Los Puritanos, y otros cuentos

Chapter 4

Chapter 44,326 wordsPublic domain

Satisfecho ya el capricho, dejÈ la calle de las Infantas, y me fui a casa de un amigo. Mas al dÌa siguiente, fuese casualidad o premeditaciÛn, aunque es muy probable lo ˙ltimo, acertÈ a pasar por el mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces sobre la barandilla del balcÛn, se puso encarnado hasta las orejas asÌ que pudo distinguirme, y se retirÛ antes de que pasase[84] por delante de la casa. Como V. puede suponer, esto lejos de hacerme desistir, me animÛ a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en contemplaciÛn est·tica. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar una naricita nacarada,[85] que se retirÛ al momento velozmente, volviÛ a asomarse a los dos minutos y volviÛ a retirarse, asomose al minuto otra vez y se retirÛ de nuevo. Cuando se cansÛ de tales maniobras, se asomÛ por entero y me mirÛ fijamente por un buen rato, cual si tratase de demostrar[86] que no me tenÌa miedo alguno. Entonces se generalizÛ por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompaÒado por lo que a mÌ respecta[87] de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortÌferos, que debieron causar[88] notables estragos en el enemigo. …ste a la media hora oyÛ sin duda en la sala el toque de "alto el fuego", y se retirÛ cerrando el balcÛn. No necesitarÈ decirle, que por m·s que me sintiese avergonzado[89] de aquella aventura, seguÌ dando vueltas a la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez m·s intenso y animado. A los tres o cuatro dÌas me decidÌ a arrancar una hoja de la cartera y a escribir estas palabras: _Me gusta V. muchÌsimo_. EnvolvÌ dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasiÛn de no pasar nadie, despuÈs de hacerle seÒa de que se retirase, la arrojÈ al balcÛn. Al dÌa siguiente, cuando pasÈ por allÌ, vi caer una bolita de papel que me apresurÈ a recoger y desdoblar. DecÌa asÌ, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan bien ustez me gusta a mÌ no crea que juego con muÒecas era de mi ermanita_.[90]

Aunque sonreÌ al leer el billete amoroso, no dejÛ de causarme sensaciÛn dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancÛlica, al recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel dÌa mi chiquita no saliÛ al balcÛn, sin duda avergonzada de su condescendencia; pero al siguiente la hallÈ dispuesta y aparejada al combate de miradas, seÒas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas partes. Una hora o m·s duraba todas las tardes este juego, hasta que se oÌa llamar[91] y se retiraba apresuradamente. La preguntÈ por seÒas si salÌa de paseo, y me contestÛ que sÌ: y en efecto, un dÌa aguardÈ en la calle hasta las cuatro y la vi salir en compaÒÌa de una seÒora, que debÌa de ser[92] su mam·, y de dos hermanitos. Seguiles[93] al Retiro, aunque a respetable distancia, porque me hubiera causado mucha verg¸enza el que la mam· se enterase[94] la chiquilla, con menos prudencia, volvÌa a cada instante la cabeza y me dirigÌa sonrisas, que me tenÌan en continuo sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no sabÌa cÛmo se llamaba,[95] y a fin de averiguarlo escribÌ la pregunta en otra hoja de la cartera: _øCÛmo se llama V.?_ La chica contestÛ en la misma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez por Dios que juego con muÒecas_.[96]

Diez o doce dÌas se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecÌa cada dÌa m·s linda, y lo era en efecto, porque seg˙n he averiguado en el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto a la mujer como el amor. La preguntÈ repetidas veces si podÌa hablar con ella, y siempre me contestÛ que era de todo punto imposible: si la mam· llegaba a saber algo °adiÛs balcÛn! EmpecÈ a sospechar que me iba enamorando y esto me traÌa inquieto. No podÌa pensar en aquella niÒa sin sentir profunda melancolÌa como si personificase mi juventud, mis ensueÒos de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados de mÌ por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los remordimientos. °Cu·l serÌa el dolor de mi pobre mujer si llegase a averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un dÌa recibÌ carta suya, particip·ndome que tenÌa a mi hijo menor un poco indispuesto, y rog·ndome que procurase arreglar los negocios y volviese pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer; porque siempre he delirado por mis hijos: y como si aquello fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, despuÈs de grave y prolongada meditaciÛn, en que me echÈ en cara[97] sin piedad, mi conducta infame y ridÌcula, cantÈ sin rebozo el yo pecador y resolvÌ obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo[98] este propÛsito, lo primero que se me ocurriÛ fue no acordarme m·s de Teresa, ni pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: despuÈs, abreviar cuanto pudiese los asuntos. Seg˙n mis c·lculos quedarÌa libre a los cinco o seis dÌas.

