Part 10
--Yo me hallo Rey de unos Estados que abraza sonoro el mar, que aprisionan y fortifican las borrascas; señor de unos reinos, públicamente, de la religión reformada; secretamente, católicos. Ingerí en rey lo sumo pontífice, soy corona, bonete y dos cabezas: seglar y eclesiástica[499]. Sospecho, aunque no la veo, la división espiritual de mis vasallos; temo que gastan mucha Roma sus corazones[500], y que aquella ciudad, con las llaves de San Pedro, se pasea por los retiramientos de Londres. Esto, para mí, es tanto más peligroso cuanto más oculto. Veo con ojos enconados crecer en muy poderosa república la rebelión de los olandeses. Conozco que mi invidia y la de mis ascendientes contra la grandeza de España, de menudo marisco los abultó en estatura[501], como dice Juvenal, mayor que la ballena británica[502]. Véolos introducidos en cáncer de las dos Indias, y padezco los piojos que me comen porque los crié. Sé que de sus dominios hurtados tienen flotas los más años, y algunos las flotas enteras o buena parte de las que trae el Rey Católico, y que les es copioso tesoro esta rebatiña. En la tierra son, por el ejercicio de tantos años, soldados con crédito de inumerables vitorias, a quienes hace la experiencia en el obedecer doctos y suficientes para mandar. Por el mar los cuento inumerables en bajeles, inimitables en fortuna, incontrastables en consejo, superiores en reputación militar. Por otra parte, veo al Rey de Francia, mi vecino, a quien por las pretensiones antiguas aborrezco, aspirar al imperio de Alemania y al de Roma; introducido en Italia, y en ella, con puestos y ejércitos y séquito de algunos de los potentados, y acariciado, al parecer, de los buenos semblantes del Pontífice. Es mancebo nacido a las armas y crecido en ellas, que, en edad que pudieron serle juguetes, le fueron triunfos[503]. Consideróle con unido vasallaje por haber demolido todas las fortificaciones, hasta las inexpugnables, de los hugonotes, luteranos y calvinistas, y dejado el dominio y potestad en solos católicos. No por esto le juzgo buen católico: antes le presumo astuto político, y en su interior me persuado es conmodista, y que tiene sus conveniencias por evangelios, y que cree en lo que desea[504] y no en lo que adora: religión que tienen muchos debajo del nombre de otra religión. Esto disimula, porque como su intento es tomar a Milán y a Nápoles, mañosamente ha asistido en su reino a los católicos, por ser sin comparación la mayor parte; débenlo al número, no a la dotrina. Acompáñase del celo católico, por ser este título disposición para distilar en Italia poco a poco su codicia de dominios, y deben su crecimiento tanto a su hipocresía como a su valor. En Alemania, llamando a los suecos y amotinando al de Sajonia y al de Brandenburg y al Lanzgrave, ha jurado _in verba Luteri_. Para ocupar sus Estados[505] al Duque de Lorena, se aplicó a la conciencia de Calvino. Con esto es el Jano de la religión, que con una cara mira al turco, y con otra al Papa, sirviéndole de calzador de púrpura para calzarse aquella Corte el Cardenal de Richeleu[506]. Viendo esto, me crece arrugada en gran volumen la nariz, considerando que para sus intentos no ha hecho caso de mi poder y afinidad y se ha abrigado con la buena dicha de los olandeses, despreciando a Ingalaterra, como si tuviera en su mano otra doncella milagrosa Juana de Arc, a quien la mala tradución llamó _poncella_. Todas estas acciones son a mi paladar de tan mal sabor y de tan desabrida dentera, que me amarga el aire que respiro, y con el suceso de la isla de Res tengo la memoria con ascos. No halla la confederación con quien juntar mis filos para ser tijera que cercene al uno y al otro, si no es con el Rey de España. Inmenso Monarca es y sumamente poderoso y rico, señor de las más belicosas naciones del mundo, príncipe en edad floreciente. Advierto, empero, que la restitución del Palatinado me tiene empeñada la sangre y la reputación, y ésta no la debo esperar de los católicos, y por eso la puedo dudar de los españoles y de los imperiales, por la diferencia de religiones y el grande hastío que muestran los protestantes de más casa de Austria. Y por mí sospecho que el Rey de España no habrá olvidado mi ida a su Corte, pues no olvido yo mi vuelta a la mía, de que es recuerdo la entrada de mis bajeles en Cádiz. Yo querría volver a cerrar en sus orillas al Rey Cristianísimo, que con grande avenida ha salido de madre y esplayádose por toda Europa, y, juntamente, reducir a su principio a los olandeses. Quiero me aconsejéis el mejor y más eficaz medio, advirtiendo estoy determinado, no sólo a salir en persona, sino codicioso de salir, porque creo que el Príncipe que teniendo guerra forzosa no acompaña su gente condena a soldados a sus vasallos, en vez de hacerlos soldados, y, conducidos por este castigo, más padecen que hacen, y los obliga a que igualmente esperen su libertad y su venganza del ser vencidos que del ser vencedores. De llevar ejércitos a enviarlos[507] va la diferencia que de veras a burlas: juicio es de los sucesos. Respondedme a la necesidad común, sin hablar con mi descanso. Ni oiga yo en vuestro sentir fines particulares: informadme los oídos, no me los embaracéis.
Todos quedaron suspensos en silencio reverente y cuidadoso, confiriendo en secreto la resolución, cuando el gran Presidente, con estas palabras, dió principio a la respuesta:
--Vuestra Majestad, serenísimo señor, ha sabido preguntar de manera que nos ha enseñado a saberle responder: arte de tanto precio en los reyes, que es artífice de todo buen conocimiento y desengaño. Señor: la verdad es una y sola y clara; pocas palabras la pronuncian, muchas la confunden; ella rompe poco silencio y la mentira deja poco por romper. Todo lo que habéis considerado en el Rey de Francia y en los olandeses es desvelo de la real providencia. El peligro inminente pide resolución varonil y veloz. El Rey de España es hoy, para vuestros desinios, vuestra sola confederación, y sumamente eficaz si vos en persona asistís con él a la mortificación destos dos malos vecinos. Y advertid que mandar y hacer son tan diferentes como obras y palabras. Confieso que vuestra sucesión es muy infante para dejada; empero es menor inconveniente dejarla tierna que, siendo padre, acompañarla niño.
No bien hubo pronunciado estas últimas palabras, cuando, levantándose sobre su báculo un senador, marañado todo el seno con las canas de su barba, la cabeza en el pecho y la corcova en que le habían los años doblado la espalda en lugar de la cabeza, dijo:
--Mal puede disculparse de temerario el consejo de que su majestad salga en persona, cuando sus reinos están minados de católicos encubiertos, cuyo número es grande, a lo que se sabe; infinito, a lo que se sospecha, y verdaderamente formidable por el desprecio en que tienen la vida y el precio que se aseguran en la muerte. Los tormentos se han cansado en sus cuerpos, no sus cuerpos en los tormentos; entre ellos, por su religión, los despedazados persuaden, no escarmientan. Esto saben las horcas, los cuchillos y las llamas, que buscaron ansiosos y padecieron constantes. Pues si en tierra por todas partes prisionera del mar, y en presencia de sus reyes, tantas veces han conspirado para restituirse[508], ¿qué harán si sale y los desembaraza su persona[509]? Vasallo tiene vuesa majestad de quien poder fiar cualquiera empresa: enviad con pie de ejército de nuestra religión los más importantes de los que se entiende son católicos, que con esto irá su intención sujeta y vuestros reinos con menos enemigos dentro. No aventuréis vuestra persona, en que se aventura todo y en que todo se restaura, que yo del parecer del Presidente colijo que maquina como católico, no que responde como ministro.
