Los Sueños, Volume I

Part 4

Chapter 43,959 wordsPublic domain

[42] _Colores_, como _caras_, que daba a entender antes. En _C_ y _P_: _Andaban los ángeles custodios mostrando_. En _M_: _mostrando en los pasos_.

[43] _Tarjas_, aquí golpes, azotes.

[44] _Estaban los diez mandamientos por guarda a una puerta_ (_B_) de la de afuera. _Estaban los diez_ (_M_).

[45] _A puros ayunos_, a fuerza de ayunos. VALDERRAMA, _Ejerc. Sab. 2 cuar._: “Cuando a puros ruegos y porfías le sacó la bendición”.

[46] “Comenzóse la cuenta por Adán y, porque se vea si iba estrecha, hasta de una manzana le pidieron cuenta tan rigorosa, que le oí decir a Judas: ‛¿Qué tal la daré yo, que le vendí al mismo dueño un cordero’?

“Pasaron todos los primeros Padres, vino el Testamento nuevo, pusiéronse en sus sillas al lado de Dios los apóstoles todos con el santo Pescador. Luego llegó un diablo y dijo: ‘Éste es el que señaló con toda la mano al que san Juan con un dedo, que fué el que dió la bofetada a Cristo’. Juzgó el mismo su causa y dieron con él en los entresuelos del mundo. Era de ver, etc”. (Ms.).

[47] _Con sus manos lavadas._ (Meterse sin ser llamado). (CORR., 595), y sin haber puesto nada de su parte, tomado del no manchárselas estándose mano sobre mano. A. ÁLVAREZ, _Silva_, _Fer. 4 dom. 2 cuar._, 14 c.: “Para que con sus manos lavadas se lo gocen”.

[48] _Brasero_ era el lugar donde quemaban al delincuente, y alude al infierno. CARTUJANO, _Triunf._, 2: “Responda tablada con rostro quemado | y en su brasero las carnes desnudas”.

[49] “Asomaron sus cabezas Herodes y Pilatos, y cada uno conocía en él, aunque gloriosas, sus iras. Decía Pilatos: ‛Esto merece quien se dejó gobernar por judigüelos’; y Herodes: ‛Yo no puedo ir al cielo, pues al limbo no se querrían más (_fiar de mí_) los inocentes con las nuevas que tienen de esotros’. Ello es fuerza de ir al infierno, que, en fin, es posada conocida”. (Ms.).

[50] _Carta de examen_, tenía todo oficial, pues había de pasar por él, de lo cual están llenas las _Ordenanzas_ de ciudades. Alude Quevedo a don Luis Pacheco de Narváez, con quien tuvo un lance en casa del Presidente de Castilla el año 1608. Discurríase con motivo de las _Cien conclusiones_ de la verdadera destreza, que don Luis acababa de publicar. Impugnólas Quevedo, sostúvolas el maestro, no bastaron razones, se recurrió a la prueba, y al primer encuentro pegó don Francisco a Narváez y derribóle el sombrero de la cabeza. Fueron enemigos toda su vida. Dicen que Pacheco se juntó con Montalbán y con el padre Niseno para escribir en 1635 el _Tribunal de la justa venganza_. El libro de Narváez, que ha impreso Vindel en 1898, dice: _Modo fácil y nuevo para examinarse los maestros en la Destreza de las Armas y entender sus cien conclusiones ó fórmulas de saber, por Don Luis Pacheco de Narváez, maestro del Rey nuestro señor, en la Filosofía y Destreza de las Armas y Mayor en los Reynos de España_, Madrid, 1625. La obra publicada en 1600, Madrid, llevaba por título: _Libro de las grandezas de la espada, en que se declaran muchos secretos del que compuso el comendador Jerónimo de Carranza._ De este libro se burla Quevedo, no menos en la _Historia de la vida del Buscón Pablos_ (l. I, c. 8).

[51] “y de los más ahigadados hombres del mundo y, porque lo crean, vean aquí el testimonio de mis hazañas. Y fué a sacarlos del seno con tanta prisa y cólera, que por mostrarlos se le cayeron en el suelo. Luego al punto arremetieron dos diablos y un alguacil a levantarlos, y vi que con mayor presteza levantó el alguacil los testimonios que los diablos. Llegó un ángel y alargó el brazo para asirle y meterle y él retirándose, etc.”. (Ms.).