Ya no seguÌ, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba despuÈs de almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivÌan unos amigos. Por la noche, despuÈs de comer, como no habÌa peligro[99] de ver a Teresa, la cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro dÌas; ya no me acordaba de aquella niÒa, o si me acordaba era de un modo vago, como la memoria de los dÌas risueÒos de la juventud. TenÌa casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la elecciÛn del dÌa para marcharme. Ser· cosa, a m·s tardar,[100] del viernes o el s·bado, me dije despuÈs de comer, encendiendo un cigarro y ech·ndome a la calle. El ministro se habÌa negado a rebajar la cuota del Ayuntamiento, lo cual me tenÌa muy disgustado. Pensando en lo que habÌa de decir[101] a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor de explicarles la causa del fracaso, crucÈ la plaza del Rey y entrÈ en la calle de las Infantas. La noche era esplÈndida y bastante templada; llevaba abierto el gab·n y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niÒa me detuve y la contemplÈ un instante casi con indiferencia. Y seguÌ adelante murmurando: "°QuÈ chiquilla tan mona! °L·stima ser· que se la lleve un tunante!" DespuÈs me puse a reflexionar en lo f·cil que me hubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no; hubiera sido una felonÌa. Por m·s que fuese[102] un poco dÌscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando m·s embebido andaba en mis pensamientos y planes polÌticos, y cuando ya estaba prÛximo a doblar la esquina de la calle, he aquÌ que siento un brazo que se apoya en el mÌo y una voz que me dice:

--øVa V. muy lejos?

--°Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contempl·ndola estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

--øPero dÛnde va V. a estas horas?

--Me voy con V.--contestÛ alzando la cabeza y sonriendo como si dijese la cosa m·s natural del mundo.

--øA dÛnde?

--°QuÈ sÈ yo! Donde V. quiera.

A un mismo tiempo sentÌ escalofrÌos de placer y de miedo.

--øHa huido V. de su casa?

--°QuÈ habÌa de huir!... solamente se la he jugado a Manuel, del modo m·s gracioso!... Ver· V. cÛmo se rÌe... Me empeÒÈ hoy en ir a la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y pap· mandÛ a Manuel que me acompaÒase. Llegamos hasta el portal y allÌ le dije: m·rchate, que ya no haces falta;[103] y me hice como que subÌa la escalera,[104] pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detr·s de Èl hasta casa... °Cuando le vi entrar me dio una risa, que por poco me oye![105]

La chiquilla se reÌa a˙n, con tanta gana y tan francamente, que me obligÛ a hacer lo mismo.

--øY V. por quÈ ha hecho eso?--le preguntÈ con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.[106]

--Por nada--repuso desprendiÈndose de mi brazo repentinamente y echando a correr.

La seguÌ y la alcancÈ pronto.

--°QuÈ polvorilla es V.![107]--le dije ech·ndolo a broma--°Vaya un modo de despedirse!...[108] PerdÛn si la he ofendido...

La niÒa, sin decir nada, volviÛ a tomar mi brazo. Caminamos un buen pedazo en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir o en lo que iba a hacer, sobre todo en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompiÛ, pregunt·ndome resueltamente:

--øNo me dijo V. por carta que me querÌa?

--°Pues ya lo creo que la quiero a V.!

--øEntonces, por quÈ ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle de dÌa?

--Porque temÌa que su mam·...

--SÌ, sÌ, porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto m·s se les quiere[109] es peor... øPiensa V. que yo no lo sÈ?... Me ha tenido V. al balcÛn todas estas tardes esper·ndole; °pero que si quieres!... Por la noche detr·s de los cristales, le veÌa pasar, muy serio, muy serio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decÌa, øestar· enfadado conmigo?[110] øPor quÈ se habr· enfado? øSer· porque he cerrado el balcÛn a las tres menos cuarto? En fin, todo me volvÌa cavilar, cavilar, sin sacar nada en limpio... Entonces dije: voy a darle un susto esta noche...

--Ha sido un susto muy agradable.

--Si no llega V. a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidiÛ.

Momento de pausa, en el cual me acudiÛ a la mente un tropel de pensamientos que todavÌa me averg¸enzan. Teresa volviÛ a mirarme fijamente.

--øEst· V. contento?

--°Vaya!

--øVa V. a gusto conmigo?

--Mejor que con nadie en el mundo.

--øNo le estorbo?

--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

--øNo tiene V. nada que hacer ahora?

--Absolutamente nada.

--Entonces vamos a pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva a casa y mam· se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le estorbo o no le gusta pasear conmigo, dÌgamelo V... me voy en seguida...

Yo le contestÈ apret·ndole el brazo y tir·ndole suavemente por la mano para encaj·rselo bien en el mÌo. Teresa continuÛ hablando con graciosa volubilidad.

--Parece mentira que seamos tan amigos øno es verdad? Yo pensÈ cuando le dejÈ caer la muÒeca encima que le habÌa matado... °QuÈ miedo tuve! °Si V. viera!... Vamos a ver øpor quÈ en lugar de enfadarse se sonriÛ V. conmigo?

--°Toma! porque me gustÛ V. mucho.

--Eso pensaba yo: debÌ de haberle sido simp·tica[111], porque sinÛ la verdad es que tenÌa motivo para ponerse furioso. TodavÌa cuando V. subiÛ a llev·rmela estaba muerta de miedo y por eso cerrÈ tan pronto la puerta... °Dichosa muÒeca! Me dio tal rabia que la tirÈ contra el suelo y la partÌ un brazo.

--Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como un recuerdo.

--øSabe V. que tiene razÛn? Si no hubiera sido por la muÒeca no nos hubiÈramos conocido... ni serÌa V. mi novio;... porque tengo otro...

--øCÛmo otro?

--Es decir, ya no lo tengo: lo tenÌa... Es un primo que est· empeÒado en que le he de querer[112] a la fuerza... No vaya V. a creer que es feo... al contrario, es guapo... pero a mÌ no me gusta... No lo puedo remediar. Le dije que sÌ, porque me dio l·stima un dÌa que se echÛ a llorar.[113]

Mientras convers·bamos de esta suerte Ìbamos caminando sosegadamente por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente o conocido de la niÒa, procurÈ seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo, sacudiÈndome a veces fuertemente y deteniÈndose a lo mejor delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chucherÌa. Su charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovÌa y refrescaba el corazÛn; a impulso de ella se fue disipando poco a poco el tropel de pensamientos pÈrfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de quÈ modo, tambiÈn desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niÒa tenÌa alg˙n parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa nuestra situaciÛn como al principio. Su inocencia era un velo espeso, que nos impedÌa ver el riesgo que corrÌamos.

En poco tiempo me contÛ una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacÌa m·s que un aÒo que estaban en Madrid establecidos; su pap· ocupaba un alto empleo; tenÌa dos hermanitos y una hermanita. Acerca del car·cter y costumbres de cada uno de ellos se extendiÛ considerablemente; la hermanita era muy buena niÒa, amable y obediente; pero los chicos insufribles; todo el dÌa gritando, ensuciando la casa y pele·ndose. Su mam· le habÌa dado jurisdicciÛn sobre ellos hasta para castigarles, pero no querÌa usar de ella porque tenÌa miedo de que le perdiesen el cariÒo: que la mam· se arreglara como pudiese. DespuÈs hablÛ del pap·, que era muy serio, pero muy bueno; lo ˙nico que la tenÌa apesadumbrada era que parecÌa querer m·s a los chicos que a ellas.[114] La mam·, en cambio, mostraba predilecciÛn por las niÒas. HablÛ despuÈs de las primas de la calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las dos tenÌan novio,[115] pero no valÌan cuatro cuartos: chiquillos que todavÌa estudiaban en el Instituto. TenÌan, adem·s, un hermano, que era el primo que habÌa sido su novio; Èste ya era bachiller y se estaba preparando para entrar en el colegio de ArtillerÌa. De vez en cuando, en los cortos intervalos de silencio levantaba graciosamente la cabeza, pregunt·ndome:

--øVa V. a gusto conmigo? øLe estorbo?

Y cuando me oÌa protestar vivamente contra semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegrÌa y continuaba hablando.

HabÌamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo iba gozando como los ·ngeles en el paraÌso, y pendiente de los labios de aquella niÒa, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida, parecÌa infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin embargo, no podÌa desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegrÌa. Buscando manera de pasar las horas de que disponÌamos m·s dignamente que vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo con el Teatro Real. Al instante se me ocurriÛ la idea de entrar: Teresa la aceptÛ inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros, tomamos entradas de paraÌso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aquÈl rebosaba de gente; de suerte que nos costÛ alg˙n trabajo introducirnos y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontrÛ admirablemente y me pagaba los trabajos que habÌa pasado para llevarla hasta allÌ con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subÌan el telÛn seguimos charlando, aunque muy bajito: se habÌa establecido entre nosotros una gran intimidad, y me abandonÛ una de sus manos que yo acariciaba embelesado. Cuando empezÛ la Ûpera dejÛ de charlar y se puso[116] a atender tan decididamente, que a mÌ me hizo sonreÌr el verla[117] con la cabecita apoyada en la pared y los ojos est·ticos. SabÌa m˙sica, pero habÌa ido al teatro pocas veces; asÌ que las melodÌas inspiradas de la Ûpera de Bellini le causaban profunda impresiÛn, que se traducÌa por un leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegÛ el sublime canto del tenor que empieza _A te, oh cara_, me apretÛ con fuerza la mano exclamando por lo bajo:--°Oh quÈ hermoso! °oh quÈ hermoso! DespuÈs me hizo explicarle lo que pasaba en la escena: hallÛ el matrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecÌa de veras al barÌtono, a quien birlaban la novia; quedÛ sumamente disgustada cuando al fin del acto el tenor se ve en la precisiÛn de acompaÒar a la reina y dejar abandonada a su futura, y declarÛ resueltamente que esta era una conducta indigna.

--Pero advierta V. que estaba obligado a hacerlo porque era su reina quien se lo pedÌa.

--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo primero siempre es la novia.

No me fue posible arrancarle tan extraÒa teorÌa de la cabeza. DespuÈs que bajÛ el telÛn permanecimos en el mismo sitio y me obligÛ a contarle mi vida y milagros, cu·ntas novias habÌa tenido, a quiÈn habÌa querido m·s, etc., etc. Ya comprender· usted que necesitÈ ensartar un sin fin de[118] patraÒas. DespuÈs, sin motivo alguno serio, manifestÛ rotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atrevÌ a apuntar que habÌa excepciones, pero no fue posible hacÈrselo reconocer.--Usted ser· lo mismo que todos (anunciÛ en tono profÈtico y mirando a un punto del espacio); me querr· V. un poco de tiempo, y despuÈs... si te vi, no me acuerdo.

°QuÈ rato tan delicioso y tan infernal a la vez, me estaba haciendo pasar aquella niÒa! Para llevar la conversaciÛn a otro punto, le preguntÈ:

--øCu·ntos aÒos tiene V.?[119] Hasta ahora no me lo ha dicho.

--Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo m·s que trece y dos meses... øy V.?

--°Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da verg¸enza.

--°Ah quÈ presumido! °Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos![120]

En seguida me propuso que nos trat·semos de t˙,[121] pero despuÈs de aceptado se volviÛ atr·s[122] ofreciÈndome que yo la tratase de t˙ y ella siguiese con el V. No quise conformarme.

--Pues mire V., yo no puedo hablarle de t˙; me da mucha verg¸enza... Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo resultÛ que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metÌa en una serie interminable de perÌfrasis: si se aventuraba a dirigirme un t˙, lo hacÌa bajando la voz y pasando como sobre ascuas.

Cuando empezÛ el segundo acto, volviÛ a escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba a menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. ObservÈ, no obstante, que se habÌa amortiguado un poco la viva expresiÛn de su fisonomÌa y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la c·ndida frente pasÛ una r·faga de inquietud que comunicÛ a su lindo rostro infantil cierta grave expresiÛn que no tenÌa. ParecÌa que en virtud de un misterioso movimiento de su espÌritu, la niÒa se transformaba en mujer en pocos instantes. DejÛ de apretar mi mano y hasta retirÛ la suya: volvÌ a cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retirÛ de nuevo.

