Los pescadores de "Trépang"

Part 10

Chapter 103,853 wordsPublic domain

Van-Stael se había vuelto de pronto hacia el sitio que en el bosque ocupaban los piratas, poniéndose pálido.

--¿Qué has visto, tío?--preguntaron con ansiedad Hans y Cornelio, montando los fusiles.

--He visto brillar una llama en las tinieblas.

--¿Dónde?--preguntaron todos.

--Hacia el bosque.

--¿Tratarán los piratas de incendiarnos la casa?--preguntó Van-Horn.

--Me lo temo--respondió el Capitán.

--Veo a los piratas que avanzan hacia nosotros--dijo Cornelio.

--¡Preparad las armas! Si prenden fuego a los horcones de la casa, estamos perdidos: ¿los ves, Cornelio?

--Están ocultos detrás de aquellas matas. ¡Ah!

Una cosa que ardía se elevó del sitio señalado y vino a caer, lanzando chispas, en la parte anterior del corredor. Cornelio, exponiéndose a caerse o a recibir un flechazo, salió al corredor y arrojó todo lo lejos que pudo aquel objeto encendido, antes de que prendiera fuego en las viguetas.

--¡Es una flecha!--gritó.

--¿Una flecha?--repitió el Capitán.

--Sí, una flecha; pero con un algodón ardiendo en la punta.

--¡Ah, pillos!--exclamó Horn--. Quieren quemar la casa sin acercarse.

Otra flecha inflamada partió de entre la maleza y se clavó en la pared de la choza, amenazando incendiar las esterillas de fibras y las hojas resecas. Hans logró arrancarla y apagar el algodón que llevaba en la punta.

--¡Si estimáis en algo la vida y no queréis morir asados, romped el fuego!--ordenó el Capitán--. Hay que espantar de aquí a los piratas, o no tardaremos en vernos envueltos en llamas.

Los náufragos rompieron nutrido fuego, dirigiendo sus tiros a los matorrales en que estaban ocultos sus enemigos; pero los piratas, decididos por lo visto a acabar de una vez con ellos, seguían lanzando flechas encendidas que iban a dar unas en la casa y otras en el corredor que la circundaba.

Hans y Cornelio corrían de un lado a otro para apagarlas, mientras sus compañeros seguían disparando, aunque sin lograr contener a los asaltantes.

Dos veces en el espacio de cinco minutos prendió el fuego en los bambúes y en las esterillas del corredor; pero, aunque con gran trabajo y recibiendo quemaduras, habían logrado los jóvenes apagarlo.

Aquella lucha no podía durar mucho tiempo. Los disparos de fusil no cesaban, pero arreciaba la lluvia de flechas. Veíaselas atravesar los aires y caer en los alrededores de la casa, y algunas de ellas en el techo.

--¡Tío!--exclamó a poco Hans con voz angustiosa--. ¡No podemos resistir más! ¡El techo está ardiendo!

--¡Maldición!--gritó, rabioso, Van-Stael.

--¡Vamos a morir asados!--gritó Cornelio--. ¡Huyamos, o la casa ardiendo se nos caerá encima!

XVIII.--LA CAZA DE LAS TORTUGAS

La construcción aérea, acribillada de flechas encendidas, ardía por varios sitios. El techo, que era de bambúes cubiertos de paja, se había incendiado también por los dos extremos y el fuego había prendido hasta en la barandilla del corredor.

Las llamas, alimentadas por tantas materias combustibles, adquirían enorme desarrollo e iluminaban todo el campo circunvecino con sus rojizos resplandores. Una densa nube de humo tachonada de chispas, que saltaban en todas direcciones, se levantaba en el espacio. El fuego había prendido también en la plataforma inferior.

El Capitán y sus compañeros, imposibilitados ya de seguir en aquella hoguera, salieron al corredor a través de las llamas y de la humareda. Al verlos los piratas, salieron de los matorrales lanzando gritos de triunfo y blandiendo sus parangs en son de amenaza.

--¡Canalla!--gritó Van-Horn--. ¡Ahí va eso!

El salvaje más cercano, herido por la bala del piloto, cayó a tierra dando un alarido de desesperación.

Aprovechando la confusión producida por aquel tiro, los sitiados echaron con rapidez las pértigas que servían de escalas, y dos a dos se deslizaron por ellas llegando a la primera plataforma envueltos en fuego y en humo.

