Los Puritanos, y otros cuentos
Chapter 3
Un ligero temblor corriÛ por todo mi cuerpo, y a toda prisa procurÈ alejarme de aquella escena. CorrÌ por la ciudad, haciendo in˙tiles esfuerzos para no escuchar el taÒido de la fatal campanilla, y en todas partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transe˙ntes se miraban unos a otros con expresiÛn de susto, y se hacÌan preguntas en tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periÛdicos, chillaban ya desaforadamente: ´La Salve que cantan los presos al reo que est· en capillaª.
Desde que tengo uso de razÛn he sabido que existe la pena de muerte en nuestro paÌs; y no obstante siempre la he mirado del mismo modo que los autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia. Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia donde por fortuna hace ya bastantes aÒos que no se ha aplicado. ConocÌa algunos detalles de la ejecuciÛn de los reos sÛlo por referencia de los viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con cierta admiraciÛn, mezclada de terror.
Recuerdo que en la madrugada de un dÌa de otoÒo frÌo y lluvioso, salÌ de mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como nunca lo habÌa estado, bajÈ a escape la escalera en compaÒÌa de mi padre. Ambos march·bamos embozados hasta las cejas, no sÈ si por miedo al frÌo o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del dÌa que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles que a˙n se hallaban encendidos,[53] y las casas, dejando caer de sus tejados algunas gotas de lluvia, parecÌan llorar mi marcha. Al atravesar un campo situado a la salida de la poblaciÛn, me dijo mi padre: ´Este es el sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerteª. SentÌ un temblor igual al que corriÛ por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajÛn verde. °Dios mÌo, quÈ lejos estaba en aquel momento mi corazÛn de estas escenas de horror!
PasÈ todo el dÌa inquieto y nervioso, escuchando el toque de la campanilla f˙nebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la campanilla sonaba realmente, o eran mis oÌdos los que la hacÌan sonar. ComprÈ cuantos papeles se vendÌan[54] por las calles referentes al reo, y los devorÈ con ansia. No me atrevÌ, sin embargo, a pasar por delante de la c·rcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunque me dijeron que habÌa mucha gente por aquellos sitios. En cambio pasÈ varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujer habÌa venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y alojaba en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de Madrid. All· a la noche me sentÌ fatigado, cual si hubiera pasado el dÌa trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraÌdo por las calles, y me acostÈ temprano. TardÈ en conciliar el sueÒo,[55] como sucede siempre que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creÌa ganarlo, me despertÛ un gran estremecimiento parecido a la emociÛn que se experimenta al tocar el botÛn de una m·quina elÈctrica. Al fin me dormÌ. AsÌ como lo temÌa, toda la noche soÒÈ con patÌbulos y verdugos: mas no dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueÒos, por lo cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.
SoÒÈ que me achacaban un gran crimen, y que ponÌan en seguimiento de mis pasos a toda la policÌa de Madrid. Mis tretas para burlar su persecuciÛn, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San Vicente hacia fuera, metiÈndome en los lavaderos del Manzanares, donde me creÌ perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con efecto, estando allÌ muy tranquilo, mirando correr el agua de jabÛn y viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre mÌ el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud CatÛlica, el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales inmediatamente me amarraron y me condujeron a la c·rcel. El ministro de Fomento propuso que se me llevara[56] cogido por los pies y a la rastra, pero el presidente de la Juventud CatÛlica hizo observar que se me iba estropear la ropa, y fue desechada la proposiciÛn.
