Los Recursos de la Astucia

Part 8

Chapter 83,793 wordsPublic domain

--¿Es que no tienen víveres?--preguntó Aviraneta.

--Eso me comunican los agentes--contestó el ministro--, pero no hay que abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación con los realistas.

--Es muy probable--añadió Aviraneta.

--Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia--dijo de pronto San Miguel.

--¿A París?

--No; á la frontera.

--Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?

--Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia del ejército de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á San Sebastián y ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un intento.

--Muy bien. Estoy á la orden de usted.

--Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que mañana. Me conviene que vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la frontera, que le tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa usted algo definitivo me avisa.

--Y en San Sebastián, ¿qué haré?

--En San Sebastián activará usted la gestión de los carbonarios. Usted creo que es carbonario también.

--¿Por dónde lo sabe usted?--dijo Aviraneta algo alarmado.

--Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.

--Yo creí que en España los ministros eran los últimos que se enteraban de las cosas--replicó sarcásticamente Aviraneta.

--Como ve usted, no siempre--dijo D. Evaristo, riendo--. Cuando llegue usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.

--Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.

--No, hombre, no. Muy buena.

--¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable granuja.

--Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para usted, D. Juan Martín.

--¿Qué ha pensado usted para mí?--preguntó el Empecinado.

--Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para oponerse á la invasión de los franceses.

--¿Querrá?

--¡Qué remedio le queda!--exclamó irónicamente San Miguel--. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.

Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.

--De manera que eres carbonario--preguntó D. Juan Martín.

--Sí.

--¿Y por qué no me lo has dicho?

--Hombre. ¿Para qué?

--Yo no he tenido secretos para ti.

Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos despachos.

En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín, el Empecinado.

--Espero que harán ustedes maravillas--dijo el ministro.

--Haremos lo que podamos--replicó D. Juan Martín.

--Se acerca el momento de prueba--repuso el ministro--. Quiera Dios que salgamos con bien. Hasta la vista, señores.

--Adiós.

Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y Aviraneta salieron de Palacio.

--Iremos juntos hasta Valladolid--dijo el Empecinado.

--Bueno, iremos juntos--contestó Aviraneta.

II.

MASCARADA MILITAR

Salieron Aviraneta, el Empecinado y el _Lobo_, á caballo, con una escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín.

El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos guerrilleros. Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la comarca: unos no estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían.

De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, excepción hecha de Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudió nadie al llamamiento.

Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido de Aranda á Diamante y encargarle de la organización de una columna patriótica.

El _Lobo_ aprovechó su estancia en Aranda para traspasar su posada y su fragua á un pariente, y decidió, en espera de los sucesos, llevar su familia á un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.

Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondería al llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á Valladolid.

El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los cuarteles y á los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión desconsoladora.

Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle.

Los informes de éste les sirvió para darse cuenta de la situación. No había en los parques material de artillería: los cañones eran malos y viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no maniobraba.

Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, cartuchos, uniformes y armas blancas.

En cuestión de competencia, según el oficial de Estado Mayor, se estaba á la altura de lo demás; los oficiales conocían únicamente la guerra de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que llevar un uniforme lujoso.

Los generales y jefes políticos querían resolver en un momento lo que no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes diversas y contradictorias.

Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron abrir las cuadras, conventos é iglesias arruinadas, donde se habían almacenado los despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, morriones y turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías.

Un gran motivo de confusión y de desorden en las ciudades eran las Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar una actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los oficiales y jefes pertenecían á algún grupo político.

Los generales habían dado el ejemplo.

Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones; Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.

Una divergencia parecida á la de los jefes de altos cargos existía entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la política de los unos ó de los otros.

Para mayor confusión, los liberales exaltados de los Ayuntamientos, casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa de los pueblos con planes absurdos y descabellados.

Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se veía ir y venir á los exaltados seguidos de sus grupos.

Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napoleónica, sus casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos de mameluco, parecían comparsas de carnaval.

El mayor contingente de soldados espontáneos lo daba la clase media; los pobres, en general, odiaban á los liberales como se odia á los tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas extranjerizados, enemigos de todo lo popular.

Había, además de causas de simpatía espiritual, otras más materiales para explicar el odio de la plebe feota á los liberales: el liberal, en aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba bien vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del audaz matareyes y del impío matafrailes.

Por entonces empezaba á generalizarse la palabra _negro_ para llamar al liberal, palabra que tuvo su expansión con la entrada triunfal de los franceses con Angulema.

En los liberales de los pueblos había las mismas divisiones que en los de Madrid.

Los masones eran las personas más ilustradas; los comuneros, los radicales y los lectores del _Zurriago_, formaban una turba de demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las tabernas y se confundían con la gente clerical.

En el ejército había muchos oficiales enemigos de la Constitución. Estos no se recataban en decir que veían próximo y deseaban el triunfo de los franceses.

Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de debilidades, de desconfianzas y de intrigas.

Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la frontera únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que el ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros masones.

Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio.

Así, el fracaso constitucional fué consumado de una manera pobre, triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el vencido.

III.

ANTIGUOS AMIGOS

Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, en compañía del _Lobo_, marchó á Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria, y llegó á San Sebastián.

Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, y mandaba la guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la Peña, que tenía á sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España, Salamanca é Imperial Alejandro.

Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó su misión de averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército de Angulema.

--El ministro supone--dijo Aviraneta--que si el Gobierno francés no resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes de nacer.

