Los Sueños, Volume II

Part 5

Chapter 53,926 wordsPublic domain

--A este que libráis porque perdonó la parte, ahorcaréis mañana. Porque, si esto se hace, es instituír mercado público de vidas y hacer que por el dinero del concierto con que se compra el perdón sea mercancía la vida del marido para la mujer, y la del hijo para el padre, y la del padre para el hijo, y, en puniéndose los perdones de muertes en venta, las vidas de todos están en almoneda pública, y el dinero inhibe en la justicia el escarmiento, por ser muy fácil de persuadir a las partes que les serán más útil mil escudos o quinientos que un ahorcado. Dos partes hay en todas las culpas públicas: la ofendida y la justicia. Y es tan conveniente que ésta castigue lo que le pertenece como que aquélla perdone lo que le toca. Este ladrón, que después de tres años de prisión queréis ahorcar, echaréis a galeras. Porque, como tres años ha estuviera justamente ahorcado, hoy será injusticia muy cruel, pues será ahorcar con el que pecó a su padre, a sus hijos y a su mujer, que son inocentes, a quien habéis vosotros comido y hurtado con la dilación las haciendas.

Acuérdome del cuento del que, enfadado de que los ratones le roían papelillos y mendrugos de pan, y cortezas de queso y los zapatos viejos, trujo gatos que le cazasen los ratones; y viendo que los gatos se comían los ratones y juntamente un día le sacaban la carne de la olla, otro se la desensartaban del asador, que ya le cogían una paloma, ya una pierna de carnero, mató los gatos y dijo: “Vuelvan los ratones”. Aplicad vosotros este chiste, pues como gatazos, en lugar de limpiar la república, cazáis y corréis los ladrones[233] ratoncillos, que cortan una bolsa, agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero, y juntamente os engullís el reino, robáis las haciendas y asoláis las familias. Infames, ratones quiero, y no gatos.

Diciendo esto, mandó soltar todos los presos y prender todos los ministros de la cárcel. Armóse una herrería[234] y confusión espantosa. Trocaban unos con otros quejas y alaridos. Los que tenían los grillos y las cadenas se las echaban a los que se las mandaron echar y se las echaron.

XIV. Iban diferentes mujeres por la calle, las unas a pie. Y aunque algunas dellas se tomaban ya de los años[235], iban gorjeándose[236] de andadura y desviviéndose de ponleví y enaguas[237]. Otras iban embolsadas en coches, desantañándose[238] de navidades con melindres y manoteado de cortinas. Otras[239], tocadas de gorgoritas[240] y vestidas de _noli me tangere_[241], iban en figura de camarines, en una alhacena de cristal, con resabios de hornos de vidrio, romanadas[242] por dos moros, o, cuando mejor, por dos pícaros. Llevan las tales transparentes los ojos, en muy estrecha vecindad con las nalgas del mozo delantero, y las narices molestadas del zumo de sus pies, que, como no pasa por escarpines[243], se perfuma de Fregenal[244]. Unas y otras iban reciennaciéndose[245], arrulladas de galas y con niña postiza[246], callando la vieja, como la caca, pasando a la arismética[247] de los ojos los ataúdes por las cunas. Cogiólas la _hora_, y, topándolas Estoflerino y Magino y Origano y Argolo[248], con sus efemérides desenvainadas, embistieron con ellas a ponerlas a todas las fechas de sus vidas, con día, mes y año, hora, minutos y segundos. Decían con voces descompuestas:

--Demonios, reconocé vuestra fecha, como vuestra sentencia. Cuarenta y dos años tienes, dos meses, cinco días, seis horas, nueve minutos y veinte segundos.

¡Oh, inmenso Dios, quién podrá decir el desaforado zurrido[249] que se levantó! No se oía otra cosa que “mentises; no hay tal; no he cumplido quince; ¡Jesús! ¿Quién tal dice? Aún no he entrado en diez y ocho; en trece estoy; ayer nací; no tengo ningún año; miente el tiempo”.

Y una, a quien Origano estaba sobrescribiendo como escritura: “Fué fecha y otorgada esta mujer el año de 1578[250]”, viendo ella que se le averiguaban sesenta y siete años[251], entigrecida y enserpentada, dijo:

--Yo no he nacido, legalizador de la muerte; aún no me han salido los dientes.

--Antigualla, mamotreto de siglos, no salen sobre raigones[252]; tente a la fecha.

--No conozco fecha.

Y arremetiendo el uno al otro, se confundió todo en una resistencia espantosa.

XV. Estaba un potentado, después de comer, arrullando su desvanecimiento con lisonjas arpadas en los picos de sus criados[253]. Oíase el rugir de las tripas galopines[254], que en la cocina de su barriga no se podían averiguar con la carnicería que había devorado. Estaba espumando en salivas, por la boca, los hervores de las azumbres, todo el _coramvobis_[255] iluminado de panarras, con arreboles de brindis. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en los encarecimientos y alabanzas los circunstantes. Unos decían: “¡Admirable discurso!” Otros: “No hay más que decir. ¡Grandes y preciosísimas palabras!” Y un lisonjero, que procuraba pujar[256] a los otros la adulación, mintiendo de puntillas, dijo:

--Oyéndote ha desfallecido pasmada la admiración y la dotrina.

El tal señor, encantusado[257] y dando dos ronquidos, parleros del ahito, con promesas de vómito, derramó con zollipo[258] estas palabras:

--Afligido me tiene la pérdida de las dos naves mías.

En oyéndolo, se afilaron los lisonjeros de embeleco[259], y, revistiéndoseles la mesma mentira, dijeron unos que “antes la pérdida le había sido de autoridad y a pedir de boca, y que por útil debiera haber deseádola, pues le ocasionaba causa justa para romper con los amigos y vecinos que le habían robado, y que por dos les tomaría ducientos, y que esto él se obligaba a disponerlo”[260]. Salpicó el detestable adulador este enredo de ejemplos.

Otros dijeron “había sido la pérdida glorioso suceso y lleno de majestad, porque aquél era gran príncipe, que tenía más que perder, y que en eso se conocía su grandeza, y no en gañar[261] y adquirir, que es mendiguez propia de piratas y ladrones”. Y añadió que “aquesta pérdida había de ser su remedio”. Y luego empezó a granizarle de aforismos y autores, ensartando a Tácito y a Salustio, a Polibio y Tucídides, embutiendo las grandes pérdidas de los romanos y griegos y otra gran cáfila de dislates. Y como el glotonazo no buscaba sino disculpas de su flojedad, alegró la pérdida con el engaño. No hiciera más el diablo.

En esto, a persuasión de las crudezas, por el mal despacho de la digestión, disparó un regüeldo. No le hubieron oído, cuando los malvados lisonjeros, hincando con suma veneración la rodilla, por hacerle creer había estornudado[262], dijeron: “Dios le ayude[263]”. Pues cógele la _hora_, y, revestido de furias infernales, aullando, dijo:

--Infames, pues me queréis hacer encreyentes[264] que es estornudo el regüeldo, estando mi boca a los umbrales de mis narices, ¿qué haréis de lo que ni veo ni güelo?

Y dándose de manotadas en las orejas y mosqueándose de[265] mentiras, arremetió con ellos y los derramó a coces de su palacio, diciendo:

--Príncipes, si me cogen acatarrado[266], me destruyen. Por un sentido que me dejaron libre se perdieron: no hay cosa como oler.

XVI. Los codiciosos, escarmentados, se apartaron de los tramposos, y los tramposos, por no pagar de balde el embuste, se embistieron unos a otros, disimulándose en las palabras y dándose un baño exterior de simplicidad. Decíanse el un embustero al otro:

--Señor mío, escarmentado de tratar con tramposos, que me tienen destruido, vengo a que, pues sabéis mi puntualidad, me prestéis tres mil reales en vellón, de que os daré letra acetada a dos meses, que se pagará en plata, en persona tan abonada, que es como tenerlos en la bolsa, y que no es menester más de llegar y contar.

