Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 10
LXVIII. Apenas llega esta, cuando toma el hijo las asaduras de la víctima, póneselas en las manos y le habla en estos términos: «Por los dioses todos del cielo, y en especial por este nuestro Zeus Herceo,[134] cuyas aras toco con mis propias manos, os suplico, madre mía, y os conjuro que, confesando ingenuamente la verdad, me digáis precisamente quién fue mi padre. Sabéis como Leotíquidas depuso en juicio contra mi corona que, estando vos embarazada del primer marido, vinisteis a casa de Aristón. No faltan aún otros que hacen correr otra fábula más desatinada, diciendo de vos que solíais tratar mucho con uno de vuestros criados, y por más señas dicen que con el arriero de casa, de manera que me hacen pasar por hijo de vuestro arriero. Por Dios, señora, que me digáis ahora la verdad sin empacho ni embozo, que al cabo, si algo hubo de esto, no habéis sido la primera, ni seréis la última en ello: ejemplos y compañeras se encuentran para todo. Por fin, lo que corre en Esparta por más válido es que Aristón era de su naturaleza infecundo, pues de otro modo hubiera tenido sucesión de sus primeras mujeres». Así se explicó el hijo con la madre; la madre le replicó así:
LXIX. «Ya que con tus palabras me obligas, hijo mío, a que te hable claro, voy a decírtelo todo sin encubrirte cosa alguna. Has de saber que la tercera noche a punto después que me llevó a su casa Aristón, acercóseme una fantasma en figura de él mismo, durmió conmigo y púsome después en la cabeza una guirnalda que llevaba: hecho esto, me dejó y vino luego a mi lecho Aristón. Al verme con aquella corona, pregúntame quién me la había dado, y respondiéndole yo que él mismo, díceme que no hay tal. Yo no hacía más que jurar una y mil veces que él había sido en efecto, y que muy mal hacía en querérmelo negar, sabiendo que muy poco antes había venido, estado conmigo y puéstome aquella misma corona. Como vio Aristón cuánto me afirmaba en ello y cuán de veras se lo juraba, cayó en la cuenta y persuadiose de que sería aquella cosa misteriosa y de orden sobrenatural, a lo cual hubo dos motivos que mucho le inclinaron: uno, porque se veía haber sido tomada la corona de aquel _heroo_[135] que cerca de la puerta del patio de nuestra casa está levantado en honor de Astrábaco; otro, que consultados sobre el caso los adivinos, respondieron no haber sido otro el que vino a verme que el mismo héroe Astrábaco. He aquí, hijo, cuanto deseas saber; no hay medio: o eres hijo de un héroe, y entonces tu padre es Astrábaco, o cuando no lo seas, eres hijo de Aristón, pues de uno de los dos aquella noche te concebí. Y por lo que mira a la razón con que mayor guerra te hacen tus enemigos, alegando contra tu legitimidad que el mismo Aristón al recibir el aviso de tu nacimiento dijo delante de muchos que tú no podías ser suyo por no haber pasado diez meses, entiende, hijo, que se le deslizaron aquellas palabras por no saber lo que suele pasar en tales asuntos, pues las mujeres paren unas a los nueve, otras a los siete meses, no esperando siempre a que se cumplan los diez, y yo cabalmente parí sietemesino; de suerte que no mucho después de su dicho conoció el mismo Aristón haber sido muy simple en lo que había hablado. Créeme a mí y déjales decir esas otras necedades acerca de tu generación, pues lo que has oído es la pura verdad. Esotro de arrieros, guárdelo para sí Leotíquidas y para los que hacen correr tal patraña, y quiera Dios que sus mujeres no paran sino de sus arrieros». Hasta aquí habló la madre.
LXX. Demarato, oído lo que quería saber, preparó lo necesario para el viaje que meditaba. Esparce la voz que va a Delfos para consultar al oráculo y encamínase en derechura hacia la Élide. Los lacedemonios, recelándose de que pretendía huírseles, le siguieron los alcances; pero llegados a Élide, hallaron que se les había adelantado hacia Zacinto.[136] Pasan luego allá y pretenden echarse sobre Demarato, y en efecto, le quitan todos sus criados; pero como los zacintios se opusiesen a aquella prisión no queriendo entregar al fugitivo, pasó este al Asia y se refugió a la corte del rey Darío, quien acogiéndole con real magnificencia le señaló estados, dándole algunas ciudades para su dominio. Tal fue el motivo y la forma de la retirada que hizo al Asia Demarato y tal la buena acogida que la suerte le procuró: varón ilustre entre los lacedemonios, así por sus muchos hechos y dichos memorables, como en especial por haber alcanzado la palma en la carrera de las carrozas de Olimpia; gloria que entre todos los reyes de Esparta él solo había logrado.
LXXI. Volviendo a Leotíquidas, hijo de Ménares, que ocupó el trono de que había sido depuesto Demarato, tuvo un hijo por nombre Zeuxidamo, a quien algunos espartanos suelen llamar Cinisco, el cual por haber muerto primero que su padre no llegó a reinar en Esparta, dejando al morir un hijo llamado Arquidamo. Muerto Zeuxidamo, casó Leotíquidas, su padre, en segundas nupcias con Eurídama, hija de Diactóridas y hermana de Menio. En ella no tuvo hijo alguno varón, pero si una hija con el nombre de Lampito, la que el mismo Leotíquidas dio por esposa a su nieto Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo.
LXXII. Leotíquidas, en castigo sin duda de la injuria cometida centra Demarato, no logró la fortuna de tener en Esparta una dichosa vejez. Su desventura procedió de que, capitaneando las tropas lacedemonias contra Tesalia, aunque tuvo en su mano subyugar todo el país, se dejó corromper con una gran suma de plata. Cogido, pues, en sus mismos reales con el hurto en las manos, pues le habían hallado sentado encima de una gran valija llena de dinero, fue por ello acusado en Esparta y, citado a comparecer allí en juicio, huyose a Tegea,[137] donde acabó sus días, habiendo sido arruinada su casa en Esparta por sentencia del tribunal: sucesos que, por más que los note aquí, acaecieron algún tiempo después.
LXXIII. Pasemos a Cleómenes, quien al ver que le había salido bien su intriga contra Demarato, tomando consigo a Leotíquidas, su nuevo colega y partidario, encaminose luego contra Egina, poseído del enojo y del ardiente deseo de vengar el desacato que allí se le había hecho. No osaron los de Egina, viendo venir contra ellos a los dos reyes, hacerles resistencia, con lo cual los reyes entresacaron a su salvo diez sujetos de Egina, los de mayor consideración, ya por lo rico, ya por lo noble de sus familias, e incluidos en este número Crío, el hijo de Polícrito, y Casambo, hijo de Aristócrates, los dos sujetos de mayor crédito y poder en la isla, se llevaren presos a los diez, y pasando con ellos al Ática, los confiaron en depósito y custodia a los atenienses, los mayores enemigos que tuviesen los eginetas.
LXXIV. Pero Cleómenes, después de lo que llevo referido, temiendo mucho el resentimiento de los espartanos, entre quienes se había ya divulgado la calumnia y negra trama de que se había valido para la ruina de Demarato, se retiró a Tesalia. De allí pasando a la Arcadia y sublevados los arcadios por su medio e influjo, empezó a maquinar novedades contra Esparta, a la cual queriendo hacerla guerra, no solo obligaba a jurar a los arcadios que le seguirían donde quiera que les condujese como general, sino que además tenía resuelto llevar consigo los magistrados de Arcadia a la ciudad de Nonacris, donde quería tomarles el juramento de fidelidad por la laguna Estigia, a lo cual le movería la opinión de los mismos arcadios de que en dicha ciudad se halla el agua de la Estigia. Es cierto en realidad que se ve allí cómo va goteando de una peña una poca agua que de allí se encamina hacia un valle circuido con una pared seca: Nonacris, donde se encuentra esta fuente, es una de las ciudades de Arcadia vecina a Feneo.[138]
LXXV. Informados en tanto los lacedemonios del manejo de Cleómenes y temerosos de lo que de allí podría resultarles, llamáronle a Esparta con la promesa de mantenerle en la posesión de sus antiguos derechos a la corona. Apenas volvió allá Cleómenes, cuando se apoderó de él, algo propenso de antes a la demencia, una locura declarada, pues apenas se encontraba entonces con algún espartano, dábale luego en la cara con el cetro; de suerte que sus mismos parientes, viendo que se propasaba a tales extremos de locura, le ataron a un cepo. Preso allí, cuando vio que un hombre solo le estaba guardando, pidiole que le diese su sable, y si bien el guardia se lo negó al principio, oídos con todo los castigos con que le amenazaba para algún día, dióselo al cabo de puro miedo; ni es de admirar que temiera siendo uno de los ilotas. El furioso Cleómenes, al verse con la cuchilla en la mano, empezó por sus piernas una horrorosa carnicería, haciendo desde el tobillo hasta los muslos unas largas incisiones; continuolas después del mismo modo desde los muslos hasta las ijadas y lomos, ni paró hasta acabar consigo llevando su destrozo sobre el vientre. Así murió Cleómenes con fin tan desastrado, bien fuese aquel un castigo del soborno con que cohechó a la Pitia en la causa de Demarato, como dicen muchos griegos; bien fuese en pena de haber talado el bosque sacro de las diosas, cuando acometió contra Eleusis, como aseguran solos los atenienses; bien fuese aquella la paga de la violación del templo de Argos, de donde sacó a los argivos refugiados después de la rota del ejército y los hizo pedazos, incendiando al mismo tiempo el bosque sagrado sin el menor escrúpulo ni reparo, como pretenden los mismos argivos, cuyo hecho pasó en los términos siguientes:
LXXVI. Consultando Cleómenes en cierta ocasión al oráculo en Delfos, fuele respondido que lograría rendir a Argos; condujo, pues, contra Argos a sus espartanos, y llegando al frente de ellos al río Erasino, el cual, según se dice, tiene su origen en la laguna Estinfálide, pues sumiéndose esta en una abertura oculta y subterránea, aparece otra vez en Argos, desde donde lleva ya aquella corriente el nombre de río Erasino que le dan los argivos; llegado, repito, Cleómenes a aquel río, hízole sacrificios como para pedirle paso. En ninguna de sus víctimas se presentaba al lacedemonio algún agüero propicio en prueba de que Erasino le diera paso por su corriente. Dijo Cleómenes que le parecía muy bien que no quisiera el Erasino ser traidor a sus vecinos, pero que no por eso se felicitarían mucho por tal fidelidad los argivos. En efecto, partiose de allí con sus tropas hacia Tirea,[139] donde, hechos al mar sus sacrificios, pasó en naves con su gente a los confines de Tirinto y de Nauplia.
LXXVII. Sabido esto por los argivos, salieron armados hacia las costas a la defensa del país, y llegados cerca de Tirinto, plantaron sus trincheras enfrente de las de los lacedemonios, en un lugar llamado Sepea, dejando un corto espacio ente los dos reales. Los argivos, muy alentados y animosos para entrar en batalla campal, solo se recelaban de alguna sorpresa insidiosa, pues a algunas asechanzas aludía un oráculo que contra ellos y contra los milesios juntamente había proferido antes la Pitia en estos términos: «_Cuando la mujer victoriosa repela en Argos al hombre y lleve la gloria de valiente, hará que corran las lágrimas a muchas argivas, hará que alguno pasada tal época diga: horrible yace la triple serpiente, domada por la lanza_».[140] Como viesen, pues, los argivos que todo lo del oráculo se les había puntualmente cumplido, les ponía esto mismo en grandes temores; así que para su mayor seguridad les pareció seguir en su campo las órdenes que diese en el de los enemigos el pregonero de estos, y lo practicaron tan puntualmente, que lo mismo era hacer la señal el pregonero espartano, que poner por obra los argivos lo mismo que intimaba aquel a los suyos.