La c·rcel era un edificio grande, sÛlido y austero, con un crecido n˙mero de balcones y ventanas, cosa que me sorprendiÛ, a pesar de la turbaciÛn de ·nimo en que me hallaba, pues tenÌa la idea de que en las c·rceles habÌa poca ventilaciÛn. Me encerraron en un calabozo circular, sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la m·s completa oscuridad. Mas no se pasÛ mucho tiempo sin que se abriera la puerta de par en par, y entrara por ella un carcelero con una bujÌa encendida, anunci·ndome que pronto llegarÌa el juez y el escribano. Aparecieron al fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme enfrente de dos seÒores que jugaban todas las tardes al billar conmigo en el cafÈ Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se pusieron[57] a tomarme declaraciÛn; ofreciÈndome antes algunos merengues con objeto, seg˙n decÌan, de que tuviese la voz m·s clara. El juez, que era de los dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, despuÈs de haberme obligado a confesar una porciÛn de crÌmenes a cual[58] m·s horroroso, hizo un gesto muy expresivo a su compaÒero, llev·ndose la mano al cuello y sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomÈ el gesto por donde m·s quemaba,[59] y barruntÈ muy mal del asunto.
A las dos horas poco m·s o menos, tornaron a abrir la puerta,[60] y entrÛ el escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada m·s que a morir en garrote vil, si bien en atenciÛn a que jugaba con mucha seguridad los recodos limpios, dej·base a mi arbitrio seÒalar el dÌa de la ejecuciÛn. Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente este dÌa, juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso: mas pronto revoquÈ mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedÌ se me ejecutara al dÌa siguiente. Hay que[61] confesar que tengo un sueÒo muy digno.
Una vez resuelto que me ejecutarÌan al dÌa siguiente, la ˙nica idea que se apoderÛ de mÌ fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto, demostrÈ, al decir de todos los que me rodeaban, un gran car·cter durante las horas de la capilla. ComÌ y dormÌ tranquilamente, y pasÈ algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que Èstos la reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.
LlegÛ por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la muerte, y yo la emprendÌ con la mayor sangre frÌa. En aquel momento lo que me embargÛ fue un gran sentimiento de verg¸enza, y recuerdo que exclamÈ apret·ndome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: ´°Ah, por Dios, que no me vean, que no me vean!ª Hasta el instante de salir de la c·rcel, no se me occuriÛ que iba a hallarme frente a una muchedumbre de espectadores, y que algunos millares de ojos se irÌan a clavar sobre mi rostro con expresiÛn de burla y desprecio. Este pensamiento hizo flaquear mi valor: me aterraba infinitamente m·s que la perspectiva del cadalso. SentÌa dentro de mÌ fuerzas bastantes para mirar a la muerte cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de soportar la vista de un p˙blico curioso y hostil.
Congojado y muerto de verg¸enza salÌ por la puerta de la c·rcel entre un grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del suelo, porque temÌa desfallecer; mas el silencio pavoroso y extraordinario que observÈ en torno mÌo, incitome a alzar los ojos. °QuÈ sorpresa y quÈ ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que me rodeaba, ni una sola figura humana veÌase cerca ni lejos. Los balcones y ventanas de las casas, asÌ como las puertas de los comercios, se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y carceleros, despuÈs de pasear la vista por el ·mbito de la calle, mir·banse unos a otros con acentuada expresiÛn de asombro. El ˙nico objeto que herÌa la vista en medio de esta soledad era el carruaje miserable y fatÌdico que me esperaba. Antes de entrar mirÈ al cielo. AparecÌa cubierto por un leve manto de nubes, tan leve, que no conseguÌa velarlo por entero, semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El sol, asomando su ardiente pupila por los agujeros de esta celosÌa de nubes, era el ˙nico curioso que nos observaba.
El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del clÈrigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las casas. Nada, ni un ser humano parecÌa. All· en las afueras de la poblaciÛn, distinguÌ dos niÒos que corrÌan sofocados hacia la puerta de una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos por delante de esta casa, la madre y los hijos habÌan desaparecido. Un poco m·s all· tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre la espalda, el cual, asÌ que nos percibiÛ, dio la vuelta y echÛ a andar apresuradamente por una calle lateral, perdiÈndose muy pronto de vista.
