Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 9

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XLVI. Lo primero que Darío hizo al otro año fue enviar un mensajero a Tasos mandando a los naturales de la isla, quienes habían sido delatados por los pueblos vecinos de que intentaban levantarse centra los persas, que demoliesen por sí mismos sus murallas y pasasen sus naves a Abdera. Los tasios, en efecto, así por haberse visto sitiados antes por Histieo, como por hallarse con grandes entradas de dinero, procuraban aprovecharlas bien en su defensa, parte construyendo naves largas para la guerra, parte levantando muros más fuertes para su resguardo. Percibían los tasios esos réditos públicos que decía, así del continente[119] como también de las minas, pues las de oro que poseían en Escaptila, lugar de tierra firme, les redituaban por lo común 80 talentos, y las de la misma isla de Tasos, dado que no llegaran a rendirles tanto, les producían con todo una suma tal, que el total de las rentas públicas de los tasios percibidas, ya de tierra firme, ya de las minas, cada año subía ordinariamente a 200 talentos, y esto sin tener ninguna contribución impuesta sobre los frutos de la tierra; y el año que los negocios les iban muy bien, llegaba la suma de sus entradas a componer 300 talentos.

XLVII. Yo mismo quise ir a ver por mis ojos dichas minas, entre las cuales las que más me sorprendieron y mayor maravilla me causaron fueron aquellas que habían sido descubiertas por los antiguos fenicios, cuando poblaron dicha isla venidos a ella en compañía del fenicio Taso,[120] de cuyo nombre tomó el suyo la isla. Estas minas fenicias se ven en Tasos situadas entre el territorio llamado Enira y el que llaman Cenira, donde se halla un gran monte abierto, arruinado y minado con varias excavaciones que viene a corresponder enfrente de Samotracia.

XLVIII. Los tasios, pues, en fuerza de aquella real orden, demolidas sus mismas fortificaciones, pasaron todas sus naves a Abdera.[121] Tomada dicha providencia, como Darío quisiese tomar el pulso a los griegos y ver si se hallaban en ánimo de guerrear contra él o de entregarse más bien a su dominio, despachó hacia las ciudades de Grecia sus respectivos heraldos encargados de exigirles la obediencia para el rey con pedirles _la tierra y el agua_. Al mismo tiempo envió orden a las ciudades marítimas de sus dominios que construyesen naves largas para la guerra, y otras asimismo de carga para el transporte de la caballería.

XLIX. Mientras que los vasallos de la marina preparaban estas naves, muchos pueblos de la Grecia situados en el continente se mostraban prontos para dar a los embajadores destinados a sus ciudades lo que se les pedía de parte de Darío; y todos los isleños donde aquellos aportaron, y con mucha particularidad los de Egina, prestaron al rey la obediencia ofreciéndole _la tierra y el agua_. Sabida esta entrega de los eginetas, sospechando los atenienses que ellos se habían entregado al persa por la enemistad que les tenían y con la mira de hacerles la guerra unidos con el bárbaro, diéronse desde luego por muy resentidos e injuriados; y alegres por tener un motivo tan especioso de queja contra los mismos, pasaron a Esparta y dieron allí cuenta de aquella novedad, acusando a los eginetas de traidores y enemigos de la Grecia.

L. En efecto, de resultas de esta acusación, el rey de los espartanos Cleómenes, hijo de Anaxándridas, pasó a Egina queriendo prender a los particulares que hubiesen sido los principales promotores de la traición. Entre otros muchos eginetas que le hicieron frente al ir a ejecutar tales prisiones, el que más se señaló en la resistencia fue Crío,[122] hijo de Polícrito, diciéndole claramente que mirase bien lo que hacía, si no quería que le costase bien caro, pues bien se echaba de ver que no venía a ejecutar aquella comisión de orden del común de los espartanos, sino que obraba sobornado con las dádivas de los atenienses, pues a no ser así, hubiera venido acompañado del otro rey su colega para hacer aquella captura. Esta representación y resistencia la hacía Crío de concierto e inteligencia con Demarato. Cleómenes, pues, que se veía echar de Egina por la oposición de Crío, preguntole cómo se llamaba: diole Crío su nombre, y al despedirse le replicó Cleómenes: «Ahora bien, ya puede ese _Crío_ (o carnero)[123] forrar bien sus astas con puntas de bronce y de acero para topetar contra un gran desastre que le va a suceder».

