Los pescadores de "Trépang"

Part 12

Chapter 123,941 wordsPublic domain

Pusiéronse en persecución del animal, que, efectivamente, debía de estar herido, pues se veían manchas de sangre en las malezas. Tampoco debía de haberse alejado mucho, pues se sentían sus pisadas y sus gruñidos y el ruido que hacía al abrirse paso a través del ramaje.

Cornelio, que era más ágil, corría como un gamo, saltando por encima de las raíces y rompiendo con su cuchillo las lianas que se oponían a su paso, seguido de Horn, que hacía desesperados esfuerzos para no perderlo de vista; pero el _babirussa_, a pesar de la sangre que iba perdiendo, no paraba de correr.

Duraba ya media hora aquella persecución, cuando Cornelio, que había vuelto a cargar el arma, vió a la res aprisionada entre un tejido espesísimo de lianas. Hizo fuego por segunda vez, y el animal cayó muerto.

--¿Le acertasteis?--preguntó Van-Horn, que estaba unos trescientos pasos detrás.

--Sí, y bien, pues no se mueve--respondió el cazador.

--¡Qué cena, señor Cornelio!; ¡chuletas deliciosas, como las del cerdo!; ¡cosa algo mejor que las palomas a que ibais a tirar!

Avanzando por entre las lianas, llegó Cornelio hasta donde yacía el animal, que estaba completamente inmóvil. Era un verdadero _babirussa_, que es como lo llaman los malayos, palabra que, traducida literalmente, significa puerco-ciervo, aunque nada tiene de común con los cuadrúpedos de esta última especie.

Pertenece a la de los paquidermos, y constituye un género particular de la familia de los cerdos, animal éste con el cual tiene gran semejanza. Difiere de él en tener las patas más largas, el cuello más grueso, el hocico algo caído y los ojos pequeñísimos. Es mucho más veloz que él en la carrera, circunstancia a que debe sin duda el calificativo de ciervo, que forma la segunda parte del nombre con que lo designan los malayos.

No tiene el pelo cerdoso, como el de los puercos, sino corto y lanudo, de un gris rojizo, y tiene la boca armada de dos largos colmillos que se encorvan hacia arriba, en dirección de los ojos del animal.

Viven los _babirussas_ en las selvas de las islas de Malasia, en Ceilán y en Nueva Guinea, y se dejan domesticar si son de poca edad. Los indígenas aprecian mucho su carne, que, en el sabor, se asemeja a la de nuestros puercos monteses.

--¿Lo habéis matado?--preguntó Horn acercándose.

--Le he dado en la cabeza--le contestó Cornelio.

--Cortemos un trozo de él, por lo pronto, y volvamos al lado del Capitán.

--¿No se comerán las fieras el resto?

--Hay pocas fieras en Nueva Guinea, si es que hay algunas, señor Cornelio. Algunos dicen que hay tigres; pero no es seguro.

--Sí; pero hay pitones, cocodrilos...

--No hay que temer. Regresemos, señor Cornelio: estamos lo menos a tres millas de donde salimos y podemos extraviarnos.

--¿No tienes brújula?

--No; se la dejé al Capitán.

--Entonces, apresurémonos, Horn. Mi tío puede inquietarse.

El piloto descuartizó con su hacha al _babirussa_; cargó con un costillar, y junto con Cornelio, emprendieron la vuelta hacia donde habían quedado sus compañeros. Por desgracia, se habían olvidado de señalar los lugares por donde habían ido pasando, y para colmo de desventura, las manchas de sangre que a su paso dejara el animal no eran visibles en aquel caos de vegetales. Anduvieron muchísimo inútilmente. El bosquecillo de nueces moscadas no parecía.

Detuviéronse muy inquietos.

--Creo que nos hemos perdido--dijo Cornelio.

--Me lo temo--dijo Horn--. No hemos vuelto por el rumbo que trajimos a la venida.

--En una selva como ésta es muy fácil perderse, Horn. Sin señales que guíen en la marcha, hay tendencia a andar describiendo círculos más o menos amplios. Eso es sabido.

--Así es, efectivamente, señor Cornelio; y se ha advertido que se desvía uno siempre hacia la izquierda.

--Es probable que por efecto de ello nos hayamos alejado, en vez de acercarnos; ¿no lo crees así, Horn?

--Mucho me lo temo.

--¡Qué desgracia!

--Tenemos nuestras armas.

