Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 7
CXXI. Recobráronse los carios de su pérdida después de este destrozo, volviendo de nuevo a pelear. Saben que los persas se disponen a llevar las armas contra sus plazas, y les arman una emboscada en el camino que va a Pédaso. Salioles bien el artificio, porque habiendo dado de noche los persas en la celada, fueron pasados a filo de espada, y con sus tropas perecieron desgraciadamente los generales Daurises, Amorgas y Sisímacas, y con ellos asimismo Mirso, hijo de Giges. El adalid y autor principal de la emboscada fue un ciudadano de Milasa, llamado Heraclides, hijo de Ibanolis.
CXXII. Así murieron aquellos persas. Himayes, otro de los generales empleado en llevar las armas contra los jonios que invadieron a Sardes, se apoderó de Cío,[88] ciudad de Misia, echándose con su gente hacia la Propóntide. Mas dueño ya de la mencionada plaza, apenas supo que Daurises, dejando el Helesponto partía con sus tropas para Caria, condujo su gente al mismo Helesponto, donde además de todos los eolios situados en la región de la Ilíada, logró rendir a los gergites,[89] que son las reliquias de los antiguos teucros. Pero no sobrevivió Himayes a las conquistas de estas naciones, muerto de una enfermedad que en su curso le arrebató.
CXXIII. El virrey mismo de Sardes, Artafrenes, y en su compañía Ótanes, que era el tercero entre los generales ocupados en hacer la guerra en la Jonia y en la Eólida comarcana con ella, tomaron dos ciudades, la de Clazómenas en la Jonia, y la de Cime,[90] plaza de los eolios.
CXXIV. Al tiempo que caían dichas ciudades en poder del enemigo, el milesio Aristágoras, que sublevando la Jonia había llevado las cosas al último punto de perturbación, mostrose hombre de corazón poco constante en las adversidades, pues al ver lo que pasaba, pareciéndole ser enteramente imposible que pudiese ser vencido el rey Darío, solo pensó cómo podría escapando poner en salvo su persona. Llamando, pues, a consulta sus partidarios, les dice: que juzgaba por lo más acertado procurar ante todo tener prevenida y pronta una buena retirada a donde se refugiaran, si acaso la necesidad les obligase a desamparar a Mileto; que decidieran si sería mejor conducir una colonia de milesios a Cerdeña, o bien a Mircino, plaza situada en los edonos, que había fortificado Histieo después de recibirla de mano y gracia de Darío. Tal era la propuesta sobre que consultaba Aristágoras.
CXXV. Hallábase en la consulta el docto historiador Hecateo, hijo de Hegesandro, cuyo parecer era de no enviar la colonia a ninguna de las dos partes propuestas, sino de que Aristágoras levantase antes una fortaleza en la isla de Leros, y en caso de ser echado de Mileto, estuviese quieto entretanto en aquella guarida, desde cuya fortaleza pudiese salir después para recobrar su patria: este fue el parecer de Hecateo.
CXXVI. Mas el partido a que más se inclinaba Aristágoras era al de llevar una colonia a Mircino. Encargando con esto el gobierno de Mileto a uno de los sujetos más acreditados de la ciudad, por nombre Pitágoras, él mismo en persona toma consigo a los ciudadanos todos que se ofrecen a seguirle, y se hace con ellos a la vela para la Tracia, donde se apoderó del país deseado. Después de esta conquista, como salido de su plaza con su gente de armas, estuviese sitiando a otra ciudad de los tracios,[91] pereció allí Aristágoras con toda su tropa a manos de los bárbaros, por más que pretendiera salvarse por medio de una capitulación.
LIBRO SEXTO.
ÉRATO.
