Part 14
Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un monte agudo; la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la hondonada grande de Hoyos.
Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr por el Teso de las Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta subieron á la plaza de la iglesia.
Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando llegaron. Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á lanzadas.
Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron á las proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con el grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada, cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos bien armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos.
Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió la gente á las ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la caballería. Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima. Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte con su anteojo. A la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de caballería venía hacia el pueblo.
Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se economizaran los cartuchos.
Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!
Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató á ocho ó diez hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!
Después de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos caballos, de los que se apoderaron los liberales.
Los realistas quedaron en el Calvario y allí se plantaron de observación.
El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en Hoyos con tan poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y sin posibilidad de ser socorridos.
El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro con una subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allá á San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales de los contornos.
Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos, marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones. Mientras tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros, entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces, en la retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que atacarían á los perseguidores.
Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á marchar de prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se encontraran ellos ya atrincherados.
XIX.
EL CAMINO DE SAN MARTÍN
Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando daban frente á Trevejo.
Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro, formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas para sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos.
Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á la izquierda de la mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico.
Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y á la derecha, el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el camino que continúa á San Martín.
A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente y un castañar vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á principios del siglo XIX los grandes robles y castaños centenarios formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las seis y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas para detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al último se decidió por dos.
A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada un camino que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las ramas, puso encima los morriones de los nacionales é hizo que se quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho esto fué colocando sus veinticinco hombres emboscados en el castañar. Si los realistas tomaban por el camino de la aldea, él con su gente les atacaría por la espalda.
Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos llegarían á media tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendría entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa de ocho ó nueve varas.
El nacional volvió al poco rato con la cuerda. Aviraneta la ató por una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, á una altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra.
Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la esperanza de apoderarse del caudillo.
Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa los realistas.
Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, á una altura de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño.
--Atención. Cuando yo diga--murmuró Aviraneta.
Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar á tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda.
--¡Fuego!--dijo Aviraneta, y sonó una descarga á quemarropa, y cayeron más de dos docenas de hombres al suelo.
Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda descarga, y una tercera.
El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á atacar á los perseguidores.
--No se puede pasar--le dijo Aviraneta.
--¿Por qué?
--Porque hay una cuerda. Cortadla.
La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron á los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.
El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo.
--¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!--gritaron los soldados y los nacionales.
Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que tenía que pedir para él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran peligros.
Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca.
Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, y se dispuso esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y capitanes y el comandante Cañicero.
Muchos de estos hombres, que habían venido á pie desde Moraleja, llegaban reventados.
¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales conferenciaron.
Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer, no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se quedaran en el castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín.
Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche al castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente estaban sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que desde lejos pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían camino de Ciudad Rodrigo.
XX.
EL CASTILLO DE TREVEJO
Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había dificultad alguna para subir.
Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados, tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al pueblo, y el Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San Martín.
Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Costó mucho tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.
Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y, con todo lo necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de resina, se dirigieron camino del castillo.
El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de piedra sillar, de más de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro que dominaba una gran llanada.
Como castillo roquero no era muy grande; debía haber estado destinado en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres, muralla, barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.
En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y en la guerra de la Independencia se consumó su ruina.
Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda, que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes piedras. Se instalaron en la plaza de armas.
Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron dos hogueras y se comenzó á hervir el rancho.
Se comió con un apetito voraz, y después todo el mundo quiso tenderse. El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del camino.
Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El cielo estaba muy estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus millones de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba se oyeron voces en el cerro próximo al castillo.
--¡Alto! ¿Quién vive?--dijo Aviraneta.
--¡Aviraneta!--gritó una voz--. ¿Estás ahí?
--Sí, aquí estoy ¿quién es?
--Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros que venimos huyendo de Moraleja.
--Acercáos, que os vea.
--¿Por dónde?
--Ahí encontraréis la vereda.
Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la plaza de armas.
--¿No os queda algo que comer?--preguntaron al entrar.
Quedaba pan y cecina, que devoraron.
--¿Y qué ha pasado allá?--preguntó Aviraneta.
--Nada. Un estropicio--dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del Empecinado.
--Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo?
--No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.
--No, no la ha habido--dijo un soldado--. Yo estaba allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas--. Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en esto me encontré rodeado del enemigo.
--¿Se habrá perdido mucha gente?--preguntó Aviraneta.
--Mucha--contestó Martín--. Mi hermano Dámaso ha muerto, el coronel Maricuela también. Hemos perdido más de trescientos hombres. Algunos se habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.
--¿Y el _Lobo_?
--El _Lobo_ ha muerto.
--¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?
--También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á bayonetazos.
--¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!
El soldado que había estado de centinela en Moraleja contó que pasó dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de su casa, un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del Empecinado," y á bayonetazos lo mataron...
Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que habían venido, se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.
El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.
Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, aparecían sobre el cielo gris.
Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un globo; ligeras brumas vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un lado y á otro, miraba á ver si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de salir el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja.
Estos habían pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos, y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino habían dejado las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria. Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.
A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales de Hoyos se levantó.
--¿Y usted no duerme?--le dijo á Aviraneta.
--¡Pse! Hay que vigilar.
El nacional era un pastor que se llamaba el _Rito_. Era un hombre grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar violenta y por sacudidas y la expresión alegre.
El _Rito_ se puso á hablar. Era un hombre primitivo, lleno de credulidad y de esperanza en todo. Mostró á Aviraneta el paisaje, el campanario de Villamiel, el camino de San Martín de Trevejo y los montes lejanos, con sus nombres.
Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia ó un cantar. El _Rito_ no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que sabía del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula con la historia.
Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el otro, de la Orden de Alcantara, que tenía como enseña un jaramago; habló vagamente de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.
Contó también el _Rito_ una historia clásica de un caballero cautivo, encerrado en el sótano del castillo, que había escapado viendo que una serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se llamaba la Lapa de la Sierpe.
--Subterráneo que no existe--dijo Aviraneta irónicamente.
--Sí, señor; existe.
--¿Usted lo ha visto?
--Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.
--Vamos á verlo.
Cogió el _Rito_ el farol y dijo:
--Sígame usted.
Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una escalera de caracol, de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de descender la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad. Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De él partía un pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de clavos. El _Rito_ descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca de un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de humedad.
--Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe--dijo el _Rito_.--Si quiere usted entraremos.
--Entremos.
El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un cuarto de hora.
--Ahora estaremos debajo del pueblo.
Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El _Rito_ apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada.
El _Rito_ y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo, vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un sepulcro ibérico tallado en roca.
Luego el _Rito_ le contó la historia de una partida que se había levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes encantos, porque el _Rito_ decía:
Jálama, jalamea, quien no te ve no te desea.
Dieron la vuelta al castillo, y el _Rito_ gritó dirigiéndose á sus compañeros: ¡Masones! ¡Negros!
--¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?--preguntó el _Rito_, riendo.
--Sí; vamos por allá.
Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron al castillo.
Algunos soldados se habían despertado y estaban buscando á Aviraneta para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta los tranquilizó diciendo que había sido el _Rito_. El sol comenzaba á brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se veía nada. Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano cantaba:
Cartagena me da pena y Murcia me da dolor. ¡Ay, Cartagena de mi vida, Murcia de mi corazón!
Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta todavía derecho le dijo:
--¿Tú no has dormido nada?
--No.
--Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea necesario.
--Bueno.
--¿Qué hay que hacer?
--Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de San Martín y por el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aquí y pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos inmediatamente para San Martín.
--Está bien.
--Si pudierais comprar un poco de pan, vendría admirablemente. Y para nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras.
--Bueno, todo se hará.
Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos piedras, y se quedó dormido.
Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa multitud en un pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso, en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por qué no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la miseria--los soldados de Merino--y en el monte el aire limpio y sano de la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le apartó de su discurso y llevó su pensamiento á unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á montones cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:
--Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.
--¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?
--Sí; el enemigo ha desaparecido.
Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en la tierra. Los soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes y sus armas.
Se formó al pie del castillo.
Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no tenían música, al pasar por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de Riego:
¡Soldados!: la patria nos llama á la lid; juremos, por ella, vencer ó morir.
Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la patrulla comenzó á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más la impresión de que iba victoriosa, que derrotada.
De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, de aquí se dirigían á Ciudad Rodrigo.
El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dió el 20 de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán efectivo de caballería.
Era la segunda vez que nombraban capitán á don Eugenio; pero ni la primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta tenía poca suerte en la milicia.
XXI.
LA SITUACIÓN EMPEORA
Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar de nuevo las fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones.
Algunos militares liberales huídos de Valladolid dijeron que en esta ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil apoderarse de la plaza.
Con este objeto se preparó una columna de caballería, y el mismo don Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta Medina del Campo; pero al enterarse de que en Valladolid había varios regimientos franceses y fuerzas de voluntarios realistas, desistió del proyecto.
En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de Farnesio, y algunos oficiales y soldados.
El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á la columna de don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando del ejército se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo, Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que Mina, Riego y el Empecinado.
Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para éste lo mejor era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.
Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había que tener en cuenta que existía un Gobierno todavía, y era necesario obedecerle.
Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, aumentada la caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena, se volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.
En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero ocultado y luego denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se quiso quemar su casa, pero el general lo impidió.
De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se entró con alguna dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.
En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro de la Gobernación, el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No habían tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus anchas. Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del terrorismo más puro.
Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de Octubre del año 23 en que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el que se produjeron muchas víctimas.
La situación del pueblo mejoró con las medidas de Aviraneta; pero la de la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias del avance de los franceses y de su vanguardia de realistas españoles. Bordesoulle y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera; el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, marchaban por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejército de Mina.
Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de los pueblos era hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que sólo los entusiastas y fanáticos quedaran en las filas.
A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el país y en meter en cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara los procedimientos que había utilizado en Cáceres.
Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas le había confiado poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido por Vallin y Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entregó el mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz, de cuya comandancia militar tomó posesión en Junio.
Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, pidió en seguida su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los negocios públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales.
Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, como enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.