--Yo creo que lo resuelve--repuso el brigadier Peña.

--Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra--contestó Aviraneta.

--¿No es usted militar?

--Militar de afición. He sido guerrillero.

--¿Durante la guerra de la Independencia?

--Sí.

El brigadier Peña contempló á Aviraneta con curiosidad.

--¿Y qué pretende el ministro?--repuso.

--El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus paisanos de la invasión.

--Estoy enterado de ese proyecto--dijo el brigadier.

--Yo también--repuso el jefe político--, y ayudaré con mis medios.

--Entonces de acuerdo--añadió Aviraneta--; yo me voy á Bayona y la primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á Behovia.

--Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la posta á Madrid--dijo el jefe político.

Aviraneta dejó al _Lobo_ en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no sabría defenderse.

Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba diciendo:

"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas, bajo las ruinas de la República."

Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso.

Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.

Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.

Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina la _Navarra_, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la provincia de Burgos.

En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma persona.

Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia.

Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne.

El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una porción de sortijas.

El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.

Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.

--Yo entiendo--le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta--que la Constitución de Cádiz tiene poca vida.

--¿Por qué?

--Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es cierto?

--Sí.

--Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una aristocracia _tory_, á la prensa europea y al comercio de todo el mundo. Esto hace pensar que no vivirá.

--¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?

--Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero que las Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte tarde ó temprano en España.

--No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto--replicó Aviraneta--.Los políticos franceses suponen que España no puede salir del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no una Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de Parlamento vigilado por el Gobierno.

Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez de la Piscina contó á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta regencia, después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención, tomaba á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas.

Uno de los directores, Eroles, había abandonado á sus compañeros y se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el marqués de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse _motu proprio_, estableciéndose en Perpiñán.

Estando allí se les presentó el general Bordesoulle y les invitó á que regresaran á Toulouse inmediatamente á cumplimentar al duque de Angulema.

La decadencia de la regencia de Urgel daba más importancia al general Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole:

"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia que formó, dejando obrar libremente la que yo debo presidir."

Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que Eguía era partidario de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un realista puro, y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de Angulema, y éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al arzobispo absolutistas en el interior de Francia.

Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, Juan Bautista Erro y el barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que comenzó en Bayona y se instaló después en Oyarzun.

IV.

EN EL ESPIONAJE

Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se dirigió á Bayona. Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo único que pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso á enterarse de cuanto pasaba.

Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista Beunza, que vivía en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa para España.

Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el pueblo. El ejército francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del Mediodía de Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco cuerpos de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke, vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado á marchar sobre Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.

El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como militar y como político, había sido nombrado mayor general.

Además del gran número de jefes y oficiales franceses reunidos en Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo español, excepto los pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, Quesada, Longa, José O'Donnell, el _Trapense_, Josefina Comerford, Urbiztondo, Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus partidarios, preparándose é intrigando.

El ejército francés, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas.

Constantemente se decía que el ejército iba á salir, y al mismo tiempo se aseguraba que no podía marchar porque no tenía víveres ni para los hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda clase de medios de transporte.

Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y al odio que se tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las esperanzas de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía.

Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia de Bayona, á la librería de Gosse y á la de Lamaignere. Todas las logias del Mediodía de Francia se habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la influencia del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en Bruselas.

A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino, bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á los Borbones, Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él un regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la supremacía de París sobre la provincia.

Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por su influencia y su grado en la masonería, como _acerrimi libertatis et veritatis defensores_: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad.

Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia se cambiaban órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los jesuítas.

Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le dijeron á Aviraneta que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y capaz de resolver las mayores dificultades.

El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaña para seguir los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El banquero venía con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y estaba muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.

El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería de Gosse que el príncipe generalísimo de las tropas francesas había llamado á conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes suficientes para ella.

El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de Vieuzac.

Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, por uno de los mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la Soledad un recado diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, sin duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le tenía algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La Soledad no apareció por el comedor. Comía en su cuarto con una señora parisiense que la acompañaba.

Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer el Gobierno francés.

El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.

Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.

El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la conversación.

--Vamos á ver eso.

Entraron en el comedor.

El mozo abrió la parte baja de un armario grande.

--Aquí puede usted meterse--le dijo.

--¿Aquí?--exclamó Aviraneta.

--Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.

--Veamos.

Aviraneta hizo la prueba y murmuró:

--La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera.

--Le traeré á usted una almohada.

--Buena idea.

Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el armario.

--¿A qué hora es la cena?--preguntó.

--A las doce.

--Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación.

--Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted--dijo el mozo.

Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.

Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa, coqueta y melancólica.

Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él, desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad, farsa y mentira. A alguien había oído decir _Mendacia vasconica_: mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.

Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los meridionales con calor.

--Defienda usted también á su paisano el regicida Barère--dijo Ouvrard con ironía.

--Paisano y pariente--replicó Vieuzac.

--¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?--preguntó el ayudante de Tirlet.

-Sí.

--Y creo que tiene cierto orgullo con ello--repuso Ouvrard.

--Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas salvajes.

--¿Vive Barère?--dijo el ayudante de Tirlet.

--Sí, en Bruselas.

--¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted le conoce?

--Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más amenos que se pueden tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras de la historia contemporánea de Francia.

Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero y que no se iba á hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de Tirlet preguntó:

--¿Y al fin entramos ó no entramos en España?

--Sí--dijo Vieuzac--. Está decidido.