Part 7
Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le dividió en tres pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado, Garcés, comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.
Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos golpes sonoros con el bastón.
--¿Quién vive?--dijo Cepero.
--Daniel, Cuenca y Bessieres. _¡Debellare superbos!_--gritó Torralba.
--¡Ríndete!--dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando.
--¿Yo rendirme? ¡Jamás!--contestó Miguel.
--¡Huye! ¡Te han vendido!--dijo una voz.
Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro.
Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito á la cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron.
El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en la plaza; otros avisaron á un cura.
Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.
Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desaparecía de los alrededores de Cuenca.
Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de nuevo, atacaba el arrabal, y era rechazado.
En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el _Romi_ el gitano, eran los que habían disparado contra Miguel.
XVI.
DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE
La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo con gran entereza y resignación.
Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel se había sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de la familia.
Luis no intentó convencerla de lo contrario.
En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe llegó por Lozano, y la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á voz en grito.
Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba su vida. Se vistió de luto, y no salió de casa.
Unos días después de la muerte se celebraron las exequias de Miguel Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se notó que, entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó la Cándida.
Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en un rincón de la capilla de los Caballeros.
Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al rezar los responsos se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.
--_Per in secula seculorum_--exclamaba el cura con voz potente, agitando el hisopo.
--_Amen_--clamaba el coro de voces, acompañado del órgano.
Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de quiénes faltaban. Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban allí.
Pasados los días ceremoniosos en que la familia no debía salir de casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver á Luis Torralba y á decirle lo que sabía.
Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego á Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Víctor le demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de Miguel y que su objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó hacer que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado por su fanatismo político.
Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á quien no había que tomar en cuenta.
El culpable de todo, según D. Víctor, era Sansirgue, el _monstrum horrendum_, que había entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este, llevado por su maldad diabólica, había denunciado la forma en que se iba á hacer la sorpresa.
--¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener Sansirgue para odiar á mi hermano?--preguntó Luis.
Don Víctor creía en la maldad desinteresada del canónigo, cosa poco lógica.
Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis, y el cura le propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero al fin accedió.
El joven Cepero recibió á los dos secamente.
--Supongo la comisión que ustedes traen--les dijo--; pero tengo que advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces obraría lo mismo.
--Está usted en un error--dijo don Víctor--al pensar que nosotros entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es para venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor culpable, y no podía desear su muerte.
--No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San Juan, yo le dije: "Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los tiros.
--¿No sabe usted quién disparó?--preguntó Luis.
--No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.
Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Víctor intervino de nuevo.
--Otra pregunta tenemos que hacer á usted.
--Ustedes dirán.
--Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del complot en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo ha afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un anónimo. ¿Puede usted decirnos si es verdad?
--Es verdad.
--¿Lo guarda usted?
--Sí.
--¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las dudas de mi amigo?
--¿Porqué no? No tengo inconveniente.
Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. La letra estaba disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no había duda.
En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría la sorpresa con todos sus detalles. Lo firmaba: _Un amante del orden_.
Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se marcharon á su casa.
Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba fuera de sí: que Cepero hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su fanatismo político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo que no se explicaba era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando en el complot. ¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?
Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, y les contó lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la intervención del canónigo.
Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, la que había inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló, dando á entender que creía lo mismo.
La abuela, que sentía aumentado su odio por la _Canóniga_, llamó unos días después á Luis Torralba y le encargó que vendiera una huerta y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida para la hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa lo antes posible.
Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero no tuvo más remedio que marcharse. La _Canóniga_ fué á otra casa mejor. El escándalo en el pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo relacionó la muerte de D. Miguelito con la expulsión de la _Canóniga_, y muchos sospecharon algo de la verdad.
La Cándida, abandonada al consejo del capitán Lozano y de Adela, su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los días daba banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban á la cama borracha.
El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la Dominica se le miraba de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le indicó que esperara unos días.