--¿Y de qué pueden servirnos para sacarnos de este apuro?

--Pueden servirnos para hacer señales con ellas disparando unos cuantos tiros.

--¡Pues hagámoslo antes de extraviarnos más, Horn!

Descargó Cornelio el fusil al aire; pero la espesura del bosque se comía el ruido y no lo dejaba propagarse. Pusieron el oído por si sonaba algún disparo lejano en contestación al suyo, pero nada advirtieron.

--¿Has oído algo, Horn?--preguntó Cornelio.

--Nada oigo--contestó el piloto--. Con esta espesura no hay manera de oir nada.

--Hagamos unos cuantos disparos más, Horn.

Dispararon varias veces sus fusiles uno tras otro y después a un mismo tiempo, dirigiendo hacia arriba la puntería; pero sólo consiguieron asustar a los pájaros.

--El caso es grave--dijo Cornelio.

--Veamos--dijo el piloto--. El bosque de nueces cae al Oeste.

--Sí.

--¿Y dónde estamos? Me parece que al Oeste, si los rayos del sol no me engañan.

--Pero ¿a qué distancia?

--Eso es lo que no podemos saber; pero me parece que el _babirussa_ huyó hacia el Sur. Caminando, pues, hacia el Norte, nos cruzaremos, más o menos lejos, con el Capitán.

--¿Y si está buscándonos y se ha dirigido al Oeste?

--En tal caso trataremos de llegar a la orilla del Durga. Sabemos que se dirige allí, y tendremos que encontrarle.

--No perdamos tiempo, y a ver si nos reunimos con nuestros compañeros antes de que se haga de noche.

Se pusieron en camino tratando de orientarse por el sol, que declinaba rápidamente; pero les era casi imposible verlo a causa de la espesura. Las selvas de la Papuasia son intrincadísimas. Abundan en árboles gigantescos, cuyas copas se elevan hasta doscientos pies y más sobre el suelo, ligados entre sí por espesas y revueltas lianas, y debajo de ellos hay una espesísima vegetación de árboles de mediano y pequeño tamaño, que detienen absolutamente los rayos del sol y que dejan sumida en la oscuridad toda la parte baja del bosque cercana a la tierra. Aun a mediodía se ve poco en lo interior de esas selvas; de noche, absolutamente nada, haciéndose imposible dar un paso por ellas, a pesar de faltar por completo la vegetación herbácea por falta de luz y de aire.

Van-Horn y Cornelio caminaban, pues, casi a la ventura. De vez en cuando disparaban tiros y se detenían a esperar la respuesta, pero en vano.

Al llegar la noche, rendidos de fatiga, hambrientos e inquietos, se detuvieron al pie de un árbol del pan, de enorme tronco.

--¡Pobre tío!--dijo Cornelio con tristeza--. ¡Qué mal rato estará pasando!

--Ya lo encontraremos, señor Cornelio. Mañana al amanecer nos pondremos en marcha y discurriremos el modo de comunicarnos con él.

--¡Qué mala noche pasará, Horn! Quizás crea que hemos caído en manos de los papúes, y hasta nos tenga por muertos.

--Sabe que estamos armados y que sabemos defendernos. Confiemos en Dios.

El piloto, aunque aquejado por tristes pensamientos, cortó aquella penosa conversación, encendiendo fuego y poniendo a asar sobre las brasas algunas chuletas del _babirussa_. Después, a falta de sagú, pues lo habían dejado en el bosquecillo de nueces para andar más ligeros cuando emprendieron la carrera tras del _babirussa_, echó mano de algunas frutas del árbol bajo el cual estaban.

Eran del tamaño de melones medianos, cubiertas de una piel rugosa, y contenían en su interior una pulpa amarilla y tierna, que se prepara asándola sobre brasas. Sirve de pan, y tienen sabor parecido al de las batatas dulces.

La cena fué triste; y aunque los dos hombres estaban hambrientos comieron poco, porque la inquietud les había quitado el apetito.

Después de apagar el fuego, que pudiera descubrirlos a los salvajes que quizás hubiera por aquellos contornos, se tendieron en la yerba y esperaron impacientes la luz del nuevo día para seguir buscando a sus compañeros.

XXII.--LA VENGANZA DE LOS PAPÚES

Aunque estaban cansadísimos, no pudieron cerrar los ojos en toda la noche. Sus inquietudes, lejos de calmarse crecían de momento en momento. Pensaban en el Capitán y en sus compañeros, a quienes suponían buscándolos en aquella inmensa selva.

