Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 4

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LXIV. De resultas de este destrozo enviaron los lacedemonios contra Atenas segunda armada, más numerosa que la primera, conducida por su rey Cleómenes, hijo de Anaxándridas, embistiendo a los enemigos no por mar como antes, sino por tierra. Fue entonces también la caballería tesalia la primera en trabar el choque con los lacedemonios, apenas entrados en el Ática; pero sin hacerles mucha resistencia volvió luego las espaldas, y dejando caídos en el campo a más de cuarenta de los suyos, volvieron los demás en derechura a Tesalia. Llevando consigo Cleómenes a los atenienses que se declaraban por la libertad de la república, y llegándose a la ciudad de Atenas, empezó a sitiar a los tiranos, que se habían retirado al fuerte pelásgico.

LXV. No era natural que fueran los Pisistrátidas en aquella sazón echados de la patria por los lacedemonios, así porque estos no llevaban ánimo por su parte de emprender un largo sitio, como por hallarse aquellos por la suya bien apercibidos de víveres para resistirlo; antes era sin duda lo más probable, que después de unos pocos días de asedio partieran otra vez hacia Esparta: entonces cierto acaso ocasionó la ruina a los sitiados y dio justamente a los sitiadores la victoria, porque quiso la fortuna que los tiernos hijos de los Pisistrátidas, al tiempo de ser llevados fuera del país para su resguardo y seguridad, diesen en manos de los enemigos. Este acaso de tal manera desconcertó las miras de los sitiados y abatió sus bríos, que vinieron en ajustar el rescate y libertad de sus hijos con las condiciones que quisieron imponerles los atenienses, las cuales fueron que dentro del término de cinco días salieran del Ática los sitiados. Habiendo, pues, reinado en Atenas por espacio de 36 años, salieron de ella y se retiraron a Sigeo, ciudad situada sobre el río Escamandro. Eran los Pisistrátidas oriundos de Pilos y descendientes de los Nélidas, de quienes vinieron asimismo Codro y Melanto, primeros reyes extranjeros que hubo en Atenas:[37] de suerte que el motivo de que Hipócrates pensase en poner a su hijo el nombre de Pisístrato fue la memoria de que se llamó Pisístrato el hijo de Néstor, queriendo que del mismo modo se llamase también el suyo. En suma, del modo referido se vieron libres los atenienses de la tiranía; pero quiero añadir cuanto este pueblo, puesto ya en libertad, hizo o padeció digno de la historia, antes que la Jonia se sublevase contra Darío y viniera con esta ocasión a Atenas Aristágoras el milesio para pedirles ayuda y socorro.

LXVI. Después que Atenas, ciudad ya de antes muy grande, arrojó de sí a sus tiranos, vino a hacerse mucho mayor. Dos eran en ella los jefes y partidarios que más poder y mando tenían: uno Clístenes, de la familia de los Alcmeónidas, de quien dice la fama que supo sobornar a la Pitia; el otro Iságoras, hijo de Tisandro, sujeto de una casa verdaderamente ilustre, aunque ignoro de qué raza saliesen sus antepasados: sé únicamente que suelen los de su parentela sacrificar a Zeus el Cario, de quien son muy devotos.[38] Estos dos eran, pues, los caudillos de dos facciones en la república. Hallábase Clístenes abatido; mas habiendo sabido ganarse después a la plebe, logró formar diez _philas_ (o tribus), de cuatro que solo había primero en todo el estado. Quitó, pues, los nombres que tenían antes las cuatro _philas_ tomadas de los hijos de Ion, que eran antes los de los geleontes, de los egícoras, de los argades y de los hopletes,[39] y en lugar de ellos introdujo los nombres de otros héroes patrios con que distinguir sus nuevas _philas_, a excepción de Áyax solo, cuyo nombre añadió a los demás por haber sido vecino y aliado de los atenienses.

