Part 6
--Qué quieres--murmuró D. Víctor--. El pueblo discurre así; tiene que ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino á decirle la verdad lo odia y lo desprecia.
--La Iglesia en ese sentido debe ser también muy pueblo--dijo Luis Torralba.
Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.
XII.
LA ALARMA DE BESSIERES
Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de Madrid y sus tropas dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y tomar, á poder ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras.
Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una Junta realista, y la envió un oficio dándole cuenta de sus planes.
Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitán Lozano, y lo tomaron en consideración.
Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político comunicándole la dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole con detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtiéndole que llevaba pocas fuerzas.
Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó la noticia de la alarma de Bessieres.
Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se avistarían con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la ciudad.
Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se presentara él al general realista.
Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no alarmar á la familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés el _Sevillano_, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en el campamento del francés.
Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres debió quedar bien impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante.
El advenedizo francés tenía simpatía por la gente improvisada, y creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él, sin prejuicios ni supersticiones de moral.
Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca y le trajera un plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo conseguía, haría que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera comandante.
Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y lleno de grandes esperanzas. Se reunió en seguida con el Chantre y con el capitán Lozano, y entre los tres comenzaron á hacer gestiones para madurar un plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de su hermano.
--¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á tomar partido con los absolutistas? Me parece mal, muy mal.
Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo inexplicable.
El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación de Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste se redoblaría la vigilancia, se tranquilizó.
No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, á quien había escrito Aviraneta por orden del Empecinado.
El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.
El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.
Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, suponía que las órdenes de la Confederación de comuneros eran dictadas por grandes sabios.
Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta, creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en el arrabal, y era dueño de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes monacales.
Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés años, sombrío y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho milicianos por envidia ó por utilidad.
El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución y fuga de Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que las huestes realistas se habían dividido.
Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil quinientos hombres. De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas, Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir; pero con tan poca gente, la cosa variaba.
--Creo que le haremos frente á Bessieres--dijo Cepero solemnemente á su hijo.
--¡Bah!--contestó éste--. ¿Usted cree que podemos contar con la guarnición?
--Yo, sí.
--Pues está usted en un error.
--¿Por qué?
--Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los absolutistas.
--¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!
--Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitán Lozano, el capitán Arias... casi todas los oficiales están dentro de la conspiración; dispuestos á levantarse contra el Régimen.
Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que demostraban los manejos realistas de los militares.
Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de moderado.
Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales de la guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe político.
XIII.
PROYECTOS
Don Miguelito, después de tener una larga conferencia con el Chantre y con el capitán Lozano, se avistó con el comandante de la plaza, y entre los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.
La entrada de los absolutistas se verificaría por la puerta de San Juan, y de noche.
El comandante mandaría á esta puerta al capitán Lozano con una sección, y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender á los oficiales, y desarmar á los soldados de la milicia nacional.
A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en la puerta de San Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres; daría el santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón entraría después, y por último, toda la fuerza realista.
Aunque el plan era sencillo, había que combinar muchas cosas y atar varios cabos para ponerlo en ejecución.
Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se encendería una luz en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco después, en la muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado".
Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría delante del convento de San Pablo.
En el instante que vieran las dos señales, Garcés iría á avisar al campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de lanceros. Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios pelotones, á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de dentro: "¿Quién?", contestarían con este santo y seña:
--Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos._
Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca de un hombre como Miguel, era un poco absurda.
Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para que pasaran las fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería, próximo á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían á los oficiales afectos al Régimen.
El plan era realmente fácil y muy asequible.
Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la orden de ejecución. Se esperaba no se sabía qué. Bessieres estaba impaciente.
La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del obispo, había escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas.
Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el proyecto, en el cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró que el proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que, á no ser por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera denunciado al jefe político en un anónimo.
Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. El secretario del obispo estaba impasible.
Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió que podía hacer un servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado en la carrera con sus versos _A la Canóniga_, y no vaciló. Se marchó á su casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano Cepero.
En los anónimos no omitía un detalle de cuanto tramaban los conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecían á la Junta, incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo con la mano izquierda.
Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, ceñudo y preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto por minuto, lo que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. Cuando concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo, y D. Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el penitenciario.
Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este avanzó, mirando á derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al buzón.
Poco después volvió de nuevo á su casa, y media hora más tarde entró D. Víctor. El capellán pasó una porción de horas de insomnio pensando qué podía haber escrito el canónigo.
Todo le hacía creer que era algo serio é importante; las cartas ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó aquéllas, las había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué tantas precauciones?
Al día siguiente D. Víctor fué á ver al _Zagal_, al armero de la Ventilla.
Este era amigo de uno de los secretarios de la policía, y por él había sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto.
Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había delatado á los realistas.
Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus sospechas á Ginés y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación tales suposiciones.
Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo Sansirgue, dijo:
--Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si queda algún indicio.
Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Ginés, que era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y vió sobre la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las cogió con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios nombres, entre ellos el de Torralba.
XIV.
CABILDEOS DE DON VÍCTOR
Don Víctor quedó convencido de la delación del canónigo.
Pensó las providencias que podía tomar para evitar que á Miguelito le hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban.
Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á la calle de Caballeros, á casa de los Torralbas.
Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura, en la que tenía tantas esperanzas.
Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, y la habló; pero esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se limitó á decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.
Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral á buscar al Chantre.
Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló delante de la verja.
Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos militares, y en la clave del arco, un esqueleto.