Daban vueltas intranquilos sobre sus lechos de hojas, aguzaban los oídos y contenían la respiración, creyendo siempre oir algún grito o alguna detonación. De vez en cuando se levantaban, trepaban a algún árbol para escuchar mejor; pero pasaban las horas una tras otra sin que ningún rumor viniera a turbar el silencio.

Hacia media noche, vencidos por el sueño y el cansancio, iban ya a quedarse dormidos, cuando oyeron de pronto gritos lejanos.

Ambos se pusieron en pie con las armas en la mano.

--¿Has oído, Van-Horn?--le preguntó Cornelio con voz reposada.

--Sí, señor Cornelio--contestó, alarmado, el piloto.

--¿Serán nuestros compañeros, mi tío, mi hermano...?

--No lo sé; pero empiezo a tener esperanza.

--Acudamos, Van-Horn, antes de que se alejen.

--¿Con esta oscuridad?

--No importa. Ya trataremos de orientarnos.

Abandonaron el árbol y se pusieron en camino, marchando tan aprisa como les era posible por entre los troncos y las raíces y a través de los bejucos. Los gritos seguían oyéndose cada vez más cercanos.

Haciendo desesperados esfuerzos, cayendo y tropezando acá y allá, siguieron la marcha. Unos mil quinientos pasos llevarían andados, cuando cesaron de pronto los gritos. Cornelio se preparaba ya a descargar el fusil para llamar la atención de sus compañeros, cuando Horn lo detuvo bruscamente, diciéndole:

--¡Allá veo brillar un fuego!

Cornelio miró en la dirección indicada, y, en efecto, a distancia de setecientos u ochocientos pasos vió brillar una llama al través del follaje.

--¿Habrán acampado?--preguntó.

--¿Y si no fueran ellos?--dijo Van-Horn--. No cometamos imprudencias, señor Cornelio, sin estar seguros de que sean nuestros compañeros.

--Es verdad; pero no debemos quedarnos aquí.

--No; y avanzaremos; pero con precaución. ¡Silencio y avante!

La llama seguía brillando y era cada vez más fuerte, esparciendo un vivo resplandor a través de los árboles de la selva. Cornelio y el piloto, con los fusiles preparados, se dirigieron hacia aquel sitio, procurando no hacer ruido. A treinta pasos de aquella hoguera se detuvieron de común acuerdo, y muy disgustados, pues habían sufrido un desengaño.

Sentados alrededor de ella, doce papúes discutían animadamente. Otro de ellos atado fuertemente con sólidas lianas, estaba tendido sobre la yerba, haciendo desesperados esfuerzos por librarse de sus ligaduras.

Los primeros eran fuertes, musculosos, de pechos amplios, facciones angulosas y duras como las de la raza malaya, pelo abundante y rizado, dientes agudos y ennegrecidos por el uso del betel[7] y piel cobriza, pero de tonos sucios.

Iban completamente desnudos y llevaban un hueso atravesado por el cartílago de la nariz, consistiendo sus armas en arcos, mazas, y lanzas con la punta de hueso.

El prisionero era de más elevada estatura, rostro ovalado y regular, abundante cabellera lanosa sujeta con un ancho peine de bambú, y tenía la piel del hermoso color negro de las buenas razas africanas.

Llevaba los brazos y el cuello adornados de aros y collares de cobre, y de dientes de animales, y el pecho cubierto con un peto fabricado de un tejido de fibras vegetales. Rodeábale la cintura una especie de faldeta de algodón rojo, más larga por delante que por detrás.

--¿Qué casta de gente es ésa?--preguntó Cornelio al oído a Horn.

--Los que están sentados al fuego son Alfuras o Arfakis montañeses del interior. En cuanto al prisionero, me parece un papú de la costa, en traje de guerra.

--¿Irán a comérselo?

--Quizás, porque los arfakis son antropófagos y odian mortalmente a los papúes de la costa.

--¿Y vamos a dejar que se coman a ese desgraciado?

--No, señor Cornelio; y con tanto mayor motivo cuanto que los papúes de la costa no son malos y tienen frecuente trato con los europeos. Si lo libertamos nos puede prestar muy buenos servicios y hacer que encontremos al capitán Stael, conduciéndonos a las orillas del Durga.

--Vamos a enterarnos antes de lo que va a pasar.

Su espera no fué larga, pues poco después llegaba un salvaje desnudo como los demás arfakis, pero de estatura más alta, adornado de dientes de cuadrúpedos y conchas de tortuga y dos grandes aros de metal pendientes de las orejas. En la cabeza llevaba un gran penacho de plumas de colores.

--Debe de ser un jefe--dijo Horn a Cornelio.

El recién llegado se acercó al prisionero y le interrogó detenidamente. Después hizo señas a sus compañeros para que se levantaran en seguida, arrojando al fuego ramas resinosas que llevaban consigo.

Cuando hubieron encendido una inmensa hoguera, se arrojaron sobre el prisionero y le ataron las manos a la espalda.

--Van a asarlo--dijo Cornelio.

--No lo creo--respondió Van-Horn--. Creo más bien que se trata de una venganza. Preparémonos a hacer fuego.

Entretanto, los arfakis sujetaban con bejucos a la espalda del desgraciado un haz de hojas secas. El prisionero lanzaba gritos y se revolvía furiosamente.

A poco, los arfakis encendieron el haz de hojas secas que le habían atado a la espalda, y con las lanzas y a mazazos lo arrojaron en la hoguera.

--¡Ah, canallas!--gritó Cornelio--. ¡Fuego, Van-Horn!

Dos disparos resonaron a un tiempo. Cayeron dos de aquellos hombres, y los otros, espantados de aquel ruido, que no habían oído hasta entonces, y de la muerte súbita de sus compañeros, dieron a huir a todo correr lanzando gritos de terror.

Cornelio atravesó de un salto la línea de fuego, arrancó de las espaldas del espantado prisionero, las hojas encendidas, y con sus robustos brazos le sacó de allí colocándole al pie de un árbol.

--No temas--le dijo desatándole las manos.

--No nos detengamos aquí, señor Cornelio--dijo Horn--. Los salvajes pueden tener otros compañeros acampados por estos contornos y volver en mayor número.

--¿Y quieres abandonar a este pobre diablo?

--Si no está reñido con su pellejo, vendrá con nosotros.

--Gracias--dijo el papú en perfecto holandés.

--¡Calla!--exclamó Cornelio, admirado--. ¡Conoce nuestra lengua!

--No me admira--dijo Horn--. Nuestros compatriotas vienen mucho por estas islas.

--¿Quieres seguirnos?--preguntó Cornelio al papú.

Este no respondió, pero le miró como diciéndole: explicaos.

--No puede saber muchas palabras--dijo Horn--. Mejor comprenderá el malayo, idioma que se habla en la costa occidental de la isla.

Repitió la pregunta en dicha lengua, y al punto obtuvo respuesta.

--Soy vuestro esclavo: os seguiré donde queráis.

--Nosotros no tenemos esclavos--respondió Van-Horn--: serás nuestro amigo. Síguenos.

Partieron a la carrera precedidos por el papú, el cual les abría camino apartando con cuidado las ramas y los bejucos que podían molestar a sus salvadores.

Aunque ya no se oían los gritos de los arfakis, siguieron corriendo durante una hora, internándose cada vez más en la tenebrosa selva.

Detuviéronse a descansar en medio de un matorral de plantas trepadoras.

--¿Crees que nos seguirán tus enemigos?--preguntó Horn al papú.

--Están amedrentados por las armas de fuego--contestó el interpelado.

--¿Y qué has hecho? ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?

--Soy un papú del Durga, hijo del jefe Uri-Utanate.

--¡Del río Durga!--exclamó el piloto--. ¡Ah, qué suerte! ¿Está muy lejos tu aldea?

--A dos días de marcha.

--Y ¿por qué te has alejado de ella?

--Porque quería matar a Orango-Arfaki, jefe de los montañeses, enemigo de mi padre y de mi tribu.

--Y ha sido él quien ha estado a punto de matarte a ti.

--¿Qué le estás diciendo?--preguntó Cornelio.

--Os lo explicaré. Debéis saber que cuando dos tribus están en guerra, los más valientes juran matar a los jefes enemigos, y procuran hacérselo saber. Los jefes, advertidos, hacen cuanto pueden por apoderarse de esos juramentados, y los hacen perecer quemados entre espinos resinosos. Es una antigua costumbre de estos pueblos.

--Y este papú es hijo de un jefe, por lo que he podido entender.

