Part 11
Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no, que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.
Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se retiró en compañía del _Estudiante_.
Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el _Estudiante_ entraron en el desván; _Nación_, el _Arranchale_ y el _Lobo_, habían dado por una escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.
El _Estudiante_ se alarmó porque dijo que la falta se la iban á atribuir á él; _Nación_ le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.
Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada dejar el pueblo.
X.
DE NÁJERA Á ARANDA
No conocía el _Estudiante_ muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en Nájera.
Entraron Aviraneta y el _Estudiante_ en el pueblo, y un linternero chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien. Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.
A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á marchar en seguida.
Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.
Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del pueblo.
El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.
Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta que en la revuelta del camino la perdieron de vista.
Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino de Salas.
Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el _Lobo_ un mesón amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.
* * * * *
Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y viento que duró varios días.
El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo, y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la gente de aquel pueblo.
Entre el _Arranchale_ y _Nación_ robaron un cordero, lo mataron y lo asaron.
Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.
Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme violencia.
Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron adelante.
Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.
El _Lobo_ llevó al _Estudiante_ y á _Nación_ á su antigua casa, y Aviraneta á la suya al _Arranchale_.
Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle.
Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.
--Viene usted á tiempo--le dijo éste.
--Pues, ¿qué pasa?
--Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado á sus casas; el _Lobo_ y dos ó tres más han ido á reunirse con el Empecinado.
--Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?
--Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.
--¿De manera que aquí no podemos hacer nada?
--Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la disciplina: imposible.
--Entonces, vámonos.
--Cuando usted quiera--dijo Diamante--¡Antes si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.
--No, no vale la pena--dijo Aviraneta--. Una gota más ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan caballos de la Milicia?
--Sí; cuatro ó cinco.
--¿Hay armas?
--Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.
--Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si es posible, saldremos todos para Valladolid.
--Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos atacaran.
--Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir.
--Bueno.
Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la proximidad de la invasión francesa, y se separaron.
XI.
EL ESPÍA DE ROA
Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento de Peñaranda, á quien llamaban el _Fraile_, y que era tipo de mala catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían.
El _Cómico_ era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes, con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.
Su compañero el _Fraile_, más repulsivo, era un hombre grueso y grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.
Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera imaginarse.
Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres á caballo. Diamante y el _Lobo_ llevaban sable; los demás no tenían armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.
A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.
--¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?--le preguntó el _Estudiante_.
--Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.
--¿Hay que entrar en el pueblo?--dijo Aviraneta.
--No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.
Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.
El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación con los milicianos.
Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.
Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos, y cuando concluyeron era ya de noche.
Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el _Fraile_, _Nación_ y los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.
El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la posada del _Trigueros_, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter los caballos.
Dejaron los caballos y fueron á la posada del _Trigueros_.
Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á un patio y á un corral.
La posada del _Trigueros_ era un mesón grande, sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.
Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un aire entre misterioso y amenazador.
Algunos, y sobre todo el _Fraile_ y el _Estudiante_, comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo que le decían con frases que no venían á cuento.
La rivalidad entre el _Fraile_ y el _Estudiante_ ante la criada hizo que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el _Estudiante_ llamara Paternidad varias veces al _Fraile_, y que éste quisiera tirar un plato á la cabeza del _Estudiante_. Aviraneta intentó cortar la disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y quedarse allí á dormir.
El patrón de la posada, el _Trigueros_, se acercó varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando junto á ella.
Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:
--Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?
--¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos?
--¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?
--Qué sé yo.
--¿Es usted el alcalde del pueblo?--le preguntó á su vez Aviraneta.
--Decía si eran ustedes milicianos.
--Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.
El _Trigueros_ comprendió que no le querían contestar, y replicó con cierta sorna amenazadora:
--Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.
--¿Dónde es aquí?
--En el pueblo.
--¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?
--¿Aquí? Ninguno.
--¿Les gustará más Merino?
--Claro.
--Como cura. Es natural.
--Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad?
--¿Por qué no?
--¡Como dicen que son ustedes milicianos!
--¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!
El _Trigueros_, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué de allá.
Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una fama siniestra entre los liberales.
Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando. El _Estudiante_ y el _Fraile_ siguieron batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada.
El _Lobo_ tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar.
Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo del _Lobo_.
Aviraneta se despidió del _Lobo_ y volvió á la plaza Mayor.
La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar.
Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas, no eran para tranquilizar á nadie.
Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.
Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces. Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que fragmentos de frases sin ilación.
Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.
En el pasillo de la posada del _Trigueros_ encontró al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.
Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que arriba.
Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y el _Fraile_, el _Cómico_, el _Estudiante_ y _Nación_ se apoderaron de ellas por medio de una propina que dieron á la criada.
En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.
Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El _Arranchale_ y Aviraneta disponían de la alcoba y del lienzo de los catres.
El _Arranchale_ roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se alarmaba.
Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.
Con la corriente de aire el _Arranchale_ se despertó:
--¿Qué hay?--dijo en vascuence.
Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El _Arranchale_ no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.
El corral tenía una puerta á la carretera. El _Arranchale_ cogió del suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.
--Sosténgalo usted--le dijo á Aviraneta.
Aviraneta lo sostuvo, y el _Arranchale_ subió por el palo y ató la punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana. Hecha la maniobra, el _Arranchale_ entró en el cuarto con tres garrotes que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.
Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del _Trigueros_.
Si se hubiera encontrado solo con el _Arranchale_ y con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera marchado.
Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de suspicaz.
Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por el _Arranchale_ del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre.
XII.
LA ENCERRONA
Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.
El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho perder tiempo, quedarse en la posada del _Trigueros_ y dejar los caballos en una cuadra lejana.
Este hombre, conocido por el _Zocato_, porque era zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios realistas.
La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más violento y decisivo.
Entre estos estaban el _Zocato_, un lugarteniente de Abad, llamado Gregorio González y apodado el _Buche_, y un cura joven que se distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban el _Capillitas_.
El _Zocato_, el _Buche_ y el _Capillitas_ hablaron á su gente, se encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir y á esperar el momento.
A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres, se acercaron á la posada del _Trigueros_ cantando la _Pitita_ y el _Serení_. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la casa.
Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.
Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que llamaban la Pitita:
Pitita, bonita, con el pío, pío, pon. ¡Viva Fernando y la Religión!
--Nos querrán dar una cencerrada--pensó Aviraneta, y se levantó á tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas, abrió la ventana.
Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro ó cinco trabucazos, y una lluvia de metralla pasó alrededor de Aviraneta. No le dió ni una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares. El _Arranchale_ había saltado inmediatamente de la cama al oír los estampidos.
Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.
El _Arranchale_, Aviraneta, y después Diamante y Valladares, bajaron rápidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo.
--¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran los negros!--gritaban desde fuera.
Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y entre ellas el _Zocato_.
Aviraneta dijo en voz baja:
--¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera detenernos hay que matarlo.
Diamante tenía su sable; Valladares, el _Arranchale_ y Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.
Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil, porque pronto les dió alcance.
Aviraneta gritó:
--¡Media vuelta!
Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían.
Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la garganta de otro.
Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían qué hacer.
Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.
Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de ellos era el _Estudiante_, que había escapado no sabía cómo, medio desnudo y lleno de heridas; el otro, el _Lobo_, á quien habían ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.
El _Estudiante_ dijo que á _Nación_, al _Fraile_ y al _Cómico_ los habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después, al _Fraile_ le habían vaciado los ojos y al _Cómico_ le habían mutilado.
Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus compañeros se fijaron en ello.
Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué terrible. Tenían delante al _Buche_, al _Capillitas_, al _Zocato_ y al _Trigueros_, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos, los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.
El _Arranchale_, sin saber cómo, desapareció. El _Estudiante_, loco de cansancio y de terror, se echó á los pies del _Capillitas_ pidiendo perdón, pero éste no estaba para perdones.
--No, no, os vamos á fusilar á todos.
--¡A todos, á todos!--dijeron los demás.
--Va usted á fusilar á un oficial de Merino--dijo Aviraneta.
--¿Quién es?
--Yo.
--¡Hombre! Pues no me importa nada, monín--dijo el _Capillitas_--. Te contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo antes sino ahora que defiende la religión.
A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio, Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y monín.
--Este es el jefe--dijo el _Trigueros_ mostrando á don Eugenio--el amigo del Empecinado.
--Lo tendremos en cuenta--exclamó el _Capillitas_--. Conque señores, como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.
--Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú--dijo Aviraneta--. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme las botas.
Dos hombres del _Buche_ se acercaron á Aviraneta.
--Dejadle, dejadle--dijo el cura--; le calentaremos los pies para que se amanse. ¿Y usted?--preguntó el cura á Diamante.
--Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me vas á asustar á mí? A mí con amenazas.
--Otro candidato al fuego--repuso el cura.
El _Lobo_ no dijo nada. El _Estudiante_ y Valladares asintieron á la confesión, y el primero se aproximó al cura, llorando.
El _Capillitas_ se alejó de los demás con el _Estudiante_ y dió á su fisonomía un aire de hipócrita unción.