Los Puritanos, y otros cuentos
Chapter 1
LOS PURITANOS
Y
OTROS CUENTOS
POR
ARMANDO PALACIO VALDÉS
EDITED WITH INTRODUCTION AND EXPLANATORY NOTES IN ENGLISH
BY W. T. FAULKNER, A.M. ASSISTANT IN SPANISH, COLUMBIAN UNIVERSITY, WASHINGTON, D.C.
NEW YORK
WILLIAM R. JENKINS, LIBRERO-EDITOR 851 and 853 Sixth Avenue
COPYRIGHT, 1904
BY WILLIAM R. JENKINS
_All Rights Reserved_
PRINTED BY THE PRESS OF WILLIAM R. JENKINS NEW YORK
PREFACE
INTRODUCTION
EL P¡JARO EN LA NIEVE NOTES
LA CONFESION DE UN CRIMEN NOTES
EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE NOTES
LOS PURITANOS NOTES
VOCABULARY
PREFACE
The four stories comprising this little volume are, by kind permission of the author, taken from _Aguas fuertes_, a volume of _novelas y cuadros_. They were selected for class use because the language is smooth and easy, being almost entirely free from troublesome idiomatic expressions and constructions.
I realize that the notes are not exhaustive, but I have endeavored to explain every serious difficulty either in the notes or in the vocabulary, by the aid of which the student should be able to arrive at a perfect comprehension of the text.
The volume is intended for first year students, and as it has been my experience that the first year's reading is rather for the acquisition of a vocabulary than for a study of grammatical constructions, I have avoided all grammatical explanations.
W. T. F.
COLUMBIAN UNIVERSITY. Washington, D.C., 1904.
INTRODUCTION
Armando Palacio ValdÈs was born in 1853 in the province of Asturias.
He is one of the most prominent contemporary novelists of Spain. He belongs to that school of writers known as naturalists, and in the opinion of some, he deserves to stand at the head of that school.
His novels treat of contemporary Spanish life. His descriptions and delineations of character show that he is a close observer, and that he has a wide knowledge of human life. His novels present an optimistic view of life, though his pictures and characters are not always bright.
He is a popular writer both at home and abroad. Many of his novels have been translated into different European languages. In Spain, _La Hermana San Sulpicio_ and _Los Majos de Cadiz_, have won the greatest favor. These are both novels of Andalusian life.
In the United States _La Hermana San Sulpicio_, _MarÌa y MarÌa_ and _Maximina_ are best known through the translations of Nathan Haskell Dole. More recent translations are: _La AlegrÌa del Capit·n Ribot_, by Minna Caroline White; and _El Cuarto Poder_, by Rachel Chalice.
W. T. F.
EL P¡JARO EN LA NIEVE
Era ciego de nacimiento. Le habÌan enseÒado lo ˙nico que los ciegos suelen aprender, la m˙sica; y fue en este arte muy aventajado. Su madre muriÛ pocos aÒos despuÈs de darle la vida; su padre, m˙sico mayor de un regimiento, hacÌa un aÒo solamente. TenÌa un hermano en AmÈrica que no daba cuenta de sÌ; sin embargo, sabÌa por referencias que estaba casado, que tenÌa dos niÒos muy hermosos y ocupaba buena posiciÛn. El padre indignado, mientras viviÛ, de la ingratitud del hijo, no querÌa oÌr su nombre; pero el ciego le guardaba todavÌa mucho cariÒo; no podÌa menos de recordar que aquel hermano, mayor que Èl, habÌa sido su sostÈn en la niÒez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los dem·s chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la maÒana en su cuarto diciendo: ´°Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,ª sonaba en los oÌdos del ciego m·s grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violÌn. øCÛmo se habÌa trasformado en malo aquel corazÛn tan bueno? Juan no podÌa persuadirse de ello, y le buscaba un millÛn de disculpas: unas veces achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no querÌa escribir hasta que pudiera mandar[1] mucho dinero; otras pensaba que iba a darles una sorpresa el mejor dÌa[2] present·ndose cargado de millones en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas imaginaciones se atrevÌa a comunicar a su padre: ˙nicamente cuando Èste, exasperado, lanzaba alg˙n amargo apÛstrofe contra el hijo ausente, se atrevÌa a decirle: ´No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da el corazÛn[3] que ha de escribir uno de estos dÌas.ª
El padre se muriÛ sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote que le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como si tratase de retenerle a la fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacar el cad·ver de casa sostuvo una lucha frenÈtica, espantosa, con los empleados f˙nebres. Al fin se quedÛ solo; pero °quÈ soledad la suya! Ni padre, ni madre, ni parientes, ni amigos; hasta el sol le faltaba, el amigo de todos los seres creados. PasÛ dos dÌas metido en su cuarto, recorriÈndolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar alimento. La criada, ayudada por una vecina compasiva, consiguiÛ al cabo impedir aquel suicidio: volviÛ a comer y pasÛ la vida desde entonces rezando y tocando el piano.
El padre, alg˙n tiempo antes de morir, habÌa conseguido que le diesen una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para sostener una casa abierta, por modesta que fuese[4]; asÌ que, pasados los primeros quince dÌas, nuestro ciego vendiÛ por algunos cuartos, muy pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidiÛ a la criada y se fue de pupilo a una casa de huÈspedes pagando ocho reales; los seis restantes le bastaban para atender a las dem·s necesidades. Durante algunos meses viviÛ el ciego sin salir a la calle m·s que para cumplir su obligaciÛn; de casa a la iglesia, y de la iglesia a casa. La tristeza le tenÌa dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de _requiem_ que contaba se tocase por la caridad del p·rroco en obsequio del alma de su difunto padre; y ya que no podÌa decirse[5] que tenÌa los cinco sentidos puestos en su obra, porque carecÌa de uno, sÌ diremos que se entregaba a ella con alma y vida.
El cambio de ministerio le sorprendiÛ cuando a˙n no la habÌa terminado: no sÈ si entraron los radicales, o los conservadores, o los constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino tarde y con daÒo. El nuevo gabinete, pasados algunos dÌas,[6] juzgÛ que Juan era un organista peligroso para el orden p˙blico, y que desde lo alto del coro, en las vÌsperas y misas solemnes, roncando y zumbando con todos los registros del Ûrgano, le estaba haciendo una oposiciÛn verdaderamente escandalosa. Como el ministerio entrante no estaba dispuesto, seg˙n habÌa afirmado en el Congreso por boca de uno de sus miembros m·s autorizados, ´a tolerar imposiciones de nadie,ª procediÛ inmediatamente y con saludable energÌa a dejar cesante a Juan, busc·ndole un sustituto que en sus maniobras musicales ofreciese m·s garantÌas o fuese m·s adicto a las instituciones. Cuando le notificaron el cese, nuestro ciego no experimentÛ m·s emociÛn que la sorpresa; all· en el fondo casi se alegrÛ, porque le dejaban m·s horas desocupadas para concluir su misa. Solamente se dio cuenta de su situaciÛn cuando al fin del mes se presentÛ la patrona en el cuarto a pedirle dinero; no lo tenÌa, porque ya no cobraba en la iglesia; fue necesario que llevase a empeÒar el reloj de su padre para pagar la casa. DespuÈs se quedÛ otra vez tan tranquilo y siguiÛ trabajando sin preocuparse de lo porvenir. Mas otra vez volviÛ la patrona a pedirle dinero, y otra vez se vio precisado a empeÒar un objeto de la escasÌsima herencia paterna; era un anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo quÈ empeÒar.[7] Entonces, por consideraciÛn a su debilidad, le tuvieron algunos dÌas m·s de cortesÌa, muy pocos, y despuÈs le pusieron en la calle, glori·ndose mucho de dejarle libre el ba˙l y la ropa, ya que con ella podÌan cobrarse de los pocos reales que les quedaba a deber.
