Los Puritanos, y otros cuentos

Chapter 2

Chapter 24,231 wordsPublic domain

Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo metiÛ en el coche y detr·s se introdujo Èl. El cochero arreÛ a la bestia y el carruaje se deslizÛ velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contÛ r·pidamente su vida. No habÌa estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde juntÛ una respetable fortuna; pero habÌa pasado muchos aÒos en el campo, sin comunicaciÛn apenas con Europa; escribiÛ tres o cuatro veces por medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. Y siempre pensando en tornar a EspaÒa al aÒo siguiente, dejÛ de hacer averiguaciones proponiÈndose darles una agradable sorpresa. DespuÈs se casÛ y este acontecimiento retardÛ mucho su vuelta. Pero hacÌa cuatro meses que estaba en Madrid,[19] donde supo por el registro parroquial que su padre habÌa muerto; de Juan le dieron noticias vagas y contradictorias: unos le dijeron que se habÌa muerto tambiÈn; otros que reducido a la ˙ltima miseria, habÌa ido por el mundo cantando y tocando la guitarra. Fueron in˙tiles cuantas gestiones hizo para averiguar su paradero. Afortunadamente la Providencia se encargÛ de llevarlo a sus brazos. Santiago reÌa unas veces, lloraba otras mostrando siempre el car·cter franco, generoso y jovial de cuando niÒo.

ParÛ el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron a Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibiÛ una temperatura tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza: los pies se le hundÌan en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete, donde ardÌa un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y despuÈs algunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que debÌa hallarse su estÛmago: subieron adem·s de la bodega el vino m·s exquisito y aÒejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las Ûrdenes oportunas, acerc·ndose a cada instante al ciego para preguntarle con ansiedad:

--øCÛmo te encuentras ahora, Juan?--øEst·s bien?--øQuieres otro vino?--øNecesitas m·s ropa?

Terminada la refacciÛn se quedaron ambos algunos momentos al lado de la chimenea. Santiago preguntÛ a un criado si la seÒora y los niÒos estaban ya acostados y habiÈndole respondido afirmativamente, dijo a su hermano rebosando de alegrÌa:

--øT˙ no tocas el piano?

--SÌ.

--Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al salÛn.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. DespuÈs levantÛ la tapa para que se oyera mejor, abriÛ con cuidado las puertas y ejecutÛ todas las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la casa; pero todo ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no pudo menos de reÌrse[20] exclamando: °Siempre el mismo Santiago!

--Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenzÛ a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se estremeciÛ de pronto, como una caja de m˙sica cuando se la da cuerda.[21] Las notas se atropellaban al salir del[22] piano, pero siempre con ritmo belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:

--°M·s fuerte, Juanillo, m·s fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brÌo.

--Ya veo a mi mujer detr·s de las cortinas... °adelante, Juanillo, adelante!... Est· la pobre en camisa... ji... ji... me hago[23] como que no la veo... se va a creer que estoy loco... °ji ji!... °adelante, Juanillo, adelante!

Juan obedecÌa a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer a su cuÒada y besar a sus sobrinos.

--Ahora veo a mi hija Manolita, que tambiÈn sale en camisa... °Calle, tambiÈn se ha despertado Paquito!... °No te he dicho que todos iban a recibir un susto!... Pero se van a constipar si andan de ese modo m·s tiempo... No toques m·s Juan, no toques m·s.

CesÛ el estrÈpito infernal.

--Vamos, Adela, Manolita, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar un abrazo a mi hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, a quien acabo de encontrar[24] en la calle a punto de morirse helado entre la nieve... °Vamos, vestÌos pronto!

La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creÌa escuchar la de la Virgen: notÛ que lloraba cuando su marido relatÛ de quÈ modo le habÌa encontrado. Y todavÌa quiso aÒadir m·s cuidados a los de Santiago: mandÛ traer un calorÌfero y ella misma se lo puso debajo de los pies; despuÈs le envolviÛ las piernas en una manta y le puso en la cabeza una gorra de terciopelo. Los niÒos revoloteaban en torno de la butaca, acarici·ndole y dej·ndose acariciar de su tÌo. Todos escucharon en silencio y embargados por la emociÛn, el breve relato que de sus desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba: los chicos atÛnitos le decÌan estrech·ndole la mano: øNo volver·s a tener hambre ni salir a la calle sin paraguas, verdad tiÌto?... yo no quiero, Manolita no quiere tampoco... ni pap·, ni mam·.

--°A que no le das tu cama,[25] Paquito!--dijo Santiago, pasando a la alegrÌa inmediatamente.

