Los Recursos de la Astucia

Part 13

Chapter 133,904 wordsPublic domain

--Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qué se hace. Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.

Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á la catedral. En el camino habló largamente con Aviraneta.

El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde apenas había medios para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército de Extremadura.

Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con una guarnición de doscientos hombres podría bastar para defender Coria durante algún tiempo.

Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la entrada de la catedral. Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos uniformes.

Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente.

En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía por su grandeza y su magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en el coro. El altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas, en vez de salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el pueblo el Paredón.

Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografía de los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados de Lucifer.

Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje.

Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.

El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se destacaban montes esfumados en la niebla.

--Bueno, vamos á almorzar--dijo don Juan Martín, y, por la tarde, veremos qué se hace.

XVI.

LA TARDE DEL DOMINGO

Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.

Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta se levantó.

--¿Qué vas á hacer?--le preguntó el Empecinado.

--Voy á dar una vuelta por el pueblo.

--Luego la daremos.

--Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.

--Nada, que no quieres jugar.

--No, no; me aburre.

--¡Qué gente ésta!--exclamó don Juan--. Todo le aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.

Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento espantoso.

Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus oficiales.

--¿Vamos?--preguntó.

--Espera un momento. Ahora voy.

Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á caballo, á recorrer el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol.

Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el Alagón, al paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el palacio derruído del Marqués.

Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á orillas del río, para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una estrecha vereda.

Durante la marcha exploradora se había comenzado á debatir el problema entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á hacer. La cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el ejército.

Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que trescientos hombres contra un ejército no harían nada encontrándose con un vecindario en su mayor parte enemigo.

Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y dejaron los caballos en casa de Zugasti.

--Vamos á ver la muralla ahora por arriba--dijo Aviraneta.

Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de la pared.

Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.

Esta muralla describía una línea de doscientas treinta y tres toesas y era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo.

De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que subir por escalones.

Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo.

--¿De aquí no se verá Plasencia?--dijo Aviraneta.

--No. Ca.

--¿Ni habría medio de comunicarse con ella?

--Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con su anteojo en la dirección indicada.

--¿Y Plasencia no nos secundaría?--preguntó Aviraneta.

--No; creo que no.

Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los alrededores.

--Bueno--dijo don Juan Martín--. Eugenio quiere dedicarse á la geografía. Muy bien, yo me marcho.

El Empecinado y Zugasti se fueron, y el _Lobo_, Diamante y Aviraneta quedaron allí.

Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y fueron contemplando el paisaje y hablando.

Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredón de la catedral. Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á como estaba por la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía verde y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta de arena dorada.

El viento levantaba oleadas en los trigales y movía el follaje de los árboles.

Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas y los refajos rojos brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvían algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.

Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.

A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía, momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos. Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.

Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del órgano.

En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un color morado, lanzaban un grito agudo.

Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía despacio por el camino.

Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban allí cerca con un fragor imponente.

Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo....

--Realmente la guerra es una cosa absurda--pensó; luego, dirigiéndose á Diamante, dijo--: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?

--Yo, como el general--contestó Diamante--, no defendería este pueblo.

--¿Pues qué haría usted?

--Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad Rodrigo--y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del panorama.

--Pero hombre, no--exclamó Aviraneta saltando del pretil--. Me parece un poco bárbaro. Este es nuestro país.

--Ríase usted de esas tonterías--replicó Diamante, con un gesto entre desdeñoso y de superioridad--; todo lo que no sea hacer la guerra de exterminio será tiempo perdido.

Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante salieron de la catedral y volvieron á casa de Zugasti.

XVII.

EXPEDICIÓN Á PLASENCIA

Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.

"De aquí no le puedo dar á usted más que malas noticias--decía--. Ha habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted, llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes y los han llevado á Valladolid."

A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa.

Habló un momento con el_Lobo_ y Diamante acerca de lo que podía haber ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso á planear lo que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos, pensó que lo conveniente sería acercarse á Plasencia á conocer el estado de esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que Coria, había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo, indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los placentinos tenían intenciones de defenderse contra los realistas, podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar otra en Coria.

Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la idea.

Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. Llevaría una escolta de veinte lanceros al mando del _Lobo_. Salió por la mañana con sus hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote largo se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde estaban en Plasencia.

Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin pérdida de tiempo se presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su escolta.

Así lo hizo don Eugenio.

El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, grande, de piedra amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en medio una fuente.

Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado y entró por un arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado.

A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y Aviraneta pasó á un patio con una gran escalera de piedra. Preguntó al criado por el señor, y al comenzar á subir se encontró con el marqués, que bajaba de prisa alarmado por el ruido de los caballos.

Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón corto de tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.

Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á lo que iba, y el señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó á una azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente.

--¿Quiere usted alguna cosa?--le dijo el marqués.

--Primeramente quisiera alojar á mis soldados.

--En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? ¿Café?

--Sí, tomaré café.

El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada con lápidas romanas y estatuas antiguas.

Volvió el marqués y dijo:

--Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de mí.

--Como sabrá usted--dijo don Eugenio--las fuerzas del Empecinado, saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una resolución.

--¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este pueblo?--preguntó el marqués con su vocecita aguda.

--Sí.

--Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aquí la gente, como en casi todos los pueblos, quedó indecisa; entonces, veinte ó treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á ponernos el uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y llegamos á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la sublevación de Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á descomponerse. La gente supo que los franceses iban á entrar en España, que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar nuestras filas: unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro bando.

--¿De manera que esto está perdido para nosotros?--preguntó Aviraneta.

--Completamente perdido. Figúrese usted que se están buscando firmas para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.

--¿Usted cree que doscientos hombres aquí de guarnición podrían hacer algo?

--Nada.

--¿Qué harán los liberales significados de Plasencia cuando se presenten los absolutistas?

--Tendrán que huir.

--Les voy á proponer si quieren venir conmigo á reunirse con el Empecinado.

--Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le acompañarán á casa del teniente.

--Muy bien.

Tomó Aviraneta su café y se levantó.

--Aquí cenará usted y dormirá--le dijo el marqués.

--Muchísimas gracias. Hasta luego.

--Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su tropa.

Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado por un criado de aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la botica y salió al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á Aviraneta hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano. Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre cándido, entusiasta del _Sistema_ y que creía que era indispensable sacrificarse por las ideas.

--Vamos al Enlosado de la catedral--dijo Bustillo--. Allí podremos hablar sin que nos espíen.

El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredón de Coria, aunque más grande y espaciosa. Daba á esta terraza una portada del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre románica como un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y otra torrecilla cónica.

Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las grandes piedras del Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas.

Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando los últimos rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los árboles de la ribera.

Bustillo, al principio, había considerado como una solución magnífica el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero después reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres, la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada.

--Tendrán ustedes que venir con nosotros--dijo Aviraneta.

--Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!

--Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia aquí.

--Antes es la libertad y la patria que la familia--dijo el señor Bustillo solemnemente.

--Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.

--Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.

El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer y á sus hijas.

--Este señor es el ayudante del Empecinado--dijo con entusiasmo.

La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.

--¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?

--Bien.

--Pues es un tipo muy raro.

Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista que no tenían nada de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación en el marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus ocupaciones favoritas.

Recordando su tipo no parecía nada raro que le gustara ser peluquero.

Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con el marqués de Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante absurda. Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fría y suave de los barberos.

Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy grande, con una cama muy pequeña, y pensando en las extravagancias del marqués-peluquero, se quedó dormido.

Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la gente que se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura? Hubiera sido terrible para él caer en sus garras.

Al día siguiente, con la escolta del _Lobo_ y unos cuantos milicianos, entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria.

XVIII.

¡MERINO!

La presencia de Merino en Extremadura desazonó á don Juan Martín. Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también que pondría todos los medios para derrotarle.

Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil, se encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses, todos los informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que inmediatamente se hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista, ocurría lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi siempre equívocas cuando no falsas.

Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á los generales franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la línea del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la Reina, Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban.

A Merino le salió al encuentro López Baños, pero ninguno de los dos se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía el sitio exacto donde se encontraba el Cura.

Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división completa, pues se habían reunido con él una porción de partidas.

Se citaban entre los cabecillas incorporados á Merino, á Blanco, Puente Duro (el _Rojo_), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres; á Corral, el _Gorro_, los Leonardos, el _Inglés_, Navaza, Mauricio y Huerta, que mandaban regimientos y tenían el grado de coroneles, y á otros muchos.

El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo.

El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, se cruzó el arrabal de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo llamado Moraleja de Hoyos ó Moraleja del Peral.

Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, hospital de transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dámaso Martín y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el Empecinado encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.

A un castillejo arruinado de un cerro próximo se envió un piquete de caballería.

Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta, Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca se conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de una extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se hallaba próxima al río Árrago.

Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el día se presentó una mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor.

El Empecinado había pensado no emprender la marcha hasta la caída de la tarde.

Serían las diez, próximamente, cuando por el lado del pueblo comenzó un ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas.

--¿Qué puede ser esto?--preguntó don Juan Martín, alarmado.

No se sabía.

--Preparad los caballos.

Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.

Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.

Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.

--Pero ¿qué pasa?--gritó el Empecinado.

Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el Cura Merino.

--Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?--preguntó don Juan.

--Ahora mismo.

--¿Y los centinelas?

--Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era un rebaño.

Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja en las primeras horas de la mañana.

Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se había movido de allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por delante de su tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las ovejas, que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica carnicería de los constitucionales.

Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía remedio, y furioso por haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que se concluyese de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer una salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un pelotón de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.

Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió al galope hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y alojamientos.

La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. A lanzadas, á sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso.

--¡Viva la libertad!--gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su sable en alto.

--¡Viva!--vociferaban todos.

Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera adelante hacia Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales.

Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos de los feotas estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles alcance.

Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y una rápida inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no había posibilidad de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.