Efectivamente, una semana después, Portillo, que había sabido hacer valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él cuando la intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue quedó interinamente de secretario del obispo de Cuenca.
Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero se hablaba constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la familia. Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde D. Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas.
Después quiso echar de la catedral y de la casa á Ginés Diente, pero el obispo se opuso.
Sansirgue supo también que Garcés el _Sevillano_ hablaba pestes de él y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe político prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel.
XVII.
MESES DESPUÉS
En el tiempo que medió entre la expedición de Bessieres y el triunfo de los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado, y Sansirgue se eclipsó.
En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo y toda España, no era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado á los voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba Garcés el _Sevillano_, compañero en la aventura de la puerta de San Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel.
Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo, bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenían en Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al más terrible ultramontanismo, y se distinguía en su diócesis por sus pastorales contra los moderados y los exaltados.
Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigüenza y presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban la consigna.
Unos días después de la reintegración de todos los derechos autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función de desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan Sansirgue.
Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, redactor del _Restaurador_, con sus apóstrofes á los constitucionales y sus loas á Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.
A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el sermón con indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres.
Garcés el _Sevillano_, para exagerar sus méritos, había pintado la aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que había malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los liberales, y que le había perseguido y encarcelado á él para reducirle al silencio. Esta versión hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo.
--Es un espía, es un espía de los masones--aseguraba todo el mundo.
El penitenciario, al comprobar lo que se decía de él, quedó desesperado.
Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió después á D. Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio Corpas.
Los dos le contestaron fríamente.
La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo que á D. Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador. Muchos se afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el _Sevillano_, se convirtieron también en exterminadores, é hicieron un alegato contra Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres. Se encontró en casa de los Ceperos, que habían huído del pueblo y traspasado su comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.
Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir anónimos insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos terrenos y ultraterrenos.
Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le trasladasen de Cuenca.
En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado á Sigüenza, sin ningún ascenso. Sansirgue preparó el viaje sigilosamente; temía que, al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.
Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de confianza que conocía bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie.
El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á ver á su familia.
La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco grato á los oídos del canónigo.
El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su casa, en compañía de la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su padre y de sus hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó Priego y se puso en camino por la tarde.
El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado á un lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa...
Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando un camino carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los ribazos.
A mano derecha se abría un gran valle poblado de matas que nacían entre piedras y cerrado por montes cubiertos de árboles. Un rebaño se derramaba por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de las esquilas.
A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía el nombre: ermita del Salvador.
Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana sobre un tejado terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla: un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos. A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos siniestros.
Adosado á la ermita había una casa pequeña con un huertecillo abandonado.
--Aquí vivía un ermitaño--dijo Sansirgue.
--Sí--contestó el mozo.
--¿Habrá muerto?--preguntó el canónigo.
--No; le mataron--contestó el criado.
--¿Quizás para robarle?
--No; parece que fué venganza de los realistas. Dicen que el ermitaño había dado informes á los constitucionales.
Sansirgue se estremeció.
--Bueno, vamos de aquí--dijo.
Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas; el perfume del romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido de una campana.
A medida que avanzaban el canónigo y su criado el sol iba desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de sombra por en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco escarpado.
Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de llegar á sitio habitado.
De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y se detuvo, inquieto.
--No es nada--se dijo.
Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vió dos figuras que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia atrás y vió otras dos.
--¡Alto!--le gritaron.
--Alto estoy--murmuró el canónigo.
Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pensó que había caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible defenderse ni escapar, y repitió que se entregaba.
Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al canónigo, le bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba, cruzando el bosque, hasta un descampado, donde había una tenada. Desde allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y violáceos.
Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En una mesa, á la luz de dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y sobre él caía una cuerda atada en una viga del techo.
--Sentad al acusado--mandó el que presidía.
Sansirgue se sentó sin protestar.
El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:
--_Dominus regnat_: (El Señor reina.)