BuscÛ una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causÛ una inmensa tristeza; ya no podÌa terminar su misa. TodavÌa fue alg˙n tiempo a casa de un almacenista amigo y tocÛ el piano a ratos; no tardÛ, sin embargo, en observar que se le iba recibiendo cada vez con menos amabilidad, y dejÛ de ir por all·.
Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez qued·ndose con el ba˙l en prenda. Entonces comenzÛ para el ciego una Època tan miserable y angustiosa, que pocos se dar·n cuenta cabal de los dolores, mejor a˙n, de los martirios que la suerte le deparÛ. Sin amigos, sin ropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el mundo; mas si a esto se agrega el no ver la luz del sol, y hallarse por lo mismo absolutamente desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el lÌmite del dolor y la miseria. De posada en posada,[8] arrojada de todas poco despuÈs de haber entrado, metiÈndose en la cama para que le lavasen la ˙nica camisa que tenÌa, el calzado roto, los pantalones con hilachas por debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodÛ Juan por Madrid no sÈ cu·nto tiempo. PretendiÛ, por medio de uno de los huÈspedes que tuvo, m·s compasivo que los dem·s, la plaza de pianista en un cafÈ. Al fin se la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos dÌas: la m˙sica de Juan no agradaba a los parroquianos del _CafÈ de la Cebada_; no tocaba jotas, ni polos, ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera polkas; pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos de ChopÌn: los concurrentes se desesperaban al no poder llevar el comp·s con las cucharillas.
Otra vez volviÛ a rodar el mÌsero por los sitios m·s hediondos de la capital. Alg˙n alma caritativa, que por casualidad se enteraba de su estado, socorrÌale indirectamente, porque Juan se estremecÌa a la idea de pedir limosna. ComÌa lo preciso para no morirse de hambre en alguna taberna de los barrios bajos, y dormÌa por cuatro cuartos entre mendigos y malhechores en un desv·n destinado a este fin. En cierta ocasiÛn le robaron, mientras dormÌa, los pantalones, y le dejaron otros de dril remendados. Era en el mes de Noviembre.
El pobre Juan, que siempre habÌa guardado en el pensamiento la quimera de la venida de su hermano, ahogado ahora por la desgracia, comenzÛ a alimentarla con af·n. Hizo que le escribiesen a la Habana, sin poner seÒas a la carta porque no las sabÌa; procurÛ informarse si le habÌan visto, aunque sin resultado; y todos los dÌas se pasaba algunas horas pidiendo a Dios de rodillas que le trajese en su auxilio. Los ˙nicos momentos felices del desdichado eran los que pasaba en oraciÛn en el ·ngulo de alguna iglesia solitaria: oculto detr·s de un pilar, aspirando los acres olores de la cera y la humedad, escuchando el chisporroteo de los cirios y el leve rumor de las plegarias de los pocos fieles distribuidos por las naves del templo, su alma inocente dejaba este mundo, que tan cruelmente le trataba, y volaba a comunicarse con Dios y su Madre SantÌsima. TenÌa la devociÛn de la Virgen profundamente arraigada en el corazÛn desde la infancia: como apenas habÌa conocido a su madre, buscÛ por instinto en la de Dios la protecciÛn tierna y amorosa que sÛlo la mujer puede dispensar al niÒo; habÌa compuesto en honor suyo algunos himnos y plegarias, y no se dormÌa jam·s sin besar devotamente el escapulario del Carmen que llevaba al cuello.
LlegÛ un dÌa, no obstante, en que el cielo y la tierra le desampararon. Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse a la boca, ni ropa con que preservarse del frÌo, comprendiÛ el cuitado con terror que se acercaba el instante de pedir limosna. Trabose una lucha desesperada en el fondo de su espÌritu; el dolor y la verg¸enza disputaron palmo a palmo el terreno a la necesidad; las tinieblas que le rodeaban hacÌan a˙n m·s angustiosa esta batalla. Al cabo, como era de esperar,[9] venciÛ el hambre. DespuÈs de pasar muchas horas sollozando y pidiendo fuerzas a Dios para soportar su desdicha, resolviose a implorar la caridad; pero todavÌa quiso el infeliz disfrazar la humillaciÛn, y decidiÛ cantar por las calles de noche solamente. PoseÌa una voz regular, y conocÌa a la perfecciÛn el arte del canto; mas tropezÛ con la dificultad de no tener medio de acompaÒarse. Al fin, otro desgraciado, que no lo era tanto como Èl, le facilitÛ una guitarra vieja y rota, y despuÈs de arreglarla del mejor modo que pudo, y despuÈs de derramar abundantes l·grimas, saliÛ cierta noche de Diciembre a la calle. El corazÛn le latÌa fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso cantar en una de las calles m·s cÈntricas, no pudo; el dolor y la verg¸enza habÌan formado un nudo en su garganta. Arrimose a la pared de una casa, descansÛ algunos instantes, y repuesto un tanto, empezÛ a cantar la romanza de tenor del primer acto de _La Favorita_. LlamÛ desde luego la atenciÛn de los transe˙ntes un ciego que no cantaba peteneras o malagueÒas, y muchos hicieron cÌrculo en torno suyo,[10] y no pocos, al observar[11] la maestrÌa con que iba venciendo las dificultades de la obra, se comunicaron en voz bajo su sorpresa y dejaron algunos cuartos en el sombrero, que habÌa colgado del brazo. Terminada la romanza, empezÛ el aria del cuarto acto de _La Africana_. Pero se habÌa reunido demasiada gente a su alrededor, y la autoridad temiÛ que esto fuese causa de alg˙n desorden, pues era cosa averiguada para los agentes de orden p˙blico que las personas que se re˙nen en la calle a escuchar a un ciego demuestran por este hecho instintos peligrosos de rebeliÛn, cierta hostilidad contra las instituciones, una actitud, en fin, incompatible con el orden social y la seguridad del Estado. Por lo cual un guardia cogiÛ a Juan enÈrgicamente por el brazo y le dijo:
--A ver; retÌrese V. a su casa inmediatamente, y no se pare V. en ninguna calle.
--Pero yo no hago daÒo a nadie.
--Est· V. impidiendo el tr·nsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir a la prevenciÛn.
Es realmente consolador el ver con quÈ esmero procura la autoridad gubernativa que las vÌas p˙blicas se hallen siempre limpias de ciegos que canten. Y yo creo, por m·s que haya quien sostenga lo contrario, que si pudiese igualmente tenerlas limpias de ladrones y asesinos, no dejarÌa de hacerlo con gusto.
Retirose a su zahurda el pobre Juan, pesaroso, porque tenÌa buen corazÛn, de haber comprometido por un instante la paz intestina y dado pie para una intervenciÛn del poder ejecutivo. HabÌa ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comiÛ al dÌa siguiente, y pagÛ el alquiler del miserable colchÛn de paja en que durmiÛ. Por la noche tornÛ a salir[12] y a cantar trozos de Ûpera y piezas de canto: vuelta a reunirse la gente en torno suyo y vuelta a intervenir la autoridad grit·ndole con energÌa:--Adelante, adelante.
°Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transe˙ntes no podÌan escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre porque le estremecÌa, m·s que la muerte, la idea de infringir los mandatos de la autoridad, y turbar, aunque fuese moment·neamente, el orden de su paÌs.
Cada noche se iban reduciendo m·s sus ganancias. Por un lado la necesidad de seguir siempre adelante, y por otro la falta de novedad, que en EspaÒa se paga siempre muy cara, le iban privando todos los dÌas de algunos cÈntimos. Con los que traÌa para casa al retirarse apenas podÌa introducir en el estÛmago algo para no morirse de hambre. Su situaciÛn era ya desesperada. SÛlo un punto luminoso seguÌa viendo tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado: este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le ocurrÌa el mismo pensamiento:--´Si Santiago estuviese en Madrid y me oyese cantar, me conocerÌa por la voz.ª Y esta esperanza, mejor dicho, esta quimera, era lo ˙nico que le daba fuerzas para soportar la vida.
