Los Recursos de la Astucia

Part 5

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Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice Pico, le dejó atónito.

A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, la erudición y el buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba como una cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en sus notas marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún ligero olvido de su ídolo.

--Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo concede á Voltaire--decía amargamente don Víctor.

Y esto le molestaba más que como una herejía, como una traición al espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.

VIII.

SU MAJESTAD EL ODIO

El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció á sus anchas en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no era de la raza de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la lectura y á la soledad.

Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; comía mucho, bebía bien, escribía con frecuencia largas cartas y á todas horas se le veía entrar y salir en el palacio del obispo.

Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba á los chicos en la calle, ni quiso dar una limosna al _Degollado_, que se pasó varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro.

Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero. Supo que en casa de la Dominica había un capellán de un convento de monjas de huésped; pero no le dió importancia ni pensó en conocerle, ni menos en convidarle alguna vez á su mesa.

Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel momento comenzó á sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y contenidos.

Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. D. Juan, hombre de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tenía influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha.

Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el éxito ó el fracaso.

La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión de contento y de triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del capellán de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso.

Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear, escribir cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba, sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas que había equivocado y los errores de concepto que había vertido. Sabía, además, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora. Sansirgue era muy visitado y consultado.

El penitenciario era un hombre caído con buen pie en la ciudad. En su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con él; en el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los más admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón almibarado ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.

Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los declamadores dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor desprecio.

La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el púlpito con sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la catedral.

Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y más de la mujer católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán.

Uno de los sitios donde fué presentado y recibido con entusiasmo Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción.

El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió pronto su flaco. Poseía Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre todo los jesuítas, han desarrollado en la práctica del confesonario; tenía también la mala opinión que los curas tienen casi siempre de las mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la comunidad de faldas.

La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué haciéndose mayor; el penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la Sirena todos los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta del callejón, para que no le viesen.

No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de clerecía el que un cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la galantease; lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se comenzara á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones entre Doña Cándida y el canónigo.

La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia se debió á una vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una confitería frente por frente de la casa de la Sirena.

La confitera había prestado al abuelo de Asunción, D. Diego Cañizares, por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.

El tener la hermosa casa de piedra sillería delante había dado á la confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus proyectos de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado días y noches con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida.

El _Zamarro_ proporcionó el dinero necesario para levantar la hipoteca, y su hija se quedó á vivir en casa de la Sirena.

Desde entonces la confitera dedicó á su antigua amiga el más profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la rabia, enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro.

La confitera comenzó á tratar á su marido, que era un pobre calzonazos, alto y triste, á puntapiés.

Por envidia y por celos, día y noche se puso á espiar á la Cándida desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso. La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.

En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas ó no pasa nada, fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.

En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños apenas se da un caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el odio inmotivado crece con una lozanía extraordinaria.

El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: ¿Qué motivo puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y otras mujeres es suficiente.

Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, debajo de la farsa cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la manera más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo del hombre.

La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, lo único que ha de moderar el egoísmo.

La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos, querrá que los vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo pueda contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso, cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de cristal.

Hay que reconocer que esta predicación cristiana, con su palabrería mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta.

En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la envidia predominan.

Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en una aldea ó en una ciudad pequeña, se quedaría uno asombrado. En las grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible...

Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cándida y Sansirgue fueron las dos personas que más les odiaban: la confitera y don Víctor.

La confitera contó á todo el mundo lo que había visto: las entradas en la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.

La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era aficionada al vino y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca llamaba á la Cándida la _Canóniga_, decía que era borracha y que estaba enredada con el penitenciario.

Años antes había habido una obispa; luego, una capuchina; después, una vicaria, y por último, una canóniga.

Para pueblo de clerecía, no era mucho.

IX.

UN ROMANCE ANÓNIMO

Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus relaciones con Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á charlar con él.

Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y tomaron como cabeza del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre é inconsciente.

El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qué hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo un par de pesetas para ir pasando.

Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de lo que se empezaba á murmurar de la Cándida y del penitenciario.

Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier día Doña Gertrudis iba á provocar un escándalo á la _Canóniga_.

Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo consideraba peligroso.

Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle á través del patio.

Conocía los hábitos del canónigo.

--_Latet anguis in herba_--decía D. Víctor, y pensaba que aquella serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún daño y producir grandes males.

Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que doña Gertrudis había tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida.

En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Víctor, en parte por mala intención, y también por favorecer á su amigo, escribió un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba _A la Canóniga_, y empezaba así:

En un caserón vetusto más alto que la Mangana, más negro que un solideo y un escudo en la fachada con un sol, una sirena, dos dardos y una granada, una vieja pergamino, siete lustros en cada anca, echando lumbre los ojos y temblándole la barba, á su zamarresca nuera enderezó esta soflama: "Nunca fueron tradiciones de las fembras de mi casa servir en la clerecía á tenor de barraganas. Nunca doncellas ni viudas, ni casadas, sin ser santas, fueron _viribus et armis_ sin gracia canonizadas. Non son los limpios blasones de vieja estirpe _fidalga_ el contar en ella obispas, canónigas ni vicarias".