LXVII. Mucho habría de engañarme si no quiso nuestro Clístenes imitar en esta parte a su abuelo materno Clístenes, que había sido señor de Sición.[40] Después de haber guerreado con los argivos, el viejo Clístenes procuró dos cosas en descrédito de sus enemigos, una quitar de Sición un certamen que hacían en ella los rapsodas[41] recitando los versos de Homero, a causa de ser en tales versos los argivos los que se llevaban entre todos la palma de los elogios del poeta; la otra ver cómo podría acabar al fin con el culto que daban los sicionios a Adrasto, hijo de Tálao, cuyo templo tenían levantado en su misma plaza por ser argivo. Consultó, pues, en un viaje que hizo a Delfos, «si sería razón echar a Adrasto de la ciudad»; pero tuvo la mortificación de oír de boca de la Pitia esta respuesta en tono de oráculo: «Que Adrasto había sido rey de los sicionios y él era el verdugo de ellos». Viendo que no condescendía Apolo con su pretensión, vuelto de su romería empezó a discurrir de qué medio se valdría para lograr que el héroe Adrasto se fuese por sí mismo de la ciudad. Después que le pareció haber dado ya con un buen arbitrio para salir con su intento, dirige enviados a Tebas de Beocia, y manda decir a aquellos ciudadanos que su deseo sería poder restituir a Sición al hijo de Ástaco, llamado Menalipo. Obtiene tal gracia de los tebanos,[42] y habiendo restituido a Menalipo erigió para él un templo en el mismo pritaneo, y fijó allí su estancia en un sitio muy fortificado. El motivo que tenía Clístenes para restituir a Menalipo, puesto que es preciso que aquí se declare, no era otro que el haber sido este el mayor enemigo de Adrasto, a cuyo hermano Mecisteo y a su yerno Tideo había dado la muerte. Luego que tuvo edificado su nuevo templo, quitó Clístenes los sacrificios y fiestas que solían hacerse a Adrasto y los apropió a Menalipo. Era antes realmente grande la solemnidad y culto con que solían los sicionios venerar a Adrasto, movidos a ello por saber que su región en lo antiguo había sido de Pólibo, de cuya hija habiendo nacido Adrasto, fue declarado heredero del reino, por haber muerto Pólibo sin sucesión varonil. Entre otras honras que tributaban a Adrasto los de Sición, una era la representación de sus desgracias en unos coros o danzas trágicas,[43] de modo que sin tener coros consagrados a Dioniso festejaban ya con ellos a su Adrasto: manda, pues, Clístenes que se conviertan aquellos coros en cantos de Dioniso, y lo demás de la fiesta y de los sacrificios en honra de Menalipo, en lo cual vinieron a parar todas las maquinaciones de Clístenes contra Adrasto.

LXVIII. Hizo aún más contra los argivos. Mantenían los sicionios en sus _philas_ los mismos nombres que tenían los argivos en las suyas: muda, pues, Clístenes el nombre a las _philas_ sicionias, de suerte que las puso muy en ridículo; porque sacando aparte a los de su misma _phila_, a quienes dando un nombre tomado de la voz _arjé_ (principado) llamó _arquelaos_ (príncipes del pueblo), dio a las otras _philas_ nombres sacados de las palabras _his_ (puerco) y _onos_ (asno), añadiéndoles únicamente la terminación derivada, de modo que a los unos llamó los _hiatas_, a otros los _oneatas_, y a los restantes los _xoireatas_ (porquerizos), nombres que los buenos sicionios mantuvieron en sus _philas_, no solo en el reinado de Clístenes, pero aun unos 60 años después de su muerte, hasta tanto que volvieron en sí, y trocando tales apodos, se llamaron _los híleas, los pánfilos, los dimanatas_, y los de la cuarta _phila_, tomando el nombre de Egialeo, hijo de Adrasto, hicieron llamarse _los egialeos_.[44]

LXIX. Como Clístenes el sicionio hubiese, pues, introducido esta novedad en las _philas_, Clístenes el ateniense, que siendo por su madre nieto del sicionio llevaba su mismo nombre, a lo que se me alcanza quiso imitar en este punto a su abuelo y tocayo, haciendo en descrédito y mengua de los jonios que las _philas_ de Atenas no retuviesen un nombre común con el de las suyas.[45] Atraído, pues, a su bando todo el vulgo de los atenienses, que antes le era muy contrario, aumentó el número de las _philas_ trocándoles a todas el nombre; así que en lugar de cuatro que antes eran los _philarcas_ (jefes de las tribus), instituyó diez, y a más de esto en cada _phila_ señaló diez _demos_[46] (o distritos). De donde resultó que su partido, habiéndose ganado así al pueblo bajo, fuera muy superior al de sus contrarios.

LXX. Pero Iságoras, su rival político, viéndose inferior a Clístenes, supo urdirle una buena. Acudió, pues, a la protección de Cleómenes, su antiguo huésped, y amigo ya desde el tiempo del sitio que este puso contra los hijos de Pisístrato: ni faltaban malignos que decían de Cleómenes haber sido buen compadre de Iságoras, a cuya mujer solía visitar a menudo. Cleómenes, por medio de un heraldo que destinó a Atenas, intimó a Clístenes que en compañía de otros muchos atenienses salieran de la ciudad, por ser así él, como los demás que nombraba, unos _enageas_ (o malditos y excomulgados), color que daba a su edicto por insinuación de Iságoras, pues los Alcmeónidas con los de su facción eran mirados en Atenas como reos de cierta muerte sacrílega, de la cual no habían sido cómplices Iságoras ni su bando.