[52] _Furias._ En _P_: _diablos_; lo mismo que antes, donde pone el texto _verdugos_, trae _P_: _diablos_, gentilizando la obra en la última redacción, y por _ángel_ corrigió _abogado_.

[53] _Metelle dentro_, ya ha dicho que _los defensores estaban de la parte de adentro_.

[54] _En mula_ andaban los médicos.

[55] “Pidiéronle la cuenta de no sé qué cosas y tretas de su salvación y él confesó que no sabía ninguna contra los enemigos del alma. Mandáronle que se fuese por línea recta al infierno. A lo cual replicó que le debían de tener por diestro de los del libro matemático, que él no sabía qué era línea recta. Hiciéronselo aprender y descendió entre todos. Llegaron haciendo cuenta unos despenseros, y conociéndolos en el ruido con que venían y la trulla, etc”. (Ms.). Son términos de la _destreza_.

[56] _La trulla_, el tropel ruidoso. _Crotalón_, 4: “Siempre andaba en compañía de una trulla de clérigos santos”. S. HOROZCO, _Cancionero_, p. 182: “No parece sino infierno tanta trulla y confusión”.

[57] _Sisón_, juega con el _sí son_ y el _sisón_ o el que sisa, como suelen _los despenseros_. L. RUEDA, I, 13: “Que Luquillas es uno de los mayores sisones del mundo”.

[58] _No darse manos a_, no parar de. A. ÁLV., _Silv. Dom. 2 adv._, 6 c., § 1: “Anduviese lista y servicial, no se dando manos a hacer”.

[59] GALINDO, _P_, 237: _¿Partido pide?_ _No tiene buen juego._ Es darse a partido, entregarse con ciertas condiciones, propio del vencido. VALDERR., _Ejerc. Sab. ceniz._: “El cual, viendo que no podía escaparse, se dió a partido”.

[60] _Descubrir_, echar cartas y poner de manifiesto las sisas de ellos, en el texto, por lo cual sigue la alegoría del juego, añadiendo que _se echaron en baraja_, en confusión, en el infierno.

[61] Véase _Ordenanza 7 de los pasteleros_, de Valladolid: “no sea osado (como por la malicia de las gentes alguna vez aya acaecido) hacer pasteles, que no sean de vaca ó carnero o de venacion... no vendan pasteles de vaca por de carnero ni en ninguna manera de cabron ni cabra ni oveja”. Hablando de un ajusticiado, dice el mismo Quevedo en _Tacaño_, I, 7: “Los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole en los (pasteles) de a cuatro (reales)”.

[62] _Malilla_, del juego del tresillo o del hombre; echar la culpa de todo a Júpiter. FONS., _Vid. Cristo_, 2, 1: “Son malillas del infierno, que no solamente no estorban los intentos despeñados..., sino que los atiza y asegura”. En _C_ y _P_: _querían hacer creer a Dios que era Júpiter, y que por él decían ellos todas las cosas. Y Virgilio._

[63] _Sicelides musae_, comienzo de la égloga IV, “musas sicilianas”, esto es, de Teócrito o bucólicas, pastoriles. Créese, con Eusebio, Lactancio y Sanazaro, que cantó en ella _el nacimiento_ de Cristo: “Iam redit et Virgo... | iam novo progenies coelo demittitur alto. | Tu modo nascenti puero”... Literalmente trató del nacimiento del hijo de Asinio Pollión, el año que triunfó por la toma de _Salonas_ en Dalmacia, y alude a Octaviano. Vivía Virgilio junto a los huertos de Mecenas, su grande amigo y favorecedor de todos los poetas. De Octavia, hermana de Octaviano, Augusto, recibió gran suma de sextercios cuando le oyó recitar el trozo de la _Eneida_ (6, 882), donde habla de su infortunado hijo Marcelo, sucesor que iba a ser en el imperio y que murió a los diez y ocho años. A estos dones de uno y otra alude Quevedo, no menos que a ciertos cuernecillos de que hablan malas lenguas.

