Part 6
--Señor licenciado: en los pleitos, lo más barato es _la parte contraria_, porque ella pide lo que pretende que la den, y lo pide a su costa, y vuesa merced, por la defensa, pide y cobra a la nuestra; el procurador, lo que le dan; el escribano y el relator, lo que le pagan. El contrario aguarda la sentencia de vista y revista, y vuesa merced y sus secuaces sentencian para sí sin apelación. En el pleito podrá ser que nos condenen o nos absuelvan, y en seguirle no podemos dejar de ser condenados cinco veces cada día. Al cabo, nosotros podemos tener justicia; mas no dinero. Todos esos autores, textos y decisiones y consejos no harán que no sea abominable necedad gastar lo que tengo por alcanzar lo que otro tiene y puede ser que no alcance. Más queremos una _parte contraria_ que cinco. Cuando nosotros ganemos el pleito, el pleito nos ha perdido a nosotros. Los letrados defienden a los litigantes en los pleitos como los pilotos en las borrascas los navíos, sacándoles cuanto tienen en el cuerpo, para que, si Dios fuere servido, lleguen vacíos y despojados a la orilla. Señor mío: el mejor jurisconsulto es la concordia, que nos da lo que vuesa merced nos quita. Todos, corriendo, nos vamos a concertar con nuestros contrarios. A vuesa merced le vacan las rentas[330] y tributos que tiene situados sobre nuestra terquedad y porfía. Y cuando por la conveniencia perdamos cuanto pretendemos, ganamos cuanto vuesa merced pierde. Vuesa merced ponga cédula de alquiler en sus textos; que buenos pareceres los dan con más comodidad las cantoneras. Y pues ha vivido de revolver caldos, acomódese a cocinero y profese de cucharón.
XX. Los taberneros, de quien, cuando más encarecen el vino, no se puede decir que lo suben a las nubes[331], antes que bajan las nubes al vino, según le llueven[332], gente más pedigüeña del agua que los labradores, aguadores de cuero, que desmienten con el piezgo los cántaros, estaban con un grande auditorio de lacayos, esportilleros y mozos de sillas y algunos escuderos, bebiendo de rebozo seis o siete dellos en maridaje de mozas gallegas, haciendo sed bailando, para bailar bebiendo. Dábanse de rato en rato grandes cimbronazos[333] de vino. Andaba la taza de mano en mano, sobre los dos dedos, en figura de gavilán. Uno de ellos, que reconoció el pantano mezclado, dijo: “¡Rico vino!” a un picarazo a quien brindó. El otro, que, por lo aguanoso, esperaba antes pescar en la copa ranas que soplar mosquitos, dijo:
--Éste es, verdaderamente, rico vino, y no otros vinos pobretones[334], que no llueve Dios sobre cosa suya.
El tabernero, sentido de los remoquetes[335], dijo:
--Beban y callen los borrachos.
--Beban y naden, ha de decir--replicó un escudero.
Pues cógelos a todos la _hora_, y, amotinados, tirándole las tazas y jarros, le decían:
--Diluvio de la sed, ¿por qué llamas borrachos a los anegados? ¿Vendes por azumbres lo que llueves a cántaros y llamas zorras a los que haces patos? Más son menester fieltros y botas de baqueta para beber en tu casa que para caminar en invierno, infame falsificador de las viñas.
El tabernero, convencido de Neptuno, diciendo: “¡Agua, Dios, agua!”, con el pellejo en brazos, se subió a una ventana y empezó a gritar, derramando el vino:
--Agua va, que vacío.
Y los que iban por la calle, respondían:
--Aguarda, fregona de las uvas.
XXI. Estaba un enjambre de treinta y dos pretendientes de un mismo oficio aguardando al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba en sí tantos méritos como faltas en todos los demás. Estábanse santiguando mentalmente unos de otros. Cada uno decía entre sí que eran locos y desvergonzados los otros en pretender lo que merecía él sólo. Mirábanse con un odio infernal, tenían los corazones rellenos de víboras, preveníanse afrentas y infamias para caluminarse, mostraban los semblantes aciagos y las coyunturas azogadas de reverencias y sumisiones. A cada movimiento de la puerta se estremecían de acatamientos, bamboleándose con alferecía solícita. Tenían ajadas las caras con la frecuencia de gestos meritorios, flechados de obediencia, con las espaldas en jiba, entre pisarse el ranzal y pelícanos. No pasaba paje a quien no llamasen _mi rey_, frunciendo las jetas en requiebros. Pasó el secretario con andadura de flecha. Aquí fué ella, que, desapareciéndose de estatura y gandujando[336] sus cuerpos en cincos de guarismo, le sitiaron de adoración en cuclillas. Él, con un “perdonen vuesas mercedes, que voy de prisa”, trotado[337] en la pronunciación, se entró con miradura de novia. Pidió el señor la caja. Oyóse una voz que dijo:
--Venga el servicio.