Alborotáronse, y en esta disensión los cogió la fuerza de la _hora_, y demudándose de color el Rey, dijo:
--Vosotros dos, en lugar de aconsejarme, me habéis desesperado. El uno dice que si no salgo me quitarán el reino los enemigos; el otro, que si salgo, me le quitarán los vasallos; de suerte que tú quieres que tema más a mis súbditos que a los contrarios. Sumamente es miserable el estado en que me hallo: lo que resta es que cada uno de vosotros, con término de un día natural, me diga quién y qué cosas me tienen reducido a esta desventura, nombrando las personas y las causas, sin perdonaros unos a otros, o yo sospecharé sobre todos; porque la culpa no sale de los que me aconsejáis, que yo estoy resuelto de atender a la dirección de mis conveniencias dentro y fuera de mis reinos. Sale el Rey de Francia sin sucesión y sin esperanzas de ella que puedan entristecer a su hermano, y deja un reino por tantas causas dividido, y en parcialidades toda la nobleza, manchada con la sangre de Memoranci; los herejes, sujetos, mas no desenojados; los pueblos, despojados de tributos, y todo el reino en opresión de las demasías de un privado, y yo, que tengo sucesión y menores y menos sensibles inconvenientes, ¿estaré arrullando mis hijos y atendiendo a sus dijes y juguetes? Porque me he dejado en el ocio y porque no he salido, me son Francia y Olanda formidables: si no salgo, me serán ruina; si me quedo por temor de mis vasallos, yo los aliento[510] a mi desprecio. Si mis enemigos se aseguran de que no puedo salir, no podré asegurarme de mis enemigos, y, por lo menos, si salgo y me pierdo, lograré la honra de la defensa y excusaré la infamia de la vileza. El Rey que no asiste a su defensa disculpa a los que no le asisten; contra razón castiga a quien le imita, y contra lo que fué maestro no puede ser juez, ni castigar lo que de su persona aprenden los que para desamparar su defensa le obedecen maestro. Idos luego todos y consultad con vuestras obligaciones mi real servicio, anteponiéndole a vuestras vidas y a mi descanso; que os aseguro hacer a vuestra verdad, cuanto más rigurosa, mejor recibimiento. Y no me embaracéis con el achaque de llevar toda la nobleza conmigo, pues los acontecimientos afirman que nadie la juntó en la guerra que no la perdiese y se perdiese: los anillos que se midieron por hanegas en Cannas, lo testifican con lágrimas[511] en Roma; el bosque de Pavía, hecho sepulcro de toda la nobleza de Francia y de la libertad de su Rey; la Armada española con que el Duque de Medina Sidonia, viniendo a invadir estos reinos, dejando en estos mares tan miserables despojos; el rey don Sebastián, que en África se perdió y sus reinos con su nobleza toda. Los nobles juntos inducen confusión y ocasionan ruina; porque, no sabiendo mandar, no quieren obedecer y estragan en presunciones desvanecidas la disciplina militar. Llevaré pocos, experimentados; los demás quedarán para freno de los hervores populares y triaca de los noveleros. Gente que piensa que me engaña en darme su vida por un real cada día es el aparato que me importa, no aquélla que, agotándome, para que vaya, mi tesoro, pone demanda a mi patrimonio porque fué. Bueno fuera que toda la nobleza estuviera ejercitada, mas no seguro. Los particulares no han de dar las armas a los locos, ni los reyes a los nobles. Llevad esto entendido, y ahorra distraimientos vuestro discurso, y mi determinación, tiempo.