Y era éste en quien daba la letra la misma trampa. Mas el tramposo, que oía al otro tramposo que le abonaba al tercer tramposo, disimulando el conocerlos, y adargándose del trampantojo, con lamentación ponderada le dijo que él andaba a buscar cuatro mil reales sobre prenda que valía ocho, y que a ese efecto había salido de su casa. Andaban chocando[267] los unos con los otros con cadenas de alquimia, hipócritas del oro, y letras falsas acetadas, y con fiadores falidos y escrituras falsas, y hipotecas ajenas, y plata que habían pedido prestada para un banquete, y migajas de[268] pies de tazas de vidrio, y claveques[269] con apellido de diamantes. Era admirable la prosa que gastaban. Uno decía:

--Yo profeso verdad, y se ha de hallar en mí, si se perdiere. No profeso sino pan por pan y vino por vino[270]. Antes moriré de hambre, pegada la boca a la pared[271], que hacer ruindad. No quiero sino crédito. No hay tal como poder traer la cara descubierta[272]. Esto me enseñaron mis padres.

Respondía el otro tramposo:

--No hay cosa como la puntualidad. Sí por sí y no por no[273]. Por malos medios no quiero hacienda. Toda mi vida he tenido esta condición. No quiero tener que restituir; lo que importa es el alma. No haría una trampa por los haberes del mundo. Más quiero mi conciencia que cuanto tiene la tierra.

En esto estaban las ratoneras vivas, arrebozando de cláusulas justificadas las intenciones cardas[274], cuando los cogió de medio a medio la _hora_, y, creyéndose los unos tramposos a los otros, se destruyeron. El de la cadena de alquimia la daba por la letra falsa, y el de los diamantes claveques tomaba por ellos la plata prestada. Los tres partieron al contraste[275]. El otro a verificar la letra y asegurarla y perder la mitad, porque se la pagasen antes que se averiguase el cadenón de hierro viejo. Llegó volando a la casa del hombre en cuyo nombre estaba acetada, el cual le dijo que aquella letra no era suya ni conocía tal hombre, y envióle noramala[276]. Él se salió, letra entre piernas[277], diciendo:

--¡Oh, ladrón! ¡Cuál me la habrías pegado[278] si la cadena no fuera de trozos de jeringa!

El de los claveques decía, estando vendiendo la plata a un platero sin hechura y por menos[279] del peso:

--¡Bien se la pegué con mendrugos de vidrio!

En esto llegó el dueño, y conociendo su plata, que andaba dando cosetadas[280] en el peso, llamó a un alguacil y hizo prender al tramposo por ladrón. Empelazgáronse[281]. Al ruido salió el de los diamantes falsos dando gritos. El que vendía la plata, dijo:

--Ese infame me la vendió.

El otro decía:

--Miente; que ése me la ha hurtado.

El platero decía:

--Ese maulero[282] me traía chinas por diamantes.

El dueño de la plata requería que los prendiesen a entrambos. El escribano decía que a todos tres hasta que se averiguase. El alguacil, poniéndose la vara en la boca y asiendo a los dos tramposos con las dos manos, y el escribano de la capa al dueño de la plata, después de haberse desgarrado las jetas unos a otros, con gran séquito de pícaros[283] fueron entregados en la cárcel al guardajoyas del verdugo[284].

XVII. En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco lugares. Estaba muy pobre, más por la ansia de ser más rico que por lo que le faltaba. Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla con inclinación casi universal a ser arbitristas. En este nombre hay mucha diferencia en los manuscritos: en unos se lee _arbitristes_; en otros, _arbatristes_, y en los más, _armachismes_. Cada uno enmiende la lección como mejor le pareciere a sus acontecimientos. Por esta causa, esta tierra era habitada de tantas plagas como personas. Todos los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla como de pestes andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella los tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas, se les desacreditaba el dinero y se les asuraba[285] la negociación. Era tan inmensa la arbitrería que producía aquella tierra, que los niños, en naciendo, decían _arbitrio_ por decir _taita_[286]. Era una población de laberintos, porque, las mujeres con sus maridos, los padres con los hijos, los hijos con los padres y los vecinos unos con otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos[287], y todos se tomaban del arbitrio como del vino.

Pues este buen señor, en las partes de allende, convencido de la cudicia, que es uno de los peores demonios que esgrimen cizaña en el mundo, mandó tocar a arbitrios. Juntáronse legiones de arbitrianos en el teatro del palacio[288], empapeladas las pretinas y asaeteadas de legajos de discursos las aberturas de los sayos. Díjoles su necesidad, pidióles el remedio. Todos a un tiempo echando mano a sus discursos, y con cuadernos en ristre, embistieron en _turba multa_, y, ahogándose unos en otros por cuál llegaría antes, nevaron[289] cuatro bufetes de cartapeles[290]. Sosegó el runrún que tenían, y empezó a leer el primer arbitrio. Decía así:

“Arbitrio para tener inmensa cantidad de oro y plata sin pedirla ni tomarla a nadie”.

--Durillo se me hace--dijo el señor--. Segundo:

“Para tener inmensas riquezas en un día, quitando a todos cuanto tienen y enriqueciéndolos con quitárselo”.

--La primera parte de quitar a todos, me agrada; la segunda, de enriquecerlos quitándoselo, tengo por dudosa; mas allá se avengan. Tercero:

“Arbitrio fácil y gustoso y justificado para tener gran suma de millones, en que los que los han de pagar no lo han de sentir; antes han de creer que se los dan”.

--Me place, dejando esta persuasión por cuenta del arbitrista--dijo el señor--. Cuarto arbitrio:

“Ofrece hacer que lo que falta sobre, sin añadir nada ni alterar cosa alguna, y sin queja de nadie”.

--Arbitrio tan bienquisto no puede ser verdadero. Quinto:

“En que se ofrece cuanto se desea. Hase de tomar y quitar y pedir a todos y todos se darán a los diablos”.

--Este arbitrio, con lo endemoniado, asegura lo platicable.

Animado con la aprobación, el autor dijo:

--Y añado que los que le cobraren serán consuelo para los que le han de padecer[291].

--¿Quién fuiste tú, que tal dijiste?

Alza Dios su ira[292] y emborrúllanse en remolinos furiosos los arbitristas, chasqueando barbulla[293], llamándole de borracho y perro. Decíanle:

--Bergante, ¿propusiera Satanás el consuelo en los cobradores, siendo ellos la enfermedad de todos los remedios?

Llamábanse de hidearbitristas[294], contradiciéndose los arbitrios los unos a los otros, y cada uno sólo aprobaba el suyo. Pues estando encendidos en esta brega, entraron de repente muchos criados, dando voces, desatinados, que se abrasaba el palacio por tres partes, y que el aire era grande. Coge la _hora_ en este susto al señor y a los arbitristas. El humo era grande y crecía por instantes. No sabía el pobre señor qué hacerse. Los arbitristas le dijeron se estuviese quedo, que ellos lo remediarían en un instante. Y saliendo del teatro a borbotones, los unos agarraron de cuanto había en palacio, y, arrojando por las ventanas los camarines y la recámara, hicieron pedazos cuantas cosas tenía de precio. Los otros, con picos, derribaron una torre. Otros, diciendo que el fuego en respirando se moría, deshicieron gran parte de los tejados, arruinando los techos y asolándolo todo. Y ninguno de los arbitristas acudió a matar el fuego y todos atendieron a matar la casa y cuanto había en ella[295]. Salió el señor, viendo el humo casi aplacado, y halló que los vasallos y gente popular y la justicia habían ya apagado el fuego. Y vió que los arbitristas daban tras los cimientos y que le habían derribado su casa y hecho pedazos cuanto tenía, y, desatinado con la maldad y hecho una sierpe, decía:

--Infames, vosotros sois el fuego. Todos vuestros arbitrios son desta manera. Más quisiera, y me fuera más barato, haberme quemado, que haberos creído. Todos vuestros remedios son desta suerte: derribar toda una casa, porque no se caiga un rincón. Llamáis defender la hacienda echarla en la calle y socorrer el rematar. Dais a comer a los príncipes sus pies, y sus manos y sus miembros, y decís que le sustentáis, cuando le hacéis que se coma a bocados a sí propio. Si la cabeza se come todo su cuerpo, quedará cáncer de sí misma, y no persona. Perros: el fuego venía con harta razón a quemarme a mí porque os junté y os consiento. Y como me vió en poder de arbitristas, cesó y me dió por quemado. El más piadoso arbitrista es el fuego: él se ataja con el agua; vosotros crecéis con ella y con todos los elementos y contra todos. El Anticristo ha de ser arbitrista. A todos os he de quemar[296] vivos y guardar vuestra ceniza para hacer della cernada y colar las manchas de todas las repúblicas. Los príncipes pueden ser pobres; mas, en tratando con arbitristas para dejar de ser pobres, dejan de ser príncipes.

XVIII. Las alcahuetas y las chillonas estaban juntas en parlamento nefando. Hablaban muy bellacamente en ausencia de las bolsas y roían al dinero los zancajos[297]. La más antigua de las alcahuetas, mal asistida de dientes y mamona de pronunciación, tableteando[298] con las encías, dijo:

--El mundo está para dar un estallido. Mirad qué gentil dádiva. El tiempo hace hambre. Todo está en un tris[299]. Las ferias y los aguinaldos días ha que pudren. Las albricias contadlas con los muertos. El dinero está tan trocado, que no se conoce: con los premios[300] se ha desvanecido, como ruin en honra. Un real de a ocho se enseña a dos cuartos como un elefante. De los doblones se dice lo que de los Infantes de Aragón:

¿Qué se hicieron?[301]

_Yo daré_ hace los papeles de _toma_. Ítem: _fíe vuesa merced de mi palabra_, es mataperros[302]; _libranza_, es gozque mortecino. Mancebito de piernas con guedejas y sienes con ligas, son ganas de comer y un ayuno barbiponiente. Hijas, lo que conviene es tengamos y tengamos, y encomendaros al contante y al antemano[303]. Yo administro unos hombres a medio podrir, entre vivos y muertos[304], que traen bienaliñada pantasma[305] y tratan de que los herede su apetito, y pagan en buena moneda lo roñoso de su estantigua. Niñas, la codicia quita el asco. Cerrad los ojos y tapad las narices, como quien toma purga. Beber lo amargo por el provecho, es medicina. Haced cuenta que quemáis franjas viejas para sacarlas el oro, o que chupáis huesos para sacar la médula. Yo tengo para cada una de vosotras media docena de carroños, amantes pasas, arrugados, que gargajean mejicanos[306]. Yo no quiero tercera parte; con un porte moderado[307] que se me pague estoy contenta, para conservar esta negra honra, de que me he preciado toda mi vida[308].

Acabó de mamullar[309] estas razones, y, juntando la nariz con la barbilla, a manera de garra, las hizo un gesto de la impresión del grifo. Una de las pidonas y tomascas[310], arrebatiña en naguas, moño rapante, la respondió:

--Agüela, endilgadora de refocilos, engarzadora de cuerpos, eslabonadora de gentes, enflautadora de personas, tejedora de caras[311], has de advertir que somos muy mozas para vendernos a la pu barbada[312] y a los cazasiglos[313]. Gasta esa munición en dueñas, que son mayas[314] de los difuntos y mariposas[315] del _aquí yace_. Tía, la sangre que bulle, más quiere tararira[316] que dineros y gusto que dádivas. Toma otro oficio; que los coches se han alzado a mayores con la coroza, y espero verlos tirar pepinazos por alcahuetes.

No hubo la buscona acabado estas palabras, cuando a todas las cogió la _hora_, y, entrando una bocanada de acreedores, embistieron con ellas. Uno, por el alquiler de la casa las embargaba los trastos y la cama; otro, porque eran suyos, desde las almohadas a la guitarra, las asía de los vestidos por los alquileres y asía de todo. Y de palabra en palabra, el uno al otro se empujaron las caras con los puños cerrados. Hundía la vecindad a gritos un ropero por unos guardainfantes. Las mancebitas de la sonsaca[317] formaban una capilla de chillidos, diciendo que qué término era aquél y que para ésta y para aquélla, y como creo en Dios, y bonitas somos nosotras, y lo del negro, a quien apelan las venganzas de las andorras[318]. La maldita vieja se santiguaba a manotadas, y no cesaba de clamar: “¡Jesús y en Jesús!” cuando[319] a la tabaola[320] entró el amigo de la una de las busconas, y, sacando la espada, sin prólogo de razonamiento, embistió con los cobradores, llamándolos pícaros y ladrones. Sacaron las espadas y, tirándose unos a otros, hicieron pedazos cuanto había en la casa. Las busconas, a las ventanas, desgañitándose, pregonaban el _que se matan_ y _¿no hay justicia?_ Al ruido subió un alguacil con todos sus arrabales, con el _favor al Rey, ténganse a la justicia_[321].

Emburujáronse[322] todos en la escalera; salieron a la calle, unos heridos y otros desgarrados. El rufián, abierta la media cabeza y la otra media, a lo que sospecho, no bien cerrada, sin capa y sombrero, se fué a una iglesia. El alguacil entró en la casa, y, en viendo a la buena vieja, embistió con ella, diciendo:

--¿Aquí estás, bellaca, después de desterrada tres veces? Tú tienes la culpa de todo.

Y asiéndola y a las demás todas, y embargando lo que hallaron, las llevaron en racimo a la cárcel, desnudas y remesadas, acompañadas del _vayan las pícaras_, pronunciado por toda la vecindad.

XIX. Un letrado bien frondoso de mejillas, de aquéllos que, con barba negra y bigotes de buces[323], traen la boca con sotana y manteo, estaba en una pieza atestada de cuerpos tan sin alma como el suyo. Revolvía menos los autores que las partes. Tan preciado de rica librería, siendo idiota, que se puede decir que en los libros no sabe lo que se tiene. Había adquirido fama por lo sonoro de la voz, lo eficaz de los gestos, la inmensa corriente de las palabras en que anegaba a los otros abogados. No cabían en su estudio los litigantes de pies, cada uno en su proceso como en su palo, en aquel peralvillo[324] de las bolsas. Él salpicaba de leyes a todos. No se le oía otra cosa sino:

--Ya estoy al cabo; bien visto lo tengo; su justicia de vuesa merced no es dubitable; ley hay en propios términos; no es tan claro el día; éste no es pleito, es caso juzgado; todo el derecho habla en nuestro favor; no tiene muchos lances; buenos jueces tenemos; no alega el contrario cosa de provecho; lo actuado está lleno de nulidades; es fuerza que se revoque la sentencia dada; déjese vuesa merced gobernar.

Y con esto, a unos ordenaba peticiones; a otros, querellas; a otros, interrogatorios; a otros, protestas; a otros, súplicas, y a otros, requerimientos. Andaban al retortero los Bártulos, los Baldos, los Abades, los Surdos, los Farinacios, los Tuscos, los Cujacios, los Fabros, los Ancharanos, el señor presidente Covarrubias, Chasaneo, Oldrado, Mascardo, y tras la ley del reino, Montalvo y Gregorio López, y otros inumerables[325], burrajeados[326] de párrafos, con sus dos corcovas de la _ce_ abreviatura, y de la _efe_[327] preñada con grande prole de números, y su _ibi_ a las ancas. La nota de la petición pedía dineros; el platicante, la pitanza[328] de escribirla; el procurador, la de presentarla; el escribano de la cámara[329], la de su oficio; el relator, la de su relación. En estos dacas, los cogió la _hora_, cuando los pleiteantes dijeron a una voz: