la codicia en Lorena, y peligrosas en Alemania las armas, pobres sus vasallos. Tiene desacreditada la seguridad en el mundo, por esto, temerosos en Italia los confidentes. Entradas son que no apurarán nuestra sutileza para lograrlas, pues su propio ruido disimulará nuestros pasos. No hemos menester gastar sospecha en los que se han fiado dél, que sus arrepentimientos nos la ahorran. Lo que me parece es que, con alentarle a que prosiga en los hervores de su ambicioso y crédulo desvanecimiento, conquistaremos al Rey de los franceses con Luis XIII. El esfuerzo último se ha de poner en conservar y crecer en su gracia a su privado. Éste, que le quita cuanto se añade, le disminuye al paso que crece[441]. Mientras el vasallo fuere señor de su Rey, y el Rey vasallo de su criado, aquél será aborrecido por traidor, y éste despreciado por vil. Para decir _muera el Rey_ en público, no sólo sin castigo, sino con premio, se consigue con decir _viva el privado_. No sé si le fué más aciago a su padre Francisco Revellac[442], que a él Richeleu; lo que sé es que entre los dos le han dejado huérfano: aquél, sin padre; éste, sin madre. Dure Armando, que es como la enfermedad, que durando acaba u se acaba. Por muy importante juzgo el pensar sobre la sucesión del Rey Cristianísimo, la cual no se espera en descendientes, antes que vuelva a su hermano, cuyo natural da buenas promesas a nuestro acecho. Es fuego que podremos derramar a soplos, y de tal condición, que se atiza a sí mismo; hombre quejoso del bien que recibe, por lo que tiene desobligado al Rey de España y atesorada discordia, que podremos encaminar como nos convenga. Francia está sospechosa con la[443] descendencia real que el privado se achaca con genealogías compradas, y temerosa de ver agotados todos los cargos en su familia y todas las fuerzas en poder de sus cómplices. Esles recuerdo Momoranci degollado y tantos grandes señores y ministros o en destierro o en desprecio. Sospechan que en la sucesión ha de haber rebatiña y no herencia. Las cosas de Alemania no admiten cura con el Palatino desposeído, y con el de Lorena, y los desinios del Duque de Sajonia, y los protestantes por el imperio contra la Casa de Austria. Italia está, al parecer, imposibilitada de paz por los presidios que los franceses tienen en ella. Al Rey de España sobran ocupaciones y gastos con los olandeses, que en Flandes le han tomado[444] lo que tenía y le quieren tomar lo que tiene; que se han apoderado en la mejor y mayor parte del Brasil del palo, tabaco y azúcar, con que se aseguran flota; que se han fortificado en una isla de las de barlovento. Júntase a esto el cuidado de mantener al Emperador la oposición a los franceses por el Estado de Milán. Nosotros, como las pesas en el reloj de faltriquera, hemos de mover cada hora y cada punto estas manos, sin ser vistos ni oídos, derramando el ruido a los otros, sin cesar ni volver atrás. Nuestra razón de estado es vidriero que, con el soplo, da las formas y hechuras a las cosas, y de lo que sembramos en la tierra a fuerza de fuego, fabricamos hielo[445].

En esto, los cogió la _hora_, que, apoderándose del capricho de un republicón de los _Capidiechi_, le hizo razonar en esta manera:

--Venecia es el mismo Pilatos. Pruébolo. Condenó al Justo y lavó sus manos: _ergo_. Pilatos soltó a Barrabás, que era la sedición, y aprisionó a la paz, que era Jesús: _igitur_. Pilatos, constante, digo pertinaz, dijo: “Lo que escribí, escribí”: _tenet consequentia_. Pilatos entregó la salud y la paz del mundo a los alborotadores para que la crucificasen, _non potest negari_.

Alborotóse todo el consistorio en voces. El Dux, con acuerdo de muchos y de los semblantes de todos, mandó poner en prisiones al republicón y que se averiguase bien su genealogía, que, sin duda, por alguna parte decendía de alguno que decendía de otro, que tenía amistad con alguno que era conocido de alguno, que procedía de quien tuviese algo de español.

XXXIII. Juntó el preclaro e ilustrísimo Dux de Génova todo aquel excelentísimo Senado para oír al Embajador del Rey Cristianísimo, el cual razonó desta manera:

--Serenísima República: El Rey, mi señor, que siempre ha tenido las libertades de Italia en igual precio que la majestad de su corona, asistiendo a su conservación con todo su poderío, celoso de vuestra paz, sin pretender otro aumento que el de los Príncipes que en ella, en división concorde, poseen la mejor y más hermosa parte del mundo, hoy me manda que, en su nombre, os haga recuerdo de que, como muy obediente hijo de la Iglesia romana y seguro vecino de todos los potentados, desea justificar sus acciones en vuestros oídos y desempeñar para con todos su afecto y benevolencia. Mejor sabéis vosotros lo que padecéis que nosotros lo que oímos y vemos desde lejos. Muchos años han pasado por vosotros en guerras continuadas, introducidas por las desavenencias del Duque de Saboya, cuyos confines siempre os fueron sospechosos y molestos, a los cuales se opuso el Rey Católico con nombre de árbitro[446]. Habéis visto los campos anegados en sangre y horribles con cuerpos muertos; las ciudades, asoladas por sitios y por asaltos; el país, robado por los alojamientos; en vuestras tierras los alemanes, gente feroz, número a quien acompaña en las almas la herejía; en los cuerpos, la hambre y la peste. No hallará vuestra advertencia culpado al Rey, mi señor, en alguna de estas calamidades, pues solamente ha asistido al socorro de la parte más flaca, no con intento de que, venciendo, se aumentase, sino de que, defendiéndose, no dejase aumentar al contrario, para que el derecho de cada uno quedase sin ofensa y justificado, y el Monferrato, que ha sido vientre destas disensiones[447], no fuese premio de alguna codicia. Con este fin ha sustentado grandes ejércitos, y alguna vez acompañádolos en persona, venciendo las fortificaciones del invierno en los Alpes, por abrir la puerta a vuestros socorros, volviendo triunfante con sólo este útil. Hoy, que parece estar furioso el mundo y que vuestra asistencia le ha solicitado odios poderosos en todas partes, se promete que esta serenísima República le tendrá por tan buen amigo en sus puertos como al Rey de España, cuando, con mantener con los dos neutralidad, mostrará que conoce el santo celo del Rey, mi señor, y la justificación de sus armas.

El Dux, viendo que el monsiur[448] había dado fin a su propuesta, respondió:

--Damos gracias a Dios que, en asistir con amor y reverencia al Rey Cristianísimo, no tenemos qué ofrecer sino la continuación de lo que hasta el día de hoy se ha hecho. Hemos oído en vuestras palabras lo que hemos visto: fácil es persuadir a los testigos. Y si bien pudiera turbar nuestra confianza el haber abrigado vuestro Rey, con los socorros de la Digera[449] las discordias con que la alteza de Saboya pretendió destruir o molestar esta República, que, a no socorrerla el Rey Católico, se viera en confusión, y asimismo pudiera escarmentarla el haber apoderádose las armas francesas de Susa y Piñarol y el Casal, en Italia, a imitación del que, en achaque de meter paz en una pendencia, se va con las capas de los que riñen; acrecentando con horror esta sospecha el haber la Majestad Cristianísima hecho al Duque de Lorena la vecindad del humo, que le echó de su casa[450] llorando; empero nosotros, no reparando en los semblantes destas acciones, somos y seremos siempre los más afectos a su corona. Esto cuanto dieren lugar las grandes obligaciones que esta señoría y todos sus particulares tienen y conocen al Monarca de las Españas, en cuyo poder estamos defendidos, con cuya grandeza ricos, en cuya verdad y religión descansamos seguros. Y así, para resolver el punto de la neutralidad que se nos pide, es justo se llamen a este consejo todos los repúblicos, en cuyo caudal está la negociación.

Pareció bien al Embajador y al Senado. Fué persona grave a llamarlos, con orden les dijese a qué fin y que viniesen luego. Fué el diputado, y llegando a Banchi[451], donde los halló juntos, les dió su embajada y la razón della. En esto los cogió a todos la _hora_, y demudándose los nobilísimos ginoveses, dijeron al magnífico que respondiese al serenísimo Dux que:

“Habiendo entendido la propuesta del Rey de Francia, y queriendo ir a obedecer su mandato, se les habían pegado de suerte los asientos de España, que no se podían levantar. Y que fueran con los asientos arrastrando; mas no era posible arrancarlos, por estar clavados en Nápoles y Sicilia y remachados con los juros de España. Que advertían a su serenidad que el Rey de Francia caminaba como galeote, con las espaldas vueltas[452] hacia donde quiere ir derecho, tirando para sí, y que abra los ojos, que aquella Majestad ha sido inquisidor contra herejes y hoy es hereje contra inquisidores”.

Volvió el magnífico[453] y dió en alta voz esta respuesta. Quedó monsiur amostazado y confuso, con bullicio mal atacado, arrebañando una capa de estatura de mantellina, con cuello de garnacha. El Dux, por alargarle la saña, le dijo:

--Decid al Rey Cristianísimo que ya que esta República no puede servirle en lo que pide, le ofrece, si prosiguiere en venir a Italia, un aniversario perpetuo en altar de alma por los franceses que, muriendo, acompañaren a los que hicieron cimenterio el bosque de Pavía, empedrándole de calaveras, y de hacer a Su Majestad la costa todo el tiempo que estuviere preso en el Estado de Milán, y desde luego le ofrecemos para su rescate cien mil ducados, y vos llevaos esa historia del emperador Carlos V para entreteneros en el camino, y servirá de itinerario a vuestro gran Rey.

El monsiur, ciego de cólera, dijo:

--Vosotros habéis hablado como buenos y leales vasallos del Rey Católico, a quien los propios asientos que me niegan la neutralidad han hecho gallegos de allende y ultramarinos.

XXXIV. Los alemanes, herejes y protestantes, en quienes son tantas las herejías como los hombres, que se gastan en alimentar la tiranía de los suecos, las traiciones del Duque de Sajonia, Marqués de Brandenburg y Landtgrave de Hessen; hallándose corrompidos de mal francés, trataron de curarse de una vez, viendo que los sudores de tantos trabajos no habían aprovechado, ni las unciones que con ungüento de azogue los dieron en la estufa de Nortlingen[454], ni las copiosas sangrías, _usque ad animi deliquium_, de tantas rotas. Juntaron todos los mejores médicos racionales y espagíricos[455] que hallaron, y, haciéndoles relación de sus achaques, les pidieron remedio eficaz. Algunos fueron de parecer que la medicina era purgarlos de todos los humores franceses que tenían en los huesos. Otros, afirmando que el mal estaba en las cabezas, ordenaron evacuaciones, descargándolas de opiniones crasas con el tetrágono de Hipócrates, tan celebrado de Galeno, a que corresponde el tabaco en humo en la forma. Otros, supersticiosos y dados a las artes secretas, afirmaron que lo que padecían no eran enfermedades naturales, sino demonios que los agitaban, y que, como endemoniados, necesitaban de exorcismos y conjuros. En esta discordia estudiosa estaban cuando los cogió la _hora_, y, alzando la voz, un médico de Praga, dijo:

--Los alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus dolencias y achaques solamente se curan con la _dieta_[456], y en tanto que estuvieren abiertas las tabernas de Lutero y Calvino, y ellos tuvieron gaznates y sed y no se abstuvieren de los bodegones y burdeles de Francia, no tendrán la _dieta_ de que necesitan.

XXXV. El Gran Señor, que así se llama el Emperador de los turcos, monarca, por los embustes de Mahoma, en la mayor grandeza unida que se conoce, mandó juntar todos los cadís, capitanes, beyes y visires[457] de su Puerta, que llama excelsa, y con ellos todos los morabitos y personas de cargos preeminentes, capitanes generales y bajaes, todos, o la mayor parte, renegados; y asimismo los esclavos cristianos que en perpetuo cautiverio padecen muerte viva en las torres de Constantinopla, sin esperanza de rescate, por la presunción de aquella soberbia majestad, que tiene por indecente el precio por esclavos y por plebeya la celestial virtud de la misericordia. Fué por esto grande el concurso y mayor la suspensión de todos viendo un acto en aquella forma, sin ejemplar en la memoria de los más ancianos. El Gran Señor, que juzga a desautoridad[458] que sus vasallos oigan su voz y traten su persona aun con los ojos, estando en trono sublime, cubierto con velos que sólo daban paso confuso a la vista, hizo seña muda para que oyesen a un morisco de los expulsos de España las novedades a que procuraba persuadirle. El morisco, postrado en el suelo, a los pies del Emperador tirano, en adoración sacrílega, y volviéndose a levantar, dijo:

--Los verdaderos y constantes mahometanos, que en larga y trabajosa captividad en España, por largas edades abrigamos oculta en nuestros corazones la ley del profeta descendiente de Agar, reconocidos a la benignidad con que el todopoderoso Monarca del mundo, Gran Señor de los turcos, nos consintió lastimosas reliquias de expulsión dolorosa, hemos determinado hacer a su grandeza y majestad algún considerable servicio, valiéndonos de la noticia que trujimos, por falta del caudal que, con el despojo, nos dejó número inútil. Y para que se consiga, proponemos que, para gloria desta nación, y el premio[459] de los invencibles capitanes y beyes en las memorias[460] de sus hazañas, conviene, a imitación de Grecia, y Roma, y España, dotar Universidades y estudios, señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las lenguas griega y latina, y en ellas florecen, a pesar de la muerte, sus hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a sus gentes. Lo segundo, que se admita y platique el derecho y leyes de los romanos, en cuanto no fueren contra la nuestra, para que la policía crezca, las demasías se repriman, las virtudes se premien, se castiguen los vicios y la justicia se administre por establecimientos que no admiten pasión ni enojo ni cohecho, con método seguro y estilo cierto y universal. Lo tercero, que para el mejor uso del rompimiento en las batallas, se dejen los alfanjes corvos por las espadas de los españoles, pues en la ocasión son para la defensa y la ofensa más hábiles, ahorrando con las estocadas grandes rodeos de los movimientos circulares; por lo cual, llegando a las manos con los españoles, que siempre han usado mejor[461] que todas las naciones esta destreza, hemos padecido grandes estragos. Son las espadas mucho más descansadas al pulso y a la cinta. Lo cuarto, para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina, y para aumentar las rentas del Gran Señor y de sus vasallos con el tráfigo[462] (el tesoro más numeroso), por ser las viñas artífices de muchos licores diferentes con sus frutos y en todo el mundo mercancía forzosa, y para esforzar los espíritus al coraje de la guerra y encender la sangre en hervores temerarios, más eficaces que el Anfión y más racionales, a que no se debe obstar por la prohibición de la ley en que se ha empezado a dispensar. Y para que se disponga, daráse interpretación conveniente y ajustada. Y ofrecemos para la disposición de todo lo referido arbitrios y artífices que lo dispongan sin costa ni inconveniente alguno, asegurando gloriosos aumentos y esplendor inestimable a todos los reinos del grande Emperador de Constantinopla.

Acabando de pronunciar esta palabra postrera, se levantó Sinan bey[463], renegado, y encendido en coraje rabioso, dijo: