Los Recursos de la Astucia

Part 15

Chapter 153,766 wordsPublic domain

Castelldosrius le contestó que estaba deseando abandonar el cargo, y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El marqués explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz.

--Estaba lo mismo Cáceres--replicó Aviraneta--, y lo hemos dominado. A fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y por ahora hay tranquilidad.

--¿De veras?

--Sí.

--¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?

--Sí; si usted lo autoriza.

--Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.

Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos dispusieron lo que había que hacer.

Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no acudió.

Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste, en poco tiempo, lo supo dominar.

El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó destinado como de cuartel á Barcelona.

El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para que Castelldosrius fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de Calomarde.

Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante algunos días la dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y otros militares liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia el Guadiana.

Visitó también los fuertes exteriores que existían entonces: el de San Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras, el de la Picurina, el revellín de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se guarnecieran estas fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo.

Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la mejor ocasión había de echar por tierra á sus dictadores.

XXII.

UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR

Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningún título para ello.

Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron ante el enemigo.

Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, y quedó asombrado de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad extremeña.

Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que siguieran mandando.

La situación de España en Julio de 1823 era malísima, y en Agosto se hizo desesperada.

Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole que hablara á todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si querían intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho á diez mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo á la desesperada.

Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía que el único ideal era obtener una capitulación decente y esperar mejores tiempos.

Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus gestiones, y unos días más tarde recibió este oficio:

DIVISIÓN DE CASTILLA

ESTADO MAYOR

El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta mañana para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted.

Se recibió su pliego en el que participaba el poco éxito de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona. Nada de esto es extraño, y es necesario un ánimo esforzado para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras armas que llegan constantemente.

El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese de practicar diligencias con este fin.

Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á que se aviste con el Gobierno, le exprese la situación de Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la conducta que debe seguirse en lo sucesivo.

Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo y secretario del comandante general para esta comisión, por considerársele de gran confianza y el más capacitado por su inteligencia para el caso.

Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar tan importante comisión.

Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y entrar en Cádiz.

Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de Castelldosrius para que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del vecino reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los puertos de Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su Excelencia y pónganse de acuerdo sobre este particular.

El general me encarga diga á usted que de ninguna manera quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor Marqués y usted.

Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y portador de este oficio, comunicará usted al general lo que acuerde con el señor Marqués.

Se están extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted que verse.

Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta división se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército de Galicia, pero que carecemos de buen armamento.

En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda felicidad, no necesita usted más para que el Gobierno premie á usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en favor de la Libertad.

Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general del Casar de Cáceres, á 18 de Agosto de 1823.

MÁXIMO REYNOSO.

_Postdata:_

En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha proclamado el absolutismo.

Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó imposible la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como representante del excelentísimo comandante general. Consulte usted con el señor Marqués y vea si pueden proporcionarle á usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal y con pasaporte pueda llegar á Villa Real. En ese caso se embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese medio de meterse en Cádiz.

Hay quien supone que sería mejor que se pusiera usted en relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara Andalucía con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta á palmos y marchan sin tocar en ninguna población. Si se decidiera usted por esto último, avíselo, porque hay en nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas de contrabandistas y éstos le pondrían en relación con ellas.--_Vale._

Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogió un papel y escribió:

«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para salir por un lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».--Suyo,

AVIRANETA.

Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba á Badajoz y entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un sobre con documentos.

XXIII.

EL VIAJE

Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. Compró cerca de la puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano, una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas de cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos.

El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo girasen á Mértola, en Portugal.

Luego escribió una carta dirigida á un supuesto Domingo Ibargoyen, una carta en que el padre del tal Domingo le decía que se escapara del servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse con los absolutistas.

Hecho esto leyó todos los oficios que le había enviado Máximo Reynoso desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en donde figuraba su nombre los aprendió de memoria y los rompió.

--¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre con papeles así entre gente enemiga!--se dijo--; ¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de Talleyrand! Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las cosas.

Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvió, los metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á Mértola, como si fuera una mercancía.

Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre absolutista soldado de milicianos á la fuerza.

Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz.

Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.

--Es mejor que vaya usted de uniforme--dijo Diamante--, le tendrán á usted más respeto.

--No, no. Es absurdo, hombre.

--Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego.

--Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en el camino, no diga usted que me conoce.

--No necesito de usted para nada--replicó Diamante, con acritud.

--Bueno, bueno. Está bien.

Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán cualquiera.

--¿Por qué?--preguntó Aviraneta.

--Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa y vil.

--Cada cual tiene sus preocupaciones--dijo don Eugenio--; morir de una manera ó de otra, es igual.

--Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán por un espía.

--O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no le maten á uno.

--¡Bah! No me asusta la muerte--replicó Diamante--. Si me prenden verá esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir cuatro cosas bien dichas.

Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con él en Mértola.

Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz.

Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No apareció Diamante.

Recogió en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y lo volvió á reexpedir á Castro Marín.

Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á caballo, mirando á derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las matas cuando veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar con ellos, y tuvo que entregarse.

Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado á un árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante. Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente.

A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y febril, fué entregado á una partida de realistas españoles que vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de presos; entre ellos se encontraba Diamante.

El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, rubio, que ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta petulancia, mandó registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y sucia, dirigida á Domingo Ibargoyen.

El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo creer al andaluz que el preso era un pobre infeliz, casi idiota.

--Es un vascongado--dijo el oficial á su gente--. Yo le hablaré, ¿Tú ser realista ó negro?--le preguntó á Aviraneta.

Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste repitió la pregunta.

Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:

--Yo, no entender.

--¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...

--Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos caminos... luego cansar... escapar campos.

El andaluz se echó á reir.

--¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?...

--Yo querer ir á América...

--Realmente--murmuró el andaluz--á este desdichado es una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya verán lo que hacen con él.

Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una rodilla hinchada y una misantropía terrible.

En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservación vigilaba.

Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió al jefe de los realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para Aviraneta.

Durmieron los presos los días posteriores en las cárceles de Gibraleón, Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.

A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta ó cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que los insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo, despreciando al populacho.

Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oían gritos furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando! ¡Vivan las _caenas_! ¡Viva el duque de Angulema!

Era el populacho amenazador, la demagogía negra desbordada. Mujeres desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqué; viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la cuerda de su hábito....

--¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!--gritaban algunos. Y otros decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas! ¡Mata frailes!

Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á los prisioneros, y una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo:

--¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! ¡Toma!--Y le escupió á la cara.

Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la injuria, al parecer, impasible.

Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si por un momento hubiese cambiado la situación! El en aquel instante, con diez mil hombres y unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, viejas, chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con la metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los Carrier.

Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, pudo pasar entre la chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol, mondaduras de patata y tronchos de berza, sin protestar.

Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas.

Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y fueron á parar al Salón de Cortes.

Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos en un ancho portal.

El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado las sesiones del Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de jesuítas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas, que hoy se llama de Cortes.

Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio de los jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y terminó siendo, durante una corta temporada, teatro.

En aquel momento, el salón de sesiones estaba destruído.

Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado allí, habían asaltado el edificio y lo habían desmantelado.

Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del convento á un patio, y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la distribución de los presos.

La gente distinguida iba al Salón de sesiones.

En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la dirigía á unas cuadras grandes.

Diamante fué enviado con la gente distinguida.

Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con la morralla á un salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala capitular.

Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas, les hizo formar militarmente y les dijo:

--Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la Constitución; ahora vais á obedecer á ésta--y les mostró una estaca--. Conque ya lo sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!...

Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, tuvieron que dedicarse á bajos menesteres de barrer patios y cuartos.

Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tenía importancia, no ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y ayudante del Empecinado.

Entonces hubiera sido otra cosa.

Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel, un hombre á quien llamaban el señor Pepe el _Tiznado_.

El señor Pepe el _Tiznado_ era un viejo andaluz, serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.

Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno, porque cambiaba de ellos más que de camisa.

El lugarteniente del señor Pepe el _Tiznado_, que hacía de portero de la cárcel, era el _Telaraña_, un hombrecito muy redicho y hablador.

El _Telaraña_ tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el _Telaraña_ era pajarero.

Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del _Telaraña_.

Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.

A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.

Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos; no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto de Sevilla se hallaba enclavado.

Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar proyectos y estudiar sus dificultades, encontraría algo.--_Mio caro studiate la matematica_, se decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su amigo Sanguinetti.

Aviraneta sondeó al _Tiznado_ y al _Telaraña_ para saber qué harían con ellos si dejaban escapar algún prisionero; y, al parecer, los dos estaban convencidos de que les costaría un castigo grave, si no los fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar á don Eugenio que el poco dinero que tenía no bastaba para comprar á los carceleros.

Había que escaparse, sin contar con ellos para nada; había que hacerlo _á maña_, como decían los contrabandistas del Bidasoa que había conocido en la infancia cuando no sobornaban á los guardias y tenían que andar á tiros.

XXIV.

FUGA

Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le daba el señor Pepe y su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza.

El señor Pepe el _Tiznado_ le trataba bien y le contaba las noticias que corrían por el pueblo. El señor Pepe le dijo que en aquel momento estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Peña, á quien le habían encontrado varias proclamas y documentos de los de Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante.

--Dicen--concluyó diciendo el señor Pepe--que el Empecinado ha mandado á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar.

--Y ese Diamante ¿qué tipo es?--preguntó el _Telaraña_.

--Es un gachó de cuidado--dijo el señor Pepe.

--¿Por qué?

--Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina, y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo lo _afusilan_.

Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el fusilamiento del alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había llamado bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva la Libertad! ¡Viva Diamante!

Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió pensando en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo.

Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió que había en el pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta tenía un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos viejos amontonados.

--Con esto algo se puede hacer--pensó--. Estudiaremos la matemática--se dijo.

Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, al limpiar el corredor, pidió al _Tiznado_ permiso para entrar en el sótano y coger unas tablas. El _Tiznado_ se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera unos cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara sacar algo de ellos. Después volvió á meterlos de nuevo, cerró el ventanillo y con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que comenzó á deslizarse bien.

Estaban Pepe el _Tiznado_ y el _Telaraña_ hablando al anochecer en el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les dijo, mostrándoles una monedita de oro:

--Miren ustedes lo que he encontrado.

--¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?--exclamó el señor Pepe el _Tiznado_, con severidad y con ansia--. ¡Si es oro!

--La fija... ¡ya lo creo!--exclamó el _Telaraña_.

--Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á limpiar esta mañana.

--¿De verdad?

--Sí.

--¿Pero en dónde?

--En el suelo.

--¿En qué sitio?

--Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar á mí parte--dijo Aviraneta.

--Bueno, bueno; eso, ya veremos--replicó el señor Pepe--. Primero vamos á ver dónde está.

--Yo les enseñaré el punto fijo.

Se encendió un farol, y el señor Pepe y el _Telaraña_, llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca. Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.