LXXVIII. Cuando Cleómenes estuvo ya bien seguro de que los argivos iban ejecutando lo que su pregonero indicaba a sus tropas, dio orden a los suyos de que, cuando el pregonero les toque a comer, al punto tomando las armas embistan a los argivos. Con aquella orden los lacedemonios se dejaron caer de repente sobre los argivos en el momento que estaban comiendo según la voz del pregonero enemigo, y llevaron a cabo con tal éxito su artificio, que muchos de los contrarios quedaron tendidos en el campo, y muchos más se refugiaron al bosque sagrado de Argos, donde luego se los sitió cerrándoles el paso para la salida.
LXXIX. Entonces fue cuando Cleómenes echó mano del ardid más alevoso, pues informado por ciertos fugitivos que consigo tenía del nombre de los retraídos, mandó a su pregonero que se acercase al bosque y llamase afuera por su propio nombre a algunos de los refugiados, diciendo que les daba libertad como a prisioneros cuyo rescate ya tenía, pues sabido es que entre los peloponesios el rescate está tasado y convenido en dos minas por prisionero. Llamando, pues, Cleómenes a los argivos uno a uno, había ya hecho morir a 50 de ellos, sin que los refugiados del bosque hubiesen imaginado lo que pasaba por afuera con los que salían, pues por lo espeso de la arboleda no alcanzaban a verlo los de dentro. Pero al cabo, subiendo uno de ellos encima de un árbol, observó lo que allá sucedía a los llamados, y desde entonces llamaba Cleómenes y nadie más salía.
LXXX. Visto lo cual por Cleómenes, dio orden a los ilotas que rodeasen el bosque de fagina, unos por una parte y otros por otra, y hecho esto, le mandó dar fuego. Ardía ya todo en llamas, cuando preguntando Cleómenes a uno de los desertores de qué dios era el bosque sagrado, y oyendo responder que era del dios de Argos, con un gran gemido: «Cruelmente, dijo, me has burlado, adivino Apolo, al decirme que rendiría a Argos; concluido está todo, a lo que veo, y cumplido tu oráculo».
LXXXI. Desde aquel punto da licencia Cleómenes al grueso del ejército para que se vuelva a Esparta, y tomando en su compañía mil soldados de la tropa más escogida, va a sacrificar con ellos en el Hereo.[141] Luego que el sacerdote de Hera le ve ir a sacrificar en aquella ara, se le opone, alegando no ser lícito tal sacrificio a ningún forastero; mas Cleómenes, mandando a sus ilotas que aparten del ara y azoten al sacerdote, lleva adelante su sacrificio, el cual concluido, da la vuelta hacia Esparta.
LXXXII. Vuelto allí de su expedición, citáronle sus enemigos a comparecer delante de los éforos, acusándole de soborno por no haber tomado la ciudad de Argos, pudiendo con toda seguridad hacerlo; a quienes respondió así Cleómenes, no sé si mintiendo o si diciendo verdad: que una vez apoderado del templo de Argos, habíale parecido quedar ya verificado el oráculo de Apolo, y que por tanto había juzgado no deber hacer la tentativa de rendir la misma ciudad de Argos, hasta que de nuevo hiciera la prueba si el dios permitiría que la tomase, o si antes bien se opondría a ello; que como a este fin sacrificase en el Hereo con agüeros propicios, vio que del pecho del ídolo de Hera salía una llama, prodigio que le hizo pensar no estaba reservada para él la toma de la plaza de Argos, porque si la llama de fuego, en vez de salir del pecho de la estatua, le hubiera salido de la cabeza, hubiera creído en tal caso poder rendir a fuerza la ciudad; pero saliendo del pecho, entendió que estaba ya hecho allí cuanto Dios quería que se hiciera. Lo cierto es que esta apología pareció a los espartanos tan justa y razonable, que en fuerza de ella la mayor parte de votos dio por absuelto a Cleómenes.
LXXXIII. Quedó Argos de resultas de aquella guerra tan huérfana de ciudadanos, que los esclavos que en ella había, apoderados del estado, se mantuvieron en los empleos públicos hasta que los hijos de los argivos allí muertos llegaron a la edad varonil, pues entonces recobraron el dominio, quitando a los esclavos el mando y echándolos de la ciudad, si bien los expulsos lograron con las armas en la mano hacerse dueños de Tirinto. Por algún tiempo quedaron así los negocios en paz y sosiego, hasta tanto que quiso la desventura que cierto adivino Cleandro, natural de Figalia,[142] pueblo de la Arcadia, juntándose con los esclavos dominantes en Tirinto, lograse alarmarles con sus razones contra los de Argos, sus señores. Encendiose con esto una guerra entre señores y esclavos que duró bastante tiempo, y de que a duras penas salieron al cabo vencedores los argivos.
LXXXIV. En pena de tan funestas violencias, pretenden los argivos, como decía, que acabó furioso Cleómenes, cuya desastrada muerte niegan los espartanos que haya sido castigo ni venganza de ningún dios, antes aseguran que por el trato que tuvo Cleómenes con los escitas se hizo un gran bebedor, y de bebedor y borracho vino a parar en loco furioso. Cuentan que los escitas nómadas, después que Darío invadió sus tierras, concibieron un vehemente deseo de tomar venganza del persa, y con esta mira por medio de sus embajadores formaron con los espartanos una liga concertada en estos términos: que los escitas, siguiendo el río Fasis, debiesen invadir la Media, y que los espartanos, acometiendo desde Éfeso al enemigo, hubiesen de subir tierra adentro hasta juntarse con los escitas. Con esto pretenden los lacedemonios que por el sobrado trato que tuvo Cleómenes con los embajadores venidos con el fin mencionado, aprendió a darse al vino y a la bebida, de manera que de allí le nació después su furiosa manía. Añaden aún más, en prueba de lo dicho: que de esta venida de los escitas tomó principio la frase que usan los espartanos al querer beber larga y copiosamente: _Vaya a la escítica_. Pero, por más que así piensen y hablen los espartanos, creo que el fin de Cleómenes no fue sino castigo del cielo por lo que hizo contra Demarato.
LXXXV. Apenas los de Egina supieron la muerte de Cleómenes, cuando por medio de sus diputados en Esparta resolvieron afear a Leotíquidas la prisión de los suyos, detenidos como rehenes en Atenas. En la primera audiencia pública que delante del tribunal se dio a los diputados, decretaron los lacedemonios ser un atentado lo que Leotíquidas había ejecutado con los eginetas, condenándole a que, en recompensa del agravio padecido por los que en Atenas quedaban prisioneros, fuese llevado preso a Egina. En efecto, estaban ya los eginetas a punto de llevarse preso a Leotíquidas, cuando un personaje de mucho crédito en Esparta, por nombre Teásides, hijo de Leóprepes, les reconvino con estas palabras: «¿Qué es lo que tratáis de hacer ahora, oh eginetas? ¿Al rey mismo de los espartanos, que ellos entregan a vuestro arbitrio, pretendéis llevar prisionero? Creedme, y pensadlo bien antes; pues aunque llevados del enojo y resentimiento presente así acabáis de resolverlo, si vosotros lo ejecutáis, corre mucho peligro de que, arrepentidos los espartanos y corridos de lo hecho, maquinen después vuestra total ruina en alguna expedición». Palabras fueron estas que, haciendo desistir a los eginetas de la prisión ya resuelta de Leotíquidas, les persuadieron a la reconciliación con tal que él les acompañase a Atenas y les hiciese restituir sus rehenes.
LXXXVI. Pasando, en efecto, Leotíquidas a Atenas, pedía su antiguo depósito; pero los atenienses, obstinados en no restituirlo, no hacían sino buscar excusas y pretextos, saliéndose con decir que, puesto que los dos reyes de Esparta les habían a una confiado aquellos rehenes, no les parecía justo ni conveniente restituirlos a uno de ellos y no a los dos juntos.[143] Oídas estas razones y viendo Leotíquidas que no querían volverlos, les habló de este modo: «Ahora bien, atenienses, allá os avengáis; escoged el partido que mejor os parezca: solo os diré que en volver ese depósito haréis una obra justa y buena, y en no volverlo no haréis sino todo lo contrario. A este propósito quiero contaros lo que acerca de un depósito sucedió en Esparta. Cuéntase, pues, entre nosotros los espartanos que vivía en Lacedemonia, hará tres generaciones, un varón llamado Glauco, hijo de Epicides, el cual es fama que, a más de ser en las demás prendas el sujeto más excelente de todos, muy particularmente en punto a justicia y entereza, era reputado por el más cabal y cumplido de cuantos tenía Lacedemonia. En cierta ocasión, pues, sucedió a este, como solemos contar los espartanos, un caso muy singular, y fue que desde Mileto vino a Esparta un forastero jonio, solo con ánimo de tratarle y de hacer prueba de su entereza, y llegado, le habló en esta conformidad: “Quiero que sepas, amigo Glauco, como yo, siendo un ciudadano de Mileto, vengo muy de propósito a valerme de tu equidad y hombría de bien; porque viendo yo que en toda la Grecia y mayormente en la Jonia tenías la fama de ser un hombre justo y concienzudo, empecé a pensar y ponderar dentro de mí cuán expuestas están a perderse allá en Jonia las riquezas y cuán seguras quedan aquí en el Peloponeso, pues jamás los bienes se mantienen allá largo tiempo en las manos y poder de unos mismos dueños.[144] Hechos, pues, tales discursos y sacadas conmigo estas cuentas, me resolví a vender la mitad de todos mis haberes y a depositar en su poder la suma que de ellos sacase, bien persuadido de que en tus manos estaría todo salvo y seguro. Ahí tienes, pues, ese dinero; tómalo juntamente con el símbolo que aquí ves; guárdalo, y al que te lo pida presentándote esa contraseña, harasme el gusto de entregárselo”. Estas razones pasaron con el forastero de Mileto, y Glauco, en consecuencia, se encargó del depósito bajo la palabra de volverlo. Pasado mucho tiempo, los hijos del milesio que había hecho el depósito, venidos a Esparta y avistados con Glauco, pedían su dinero presentándole la consabida contraseña. Sobrecogido el hombre con aquella visita, les despacha brusca y descomedidamente. “Yo, les decía, ni me acuerdo de tal cosa, ni me queda la menor idea que haga venirme ahora en conocimiento de eso que decís. Con todo, os afirmo que si al cabo hago memoria de ello, estoy aquí pronto para hacer con vosotros cuanto fuere razón. Si lo recibí, quiero volvéroslo sin defraudaros en un óbolo; pero si hallo que nunca toqué tal dinero, tened entendido que con vosotros haré lo que hubiere lugar en justicia, según las leyes de Grecia. A este fin me tomo, pues, cuatro meses de tiempo para salir de duda”. Con tal respuesta, llenos de pesadumbre los milesios, como quienes creían no ver más su dinero, dieron la vuelta a su casa. Entretanto, nuestro Glauco para consultar el punto hace a Delfos su peregrinación, y preguntando allí al oráculo si haría bien en apropiarse la presa jurando no haber recibido tal depósito, recibió la respuesta de la Pitia en estos versos: “Glauco, hijo de Epicides, por de pronto hará tu fortuna el perjurar y robar el oro pérfidamente: júralo; un hombre de fe llega al término en su muerte. Mas al juramento queda un hijo anónimo[145] que, sin mover pies ni manos, llega velocísimo y acaba con el nombre y con la familia toda del perjuro, al paso que mejora la prole póstuma del hombre leal”. Por más que Glauco al oír tales documentos pidiese perdón al dios de sus intenciones, oyose con todo de boca de la Pitia que lo mismo era ante Dios tentarle para que aprobase una ruindad, que cometerla realmente. La cosa paró en que Glauco, llamados los milesios, les restituyó su dinero. Ahora voy a deciros, atenienses, a qué fin os he contado esta historia. Sabed, pues, que en el día no queda rastro de aquel Glauco; no hay descendiente ninguno, ni casa ni hogar que se sepa ser de Glauco, tan de raíz pereció en Esparta su raza; y tanto como veis importa el dejarse de supercherías en punto a depósitos, volviéndolos fiel y puntualmente a sus dueños cuando los exijan». Habiendo hablado así Leotíquidas, como viese que no le daban oídos los atenienses, regresó de nuevo.