--°Si no _quepe_ en ella,[26] pap·! En la sala hay otra muy grande, muy grande, muy grande...

--No quiero cama ahora,--interrumpiÛ Juan... °me encuentro tan bien aquÌ!

--øTe duele el estÛmago como antes?--preguntÛ Manolita abraz·ndole y bes·ndole.

--No, hija mÌa, no, °bendita seas!... no me duele nada... soy muy feliz... lo ˙nico que tengo es sueÒo... se me cierran los ojos sin poderlo remediar...

--Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.

--SÌ, tiÌto, duerme, duerme--dijeron a un tiempo Manolita y Paquito ech·ndole los brazos al cuello y cubriÈndole de caricias...

* * * * *

Y se durmiÛ en efecto. Y despertÛ en el cielo.

Al amanecer del dÌa siguiente, un agente de orden p˙blico tropezÛ con su cad·ver entre la nieve. El mÈdico de la casa de socorro certificÛ que habÌa muerto por la congelaciÛn de la sangre.

--Mira, JimÈnez--dijo un guardia de los que le habÌan llevado a su compaÒero.

--°Parece que se est· riendo!

* * * * *

NOTES FOR "EL P¡JARO EN LA NIEVE":

[1] =Hasta que pudiera mandar=, until he could send.

[2] =El mejor dÌa=, some fine day.

[3] =Me da el corazÛn que ha de escribir=, my heart tells me that he will write.

[4] =Por modesta que fuese=, however modest it might be.

[5] =Ya que no podÌa decirse=, since it could not be said.

[6] =Pasados algunos dÌas=, some days having passed.

[7] =Ya no tuvo que empeÒar=, he no longer had anything to pawn.

[8] =De posada en posada=, from inn to inn.

[9] =Como era de esperar=, as was to be expected.

[10] =En torno suyo=, around him.

[11] =Al observar=, on observing.

[12] =TornÛ a salir=, he went out again.

[13] =Al llegar la noche=, when night came.

[14] =Se puso a cantar=, he began to sing.

[15] =Nadie se acercaba a Èl=, no one approached him.

[16] =CreyÛ morir=, he thought that he was dying. When there is no change of subject the dependent verb is infinitive.

[17] =Iba perdiendo=, the verb =ir= with the gerund indicates a continually increasing action.

[18] =LevantÛ la cabeza=, note the use of definite article instead of possessive pronoun.

[19] =HacÌa cuatro meses que estaba en Madrid=, he had been in Madrid four months (lit. it made four months that he was in Madrid.)

[20] =No pudo menos de reÌrse=, he could not help laughing.

[21] =Cuando se la da cuerda=, when it is wound up.

[22] =Al salir de=, on coming from.

[23] =Me hago como que no la veo=, I'll make out that I don't see her.

[24] =A quien acabo de encontrar=, whom I have just found.

[25] =A que no le das tu cama=, I bet that you won't give him your bed. The "a" in this sentence is used elliptically, being dependent on the verb apostar, to bet or wager. Therefore the sentence in full would read "_Apuesto a que no le das tu cama_."

[26] =Si no quepe en ella=, why he can't get in it.

LA CONFESION DE UN CRIMEN

En el vasto salÛn del Prado[27] a˙n no habÌa gente. Era temprano; las cinco y media nada m·s. A falta de personas formales los niÒos tomaban posesiÛn del paseo, utiliz·ndolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota, pÌo campo, escondite, y otros no menos respetables, tan respetables, por lo menos, y por de cantado m·s saludables, que los del ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atreverÌa a ponerlos en parangÛn con los del salÛn de conferencias del Congreso y de la Bolsa, seguro de que tampoco habÌan de desmerecer.

El sol a˙n seguÌa baÒando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de m·rmol. Las niÒeras, guardianas fieles de aquel rebaÒo, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para mÌ deseo, se agrupaban a la sombra sentadas en alg˙n banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domÈsticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento[28] (dicho sea en honor suyo) los inquietos y menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban corriendo para ir a socorrer a alg˙n mosquito infeliz que se habÌa caÌdo boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrÌsonos chillidos: otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de crÌa, amonest·ndole suavemente o recrimin·ndole con dureza y administr·ndole alg˙n leve correctivo en la parte posterior, seg˙n el sistema y el temperamento de cada juez.