Los piratas, que se habían detenido algunos minutos ante el cadáver de su compañero, volvieron a la carga furiosamente, pero momentos después retrocedieron rápidamente.

A lo lejos, hacia el río, se habían oído gritos, que se hacían cada vez más fuertes. ¿Qué ocurría al otro lado de la selva? Algo muy grave, sin duda, pues los sitiados vieron a sus enemigos volverse en tropel al bosque y huir como gamos hacia el Este.

--¡Se van!--exclamó Cornelio, admirado.

--Déjalos ir--gritó el Capitán--. Y bajemos, que la choza se va a desplomar sobre nosotros.

Llegaron a tierra y se alejaron a toda carrera en dirección opuesta a los piratas. Sólo se detuvieron cuando llegaron al lindero del bosque.

La casa aérea seguía ardiendo y amenazaba desplomarse de un instante a otro. Las llamas subían, bajaban y se enroscaban como serpientes, lanzando al aire nubes de humo y constelaciones de chispas.

El techo se había hundido; las dos plataformas, ya casi destruídas, caían a pedazos, y los bambúes, consumidos en su extremidad superior y en su punto de apoyo, se venían al suelo con gran estrépito.

--¡Ya era tiempo!--exclamó Cornelio--. Pocos minutos más, y hubiéramos caído al suelo medio quemados, desde una altura de cincuenta pies.

--¿Pero por qué han huído los piratas, cuando ya nos tenían en sus manos?--preguntó Hans.

--Por el lado del río ocurre algo grave--dijo el Capitán--. ¿No oís voces?

--Sí; parece que se está riñendo allí una batalla--dijo Horn--. ¿Habrán sido atacados los piratas?

--Pero ¿por quién?--preguntó Hans.

--Por alguna tribu enemiga--respondió el Capitán--. Como os he dicho, los habitantes del interior están en continua guerra con los de la costa.

--Pues el ataque no ha podido ser más oportuno para nosotros--observó Cornelio--. ¿Oís?

Hacia el río se oía terrible clamoreo: eran gritos feroces, más de fieras que de seres humanos, y de vez en cuando sonaba un ruido como de tambor u otro instrumento análogo. Debía de estarse combatiendo allí encarnizadamente.

--No hay duda... es un combate--dijo el Capitán--. Alguien ha caído sobre los piratas por la espalda: quizás hayan sido los arfakis o los alfuras.

--¿Y los vencedores vendrán luego a atacarnos a nosotros?--preguntó Cornelio--. Las llamas de esa choza puede atraerlos, tío.

--Tienes razón; alejémonos de aquí cuanto antes, y dejémosles matarse a su gusto.

--¿Y la chalupa?--preguntó Van-Horn.

--Volveremos a buscarla cuando podamos.

--¿Y la encontraremos entonces?

--Confiemos en que no hayan dado con ella los piratas. Si la descubrieran, sería para nosotros un verdadero desastre.

--Como que no podríamos salir de esta tierra ni llegar a Timor.

--Vamos, amigos, antes de que lleguen los piratas o sus adversarios. Busquemos un arroyo para beber y frutas con que calmar el hambre.

Entraron en la selva y se pusieron en marcha, procurando dirigirse hacia el Oeste. La espesura era tal, que reinaba allí la oscuridad más completa. La luz de la luna, interceptada por los árboles, no podía romperla; pero bien pronto los ojos de los náufragos se acostumbraron a ella y pudieron avanzar con relativa rapidez, a pesar de las enormes raíces, las plantas trepadoras y las lianas que les cerraban el paso, obligándoles a dar largos rodeos.

Los gritos de los combatientes seguían oyéndose por el lado del río; pero a medida que los náufragos se alejaban en dirección contraria, se iban debilitando. A la media hora de marcha apenas se sentían, y poco después se apagaron por completo. ¿Habría terminado la lucha? No podían saberlo, pero su resultado les era indiferente, pues tan enemigos suyos eran los unos como los otros.

Hacia media noche, después de cinco o seis millas de camino, llegaron los fugitivos a la orilla de un arroyo que corría entre bancos de arena y plantas acuáticas. Sus orillas estaban cubiertas de vegetación espesísima.

--Detengámonos aquí--dijo el Capitán--. No tengo por probable que nos alcancen.

