Los pescadores de "Trépang"

Part 11

Chapter 113,953 wordsPublic domain

Hacia las tres, al atravesar un claro del bosque, hicieron un descubrimiento singular nuestros viajeros. Era un árbol--un _ficopisocarpo_--de cuyas ramas pendían, en vez de frutas, unos pájaros extrañísimos del tamaño de pollos, de alas membranosas, con el cuerpo vestido de un plumón castaño de reflejos rojizos. Estaban agarrados a las ramas por las patas, tenían las alas abiertas y extendidas y parecían adormilados. Habría sobre doscientos.

--¿Qué pajarracos son ésos?--preguntaron Hans y Cornelio, sorprendidos.

--_Pteropus eduli_--respondió el Capitán riéndose--, o diciéndolo más claro, murciélagos gigantes, que esperan que se haga de noche para echarse a volar.

--Son enormes--observó Hans--. ¿Y qué hacen en esa rara posición?

--Duermen, después de haberse comido todas las frutas del árbol; pues son muy glotones--respondió Van-Stael.

--Malos bichos deben de ser ésos.

--No lo creas, Hans. Se dice que todos los pájaros les temen; pero no es verdad. Son utilísimos al hombre, pues acaban con muchos insectos dañinos que le chupan la sangre.

--A pesar de ello son muy perseguidos, según he oído decir--dijo Hans.

--Es verdad. Los desgraciados murciélagos, que nos parecen topos o ratones voladores, son aborrecidos y perseguidos cruelmente en todas partes sin motivo alguno, no más que por superstición estúpida. Se les cree espíritus de las tinieblas, se dice que de noche se beben el aceite de las lámparas, y se cuentan otras mil patrañas sobre ellos. En unas partes los clavan en las puertas y en las paredes; en otras, los queman vivos y hacen con ellos mil atrocidades.

--¿Es verdad que son ciegos, tío?

--No; pero se cree que los ojos les sirven de muy poco o de nada. Se ha probado a inutilizárselos y se les ha visto volar con la misma seguridad que antes y sin tropezar en delgados hilos colocados ante ellos. Parece que se orientan por el tacto, o por el oído, que se les supone agudísimo. En cambio, no tienen o se cree que no tienen olfato o que, de tenerlo, es muy imperfecto. Y ahora ¡vamos, muchachos, que el pan nos espera!

--¿Dónde?--le preguntaron sus sobrinos.

--Pronto lo encontraremos.

Se pusieron en marcha, siguiendo siempre el mismo rumbo, pasando de una selva a otra y cogiendo frutas de vez en cuando, hasta que, después de una hora de camino, el Capitán se detuvo en un angosto llano rodeado de árboles.

--Aquí está nuestro pan--dijo señalando un árbol de unos veinte pies de alto y de tres y medio o cuatro de diámetro, de larguísimas hojas, que en vez de crecer derecho, se torcía, tomando una dirección oblícua.

--¡Nuestro pan!--exclamaron los dos jóvenes admirados.

--Y muy bueno, señores míos--dijo Van-Horn--. La harina está en sazón, pues veo las hojas cubiertas de un polvo gris.

--¿Y dónde está esa harina?

--En el tronco del árbol, señor Cornelio.

--Os burláis, viejo Horn.

--No; os lo aseguro. Ahora lo veréis.

El piloto empuñó el hacha y atacó briosamente con ella el tronco del árbol, que ofrecía una resistencia increíble. El Capitán tuvo que relevarle en el trabajo un cuarto de hora después, hasta que por último la planta, cortada circularmente a dos pies del suelo, se desplomó con gran estrépito.

--Mirad--dijo el piloto.

Hans, Cornelio y el joven pescador se acercaron, y con gran sorpresa vieron que aquel tronco estaba lleno de una materia ligeramente rosada y al parecer muy dura.

--¿Qué es esto?--preguntó Cornelio.

--Harina; o, si lo prefieres, _sagú_--dijo el Capitán.

--Lo conozco de nombre y hasta lo he probado en Timor, tío.

--Te creo, pues en aquella isla se produce también.

--Y me pareció muy gustoso y nutritivo.

--Es una planta maravillosa--exclamó Hans.

--Y utilísima--dijo el Capitán--. Crece sin necesidad de cultivo y se reproduce mucho. Bastan tres árboles para alimentar a una familia durante un año entero.

