Los Recursos de la Astucia

Part 10

Chapter 103,742 wordsPublic domain

Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier Peña, y éste le dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían tomado las lomas próximas al convento de San Bartolomé.

--Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa.

--Mañana me iré.

--Mañana estaremos bloqueados.

--Pero se podrá salir por mar.

--Sí, eso sí.

--Entonces no importa.

--¿A qué hora piensa usted salir?

--A la madrugada.

--Bueno, yo daré orden de que le abran.

Al día siguiente, Aviraneta, el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_ esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.

Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal como sombras.

En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al muelle, el _Arranchale_ habló con un pescador y poco después los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto, pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon hacia Orio.

El _Arranchale_ estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela, riéndose.

--Aquí, aquí cerca--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta--encontramos una ballena hace unos años.

--¡Una ballena tan cerca!

--Sí. E intentamos cogerla.

--¿Y la cogisteis?

--No.

--¿Y cómo fué?

--Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré. Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.

Al concluir su narración, el _Arranchale_ se echó á reir. El _Lobo_, aunque no le entendía, se rió también. _Nación_ refunfuñó diciendo á Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no aquella jerga endiablada.

Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió hablando con el _Arranchale_, cuya alegría era comunicativa.

Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona, Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.

Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.

En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir el restablecimiento de la inquisición.

En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias _Francho Berri_, Juan Villanueva (Juanito el de la _Rochapea_), Fernández el (_Pastor_), Castor Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra.

Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.

El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema.

Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.

Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las tropas del _Trapense_ fusilaron en Julio de 1823.

Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.

Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.

VIII.

DON JULIAN SANCHEZ

El Gobierno español había intentado organizar sus fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército: Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.

De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.

Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin, excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.

De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la libertad.

Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el _Salamanquino_, estaba en Logroño.

Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.

En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios tomaban la defensa de la Constitución con calor.

Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.

Aviraneta, con el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_, llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional, Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de Aviraneta.

Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y liberal acérrimo.

Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de guerrilleros que formaba la partida del _Hereje_, que procedía de los pueblos de la orilla del Ebro.

La partida del _Hereje_ se distinguía por su radicalismo. El nombre del _Hereje_ tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la barca.

--¿Cuánto es?--le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero.

El _Hereje_ contó todos los santos que llevaba, y dijo:

--A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.

El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar como una de persona, y añadió que no pagaba. El _Hereje_ cogió la cesta con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.

El _Hereje_ era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y atrevido.

Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos.

En períodos normales, la partida del _Hereje_ había estado varias veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera echar mano, y la partida del _Hereje_ tenía libertad de acción.

Aviraneta, Arana y el _Hereje_ intentaron inflamar el espíritu público, y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado. Todo el mundo estaba desalentado, cansado.

Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.

A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.

Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara hacia Soria.

La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal. Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la Independencia:

Cuando don Julián Sánchez monta á caballo se dicen los franceses: "Ya viene el diablo".

Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y tranquilo.

Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las providencias que se podían tomar.

Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.

El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que se fortificaron con cuerdas y alambres.

Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo entraría en la ciudad.

Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo.

Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había posibilidad de detener á los franceses muchos días.

Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño.

Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los franceses por los vados.

El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el batallón de Infantería de línea y los milicianos.

El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la ciudad.

El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso recibir.

Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.

Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses durante toda la mañana y parte de la tarde.

Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa jinetes.

La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió rápidamente por las filas constitucionales.

En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose, la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda puerta y la abrió.

Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una carga contra los españoles.

Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero.

Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna.

--Al camino de Soria--gritó el _Hereje_ á Aviraneta.

Aviraneta, el _Lobo_, algunos otros milicianos y los de la partida del _Hereje_ se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado, disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo de ira. Aviraneta y los del _Hereje_ tuvieron que escapar subiendo á la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á _Arranchale_ y á _Nación_ montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el _Lobo_ se acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la carretera de Islallana.

A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios milicianos, y media docena de hombres de la partida del _Hereje_.

Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron que no.

Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los montes.

Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al _Hereje_.

Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.

Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y espumoso.

Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como trincheras naturales, dominaban el camino.

Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor. Aviraneta y el _Lobo_ compraron por diez duros, cada uno, dos caballos que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de ellos.

Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la desbandada.

Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le dispersaron sus fuerzas.

Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.

IX.

AVIRANETA EN EL CONVENTO

Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.

El _Arranchale_, _Nación_, el _Lobo_ y un muchacho riojano de la partida del _Hereje_, á quien llamaban el _Estudiante_, decidieron seguirle.

Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo, pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en ellos.

Dos ó tres veces se comisionó al _Estudiante_ para que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.

--Oiga usted, capitán--dijo de pronto el _Estudiante_.

--¿Qué hay?--preguntó Aviraneta.

--¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?

--No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.

--Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.

--¿En dónde?

--En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.

--¡Bah! No importa.

--Entonces vamos allá.

Se puso el _Estudiante_ á la cabeza del grupo y los demás marcharon tras él.

El _Estudiante_ era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.

La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos.

Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.

Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar entrar.

Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el _Estudiante_. Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.

Se decidió que Aviraneta y el _Estudiante_ entraran en el lugar, y que el _Arranchale_, _Nación_ y el _Lobo_ quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.

Aviraneta y el _Estudiante_ subieron por una rampa á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.

En aquel instante no había en ella nadie.

Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres altísimas y grandes remates barrocos.

Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.

Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.

En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran pilón redondo.

El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en aquel momento en el pueblo.

Aviraneta y el _Estudiante_ entraron por una calle de casas grandes, ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en cuesta.

A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo. Era el convento.

Se acercó el _Estudiante_ á una puerta pequeña y verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.

--Ave María Purísima.

--Sin pecado concebida.

--Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted?

--Bien, ¿y usted?

--Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?

--Sí; creo que sí.

Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno en el fondo.

Se avisó á Sor Maravillas, y el _Estudiante_ pasó al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.

Luego el _Estudiante_ le contó que había venido con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la señora Benita. La señora Benita era la guardiana.

--Ya se lo diré á la superiora--dijo Sor Maravillas.

Poco después volvió diciendo que podían quedarse.

El _Estudiante_ piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.

--Ahora quédese usted aquí--dijo el _Estudiante_--yo iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.

Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita subió á un cuarto alto con un balcón corrido.

Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y las rentas que tenían.

Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras, como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.

A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la superficie del país.

A las nueve apareció el _Estudiante_ con el _Lobo_, _Nación_ y el _Arranchale_. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en una cuadra.

Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más que un catre con dos colchones.

Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no tenían espacio. _Nación_ comenzó á refunfuñar.

--Aquí debe haber un desván muy hermoso--dijo el _Estudiante_.

Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que la puerta estaba cerrada.

--¿No se podría entrar por otra parte?--preguntó Aviraneta.

--Por el tejado quizás.

--Veamos cómo.

El _Estudiante_ indicó por dónde se podía ir.

Aviraneta explicó al _Arranchale_ lo que decía. Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había un camaranchón magnífico.

_Nación_ no se decidió al escalo. Aviraneta y el _Lobo_ siguieron al _Arranchale_ y salieron á un desván grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.

Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el _Estudiante_ y _Nación_.

Todos, menos el _Estudiante_ y Aviraneta, se trasladaron al desván, y decidieron pasar unos días allá para descansar.

El _Estudiante_ llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.

La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el _Estudiante_, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.

Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le vendaron la pierna.

Por la tarde, Aviraneta y el _Estudiante_ visitaron á las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste, menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros, brillantes, y cara ojerosa.

La historia de Sor Maravillas era tragicómica.