Bajaron al arroyo y saciaron la sed. Después se dedicaron a buscar frutas para aplacar el hambre. No les fué difícil hallarlas, contando, como cuenta, la flora papú con variedad infinita de plantas silvestres de frutos comestibles, y de excelente sabor algunos.

En las mismas orillas de aquel arroyo abundaban los mangos, fruta deliciosa; había también _pombos_, especie de cidros enormes, tamaños como melones, también muy sabrosos. Los árboles que los producen llevan el nombre botánico de _citrus decumanus_.

Ya bebidos y comidos, y sintiéndose tranquilos por el silencio profundo que reinaba en la selva y en las orillas del riachuelo, se entregaron al sueño, que ningún suceso vino a turbar. Los gritos de una bandada de papagayos los despertaron al alborear el día.

--Hacía muchas noches que no descansábamos tan bien--dijo Cornelio estirándose--. Ya era hora de que los piratas nos concedieran algún reposo.

--¿Se oye algo?--preguntó el Capitán.

--Nada más que el griterío de las aves, tío. Parece que el combate acabó.

--Me alegraría de que hubiesen llevado los piratas la peor parte--dijo Van-Horn--. Así nos dejarían tranquilos para siempre.

--Pronto lo sabremos, viejo.

--¿Pensáis que volvamos al río, señor Stael?

--Sí, Horn. Estoy inquieto por nuestra chalupa.

--Pero nos dejaréis almorzar antes. Me siento flojo, y el estómago me pide algo más que frutas.

--El mío me pide unas chuletas--dijo Hans--. La caza no debe faltar en esta selva.

--Y la tenemos muy cerca--dijo el chino, que desde algunos minutos antes estaba observando las plantas acuáticas.

--¿Has visto algún animal?--le preguntó Cornelio, preparando el fusil.

--Mirad allí. ¿No veis moverse las plantas del río?

--Es verdad--dijo el joven--. ¿Habrá peces grandes en este arroyo?

--¿O cocodrilos?--exclamó Van-Horn.

--No--contestó el Capitán--. Allí tenemos un almuerzo espléndido, viejo mío.

Van-Stael no se equivocaba: a través de las plantas acuáticas se veía caminar por los bancos de arena unos animales raros, de forma redonda, un poco alargada, y provistos de patas cortas que parecían salir de una especie de escudo.

--¿Qué es eso?--preguntaron Cornelio y Hans.

--Tortugas--dijo Van-Stael.

--En Timor nunca he visto semejantes bichos, tío--dijo Cornelio.

--Pues los hay. Es un bocado superior, y vais a probarlo. ¡Ven acá, Horn!

Bajaron ambos hasta el banco, que llegaba a la mitad del río, y se precipitaron sobre las tortugas, que aún no se habían percatado de la presencia del enemigo. En un momento se apoderaron de dos de las más grandes, y las volvieron boca arriba para impedirles huir, mientras cogían otras; pero las demás se apresuraron a tirarse al agua, escondiéndose entre el limo y las plantas.

--Déjalas ir, Horn. Ya tenemos carne de sobra.

Llamaron en su ayuda a Cornelio y al chino, y entre todos transportaron las dos tortugas a la orilla. Tenían más de una vara de largo y como media de ancho, y no pesaría menos de un quintal cada una de ellas.

--Estos animales están acorazados--exclamó Cornelio, que los examinaba con curiosidad.

--Y su coraza está hecha a prueba de hacha, sobrino--dijo el Capitán.

--¿Y cómo hay aquí estas tortugas? Me han dicho que sólo viven en el mar, tío.

--Las hay de muchas especies: unas, terrestres, que son las más comunes, gruesas, cortas y con las patas parecidas a troncos; otras, de lagunas y pantanos, que son las más pequeñas; otras de río, y por último otras de mar. En esta isla abundan todas las especies, y los salvajes hacen gran consumo de ellas, pues su carne es superior.

--¿Y de qué se alimentan?

--De yerbas, raíces, lombrices, insectos acuáticos, algas marinas y pequeños crustáceos.

--¿Las hay también en otros países?

--Sí, Cornelio: las hay en Asia, en África, en Europa, y sobre todo en la América meridional.

--¿Tan grandes como éstas?

--Las hay más pequeñas, y también mucho mayores. Las que viven en los bosques de la cadena del Himalaya dan doscientas cincuenta libras de carne, sin contar el peso del caparazón, que es respetable; pero las más grandes son las llamadas elefantinas, que se encuentran en África, en el canal de Mozambique, en la isla de Madagascar y en las de la Reunión y Borbón.

Son largas como éstas, pero muchísimo más voluminosas: algo así como una bota de vino de mediano tamaño. Además, son tan fuertes y robustas, que pueden llevar encima un muchacho sin que, en apariencia, les estorbe para andar.

En la isla de los Galápagos las hay grandísimas, verdaderos monstruos antediluvianos contemporáneos del mamuth.

Las conchas de algunas especies como el carey, son muy apreciadas, y se hacen de ellas peines, mangos de cuchillo y mil otros objetos de lujo. Algunas especies fluviales dan una concha hermosísima que se paga muy cara; otras dan un aceite finísimo, transparente y realmente exquisito. De estos pobres anfibios se hace un consumo enorme, y si continúa la destrucción, antes de muchos años desaparecería la especie. En América comienza ya a escasear.

--Dicen que los pescadores de tortugas no las matan siempre--dijo Van-Horn.

--Es cierto--respondió el Capitán--. Primero examinan su cuerpo para asegurarse de la belleza de la concha, y practicándole una incisión junto a la cola ven la calidad y cantidad de aceite que puede producir. Si es escasa o de inferior calidad y además el animal está delgado, vuelven a darle libertad para que engorde.

--¿Y si, estando delgadas, tienen la concha hermosa?

--Lo privan de la concha, y lo dejan ir.

--Pero morirá en seguida, después de tan espantosa mutilación.

--No, Cornelio. Aun privado de la concha, que fué su cuna y que debía ser su sepulcro, el pobre anfibio vive. Va a esconderse en alguna hendidura y permanece en ella sin salir más que lo preciso, hasta que poco a poco le nace otra concha, que nunca es tan hermosa ni tan fina como la primera.

--¡Pobres animales! Pierden su casa, y sólo logran, después de muchos sufrimientos, otra más fea e incómoda.

--Pero viven, y ocultan su cuerpo deforme y su concha opaca y fea en las aguas de los ríos.

--Deben sufrir un martirio atroz, tío--dijo Hans.

--Cierto; especialmente cuando el cuchillo del cazador les priva de su vivienda. Pero, Van-Horn; que te olvidas del almuerzo.

--Es verdad, Capitán--contestó el piloto.

Ayudado por el chino, hizo un montón de ramas secas y encendió un alegre fuego. Cuando estuvo casi hecho brasas, decapitó una de las tortugas de una cuchillada, y sin extraer la carne de la concha la puso al fuego.

Bien pronto se esparció por la selva un olor apetitoso. La tortuga se cocinaba en su concha asándose en su propia grasa.

Cuando estuvo a punto, el piloto rompió la concha a hachazos y extrajo la carne, que dió de comer a sus compañeros.

No hay que decir que todos ellos hicieron honor al asado, después de veinte horas de ayuno. Se comieron la mitad de la tortuga, reservando para otra comida la otra mitad.

Terminada la comida, el Capitán y el piloto encendieron sus pipas, dando en seguida la orden de marcha, que emprendieron al punto, sin abandonar la segunda tortuga, que debía constituir el alimento del siguiente día.

Caminaron de prisa, pero con cautela, y a medio día llegaban al lugar de la orilla del río donde esperaban encontrar la chalupa.

XIX.--LOS ÁRBOLES DE SAGÚ

Sólo el vocerío de una bandada de papagayos rompía el silencio que reinaba en las orillas del río. El ruido de la batalla que habían oído la noche anterior nuestros náufragos, había cesado por completo. Al parecer, los piratas y sus enemigos se habían alejado definitivamente de aquellos lugares.

Abriéndose paso a través de las yerbas y de las plantas trepadoras, y avanzando con gran precaución y deteniéndose a cada paso a escuchar, para no caer en una emboscada, los náufragos se acercaron a la ribera arrojando una detenida mirada al río.

No vieron a nadie: ni a los piratas, ni a sus misteriosos enemigos, pero vieron claramente las huellas de un encarnizado combate.