--¿Abundan mucho estas plantas, tío?

--Mucho; y no se encuentran solamente aquí. Las mejores y las más productivas son las llamadas por los naturalistas _metroxilon sagus_ y _metroxilon rumphii_; pero hay muchas otras especies.

Crecen en casi todas las islas de la Malasia, especialmente en Borneo, Filipinas, Molucas, en ésta en que estamos, en la India, en las Maldivas, en Sumatra y en América, en la Luisiana; pero la harina que producen no es siempre igual. La de las Maldivas, por ejemplo, es granulosa, dura, grisácea, y no uniforme; la de Sumatra tiene los granos redondos y blancos o amarillentos; la de la Luisiana es gris, y la de las Molucas y Nueva Guinea es roja, blanca o gris. Un árbol del tamaño de éste que acabamos de cortar da unos ocho quintales.

--¡Qué afortunada tierra, tío!

--Efectivamente; porque no es poca fortuna para una persona el proporcionarse pan para doce meses con sólo cuatro o cinco días de trabajo.

--¿Y cómo se prepara esta harina?

--Ahora lo verás. ¡Al trabajo, mi fiel Horn!

El piloto no había perdido el tiempo. Arrancadas las grandes hojas, daba hachazos en el tronco caído, dividiéndolo en pedazos de dos palmos de largo; pero a costa de grandes esfuerzos, porque la corteza, aunque no gruesa, era durísima. Al fin logró dividir el tronco en ocho trozos.

--Ahora, la maza--dijo el piloto, enjugándose el sudor de la frente--. Hay que romper las raíces interiores.

El Capitán, que había cortado una gruesa y pesada rama y le había dado forma de maza, iba ya a trabajar con ella, cuando se oyó un grito terrible.

Volviéronse todos y vieron al joven chino luchando desesperadamente con una serpiente enorme que lo tenía preso entre sus anillos.

--¡Gran Dios!--exclamó el Capitán--. ¡Un pitón!

Todos estaban helados de espanto.

XX.--LOS BOSQUES DE LA PAPUASIA

Si la Nueva Guinea es la patria predilecta de las más espléndidas aves de la creación, lo es también de las serpientes, y sobre todo de los pitones, que son los mayores y más formidables reptiles de los bosques. Ninguna serpiente de las especies conocidas le supera, ni le iguala, ni con mucho, en tamaño; ni siquiera las boas de las selvas brasileñas.

Abundan en todas las islas de la Malasia, en la India, donde hay muchísimas, y en África; pero no las hay en Europa, aunque, a juzgar por las que se encuentran en estado fósil en los terrenos terciarios, debió de haberlas en tiempos remotos.

No son venenosas; pero su ferocidad y su audacia las hacen en extremo temibles. Se atreven con el hombre y con los animales más valientes y corpulentos: hasta con el tigre. El inglés Wádington vió a una en las orillas del Ganges sorprender a un tigre real, apretarlo entre sus potentes anillos y sofocarle al fin, a pesar de los zarpazos y mordiscos del tigre. Tienen tan fuerte musculatura, que estrujan a un oso o a un buey entre sus anillos, y es tal su vitalidad, que aun después de muertas tienen durante horas enteras sujeta su presa.

Schouten, en su viaje a la India narra a este propósito el siguiente hecho:

Durante la recolección del arroz algunos campesinos del Malabar dejaron en la cabaña a un muchacho que, por estar enfermo, no podía salir con ellos al campo.

El muchacho salió de la choza y se tendió a la sombra de una palma, donde se quedó dormido. En aquella posición le sorprendió un pitón gigante. Al volver los campesinos oyeron gemidos sofocados, pero no les hicieron caso al principio. Como siguieran oyéndolos, salieron de la choza y vieron a la monstruosa serpiente, que tenía envuelto al muchacho, aún vivo, entre sus anillos. El padre del muchacho, revistiéndose de valor, partió a la serpiente por la mitad de un hachazo; pero ella, así mutilada, siguió apretando el cuerpo del muchacho hasta sofocarlo.

Viven generalmente estas serpientes en los bosques calientes y húmedos, donde acechan a sus presas, bien ocultas en la yerba, bien suspendidas de los árboles. Prefieren para emboscarse la proximidad de los ríos, para sorprender a los animales que acuden allí a beber.