--Yo soy--dijo uno de los pretendientes.
Otro:
--Ya entro.
Otro:
--Aquí estoy.
Apretábanse con la puerta hasta sacarse zumo. El pobre señor, que supo la tabaola que le aguardaba de plegarias, y columbró a los malditos pretendientes terciando contra él los memoriales enherbolados[338], no sabía qué se hacer de sus orejas. Dábase a los demonios entre sí mismo, diciendo que el tener que dar era la cosa mejor del mundo, si no hubiera quien lo pretendiera, y que las mercedes, para no ser persecución del que las hace, habían de ser recibidas y no solicitadas. Los quebrantahuesos[339], que veían se dilataba su despacho, se carcomían, considerando que el oficio era uno y ellos muchos. Atollábaseles la arismética en decir:
--Un oficio entre treinta y dos, ¿a cómo les cabe?
Y restaban:
--Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.
Y todos se hacían el _uno_ y encajaban a los otros en el _no puede ser_. El señor decía:
--Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.
Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Dióse un baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de audiencia. Embocáronse en manada y rebaño.
Y viendo empezaban a quererle informar en bulla, les dijo:
--El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y dejaros contentos[340].
Estando diciendo esto, los cogió la _hora_, y el señor, haciendo a uno[341] la merced, empezó a ensartarlos a todos en futura sucesión de futuras sucesiones perdurables, que nunca se acaban[342]. Los pobres futurados empezaron[343] a desearse la muerte, invocar garrotillos, pleurites, pestes, tabardillos, muertes repentinas, apoplejías, disenterías y puñaladas. Y no habiendo un instante que lo dijo, les parecía a los futuros sucesores que habían vivido ya sus antecesores diez Matusalenes en retahila. Y siendo así que el décimo reculaba en su futura en quinientos años venideros, todos acetaron la posmuerte[344] de su antecedente; sólo el treinta y uno, que halló hecha bien la cuenta, que llegaba su plazo horas con horas con la fin del mundo[345], allende del Antecristo, dijo:
--Yo vengo a poseer entre las cañitas[346] y el fuego. ¡Bien haré yo mi oficio quemado! El día del juicio, ¿quién hará que me paguen mis gajes las calaveras? Por mí, viva muchos años el treinta futuro, que, cuando a él llegue la tanda, estará el mundo dando arcadas[347].
El señor los dejó sobreviviéndose y trasmatándose unos a otros, y se fué podrido de ver que se arrempujaban las edades[348] hacia el _saeculum per ignem_[349] y que pretendían emparejar con _saecula saeculorum_. El que pescó el oficio estaba atónito viéndose con tan larga retahila de herederos. Fuese tomándose el pulso y propuniendo de no cenar y guardarse de soles. Los demás se miraban como venenos eslabonados, y, anatematizándose las vidas, se iban levantando achaques, y añadiéndose años, y amenazándose de ataúdes, y zahiriéndose la buena disposición, y enfermando de la salud de sus precedentes y dándose a médicos como a perros.