[64] “unos decían: ‘Son bautizados y miembros de la Iglesia’. No tuvieron muchos dellos que decir otra cosa”. (El expresado Ms.). _Es hombre._ TERENCIO, _Heautontim._, 1: “Homo sum: humani nihil a me alienum puto”. “Como soy hombre, no tengo por ajenas las cosas de los hombres”. Así responde Cremes a Menedemo, que le había dicho: “¿Tan desocupado estás, Cremes, de tus cosas, que te vaga pensar en las ajenas, y mayormente en las que no te importan nada?”

[65] “Y viendo ellos que por ser cristianos les daban más pena que a los gentiles, alegaron que el ser cristianos no era por su culpa, que los bautizaron cuando eran niños y que los padrinos la tenían. Digo de verdad que vide a Mahoma, a Judas y a Lutero tan cerca de atreverse a entrar en juicio, animados con ver salvar a un escribano, que me espanté de que no lo hiciesen. Y sólo se lo estorbó un médico, porque, forzado de los demonios y los que le habían traído, etc”. (Ms.).

[66] _Repartía orejas_, como falso testigo de oídas, _y ojos_, como falso testigo de vista.

[67] En _C_ y _P_: _boticario fué condenado, y el médico y el barbero (intercediendo S. Cosme y S. Damián) se salvaron._

[68] _Con corcovas_, tuertos o torcidos. En _S_, _corvas_; en _M_, _encorvados_.

[69] En _C_: _vino para las misas_. En _P_: _vino puro para las misas_; _pero_. Habiendo gentilizado la obra puso, por _misas_, _sacrificios_. Igualmente, por _niños_, había en _M_: _niños jesuses_, y en _P_: _vestido jesuses_, con lo que se entiende el _niños_ que quedó en la última redacción.

[70] _Asientos_, retruécano de lugar donde asentarse y de tratos de cambio: sobre todo, los genoveses tenían todo el dinero de España, y era cosa sabida, por lo que añade que _habían quebrado el banco de su crédito_. En _C_ y _P_: _ginoveses ricos_ por _extranjeros_, que después puso.

[71] Así reprodujo este pensamiento el autor de _La Verdad sospechosa_:

“Yo sé quien tuvo ocasión De gozar su amada bella, Y no osó acercarse a ella Por no ajar un canjilón”.

[72] CORR., 345: _Quien mal pleito tiene, a voces lo mete, o a barato lo mete_.

[73] Por el gentílico _simulacros_ decían _C_ y _P_: _a cuantos santos hay en el cielo_.

[74] _Sin ella, sin culpa_, que dice _C_.

[75] _Alcorzadas_, muy peripuestas, como la alcorza o pasta azucarada, blanca y delicada, con que se bañan y adornan los dulces. QUEV., _Mus._ 7, _r._ 3: “Los Adonis en azúcar | a quien amor alcorzaba”.

[76] _La leña_ de astrolabios y globos, causa de arder en los infiernos. Juan Arias de Loyola y Luis de Fonseca Coutiño fueron matemáticos, que en 1603 creyeron haber hallado el famoso _Punto fijo_.

[77] En _C_: _en una cierra honda_. En _M_ y _P_: _garganta del infierno_.

[78] CORR., 479: “_Revolver caldos._ (Por meter en cuestión y cizaña; _revolvedor de caldos_, el que revuelve y enmaraña pleitos y cosas)”. En _C_: _había querido leer, todos ajuares del infierno. Y las ropas y tocados de los condenados estaban presos con alguaciles: un avariento estaba contando duelos más que dineros._

EL ALGUACIL ALGUACILADO

El licenciado, a quien de mano maestra pinta Quevedo, vivió realmente. Llamábase don Jenaro Andreini, era capellán del conde de Lemos y asistía a la parroquia de San Pedro el Real, de esta Corte. Como viniese en peregrinación a España con el propósito de visitar el sepulcro de Santiago en la capital de Galicia, le vió un deudo del Conde ahuyentar los demonios. Cobróle afición, trájole a Madrid y en breve el italiano logró fama de estupendo exorcista. Sus conjuros frecuentes y exagerados fanatizaron a la plebe, llegando los escándalos a tal punto, que el Santo Oficio tuvo por último que extrañarle de estos reinos. (Carta de Quevedo, fecha en 1640, Archivo de la Inquisición. Castellanos, notas de la edición de Madrid de 1840). Siendo, como se verá, verdaderos demonios o peores los alguaciles, el título equivale a _alguacil endemoniado_ o _demonio alguacilado_. Y de hecho, _El alguacil endemoniado_ es el título en _C_ y _P_. Las figuras que entran en el _Sueño_, y se ven oportunamente distribuidas al margen en la edición de Pamplona (1631), son éstas, copiadas también las anotaciones por el mismo orden que tienen: “Seis géneros de alguaciles malos son como seis géneros de demonios, hipócrita, poetas, poetas de comedias, procuradores, artillero, escribanos, sastre, ciego, enamorados, sepultureros, pasteleros, astrólogos, alquimistas, médicos, mercaderes, ministros malos, necios, aguador, taberneros, mohatreros, venteros, enamorados, aduladores, cornudos, enamorados de viejas, pintura de los demonios, sastres, italiano, reyes, mercaderes, ginoveses, jueces, la justicia y la verdad, hurtar, alguaciles, mujeres, mujeres feas se condenan más que hermosas, mujer vieja, lindo y de zapatos blancos, pobres, diablo que predica y por qué”.