Esperando la llegada de la gente, me sentÈ en una silla met·lica de las que dividen el paseo, y me puse[29] a contemplar con ojos distraÌdos el juego de los chicos. Detr·s de mÌ estaban sentadas dos niÒas de once a doce aÒos de edad, cuyos perfiles--lo ˙nico que veÌa de ellas--eran de una correcciÛn y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia: en Madrid esto ˙ltima no tiene nada de extraordinario porque las mam·s, que han renunciado a ser coquetas para sÌ, lo contin˙an siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una competencia poco favorable a los bolsillos de los pap·s. Me llamÛ la atenciÛn desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o ning˙n efecto que les causaba la alegrÌa de los dem·s muchachos. Al principio creÌ que aquella circunspecciÛn procedÌa de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareciÛ cÛmica; pero observando mejor, me convencÌ de que algo serio pasaba entre ellas, y como no tenÌa otra cosa que hacer,[30] cambiÈ de silla disimuladamente y me acerquÈ cuanto pude[31] a fin de averiguarlo.

La una estaba p·lida y tenÌa la vista fija constantemente en el suelo: la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me acerquÈ guardaban silencio, pero no tardÛ en romperlo la primera[32] exclamando en voz baja y con acento melancÛlico:

--°Si lo hubiera sabido, no saldrÌa hoy a paseo!

--øPor quÈ?--repuso la segunda.--De todos modos alg˙n dÌa os habÌais de encontrar.[33]

La primera no replicÛ nada a esta observaciÛn y callaron un buen rato. Al cabo la segunda dijo poniÈndole una mano sobre el hombro:

--øSabes lo que estoy pensando, AsunciÛn?

--øQuÈ?

--Que debÌas decÌrselo todo.[34] Lola es buena niÒa, aunque tenga el genio vivo. øNo te acuerdas cuando nos pegamos y nos araÒamos porque le quitÈ de ser la mam·?... Ya ves que le pasÛ en seguida...

--SÌ, pero esto es muy distinto.

--Ya lo sÈ que es distinto... pero debes decÌrselo.[35]

--°Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa... de seguro no me vuelve a decir adiÛs, y se lo cuenta en seguida a sus pap·s.

--øY no ser· peor que se lo cuente otra persona?... °Hay niÒas m·s mal intencionadas!... Elvira lo sabe ya... no sÈ quiÈn se lo ha dicho...

Profunda debiÛ ser[36] la impresiÛn que esta noticia causÛ en el ·nimo de AsunciÛn, porque no volviÛ a despegar los labios y siguiÛ escuchando consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un modo incoherente, pero con resoluciÛn.

El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseÒoreaba ya sino de uno de los ·ngulos del salÛn: al retirarse dejaba claro y nÌtido el ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dos de Mayo[37] y las agujas del museo de ArtillerÌa y de San JerÛnimo. Los pequeÒos retrocedÌan ante la invasiÛn de los grandes a los parajes m·s apartados, donde establecÌan nuevamente sus juegos. Un chico rubio, vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedÛ fijo delante de nuestras niÒas contempl·ndolas con insistencia, y no hallando al parecer conveniente la gravedad que mostraban, se puso[38] a hacerlas muecas en son de menosprecio. Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se levantÛ furiosa y le tirÛ por los cabellos. El chico se alejÛ llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponÌa a dejar la silla para dar algunas vueltas, oÌ exclamar a Luisa:[39]

--°Calla... calla... me parece que ahÌ viene Lola!

AsunciÛn se estremeciÛ la cabeza vivamente.

--SÌ, sÌ, es ella,--continuÛ Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene despuÈs de la muerte de su hermano... °No te pongas asÌ, niÒa!... No te asustes... ver·s, yo lo voy a arreglar todo.

AsunciÛn, en efecto, habÌa empalidecido y estaba clavada e inmÛvil en la silla como una estatua. Pronto divisÈ un grupo de niÒas de su misma edad que se aproximaba; en el centro venÌa una completamente enlutada, morenita, con grandes ojos negros y profundos que debÌa de ser[40] la causante de los temores de AsunciÛn. Luisa se levantÛ a recibirlas y echÛ una carrerita[41] para cambiar con ellas buena partida de besos cuyo rumor llegÛ hasta mis oÌdos. AsunciÛn no se moviÛ. Al llegar, todas la saludaron con efusiÛn, no siendo por cierto la menos expansiva la enlutada Lolita. DespuÈs de cambiadas[42] las primeras impresiones, observÈ que Luisa hacÌa seÒas a AsunciÛn en adem·n de pedirle algo, y que AsunciÛn lo negaba, tambiÈn por seÒas, pero con energÌa. Luisa, sin embargo, se resolviÛ a hacer lo que pretendÌa a despecho de su amiga, y lleg·ndose a Lola, le dijo:

--Mira, AsunciÛn tiene que decirte una cosa; ve a sentarte junto a ella.