Histieo continúa induciendo a los jonios a batirse contra los persas, pero estos procuran dispersar su armada por medio de las instigaciones de sus antiguos señores: derrota de la armada jonia: toma de Mileto. Histieo, hecho pirata, cae en poder de los medos, los cuales se apoderan de las ciudades jónicas y del Quersoneso, abandonado por Milcíades, que se había alzado con su dominio. La armada persa se dirige contra Atenas y naufraga al pie del Atos. Los de Egina se entregan a los persas, por cuyo motivo trata el rey de Esparta de castigarlos. — Origen de los reyes de Esparta, y deposición del rey Demarato: artificios de Cleómenes contra este, descubiertos los cuales huye de Esparta. — Los eginetas hacen nuevos insultos a los atenienses, los cuales consiguen derrotarlos en una batalla naval. — Atacan los persas a Eretria, y se apoderan de ella por traición. Continúan los persas contra Atenas y avanzan hasta Maratón. Los atenienses les salen al encuentro, al mando de diez generales. Batalla de Maratón. Dudas acerca de la lealtad de los Alcmeónidas y aventuras de esta familia. Milcíades, célebre desde la batalla de Maratón, es acusado por no haber tomado a Paros, y absuelto de la pena capital por la conquista de Lemnos, que hiciera en otro tiempo.
I. Tal fue el fin que tuvo Aristágoras, el que había sublevado la Jonia. Durante estos sucesos había ya vuelto a Sardes, conseguida licencia de Darío, Histieo, señor de Mileto, a quien apenas acabado de llegar de Susa preguntó Artafrenes, virrey de Sardes, qué le parecía aquella rebelión y cuál habría sido el motivo de ella. Fingiendo Histieo que nada sabía, y maravillándose del estado presente de las cosas, respondiole que todo le cogía de nuevo. Pero bien enterado Artafrenes del principio y trama del levantamiento, y viendo la malicia y disimulo con que respondía aquel: «Histieo, le replicó, esos zapatos que se calzó Aristágoras, se los cortó y cosió Histieo», aludiendo en esto y zahiriendo al primer móvil de aquella revolución.
II. Histieo, pues, no asegurándose de Artafrenes como de quien estaba ya sabedor de la verdad, venida apenas la noche se fue huyendo hacia el mar y dejó burlado al rey Darío; porque bien lejos de conquistar a la corona la isla de Cerdeña, la mayor de cuantas hay en el mar, según lo tenía prometido, marchó a ponerse al frente de los jonios, como generalísimo en la guerra contra el persa. Con todo, los de Quíos, a donde pasó luego, teniéndole por espía doble de Darío, enviado con la oculta mira de intentar contra ellos alguna novedad, le pusieron preso; aunque poco después, informados mejor de la verdad, y sabiendo cuán grande enemigo era del rey, le dejaron otra vez libre y suelto.
III. Reconvenido entonces Histieo por los jonios por qué con tantas veras había mandado decir a Aristágoras que se levantase contra el rey, sublevación que tanto estrago y desventura había acarreado a la Jonia, se guardó muy bien de descubrirles el motivo verdadero que en aquello había tenido, sino que con un engaño procuró alarmarles de nuevo, diciéndoles que lo había hecho por haber sabido que el rey Darío estaba resuelto a que los fenicios pasasen a ocupar la Jonia, y los jonios fuesen trasplantados a la Fenicia,[92] y que esta había sido la causa de habérselo así mandado. Al rey no le había pasado tal cosa por la cabeza; mas con aquel terror imaginario turbaba Histieo a la Jonia.
IV. Poco después de esto envió Histieo a Sardes un mensajero de nación atarnaita, llamado Hermipo, con cartas dirigidas a ciertos persas con quienes tenía de antemano tramada una sublevación.[93] Hermipo, en vez de entregar las cartas a aquellos a quienes iban destinadas, se presentó en derechura a Artafrenes y se las puso en las manos. Cerciorado este de la oculta conjuración, manda a Hermipo que, tomando otra vez sus cartas, las entregue a quien van de parte de Histieo, pero que recogidas las respuestas de los persas a este, las vuelva a poner en sus manos antes de partir con ellas. Descubierta de este modo la secreta conspiración, ajustició el virrey Artafrenes a muchos persas.