Aunque no son muy gruesas, pueden tragarse animales diez o doce veces más voluminosos, y veinte veces más pesados que ellas; la dilatabilidad de sus mandíbulas y la elasticidad de su piel que son extraordinarias, se lo permiten. Y así tiene que ser, pues como carecen de garras para despedazar a su presa, han de tragársela entera. Así tardan mucho tiempo, hasta una semana a veces, en deglutirla.

El pitón que había sorprendido al chino era de los mayores, pues no tenía menos de veintidós pies de largo. El horrible reptil, que quizás estuviera dormido en la espesura, advertiría la presencia del chino y se le acercaría silenciosamente, apresándolo de pronto entre sus formidables anillos. El desgraciado chino, casi sofocado, pálido como un muerto y con los ojos fuera de las órbitas, agitaba desesperadamente el brazo que le quedaba libre, haciendo por agarrar la cabeza del reptil, que tenía la bifurcada lengua fuera de la boca.

Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn, paralizados por el terror, estaban como clavados en el suelo; pero el Capitán había acudido en socorro del joven con un hacha en la mano. Sabía que un momento de retardo podía ser fatal al pobre chino, cuyos huesos crujían ya, oprimidos por los anillos de la serpiente.

El arma cayó sobre el reptil con fuerza irresistible, cortándole el cuerpo a unos siete pies de la cola. Herido de muerte, aflojó al instante los anillos, y soltó al chino, para arremeter, mutilado y chorreando sangre como estaba, con aquel nuevo enemigo, dando silbidos de cólera.

Pero Van-Stael no era hombre asustadizo. Dió un rápido salto atrás para librarse de la serpiente, y en seguida le asestó otro terrible hachazo, que la tendió en la yerba con el casco de la cabeza partido en dos.

--¡Pobre muchacho mío!--exclamó el valiente Capitán acudiendo adonde estaba el chino--. ¿Te ha roto las costillas?

--No, señor--respondió el chino con voz apagada--. Me tenía ya medio ahogado; pero aún estoy con los huesos enteros, gracias a lo pronto que acudisteis en mi ayuda.

--¿No viste el peligro?

--No, señor; me sorprendió por la espalda. ¡Qué miedo he pasado, Capitán!

--Lo creo, pobre muchacho. Por fortuna pude acudir a tiempo.

--¡Ah, tío!--exclamó Cornelio--. ¡Nunca he experimentado emoción semejante! ¡Sentí que me faltaban las fuerzas!

--No me sorprende. Estas serpientes dan miedo hasta a los tigres. Tú, acuéstate y descansa, Lu-Hang; y nosotros trabajemos antes de que nos pille la noche.

Van-Horn, repuesto ya de su susto, emprendió con gran actividad el trabajo que tenía entre manos y que había suspendido. Empuñó la maza que el Capitán le había preparado, y se puso a golpear la médula roja del sagú, contenida en el pedazo de tronco que sobresalía de la tierra.

--¿Por qué la golpeas así, en vez de sacarla?--le preguntó Cornelio, que seguía atentamente la operación.

--Porque está sujeta por una verdadera red de fibras--respondió el piloto--. Si no se rompen esas fibras no hay modo de sacarla. ¡Mirad, ahora!

El Capitán metió ambos brazos en el tronco y extrajo un gran puñado de harina, que salió mezclada con blancas y finísimas hebras, al parecer muy resistentes y tenaces.

--¿Se comen también esas hebras?--preguntó Cornelio.

--No--respondió el Capitán--; echarían a perder el pan, porque son leñosas.

--¿Hay que separarlas?

--Sí, y para ello construiremos un cedazo con hebras de coco, para perder menos tiempo.

El Capitán vació por completo aquella parte del tronco del árbol, y amontonó la harina sobre grandes hojas.

Después puso otra de las rodajas del tronco sobre la que acababa de vaciar y manejando con fuerza la maza, la despojó de toda la harina, repitiendo la maniobra con todos los trozos, y obteniendo en pocas horas muy cerca de ocho quintales de harina, que formaba un montón enorme.

Había aún que cernerla para separarla de las fibras; pero habiendo llegado la noche, se dejó aquella segunda operación para el día siguiente. Cernieron, con todo, por lo pronto, una pequeña cantidad de aquella harina, la amasaron con un poco de agua y la pusieron a cocer sobre brasas.

Con aquel pan y con tortuga asada cenaron muy bien aquella noche. Acabada la cena, Van-Horn hincó en el suelo algunas estacas y formó un cobertizo de hojas que los librasen de la humedad de la noche, y lo rodeó de los trozos de tronco vacíos de _sagú_, que sirvieran como de empalizada que los defendiera de las flechas si llegara el caso.

Cornelio hizo el primer cuarto de guardia emboscándose en un matorral, y los demás se entregaron al sueño.

Aquellas precauciones resultaron inútiles, porque la noche pasó con tranquilidad y en silencio. Ni hombres ni fieras asomaron por aquellos sitios.

Al amanecer, todos se entregaron al trabajo para preparar la provisión de pan. Van-Horn construyó una especie de cedazo con hebras de cáscara de coco, y se puso a cerner la harina. El capitán y Hans echaban agua en el cedazo para hacer pasar la fécula, y Cornelio y el chino la amasaban en panes de a cuatro libras, que secaban después al sol. Habrían podido también reducir la harina a grano, pero hubieran necesitado un recipiente de hierro, y no lo tenían.

Para obtener el sagú granulado como el comercio lo lleva a Europa, se echa la harina en una caldera puesta al fuego y se la tuesta ligeramente revolviéndola sin cesar, y después se la lava y empaqueta. Los granos así obtenidos adquieren un sabor más agradable y un color más rojizo.

A mediodía tenían ya doscientos panes secándose al sol. Como ya eran bastantes, pues los náufragos no podían cargar con un peso excesivo, abandonaron la harina sobrante a los pájaros.

Por la noche los panes, ya perfectamente secos, fueron envueltos en hojas de plátano, que los conservan muy bien, y amontonados bajo el cobertizo.

--Tenemos para un mes--dijo el Capitán--. Mañana nos podremos poner en camino, sin miedo de pasar hambre.

--Pero nos falta la carne--dijo Hans.

--Nos la procuraremos durante el viaje, glotón. Las aves no faltan en esta selva, y tampoco nos faltarán cuadrúpedos.

--Será prudente llevar con nosotros una provisión de agua--dijo Van-Horn--. No la encontraremos siempre.

--Es que no tenemos vasijas. ¿Dónde vamos a llevarla?--preguntó Cornelio.

--Tampoco las tienen los papúes--dijo el Capitán--; pero disponen de recipientes, y en sus canoas no falta nunca el agua dulce.

--¿Y cómo se las componen?

--Ahora lo verás.

De uno de los muchos bambúes que por allí había, cortó con el hacha un trozo del grueso del muslo, y lo dividió en otros trozos más pequeños cortándolo por cerca de los nudos.

--Aquí tienes una vasija--dijo tomando en la mano uno de ellos--. La caña de bambú está hueca, como sabes, entre cada dos nudos, lo mismo que cualquiera otra especie de cañas, y este trozo tiene sendos nudos en sus extremos.

--Ya comprendo: se hace un agujero en uno de los nudos, se echa por él el agua, se tapa después con un tarugo y ya está hecha la vasija.

--Efectivamente, Cornelio. Se explica que en tierras donde la Naturaleza nos da hechos tales utensilios, no haga grandes progresos la industria del hombre. Y ahora, acostémonos; que mañana tenemos que ponernos en camino.

Se habían ya guarecido en el cobertizo, cuando con gran sorpresa para todos ellos oyeron por el lado del bosque los ladridos de un perro.

--¿Los papúes?--preguntó Cornelio, poniéndose en pie de un salto.

--¡Imposible!--contestó el Capitán, arrojándose fuera con el fusil en la mano.

Horn y los tres jóvenes, muy alarmados, salieron también armados de sus fusiles. Los ladridos continuaban a intervalos regulares, pero sin acercarse.

--Es imposible que sean los papúes--repitió el Capitán, que no apartaba la vista del bosque.

--¿Por qué?--le preguntó Cornelio.

--Porque nunca han tenido perros, ni aquí los hay.

--Sin embargo, esos son ladridos de perro, tío.

--¿Habrá en el bosque algún cazador europeo?--exclamó Van-Horn.

--¿Aquí, en esta selva tan alejada de los puertos que frecuentan los buques?

--Algún explorador, señor Stael.

--¡Hum! Lo dudo, Van-Horn.

--¿Y cómo puede haber aquí un perro sin amo?

--Pero ¿será un perro?

--¿Y qué puede ser? Esos son ladridos.

--Es que si fuera un perro ya estaría aquí, y esos ladridos ni se acercan ni se alejan.

--Es verdad, Capitán.

--Tened dispuestas las armas, y vamos a aclarar este misterio.

Manteniéndose ocultos entre la maleza para no recibir a mansalva una lluvia de flechas envenenadas, entraron en el bosque, que estaba oscuro, pues ya iba a ponerse el sol. Su sorpresa llegó al colmo cuando notaron que los ladridos venían de lo alto.

--¡Calla!--exclamó Cornelio--. ¿Un perro en las ramas de un árbol? ¿Cómo explicar esto, tío?

El Capitán, en vez de responder, lanzó una carcajada.

--¿De qué te ríes?--le preguntaron Hans y Cornelio.

--Es que el caso es para reirse, muchachos--les dijo--. ¿Queréis ver al pretendido perro? Mirad entre las ramas de aquel _durión_.

Dirigieron la vista hacia donde el Capitán les había indicado, y vieron, sosteniéndose en una gruesa rama, un pajarraco negro del tamaño de un cuervo, y que a intervalos regulares daba ladridos tan perfectos que parecían salir de la garganta de un perro.

--¡Dichoso país!--exclamó Cornelio--. No sabía que hubiera pájaros que ladrasen[6].

--Por fortuna, son inofensivos. Vámonos a dormir.

Pasaron también aquella noche sin novedad. Durante el cuarto de guardia del piloto hubo una falsa alarma, motivada por ciertos ruidos sospechosos que se oyeron hacia el bosque; pero después todo quedó tranquilo.

A las seis de la mañana todos estaban de pie, dispuestos a emprender valerosamente la marcha hacia el Oeste. Repartieron las provisiones de sagú proporcionalmente a las fuerzas de cada cual; cargaron con los barrilillos de bambú llenos de agua, y después de dar un adiós a aquellos sitios, se entraron por el bosque, decididos a llegar hasta el río Durga. Dificultaba mucho su marcha la espesura del bosque, que ni siquiera la luz del día dejaba pasar, sino a medias. Los árboles de teck, sagú, mangostán, cedro, bambú, _arenghe_, _saccaripre_, betel, _rotang_ y otros infinitos, se apiñaban, entrelazando su ramaje y sus raíces, y los bejucos y las plantas trepadoras formaban impenetrables redes corriéndose de un árbol a otro, subiendo, bajando y serpenteando por la tierra.

No faltaban los árboles frutales silvestres. Veíanse muchísimas mangustanas cargadas de sus deliciosas frutas; gigantescos durines cuyas ramas se rendían al peso de las suyas, que son del tamaño de sandías, de enorme peso y envueltas en agudas espinas; _buá bangha_ o _artocarpi integrifoglia_, altísimos, con enormes ramas, y que dan los mayores frutos de la tierra, pues dos hombres no pueden apenas con una de ellas, frutas bastante nutritivas y que maduran todo el año, y mangos silvestres.

Después de cinco horas de marcha llegaron nuestros viajeros al centro de un inmenso grupo de árboles que despedían un olor acre, pero muy agradable.

--¿Qué aroma tan exquisito, tío!--exclamó Cornelio.

--Procede de estos árboles--dijo el Capitán deteniéndose--. ¡Qué fortuna hay aquí para los que pudieran aprovecharla!--añadió--. Estos son los árboles que dan la nuez moscada. Míralos bien, Cornelio, que lo merecen.

XXI.--EL BABIRUSSA

Los árboles de la nuez moscada (_myristica moschata_) son hermosísimos, parecidos a nuestros alerces. Tienen veinticinco o treinta pies de alto y crecen espontáneamente en los bosques húmedos y calurosos de ciertas regiones intertropicales del Asia Oriental. Por los motivos que después diremos, sólo los hay en algunas de las islas Molucas, donde se los cultiva en grande escala, y en los bosques inmensos y salvajes de Nueva Guinea. Viven sesenta u ochenta años y no fructifican hasta los nueve.