Llegamos, por ˙ltimo, a la vista del patÌbulo situado en medio de un extenso campo. AllÌ fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del patÌbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veÌa tampoco una figura humana. SubÌ las escaleras del tablado, deteniÈndome a cada instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era m·s espeso; la vaporosa t˙nica de encaje habÌa sido reemplazada por una cortina gris que cerraba hermÈticamente toda la bÛveda celeste; el sol ya no tenÌa celosÌa por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluÌa por aproximar la lÌnea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos ofrecÌanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodÛn para sumirse luego en la tierra negra y h˙meda. Respir·base en este ambiente espeso, que no herÌa apenas ruido alguno, cierta calma: pero una calma que oprimÌa en vez de refrescar el corazÛn.
VolvÌ los ojos hacia la ciudad. La luz parecÌa que resbalaba sobre ella sin penetrarla; sus mil torrecillas no tenÌan fuerza para romper enteramente la atmÛsfera opaca que las envolvÌa. Mirando m·s y m·s, observÈ que lentamente iban elev·ndose desde su seno hacia el firmamento un n˙mero infinito de pequeÒas columnas de humo, las cuales[62] al extenderse en el aire se abrazaban, y juntas subÌan a engrosar el ya tupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieron pensar en los hogares que debajo de ellas habÌa,[63] y todo lo comprendÌ[64] en un instante. En torno de aquellos hogares humeantes moraban muchos seres que no habÌan tenido la curiosidad perversa de bajar a la calle para verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el patÌbulo para verme morir. Me sentÌ profundamente conmovido. La gratitud penetrÛ en mi corazÛn como una luz del cielo, como un b·lsamo dulcÌsimo, y perdÌ por completo los pocos deseos que me ligaban a la vida. ´Gracias pueblo de Madrid, exclamÈ dirigiÈndome a la ciudad: gracias, pueblo generoso y culto, por no haber venido a gozar con el espect·culo de mi muerte ignominiosa. °QuÈ hubieras ganado presenciando[65] la suprema agonÌa de un infeliz! En este angustioso y solemne instante no has querido ennegrecer a˙n m·s mi situaciÛn, con la verg¸enza y el oprobio. T˙ naciste para algo m·s que para ser ayudante del verdugo. Si hubieses llegado hasta aquÌ, si hubieses contemplado con refinada crueldad mi vergonzosa muerte, yo te juro que al tornar a casa no serÌan tan serenas tus miradas como lo son ahora,[66] ni el beso de la hija o de la esposa te sabrÌa tan dulce. Mi agonÌa te hubiera quitado el sosiego, te hubiera envenenado el alma por algunas horas. T˙ has sabido vencer esa feroz y brutal curiosidad que pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porque has adivinado que degrad·ndome a mÌ, te degradabas a ti mismo. Has sido misericordioso y humano, y has respetado tu propio corazÛn. °Gracias, noble pueblo, gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena obra!ª
Un torrente de l·grimas saliÛ de mis ojos al pronunciar estas palabras: un torrente de l·grimas dulces, como son siempre las del agradecimiento. DespuÈs, m·s sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguÌ contemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que la envolvÌan para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano ruda sujetÛ por un instante mi cabeza; un lienzo cubriÛ mis ojos; sentÌ mucha apretura en la garganta, y... despertÈ.
El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. No hice m·s que soltar el botÛn y quedÈ otra vez profundamente dormido.
* * * * *
NOTES FOR "EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE":
[52] =Se veÌa=, there was seen.
[53] =Que a˙n se hallaban encendidos=, which were still lighted.
[54] =ComprÈ cuantos papeles se vendÌan=, I bought all the papers that were sold.
[55] =TardÈ en conciliar el sueÒo=, it was a long time before I fell asleep.
[56] =Que se me llevara=, that they carry me.
[57] =Se pusieron=, they began to.
[58] =A confesar una porciÛn de crÌmenes a cual m·s horroroso=, to confess a number of crimes each most horrible.
[59] =Yo tomÈ el gesto por donde m·s quedaba=, I took his grimace in the worst sense.
[60] =Tornaron a abrir la puerta=, they opened the door again.
[61] =Hay que=, it is necessary.
[62] =Las cuales=, refers to =columnas=.
[63] =Que debajo de ellas habÌa=, which there were under them.
[64] =Todo lo comprendÌ=, I understood it all.
[65] =Presenciando=, by witnessing.