En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta el triunfo de la muerte:
_Victis militibus mors triumphat_: Vencidos los soldados triunfa la muerte.
Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempló las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de caballeros yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y como el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la nave de la catedral.
Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de los altos ventanales de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre las columnas oscuras.
Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie de ideas angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido, aniquilado, descontento, sin fe en nada.
De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo que estaba descubierto el complot de Miguelito.
--¿Quién ha podido descubrirlo?--exclamó el Chantre.
--No lo sé.
--Voy á decírselo á Portillo.
El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró que había dos agentes de la policía del jefe político paseándose por delante de la puerta del palacio en la plazoleta.
Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.
El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.
Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se dirigió á ver al capitán Lozano.
Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña Cándida....
La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado iluminaba los aleros y los pisos altos.
Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la casa de la Sirena. La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el espionaje, le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido. D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador....
La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina comenzó á iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á cera, á azúcar y á retama quemada.
En un convento una campana sonaba aguda y constante.
En la calle, el _Degollado_ cantaba, acompañado de la guitarra, la oración de San Antonio de Padua:
Su padre era un caballero cristiano, honrado y prudente, que mantenía su casa con el sudor de su frente.
Y tenía un huerto en donde cogía cosecha del fruto que el tiempo traía.
La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D. Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura interior.
El _Degollado_ seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego.
Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos:
Mientras yo me vaya á misa gran cuidado has de tener; mira que los pajaritos todo lo echan á perder.
Entran por el huerto, pican lo sembrado; por eso te digo que tengas cuidado.
Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El _Degollado_ se alejó, dando golpes con el bastón en la acera; se calló la campana y no se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas entre los papeles de los dulces secos.
Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitán no salía, D. Víctor cruzó la calle y entró en el portal de la casa de la Sirena. Llamó, salió la doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase. Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que se presentó Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la vida.
Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano era capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era fácil y factible.
A pesar de que nadie podía ignorar su condición de borracho y jugador, era el capitán cajero de su regimiento.
Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba apareció Doña Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba.
La _Canóniga_ no quedó nada sorprendida al saber que era Sansirgue el denunciador de la empresa realista. Doña Cándida se manifestó delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y rogó á don Víctor convenciera á su amante de que abandonara el complot.
Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado la entrada por la puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era señal de que no se intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría á don Víctor.
Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la Sirena á la suya.
Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que ocurría. Ya todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes relaciones por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en los funerales, y hablaron las dos.
La Dominica se persuadió de que el canónigo era un bandido, un verdadero Sacripante.
La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso á vigilar al canónigo, á espiarle, y en último término, si era necesario, á luchar con él á brazo partido hasta vencerle.
Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á decir su misa; y al volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él, Sansirgue había salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.
Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al capitán Lozano.
Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama. Se había acostado tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una serie de cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la Milicia nacional.
El coronel había llamado á Lozano para advertirle que se aplazaba el movimiento realista hasta nueva orden. El coronel había intentado persuadir al jefe político que lo del complot era una fábula, y el jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo y por dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno civil á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como absolutistas, ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización.
Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, querían preparar un lazo á los absolutistas.
--Dicen que se ha recibido un papel explicando las señas convenidas--terminó diciendo Lozano--; es posible que sea de su canónigo.
Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la calle y fué á ver al _Zagal_, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, sabía que D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la puerta de San Juan, y que, si lo intentaba, se le prendería.
Los dos directores de la Milicia que querían cazar á Miguelito eran Cepero hijo, y un joven, Nebot.
El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente patriótico; el que arrastraba á Nebot, no.
El padre de Luis Nebot se había ido lentamente apoderando de una posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba.
Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él, pero Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues había prestado por ella lo que valía y aun más.
Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca aparecía en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle, comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes, y la finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.
Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación de la gente de la vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos vieron que perdían los campos de que se habían apoderado por una maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba hubiera prescrito.
Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó gran parte de su dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se consideraron enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo Luis se hizo miliciano nacional.
Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á ellos era una de las mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero, Nebot y un joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas, hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta de San Juan, y sorprenderlos.
Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre la familia del guardián los medios para salvar á Miguelito. No se sabía dónde se habían de hacer las señales.
Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de noche, á buscar á Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que suspendiera su aventura.
Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta de San Juan, sin acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.
XV.
LA PUERTA DE SAN JUAN
A las siete de la noche, después de dar de cenar al canónigo Sansirgue, la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del pueblo y marchaban al arrabal.
La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna en cuarto creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas, iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó el viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas y ventanas.
Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigió á distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San Pablo; Ginés, por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.
A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron á brillar los zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca, retumbaron los truenos inmediatamente después de los relámpagos, y descargó una de esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.
Mientras las personas de casa del guardián marchaban por el campo en busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo, entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en él, resguardándose del chaparrón.
La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, en las sombras el camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del Júcar.
Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la ciudad, asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles, colgados por cuerdas.
Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la noche del campamento de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del convento de San Pablo.
Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se uniría á Asunción.
Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo; Garcés no la había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla.
--¡Vamos!--dijo Miguelito.
Marcharon al campamento de Bessieres.
Un escuadrón estaba preparado.
Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin llamar la atención de los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la deshilada.
Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió, á la luz de un relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de un empellón, derribó al pertiguero.
Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á nadie. La lluvia imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche impedía ver nada.
Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Júcar; luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda.