Part 9
--Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío añadió Víctor Ouvrard--. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el sello en el contrato.
--¿De modo que han quedado todos los puntos resueltos?
--Todos.
--¿Y el ministro de la Guerra?
--El mariscal Víctor--dijo Ouvrard--está enfermo de gota, y grita á todas horas furioso que mi tío es un ladrón y que quiere quedarse con todo el dinero de la administración militar.--Y es posible que sea verdad.
--¡Vaya un buen sobrino!--exclamó el ayudante de Tirlet.
--Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad--contestó Víctor Ouvrard.
--¿Amigo de quién?--preguntó la bailarina.
--De Platón... un banquero--dijo el ayudante de Tirlet, riendo.
--¿Rico?
--Muy rico.
--Me gustaría conocerle.
--Es incorruptible.
--¡Bah!
--Esos españoles lo están haciendo mal--exclamó Vieuzac.
--Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los frailes--repuso el ayudante.
--Se hará lo posible para impedirlo--dijo Vieuzac--. Mientras el ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes violencias.
--En fin, poco importa--exclamó el ayudante--nos pegaremos con los españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón, cierto; pero el militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá ascensos y condecoraciones.
Tras de este intermedio político los comensales volvieron á su conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron el comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir.
Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la calle.
Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la calle de los Vascos y llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito, aparejado.
Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron inmediatamente camino de la frontera.
V.
EN EL CAMINO
Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía mucha sangre y el tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso; el sol brillaba en los campos.
Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, que salían á las ventanas y reían, y las echaba besos.
--Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona--, dijo de pronto Pedro.
--No. ¿Qué pasó?--preguntó Aviraneta.
--Pues nada: una manifestación de hostilidad entre los liberales y el ejército.
--Cuenta eso.
--Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa, llamada _El interior de mi estudio_, en que se habla de la paz conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos. Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco, se levantó y gritó: _A la porte la canaille!_ Nosotros contestamos, gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!
--Los militares se echarían sobre vosotros.
--Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse de allí.
--¿Usted es francés?--me preguntó luego, con un acento muy cómico.
--No, soy español.
--¡Ah, es usted español!
--Sí.
--¿Castellano?
--No, navarro.
--¿Realista?
--Republicano.
El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de ámbar que llevaba.
--¿De manera que es usted republicano?
--Sí, señor.
--Yo soy realista.
--Peor para usted.
--Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas.
--Yo no lo comprendo--le dije.
--Es posible que haya usted oído hablar de mí--añadió el gordo, amablemente.
--Creo que no.
--Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero.
Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy honrado, le traté con respeto y nos hemos hecho amigos.
El joven Beunza se consideraba á sí mismo como hombre á quien preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le iban los ojos tras de las muchachas que pasaban.
En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San Juan de Luz y Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas preparándose para atravesar la frontera.
Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur, el jefe político de Guipúzcoa.
Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió un oficio al ministro y otro al gobernador de San Sebastián.
Poco después el correo salía al galope.
Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontró con el _Lobo_.
--¿Qué hay?--le dijo--¿Está usted aquí?
--Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é italianos. Yo he venido con ellos de San Sebastián.
--¿Cuántos hay?
--Ciento y tantos.
--¿Nada más?
--Nada más.
--Mal negocio.
--Sabe usted que el jefe le conoce á usted.
--¿A mí?
--Sí.
--¿Quién es?
--Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...
--Sí; vamos.
El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del puente de Behovia, roto por entonces.
Había por allí varios grupos de paisanos y de militares con uniformes del tiempo de Bonaparte.
Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal de la época: levitón largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastón de junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de cuero.
El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el _Lobo_, señalando á uno de los militares, dijo:
--Ese es el jefe.
Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.
Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del francés.
--Usted siempre en la hora del peligro--dijo Fabvier.
Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser el general Lallemand.
El barón explicó á Aviraneta su proyecto.
Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.
--Si le puedo servir en algo, mándeme usted--dijo Aviraneta.
--Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré para que se acerque.
--Bueno, voy en seguida.
Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen Portu, se embarcó.