No se crea que el árbol da las nueces tales como las pone en circulación el comercio. Su fruto es una especie de albérchigo grande, de corteza cenicienta, que, al madurar, se abre, dejando ver una pulpa carnosa y rojiza que envuelve a la nuez, la cual está revestida de una membrana delgada, pero recia. El árbol produce todo el año, viéndosele con flores y frutas al mismo tiempo; pero las nueces con que se trafica se recogen, ordinariamente, en los meses de Abril, Julio y Noviembre.

Se las seca tres días seguidos al sol para conservarlas, cubriéndolas de noche del rocío, que les es dañoso. Quítaseles después la membrana que las envuelve y se las baña en agua de cal para librarlas de las picaduras de los insectos. Para asegurar más su conservación suele encerrárselas, antes de ese baño, en cañas de bambú, y someterlas a la acción de un fuego lento durante tres meses. Las mejores son las que se arrancan a mano del árbol; siguiéndolas en valor las que se recogen de su pie después de caídas, naturalmente, y las menos estimadas son las silvestres.

En otro tiempo, los holandeses, que se habían hecho dueños de la Malasia, tuvieron el monopolio de la nuez moscada, y para sostenerlo, impidiendo la competencia, destruyeron inmensos plantíos valiéndose de medios violentos y hasta inhumanos, y limitaron el cultivo a la isla de Banda, que produce la mejor calidad de ellas, y a otras tres islas de aquel archipiélago; pero pronto se convencieron de lo poco discreto de tal sistema, tratándose de un producto de puro lujo y de uso limitado, y dejaron a los malayos la libertad de cultivarlo a su guisa.

--¡Hermosos árboles!--exclamó Cornelio acercándose a uno de ellos--. ¡Y qué olor tan penetrante el de sus frutas!

--Hay aquí una fortuna--dijo el Capitán--. ¡Qué desgracia tener que dejarla!

--Los indígenas la recogerán.

--No la aprecian, y la abandonan; como tampoco estiman en nada el clavo, que tanto se aprecia entre nosotros.

--¿Hay alguno aquí?

--Sí; mira uno, Cornelio. Crecen en los terrenos que producen la nuez moscada; pero prefieren los volcánicos.

Cornelio, Hans y el mismo Van-Horn se acercaron al árbol indicado, que crecía en los linderos del bosquecillo, y lo observaron atentamente. Tenía más de veinte pies de alto, y estaba cuajado de pequeños ramitos de flores de un color rojo oscuro que despedían un aroma delicadísimo.

--¿Es de estas flores de donde se saca el clavo?--preguntó Hans.

--El clavo consiste precisamente en sus pétalos--le respondió el Capitán--; pero no se recogen las flores hasta que se caen naturalmente. Después se las deja secar al sol hasta que toman un color casi negro. Un solo árbol de éstos da una buena renta; pues produce durante muchos años; desde los siete hasta los ciento veinte.

--¿Son comunes a todas estas regiones?

--Se da en todas las islas de la Malasia; pero mejor que en ningunas otras en las Molucas, que parecen ser su verdadera patria.

--¡Cuánta planta preciosa encierra esta isla, tan abandonada por los colonos europeos!--dijo Cornelio.

--Es verdad--respondió el Capitán--. Han poblado otras islas mezquinas y de tierras áridas, y se han olvidado de este paraíso.

Iban ya a ponerse en marcha, cuando una bandada de grandes pájaros cayó sobre el bosquecillo de nueces moscadas, y se puso a picar ávidamente la fruta.

--¿Qué volátiles son esos?--preguntó Cornelio.

--Palomas carpófagas--respondió el Capitán--. Son golosísimas de nueces moscadas, y a mi parecer las verdaderas productoras de los bosques de ese árbol, por las semillas de él que difunden por todas partes con sus excrementos.

Hans, deseoso de cazar una de aquellas aves, se echó el fusil a la cara; pero un grito de Van-Horn le detuvo.

--¡Tenéis algo mejor en que emplear vuestros tiros!--exclamó en el momento en que pasaba a toda carrera, por el lindero del bosque, un animal semejante al puerco en la corpulencia.

El joven, que se había vuelto al oir las voces de Hans, disparó contra la res; pero no debió acertarle de lleno, porque el animal desapareció en la espesura, después de lanzar un gruñido.

--¡Va herido!; ¡sigámoslo, señor Cornelio!--dijo Van-Horn.

--Pero ¿qué animal es ése?--preguntó el joven.

--Un _babirussa_. Apresurémonos a seguirlo, o perderemos su rastro--le replicó el piloto.