V. Luego que sucedió en Sardes esta novedad, viendo Histieo desvanecidas sus esperanzas, logró de los de Quíos, con sus ruegos e instancias, que le llevasen a Mileto. Los milesios, que con particular gusto y satisfacción poco antes se habían visto libres de Aristágoras, estaban muy ajenos a la sazón de recibir en casa y de voluntad propia a ningún otro señor, mayormente después de haber gustado lo dulce y sabroso de la libertad. Habiendo, pues, Histieo intentado entrar de noche y a viva fuerza en Mileto, salió herido en un muslo de mano de un milesio, sin lograr el objeto de su tentativa. Echado de su ciudad este antiguo señor, da la vuelta a Quíos, de donde no pudiendo inducir a aquellos naturales a que le confiasen sus fuerzas de mar, pasó a Mitilene, y allí pudo lograr de los lesbios que le dieran su armada. Llevando, pues, estos a bordo a Histieo, fuéronse hacia Bizancio con ocho galeras bien tripuladas y armadas. Apostados con sus naves en aquel estrecho, íbanse apoderando de cuantas embarcaciones venían del Ponto, si no se declaraban de su voluntad prontas a seguir el partido de Histieo.
VI. En tanto que guiados por Histieo se ocupaban en esto los de Mitilene, hallábanse los milesios amenazados de un poderoso ejército por mar y tierra que de día en día allí se esperaba, sabiéndose que los jefes principales de los persas, unidas ya sus tropas en un solo cuerpo, sin curarse de las demás pequeñas ciudades enemigas, se dirigían hacia Mileto. La mayor fuerza de la armada naval del persa consistía en los fenicios, con quienes concurrían armados los de Chipre, poco antes subyugados, como también los de Cilicia y los de Egipto, cuyas fuerzas de mar venían todas contra Mileto y lo restante de la Jonia.
VII. Informados los jonios de la expedición prevenida, enviaron al Panionio sus respectivos diputados para tener en él su congreso. Después de bien deliberado el asunto, acordaron allí reunidos, que no sería del caso juntar tropas de tierra para resistir al persa; que lo mejor era que defendiendo los milesios por sí mismos aquella plaza, armasen los jonios sus escuadras todas, sin dejar una sola nave ociosa, y que así armados lo más pronto que posible fuera se juntasen para cubrir y proteger a Mileto en la pequeña isla de Lade,[94] que viene a estar frontera a la misma ciudad.
VIII. De resultas de dicha resolución, los jonios, a quienes se habían unido los eolios de Lesbos, se juntaron allí con sus naves bien armadas. El orden con que se formaron fue el siguiente: por la punta de levante dejábanse ver los milesios con 80 naves propias; seguíanles los de Priene con 12 naves, y los de Miunte con 3 solamente; a estos se hallaban contiguos con sus 17 naves los de Teos, y a estos los de Quíos con 100 embarcaciones. Venían después por su orden los eritreos y los foceos, estos con solas 3 galeras, aquellos con 8; a los de Focea estaban los lesbios inmediatos con 70 naves, y los samios con 60 cerraban la extremidad de poniente.[95] De suerte que la suma de naves recogidas en la armada jonia subió A 353 galeras.
IX. El número de las naves bárbaras era de 600, y luego que aparecieron en las costas de Mileto, al oír los generales persas que tenían allí cerca reunido el ejército de tierra, el gran número de galeras en la armada jonia, se llenaron de pavor y espanto, desconfiando de poder salir victoriosos contra ellas, y sumamente temerosos de que no siendo superiores en el mar no podían llegar a rendir a Mileto, y de que no rindiendo la plaza se verían en peligro de ser por ello castigados por orden de Darío. Llevados, pues, de estos temores, determinaron juntar los señores de la Jonia que echados de sus respectivos dominios por el milesio Aristágoras, y refugiados antes a los medos, venían entonces en la armada contra Mileto, y juntos todos los que en ella se hallaron, les hablaron así los generales persas: «Este el tiempo, señores jonios, en que acredite cada uno de vosotros su fidelidad al soberano, y su amor a la real casa: es menester que cada cual por su parte procure apartar a sus vasallos del cuerpo y liga de los conjurados en esta guerra. Para esto debéis ante todo ganarles con buenas razones, prometiéndoles que por su rebelión no tienen que temer castigo ni disgusto alguno, y asegurándoles que ni entregaremos al fuego sus templos, ni al saco sus cosas profanas y particulares, ni los gravaremos con nuevos pechos diferentes de los que ahora tienen. Pero si viereis que no quieren separarse de los rebeldes, empeñados de todo punto en entrar a la parte en la batalla, en tal caso les amenazaréis en nuestro nombre, pintándoles lo que se les espera de nuestra ira y venganza; que cogidos prisioneros de guerra, serán vendidos por esclavos, que sus hijos serán hechos eunucos, sus doncellas trasportadas a Bactria, y su país entregado a otros habitantes».
X. Prevenidos por los persas los tiranos de la Jonia, luego que vino la noche envió cada uno de ellos a sus antiguos vasallos quien de su parte con el referido aviso les solicitase a separarse. Pero los jonios, a cuyos oídos llegó aquella prevención, persuadidos de que a ellos solos y no a los demás pueblos de la liga la dirigían los persas, mirando la cosa con desprecio no se movían a consentir en la traición propuesta. Esto fue lo primero que intentaron los persas llegados a Mileto.
XI. Juntos ya en Lade los jonios, empezaron desde luego sus asambleas, en las cuales uno de los muchos oradores que hablaban en público, fue el general de los foceos llamado Dionisio, que así les arengó: «La balanza está ya al caer, jonios míos; anda en ella suspensa nuestra suerte, y de su caída dependerá el que nosotros quedemos independientes y libres, o que nos veamos tratados como esclavos, y como esclavos fugitivos. Si queréis, pues, al presente poneros en movimiento por un poco de tiempo, será necesaria de contado alguna mayor molestia, pero el fruto de vuestro breve trabajo será sin duda la victoria del enemigo, y el premio de la victoria vuestra libertad. Pero si en esta ocasión queréis economizaros demasiado, viviendo sin orden y a vuestras anchuras, en verdad os digo que no espero hallar medio alguno, ni aun alcanzo cuál pudiera darse para librarnos después de las garras del rey y de la pena debida a unos rebeldes. Esto no, amigos, nunca; creedme mejor a mí, teniendo por bien dejaros en mis manos; que yo con el favor del cielo os aseguro en tal caso una de dos, o que el enemigo no osará entrar en batalla con vosotros, o que si entra saldrá muy descalabrado y roto».
XII. Dóciles a estas razones los jonios, se pusieron a las órdenes de Dionisio, quien con la mira de ejercitar a los remeros, formando la escuadra en dos alas, la sacaba de continuo en alta mar, y a fin de tener en armas a la tropa naval, hacía asimismo que arremetiesen unas galeras con otras. Lo restante del día después de dichas escaramuzas obligaba a las tropas a pasarlo a bordo, ancladas las naves, de suerte que los días enteros tenía a los jonios en continuo ejercicio y fatiga. Como por espacio de siete días hubiesen ellos hecho a las órdenes de Dionisio lo que les mandaba, viéndose ya molidos al octavo con tanto trabajo, y acosados de los rayos del sol, como gente no hecha a la fatiga, empezaron unos a otros a decirse: «¿Qué fatalidad es esta, o qué crimen tan enorme hemos cometido para darnos a tan desastrada vida? ¿Y no somos unos insensatos que perdido el juicio nos entregamos a merced de un foceo fanfarrón, que por tres naves que conduce se nos levanta con el mando, entregándonos a intolerables afanes? Visto está que no ha de dejarnos aliento, pues ya muchos de la armada han enfermado de puro cansancio, y muchos más, según toma el sesgo, vamos en breve a hacer lo mismo. Por vida de Hades, antes que pasar por esto vale más sufrirlo todo. Menor mal será aguantar la servidumbre del persa, venga lo que viniere, que estarnos aquí luchando con esta miseria y muerte cotidiana. Vaya enhoramala el foceo, y ruin sea quien a ese ruin de hoy más le obedeciere». Esto iban diciendo, y en efecto desde aquel punto ni uno solo se halló que quisiese darle oídos, sino que todos, plantadas sus tiendas en dicha isla al modo de un ejército acampado, sin querer subir a bordo ni volver al ejercicio, descansaban a la sombra.
XIII. Entretanto, los generales samios, viendo lo que los jonios hacían, se decidieron a aceptar el partido que Éaces, hijo de Silosonte, de orden de los persas les había hecho proponer, pidiéndoles por medio de un enviado que se apartasen de la alianza de los jonios. Viendo, pues, los samios el gran desorden que reinaba en la armada jonia, y pareciéndoles al mismo tiempo imposible que las armas del rey no saliesen al cabo victoriosas, por cuanto Darío, aun en caso de que su armada presente fuese derrotada, tendría en breve a punto otra cinco veces mayor, resolviéronse a admitir la mencionada propuesta. Estando en este ánimo, apenas vieron que no querían los jonios hacer su deber en aquella fatiga, cuando valiéndose de la ocasión echaron mano de aquel pretexto a fin de poder conservar, separándose de la liga, sus templos y bienes propios. Era este Éaces, cuya proposición aceptaron los de Samos, un príncipe hijo de Silosonte[96] y nieto de Éaces, señor de Samos, que había sido privado de sus estados por manejo del milesio Aristágoras, del mismo modo que los otros señores de la Jonia.
XIV. Cuando los fenicios presentaron la batalla, saliéronles a recibir los jonios formados en dos alas. Llegadas a tiro las armadas y empezada la acción, no puedo de fijo decir cuáles fueron los jonios que se portaron bien, y cuáles los que obraron mal en la refriega, pues los unos culpan a los otros, y todos se disculpaban a sí mismos. Es fama que entonces los samios, según con Éaces lo tenían concertado, saliéndose de la línea a velas tendidas, se fueron navegando hacia Samos, no quedando más que once naves de su escuadra. Los capitanes de estas últimas, no habiendo querido obedecer a sus generales y manteniéndose en su puesto, entraron en batalla; y el común de los samios, en atención a este hecho, les honró después haciendo que se grabasen en una columna los nombres de los mismos capitanes y los de sus padres, queriendo dar en aquel monumento un público testimonio de que fueron hombres de bien y de mucho valor. Viendo los lesbios que los que tenían inmediatos huían de la batalla, hicieron lo mismo que los samios, imitándoles la mayor parte de los jonios.
XV. Los que más padecieron de cuantos quedaron peleando fueron los de Quíos, haciendo proezas de valor, sin perdonar esfuerzos contra el enemigo, ni desmayar un punto en el combate, siendo 100 sus galeras, y llevando cada una 40 ciudadanos de tropa escogida para la pelea. Bien veían que muchos de los aliados les vendían pérfidamente; pero no queriendo parecérseles en la cobardía y ruindad, por más que se viesen desamparados, con todo, con los pocos aliados que les quedaban continuaron en avanzar, embistiendo contra las naves enemigas, prendiendo muchas de ellas, pero perdiendo el mayor número de las suyas, hasta que se hicieron a la vela con las que les quedaban, huyendo hacia su patria.
XVI. Perseguidas por el enemigo algunas naves de su escuadra, que por destrozadas no se hallaban en estado de huir, tomaron la derrota hacia Mícala;[97] allí, varando en la playa y dejando en ella las galeras, salva ya la tripulación, íbase a pie por tierra firme. Caminaban los marineros de Quíos por la señoría de Éfeso, y llegados ya de noche cerca de la dicha ciudad, quiso su desgracia que las mujeres del país estuviesen allí ocupadas en celebrar a Deméter legisladora un sacrificio llamado Tesmoforia. Los efesios, que nada habían oído todavía de lo sucedido a los de Quíos, y que viendo aquella tropa entrada por su tierra, la tenían por una cuadrilla de salteadores que venían a robarles las mujeres, saliendo luego todos levantados en masa a socorrerlas, acabaron con los pobres marineros de Quíos: ¡tanta fue su desventura!