Había matas tronchadas, yerbas pisoteadas y troncos de árboles erizados de flechas. El banco de arena, que la baja marea había dejado al descubierto, estaba sembrado de trozos de lanzas y cuchillos y de escudos rotos. Más allá, hacia la orilla izquierda, se veían medio hundidos en el agua del río restos que parecían ser de una canoa, y entre las yerbas los cadáveres de algunos indígenas medio devorados ya por los cocodrilos.

--Los piratas han sido atacados y destruidos o puestos en fuga--dijo el Capitán.

--¿Por los alfuras?--preguntó Cornelio.

--Seguramente--respondió Van-Stael.

--¿Habrá alguna aldea por estas cercanías?

--Lo temo, Cornelio; y será prudente alejarse cuanto antes de estos sitios.

--Pues busquemos la chalupa.

--Vamos a ver. Empiezo a estar inquieto.

--¿Temes que la hayan descubierto?

--Sí, Cornelio.

--Sería un gran desastre para nosotros.

--Sí, sobrino mío. Allí veo el teck que ha de servirnos de guía: la chalupa tiene que estar a pocos pasos de ese árbol enorme.

--Sí, Capitán--repuso Van-Horn--: no podemos equivocarnos.

--Apresurémonos: me consume la impaciencia.

Bajaron a la orilla del río y se fueron costeando el bosque, avanzando siempre con mil precauciones, pues no estaban seguros de que aquel sitio estuviera desierto.

A medida que se acercaban al teck, que crecía en la orilla bañando sus raíces en el río, aumentaban sus inquietudes, y sus miradas se fijaban angustiosas en las plantas y en las yerbas para descubrir el lugar en que habían escondido la chalupa.

No llevaban mucho tiempo explorando, cuando Cornelio, que caminaba distante, se detuvo.

--Tío--dijo con voz alterada--. Creo que nos han robado la chalupa. El montón de ramas con que la tapamos debía estar aquí, y no lo veo.

--¿Será posible?--exclamó Van-Stael palideciendo.

Adelantóse; examinó con gran atención el lugar en que se encontraban, entreabriendo las malezas, y acabó lanzando una exclamación de ira.

--¡Infames!

--¿La han robado?--preguntaron acercándose Hans, Cornelio y Van-Horn.

El Capitán les indicó, con un ademán de desesperación, las ramas esparcidas por el suelo.

--¡Ah, ladrones!--rugió Cornelio, pálido de ira.

--¡Estamos perdidos!--exclamó el piloto.

En efecto, la chalupa ya no estaba allí. Aunque había sido perfectamente escondida entre las yerbas y luego recubierta de ramas y de hojas, o los piratas o sus enemigos la habían encontrado y se la habían llevado. Los víveres y los demás objetos que contenía habían desaparecido igualmente. Sólo habían dejado allí un remo roto y, por lo tanto, inservible, y algunos trozos de cuerda.

--¿Y qué hacemos ahora?--se preguntó Van-Stael que parecía anonadado.--¿Quién nos llevará ahora a Timor? ¡Miserables! ¡Hasta los instrumentos náuticos nos han robado!

--¡No nos han dejado ni siquiera una galleta!--dijo Cornelio.

--¡Qué desastre, si no hubiéramos tenido la precaución de llevarnos las municiones!--dijo Van-Horn.--Por fortuna nos quedan aún setecientos u ochocientos cartuchos, y teniendo armas no se muere uno de hambre en este país.

--Y sin chalupa, ¿cómo podremos volver nunca a nuestra isla?--dijo Hans.

--¿Y dónde nos encontramos ahora, Capitán?--dijo Horn.

--¿Qué nos importa estar en un punto o en otro?--Todos están igualmente lejanos de Timor para nosotros--replicó Van-Stael.

--Yo creo que nuestra situación no es desesperada, Capitán, y que con un poco de valor lograremos salir de este trance. Por eso quería saber si estamos muy distantes de Dory.

--¿Del puerto de Dory?--preguntó el Capitán, en cuyos ojos brilló un relámpago de esperanza.

--Sí; y si podemos llegar a él, no tendremos grandes dificultades para volver a nuestra patria. Ya sabéis que ese puerto es muy frecuentado por los pescadores de _trépang_ malayos y chinos, y también por nuestros compatriotas que van allí a adquirir conchas de tortugas, nuez moscada y aves del paraíso disecadas.

--Es verdad, Horn. No había pensado en el puerto de Dory.

--¿Podréis decirme si está muy lejos y si nos será fácil llegar a él?

--Lo creo muy difícil, Van-Horn; porque Dory está en la península septentrional al lado de allá de la bahía de Geelwinck, y tendríamos que atravesar para llegar allí territorios inmensos cubiertos de selvas impenetrables y poblados por gentes ferocísimas. Tengo otro proyecto que me parece mejor y más practicable.

--¿Cuál es, señor Stael?

--Tú sabes que en la costa Suroeste de la Isla desemboca el Durga, que es uno de los ríos más caudalosos de ella. Tratemos de llegar a ese río y bajemos por él hasta el mar, bien en una balsa, bien en una canoa que podremos construir ahuecando un tronco de árbol. Desde allí iremos a las islas Arrú, que son las más frecuentadas por nuestros compatriotas y los pescadores de _trépang_. No debemos de estar a más de veinte o treinta leguas del río, y quizás podamos llegar a sus orillas dentro de seis o siete días.

--¡Buena idea, Capitán!--exclamó Van-Horn.

--¿Y no podríamos costear la Isla, evitando así el penetrar en los bosques?--preguntó Cornelio.

--Sería un camino mucho más largo--le contestó Van-Stael. La costa meridional hace muchas curvas y vueltas y hacia el Suroeste avanza muchísimas leguas dentro del mar. Necesitaríamos más de un mes para llegar al río Durga.

--Y estamos sin víveres, tío.

--No nos pondremos en camino sin provisiones, Cornelio. No podemos contar siempre con la caza, que puede faltarnos.

--¿Y de dónde vamos a sacar los víveres?: yo no veo por aquí más que frutas, deliciosas, sí, pero poco nutritivas.

--Llevaremos con nosotros gran cantidad de galletas, mejores que las que nos han robado.

--¿Has encontrado alguna panadería?--preguntó Cornelio riendo.

--No; pero te aseguro que muy pronto tendremos todo el pan que nos dé la gana. ¿Es verdad, Horn?

--¡Ya lo creo! ¡Y qué pan, señor Cornelio!--dijo el piloto--. Seréis el hornero, y nosotros los amasadores.

--Quiero ver ese milagro.

--Y yo--dijo Hans.

--Ante todo busquemos para acampar un sitio más seguro y oculto--dijo el Capitán--. Los aires de estos lugares no son buenos para nosotros, y nos conviene un sitio donde podamos trabajar sin temor de que nos molesten. ¡Valor, muchachos! Alejémonos de este río, y vamos a escondernos en la selva.

La prudencia les aconsejaba partir; pues nada extraño hubiera sido que volvieran por allí los piratas o sus contrarios, que quizás tuvieran no lejos de aquellos lugares sus moradas.

Cargaron con la tortuga, de la cual de ninguna manera querían deshacerse, y se pusieron en marcha a través del bosque, dirigiéndose hacia el Oeste. El piloto, que conservaba una pequeña brújula de bolsillo, los guiaba sin temor a equivocarse, aunque lo intrincado de aquella selva no les permitía seguir un rumbo fijo.

Hans y Cornelio, como buenos cazadores que eran, escudriñaban con la vista el ramaje para no desaprovechar la ocasión que se les presentase de hacer un buen tiro. Dejábanse ver de cuando en cuando aves hermosísimas. Ora eran bandadas de cierta especie de palomas coronadas de penachos, ora de _apimachus magnificus_, pájaros de forma elegantísima, con plumas de un negro aterciopelado en el dorso, la garganta y el pecho azul oscuro con reflejos verdosos y la cola larga adornada de plumas de barbas sutilísimas. También se veían grupos de _apimachus albus_, aves del tamaño de gallinas, con el plumaje blanco plateado en la parte posterior del cuerpo y negro en la anterior, con colas rarísimas formadas de seis o siete penachos rizados; bandadas de _promerops superbi_, aves de negro plumaje, cola larga y espesa y un penacho de plumas en la cabeza, y papagayos de multitud de variedades: amarillos, grises, azules y rojos, también en bandadas.

Parecía, en cambio, que no había cuadrúpedos en aquella parte de la Isla, pues ni se veían puercos salvajes, ni babirusos ni otros animales que tanto abundan en otras regiones de ella.