LlegÛ otro dÌa, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron lÌmites. En la noche anterior no habÌa ganado m·s que seis cuartos. °HabÌa estado tan frÌa! Como que amaneciÛ Madrid envuelto en una s·bana de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el dÌa siguiÛ nevando sin cesar un instante, lo cual les tenÌa sin cuidado a la mayorÌa de la gente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la estÈtica. Los poetas que gozaban de una posiciÛn desahogada, muy particularmente, pasaron gran parte del dÌa mirando caer los copos al travÈs de los cristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos sÌmiles de esos que hacen gritar al p˙blico en el teatro ´°bravo, bravo!ª u obligan a exclamar cuando se leen en un tomo de versos: ´°quÈ talento tiene este joven!ª
Juan no habÌa tomado m·s alimento que una taza de cafÈ de Ìnfima clase y un panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura de la nieve, en primer lugar, porque no tenÌa vista; y en segundo, porque aunque la tuviese, era difÌcil que al travÈs de la reja de vidrio empaÒada y sucia de su desv·n pudiera verla. PasÛ el dÌa acurrucado sobre el colchÛn, recordando los dÌas de la infancia y acariciando la dulce manÌa de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche,[13] apretado por la necesidad, desfallecido, bajÛ a la calle a implorar una limosna. Ya no tenÌa guitarra; la habÌa vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro.
La nieve caÌa con la misma constancia, puede decirse con el mismo encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que el dÌa primero en que saliÛ a cantar; pero esta vez no era de verg¸enza, sino de hambre. AvanzÛ como pudo por las calles, enfang·ndose hasta m·s arriba del tobillo: su oÌdo le decÌa que no cruzaba apenas ning˙n transe˙nte; los coches no hacÌan ruido, y estuvo expuesto a ser atropellado por uno. En una de las calles cÈntricas se puso[14] al fin a cantar el primer pedazo de Ûpera que acudiÛ a sus labios: la voz salÌa dÈbil y enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a[15] Èl ni siquiera por curiosidad. ´Vamos a otra parte,ª se dijo, y bajÛ por la Carrera de San JerÛnimo, caminando torpemente sobre la nieve, cubierto ya de un blanco cendal y con los pies chapoteando agua. El frÌo se le iba metiendo por los huesos; el hambre le producÌa un fuerte dolor en el estÛmago. LlegÛ un momento en que el frÌo y el dolor le apretaron tanto, que se sintiÛ casi desvanecido, creyÛ morir,[16] y elevando el espÌritu a la Virgen del Carmen, su protectora, exclamÛ con voz acongojada: ´°Madre mÌa, socÛrreme!ª Y despuÈs de pronunciar estas palabras, se sintiÛ un poco mejor y marchÛ, o m·s propiamente, se arrastrÛ hasta la plaza de las Cortes: allÌ se arrimÛ a la columna de un farol y, todavÌa bajo la impresiÛn del socorro de la Virgen, comenzÛ a cantar el _Ave Maria_, de Gounod, una melodÌa a la cual siempre habÌa tenido mucha aficiÛn. Pero nadie se acercaba tampoco. Los habitantes de la villa estaban todos recogidos en los cafÈs y teatros, o bien en sus hogares haciendo bailar a sus hijos sobre las rodillas al amor de la lumbre. SeguÌa cayendo la nieve pausada y copiosamente, decidida a prestar asunto al dÌa siguiente a todos los revisteros de periÛdicos para encantar a sus aficionados con una docena de frases delicadas. Los transe˙ntes que casualmente cruzaban lo hacÌan apresuradamente, arrebujados en sus capas y tap·ndose con el paraguas. Los faroles se habÌan puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancÛlica claridad. No se oÌa ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levÌsimo y prolongado de sederÌa. SÛlo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche saludando a la Madre de los Desamparados. Y su canto, m·s que himno de salutaciÛn, parecÌa un grito de congoja algunas veces; otras, un gemido triste y resignado que helaba el corazÛn m·s que el frÌo de la nieve.
En vano clamÛ el ciego largo rato pidiendo favor al cielo; en vano repitiÛ el dulce nombre de MarÌa un sinn˙mero de veces, acomod·ndolo a los diversos tonos de la melodÌa. El cielo y la Virgen estaban lejos, al parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero no quisieron oÌrle. Nadie bajÛ a recogerlo; ning˙n balcÛn se abriÛ siquiera para dejar caer sobre Èl una moneda de cobre. Los transe˙ntes, como si viniesen perseguidos de cerca por la pulmonÌa, no osaban detenerse.
Al fin ya no pudo cantar m·s: la voz expiraba en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo[17] la sensibilidad en las manos. Dio algunos pasos y se sentÛ en la acera al pie de la verja que rodea el jardÌn. ApoyÛ los codos en las rodillas y metiÛ la cabeza entre las manos. Y pensÛ vagamente en que habÌa llegado el ˙ltimo instante de su vida; y volviÛ a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.
Al cabo de un rato percibiÛ que un transe˙nte se paraba delante de Èl y se sintiÛ cogido por el brazo. LevantÛ la cabeza,[18] y sospechando que serÌa lo de siempre, preguntÛ tÌmidamente:
--øEs V. alg˙n guardia?
--No soy ning˙n guardia--repuso el transe˙nte,--pero lev·ntese V.
--Apenas puedo, caballero.
--øTiene V. mucho frÌo?
--SÌ, seÒor... y adem·s no he comido hoy.
--Entonces, yo le ayudarÈ... vamos... °arriba!
El caballero cogiÛ a Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre vigoroso.
--Ahora apÛyese V. bien en mÌ y vamos a ver si hallamos un coche.
--øPero dÛnde me lleva V.?
--A ning˙n sitio malo øtiene V. miedo?
--°Ah! no: el corazÛn me dice que es V. una persona caritativa.
--Vamos andando... a ver si llegamos pronto a casa para que V. se seque y tome algo caliente.
--Dios se lo pagar· a V. caballero... la Virgen se lo pagar·... CreÌ que iba a morirme en ese sitio.
--Nada de morirse... no hable V. de eso ya. Lo que importa ahora es dar pronto con un simÛn... Vamos adelante... øquÈ es eso; tropieza V.?
--SÌ, seÒor; creo que ha dado contra la columna de un farol... °Como soy ciego!
--øEs V. ciego?--preguntÛ vivamente el desconocido.
--SÌ, seÒor.
--øDesde cu·ndo?
--Desde que nacÌ.
Juan sintiÛ estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando en silencio. Al cabo Èste se detuvo un instante y le preguntÛ con voz alterada.
--øCÛmo se llama V.?
--Juan.
--øJuan quÈ?
--Juan MartÌnez.
--Su padre de V. Manuel, øverdad? m˙sico mayor del tercero de artillerÌa øno es cierto?
--SÌ, seÒor.
En el mismo instante el ciego se sintiÛ apretado fuertemente por unos brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchÛ en su oÌdo una voz temblorosa que exclamÛ:
--°Dios mÌo, quÈ horror y quÈ felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano Santiago.
Y los dos hermanos quedaron abrazadas y sollozando algunos minutos en medio de la calle. La nieve caÌa sobre ellos dulcemente.
Santiago se desprendiÛ bruscamente de los brazos de su hermano y comenzÛ a gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:
--°Un coche, un coche! øno hay un coche por ahÌ?... °maldita sea mi suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto... øPero seÒor, dÛnde se meten los coches...? Ni uno sÛlo cruza por aquÌ... All· lejos veo uno... °gracias a Dios!... °Se aleja el maldito!... AquÌ est· otro... Èsta ya es mÌo. A ver cochero... cinco duros si V. nos lleva volando al hotel n˙mero diez de la Castellana...