El que estaba á su derecha dijo.
--_Dominus imperat_: (El Señor impera.)
El de la izquierda repuso:
--_Angelus vincet_: (El Angel vencerá.)
El de la extrema derecha añadió:
--_In gladio..._ (Con la espada.)
Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:
--_... indignationis ejus_: (De su indignación.)
Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al penitenciario de traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno masón.
Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; pero el presidente los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando; pero el presidente le impuso silencio.
--¿Qué pena se le impone al acusado?
Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron la cabeza gravemente, y un momento después el presidente hizo lo mismo.
Dos de los enmascarados que habían prendido al canónigo le pusieron la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto hacia atrás dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.
--¡Confesión! ¡Confesión!--gritó el canónigo con voz ahogada.
--Concluid--dijo el jefe de los exterminadores.
Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vértebras crujieron, crujió también la viga del techo, y después el cuerpo de Sansirgue quedó inmóvil.
Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe, quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros bajaron el cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó el ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras.
El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad del sol había huído del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él.
El exterminador se persignó, murmuró algo como una oración y á caballo desapareció rápidamente.
EPÍLOGO
La noticia de la muerte del canónigo produjo en Cuenca gran sensación.
Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las causas de la muerte y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se averiguó la verdad.
Pocos días después de este suceso el capitán Lozano hizo una de las suyas, que dió mucho que hablar.
El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida completa de crápula. La casa de la _Canóniga_ era un ir y venir de jóvenes calaveras, que comían y bebían allí.
El capitán Lozano, entrampado en el juego, había sacado á la _Canóniga_ cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez de pagar se jugó la cantidad, y la perdió.
Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la caja del batallón y escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era una muchacha muy bonita.
Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, donde tuvo un café, y años después se alistó como voluntario en el ejército francés y murió en una emboscada de los moros.
La Adela, que había seguido con el café de Orán, se casó con el dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica.
La Cándida, al saber la fuga del capitán con su doncella Adela, á quien consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de melancolía, que intentó curárselos á fuerza de alcohol.
Alguien le indicó que llamara á la _Zincalí_, la vieja gitana, que tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la llamó, y la gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la _Canóniga_ con sus mentiras y sus arrumacos.
La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del pueblo.
La _Zincalí_ se encargó de proporcionar amantes á la Cándida y de sacarle el dinero.
El pueblo entero la había aislado, como á una apestada.
La _Canóniga_ se trasladó á un casucho del barrio del Castillo, que se convirtió en mancebía.
Un proceso que se entabló contra ella y la vieja gitana, acusadas por un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo á la Cándida.
Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de Celestina.
Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su madre, y fué á establecerse á Valencia.
La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia, vivió sola en la casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente lejano, lo que le permitió mejorar de posición.
Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y la prohijó. Ya vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía pasear con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran expresión de melancolía.
Durante mucho tiempo, únicamente la casa del pertiguero del callejón de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo, la Dominica trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando al canónigo volteriano, el _Degollado_ cantando en la calle con su hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío con sus ojos de oro, y el cuervo monologando.
Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopló sobre la casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al canónigo carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y conducido á Alenzon, donde murió.
Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapareció un día misteriosamente, y se lo encontró pocos días después muerto en la calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda más larga para la vida.
Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió á la familia de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y pequeños, de hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de la casa del callejón de los Canónigos.
Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del canónigo Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la música de campanillas tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen, y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las horas: _Vulnerant omnes, ultima necat_.
Todas hieren; la última, mata.
Los guerrilleros del Empecinado en 1823
I.
NUEVA COMISIÓN
En apariencia la vida de un hombre de acción es un juego de azar, una lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva el mayor premio en el máximo esfuerzo.
La acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria.
Unos días después de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el Empecinado y el _Lobo_ se presentaban en casa de Aviraneta.
Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo San Miguel.
Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.
Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar Angulema.
Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en el Gobierno francés.