El segundo acto habÌa terminado. Al bajarse el telÛn[123] me hizo mirar el reloj, y viendo las once,[124] dijo que era necesario partir en seguida, porque a las once y media, a m·s tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche seguÌa tibia y estrellada: a la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fue preciso evitar.[125] Ya no habÌa[126] en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las m·s solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocÛ llevar la voz cantante,[127] y la dije al oÌdo mil requiebros y ternezas, explic·ndola por menudo el amor que me habÌa inspirado y lo que habÌa sufrido en los dÌas en que no pasÈ por su calle: recordele[128] todos los pormenores, hasta los m·s insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le habÌa visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la profunda impresiÛn que me habÌa causado. Nada replicaba a mi discurso; seguÌa caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenÌa tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamÛ sin mirarme:

--Hice una cosa muy mala, muy mala. °Dios mÌo, si lo supiese pap·!

TratÈ de probarle que su pap· no podÌa enterarse de nada, porque llegarÌamos demasiado temprano.

--De todas maneras, aunque pap· no se entere, hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo: øNo es verdad que una niÒa bien educada no harÌa lo que yo hice esta noche?... °Si lo supiesen mis primas, que est·n deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intenciÛn... Yo soy muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero tambiÈn dicen que tengo buen fondo.

Al proferir estas palabras se le habÌa ido anudando la voz en la garganta, hasta que se echÛ a llorar perdidamente.[129] Me costÛ mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguÌ elogiando[130] su car·cter franco y sencillo y su buen corazÛn, y prometiendo quererla y respetarla siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella. DespuÈs de secarse las l·grimas recobrÛ su alegrÌa y comenzÛ a charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos a cual m·s absurdo: seg˙n ella, debÌa presentarme al dÌa siguiente en casa, y pedirle al pap· su mano: el pap· dirÌa que era muy niÒa, pero yo debÌa replicarle inmediatamente que no importaba nada: el pap· insistirÌa en que era demasiado pronto, pero yo le presentarÌa el ejemplo de una tÌa, hermana de su mam·, que estaba jugando a las muÒecas[131] cuando la avisaron para ir a casarse. øQue habÌa de oponer a este poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casarÌamos, y acto continuo nos irÌamos a Jerez, para que conociese[132] a sus amigas y a sus tÌos. °QuÈ susto llevarÌan todos al verla del brazo de un caballero, y mucho m·s, cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle[133] con vehemencia que me permitiese darla un beso. No fue posible. Ning˙n hombre la habÌa besado hasta entonces; solamente su primo la habÌa dado un beso a traiciÛn, pero le costÛ caro, porque le dejÛ caer dos vasos de limÛn sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacÌa que pusieran las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviÈsemos casados, ya serÌa otra cosa; entonces todos los besos que se me antojaran,[134] aunque sospechaba que no se los pedirÌa[135] con tanto ardor como ahora.

Est·bamos prÛximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvÌa de las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y la obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacÌan guiÒos, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habÌan de volver.[136] A lo lejos sÛlo se veÌan, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volviÛ a hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al dÌa siguiente a las dos en punto[137] de la tarde, me presentarÌa debajo de sus balcones.

--Cuidado que no faltes.[138]

--No faltarÈ, preciosa.

--øA las dos en punto?

--A las dos en punto.

--Llama ahora con un golpe a la puerta.

CogÌ la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato[139] se oyeron los pasos del portero.

--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y esc·pate de prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su c·ndida y rosada mejilla. Yo la tomÈ entre las manos y la apliquÈ un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oÌ rechinar la llave.[140] Y me alejÈ a paso largo.

DejÛ de hablar D. RamÛn.

--øY despuÈs, quÈ sucediÛ?--le preguntÈ con vivo interÈs.

--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al dÌa siguiente tomÈ el tren para mi pueblo.

--øSin ver a Teresa?

--Sin ver a Teresa.

* * * * *

NOTES FOR "LOS PURITANOS":

[67] =Me lo presentÛ=, note the use of "_lo_" instead of "_le_".

[68] =Ha de estar=, is to be.

[69] =No debÌa de ser feo, ni mucho menos=, he must not have been ugly, far from it.

[70] =Il sogno beato=, the beautiful dream.

=De pace e contento=, of peace and contentment.

[71] =La dolce memoria=, the sweet memory.

=De un tenero amore=, of a tender love.

[72] =Parece que le gusta a V. Los Puritanos=, it seems that you like the Puritanos.

[73] =Vengan esas razones=, let's have those reasons. =Vengan=, lit., let them come.

[74] =Que no merece la pena=, which is not worth the trouble.

[75] =No aconsejarÈ a nadie que lo haga=, I shall not advise anyone to do it.