[66] =Como lo son ahora=, as they are now.
LOS PURITANOS
NOVELA
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomÌa ingenua y simp·tica. No tenÌa motivo para negarme a recibirle en mi habitaciÛn algunos dÌas. El dueÒo de la fonda me lo presentÛ[67] como un antiguo huÈsped a quien debÌa muchas atenciones: si me negaba a compartir con Èl mi cuarto, se verÌa en la precisiÛn de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual sentÌa extremadamente.
--Pues si no ha de estar[68] en Madrid m·s que unos cuantos dÌas, y no tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... °sin ejemplar!...
--Descuide V., seÒorito, no volverÈ a molestarle con estas embajadas. Lo hago ˙nicamente porque D. RamÛn no vaya a parar a otra casa. Crea V. que es una buena persona, un santo, y que no le incomodar· poco ni mucho.
Y asÌ fue la verdad. En los quince dÌas que D. RamÛn estuvo en Madrid no tuve razÛn para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fÈnix de los campaÒeros de cuarto. Si volvÌa a casa m·s tarde que yo, entraba y se acostaba con tal cautela, que nunca me despertÛ; si se retiraba m·s temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de hacer ruido. Por las maÒanas nunca se despertaba hasta que me oÌa toser o moverme en la cama. VivÌa cerca de Valencia, en una casa de campo, y sÛlo venÌa a Madrid cuando alg˙n asunto lo exigÌa: en esta ocasiÛn era para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A pesar de que este hijo tenÌa la misma edad que yo, D. RamÛn no pasaba de los cincuenta aÒos, lo cual hacÌa presumir, como asÌ era en efecto, que se habÌa casado bastante joven.
Y no debÌa de ser feo, ni mucho menos,[69] en aquella Època. A˙n ahora con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, serÌa aceptado por muchas mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.
TenÌa, lo mismo que yo, la manÌa de cantar o canturriar al tiempo de lavarse. Pero observÈ al cabo de pocos dÌas que, aunque tomaba y soltaba con indiferencia distintos trozos de Ûpera y zarzuela deshaciÈndolos y pulveriz·ndolos entre resoplidos y gruÒidos, el pasaje que con m·s ardor acometÌa y m·s a menudo, era uno de _Los Puritanos_; me parece que pertenecÌa al aria de barÌtono en el primer acto. Don RamÛn no sabÌa la letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la supiera. Empezaba siempre:
Il sogno beato[70] De pace e contento Ti, ro, ri, ra, ri, ro, Ti, ro, ri, ra, ri, ro.
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decÌan:
La dolce memoria[71] De un tenero amore.
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.
--°Hola! D. RamÛn, le dije un dÌa desde la cama; parece que le gusta a V. _Los Puritanos_.[72]
--MuchÌsimo; es una de las Ûperas que m·s me gustan. DarÌa cualquier cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. °QuÈ dulzura hay en ella! °QuÈ inspiraciÛn! Estas son Ûperas y esta es m˙sica. °Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabÌa alemana que sÛlo sirve para hacer dormir!... A mÌ me gustan con pasiÛn todas las Ûperas de Bellini: _El Pirata_, _Son·mbula_, _I Capuletti e di Montechi_; pero sobre todas ellas _Los Puritanos_... Tengo adem·s razones particulares para que me guste m·s que ninguna otra, aÒadiÛ bajando la voz.
--°Ole, ole, D. RamÛn! exclamÈ incorpor·ndome de un salto y poniÈndome los calcetines: vengan esas razones.[73]
--S·n tonterÌas de la juventud... cuestiÛn de amores, contestÛ ruboriz·ndose un poco.
--Pues cuente V. esas tonterÌas. Me muero por ellas: no lo puedo remediar, me gustan m·s esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria de que V. me hablÛ ayer.
--°Al fin poeta!
--No soy poeta, D. RamÛn; soy crÌtico.
--Pues me habÌa dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se lo contarÈ ya que V. tiene curiosidad... Ver· V. como es una tonterÌa que no merece la pena...[74] °Pero vÌstase V., criatura, que se est· helando!