AL CONDE DE LEMOS, PRESIDENTE DE INDIAS

Bien sé que a los ojos de vuecelencia es más endemoniado el autor que el sujeto. Si lo fuere también el discurso, habré dado lo que se esperaba de mis pocas letras, que, amparadas como de dueño de vuecelencia y su grandeza, despreciarán cualquier temor. Ofrézcole este discurso del _Alguacil alguacilado_: recíbale vuecelencia con la humanidad que me hace merced, así yo vea en su casa la sucesión que tanta nobleza y méritos piden.

Esté advertido vuecelencia que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los hechiceros, los cuales por esta orden divide Psello en el capítulo 2.º del _Libro de los demonios_[79], son los mismos que las órdenes en que se distribuyen los alguaciles malos. Los primeros llaman leliureones, que quiere decir ígneos; los segundos, aéreos; los terceros, terrenos; los cuartos, acuátiles; los quintos, subterráneos; los sextos, lucífugos, que huyen de la luz. Los ígneos son los criminales, que, a sangre y a fuego, persiguen los hombres. Los aéreos son los soplones, que dan viento. Ácueos son los porteros, que prenden por si vació o no vació sin decir _agua va_, fuera de tiempo, y, son ácueos, con ser casi todos borrachos y vinosos. Terrenos son los civiles que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra. Lucífugos, los rondadores, que huyen de la luz, debiendo la luz huir dellos. Los subterráneos, que están debajo de tierra, son los escudriñadores de vidas y fiscales de honras y levantadores de falsos testimonios, que debajo de tierra sacan qué acusar y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos.

NOTAS:

[79] _Ex Michale Psello de Daemonibus, interpres Marsillius Fecinus._ Venetiis, M.D.XVI. El ejemplar que hemos tenido a la vista, de la biblioteca de San Isidro, se ve apostillado, acaso por Quevedo. La letra se parece a la de sus juveniles años.

AL PÍO LECTOR

Y si fueres cruel, y no pío, perdona. Que este epíteto natural del pollo has heredado de Eneas[80], de quien desciendes. Y en agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo. Los unos que, por hallarse ignorantes, no escriben, y éstos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haberse conocido. Otros, que no comunican lo que saben; a éstos se les ha de tener lástima de la condición y envidia del ingenio, pidiendo a Dios que les perdone lo pasado y les enmiende lo por venir. Los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas; éstos merecen reprensión, pues, si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie; si de ignorantes, ¿cómo pueden decir mal, sabiendo que si lo dicen de lo malo lo dicen de sí mismos? Y si del bueno, no importa, que ya saben todos que no lo entienden. Esta razón me animó a escribir el _Sueño de las calaveras_ y me permitió osadía para publicar este discurso. Si le quieres leer, léele, y si no, déjale, que no hay pena para quien no le leyere. Si le empezares a leer y te enfadare, en tu mano está con que tenga fin donde te fuere enfadoso. Sólo he querido advertirte en la primera hoja que este papel es sólo una reprensión de malos ministros de justicia, guardando el decoro que se debe a muchos, que hay loables por virtud y nobleza, poniendo todo lo que en él hay debajo la corrección de la Iglesia romana y ministros de buenas costumbres.

NOTAS:

[80] _Eneas_, a quien Virgilio apoda siempre _pío_, _pius_, por haber cumplido con la religión y deberes que debía a sus antepasados, trayendo a tanta costa suya, hasta Italia, sus venerandas cenizas. Que tal fué el valor de _pius_. _De quien desciendes_, por el mocosuena del _pío_, calificativo que suele darse al lector en los prólogos.

DISCURSO

Fué el caso que entré en San Pedro a buscar al licenciado Calabrés, hombre de bonete de tres altos[81], hecho a modo de medio celemín, ojos de espulgo[82], vivos y bulliciosos, puños de Corinto, asomo de camisa por cuello, mangas en escaramuza y calados de rasgones, los brazos en jarra y las manos en garfio[83]. Habla entre penitente y diciplinante, los ojos bajos y los pensamientos tiples; la color, a partes hendida y a partes quebrada, muy tardón[84] en las respuestas y abreviador en la mesa; gran lanzador de espíritus, tanto, que sustentaba el cuerpo con ellos[85]. Entendíasele de ensalmar, haciendo al bendecir unas cruces mayores que las de los malcasados. Hacía del desaliño humildad[86], contaba visiones, y, si se descuidaban a creerle, hacía milagros que me cansó.

Éste, señor, era uno de los sepulcros hermosos, por de fuera blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos; fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia. Era, en buen romance, hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz. Halléle solo[87] con un hombre, que, atadas las manos y suelta la lengua, descompuestamente daba voces con frenéticos movimientos.

--¿Qué es esto?--le pregunté espantado.

Respondióme:

--Un hombre endemoniado.

Y, al punto, el espíritu respondió:

--No es hombre, sino alguacil. Mirad cómo habláis, que en la pregunta del uno y en la respuesta del otro se ve que sabéis poco. Y se ha de advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala gana, por lo cual, si queréis acertarme, debéis llamarme a mí demonio enaguacilado, y no a éste alguacil endemoniado, y avenisos mejor los hombres con nosotros que con ellos, si bien nuestra cárcel es peor, nuestro agarro, perdurable[88]. Verdugos y alguaciles malos parece que tenemos un mismo oficio, pues, bien mirado, nosotros procuramos condenar y los alguaciles también; nosotros, que haya vicios y pecados en el mundo, y los alguaciles lo desean y procuran, al parecer, con más ahinco, porque ellos lo han menester para su sustento y nosotros para nuestra compañía. Y es mucho más de culpar este oficio en los alguaciles que en nosotros, pues ellos hacen mal a hombres como ellos y a los de su género, y nosotros no[89]. Fuera desto, los demonios lo fuimos por querer ser como Dios, y los alguaciles son alguaciles por querer ser menos que todos[90]. Persuádete que alguaciles y nosotros somos de una profesión, sino que ellos son diablos con varilla, como cohetes, y nosotros alguaciles sin vara, que hacemos áspera vida en el infierno[91].

Admiráronme las sutilezas del diablo. Enojóse Calabrés, revolvió sus conjuros, quísole enmudecer, y no pudo, y al echarle agua bendita comenzó a huir y a dar voces, diciendo:

--Clérigo, cata que no hace estos sentimientos el alguacil por la parte de bendita, sino por ser agua. No hay cosa que tanto aborrezca, pues si en su nombre se llama _alguacil_, es encajada una _l_ en medio[92]. Yo no traigo corchetes[93] ni soplones ni escribanito. Quítenme la tara[94] como al carbón y hágase la cuenta entre mí y el agarrador. Y porque acabéis de conocer quién son y cuán poco tienen de cristianos, advertid que de pocos nombres que del tiempo de los moros quedaron en España, llamándose ellos merinos[95], le han dejado por llamarse alguaciles. Que alguacil es palabra morisca. Y hacen bien, que conviene el nombre con la vida y ella con sus hechos.

--Eso es muy insolente cosa oírlo--dijo furioso mi licenciado--, y, si le damos licencia a este enredador, dirá otras mil bellaquerías y mucho mal de la justicia, porque corrige el mundo y le quita con su temor y diligencia las almas que tiene negociadas.

--No lo hago por eso--replicó el diablo--, sino porque ése es tu enemigo, que es de tu oficio[96]. Y ten lástima de mí y sácame del cuerpo déste, que soy demonio de prendas y calidad y perderé después mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías.