Después de largas insinuaciones malévolas, en que aparecían D. Juan y la _Canóniga_, concluía diciendo la vieja á su nuera en el romance del cura:

"Marchad, señora canóniga, al cabildo ó á la tasca, que si no os marcháis aína yo os echaré noramala".

Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.

Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.

El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.

Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.

Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.

El autor de _A la Canóniga_ demostraba una malevolencia grande, cierta facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el clero poco natural.

Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D. Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. Miguel había escrito antes _Las Comadres de Cuenca_ en el mismo estilo; él, sin duda, era el autor de los versos _A la Canóniga_.

Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.

Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso, que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo le excitaba más la furia vengativa.

¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera lanzado á él á deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había recibido un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.

El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado al miedo, á la desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear arriba y abajo, como un lobo en la jaula.

Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho que ésta hiciese alguna tontería comprometedora; pero la Cándida discurría como mujer, y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo la abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D. Miguelito.

Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la viuda, se alegró.

--La viuda se entiende con el capitán--le dijo Portillo á Sansirgue, unos días después--. Aproveche usted esta conyuntura. Escríbala usted, hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted.

Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose á sí mismo de que hablaba mal de ella.

A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le recibió muy mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen camino á la viuda, y mucha gente lo creyó.

X.

LA JUNTA REALISTA

Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y la debilidad del Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas absolutistas en casi todas las capitales de provincia.

En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el obispado. El obispo, un viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución; recibió dinero de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta mil reales para los primeros trabajos de los realistas puros.

El secretario Portillo comenzó la organización de la Junta, de la que formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue, Trúpita y Sagredo.

Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron á la Junta.

La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista y enemiga del Gobierno; en el arrabal se experimentó cierta agitación entre los constitucionales que se desvaneció en figuras retóricas de la época.

Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, en caso de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres representantes ó testaferros que se pondrían en comunicación con la gente.

Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar.

Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en una casa antigua medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta, en el dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa había pertenecido al Arcipreste de Moya.

La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en la segunda sesión de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los delegados explicó sus trabajos.

El Chantre dijo que había recibido más de quinientas cartas de curas de pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba que llegarían á más las adhesiones.

El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales para que se compraran armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á los curas de la diócesis.

Después del Chantre, D. Miguelito explicó su gestión. Excepto el jefe político, todos los demás empleados estaban dispuestos á derribar el Régimen constitucional.

--Las condiciones que ponen son éstas--señaló Miguel--: El contador de la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador; el Cachorro, Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser contador de la policía; el armero de la Ventilla, el _Zagal_, dice que proporcionará armas á los voluntarios si le conceden el retiro de sargento á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos adheridos están en esta lista cada cual con sus condiciones.

Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. Este no había tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito. Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos comandantes del batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano, Arias y Vela, á comandantes; los tenientes, á capitanes, y los sargentos, á oficiales.

Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron éstos maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos secretarios de policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más que al jefe político.

El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno á la primera señal.

XI.

UN SERMÓN DE SANSIRGUE

Siendo éste el espíritu de las personalidades de Cuenca, no era de extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase soliviantada.

Al saberse la expedición de Bessieres y de los demás cabecillas realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó.

Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y la cruzada que los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y confesonarios.

Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban los frailes en sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos, todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la Constitución.

Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que los curas más fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las prerrogativas del trono y del altar.

El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo magistral Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el público no se entusiasmó con su oración.

Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, recomendándole diera la nota aguda.

--Aunque se comprometa usted un poco no le importe--dijo Portillo--. El Gobierno no se atreve con nosotros.

--No le tengo miedo.

--Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las frases se le escaparan á usted involuntariamente, _ex abundantia cordis_. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.

Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta ironía.

Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su discurso y se los aprendió de memoria.

El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la catedral.

Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una columna de la nave central.

Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de terquedad y de dominio.

--Es un patán que va á trabajar al campo--dijo D. Víctor--no el inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.

Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador artista, pero estuvo relativamente bien.

Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.

Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, vasos de todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal, que con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.

Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban traidora y cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los fieles á que salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión y de la Monarquía con todos los medios y con todas las armas.

Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue con una violencia extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á golpes de martillo en la cabeza de los fieles.

Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, sudaba y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía roja y congestionada en el púlpito.

Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo silencio y siguió de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la frase del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó que la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la impostura, y el error en boca de un ministro del Señor puede ser la verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó del púlpito.

Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que el sermón de Sansirgue era el que se pedía en aquel momento. Todo el mundo decía que el penitenciario había estado admirable; los hombres se sentían entusiasmados y las viejas encantadas.

--Si alguien ahora recuerda lo de la _Canóniga_ se le tendrá por liberal--saltó Luis Torralba.

--Ah, claro--dijo D. Víctor.

--Es una bonita manera de discurrir--añadió Luis--. Le dicen á uno: "Tu héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un bandido." Es que tú eres liberal.