El aÒo de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisiÛn del Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de consumos. TenÌa yo entonces... eso es, veintinueve aÒos; y ya hacÌa siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven. Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejarÈ a nadie que lo haga.[75] Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella Època, bueno ser· que le advierta, que me complacÌa en andar muy lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenÌa siempre _escamada_ a mi pobre mujer. øPara quÈ te compones tanto, hombre de Dios?[76] øVas de conquista? °QuiÈn sabe! contestaba riendo y dej·ndola un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sÛlo se ven en este Madrid, salÌ de casa despuÈs de almorzar con el objeto de hacer algunas visitas y tambiÈn para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche a sea el modo de pasarla m·s divertido, y saboreando un buen cigarro habano, cuando de pronto °zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fue rodando por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobrÈ del susto, lo primero que vi a mis pies fue una enorme muÒeca fresca, sonrosada y en camisa.
Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis adentros,[77] lanz·ndole una mirada iracunda que la muÒeca aparentÛ no comprender. Mas como no era de presumir[78] que ella por su voluntad se hubiese arrojado sobre mÌ de aquel modo brusco e inconveniente, pues jam·s habÌa hecho daÒo a ninguna muÒeca, creÌ m·s probable que de alguna casa me la hubieran arrojado. AlcÈ la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie[79] en el balcÛn de un primer piso, suspenso, atÛnito, consternado. Era una niÒa de trece o catorce aÒos.
Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigÌa se templÛ mi furor, y en vez de lanzarle un apÛstrofe violento, como tenÌa determinado, le mandÈ una sonrisa galante. Puede ser que en la formaciÛn de esta sonrisa haya intervenido m·s o menos directamente la belleza nada vulgar del criminal.
RecogÌ el sombrero, me lo puse, y volvÌ a alzar la cabeza y a remitir otra sonrisa, acompaÒada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor seguÌa inmÛvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las amables disposiciones en que su vÌctima se hallaba. A todo esto la muÒeca seguÌa en el suelo inmÛvil tambiÈn, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera verg¸enza de su situaciÛn poco decorosa. Me apresurÈ a levantarla, cogiÈndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y me informÈ minuciosamente de si habÌa padecido alguna fractura u otra herida grave. No tenÌa m·s que leves contusiones. Alcela en alto y la mostrÈ a su dueÒo haciÈndole seÒa de que iba a subir para entreg·rsela. Y sin m·s dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el cordÛn de la campanilla... Ya est· abierta la puerta. Mi lindo agresor asoma su rostro trigueÒo, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a la muÒeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo que habÌa pasado, que la muÒeca conservaba Ìntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasiÛn de conocer una niÒa tan hermosa y simp·tica, etc., etc. Nada de esto fue posible. La chica murmurÛ confusamente un "muchas gracias", y se apresurÛ a cerrar la puerta, dej·ndome con el discurso en el cuerpo.
Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza hacia el balcÛn. A los treinta o cuarenta pasos observo que est· la niÒa asomada, y me paro y la envÌo una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. °Cuidado que era linda aquella niÒa! Al llegar al extremo de la calle sentÌ la necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir cierta verg¸enza en el fondo del corazÛn, pues ni mi edad, ni mi estado, me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos trat·ndose de tal criaturita. Ya no estaba en el balcÛn.
Pues yo no me voy sin verla[80] me dije, y pi·n pianito, comencÈ a pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un cadete de Estado Mayor. DespuÈs de todo, aquÌ nadie me conoce--me iba repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir paseando.--Adem·s, yo no tengo nada que hacer ahora;[81] y lo mismo da vagar por un lado que por otro.
Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcÛn apareciÛ en Èl la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de sorpresa, acompaÒado de una mueca encantadora, se echÛ a reÌr[82] y se ocultÛ de nuevo.
°Pero, quÈ necios somos los hombres y quÈ inocentes cuando se trata[83] de estos asuntos! øQuerr· V. creer que entonces no sospechÈ siquiera que la niÒa habÌa estado presenciando, sin perder uno sÛlo, todos mis movimientos?