--Yo te echaré hoy fuera--dijo Calabrés--, de lástima de ese hombre, que aporreas por momentos y maltratas: que tus culpas no merecen piedad ni tu obstinación es capaz della.

--Pídeme albricias--respondió el diablo--si me sacas hoy. Y advierte que estos golpes que le doy y lo que le aporreo, no es sino que yo y él reñimos acá sobre quién ha de estar en mejor lugar y andamos a _más diablo es él_.

Acabó esto con una gran risada: corrióse mi buen licenciado y determinóse a enmudecerle. Yo, que había comenzado a gustar de las sutilezas del diablo, le pedí que, pues estábamos solos, y él, como mi confidente, sabía[97] mis cosas secretas, y yo como amigo, las suyas, que le dejase hablar, apremiándole sólo a que no maltratase el cuerpo del alguacil. Hízose así, y al punto dijo:

--Donde hay poetas, parientes tenemos en corte los diablos, y todos nos lo debéis por lo que en el infierno os sufrimos: que habéis hallado tan fácil modo de condenaros, que hierve todo él en poetas. Y hemos hecho una ensancha[98] a su cuartel, y son tantos, que compiten en los votos y elecciones con los escribanos. Y no hay cosa tan graciosa como el primer año de noviciado de un poeta en penas, porque hay quien le lleva de acá cartas de favor para ministros, y créese que ha de topar con Radamanto y pregunta por el Cerbero y Aqueronte, y no puede creer sino que se los esconden.

--¿Qué géneros de penas les dan a los poetas?--repliqué yo.

--Muchas--dijo--y propias. Unos se atormentan oyendo alabar las obras de otros, y a los más es la pena el limpiarlos. Hay poeta que tiene mil años de infierno y aun no acaba de leer unas endechillas a los celos. Otros verás en otra parte aporrearse y darse de tizonazos sobre si dirá faz o cara. Cuál, para hallar un consonante no hay cerco[99] en el infierno que no haya rodado mordiéndose las uñas. Mas los que peor lo pasan y más mal lugar tienen son algunos poetas de comedias, por las muchas reinas que han hecho, las infantas[100] de Bretaña que han deshonrado, los casamientos desiguales que han efetuado en los fines de las comedias y los palos que han dado a muchos hombres honrados por acabar los entremeses. Mas es de advertir que los poetas de comedias no están entre los demás, sino que, por cuanto tratan de hacer enredos y marañas, se ponen entre los procuradores y solicitadores, gente que sólo trata deso.

Y en el infierno están todos aposentados así. Que un artillero que bajó allá el otro día, queriendo que le pusiesen entre la gente de guerra, como al preguntarle del oficio que había tenido dijese que hacer tiros en el mundo, fué remitido al cuartel de los escribanos, pues son los que hacen tiros[101] en el mundo. Un sastre, porque dijo que había vivido de cortar de vestir[102], fué aposentado con los maldicientes. Un ciego, que quiso encajarse con los poetas, fué llevado a los enamorados, por serlo todos. Los que venían por el camino de los locos[103], ponemos con los astrólogos, y a los por mentecatos, con los alquimistas.

Uno vino por unas muertes, y está con los médicos. Los mercaderes que se condenan por vender, están con Judas. Los malos ministros, por lo que han tomado, alojan con el mal ladrón. Los necios están con los verdugos. Y un aguador, que dijo había vendido agua fría, fué llevado con los taberneros. Llegó un mohatrero tres días ha, y dijo que él se condenaba por haber vendido gato por liebre, y pusímoslo de pies con los venteros, que dan lo mismo. Al fin, el infierno está repartido en estas partes.

--Oíte decir antes de los enamorados, y por ser cosa que a mí me toca, gustaría saber si hay muchos.

--Mancha es la de los enamorados--respondió--que lo toma todo, porque todos lo son de sí mismos: algunos, de sus dineros; otros, de sus palabras; otros, de sus obras, y algunos, de las mujeres. Y destos postreros hay menos que de todos en el infierno, porque las mujeres son tales, que, con ruindades, con malos tratos y peores correspondencias les dan ocasiones de arrepentimiento cada día a los hombres. Como digo, hay pocos déstos; pero buenos y de entretenimiento, si allá cupiera[104]. Algunos hay que en celos y esperanzas amortajados y en deseos, se van por la posta[105] al infierno, sin saber cómo ni cuándo ni de qué manera.