Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 8
XXII. Así Mileto quedose, en una palabra, sin milesios. Por lo que mira a los samios que tenían en casa algo que perder, estuvo tan lejos de parecerles bien la resolución de sus generales a favor de los medos, que luego después del combate naval tomaron entre ellos el acuerdo de salirse de su patria para ir a fundar una nueva colonia, antes que volviera Éaces a entrar en la isla, sin duda por no verse precisados en caso de quedarse en sus casas a servir a los medos y obedecer a un tirano. La ocasión era la más oportuna, pues entonces los zancleos,[100] pueblo de Sicilia, por medio de unos mensajeros enviados a la Jonia, instaban a los jonios a que vinieran a apoderarse de Calacte, muy deseosos de que se fundase en esta ciudad jonia. Es la que llamaban Calacte una hermosa playa poseída entonces por los sicelios (o sicilianos, originarios del país), la cual mira hacia Tirrenia. Mientras los zancleos convidaban a los jonios a formar dicha colonia, los samios fueron entre estos los únicos que, en compañía de los milesios que habían podido escaparse de la ruina universal, partieron para Sicilia, donde su empresa tuvo el éxito siguiente.
XXIII. Quiso la suerte que al llegar los samios en su viaje a los locros, por sobrenombre epicefirios,[101] se hallasen actualmente los zancleos, conducidos por su rey llamado Escita, sitiando cierta ciudad de los sicilianos con ánimo de apoderarse de ella a viva fuerza. Anaxilao, señor de Regio y grande enemigo de los zancleos, informado del designio de los samios, procuró insinuarse con ellos, y supo persuadirles que a la sazón les convenía más bien olvidarse de Calacte y de las hermosas playas hacia donde llevaban el rumbo, y apoderarse en vez de ellas de la misma ciudad de Zancle, que se hallaba sin soldados que pudiesen defenderla. Caen los samios en la tentación, y hácense dueños de Zancle. Apenas los zancleos ausentes de su patria oyeron que había sido sorprendida, cuando fueron corriendo a socorrerla, llamando al mismo tiempo en su ayuda a Hipócrates, señor de Gela[102] y aliado suyo. Viniendo este para auxiliarles con su gente de armas, obró tan al contrario, que privando a Escita, monarca de los zancleos, de su ciudad, le mandó poner preso, y en su compañía a Pitógenes su hermano, enviándolos así atados a la ciudad de Ínix.[103] Entró después a capitular con los samios de la plaza, e interpuesta la fe mutua del juramento, vendió alevosamente a los zancleos; pues de la paga de su traición en que convino con los samios fue que de los esclavos y muebles que se hallaban dentro de la ciudad tomaría la mitad para sí, y que cargaría con cuanto mueble y esclavo se hallase en la campiña. Para más iniquidad, valiéndose de la ocasión, mandó atar la mayor parte de los zancleos y se quedó con ellos como si fueran esclavos; y no contento con esto, entregó a los samios los 300 zancleos principales para que les cortasen la cabeza, maldad que no quisieron ejecutar.
XXIV. Escita, el señor de los zancleos, huido de Ínix, pasó a Hímera,[104] de donde navegó al Asia y llegó a la corte de Darío, quien vino a tenerle por el griego mejor y más justificado de cuantos de la Grecia habían subido a su corte; pues habida licencia del soberano para ir a Sicilia, volvió otra vez a su presencia, y entre los persas acabó su vida felizmente en edad muy avanzada.
XXV. De este modo los samios que se habían escapado del dominio de los medos, lograron sin ningún trabajo hacerse dueños de Zancle, una de las más bellas ciudades.[105] Después de la batalla naval que se dio por causa de Mileto, los fenicios, por orden de los persas, restituyeron a Samos a Éaces, el hijo de Silosonte, en atención a lo bien que con ellos se había portado. Los samios, en efecto, por haber retirado sus naves del combate naval de los jonios, lograron ser los únicos entre los que se habían sublevado contra Darío que librasen del incendio sus templos y ciudades. Tomada ya Mileto, nada tardaron los persas en recobrar la Caria, cuyas ciudades, parte entregadas a discreción, parte rendidas por fuerza, iban de nuevo agregando al imperio.
XXVI. Tiempo es ya de volver a Histieo, que se hallaba en las cercanías de Bizancio apresando las naves mercantiles de los jonios que procedían del Ponto, cuando le llegó la nueva de lo que acababa de suceder en Mileto. Apenas la recibió, hízose a la vela con sus lesbios hacia Quíos, dejando el cuidado de la piratería en el Helesponto a Bisaltes, natural de Abido e hijo de Apolófanes; y llegado ya a aquella isla, tuvo una refriega con la guarnición de un fuerte llamado Cela que no quería admitirle en aquel lugar, y mató en ella no pocos de aquellos defensores. Con esto logró hacerse dueño de una pequeña ciudad de la isla, de cuyo puerto salía con los lesbios de su comitiva y se iba apoderando de las galeras maltratadas de los de Quíos que, escapadas de la batalla naval, se volvían a su patria.
XXVII. A estos vecinos de la isla de Quíos habían antes acontecido ya notables prodigios, según suelen los dioses por ley ordinaria dar de antemano ciertos pronósticos de las grandes desventuras que amenazan a alguna ciudad o nación. Uno había sido que de cien mancebos enviados en un coro o danza desde Quíos a Delfos, solo dos habían vuelto a la patria, habiendo perecido los otros 98 de una peste que les sobrevino: otro fue que cayéndose en Quíos el techo de una casa sobre los niños de la escuela poco antes que se diese la batalla naval, de 120 que ellos eran, solo uno se salvó. Estas fueron las señales previas que el cielo les enviaba: después vino la batalla naval que destruyó aquella república, y después de la rota fatal de las naves, el pirata Histieo con sus lesbios se dejó caer sobre los Quíos destrozados, y acabó de dar en tierra con todo el poder de aquel estado.
XXVIII. Teniendo ya Histieo en su escuadra no pocos combatientes, jonios y eolios, desde Quíos se fue contra Tasos. Estaba ya sitiando esta plaza, cuando por el aviso que le vino de que los fenicios, dejando a Mileto, salían contra las otras ciudades de la Jonia, diose mucha prisa en partir con toda su gente hacia Lesbos, sin llevar a cabo la expugnación de Tasos. Entretanto, la falta de víveres que padecía su ejército, le obligó a pasar al continente con ánimo de segar las mieses, así del territorio de Atarneo como del campo del Caico que pertenece a los misios. Pero quiso entonces la fortuna que se hallase en aquellas cercanías con un numeroso ejército Harpago, general de los persas, el cual, en una batalla que allí se dio, muerta la mayor parte de las tropas enemigas, logró apoderarse de la persona de Histieo, que fue hecho prisionero del modo siguiente:
XXIX. En Malene, lugar de la comarca atarnea, trabose el choque entre persas y griegos, en que por largo tiempo quedó dudosa la victoria, hasta que al fin, arremetiendo la caballería persa, hizo suya la acción con tal viveza, que puso en fuga a los griegos. Al huir con los suyos Histieo, persuadido como estaba de que por aquella su culpa no le condenaría el rey a perder la vida, se le avivó tanto el deseo de conservarla, que alcanzado ya por un soldado persa y viendo que iba con un golpe a pasarle de parte a parte, le habló en lengua persa y se le descubrió diciendo ser el milesio Histieo.
XXX. Si Histieo, puesto que fue cogido vivo, hubiera sido presentado asimismo a Darío, este, a mi modo de entender, le hubiera perdonado la ofensa pasada, y aquel nada hubiera tenido que sufrir de parte del ofendido.[106] El daño estuvo en que el virrey de Sardes Artafrenes y Harpago, el general de las tropas, a fin de impedir que perdonado Histieo volviera de nuevo a la gracia y privanza del soberano, luego que llegó a Sardes prisionero, pusieron su cuerpo en un palo y enviaron a Susa su cabeza embalsamada para que la viera Darío. Sabedor, en efecto, el monarca de aquel hecho, desaprobando la resolución, reprendió a los ministros autores de ella, porque no le habían presentado vivo el prisionero de guerra. Respecto a la cabeza de Histieo, ordenó que lavada y decorosamente amortajada se la diese honrosa sepultura, siendo de un varón singularmente benemérito, así de su real persona como del imperio de los persas. Así vino a terminar Histieo.
XXXI. La armada de los persas que había invernado en las cercanías de Mileto, saliendo al mar al año siguiente, iba de paso apoderándose de las islas adyacentes al continente del Asia menor, a saber: la de Quíos, la de Lesbos y la de Ténedos. Para mayor desgracia, posesionados los bárbaros de alguna isla, lo primero que hacían era barrer y acabar con todos los moradores que en ella había, en la forma que sigue: iban formando un cordón de persas cogidos uno de la mano del otro, y empezando así de la playa del norte seguían con aquella red barredera cazando a los hombres por toda la isla. En el continente, asimismo fueron apoderándose de las ciudades jonias, reduciéndolas a la esclavitud, dejando solo de tender allí su red por no permitirlo la situación del país.
XXXII. Así que los generales persas no quisieron que se dijese de ellos que no cumplían las amenazas que antes habían hecho a los jonios, cuando todavía estaban armados, pues como lo amenazaron, así lo iban ejecutando. Porque no bien se veían dueños de alguna de las plazas, cuando escogidos los niños más gallardos, hacían de ellos otros tantos eunucos para su servicio, entresacando del mismo modo a las doncellas mejor parecidas para enviarlas a la corte; y no contentos con esto, entregaban a las llamas todos los edificios de las ciudades, así profanos como consagrados a los dioses. Esta fue la tercera vez que los jonios se vieron hechos esclavos, pues una les subyugaron los lidios y dos consecutivamente los persas.
XXXIII. Aquella misma armada, habiendo dejado la Jonia, fue sujetando todas las plazas que caen a la izquierda del que va navegando por el Helesponto, pues las que están a mano derecha en el continente habían ya sido rendidas por los persas. En dicha costa del Helesponto, que pertenece a la Europa, se halla el Quersoneso, en que se cuentan bastantes ciudades; se halla la ciudad de Perinto; se hallan los fuertes de la Tracia, como también las ciudades de Selimbria y de Bizancio. Los bizantinos, pues, y del mismo modo los calcedonios, situados en la ribera opuesta, dejando sus pueblos antes de que llegase la armada fenicia y retirados a lo interior del Ponto Euxino, fundaron la ciudad de Mesembria. Llegados después los fenicios, incendiadas las dos citadas plazas, se dejaron caer sobre Proconeso y Artace, y desde ellas, después que las hubieron abrasado, hiciéronse a la vela otra vez hacia el Quersoneso con ánimo de arruinar las ciudades que antes habían respetado, cuando por primera vez se echaron sobre aquella península. A Cícico no se acercaron absolutamente los fenicios, a causa de que los naturales, ya antes de su llegada, capitulando con el virrey de Dascilio, Ébares, hijo de Megabazo, se habían entregado al rey; pero en el Quersoneso rindieron las demás ciudades, excepto la de Cardia.
XXXIV. Hasta este tiempo, Milcíades, hijo de Cimón y nieto de Esteságoras, conservaba el dominio en dichas ciudades, sobre las cuales lo había adquirido antes aquel otro Milcíades que fue hijo de Cípselo, de la manera que referiré. Los doloncos, pueblos de origen tracio, eran los que antiguamente habitaban en el Quersoneso, quienes viéndose agobiados en la guerra por los apsintios,[107] enviaron a Delfos sus reyes para que consultasen acerca de ella. Dioles por respuesta la Pitia que se llevaran a su país por fundador de una colonia al primero que salido del templo les acogiera en su casa como huéspedes y amigos. Los doloncos, pues, tomaron su camino por la vía sacra,[108] pasaron por la señoría de los focidios y por la de los beocios, y desde allí, sin que nadie les convidase con su casa, se entraron por la de los atenienses.
XXXV. En aquella sazón, si bien era Pisístrato quien tenía en Atenas el poder absoluto, no dejaba con todo de tener algún mando cierto señor llamado Milcíades, hijo de Cípselo, sujeto de familia principal que mantenía tiros de cuatro caballos para concurrir a los juegos olímpicos.[109] Era este descendiente remoto de Egina y de Éaco, y después, andando el tiempo, se hallaba naturalizado entre les atenienses, siendo de la casa de Fileo, hijo de Áyax, que fue el primero de dicha familia que se inscribió por ciudadano de Atenas. Estábase, pues, Milcíades sentado a la puerta de su casa, cuando viendo pasar a los doloncos con un traje peregrino y armados con sus picas, los saludó y llamó hacia sí. Acercáronsele luego y fueron de él convidados con su casa y posada, y admitido el agasajo, danle cuenta los nuevos huéspedes del oráculo recibido, exhortándole al mismo tiempo a que obedezca al dios Apolo. Milcíades, como quien estaba mal con el dominio de Pisístrato, ansioso de salirse de su jurisdicción, dejose persuadir muy fácilmente, y luego envió a Delfos unos diputados encargados de consultar de su parte el oráculo sobre si haría o no lo que le pedían aquellos doloncos.
XXXVI. Con el nuevo mandato de la Pitia acabose de resolver a la empresa Milcíades, hijo de Cípselo,[110] sujeto ya famoso por haber llevado el primer premio en las justas de Olimpia entre los aurigas de cuatro caballos. Alistando, pues, para la nueva colonia a todos los atenienses que quisieron seguirle en su viaje, con ellos y con los doloncos se hizo a la vela y logró después apoderarse de la región que pretendía, de la cual le nombraron señor los que le habían llamado. La primera providencia que tomó Milcíades en su dominio fue la de cerrar el istmo del Quersoneso, tirando una muralla desde la ciudad de Cardia hasta la de Pactia, con cuya defensa impedía las invasiones y correrías de los apsintios en toda la tierra. Dicho istmo tiene de mar a mar 36 estadios, y el Quersoneso, contando del istmo hacia lo interior del país, se extiende a lo largo 420 estadios.
XXXVII. Fortalecida ya la garganta del Quersoneso con aquel nuevo pertrecho que impedía la entrada y tenía lejos de él a los apsintios, los primeros a quienes hizo la guerra Milcíades fueron a los lampsacenos, quienes en una emboscada le hicieron prisionero. Al saber Creso el lidio aquella prisión, por la grande estima que hacía de la persona de Milcíades, intimó a los lampsacenos por medio de un mensajero que pusiesen en libertad al prisionero, que de no hacerlo les aseguraba que los quebrantaría como quien quebranta un pino. Pónense luego los lampsacenos a deliberar sobre el sentido de la enigmática amenaza, no alcanzando la fuerza de aquel _quebrantar a manera de un pino_, hasta que al cabo de un buen rato de demandas y respuestas, dio un viejo en el blanco de la amenaza diciendo ser el pino el único entre los árboles que desmochado una vez no vuelve a retoñar, sino que totalmente acaba y muere. Con el temor en que con tal amenaza entraron los de Lámpsaco dieron libertad a Milcíades, debiendo este a Creso el verse libre de sus prisiones.
XXXVIII. Restituido Milcíades a sus estados, viéndose sin hijos, hizo al morir heredero del mando y de sus bienes a su sobrino Esteságoras, hijo de Cimón su hermano uterino. En el día los pueblos del Quersoneso, según suele practicarse con los fundadores de alguna ciudad, hacen sacrificios en honor de Milcíades, en cuya memoria tienen establecidos unos juegos así ecuestres como gímnicos, en los cuales no es permitida a ningún lampsaceno la competencia. Duraba todavía la guerra con los de Lámpsaco, cuando quiso la mala suerte que también Esteságoras muriera sin sucesión, recibiendo un golpe de segur que descargó sobre su cabeza, en el mismo pritaneo, uno que se vendía por desertor y era realmente un enemigo enconado y furioso.
XXXIX. Los Pisistrátidas, sabida la muerte de Esteságoras, enviaron al Quersoneso en una galera a Milcíades, hijo de Cimón y hermano del difunto, para que tomase el mando del estado. Mucho se habían ya esmerado antes los hijos de Pisístrato en favorecer a este Milcíades estando aún en Atenas, como si no hubieran tenido parte alguna en la muerte de Cimón su padre, la cual diré del modo que sucedió en otro lugar de mi historia. Llegado, pues, Milcíades al Quersoneso, se mantuvo algún tiempo sin salir de casa, queriendo, a lo que parecía, honrar con aquel luto y retiro la muerte de Esteságoras. Corrió así la voz entre los vecinos del Quersoneso, y en fuerza de ella, juntos todos los señores principales de aquellas ciudades en diputación común, vinieron a dar el pésame a Milcíades, quien valiéndose de la ocasión los puso presos a todos y se alzó con el dominio del Quersoneso entero, manteniendo en su servicio 500 hombres de guardia y tomando después por esposa a la princesa Hegesípila, hija de Óloro, rey de los tracios.
XL. No solo tuvo que tomar estas medidas Milcíades, hijo de Cimón, recién llegado al Quersoneso, sino que hubo de sufrir en lo sucesivo otros contratiempos mucho más crueles; porque tres años después[111] túvose que ausentar del Quersoneso huyendo de los escitas llamados nómadas, quienes, irritados por el rey Darío y unidos en cuerpo de ejército, avanzaron con sus correrías hasta el Quersoneso. Milcíades, no teniendo ánimos ni fuerzas para hacerles frente, huyose por esta causa de sus dominios, donde después que los escitas se volvieron otra vez a su país, le restituyeron de nuevo los doloncos. Esta adversidad le había acontecido tres años antes que le sucediera otra desventura que a la sazón de que voy hablando le sobrevino, y fue la siguiente:
XLI. Informado Milcíades de que los fenicios se hallaban ya en Ténedos, cargando luego cinco galeras de cuantas riquezas y preciosidades tenía a mano, hízose con ellas a la vela para Atenas.[112] Salido, pues, de la ciudad de Cardia, iba navegando por el golfo Melas, costeando el Quersoneso, cuando con sus galeras se dejaron caer sobre él los fenicios. Por más caza que le daban, pudo Milcíades escaparse con cuatro de sus naves y acogerse a Imbros; pero fue apresada la quinta, en la que iba por capitán Metíoco, su hijo mayor, habido, no en la hija del rey de Tracia Óloro, sino en otra esposa. Sabedores los fenicios de que el capitán de la nave apresada era hijo de Milcíades, le presentaron al rey creídos de que iban a hacerle en ello el más grato obsequio, por cuanto Milcíades había sido el que dio a los señores de la Jonia el voto de que lo mejor era condescender con los escitas, cuando estos les pedían que, disuelto el puente de barcas, diesen la vuelta a su patria. Darío, después de que tuvo en su poder a Metíoco, hijo de Milcíades, presentado por los fenicios, no solo no le trató como enemigo, sino que le colmó de tantas mercedes, que le dio casa y bienes, casándolo con una señora persa, y los hijos que en ella tuvo son reputados como persas.
XLII. Partido Milcíades de Imbros, llegó salvo hasta Atenas. Los persas no hicieron en aquel año otra hostilidad ni violencia en castigo de los jonios, antes tomaron acerca de ellos unas providencias muy útiles y humanas, pues aquel año fue cuando Artafrenes, virrey de Sardes, convocando a los diputados de las ciudades de la Jonia, les obligó a que hiciesen entre ellos sus estatutos y tratados a fin de ajustar en juicio las diferencias mutuas y no valerse en adelante del derecho de las armas unos contra otros pasándolo todo a sangre y fuego.[113] Obligado que los hubo a convenir en estos pactos, mandó Artafrenes medir sus tierras por parasangas, medida persa así llamada que contiene 30 estadios. Medido así todo el país, señaló en particular los tributos, que se han mantenido hasta mis días en aquella regulación de Artafrenes, la misma casi que ya de antes estaba impuesta.
XLIII. Todo estaba, pues, en Jonia tranquilo y sosegado. Al principio de la siguiente primavera,[114] retirados por orden del rey los demás generales, bajó Mardonio hacia las provincias marítimas conduciendo un gran ejército de mar y tierra. Era este joven general hijo de Gobrias, y estaba recién casado con una princesa hija de Darío, llamada Artozostra. En Cilicia, adonde había llegado al frente de su ejército, entró a bordo de una nave y navegó con toda la escuadra, señalando otros caudillos que condujesen las tropas de tierra al Helesponto. Después que costeada el Asia Menor se halló Mardonio en la Jonia, siguió en ella una conducta tal que bien sé que, referida aquí, ha de parecer una cosa sorprendente a aquellos griegos que no quieren persuadirse que Ótanes, uno de los septemviros confederados contra el Mago, fuese de parecer que entre los persas debiese instituirse un estado republicano; porque lo que hizo allí Mardonio desde luego fue deponer a todos los señores de la Jonia y sustituir en todas las ciudades la democracia o gobierno popular.[115] Tomadas estas providencias, se dio mucha prisa en llegar al Helesponto. Después que en él se hubo juntado una prodigiosa armada y asimismo un ejército numeroso, pasaron las tropas embarcadas al otro lado del Helesponto, y de allí continuaron marchando camino de Eretria y de Atenas.
XLIV. Era, en efecto, el pretexto de aquella expedición el hacer la guerra a las dos ciudades mencionadas; pero el intento principal no era menos que el de conquistar para la corona todas las ciudades de la Grecia que pudiesen. Desde luego con la armada sujetaron a los de Tasos, los cuales ni aun osaron levantar un dedo contra los persas: con el ejército de tierra agregaron a los macedonios[116] a los vasallos que allí cerca tenían; pues ya antes les reconocía por señores todas aquellas naciones vecinas que moran más acá de la Macedonia. Dejando vencida a Tasos, iba la armada naval costeando el continente que está frontero, hasta que aportó en Acanto.[117] Salida después de allí, y procurando vencer el cabo del monte Atos, se levantó contra las naves el viento Bóreas con tal ímpetu y vehemencia, que arrojó un gran número de ellas contra dicho promontorio, donde es fama que trescientas fueron a estrellarse, pereciendo en ellas más de veinte mil personas; pues como aquellos mares abundan de monstruos marinos, muchos de los náufragos cerca de Atos fueron de ellos arrebatados y comidos; muchos perecieron arrojados contra las peñas; algunos por no saber nadar se ahogaban, y otros morían de puro frío. Tal desventura cargó sobre aquella armada.
XLV. El ejército de tierra se hallaba a la sazón atrincherado en Macedonia, cuando los brigos,[118] pueblos de la Tracia, embistieron en la oscuridad de la noche contra las tropas de Mardonio, logrando matar mucho número de ellas, y aun herir al mismo general, bien que esta sorpresa nocturna no pudo librarles del yugo y servidumbre de los persas, no habiéndose retirado Mardonio de aquellos contornos hasta tanto que hubo rendido y domado a los brigos. Vencidos estos, pensó luego con todo en volver atrás con su ejército entero, obligado a ello así por la pérdida que sus tropas terrestres habían sufrido en la pasada refriega con los brigos, como por el gran naufragio que la armada había padecido en el promontorio Atos. Malograda con esto la jornada, se retiró al Asia todo el ejército con mucha mengua y pérdida de su reputación.