VI.
EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES
El batallón de los Hombres libres, así se llamaba aquel puñado de ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y difícil gestación.
Habían esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil hombres, con armas, entre franceses é italianos liberales. Esta tropa se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.
Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa tenían orden del Gobierno español de ayudarlos.
El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres libres fué una compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y algunos napolitanos.
Mandaba esta compañía el capitán de artillería Nantil, hombre de cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del Meurthe, bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado asalto del castillo de Vincennes.
Este complot se fraguó en París antes de la constitución del carbonarismo.
Habían ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes; después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus regimientos de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la conspiración Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de alta graduación, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del movimiento en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan, Nantes y Corcelles Lyon.
La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, un polvorín de este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la policía militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon.
Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y estuvo estudiando durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barón de Condé.
Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta hombres, la bandera tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de 1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! y alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi todos eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas.
Este grupo marchó camino de Tolosa.
Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba á San Sebastián, en compañía de Fabvier.
Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo á consecuencia del falso complot preparado por la policía y uno de los jefes más importantes de los carbonarios.
Fabvier era el que aparecía como organizador y hombre de empuje de los liberales desde la ejecución de los sargentos de la Rochela.
El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º de Abril, fué Tolosa; pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún.
El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de los militares que había salido de París, con su uniforme de oficial bonapartista metido en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y el mismo Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos.
El peligro que asustaba al Gobierno francés era bien pequeño.
El batallón de los hombres libres marchaba muy despacio y tenía bastante menos fuerza de lo que aparentaba.
Se había mandado aviso, por las ventas carbonarias, á Cugnet de Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; pero no se estaba muy seguro de que hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en San Sebastián.
Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon.
Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillería cultos, era republicano, demócrata y partidario de la gente civil.
Esto separaba mucho á los republicanos de los bonapartistas, pues aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general enemigos de los hombres civiles.
Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo con el general Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también complicado en el asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.
Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, tampoco. Se vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban, apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre militares y carbonarios.
El último día apareció el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido un fracaso. Este general había iniciado una suscripción para formar una colonia, en América, suscripción que no se llevó á cabo porque los liberales comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales liberales y bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos.
Al volver á Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se presentó en seguida en la frontera española.
Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batallón de los Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San Sebastián.
En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo dificultades para alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron, y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron como alojados á los italianos.
El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió á Irún.
Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau, Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.
Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron había recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el primer cuerpo de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.
El día 5, por la noche, se decidió que el batallón de los Hombres libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas francesas.
El gobernador militar de San Sebastián envió al campo atrincherado de Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á los franceses de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.
El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la cabeza del puente destruído del Bidasoa.
Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba el 9.º regimiento de Infantería ligera y de Artillería de campaña.
A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillería Tirlet fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las órdenes al general Vallin para que estableciera un puente de barcas.
El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo, y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para instalar los pontones.
Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se acercaron á la orilla española, en observación.
Aviraneta, Beunza, Cadet y el _Lobo_, en las barcas, fueron acercándose á Behovia.
Era ya media tarde cuando apareció el grupo de bonapartistas y carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas francesas y á darse á conocer.
--¡Ahora vamos!--gritaron los de la orilla española.
--¡Sí, venid!--contestaron los soldados que trabajaban al otro lado.
En esto, los carbonarios se pusieron á cantar _La Marsellesa_ y á agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron por la superficie tranquila del río.
Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se acercaran á la cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vió avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo.
Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; los artilleros obedecieron, y sonaron dos estampidos.
--¡Viva el Rey!--gritó el general.
--¡Viva!--contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.
Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había alcanzado á nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron, agitando la bandera tricolor:
--¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!
--¡Retiraos, miserables!--oyó Aviraneta que vociferaba el general.
--¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!--contestaron los hombres libres.
Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar los cañones, y se hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron muertos en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.
El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le presentó el cabecilla español el _Trapense_ solicitando permiso para pasar el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los carbonarios.
Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose llevar en las barcas por la corriente; pero de la orilla francesa les habían apercibido, y les intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro.
Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas balas que podían disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla francesa.
