Los Sueños, Volume II

Part 7

Chapter 74,118 wordsPublic domain

--Muy poderoso señor: vuestros buenos vasallos por mí os besan con suma reverencia la mano por el cuidado que mostráis de su amparo y defensa, y, como pueblo que en vuestra sujeción nació y vive con amor heredado, confiesan que son vuestros a toda vuestra voluntad, con ciega obediencia, y os hacen recuerdo que su blasón es haberlo mostrado así en todo el tiempo de vuestro imperio, que Dios prospere. Conocen que su protección es vuestro cuidado y que esa congoja os baja de príncipe soberano de todos y en todo, a padre de cada uno: amor y benignidad que inestimablemente aprecian. Saben las urgentes y nuevas ocasiones que os acrecientan gastos inexcusables, que por ellos y por vos no podéis evitar, y entienden que por vuestra pobreza no los podéis atender. Yo, en nombre de todos, os ofrezco, sin exceptar algo, cuanto todos tienen; empero pongo a vuestro celo dos cosas en consideración: la una, que si tomáis todo lo que tienen vuestros vasallos[400], agotaréis el manantial que perpetuamente ha de socorreros a vos y a vuestra sucesión; y si vos, señor, los acabáis, hacéis lo que teméis que hagan vuestros enemigos, tanto más en vuestro daño, cuanto en ello, es dudosa la ruina, y, en vos, cierta; y quien os aconseja que os asoléis porque no os asuelen, antes es munición de vuestros contrarios que consejero vuestro. Acordaos del labrador a quien Júpiter, según Isopo, concedió una pájara, que, para su alimento le ponía cada día un güevo de oro. El cual, vencido de la codicia, se persuadió a que ave que cada día le daba un huevo de oro, tenía ricas minas de aquel metal en el cuerpo, y que era mejor tomárselo todo de una vez que recibirlo continuamente poco a poco y como Dios lo había dispuesto. Mató la pájara, y quedó sin ella y sin el huevo de oro. Señor, no hagáis verdad esta que fué fábula en el filósofo; que os haréis fábula de vuestro pueblo. Ser príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y pobreza que príncipe. El que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como vasallos; el que los empobrece, otros tantos hospitales y tantos temores como hombres y menos hombres que enemigos y miedos. La riqueza se puede dejar cuando se quiere; la pobreza, no. Aquélla pocas veces se quiere dejar; ésta, siempre. La otra es que debéis considerar que vuestra ultimada necesidad presente nace de dos causas: la una, de lo mucho que os han robado y usurpado los que os asisten; la otra, de las obligaciones que hoy se os añaden. No hay duda que aquélla es la primera; si es también la mayor, a vos os toca el averiguarlo. Repartid, pues, vuestro socorro como mejor os pareciere entre restituciones de los usurpadores y tributos de los vasallos, y sólo podrá quejarse quien os fuere traidor.

En estas palabras los cogió la _hora_, y el Duque, levantándose en pie, dijo:

--Denme lo que me falta de lo que tenía, los que me lo han quitado, y páguenme lo demás que hubiere menester mis pueblos. Y porque no se dilate, todos vosotros y los vuestros, que desde lejos, con la esponja de la intercesión, me habéis chupado el patrimonio y tesoro, quedaréis solamente con lo que trujistes a mi servicio, descontados los sueldos.

Fué tan grande y tan universal el gozo de los inferiores, viendo la justa y piadosa resolución del Duque, que, aclamándole Augusto, y los más de rodillas, dijeron:

--Queremos, en agradecimiento, después de servir con lo que nos repartieres, pagar otro tanto más, y que esta parte quede por servicio perpetuo para todas las veces que cobrares lo que te tomaren; de que resultará que los codiciosos aún tendrán escrúpulo de recibir lo que les dieres.

XXVII. Un fullero, con más flores[401] que mayo en la baraja y más gatos[402] que enero en las uñas, estaba jugando con un tramposo sobre tantos, persuadido de que se pierde más largo que con el dinero delante. Concedíale la trocada[403] y la derecha, y la derecha, como la quería, porque, retirando las cartas, la derecha se la volvía zurda y la trocada se la cobraba con premio. Las suertes del fullero eran unos Apeles en pintar, y las del tramposo boqueaban de tabardillo a puras pintas; las suertes del maullón[404] siempre eran veinte y cuatro, con licencia del cabildo de Sevilla; las del tramposo se andaban tras el mediodía, sin pasar de la una. Pues cógelos la _hora_, y contando el fullero los tantos, dijo:

--Vuesa merced me debe dos mil reales.

El tramposo respondió, después de haberlos vuelto a contar, como si pensara pagarlos:

--Señor mío: a su ramillete de vuesa merced le falta mi flor, que es perder y no pagar. Vuesa merced se la añada, y no tendrá que invidiar a Daraja[405]. Haga vuesa merced cuenta que ha jugado con un saúco, cuya flor es ahorcar bolsas[406]; lo que aquí se ha perdido es el tiempo, que tampoco lo cobrará vuesa merced como yo.

XXVIII. Los holandeses, que, por merced del mar pisan la tierra en unos andrajos de suelo que la hurtan por detrás de unos montones de arena que llaman diques, rebeldes a Dios[407] en la fe y a su Rey en el vasallaje, amasando su discordia en un comercio político, después[408] de haberse con el robo constituido en libertad y soberanía delincuente, y crecido en territorio por la traición bien armada y atenta, y adquirido con prósperos sucesos opinión belicosa y caudal opulento, presumiendo de hijos primogénitos del Océano, y persuadidos a que el mar, que les dió la tierra que cubría para habitación, no les negaría la que le rodeaba, se determinaron, escondiéndole en naves y poblándole de cosarios, a pellizcar y roer por diferentes partes el occidente y el oriente. Van por oro y plata a nuestras flotas, como nuestras flotas van por él a las Indias. Tienen por ahorro y atajo tomarlo de quien lo trae y no sacarlo de quien lo cría. Dales más barato los millones el descuido de un general o el descamino de una borrasca que las minas. Para esto los ha sido aplauso, confederación y socorro la invidia que todos los reyes de Europa tienen a la suprema grandeza de la Monarquía de España. Animados, pues, con tan numerosa asistencia, han establecido tráfago en la India de Portugal, introduciendo en el Japón su comercio, y, cayendo y levantando con porfía providente, se han apoderado de la mejor parte del Brasil, donde, no sólo tienen el mando y el palo, como dicen, sino el tabaco y el azúcar, cuyos ingenios, si no los hacen doctos, los hacen ricos, dejándonos sin ellos rudos y amargos. En este paraje, que es garganta de las dos Indias, asisten tarascas con hambre peligrosa de flotas y naves, dando qué pensar a Lima y Potosí (por afirmar la geografía), que pueden, paso entre paso, sin mojarse los pies, ir a rondar aquellos cerros, cuando, enfadados de navegar, no quieran[409] resbalarse por el río de la Plata o irse, en forma de cáncer, mordiendo la costa por Buenos Aires, y fortificarse trampantojos del pasaje[410]. Estábase muy despacio aquel senado de hambrones del mundo sobre un globo terrestre y una carta de marear[411], con un compás, brincando climas y puertos y escogiendo provincias ajenas, y el Príncipe de Orange, con unas tijeras en la mano, para encaminar el corte en el mapa por el rumbo que determinase su albedrío. En esta acción los cogió la _hora_, y tomándole un viejo, ya quebrantado de sus años, las tijeras, dijo:

--Los glotones de provincias siempre han muerto de ahito: no hay peor repleción que la de dominios. Los romanos, desde el pequeño círculo de un surco, que no cabía medio celemín de siembra, se engulleron todas sus vecindades, y, derramando su codicia, pusieron a todo el mundo debajo del yugo de su primer arado. Y como sea cierto que quien se vierte se desperdicia tanto como se extiende, luego que tuvieron mucho que perder empezaron a perder mucho; porque la ambición llega para adquirir más allá de donde alcanza la fuerza para conservar. En tanto que fueron pobres, conquistaron a los ricos; los cuales, haciéndolos ricos y quedando pobres con las mismas costumbres de la pobreza, pegándoles las del oro y las de los deleites, los destruyeron, y con las riquezas que les dieron tomaron de ellos venganza. Calaveras son que nos amonestan los asirios, los griegos y los romanos: más nos convienen los cadáveres de sus monarquías por escarmiento que por imitación. Cuanto más quisiéremos encaramar nuestro poco peso, y llegarle en la romana del poder a la gran carga que se quiere contrastar, tanto menos valor tendremos, y cuanto más le retiráremos en ella, nuestra pequeña porción sola contrastará los inmensos quintales que equilibra, y si a nuestra última línea los retiráremos, uno nuestro valdrá mil. Trajano Bocalino apuntó este secreto en el peso de su Piedra del parangón[412], verificándose en la monarquía de España, de quien pretendemos quitar peso, que, juntándole al nuestro, nos le desminuía con el aumento. Hacernos libres de sujetos fué prodigio; conservar este prodigio es ocupación para que nos habemos menester todos. Francia y Ingalaterra, que nos han ayudado a limar a España de su señorío la parte con que las era formidable vecino, por la propia razón no consentirán que nos aumentemos en señorío que puedan temer. La segur que se añade con todo lo que corta del árbol, nadie la tendrá por instrumento, sino por estorbo. Consentirnos han en tanto que tuviéremos necesidad dellos y, en presumiendo de que ellos la tienen de nosotros, atenderán a nuestra mortificación y ruina. El que al pobre que dió limosna le ve rico, o cobra dél o le pide. Nada adquirimos de nuevo que no quieran para sí los príncipes que nos lo ven adquirir, y por vecino, al paso que desprecian al que pierde, temen al que gana, y nosotros, desparramándonos, somos estratagema del Rey de España contra nosotros, pues cuando él, por dividirnos y enflaquecernos, dejara perder adrede las tierras que le tomamos, era treta y no pérdida, y nunca más fácilmente podrá quitarnos lo que tenemos que cuando más nos hubiere dejado tomar de lo que tiene tan lejos de sí como de nosotros. Con el Brasil, antes se desangra y despuebla Holanda que se crece. Ladrones somos: basta no restituir lo hurtado sin hurtar siempre[413], ejercicio con que antes se llega a la horca que al trono.

El Príncipe de Orange, enfadado, y cobrando las tijeras, dijo:

--Si Roma se perdió, Venecia se conserva, y fué cicatera[414] de lugares al principio, como nosotros. La horca que dices, más se usa en los desdichados que en los ladrones, y en el mundo, el ladrón grande condena al chico. Quien corta bolsas, siempre es ladrón; quien hurta provincias y reinos, siempre fué rey. El derecho de los monarcas se abrevia en _viva quien vence_. Engendrarse los unos de la corrupción de los otros es natural, y no violento: causa es quien se corrompe de quien se engendra. El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de sus gusanos. Todo se acaba, y más presto lo poco que lo mucho. Cuando nos tenga miedo quien nos tuvo lástima, tendremos lástima a quien nos tuvo miedo, que es buen trueque. Seamos, si podemos, lo que son los que fueron lo que somos. Todo lo que has apuntado es bueno no lo sepan el Rey de Ingalaterra y Francia, y acuérdalo delante, que al empezar es estorbo lo que en el mayor aumento es consejo.

Y diciendo y haciendo, echó la tijera a diestro y a siniestro, trasquilando costas y golfos, y de las cercenaduras del mundo se fabricó una corona, y se erigió en majestad de cartón.

XXIX. El gran Duque de Florencia, que, por cuatro letras más o menos del título de _gran_ es malquisto de todos los otros potentados, estaba cerrado en un camarín con un criado, de quien fiaba la comunicación más reservada. Conferían la grandeza de sus ciudades y la hermosura de su Estado, el comercio de Ligorna[415] y las vitorias de sus galeras. Pasaron al grande esplendor con que su sangre se había mezclado con todos los monarcas y reyes de Europa en los repetidos casamientos con Francia, pues, por la línea materna, eran sus descendientes los Reyes Católicos, el Cristianísimo y el de la Gran Bretaña. En este cómputo los cogió la _hora_, y, arrebatado della el criado, dijo:

--Señor: vuesa alteza de ciudadano vino a príncipe: _Memento homo_. En tanto que se trató como potentado, fué el más rico; hoy, que se trata como suegro de reyes y yerno de emperador, _pulvis es_, y si le alcanza la dicha de suegro con Francia y las maldiciones de casamentero, _in pulverem reverteris_. El Estado es fertilísimo; las ciudades, opulentas; los puertos, ricos; las galeras, fortunadas; los parentescos, grandes; el dominio, por todas[416] razones real; empero ahora he visto en él notables manchas, que le desaliñan y desautorizan, y son éstas: la memoria que conservan los vasallos de que fueron compañeros; la república de Luca, que cayó de medio a medio[417] de todo; los presidios de Toscana, que el Rey de España tiene, y el _gran_ sobre _Duque_, por la emulación de los vecinos.

El Duque, que en algunas cosas destas no había reparado, dijo:

--¿Qué modo tendré para sacarme estas manchas?

Replicó el criado:

--Sacarlas según están reconcentradas, es imposible sin cortar el pedazo, y es mal remedio, porque es mejor andar manchado que roto. Y si las manchas que digo se sacan con el pedazo, no le quedará pedazo a vuesa alteza, y vuesa alteza quedará hecho pedazos; éstas son manchas de tal calidad, que se limpian con meterse más adentro, y no con sacarse. Use vuesa alteza de la saliva en ayunas para esto y vaya chupando para sí poco a poco. Y lo que gasta en dotes de reinas, gástelo en tapar los oídos a los atentos, porque no le sientan chupar.

XXX. Un alquimista hecho pizcas, que parecía se había distilado sus carnes y calcinado sus vestidos, estaba engarrafado de un miserable a la puerta de uno que vendía carbón. Decíale:

--Yo soy filósofo espagírico, alquimista: con la gracia de Dios he alcanzado el secreto de la piedra filosofal, medicina de vida y trasmutación trascendente, infinitamente multiplicable; con cuyos polvos haciendo proyección[418], vuelvo en oro de más quilates y virtud que el natural, el azogue, el hierro, el plomo, el estaño y la plata. Hago oro de yerbas, de las cáscaras de güevos, de cabellos, de sangre humana, de la orina y de la basura: esto en pocos días y con menos costa. No oso descubrirme a nadie, porque si se supiese, los príncipes[419] me engullirían en una cárcel, para ahorrar los viajes de las Indias y poder dar dos higas a las minas y al Oriente. Sé que vuesa merced es persona cuerda, principal y virtuosa, y he determinado fiarle secreto tan importante y admirable: con que en pocos días no sabrá qué hacer[420] de los millones.

Oíale el mezquino con una atención canina y lacerada, y tan encendido en codicia con la turbamulta de millones, que le tecleaban los dedos en ademán de contar. Habíale crecido tanto el ojo, que no le cabía en la cara. Tenía ya entre sí condenadas a barras de oro las sartenes, asadores y calderos y candiles. Preguntóle que cuánto sería menester para hacer la obra. El alquimista dijo que casi nada: que con solos seiscientos reales había para orecer[421] y platificar todo el universo mundo y que lo más se había de gastar en alambiques y crisoles; porque el elixir que era el alma vivificante del oro no costaba nada y era cosa que se hallaba de balde en todas partes, y que no se había de gastar un cuarto en carbón, porque con cal y estiércol lo sublimaba y digería y separaba, y retificaba y circulaba; que aquello no era hablar, sino que delante dél y en su casa lo haría, y que sólo le encargaba el secreto. Estaba oyendo este embuste el carbonero, dado a los demonios de que había dicho no había de gastar carbón. Pues cógelos la _hora_, y, embistiendo, afeitado con cisco y oliendo a pastillas de diablo, con el alquimista, le dijo:

--Vagamundo, pícaro, sollastre[422], ¿para qué estás dando papilla de oro a ese buen hombre?

El alquimista, revestido de furias, respondió que mentía, y entre el mentís y un sopapo que le dió el carbonero, no cupiera un cabello. Armóse una pelaza[423] entre los dos, de suerte que, a cachetes, el alquimista estaba hecho alambique de sangre de narices. No los podía despartir el miserable, que del miedo del tufo y de la tizne no se osaba meter en medio. Andaban tan mezclados, que ya no se sabía cuál era el carbonero ni quién había pegado la tizne al otro. La gente que pasaba los despartió. Quedaron tales, que parecían bolas de lámpara o que venían de visitarse con tijeras[424] de despavilar. Decía el carbonero:

--Oro dice el pringón que hará de la basura y del hierro viejo, ¡y está vestido de torcidas de candiles y fardado de _daca la maza_! Yo conozco a éstos, porque a otro vecino mío engañó otro tragamallas, y en sólo carbón le hizo gastar en dos meses, en mi casa, mil ducados, diciendo que haría oro, y sólo hizo humo y ceniza, y, al cabo, le robó cuanto tenía.

--Pero--replicó el alquimista--yo haré lo que digo, y pues tú haces oro y plata del carbón y de los cantazos que vendes por tizos, y de la tierra y basura con que lo polvoreas y de las maulas de la romana, ¿por qué yo, con la _Arte magna_, con Arnaldo, Géber y Avicena, Morieno, Roger, Hermes, Theofrasto, Vistadio, Evónymo, Crollio, Libavio y la _Tabla smaragdina_ de Hermes, no he de hacer oro?

El carbonero replicó, todo engrifado:

--Porque todos esos autores te hacen a ti loco, y tú, a quien te cree, pobre. Y yo vendo el carbón, y tú le quemas; por lo cual, yo le hago plata y oro y tú hollín. Y la piedra filosofal verdadera es comprar barato y vender caro, y váyanse noramala todos esos Fulanos y Zutanos que nombras, que yo de mejor gana gastara mi carbón en quemarte empapelado con sus obras que en venderle. Y vuesa merced haga cuenta que hoy ha nacido su dinero, y, si quiere tener más, el trato es garañón de la moneda, que empreña al doblón y le hace parir otro cada mes. Y si está enfadado con sus talegos, vacíelos en una necesaria, y, cuando se arrepienta, los sacará con más facilidad y más limpieza que de los fuelles y hornillos deste maldito, que, siendo mina de arrapiezos, se hace Indias de hoz y de coz y amaga de Potosí.

XXXI. Venían tres franceses por las montañas de Vizcaya a España: el uno con un carretoncillo de amolar tijeras y cuchillos por babador; el otro, con dos corcovas de fuelles y ratoneras, y el tercero, con un cajón de peines y alfileres. Topólos en lo más agrio de una cuesta descansando un español que pasaba a Francia a pie, con su capa al hombro. Sentáronse a descansar a la sombra de unos árboles. Trabaron conversación. Oíanse tejidos el _hui monsiur_ con el _pesia tal_ y el _per ma fue_ con el _voto a cristo_[425]. Preguntado por ellos el español dónde iba, respondió que a Francia, huyendo, por no dar en manos de la justicia, que le perseguía por algunas travesuras; que de allí pasaría a Flandes a desenojar los jueces y desquitar su opinión, sirviendo a su Rey; porque los españoles no sabían servir a otra persona en saliendo de su tierra. Preguntado cómo no llevaba oficio ni ejercicio para sustentarse en camino tan largo[426], dijo que el oficio de los españoles era la guerra, y que los hombres de bien, pobres, pedían prestado o limosna para caminar, y los ruines lo hurtaban, como los que lo son en todas las naciones, y añadió que se admiraba del trabajo con que ellos caminaban desde Francia por tierras extrañas y partes tan ásperas y montuosas, con mercancía, a riesgo de dar en manos de salteadores. Pidióles refiriesen qué ocasión los echaba de su tierra y qué ganancia se podían prometer de aquellos trastos con que venían brumados, espantando con la visión mulas y rocines y dando qué pensar a los caminantes desde lejos. El amolador, que hablaba el castellano menos zabucado[427] de gabacho, dijo:

--Nosotros somos gentilhombres malcontentos del Rey de Francia; hémonos perdido en los rumores, y yo he perdido más por haber hecho tres viajes a España, donde, con este carretoncillo y esta muela sola he mascado a Castilla mucho y grande número de pistolas, que vosotros llamáis doblones.

Acedósele al español todo el gesto, y dijo:

--Arrebócese su sanar de lamparones el Rey de Francia si sufre por malcontentos _mercan fuelles y peines y alfileres_ y _amoladores_.

Replicó el del carretón:

--Vosotros debéis mirar a los amoladores de tijeras como a flota terrestre, con que vamos amolando y aguzando más vuestras barras de oro que vuestros cuchillos. Mirad bien a la cara a ese cantarillo quebrado, que se orina con estangurria, que él nos ahorra, para traer la plata, de la tabaola del Océano y de los peligros de una borrasca, y con una rueda, de velas y pilotos. Y con este edificio de cuatro trancas y esta piedra de amolar, y con los peines y alfileres derramados por todos los reinos, aguzamos, peinamos y sangramos poco a poco las venas de las Indias. Y habéis de persuadiros que no es el menor miembro del tesoro de Francia el que cazan las ratoneras y el que soplan los fuelles.

--Voto a Dios--dijo[428] el español--, que sin saber yo eso, echaba de ver que con los fuelles nos llevábades el dinero en el aire, y que las ratoneras, antes llenaban vuestros gatos[429] que disminuían nuestros ratones. Y he advertido que, después que vosotros vendéis fuelles, se gasta más carbón y se cuecen menos las ollas, y que después que vendéis ratoneras, nos comemos de ratoneras y de ratones, y que después que amoláis cuchillos, se nos toman y se nos gastan, y se nos mellan y se nos embotan[430] las herramientas, y que, amolando cuchillos, los gastáis y echáis a perder, para que siempre tengamos necesidad de compraros los que vendéis. Y ahora veo que los franceses sois los piojos que comen a España por todas partes, y que venís a ella en figura de bocas abiertas, con dientes de peines y muelas de aguzar, y creo que su comezón no se remedia con rascarse, sino que antes crece, haciéndose pedazos con sus propios dedos. Yo espero en Dios he de volver presto y he de advertir que no tiene otro remedio su comezón sino espulgarse de vosotros y condenaros a muerte de uñas. Pues, ¿qué diré de los peines, pues con ellos nos habéis introducido las calvas, porque tuviésemos algo de Calvino sobre nuestras cabezas? Yo haré que España sepa estimar sus ratones y su caspa y su moho, para que vais a los infiernos a gastar fuelles y ratoneras.

En esto los cogió la _hora_, y desatinándole la cólera, dijo:

--Los demonios me están retentando de mataros a puñaladas y abernardarme y hacer Roncesvalles estos montes[431].

Los bugres[432], viéndole demudado y colérico, se levantaron con un zurrido monsiur, hablando galalones[433], pronunciando el _mondiu_ en tropa y la palabra _coquin_. En mal punto la dijeron, que el español, arrancando la daga[434] y arremetiendo al amolador, le obligó a soltar el carretoncillo, el cual, con el golpe, empezó a rodar por aquellas peñas abajo, haciéndose andrajos. En tanto, por un lado de las ratoneras, le tiró un fuelle; mas, embistiendo con él a puñaladas, se los hizo flautas y astillas las ratoneras. El de los peines y alfileres, dejando el cajón en el suelo, tomó pedrisco. Empezaron todos tres contra el pobre español y él contra todos tres a descortezarse a pedradas: munición que a todos sobra en aquel sitio, aun para tropezar.

De miedo de la daga, tiraban los gabachos[435] desde lejos. El español, que se reparaba con la capa, dió un puntapié al cajón de alfileres, el cual, a tres calabazadas que rodando se dió en unas peñas, empezó a sembrar peines y alfileres, y viéndole disparar púas de azófar, hecho erizo de madera, dijo:

--Ya empiezo a servir a mi Rey.