LI. Por aquel mismo tiempo en Esparta armaba a Cleómenes grandes intrigas un hijo de Aristón, llamado Demarato, rey asimismo de los espartanos, pero de una familia inferior a la de Cleómenes, no en la calidad de la sangre, siendo los dos de una misma cepa, sino en el derecho de primogenitura; pues sabido es que en atención a ella se da en Esparta la preferencia a la descendencia y casa de Eurístenes.

LII. Sobre este particular es preciso decir aquí que los lacedemonios, a pesar de todos los poetas,[124] pretenden que no fueron los hijos de Aristodemo los que le condujeron al país que al presente poseen, sino que su conductor fue el mismo Aristodemo, siendo su rey al propio tiempo. Aristodemo, hijo de Aristómaco, nieto de Cleodeo y biznieto de Hilo, tenía por mujer a una señora llamada Argía, hija, según dicen, de Autesión, nieta de Tisámeno, biznieta de Tersandro y tataranieta de Polinices; y esta mujer, no mucho después de llegados al país, parió a Aristodemo dos gemelos. Aristodemo apenas los vio nacidos cuando murió de una enfermedad. En aquella época los lacedemonios, conformándose con sus leyes o costumbres, decretaron que fuera rey el mayor de dichos gemelos; pero como les veían a entrambos tan parecidos e iguales en todo, no pudiendo por sí mismos averiguar cuál de los dos fuese el primogénito, para salir de la duda lo preguntaron entonces a la madre que los había parido, o quizá antes ya se lo habían preguntado. Ella, aunque bien lo sabía, sin embargo, con la mira de hacer que fueran reyes los dos gemelos, afirmábase en asegurarles que ni ella misma podía absolutamente decir cuál de los dos niños fuese el mayor. Los lacedemonios, metidos en aquella confusión, enviaron su consulta a Delfos para salir de duda e incertidumbre. La Pitia les dio por respuesta que a entrambos los tuvieran por reyes, dando empero la preferencia al mayor de los gemelos. Con este oráculo de la Pitia quedaron los lacedemonios tan confusos como antes, no hallando la manera de averiguar cuál de los niños fuese el que primero había nacido. Mas un tal Panitas, que este era su nombre, natural de Mesenia, sugirió entonces a los lacedemonios un buen medio para salir de duda, a saber: avisarles que fuesen observando cuál de los gemelos fuese siempre el primero a quien limpiara y diera la teta la madre que los había parido; y si notaban que ella constante en esto nunca variase, no les quedaba ya más que hacer ni averiguar a fin de saber lo que pretendían; pero que si la madre fuese en ello alternando, se cerciorarían de que ni la misma madre que parió a los mellizos les distinguía ni acababa de conocerles, y en tal caso les sería preciso tomar otro rumbo para salir de duda. Gobernados los espartanos por el aviso del mesenio, pusiéronse muy de propósito a observar lo que hacía la madre con los hijos de Aristodemo, y sin que ella entendiera a qué fin la iban observando, vieron cómo siempre, así en alimento como en el aseo, daba el primer lugar a uno de los niños, que era el mayor de sus hijos. Con estas luces toman los lacedemonios al gemelo a quien la madre prefería, del todo persuadidos que era el primogénito, y mandándole criar y educar por cuenta del estado, le pusieron por nombre Eurístenes, llamando Procles al otro menor. De estos dos niños cuentan que por más que fuesen gemelos, llegados a la mayor edad, nunca fueron buenos hermanos, sino émulos entre sí y contrarios sempiternos, en lo que les imitaron siempre sus descendientes.[125]