--Sí, señor Cornelio; y su tribu está en la orilla del Durga.

--Pues entonces nos guiará hasta allí.

--Sí; pero antes trataremos de encontrar a nuestro tío y a nuestro hermano. Los salvajes saben guiarse por los bosques, y seguir una huella, por leve que sea.

--Informa de todo a este hombre.

Van-Horn no se hizo repetir la indicación, y contó al papú las peripecias de su extravío en el bosque.

--Me habéis salvado la vida, y soy vuestro esclavo--respondió el indígena--. Buscaremos a vuestros compañeros, y luego os conduciré a todos ante mi padre, que os entregará una gran piragua para que volváis a vuestro país. Nosotros no amamos a los europeos, de los cuales tenemos grandes motivos de queja; pero mi padre y mi tribu acogerán bien a mis salvadores. Marchemos, que va a ser de día.

--¿Y cómo harás para encontrar a nuestros compañeros?--preguntó Horn.

--Sé dónde está el bosquecillo de nueces moscadas. He cazado allí palomas y aves del paraíso, hace una semana.

--Pero tienes las espaldas llagadas por las quemaduras.

--No importa; no me molestan mucho.

--Vamos, pues--, dijo el piloto.

El sol apuntaba ya, dorando las copas de los árboles gigantes y despertando a las aves, que comenzaban a cantar volando de rama en rama.

El papú, Cornelio y Van-Horn no se detenían a admirar a aquellas aves, entre las cuales las había de los más raros y preciosos plumajes, y apretaban el paso para llegar cuanto antes al bosquecillo de moscadas, esperando encontrar allí al Capitán, Hans y el chino.

Varias veces habían tenido que detenerse para pasar a través de los bejucos, que les impedían avanzar, estorbándoles el paso. Para mayor desgracia, hacia las diez de la mañana llegaban a las márgenes de una verdadera selva de plantas trepadoras, tan espesas, tan enredadas las unas con las otras, que no se podía cruzar por ella, sino con muchísimo trabajo.

--¿Qué plantas son éstas?--preguntó Cornelio a Van-Horn.

--Plantas de pimienta--respondió el piloto--. Ya quisiera yo llenar con ellas la bodega de un buque de cien toneladas.

--Una verdadera fortuna.

--Lo habéis dicho, señor Cornelio; pero inútil para nosotros, y que ahora nos van a dar muchísimo que hacer.

XXIII.--LOS PRISIONEROS

El piloto no se había equivocado. Aquella selva estaba tan llena de obstáculos, que no hubieran podido vencerlos ni aun arrastrándose como serpientes, y que iban a obligarles a dar inmensos rodeos.

Hay muchísimas variedades de la planta de la pimienta--el _piper nigrum_, el _piper lungun_, el _magro piper_ y otras--y crecen en la India, en Ceilán, en las Guayanas y en muchas de las Antillas; pero la Malasia es su verdadera patria.

Son plantas silvestres parecidas a la vid, pero requieren cuidadosas atenciones si se quieren obtener grandes productos de ellas. De sus flores, que no tienen cálices y que se agrupan en largas guirnaldas blancas, salen las habas, que primero son verdes, después rojas y por último amarillas. Coséchanse antes de que maduren del todo y se secan al sol o a fuego lento, adquiriendo color negruzco y aspecto rugoso.

Hablamos de la pimienta negra, que es la mejor; la blanca, que es menos ardiente y aromática, se obtiene dejándola madurar hasta cierto punto, macerándola por uno o dos días en agua de cal para que pierda la cascarilla externa, y secándola después como la pimienta negra.

Es raro que este mísero grano haya sido bastante para poner en comunicación, desde los tiempos más remotos, a los habitantes de Europa con los de la India. Ya en el tiempo de los romanos era un artículo importantísimo, que se expedía en grandes remesas desde la India y llegaba a Europa a través del Océano Indico y el mar Rojo. Pagábasela a tan altos precios, que se hizo proverbial su carestía. Para ponderar el alto valor de una cosa se decía que era cara como la pimienta.

El papú, Cornelio y Van-Horn, tropezando y cayendo, y mareados por el olor acre de la pimienta, iban abriéndose camino a hachazos, avanzando poco a poco y descansando a cada instante para limpiarse el sudor que les inundaba, pues el calor era insoportable en lo interior de la selva.

Poco después de mediodía llegaron los viajeros a lugares más transitables, aunque siempre dentro del bosque.

--¡Ya era tiempo!--exclamó Cornelio entre uno y otro estornudo--. ¡Por poco me ahogo ahí dentro!

--¡Yo estoy humeando!--decía el piloto--. ¡Si no estoy cocido, me falta poco! Descansaremos un rato antes de emprender de nuevo el camino.

Disponíanse a seguir este consejo, cuando vieron al papú esconderse de un salto en la yerba.

--¿Qué ocurre?... ¿Llegan los arfakis?--preguntó Cornelio, mirando en derredor suyo.

--No veo a nadie--contestó el viejo.

Pero en seguida se agachó bruscamente, haciendo señas a Cornelio de que le imitara, e indicándole, al mismo tiempo, que dirigiese la vista hacia lo alto de un árbol.

Cornelio miró en la dirección que Horn le indicaba, y no pudo reprimir un grito de sorpresa.

Quince o veinte aves se habían posado en una gruesa rama, y se peinaban al sol su plumaje ¡pero qué plumaje! Las tintas más espléndidas, los reflejos más brillantes y variados, todos los colores del prisma se confundían en aquellas plumas.

Eran algo mayores que pichones, casi del tamaño de gallinas, con la cabeza de un amarillo dorado en la parte inferior y verde oro en la superior; el dorso era castaño con reflejos también dorados, la cola rizada, de tonos multicolores, lo mismo que las alas, de debajo de las cuales les salían como una especie de borlas de fino plumón amarillo pálido con reflejos plateados.

Alumbrados por los rayos del sol, que producían en aquellas soberbias tintas reflejos brillantísimos, no parecían aves, sino ramilletes de flores salpicados de pedrería.

--¡Qué soberbios volátiles!--exclamó Cornelio--. Nada he visto en mi vida más hermoso, ni creo que lo haya en toda la redondez de la Tierra.

--Es verdad, señor--dijo Van-Horn--. No hay aves que superen a éstas en hermosura. Con razón se las llama aves del paraíso.

--¡Ah! ¿Estas son las famosas aves del paraíso?

--Sí, señor Cornelio.

--Siendo tan hermosas, no deben ser desagradables al paladar.

--Son deliciosas, y de carne perfumada, pues se alimentan de nueces moscadas y de flores de pimienta. Nuestro amigo el papú parece que codicia sus plumas. Miradle cómo acecha a esas aves.

--¿Y para qué quiere las plumas?

--Ya os lo diré. Ahora lo oportuno es hacer fuego, antes de que huyan.

Apuntando con gran cuidado hicieron fuego simultáneamente.

Dos aves, heridas de muerte, cayeron al suelo, mientras las otras, espantadas por la detonación, huían como un grupo de flores.

Cornelio se apresuró a recoger la presa, examinándola con curiosa atención, mientras Van-Horn, que pensaba más en la carne que en las plumas, encendía una alegre hoguera.

El papú, que parecía contentísimo del resultado de aquel doble disparo, se puso a desplumar delicadamente una de las aves, amontonando con gran cuidado las hermosas plumas.

--¿Y qué hará con ellas?--preguntó Cornelio--. ¿Adornarse quizá la cabellera?

--No, señor Cornelio. Imitará con esas plumas dos aves del paraíso, que venderá luego a los chinos, a los malayos o a nuestros compatriotas.

--¿Que imitará dos aves?

--Esa es la palabra, señor Cornelio--contestó Horn, riéndose.

--No te comprendo.

--Me explicaré mejor. Las aves del paraíso son muy solicitadas, lo mismo por los chinos, que las quieren para adornar sus estancias, que por los europeos, que las venden a los grandes museos o a los negociantes en plumas de lujo.

Los chinos, y sobre todo los malayos, vienen a adquirirlas a Nueva Guinea o a las islas Arrú, pues no se crían en otros sitios, y las pagan muy bien. Tentados por la codicia, los papúes persiguen encarnizadamente a esas aves.

Para no destrozarlas o echar a perder su plumaje con las flechas, las cazan con cerbatana, lanzándoles cañitas sutilísimas que llevan una bolita de creta en la punta. También les lanzan, por medio del arco, unas flechitas formadas de nervios de hojas.

Otra manera que emplean para cazarlas consiste en apostarse al acecho al píe de los árboles donde descubren que duermen y en sorprenderlas en su sueño agarrándolas con la mano.