Lolita se vino hacia la melancÛlica niÒa y le preguntÛ cariÒosamente toc·ndole la cara:

--øQuÈ tienes que decirme, Chonchita?

La pobre AsunciÛn, completamente abatida, no contestÛ nada; visto lo cual por su amiga, tomÛ asiento al lado, y la instÛ con mucha viveza para que le contase lo que la ponÌa tan triste.

--Mira, Lola,--comenzÛ con voz temblorosa y casi imperceptible,--despuÈs que te lo diga ya no me querr·s.

Lola protestÛ con una mueca.

--No, no me querr·s... Dame un beso ahora... DespuÈs que te lo diga, no me dar·s ning˙n otro...

Lolita se manifestÛ sorprendida, pero le dio algunos besos sonoros.

--MaÒana hace un mes que muriÛ tu hermano Pepito... Yo sÈ que has tenido una convulsiÛn por haber visto la caja... A mÌ no me han dejado ir a tu casa porque decÌan que me iba a impresionar, pero toda la tarde la pasÈ llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo Èramos novios... øno lo sabÌas?

--°No!

--Pues lo Èramos desde hacÌa dos meses. Me escribiÛ una carta y me la dio un dÌa al entrar en tu casa: saliÛ de un cuarto de repente, me la dio y echÛ a correr.[43] Me decÌa que desde la primera vez que me habÌa visto le habÌa gustado, que podrÌamos ser novios si yo le querÌa, y que en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir,[44] nos casarÌamos. A mÌ me daba[45] mucha verg¸enza contestarle, pero como a Luisa le habÌa escrito tambiÈn Paco N˙Òez declar·ndose, yo por encargo de ella le dije un dÌa en el paseo: ´Paco, de parte de Luisa, que[46] sÌ,ª y a la otra vuelta Luisa le dijo a Pepito: ´Pepito, de parte de AsunciÛn, que s̪. Y quedamos novios. Los domingos cuando bail·bamos en tu casa o en la mÌa, me sacaba m·s veces que a las dem·s, pero no se atrevÌa a decirme nada... A pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y hablaba poco, le preguntÈ si estaba enfadado, y Èl me contestÛ: ´Yo no me enfado con nadie, y mucho menos contigoª. Yo me puse colorada... y Èl tambiÈn... Todos los dÌas por la tarde iba a esperarme a la salida del colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo salÌa y despuÈs me seguÌa hasta casa...

AquÌ AsunciÛn cesÛ de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y curiosidad, aguardÛ un rato a que continuase, y viendo que no lo hacÌa, le preguntÛ:

--Pero, øpor quÈ me decÌas que despuÈs de cont·rmelo no iba a darte m·s besos y todas aquellas cosas? Al contrario, ahora te quiero m·s... mira como te quiero.

Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.

--Espera, espera... no me beses... øDe quÈ muriÛ tu hermano? øNo dijeron los mÈdicos que habÌa muerto de una mojadura que habÌa cogido?

--SÌ.

--Pues esa mojadura, Lola... la cogiÛ por causa mÌa... SÌ, la cogiÛ por causa mÌa... Una tarde en que estaba lloviendo a c·ntaros, fue a esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un portal... en el portal de enfrente... no traÌa paraguas. Cuando salimos yo me tapÈ perfectamente porque la criada habÌa traÌdo uno para mÌ y otro para ella... Pepito nos siguiÛ a descubierto. LlovÌa atrozmente... y yo en vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejÈ ir moj·ndose hasta casa... Pero no fue por gusto mÌo, Lola... por Dios, no lo creas... fue que me daba verg¸enza...

Al decir estas palabras, le embargÛ la emociÛn, se le anudÛ la voz en la garganta y rompiÛ a sollozar[47] fuertemente. Lolita se la quedÛ mirando un buen rato, con ojos colÈricos, el semblante p·lido y las cejas fruncidas; por ˙ltimo se levantÛ repentinamente y fue a reunirse con sus amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi agitar los brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia, y observÈ que algunas l·grimas se desprendÌan de sus ojos, sin que por eso perdiesen[48] la expresiÛn dura y sombrÌa. AsunciÛn permaneciÛ sentada, con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.

En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberaciÛn. Las amigas se esforzaban en convencerla para que otorgase su perdÛn a la culpable. Lolita se negaba a ello con una mÌmica (lo ˙nico que yo percibÌa) altiva y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su triste amiga y procurando calmar a la otra.

El sol se habÌa retirado ya del paseo, aunque anduviese todavÌa por las ramas de los ·rboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apolo, que corona la fuente del centro, recibÌa su postrera caricia; los lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecÌan en aquel instante como si fuesen de plata. El salÛn estaba ya lleno de gente.

DespuÈs de discutir con violencia y de rechazar enÈrgicamente las proposiciones conciliadoras, Lolita se encerrÛ en un silencio sombrÌo. Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el asedio, enviando cada cual[49] un argumento m·s o menos poderoso; sobre todo Luisa, era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con s˙plicas ardientes.

Al fin Lolita volviÛ lentamente la cabeza hacia AsunciÛn. La pobre niÒa seguÌa en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las manos. Al verla, debiÛ pasar un soplo de enternecimiento[50] por el corazÛn de la irritada hermana; destacose del grupo, y viniendo hacia ella, la echÛ los brazos al cuello diciendo:

--No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba tambiÈn. La cabecita rubia y la morena estuvieron un instante confundidas. Rode·ronlas las amigas, y ni una sola dejÛ de verter l·grimas.[51]

--°Vamos, niÒas, que nos est·n mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las l·grimas y vamos a pasear.

Y en efecto, llev·ndose el paÒuelo a los ojos, ella la primera, con rostro sereno y risueÒo se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y las perdÌ muy pronto de vista.

* * * * *

NOTES FOR "LA CONFESION DE UN CRIMEN":

[27] =SalÛn del Prado=, "the Prado, properly speaking, is a very broad avenue not very long, flanked by minor avenues, which extends to the east of the city, at one side of the famous garden of the Buen Retiro, and is shut in at the two extremities by two enormous stone fountains, the one surmounted by a colossal Cybele, seated upon a shell, and drawn by water-horses; the other by a Neptune of equal size; both of them crowned with copious jets of water, which cross and gracefully fall again with a cheerful murmur. This great avenue, hedged in on the sides by thousands of chairs and hundreds of benches belonging to water and orange-venders, is the most frequented part of the Prado, and is called the salon of the Prado."

[28] =Sin que por eso perdiesen de vista un momento=, without, on this account, losing sight of for a moment.

[29] =Me puse a=, I began to.

[30] =Como no tenÌa otra cosa que hacer=, as I had nothing else to do.

[31] =Me acerquÈ cuanto pude=, I approached as near as I could.

[32] =No tardÛ en romperlo la primera=, it was not long before the first one broke it.

[33] =Alg˙n dÌa os habÌas de encontrar=, some day you were to meet.

[34] =Que debÌas decÌrselo todo=, that you ought to have told her everything. Note the use of the past tense _debÌas_.

[35] =Debes decÌrselo=, lit., you ought to tell it to her.

[36] =DebiÛ ser=, must have been.

[37] =El obelisco del Dos de Mayo=, above an octagonal granite base of four steps, rises a grand sarcophagus, square in form, covered with inscriptions, coats of arms, and a bas-relief which represents the two Spanish officers killed on the second of May, 1808, in the defense of Artillery Park. On the sarcophagus rises a pedestal in doric style, upon which are four statuettes that symbolize love of country, valor, constancy, and virtue. In the midst of the statues rises a tall obelisk, upon which is written in characters of gold, Dos de Mayo.

[38] =Se puso a=, began to.

[39] =OÌ exclamar a Luisa=, I heard Luisa exclaim.

[40] =DebÌa de ser=, must have been.

[41] =EchÛ una carrerita=, advanced a short distance.

[42] =DespuÈs de cambiadas=, after having exchanged.

[43] =EchÛ a correr=, started to run.

[44] =Que era la que pensaba seguir=, which was the one he intended to follow.

[45] =A mÌ me de daba=, note the redundant personal pronoun.

[46] =De parte de Luisa, que sÌ=, by order of Luisa, yes.

[47] =RompiÛ a sollozar=, broke out sobbing.

[48] =Sin que por eso perdiesen=, without losing on this account.

[49] =Enviando cada cual=, each one sending.

[50] =DebiÛ pasar un soplo de enternecimiento=, a wave of tenderness must have passed.

[51] =Ni una sola dejÛ de verter l·grimas=, not a single one failed to shed tears.

EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE

Una maÒana, al salir de casa, hiriÛ mis oÌdos el repique agudo y estridente de una campanilla. LlevÈ la mano al sombrero y busquÈ con la vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayorÌa de los transe˙ntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se abrÌa con estrÈpito un balcÛn, y se veÌa[52] una mano blanca que arrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se bajaba a cojerlo, arrancaba el papel, y eran tambiÈn monedas que inmediatamente introducÌa en el cajoncito verde: cuando levantaba la vista al balcÛn, estaba ya cerrado. Lo adivinÈ todo.