XXII. Unos hombres, que piden prestado, a imitación del día que pasó para no volver, discípulos de las arañas en cazar la mosca, se estaban en la cama al anochecer, por tener las carnes a letra vista[350]. Habían gastado entre todos, en oblea, tinta y pluma y papel, ocho reales, que habían juntado a escote, y todo lo consumieron en billetes, bacinicas[351] de demanda, con nota rematada y cláusulas de extrema necesidad, “por ser negocio de honra, en que les iba la vida”; con el fiador, de que “se volvería con toda brevedad, que sería echarlos una _S_ y un clavo[352]”. Y por si faltaba el dinero, remataban con la plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354], diciendo que, si no se hallasen con algún contante, se sirviesen de enviar una prenda, que los buscarían sobre ella[355], y se guardaría como los ojos de la cara, con su contera[356] de que: “Perdone el atrevimiento”, y “que no se avergonzaran a otra persona”. Habían, pues, flechado cien papeles déstos, rociando de estafa todo el lugar[357]. Llevábalos un compañero panza al trote[358], insigne clamista[359], que, con una barba de cola de pescado y una capa larga, pintaba en[360] platicante de médico. Quedó el nido de emprestillones[361] haciendo la cuenta de cuánto dinero traería, y sobre si serían seiscientos o cuatrocientos reales, armaron una zalagarda del diablo[362]. Llegaron a reñir y a desmentirse[363] sobre lo que se había de hacer de lo que pillasen. Y tanto se enfurecieron, que saltaron de las camas, con tal dieta de camisas las partes bajas, que era más fácil darse de azotes que de sopapos. Entró en este punto la estafeta de los enredos, con tufo de “no hay, no tengo, Dios los provea”. Traía las dos manos descubiertas, sin codo manco: señal de desembarazo. Víanse las dos barajas de billetes. Quedáronse transidos viendo que su fábrica pintaba en solas respuestas de retorno, y con prosa falida de voz[364], dijeron:
--¿Qué tenemos?
--Que no tienen--respondió el sacatrapos[365]--; entreténganse vustedes en leer, ya que no pueden contar.
Empezaron a abrir billetes. El primero decía:
“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa merced con esta niñería”.
--Pues socorriérame y lo sintiera más.
El segundo:
“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera servir con mil gustos”.
--¡Válgate el diablo por _ayer_, que te andas cada día tras los embestidores!
El tercero:
“El tiempo está de manera”...
--¡Oh, maldito caballero almanac! ¿Pídente dinero y das pronóstico?
El cuarto:
“No siente vuesa merced tanto su necesidad como yo no poder socorrerla”.
--¿Quién te lo dijo, demonio? ¿Profeta te haces, miserable? ¿Cuando te piden, adivinas?
--No hay más que leer--dijeron todos.
Y alzando un zurrido[366] infernal, dijeron:
--Ya es de noche: desquitémonos de lo gastado royendo las obleas de los sellos, a falta de cena, y juntemos estos billetes con otros dos cahices que tenemos, y véndanse a un confitero, que, por lo menos, dará por ellos cuatro reales para amortajar especias, y encorozar[367] confites, y hacer mantellinas al azúcar de las pellas y calzar los bizcochos.
--Esto de pedir prestado--decía bostezando el andadero--, diez años ha que murió súpito[368]; ya no hay qué prestar sino paciencia. Por no ver los gestos y garambainas[369] que hacen con las caras los embestidos, puede uno darles lo que les pide, y, hecha la cuenta, se gasta más en secretaría y trotes que se cobra. Caballeros de la arrebatiña, no hay sino ojo avizor[370].
En esto estaban los pescadores de papel, cuando los cogió la _hora_, y dijo el más desembainado de persona:
--Mucho se nos hacen de rogar los bienes ajenos, y, si aguardamos a que se nos vengan a casa, pereceremos en la calle. No es buena ganzúa la oratoria, y la prosa se entra por los oídos y no por las faltriqueras. Dar audiencia al que pide cuartos es dar al diablo. Más fácil es tomar que pedir. Cuando todos guardan, no hay que aguardar. Lo que conviene es hurtar de boga arrancada[371] y con consideración: quiero decir, considerando que se ha de hurtar de suerte que haya hurto para el que acusa, para el que escribe, para el que prende, para el que procura, para el que aboga, para el que solicita, para el que relata y para el que juzga, y que sobre algo; porque donde el hurto se acaba, el verdugo empieza. Amigos, si nos desterraren es mejor que si nos enterrasen. Los pregones, por un oído se entran y por otro se salen. Si nos sacan a la vergüenza, es saca que no _escuece_[372], y yo no sé quién tiene la vergüenza adonde nos han de sacar. Si nos azotaren, a quien dan no escoge, y, por lo menos, oye un hombre alabar sus carnes, y en apeándose un jubón[373], cubre otro. En el tormento no tenemos riesgo los mentirosos, pues toda su tema es que digan la verdad, y, con _hágome sastre_[374], se asegura la persona. Ir a galeras es servir al Rey y volverse lampiños[375]: los galeotes son candiles, que sirven a falta de velas. Si nos ahorcan, que es el _finibus terrae_, tal día hizo un año, y, por lo menos, no hay ahorcado que no honre a sus padres, diciendo los ignorantes que los deshonran, pues no se oye otra cosa, aunque el ahorcado sea un pícaro, sino que es muy bien nacido y hijo de buenos padres. Y aunque no sea sino por morirse uno dejando de la agalla[376] a la botica y al médico, no le está mal la enfermedad de esparto[377]. Caballeros, no hay sino manos a la obra[378].