XXXIX. En Salónique[512], ciudad de Levante, que, escondida en el último seno del golfo a que da nombre, yace en el dominio del Emperador de Constantinopla, hoy llamada Estambol[513], convocados en aquella sinagoga los judíos de toda Europa por Rabbi[514] Saadías, y Rabbi Isaac Abarbaniel[515], y Rabbi Salomón, y Rabbi Nissin[516], se juntaron: por la sinagoga de Venecia, Rabbi Samuel y Rabbi Maimón; por la de Raguza, Rabbi Aben Ezra[517]; por la de Constantinopla, Rabbi Jacob; por la de Roma, Rabbi Chamaniel[518]; por la de Ligorna[519], Rabbi Gersomi; por la de Ruán, Rabbi Gabirol[520]; por la de Orán, Rabbi Asepha[521]; por la de Praga, Rabbi Mosche; por la de Viena, Rabbi Berchai; por la de Amsterdán, Rabbi Meir Armahah[522]; por los hebreos disimulados, y que negocian[523] de rebozo con traje y lengua de cristianos, Rabbi David Bar Nachman[524], y, con ellos, los _Monopantos_[525], gente en república, habitadora de unas islas que entre el mar Negro y la Moscovia, confines de la Tartaria, se defienden sagaces de tan feroces vecindades, más con el ingenio que con las armas y fortificaciones. Son hombres de cuadruplicada malicia, de perfecta hipocresía, de extremada disimulación, de tan equívoca apariencia, que todas las leyes y naciones los tienen por suyos. La negociación les multiplica caras y los manda los semblantes[526], y el interés los remuda las almas. Gobiérnalos un príncipe a quien llaman Pragas Chincollos[527]. Vinieron por su mandado a este sanedrín[528] seis, los más doctos en carcomas y polillas del mundo: el uno se llama Philárgyros[529], y el otro, Chrysóstheos[530]; el tercero, Danipe[531]; el cuarto, Arpiotrotono[532]; el quinto, Pacas Mazo[533]; el sexto, Alkemiastos[534][535]. Sentáronse por sus dignidades, respectivamente, a la preeminencia de las sinagogas, dando el primer banco por huéspedes a los _Monopantos_[536]. Poseyólos[537] atento silencio, cuando Rabbi Saadías, después de haber orado el psalmo _In Exitu Israel_, dijo tales palabras:
--“Nosotros, primero linaje del mundo, que hoy somos desperdicio de las edades y multitud derramada que yace en esclavitud y vituperio congojoso, viendo arder en discordias el mundo, nos hemos juntado a prevenir advertencia desvelada en los presentes tumultos, para mejorar en la ruina de todos nuestro partido. Confieso que el captiverio, y las plagas, y la obstinación en nosotros son hereditarias; la duda y la sospecha, patrimonio de nuestros entendimientos, que siempre fuimos malcontentos de Dios, estimando más al que hacíamos[538] que al que nos hizo. Desde el primer principio nos cansó su gobierno, y seguimos contra su ley la interpretación del demonio. Cuando su omnipotencia nos gobernaba, fuimos rebeldes; cuando nos dió gobernadores, inobedientes. Fuénos molesto Samuel, que, en su nombre, nos regía, y juntos en comunidad ingrata, siendo nuestro Rey Dios, pedimos a Dios otro Rey. Diónos a Saúl con derecho de tirano, declarando haría esclavos nuestros hijos, nos quitaría las haciendas para dar a sus validos, y agravó este castigo con decir no nos le quitaría aunque se lo pidiésemos. Él dijo a Samuel que a él le despreciábamos, no a Samuel ni a sus hijos. En cumplimiento desto, nos dura aquel Saúl siempre, y en todas partes, y con diferentes nombres. Desde entonces, en todos los reinos y repúblicas nos oprime en vil y miserable captividad, y para nosotros, que dejamos a Dios por Saúl, permite Dios que sea un Saúl cada rey. Quedó nuestra nación para con todos los hombres introducida en culpa, que unos la echan a otros, todos la tienen y todos se afrentan de tenella. No estamos en parte alguna sin que primero nos echasen de otra; en ninguna residimos que no deseen arrojarnos, y todas temen que seamos impelidos a ellas.
“Hemos reconocido que no tienen comercio nuestras obras y nuestras palabras y que nuestra boca y nuestro corazón nunca se aunaron en adorar un propio Dios. Aquélla siempre aclamó al Cielo[539], éste siempre fué idólatra del oro y de la usura. Acaudillados de Moisén cuando subió por la Ley al monte, hicimos demonstración de que la religión de nuestras almas era el oro y cualquier animal que dél se fabricase: allí adoramos nuestras joyas en el becerro y juró nuestra codicia, por su deidad, la semejanza de la niñez de las vacadas. No admitimos a Dios en otra moneda, y en ésta admitimos cualquiera sabandija por dios. Bien conocía la enfermedad de nuestra sed quien nos hizo beber el ídolo en polvos. Grande y ensangrentado castigo se siguió a este delito; empero, degollando a muchos millares, escarmentó a pocos, pues, haciendo después Dios con nosotros cuanto le pedimos, nada hizo de que luego no nos enfadásemos. Extendió las nubes en toldo, para que en el desierto nos escondiese a los incendios del día. Esforzó con la coluna de fuego los descaecimientos de las estrellas y la luna, para que, socorridas de su movimiento relumbrante, venciesen las tinieblas a la noche, contrahaciendo el sol en su ausencia. Mandó al viento que granizase nuestras cosechas, y dispuso en moliendas maravillosas las regiones del aire, derramando guisados en el maná nuestros mantenimientos, con todas las sazones que el apetito desea. Hizo que las codornices, descendiendo en lluvia, fuesen cazadores y caza todo junto, para nuestro regalo. Desató en fuga líquida la inmobilidad de las peñas, y que las fuentes naciesen aborto de los cerros, para lisonjear nuestra sed. Enjugó en senda tratable a nuestros pies los profundos del mar[540], y colgó perpendiculares los golfos, arrollando sus llanuras en murallas líquidas, detiniendo en edificio seguro las olas y las borrascas, que a nuestros padres fueron vereda y a Faraón sepulcro y tumba de su carro y ejército. Hizo su palabra levas de sabandijas, alistando por nosotros, en su milicia, ranas, mosquitos y langostas. No hay cosa tan débil de que Dios no componga huestes invencibles contra los tiranos. Debeló con tan pequeños soldados los escuadrones enemigos, formidables y relucientes en las defensas del hierro, soberbios en los blasones de sus escudos, pomposos en las ruedas de sus penachos. A tan milagrosos beneficios, que nuestro rey y profeta David cantó en el psalmo, según la división nuestra, 105, que empieza _Hodu la-Adonäi_[541], respondió nuestra dureza e ingratitud con hastío y fastidio en el sustento, con olvido en el paseo abierto sobre las ondas del mar. Pocas veces quien recibe lo que no merece, agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega. Tales antepasados son genealogía delincuente de nuestra contumacia.
“Comúnmente nos tienen por los porfiados de la esperanza sin fin, siendo en la censura de la verdad la gente más desesperada de la vida. Nada aborrecemos, y hemos aborrecido tanto los judíos como la esperanza. Nosotros somos el extremo de la incredulidad, y _esperanza_ y _incredulidad_ no son compatibles[542]: ni esperamos ni hay qué esperar de nosotros. Porque Moisén se detuvo un poco en el monte no quisimos esperarle, y pedimos dios a Aarón. La razón que dan de que somos tercos en esperanza perdurable es que aguardamos tantos siglos ha al Mesías; empero nosotros ni le recibimos en Cristo ni le aguardamos en otro. El decir siempre que ha de venir no es porque le deseamos ni le creemos: es por disimular con estas largas que somos aquel ignorante que empieza el psalmo 13, diciendo en su corazón: 'No hay Dios[543]'. Lo mismo dice quien niega al que ya vino y aguarda al que no ha de venir. Este lenguaje gasta nuestro corazón, y, bien considerado, es el _Quare_, del psalmo 2, _fremuerunt gentes, et populi meditati sunt innania... adversùs Dominum, et adversùs Christum ejus_? De manera que nosotros decimos que esperamos siempre por disimular que siempre desesperamos.
“De la ley de Moisén sólo guardamos el nombre, sobrescribiendo con él y con ella las excepciones que los talmudistas han soñado para desmentir las Escrituras, deslumbrar las profecías, y falsificar los preceptos, y habilitar las conciencias a la fábrica de la materia de estado, dotrinando para la vida civil nuestro ateísmo en una política sediciosa, prohijándonos de hijos de Israel a hijos[544] del siglo. Cuando tuvimos ley no la guardábamos; hoy, que la guardamos, no es ley sino en la breve pronunciación de las tres letras.
“Ha sido necesario decir lo que fuimos para disculpar lo que somos y encaminar lo que pretendemos ser, creciéndonos en estos delirios rabiosos, en que parece está frenético todo el orbe de la tierra, cuando no solamente los herejes toman contra los católicos las armas enemigas, sino los católicos, unos mueven contra otros los escuadrones parientes. Los protestantes de Alemania ha muchos años[545] que pretenden que el Emperador sea hereje. A esto los fomenta el Rey Cristianísimo, haciendo como que no lo es y desentendiéndose de Calvino y Lutero. Opónese a todos el Rey Católico, para mantener en la Casa de Austria la suprema dignidad de las águilas de Roma. Los olandeses, animados con haber sido traidores dichosos, aspiran a que su traición sea monarquía, y de vasallos rebeldes del gran Rey de España, osan serle competidores. Robáronle lo que tenía en ellos y prosiguen en usurparle lo que tan lejos dellos tiene, como son el Brasil y las Indias, destinando sus conquistas sobre sus coronas[546]. No hemos sido para todos estos robos la postrera disposición nosotros, por medio de los cristianos postizos, que, con lenguaje portugués, le habemos aplicado para minas, con título de vasallos. Los potentados de Italia (si no todos, los más) han hospedado en sus dominios franceses, dando a entender han descifrado en este sentir los semblantes[547] del Summo Pontífice, y la tolerancia muda han leído por _motu proprio_. El Rey de Francia ha usado contra el Monarca de los españoles estratagema nunca oída, disparándole por batería todo su linaje, con achaque de malcontentos y huidos, para que, en sueldos[548] y socorros y gastos consumiese las consignaciones de sus ejércitos. ¿Cuándo se vió un Rey contra otro hacer munición de dientes y muelas de su madre y de su hermano, próximo heredero, para que se le comiesen a bocados? Ardid es mendicante, mas pernicioso. Militar con el mogollón[549], más tiene de lo ridículo que de lo serio. Nosotros tenemos sinagogas en los Estados de todos estos príncipes, donde somos el principal elemento de la composición desta cizaña. En Ruán somos la bolsa de Francia contra España, y juntamente de España contra Francia, y en España[550], con traje que sirve de máscara a la circuncisión[551], socorremos a aquel Monarca con el caudal que tenemos en Amsterdán en poder de sus propios enemigos, a quienes importa más el mandar que le difiramos las letras que a los españoles cobrarlas. ¡Extravagante tropelía servir y arruinar con un propio dinero a amigos y a enemigos y hacer que cobre los frutos de su intención el que los paga del que los cobra[552]! Lo mismo hacemos con Alemania, Italia y Constantinopla, y todo este enredo ciego y belicoso causamos con haber tejido el socorro de cada uno en el arbitrio de su mayor contrario; porque nosotros socorremos como el que da con interés dineros al que juega y pierde, para que pierda más. No niego que los _Monopantos_ son gariteros de la tabaola de Europa, que dan cartas y tantos, y entre lo que sacan de las barajas que meten y de luces, se quedan con todo el oro y la plata, no dejando a los jugadores sino voces y ruido, y perdición, y ansia de desquitarse a que los inducen, porque su garito, que es fin[553] de todos, no tenga fin. En esto son perfecto remedo de nuestros anzuelos. Es verdad que para la introducción nos llevan grande ventaja en ser los judíos del Testamento Nuevo, como nosotros del Viejo, pues así como nosotros no creímos que Jesús era el Mesías que había venido, ellos, creyendo que Jesús era el Mesías que vino, le dejan pasar por sus conciencias: de manera que parece que jamás llegó para ellos[554] ni por ellas. Los _Monopantos_ le creen (como de nosotros dice que le esperamos un grave autor: _Auream et gemmatam Hierusalem espectabant_) en Hierusalén[555] de oro y joyas. Ellos y nosotros, de diferentes principios y con diversos medios, vamos a un mesmo fin, que es a destruir, los unos, la cristiandad que no quisimos; los otros, la que ya no quieren, y por esto nos hemos juntado a confederar malicia y engaños.