LIII. Los que así nos cuentan esta historia son únicamente los lacedemonios entre los griegos, como antes decía; lo que voy a referir es conforme con lo que dicen los demás griegos. Hasta subir a Perseo, hijo de Dánae, está bien seguida y deslindada la ascendencia de los reyes que tuvieron los dorios,[126] y añadiré que si no se incluye en tal genealogía al dios que fue padre de Perseo, todos aquellos ascendientes fueron griegos de nación, puesto que por tales eran ya reputados en aquella época estos progenitores. La razón de que no queriendo subir más en esta genealogía dijera que no incluía en ella al dios padre de Perseo, es porque este héroe no lleva apellido de familia tomado de un padre que fuese hombre mortal, como vemos que lo lleva Heracles tomado de Anfitrión; de suerte, que con mucha razón me detuve en Perseo sin subir más arriba. Mas si dejando los padres de Perseo quisiere uno desde Dánae, hija de Acrisio, ir contando los progenitores de aquella real familia, se verá que son oriundos de Egipto los primeros príncipes ascendientes de los reyes dorios.

LIV. Esta es su genealogía, según la deslindan los griegos; pero si queremos escuchar en este punto a los persas, Perseo, siendo asirio, fue quien pasó a ser griego, pues cierto que no habían sido griegos sus progenitores. Respecto a los padres de Acrisio, que nada tienen que ver con la ascendencia de Perseo, convienen los persas en que fueron egipcios, como pretenden los griegos.

LV. Mas baste lo dicho sobre este punto, que no quiero expresar aquí cómo siendo egipcios aquellos progenitores, ni por qué medios y proezas, llegaron a ser reyes de los dorios, pues otros lo han referido primero, y yo quiero solamente decir lo que otros no dijeron.

LVI. Tienen, pues, los espartanos ciertos derechos y prerrogativas reservadas para sus reyes, como son: dos sacerdocios principales, uno el de Zeus Lacedemonio, otro el de Zeus Uranio, como también el arbitrio de hacer la guerra y llevar las armas al país que quisieren, con tan amplias facultades que ningún espartano, so pena de incurrir en el más horrendo anatema, se lo pueda estorbar, igualmente el ser los primeros en salir a campaña y los últimos en retirarse, y, en fin, tener en la milicia cien soldados escogidos[127] para su guardia, tomar en tiempo de sus expediciones todas las reses que para víctimas quisieren, y apropiarse las pieles y también los lomos de las víctimas ofrecidas.

LVII. Estos son sus privilegios y gajes militares: los honores que les fueron concedidos en tiempo de paz son los siguientes: Cuando alguno hace un sacrificio público se guarda para los reyes el primer asiento en la mesa y convite; las viandas no solo deben presentárseles primero, sino que de todas debe darse a cada uno de los reyes doble ración comparada con la que se da a los demás convidados, debiendo ser ellos los que den principio a las libaciones religiosas; a ellos pertenecen también las pieles de las víctimas sacrificadas. En todas las neomenias y hebdomas de cada mes (en los días 1.º y 7.º) debe darse a cada uno de los reyes en el templo de Apolo una víctima mayor, un medimno[128] de harina y un cuartillo lacedemonio de vino. En los juegos y fiestas públicas los primeros asientos están reservados a sus personas. A ellos pertenece el nombramiento de sus ciudadanos para próxenos[129] (agentes o procuradores públicos de las ciudades); y cada uno de ellos tiene la elección de dos pitios o consultores religiosos diputados para Delfos, personas alimentadas del público en compañía de los mismos reyes. El día que estos no asisten a la mesa y comida pública,[130] se debe pasarles en sus casas dos _quénices_ de harina y una _cótila_ de vino para cada uno en particular: el día en que asisten a la mesa común, debe doblárseles toda la ración. En los convites que hacen los particulares deben los reyes ser tratados y privilegiados del mismo modo que en las comidas públicas. La custodia de los oráculos relativos al estado corre a cuenta de los reyes; bien que de ellos deben ser sabedores los pitios o consultores sacros. El conocimiento de ciertas causas está reservado a los reyes; si bien estas son únicamente: 1.ª Con quién debe casar la pupila heredera que no hubiere sido desposada con nadie por su padre; 2.ª Todo lo que mira al cuidado de los caminos públicos; 3.ª Toda adopción, siempre que uno quiera tomar por hijo a otra persona, debe celebrarse en presencia de ellos; 4.ª El poder asistir y tomar asiento entre los gerontes o senadores reunidos de oficio, que son 28 consejeros del estado; y cuando los reyes no quieren concurrir a la junta, hacen en ella sus veces los senadores más allegados a los mismos, de suerte que añaden a su propio voto dos más, a cuenta de los dos reyes.