No lo hubo dicho, cuando, revolviéndose las sábanas de las camas al cuerpo y engulliéndose el candil en el balsopeto[379], se descolgaron por una manta a la calle desde una ventana y partieron como rayos a sofaldar[380] cofres y retozar[381] pestillos y manosear faltriqueras.
XXIII. La imperial Italia, a quien sólo quedó lo augusto del nombre, viendo gastada su Monarquía en pedazos, con que añadieron tan diferentes Príncipes sus dominios, y ocupada su jurisdición en remendar señoríos, poco antes desarrapados; desengañada de que, si pudo con dicha quitar ella sola a todos lo que poseían, había sido fácil quitarla a ella todos lo que sola les había quitado; hallándose pobre y sumamente ligera, por haber dejado el peso de tantas provincias, dió en volatín[382], y, por falta de suelo, andaba en la maroma, con admiración de todo el mundo. Fijó los ejes de su cuerda en Roma y en Saboya. Eran auditorio y aplauso España del un lado y Francia del otro. Estaban cuidadosos estos dos grandes Reyes, aguardando hacia dónde se inclinaba en las mudanzas y vueltas que hacía, para si por descuido cayese, recogerla cada una[383]. Italia, advertida de la prevención del auditorio, para tenerse firme y pasear segura tan estrecha senda, tomó por bastón[384] la señoría de Venecia en los brazos, y, equilibrando sus movimientos, hacía saltos y vueltas maravillosas, unas veces fingiendo caer hacia España, otras hacia Francia; teniendo por entretenimiento la ansia con que una y otra extendían los brazos a recogerla, y siendo fiesta a todos la burla que, restituyéndose en su firmeza, les hacía. Pues estando entretenidos en esto, cógelos la _hora_, y el Rey de Francia, desconfiado de su arrebatiña, para que diese zaparrazo[385] a su lado, empezó a falsear el asiento del eje de la maroma, que estaba afirmado en Saboya. El Monarca de España, que lo entendió, le añadía por puntales el Estado de Milán y el reino de Nápoles y a Sicilia. Italia, que andaba volando, echó de ver que el bastón de Venecia, que, trayéndole en las manos, la servía de equilibrio, por otra parte la tenía crucificada, le arrojó, y, asiéndose a la maroma con las manos, dijo:
--Basta de volatín, que mal podré volar si los que me miran desean que caiga y quien me bilanza[386] y contrapesa, me crucifica.
Y con sospecha de los puntales de Saboya, se pasó a los de Roma, diciendo:
--Pues todos me quieren prender, Iglesia me llamo[387], donde, si cayere, habrá quien me absuelva.
El Rey de Francia se fué llegando a Roma con piel de cardenal, por no ser conocido; empero el Rey de España, que penetró la maula de disfrazar el monsiur en monseñor, haciéndole al pasar cortesía, le obligó a que, quitándose el capello, descubriese lo calvino de su cabeza[388].
XXIV. El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada, otros ayudado a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta azotándole, otros yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna, incomparable virey, invencible capitán general, juntó pareja con el famoso y leal caballo que es timbre de sus armas, y que le enjaezó con las granas de las dos mahonas de Venecia y con el tesoro de la nave de Brindis[389]; que le hizo caballo marino con tantas y tan gloriosas batallas navales, que le dió verde en Chipre y de beber en el Tenedo[390], cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana y de Salónique[391], para que le almohazase al capitán[392] de aquellas galeras con su capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su primogénito, el que produjo en competencia de Minerva; acordábase que el grande Girón le había hecho gastar por herraduras las medias lunas del turco, y que con ellas fueron sus coces sacamuelas de los leones venecianos en la prodigiosa batalla sobre Raguza, donde, con quince velas, les desbarató ochenta, obligándolos a retirarse vergonzosamente, con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la mayor y mejor parte de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía sin manta y con mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que le echaban en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fué tan áspero, que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable estado en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y relinchando clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y, a corcovos y manotadas, asolar la ciudad[393]. Al ruido entraron los sexos de Nápoles, y, arrojándole una toga en la cara, le taparon los ojos, y con halagos, hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas y cabestro. Y estándole atando a un aldabón del establo, cógelos la _hora_[394], y dos de los sexos dijeron que convenía y era más barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año una hacanea con dote[395], y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía temer que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron los otros que el Rey de España le aseguraba de tal enfermedad con tres castillos, que le tenía puestos en la frente por texón, y que primero le cortarían las piernas que verle servir de mula y escondido en hopalandas. Los dos replicaron que parecía lenguaje de herejes no querer ser papistas, y que ninguna silla le podía estar tan bien como la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás que, para que los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en aquella silla, convenía que sólo el Rey de España se sirviese deste caballo. Unos decían _bonete_; otros, _corona_, y de una palabra en otra, se envedijaron de suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen pedazos. El cual, sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo:
--Este caballo, con ser desbocado, ha tenido muchos amos, y las más veces se ha ido él por su pie que dejádose llevar del ranzal. Lo que conviene es guardarle con cuidado, que anda en Italia mucha gente de a pie que busca bagaje, y cuatreros con botas y espuelas, y el gitano trueca borricas que le ha hurtado otras veces, y ahora tiene puerta falsa a la estala[396] y no conviene que le almohace ningún mozo de caballos francés, que le hacen cosquillas en lugar de limpiarle, y tanto ojo con los monsiures, que se visten manteo y sotana para echarle la pierna encima.
XXV. Estaban ahorcando dos rufianes por media docena de muertes[397]: el uno estaba ya hecho badajo de la _ene_ de palo[398], el otro acababa de sentarse en el poyo donde se pone a caballo el jinete de gaznates. Entre la multitud de gente que los miraba, pasando en alcance de unos tabardillos, se pararon dos médicos, y viéndolos, empezaron a llorar como unas criaturas, y con tantas lágrimas, que unos tratantes que estaban junto a ellos los preguntaron si eran sus hijos los ajusticiados. A lo cual respondieron que no los conocían, empero que sus lágrimas eran de ver morir dos hombres sin pagar nada a la facultad. En esto los cogió a todos la _hora_, y columbrando el ahorcado a los médicos, dijo:
--¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos, pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y también presume de aforismo el esparto. En lo que tienen encima, y en los malos pasos, sus mulas de vuestedes son escaleras de la horca de pelo negro. Tiempo es de verdades. Si yo hubiera usado de receta, como de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera asesinado a cuantos me ven. Una docena de misas les pido, pues les es fácil acomodarlas en uno de los infinitos codicillos a que dan prisa.
XXVI. El gran Duque de Moscovia, fatigado con las guerras y robos de los tártaros, y con frecuentes invasiones de los turcos, se vió obligado a imponer nuevos tributos en sus estados y señoríos. Juntó sus favorecidos y criados, ministros y consejeros y el pueblo de su Corte, y díjoles:
--Ya los constaba de la necesidad extrema en que le tenían los gastos de sus ejércitos para defenderlos de la invidia de sus vecinos y enemigos, y que no podían las repúblicas y monarquías mantenerse sin tributos, que siempre eran justificados los forzosos y suaves, pues se convierten en la defensa de los que los pagan, redimiendo la paz y la hacienda y las vidas de todos aquella pequeña y casi insensible porción que da cada uno al repartimiento, bienquisto por igual y moderado; que él los juntaba para su mesmo negocio; que le respondiesen como en remedio y comodidad propia.
Hablaron primero los allegados y ministros, diciendo que la propuesta era tan santa y ajustada, que ella se era respuesta y concesión; que todo era debido a la necesidad del Príncipe y defensa de la Patria; que así podía arbitrar conforme a su gusto en imponer todos y cualesquier tributos que fuese servido a sus vasallos, pues cuanto diesen pagaban[399] a su útil y descanso, y que cuanto mayores fuesen las cargas, mostraría más la grande satisfacción que tenía de su lealtad, honrándolos con ella. Oyólos con gusto el Duque, mas no sin sospecha, y así, mandó que el pueblo le respondiese por sí. El cual, en tanto que razonaban los magistrados, había susurrádose en conferencia callada. Eligieron uno que hablase por ellos conforme al sentir de todos. Éste, saliendo a lugar desembarazado, dijo: