Part 12
Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y parecía una estúpida bestia.
Mientras el _Capillitas_ confesaba, el _Buche_ contemplaba la escena apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tenía una cara abultada y torpe, los ojos pequeños y la expresión de orgullo.
Al terminar la confesión el _Estudiante_, le sustituyó Valladares. El _Estudiante_ quedó paralizado de terror.
En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos.
El _Buche_ y sus hombres montaron á caballo con rapidez y huyeron. El _Zocato_, el _Capillitas_ y el _Trigueros_ fueron á hacer lo mismo; pero Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta, á pesar de estar atados por las muñecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, é interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los realistas, no les dejaron montar.
El _Arranchale_ había resuelto la situación. Al escapar había encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y las había buscado y las había traído.
Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al _Zocato_ y al _Trigueros_.
Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.
--¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?--le comenzó á preguntar el _Estudiante_ con sorna.
El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el _Zocato_ pedía perdón y el _Trigueros_ protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos prisioneros.
Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.
Luego, entre el _Estudiante_ y unos soldados, cogieron los cadáveres del _Zocato_, del _Trigueros_ y del _Capillitas_, y los colgaron por el cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.
--Este amor por lo decorativo nos pierde--exclamó Aviraneta con humor.
--No cabe duda--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta en vascuence, con mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento--que les gustará á ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda.
Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al _Arranchale_, y celebró la frase riendo.
El oficial de la tropa que los había salvado permitió á Diamante, Aviraneta y al _Lobo_ que tomaran los caballos del _Trigueros_, del _Zocato_ y del _Capillitas_ y se fueran con ellos.
El _Arranchale_ se volvió á su país y Valladares y el _Estudiante_ se incorporaron á la media compañía, mandada por el capitán.
Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante llegaron á Valladolid, y se encontraron la población sin tropas liberales.
El día 25 de Abril, con la división del ejército de la derecha, había entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena, de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose sin posibilidad de defenderse, evacuó también la ciudad y marchó á Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.
Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino hasta unirse con el Empecinado.
XIII.
EN CIUDAD RODRIGO
Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos. Tiene hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico Ayuntamiento y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara.
En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la de la Colada.
La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.
No era muy agradable para un ejército numeroso la estancia en Ciudad Rodrigo.
Además de la opresión del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy sucio y abandonado.
Las calles se veían siempre llenas de basura y había un olor pestilente.
Por fortuna Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante fueron encargados de hacer excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron con un piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.
Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y solía contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián Sánchez y don Andrés Pérez de Herrasti.
Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento del Empecinado, y entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces, para estar más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los soldados.
Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una serie de triunfos de los constitucionales contra los franceses que no existían más que en su imaginación.
La situación del ejército era muy mala: don Juan Martín tenía sus cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de milicianos y voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza.
El estado del país iba poniéndose desesperado.
El ejército no hacía el esfuerzo necesario para oponerse al avance de los franceses.
No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se quedarán en las provincias del Norte. No pasarán el Ebro. En Despeñaperros los destrozaremos.
Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeñaperros.
Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros, en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.
Se había creído que este último se opondría á los franceses en Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles el terreno.
Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese rigiendo la Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad individual ni conservaba la dignidad de la monarquía española.
O'Donnell contestó en un sentido parecido; los liberales, al leer su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid, resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien tuvo que capitular.
Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban dispuestos á defender la Constitución hasta el fin.
Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, en donde había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos del país, luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y franceses obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas de la Santa Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de infantería y un escuadrón de lanceros.
Muchas compañías estaban formadas por oficiales y dos generales italianos empuñaban la lanza como simples soldados.
El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles, sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus inspiraciones.
Entre los dos había una obscura incompatibilidad. Aviraneta sentía una mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra suya. Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre de probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa.
Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y la más justa, los procedimientos de los liberales debían ser también siempre claros y justos.
Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con este motivo, el general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios de sus discusiones era el claustro de la catedral.
Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que debía aceptar todos los recursos.
--El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catástrofes--decía Aviraneta--tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aquí conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas y los campos. En una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando; allí, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.
--No, no--decía el Empecinado.
Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios de César y en el Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política todo está permitido, y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, la falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse como una maniobra del Estado.
Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar que, para ejercer el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son los mejores políticos.
--Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo desequilibrio--decía Aviraneta--el gobierno será bárbaro y depravado; tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la carne enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión. Unicamente al final, se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo hundió. Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién irá á comprobar los medios que empleó? Nadie.
--¡Horror!--decía don Juan.
--Verdad, verdad--replicaba Aviraneta--. Verdad de hoy y probablemente verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar otra.
XIV.
LA TOMA DE CORIA
Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la noticia de la sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían desarmado la Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.
La primera ciudad importante que se rebeló en la región fué Coria; á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera y la Serranía de Gata.
El levantamiento de aquella comarca podía cortar la comunicación de las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y dejar en el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que rendirse.
El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á Extremadura á sofocar el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la ciudad salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad, por lanceros.
Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.
Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron por Fuente Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la guerra de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria.
En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se acercó con los exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió que entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.
Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á tiro comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques". Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.
En vista de la resistencia, el Empecinado decidió sitiar y atacar la ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas y la noche del día primero se hicieron varios reconocimientos.
Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la vuelta al pueblo, y Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó de noche la muralla y fué de una puerta á otra con un vecino liberal de uno de los barrios de extramuros.
El resultado de las investigaciones de don Eugenio fué que la puerta del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una tranca, y que por ella había que hacer el intento de entrar.
Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para el día siguiente.
El Empecinado haría un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda la atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con un grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen.
Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta del Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un pito.
Debían esperar allí hasta el anochecer.
En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre muy viejo, un tipo de senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de medalla antigua, las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego. Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba, casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba apretado un pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas. A pesar de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada.
Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole contar historias y anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo XVIII.
Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su semblante severo, su hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la voz del pasado.
A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo y se alejó de ella en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á la ciudad; luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado, á enterarse de las circunstancias de la lucha.
El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. Mandó incendiar varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran distancia con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa que sabía muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus fuerzas é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta de la Guía, mientras Dámaso Martín intentaba escalar el cerro por las proximidades del palacio del marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del viejo á dar sus disposiciones. Era el momento en que tenía que obrar, un centinela desde el tejado anunció que los realistas se corrían hacia el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el lado de acá no había nadie.
Aviraneta se preparó.
Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á la puerta del Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en seguida que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran en la muralla.
Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron á la puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.
Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta, pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.
--¡Adelante!--dijo Aviraneta.
Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.
--Tocad el himno de Riego--añadió don Eugenio.
Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en medio de la oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al brazo... No sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba á temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen dejado dentro.
Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta hombres se dirigiesen al pie del castillo á abrir la puerta, mientras él, con los diez restantes y los tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo que tocaran el himno constantemente.
Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria.
Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon, abandonando las armas.
XV.
UNA CIUDAD LEVÍTICA
Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, asentada sobre una colina á orillas del río Alagón.
Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto místico, estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos españoles de tradición.
Coria, más que un pueblo con una catedral, es una catedral con un pueblo.
Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos quinientos vecinos, que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria cuenta con la catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.
Por entonces la catedral tenía once dignidades: deán, tesorero, arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior, arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de Cáceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara.
Había, además, quince canónigos, seis racioneros, seis medioracioneros, un beneficio curado y número competente de capellanes.
Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, formado por el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á los párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, hacía que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército.
Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales databan de la dominación romana.
Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros que después han ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagón dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río.
Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tenía un magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su álveo, que fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo, dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de huertas, formando la Isla ó el Arenal del Río.
Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar á bromas que las gentes de Coria, que no se sentían completamente coriáceas, aguantaban con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente, había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por el camino de Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la catedral en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y á la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el seminario.
Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la torre de la catedral.
Había cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la Corredera. Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el seminario y la catedral.
Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las calles tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica. La lápida de la Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento.
Fué un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria.
Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias liberales del pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la de Medrano, la de Roda y la de uno que se hacía llamar el Segundo Empecinado.
El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de don Marcelo Zugasti.
Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo á hablar con el general. Estuvieron en la reunión don Juan Muñoz de Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, médico; el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones, y el que se hacía llamar el Segundo Empecinado.
Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un propietario liberal que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria.
Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una cara correcta, los ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión fría.
Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la Milicia Nacional en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban sus explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres de caballería y veintidós de infantería. Ya en este año, el 22, el espíritu del pueblo se había hecho francamente hostil á la Constitución, y cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la gente vociferaba.
Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara había comenzado á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á favor del rey absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de Morales en los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, salió á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti, con sus milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la Sierra de Gata.
Desde esta época el alcalde había tenido mucho cuidado con los facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los forasteros, y prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la diez de la noche sin motivo justificado.
A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una mañana de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la lápida de la Constitución derribada y los milicianos desarmados.
El peligro, por el momento, parecía remediable. La entrada del Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla Morales.
Este Morales era un guerrillero extremeño, de la guerra de la Independencia.
En 1820 formó una partida que se llamaba Columna real volante de Húsares de Plasencia, y los años 21, 22 y 23 merodeó por la parte Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.
Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y llevado á Salamanca.
Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramón Morales, Zugasti suponía que el espíritu público reaccionaría.
El Empecinado escuchó la relación y murmuró: