Part 4
En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y dejó en casa de Diente una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de teología, y algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de recoger.
Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo Rizo, y tras de la muerte de éste vino Sansirgue á posesionarse del cuarto que por tradición pertenecía á un canónigo.
En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario Sansirgue, como una gruesa araña peluda, plantó su tela espesa dispuesto á mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en ella.
V.
LA CASA DEL PERTIGUERO
La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela del palacio del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de ronda de la muralla.
En este callejón, llamado de los Canónigos porque antiguamente había varios que tenían allí su casa, vivía el guardián y pertiguero de la catedral, Ginés Diente.
Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.
La pértiga constituía una institución en la familia de los Dientes. Se podía decir que los Dientes vivían de ella y comían de ella.
Ginés el guardián era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón saliente, con claros en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos para leer.
Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, calzón oscuro, media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrán de color negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves.
Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral mejor que su casa.
Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal.
Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos, compuestos con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la lectura. Lo que no entendía bien lo volvía á leer.
Así había pasado cerca de un año con el _Teatro Crítico_, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.
Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer.
--No sé para qué lee usted tanto, padre--le decía--. Deje usted eso á los que saben.
--Los que saben son los que leen--contestaba Ginés--; sean canónigos ó pertigueros.
Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero, constructor de ataúdes.
La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un hombre.
La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda, de primera, solemne y solemnísimo.
La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen hombre, fantástico y un tanto borracho.
La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese relación con ella.
A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos.
Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud habían quedado como legendarias.
El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.
La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como si fueran chicos.
Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana, porque la obligaba á trabajar como una negra.
Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.
El ser, además de carpintero, relojero de la catedral le permitía andar siempre de un lado á otro.
Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pájaros y toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á quien Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.
Este constructor de ataúdes solía ir á veces con Juanito en un hombro y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero, con quien tenía grandes amistades.
--A mí que no me den un armario ni una mesa que hacer--decía Damián á sus amigos cuando estaba inspirado--; lo que más me llena es hacer una caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro de un ataúd... ¡ja... ja!
--¡Bah! No tanta como en una sepultura--saltaba el sepulturero su amigo que quería poner también muy en alto su profesión.
--¡Más, mucho más!--replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino--. Yo, cuando veo las tablas que traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba en un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, alimañas, leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado alguno. ¿Los había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja... ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y la tela? Esa tela negra que se va á descomponer en la fosa, ¿de dónde viene? Viene de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero... de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! ¡Ja... ja... ja, ja!
Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.
--A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto--añadía.
--Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué hacer, no le encuentro encantos á la vida--aseguraba el sepulturero.
--En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, á quienes pasa todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!--exclamaba Damián.
--Somos gente superior--añadía el sepulturero.
--Es que nuestros oficios tienen más fondo, más filosofía. El fondo de una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas á tener tú la insustancialidad de un peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El hace una envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué filosofía tiene esto!
Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que echaba la siesta dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.
El enterrador admiraba á Damián. En cambio su mujer, la Dominica, le despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de sarcasmos, que él oía indiferente.
En la casa del pertiguero lo más transcendental era la habitación del señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones y la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.
La habitación del canónigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara. La luz entraba en ella por un gran balcón y por una ventana pequeña. Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía sobre el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo, limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas y de rosales silvestres.
Tenía la habitación una chimenea de piedra con el hogar cubierto durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en colores desteñida, y dos bolas de cristal azul.
En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, también con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos negruzcos.
Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, ya tan ajadas, que apenas se podía notar su primitivo color, y un canapé de paja, con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la ventana pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados.
Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado á la lectura, mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro.
Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á contemplar las rocas de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las oraciones del _Degollado_, á quien solía echar una moneda. La Dominica conservaba la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la polilla que corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los volúmenes alineados en los estantes.
En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos de su despacho era un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller de Damián. Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al dar las horas. En el péndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla de bronce que rodeaba la esfera, se leía: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el reloj y hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña. Cuando desaparecían las edades de la vida seguidas de la Muerte, se abría una ventana y aparecía la Virgen. Al mismo tiempo que estas figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una música melancólica de campanillas.
Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á su taller, lo desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se moviesen los muñecos automáticos y funcionase la sonería.
Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj como recuerdo, y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián se apoderó del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía trabajar.
Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el ataúd grande donde solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños, el cuervo, el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado de verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria.
Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo Chirino, Damián lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y tibias, entre flores, su carácter macabro y la salida de la Muerte le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y geniales ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre.
Le habían dicho lo que significaba el letrero en latín, y le parecía admirable. _Vulnerant omnes, ultima necat_: Todas hieren; la última, mata.
El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, con un tono de salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos.
Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban pensando en la profundidad de aquella sentencia.
* * * * *
Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, le parecieron las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse allá, encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar más espacio en el cuarto.
Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos volúmenes de Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de colección de sermones de predicadores célebres.
Estos libros estaban señalados y anotados, así que era muy fácil y cómodo consultarlos.
Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una selección rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros en cestos á un cuarto interior.
Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en la casa. Por diez reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la sala, y los domingos tendría un plato extraordinario.
Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura, serviría al canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.
VI.
DON VÍCTOR
Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo de Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D. Víctor, y era capellán de un convento de monjas.
Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no había prosperado, quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala suerte.
Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de movimientos y de ademanes.
Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje á Roma, y durante algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia.
Era el capellán hombre inteligente, trabajador, austero, á quien la injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado siempre postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á sus superiores. Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero como á criados.
Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales como grillos, como eslabones de una cadena que le herían; pero aun así amaba la cadena martirizadora.
El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la escuela de la humillación. Su plan último consiste en quebrantar la individualidad. Su ideal, hacer del hombre _perinde ac cadaver_.
Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en sí mismo orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su apología.
Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al servilismo y á la pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la táctica de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del primero.
Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario la antipatía que producía.
--¿Cómo?--pensaban sus superiores. ¿Este hombre de clase humilde, cree que sabe latín? ¿que sabe teología? ¿que es capaz de predicar elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.
Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á estar descontento, á ser miserable, á ser vil.
Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á todo lo noble, lo sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición semítica, de los siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de Roma, en los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos.
Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufrió grandes choques en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se burlaron de él, de su pedantería y de sus latines.
Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento al ver á sus antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que él, como los demás, tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos gestos y ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un profesor de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos se ponían las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.
Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos obtenidos en el seminario, y lo consiguió.
Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con el sueldo mísero que le daban las monjas y con el pequeño estipendio de la misa, y fué á vivir á casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco reales la guardiana le tenía de huésped y el cura vivía como si fuera de la familia.
La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba siempre que cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y echaba largos y pedantinos discursos empedrados de latinajos: _Odi profanum vulgo_, decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza repetía: _Omnia mecum porto_ (llevo todos mis bienes conmigo).
Don Víctor era un temperamento batallador y amigo de luchar.
No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario para ver las grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeñas injusticias de detalle le herían y le mortificaban.
Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba.
Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse al monte.
A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la iglesia debía ser _Imperium in imperio_, y que era ella la única encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños detalles.
Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque entonces le llamaba _fortunate senex_, y algunos otros elogios en latín.
Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.
VII.
LA BIBLIOTECA DE CHIRINO
El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en huerto.
Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo, había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino, el sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes, probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros apilados en el suelo, todos llenos de polvo.
Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía los libros estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener allí otros á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto, después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un centauro en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo.
Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró el catálogo de la biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación principal, la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D. Víctor, estaban los libros de historia, de filosofía y de moral, algunos encuadernados sin rótulo.
Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, obras de casuística de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y otros célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los autores. También le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas del filósofo rancio del padre Alvarado.
¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje?
Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo de un inquisidor.
Al principio había considerado su cuarto como un rincón, únicamente bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar admirable de esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían más que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer delante de la reja con los pies calientes.
Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se ponía á leer. Comenzó á mirar uno por uno los libros de la biblioteca, principalmente los anotados por el canónigo.
En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, casi siempre racionalistas y burlonas.
El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para despistar á cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros.
La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor al comprender qué escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo.
Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos racionalistas, supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró este nombre en el Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, vió que podía descomponerse en: _¡O alte vir!_ (¡oh alto varón!).
Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, hasta que comprendió era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era Erasmo, y que así estaban disfrazados muchos nombres.
Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla, buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para indicarlos no ponía más que la inicial.
Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D. Víctor. ¡Qué curiosidad la de aquel hombre! Filosofía, matemáticas, ciencias naturales, viajes, todo lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.
Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y un enemigo.
--¡Ah, canalla!--exclamaba.--¡Cómo te ocultas! ¡Cómo te defiendes!
El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus notas. Muchas veces interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y lo seguía en otra.
Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición para ahogar este sentido de crítica y de duda.
Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, vulnerantes, educados en las marrullerías de los casuístas, por los que tenía un odio y un desprecio terribles.
Varias veces D. Víctor encontraba referencias á libros que no se hallaban en la biblioteca con la indicación de la página.
Por las notas del canónigo esto parecía indicar que se encontraban allí y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.
Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró nada, hasta que por casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, ésta corrió un poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena formada en el hueco de la pared y llena de libros.
Estaban allí las obras de Spinoza, el _Entendimiento Humano_, de Locke; el _Diccionario filosófico_, de Voltaire; las _Cartas provinciales_, de Pascal; _El Espíritu del Clero_ y _La impostura Sacerdotal_, del barón de Holbach; _Los Coloquios_ y el _Elogio de la Locura_ de Erasmo; el _Espíritu_, de Helvetius; la _Historia natural del alma_, de La Mettrie; el _Diccionario Crítico-burlesco_, de Gallardo, y otras obras francamente antirreligiosas.
En esta alacena había también una colección de folletos y periódicos franceses y españoles liberales y varios números del _Amigo del Pueblo_, de Marat.
En las notas de estos libros escondidos, el canónigo Chirino aparecía ya claramente como un incrédulo simpatizador de los enemigos de la Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada.
Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos por la Iglesia vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos.
Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta prohibida.
La impresión que le produjo la lectura del _Diccionario filosófico_, de Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para Voltaire las controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como un escrito del día.