LVIII. Ni son las únicas demostraciones de honor hechas en vida a los reyes, sino que en muerte hacen con ellos estas y otras los espartanos. Lo primero, unos mensajeros a caballo van dando la noticia de la muerte por toda la Laconia, y por la ciudad van unas mujeres tocando por todas las calles su atabal. Al tiempo que esto pasa, es forzoso que de cada familia dos personas libres, un hombre y una mujer, se desaliñen y descompongan en señal de luto, so graves penas si dejan de hacerlo; de suerte que la moda de este luto entre los lacedemonios en la muerte de sus reyes, es muy parecida o idéntica a la que usan los pueblos bárbaros en el Asia, donde estilan hacer otro tanto cuando mueren sus reyes. Porque cuando muere el rey de los lacedemonios, no solo los espartanos mismos, sino los naturales o vecinos de toda Lacedemonia, es necesario que concurran en cierto número al entierro. Juntos, pues, en un mismo lugar y en determinado número, ya los dichos vecinos, ya los ilotas, ya los mismos espartanos, todos en compañía de las mujeres, se dan golpes muy de veras en la frente, moviendo un gran llanto y diciendo siempre que el rey que acaban de perder era el mejor de los reyes. Si acontece que muera el rey en alguna campaña, acostumbran formar su imagen y llevarla en un féretro ricamente aseado. Por los diez días primeros consecutivos al entierro real, como en días de luto público, se cierran los tribunales y cesan asimismo los comicios.

LIX. En otra cosa se asemejan los espartanos a los persas: en que el nuevo rey y sucesor del difunto, al tomar posesión de la corona, perdona las deudas que todo espartano tuviese con su predecesor o con el estado mismo, cosa parecida a lo que pasa entre los persas, donde el rey nuevamente subido al trono hace gracia a todos sus vasallos de los tributos ya vencidos y no pagados.

LX. En otra costumbre se parecen a los egipcios los lacedemonios, que consiste en que los pregoneros de oficio, los trompeteros y los cocineros sucedan siempre en las artes a sus padres;[131] de suerte que allí siempre es trompetero el hijo de trompetero, cocinero el hijo de cocinero y pregonero el hijo de pregonero, reteniendo siempre la herencia de las artes paternas, sin que otra de mejor calidad les saque de su oficio. Esto es, en suma, lo que pasa en Esparta.

LXI. Hallábase, pues, en Egina Cleómenes, como antes iba diciendo, empleado en procurar el bien común de la Grecia, y Demarato en tanto le estaba malamente calumniando en Esparta, no tanto por favorecer a los eginetas, como por el odio y envidia que le tenía. Pero vuelto de Egina Cleómenes, llevado de espíritu de venganza, maquinó el medio cómo privar del reino a Demarato, contra quien intentó la acción que voy a referir. Siendo Aristón rey de Esparta y viendo que de ninguna de dos mujeres que tenía le nacían hijos, se casó con una tercera de un modo muy singular. Un gran amigo de Aristón, de quien él se servía más que de ningún otro espartano, tenía a dicha por esposa una mujer la más hermosa de cuantas en Esparta se conocían, y era lo más notable que había venido a ser la más hermosa después de haber sido la más fea del mundo, mudanza que sucedió en estos términos: Viendo el ama de la niña cuán deforme era su cara, y compadecida por una parte de que siendo hija de una casa tan rica y principal fuese desgraciada, y por otra de la pena que en ello recibían sus padres, empezó a cargar mucho la consideración sobre cada cosa de las referidas, y para remediarlas tomó la resolución de ir todos los días con la niña fea al templo de Helena en Esparta, situado en un lugar que llaman Terapne, más arriba del templo de Febo. Lo mismo era llegar el ama con su niña, que presentarse delante de aquella estatua y suplicar a la diosa Helena que tuviese a bien librar a la pobre niña de aquella fealdad. Es fama que al volverse un día del templo se apareció al ama cierta mujer y le preguntó qué era lo que en brazos tenía; dícele el ama que tenía en ellos una niña, y la mujer le pide que se la deje ver. Resistíase el ama, dando por razón que de orden de los padres de la niña a nadie podía enseñarla; pero como la mujer porfiase siempre en verla, vencida por fin el ama de la instancia que le hacía, se la enseñó. Ve la mujer a la niña, y pasándole la mano por la cara y cabeza, iba diciendo que sería la más bella de las mujeres de Esparta. ¡Cosa extraña! Desde aquel punto fue poniéndosele otro el semblante. A esta niña, pues, cuando hubo llegado a la flor de su edad, tomola por mujer Ageto, hijo de Alcides, aquel amigo de Aristón a quien antes aludía.

LXII. Aristón, herido fuertemente y aun vencido de la pasión por aquella mujer, maquinó el siguiente artificio y engaño para salir con su antojo. Entra en un convenio con aquel amigo cuya era la hermosa mujer, de darle una prenda, la que más le gustase de cuanto poseía; pero con pacto y condición de que el amigo por su parte prometiera darle otra del mismo modo. Ageto, que veía casado a Aristón con otra mujer, no recelando remotamente que pudiera pedirle la suya, convino en el pacto y trueque de las prendas, que ambos confirmaron con juramento. Apresurose luego Aristón a cumplir la palabra empeñada dando la presea que escogió Ageto de entre las de su tesoro, con la mira impaciente de recibir otra tal de parte de su amigo, declarándole al punto su pretensión y queriendo quitarle la esposa. Protestábale Ageto que a todo menos a su mujer se extendía el pacto de la promesa; pero obligado al cabo con la fe del juramento y cogido en un escrupuloso lazo, permitió que Aristón se fuese con su esposa.

LXIII. De esta manera Aristón, divorciándose con su segunda esposa, se casó con esta tercera mujer, la cual dentro de breve tiempo, aun antes del décimo mes, le parió aquel Demarato de que íbamos hablando. Puntualmente se hallaba Aristón en una junta con los éforos, cuando uno de sus criados vino a darle la nueva de que acababa de nacerle un hijo. Al oír el aviso, pónese Aristón a recordar el tiempo que había desde que estaba casado con su tercera mujer, contando los meses por los dedos; y luego: «¡Por Zeus!, exclama, que no puede ser mío el hijo de mi mujer»; juramento de que todos los éforos fueron testigos, si bien nada contaron con él en aquella sazón. Fue después creciendo el niño, y persuadido Aristón de que sin falta era hijo suyo, arrepentíase mucho de que antes se le hubiera deslizado la lengua en aquel dicho precipitado. Respecto al niño, la causa de ponerle por nombre Demarato (el deseado del pueblo) había sido los votos y rogativas públicas a Dios que antes habían hecho de común acuerdo los espartanos, pidiendo que naciera un hijo a Aristón, rey el más cumplido y estimado de cuantos jamás hubiese habido en Esparta, y por esta razón se dio al recién nacido el nombre de Demarato.