XVII. Pero volviendo al bravo Dionisio el foceo, después que vio los asuntos de los jonios de todo punto perdidos en la batalla, habiéndose en ella apoderado de tres naves enemigas, se partió de allí con ánimo de no volver a Focea, su patria, pues bien visto tenía que ella con toda la Jonia sería al cabo hecha esclava de los persas. Resolvió, pues, tomar desde allí el rumbo hacia la Fenicia, donde como se hubiese apoderado de muchas naves de carga, rico ya con tantos despojos, las echó a fondo y se hizo a la vela para Sicilia. Allí se dio a la piratería, saliendo a menudo de aquellos puertos, sin tocar empero a ningún barco griego, y apresando a todos los cartagineses y toscanos que podía coger.
XVIII. Vencedores los persas de los jonios en la batalla naval, bien presto sitiaron por mar y tierra a Mileto, plaza que al sexto año de la sublevación de Aristágoras tomaron a viva fuerza, combatiéndola con todo género de máquinas y arruinando las murallas con sus minas. Una vez rendida la ciudad, hicieron esclavos a sus vecinos, viniendo con esto a descargar sobre Mileto la calamidad que el oráculo les había pronosticado.
XIX. Es de saber que consultando en cierta ocasión los argivos en Delfos acerca de la conservación de su propia ciudad, se les había dado un oráculo, no peculiar a ellos únicamente, sino perteneciente también a los de Mileto, pues dirigido en parte a los de Argos, a lo último llevaba una adición para los Milesios. Referiré la parte del oráculo que tocaba a los argivos, cuando en su propio lugar diere razón de sus asuntos: la parte que miraba a los milesios, que no se hallaban allí presentes, estaba concebida en estos términos: «Entonces, oh Mileto, máquina llena de maldad, serás cena y espléndida presa para no pocos, cuando tus damas laven los pies de cabelluda raza; ni faltarán otros que adornen en Dídima mi templo». Todos estos males vinieron entonces, en efecto, sobre los milesios, cuando los más de los hombres de la ciudad murieron a manos de los persas, que solían criar su pelo largo; cuando las mujeres e hijos de aquellos fueron reducidos a la condición de esclavos; cuando, finalmente, el templo de Apolo en Dídima, de cuya riqueza llevo ya hecha mención en diferentes puntos de mi historia, fue con su capilla y con su oráculo dado al saco y a las llamas.[98]
XX. Hechos, pues, prisioneros los milesios, fueron desde su patria llevados a Susa. El rey Darío, sin ejecutar en ellos otro castigo diferente, los colocó cerca del mar Eritreo en Ampe, ciudad por la cual pasa el río Tigris, que desagua en el mar. Las heredades suburbanas de Mileto las tomaron para sí los persas, dando las tierras altas del país a los carios de Pédasa.
XXI. No hallaron los milesios en su desventura recibida de manos de los persas la debida compasión y correspondencia en los sibaritas que habitan al presente las ciudades de Lao y de Escidro,[99] después que fueron privados de su antigua patria, la ciudad misma de Síbaris; pues habiendo sido esta tomada por los de Crotona tiempos atrás, mostraron tanta pena los milesios de aquella desventura, que los adultos todos se cortaron el pelo, siendo dichas ciudades las más amigas y las más unidas en buenos oficios de cuantas tenga yo noticia hasta aquí. Muy diferentemente obraron en este punto los de Atenas, quienes, además de otras muchas pruebas de dolor que les causaba la pérdida de Mileto, dieron una muy particular en la representación de un drama compuesto por Frínico, cuyo asunto y título era la toma de Mileto; pues no solo prorrumpió en un llanto general todo el teatro, sino que el público multó al poeta en mil dracmas por haberle renovado la memoria de sus males propios, prohibiendo al mismo tiempo que nadie en adelante reprodujera semejante drama.