La partida del _Trapense_ quería pasar en las mismas barcas preparadas para los carbonarios.
No hubo más remedio que conformarse.
El _Trapense_ venía montado en un caballo tordo, y cerca de él iba su amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara.
El _Trapense_ entró con Josefina en la lancha.
Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos negros brillantes, melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño.
Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de bandolero de teatro. Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul, con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.
En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado.
En vez de espada empuñaba un látigo.
Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo sentada al lado de Aviraneta.
Era esta dama realista una mujer seductora: tenía los ojos azules, la tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era muy esbelto.
Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de oro, y una insignia de plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tomó una actitud desafiadora y orgullosa.
Beunza la estuvo contemplando con gran atención.
--Lástima que le guste ese frailazo--dijo en vascuence; y uno de los remeros, al oirlo, se echó á reir.
Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el crucifijo, y lo dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido allá.
Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas, á ocupar Behovia.
Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dejó llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún.
Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intención de volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó en compañía de un pescador que llamaban el _Arranchale_, un francés apodado _Nación_ y el _Lobo_.
En Irún se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema, y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San Sebastián á pie.
VII.
HUYENDO
Aviraneta y el _Lobo_, con los dos hombres de las barcas, _Arranchale_ y _Nación_, tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba obscura, no se veía una luz en todo el campo.
Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba seca.
Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días anteriores.
Al amanecer se despertó el _Lobo_, llamó á los compañeros y salieron de la borda.
La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes.
Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francés, _Nación_, era un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo brutal. Era del Norte, vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados y un anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hundía el dedo pulgar. _Nación_ consideraba España y el Mediodía de Francia como países salvajes.
Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habló únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al parecer eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones. Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio.
El _Arranchale_, por el contrario de _Nación_, no conocía más que su país, y no sabía hablar más que vascuence. El _Arranchale_ no entendía de política ni sabía lo que querían los liberales ni los realistas: para él, unos y otros peleaban por fantasía. El _Arranchale_, unos años antes, había dejado de ser marinero y se había hecho labrador; pero su mala suerte le indujo á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en donde los blancos y los negros siempre tenían que parar á reñir y á llevarse después lo que hubiera.
Entonces el _Arranchale_ había dejado su mujer y dos hijos en casa de la suegra, y andaba de un lado á otro trabajando en Francia ó España, siempre en el país vasco á pocas leguas de su casa.
El _Arranchale_ no se atrevía á alejarse mucho porque á una pequeña distancia de su pueblo ya se sentía extranjero.
Era el _Arranchale_ fuerte, membrudo, sonriente y ágil como un mono. Charlando, pasaron por delante de la bahía de Pasajes, que brillaba como un lago al sol, y se acercaron á San Sebastián.
La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequeña península, unida á tierra por arenales, pero en aquel momento de marea alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y sus cubos.
Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de barcas, se acercaron á la puerta de Tierra y entraron en la plaza.
Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador y el Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas medidas: mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.
Siete presbíteros de los presos aquel día fueron después fusilados y arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.
Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el paso de los soldados de la Fe con el _Trapense_ á la cabeza.
--No conocía estos detalles--dijo el brigadier Peña--; el fracaso de la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos mismos.
--¿Han quedado aquí los carbonarios?--preguntó Aviraneta.
--Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto Wilson.
--¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas condiciones?
--No del todo--contestó el brigadier--. Es una lástima que le quitaran á Torrijos el mando de las provincias vascas.
--¿Lo llevaba bien?
--Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió el mando de este distrito al general Ballesteros.
--Que no hace nada.
--¡Nada!
--Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.
--Lo estamos llevando esto muy mal--dijo amargamente el brigadier Peña--; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros. Vamos á morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.
--¿El jefe político ha resignado el mando?
--Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el de Vizcaya, se han reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don Gaspar de Jáuregui, el _Pastor_.
--¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?--preguntó Aviraneta.
--Sí. Resistiré.
--¿Están bien las murallas?
--Sí. Las veremos si usted quiere.
--Sí, vamos.
Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos medios.