LXIV. Andando el tiempo, sucedió Demarato en el reino a su difunto padre Aristón, si bien parece ser disposición de los hados que aquel dicho de Aristón, sabido de todos, hubiese al cabo de ser ocasión para que se depusiese del trono a su hijo. De esta mala estrella, según creo, provendría que Demarato se declarase tan contrario a Cleómenes, así antes cuando se retiró desde Eleusis con sus tropas, como entonces cuando Cleómenes se dirigía contra los eginetas declarados partidarios del medo.

LXV. Formado, pues, por Cleómenes el proyecto de vengarse de Demarato, lo primero que hizo para lograrlo fue concertar con Leotíquidas, hijo de Ménares y nieto de Agis,[132] príncipe de la misma familia que Demarato, que en caso de ser nombrado por rey en lugar de este, le seguiría sin falta en el viaje que meditaba contra Egina. Quiso además la suerte cabalmente, que fuese Leotíquidas por un motivo particular el enemigo mayor que tenía Demarato, porque habiendo aquel contraído esponsales con una señora principal llamada Pércalo, hija de Quilón y nieta de Demármeno, robole Demarato maliciosamente dicha esposa, adelantándosele en contraer con ella matrimonio y continuando en tenerla por su mujer, motivo que ocasionó grande odio y enemistad entre Leotíquidas y Demarato. Por manejo, pues, de Cleómenes, depone Leotíquidas en juicio, con juramento, que no siendo Demarato hijo de Aristón, como no lo era en efecto, no tenía derecho legitimo para reinar en Esparta. Jurada una vez la delación, llevaba adelante la causa, reproduciendo las mismas palabras que Aristón había proferido cuando, avisado por su criado de que le había nacido un hijo, sacada allí mismo la cuenta de los meses de matrimonio, juró que tal hijo no era suyo; de cuyas palabras asiéndose Leotíquidas, porfiaba en que no era Demarato hijo de Aristón, y que no siéndolo, no reinaba en Esparta legítimamente; en prueba de todo lo cual citaba por testigos a los mismos éforos, que hallándose entonces en una junta con Aristón, de boca de este lo habían oído.

LXVI. Divididos, pues, los ánimos y pareceres en tan grave contienda, pareció a los espartanos que se consultase sobre el punto al oráculo en Delfos si era o no Demarato hijo de Aristón. Bien informada quedó la Pitia del asunto por la maña que se dio Cleómenes en prevenirla, pues en aquella sazón supo ganarse a un cierto Cobón, hijo de Aristofanto, el sujeto que más podía en Delfos, por cuyo medio logró sobornar a la promántida, que se llamaba Periala, para hacer decir al oráculo lo que Cleómenes quería que dijese. En una palabra: la Pitia respondió a la consulta de los diputados religiosos que Demarato no era hijo de Aristón; si bien algún tiempo después, descubierta la trama y publicada la calumnia, ausentose Cobón de Delfos, y la promántida Periala fue privada de su empleo.

LXVII. He aquí lo sucedido en la causa de deposición del trono contra Demarato, quien después, por motivo de una nueva afrenta que se le hizo, huyendo de Esparta se refugió a la corte de los medos, porque depuesto ya de su dignidad, fue después nombrado para un empleo, que era la presidencia de una danza de niños. Sucedió que estando Demarato viendo y presidiendo aquella función en tiempo de las Gimnopedias (juegos públicos de niños desnudos),[133] Leotíquidas, que ocupaba ya su silla de rey, hizo que un criado le preguntase de su parte, por mofa y escarnio, qué tal le parecía presidir de corifeo después de haber mandado como rey. A cuya injuriosa pregunta respondió lleno de resentimiento Demarato, que bien sabía por experiencia lo que uno y otro venía a ser, al paso que Leotíquidas aún lo ignoraba; pero que entendiese bien que aquella su insolente pregunta sería para los lacedemonios origen de gran dicha o de miseria suma. Dijo, y embozado, saliose luego del teatro para su casa, y sin dilación alguna prepara un sacrificio y ofrece al dios Zeus un buey, concluido lo cual hace llamar a su madre.