LXXI. La acción por la que merecieron los Alcmeónidas la nota de malditos fue la siguiente: Había entre los atenienses un tal Cilón, famoso vencedor en los juegos olímpicos, convencido de haber procurado levantarse con la tiranía de Atenas, pues, habiendo reunido una facción de hombres de su misma edad, intentó apoderarse del alcázar de la ciudad. Pero como le hubiese salido mal la tentativa, refugiose Cilón a sagrado, cerca de la estatua de Atenea. Los prítanes de los naucraros (los presidentes de los magistrados) que a la sazón mandaban en Atenas, sacaron de aquel asilo a los refugiados bajo la fe pública de que no se les daría muerte: mas no obstante esta promesa se les hizo morir, de cuyo atentado se culpaba a los Alcmeónidas.[47] Este caso era antiguo y anterior a la época de Pisístrato.

LXXII. No contento Cleómenes con haber mandado echar de Atenas a Clístenes y a los demás proscritos, por más que estos se hubiesen ya ausentado, se presentó allá en persona con un pequeño cuerpo de tropas. Llegado a Atenas, exterminó luego de ella a 700 familias atenienses, las que Iságoras le fue sugiriendo: después de este primer paso emprendió abolir el Senado, y dar el mando y magistraturas a 300 sujetos partidarios todos de Iságoras. Amotinado de resultas de esta violencia el Senado y no queriendo estar a las órdenes de Cleómenes, ayudado este por Iságoras y por los de su partido, apoderose de la ciudadela, donde los atenienses de la facción contraria, habiéndole tenido sitiado por espacio de dos días, capitulando al tercero, convinieron en que los lacedemonios todos de la ciudadela salieran de allí bajo la fe pública del salvoconducto. Cumpliose a Cleómenes en esta salida el agüero que voy a referir: luego que subió al alcázar con ánimo de apoderarse de él, se fue en derechura al mismo camarín de la diosa (Atenea), como para visitarla pía y religiosamente. Al punto mismo que lo ve la sacerdotisa, levantada de su asiento, y antes que pasara el umbral del santuario, con tono fatídico: «Vuélvete atrás, le dice, lacedemonio forastero, vuélvete: ni pretendas entrar en este sagrario, donde no es lícito que entren los dorios». «Pues sábete, mujer, le responde Cleómenes, que yo no soy dorio sino aqueo».[48] De suerte que por no haber contado entonces con aquella mal augurada palabra «vuélvete atrás», tuvo después Cleómenes que dar la vuelta desgraciadamente con sus lacedemonios. A los demás de la ciudadela puestos luego en prisión, los condenaron a muerte los atenienses, y entre ellos a un ciudadano de Delfos llamado Timesiteo, de cuyo talento y primor en varias obras de manos habría muchísimo que decir. Todos murieron en la cárcel.

LXXIII. Llamados a su patria después de tales turbulencias Clístenes y las 700 familias perseguidas por Cleómenes, despacharon los atenienses sus embajadores a Sardes con la mira de hacer un tratado de alianza con los persas, previendo claramente la guerra que de parte de Cleómenes y de sus lacedemonios les amenazaba. Llegados, pues, a Sardes los diputados, y habiendo declarado la comisión de que venían encargados, preguntó el virrey de ella, Artafrenes, hijo de Histaspes, quiénes eran aquellos hombres que pretendían ser aliados del rey y en qué parte moraban. Habiendo los embajadores satisfecho a la pregunta, respondioles el virrey, en suma, que concluiría con los atenienses el tratado de alianza que se le pedía, con tal que quisieran darse a discreción al rey Darío, entregándole tierra y agua; pero que si no querían hacerlo les mandaba partir de allí. Tomando entonces acuerdo entre sí los embajadores sobre la respuesta, llevados del deseo de aquella alianza, le respondieron que se entregaban a Darío, motivo por el que a su regreso a la patria fueron mal vistos y murmurados.

LXXIV. En tanto que esto pasaba, sabiendo Cleómenes que los atenienses iban haciéndole por obra y de palabra todo el daño que podían, mandó juntar las milicias del Peloponeso entero, sin decir a qué fin las juntaba, el cual no era otro en realidad que el deseo de vengarse del pueblo de Atenas, dándole por señor a Iságoras que en su compañía había salido de la ciudadela. En efecto, a un mismo tiempo embistió Cleómenes a Eleusis con un ejército numeroso,[49] y los beocios de concierto con él tomaron a los últimos pueblos del Ática, que eran Énoe e Hisias, y los calcideos iban por otro lado talando el país de los de Atenas. Estos, si bien no sabían dónde acudir primero, salieron con todo armados contra los peloponesios que se hallaban en Eleusis, dejando para después la venganza de los beocios y calcideos.

LXXV. Estaban a la vista los dos ejércitos prontos ya para venir a las manos, cuando los corintios, que habían conocido la injusticia de aquella guerra, fueron los primeros que, mudando de parecer, comenzaron a dar la vuelta hacia su patria;[50] después de ellos retirose también el rey de los lacedemonios que conducía el ejército, Demarato, hijo de Aristón, por más que antes nunca hubiese sido de parecer contrario al de Cleómenes, y siendo así que hasta entonces solían los dos reyes juntos salir al frente de sus tropas: con esta ocasión y por dicha discordia hízose en Esparta una ley de que al salir el ejército nunca marchasen con él entrambos reyes, sino que exonerado uno de ellos de ir a campaña, se quedase en Esparta con uno también de los Tindáridas,[51] pues antes ambos Tindáridas, como patronos y dioses tutelares de sus reyes, iban siguiéndoles en el ejército. El éxito de la campaña fue que viendo los aliados que no venían los dos reyes de Lacedemonia y que los corintios habían ya desamparado el puesto, empezaron a desertar.

LXXVI. Era la cuarta vez que los dorios armados entraban en el Ática, pues dos veces fueron allá como enemigos, y dos como amigos en bien de la república de Atenas; pudiéndose contar con razón por la primera jornada hacia esta ciudad la expedición que hicieron los dorios cuando condujeron a Mégara una colonia en tiempo que Codro reinaba en Atenas. La segunda y la tercera fue cuando, con el designio de echar a los hijos de Pisístrato, pasaron allá desde Esparta con gente armada; la cuarta es la que acabo de referir, cuando con las tropas del Peloponeso se dejó caer Cleómenes sobre Eleusis. Bien afirmé, por tanto, que entonces por cuarta vez acometían los dorios a Atenas.

LXXVII. Desbaratado y deshecho tal ejército, sin haber obtenido resultado importante contra los atenienses, con ánimo de vengarse de sus enemigos, llevaron desde luego las armas contra los calcideos, en cuya ayuda y defensa habían ya los beocios salido hacia el Euripo.[52] Ven los atenienses a los beocios puestos en armas y resuelven acometerles antes que a los calcideos; y fue tal el ímpetu con que cargaron sobre ellos, que logrando una completa victoria, además de los muchos enemigos que dejaron tendidos en el campo, hicieron 700 prisioneros. Victoriosos, pasan a Eubea aquel mismo día, y dada una segunda batalla, segunda vez triunfan de sus enemigos. Fruto de esta victoria fue dejar en Eubea 4000 colonos atenienses, repartiendo entre estos las suertes y heredades de los hipobotas de Calcis; y los que entre los calcideos se llamaban con este nombre, que equivale al de caballeros, venían a ser los ciudadanos más ricos y opulentos. Por lo que mira a los prisioneros de guerra, así los de Calcis como los de Beocia, aunque luego de presos los tuvieron aherrojados, algún tiempo después los soltaron, recibiendo en rescate dos minas por cabeza. No obstante, suspendieron los cautivos en la ciudadela los grillos en que les habían tenido, y aún hoy día se ven colgados en aquellas paredes chamuscadas después por el medo, enfrente del camarín, por la parte que mira a poniente. De la décima de dicho rescate, dedicada en el templo, hicieron una _cuadriga_ de bronce, que al entrar en los portales de la fuerza se deja ver luego hacia mano izquierda con este epígrafe: «_La gente de Calcis con la gente de Beocia, presa por mano ática con belicoso brío, paga su merecido en calabozo y en férreas cadenas: de su diezmo logra Palas este carro_».

LXXVIII. Iban por fin los atenienses libres creciendo en poder de cada día, pues cosa probada es, no una sino mil veces, por experiencia, que el estado por sí más próspero y conveniente es aquel en que reina la isegoría o derecho y justicia igual para todos los ciudadanos. Viose bien esto en los atenienses, que no siendo antes, cuando vivían bajo el yugo de un señor, superiores en las armas a ninguna de las naciones, sus vecinas, apenas se vieron libres e independientes en un gobierno republicano, que se mostraron los más bravos y sobresalientes de todos en sus negocios y empresas de guerra. De donde aparece bien claro que, cuando trabajaban avasallados en pro de un señor despótico, huían de propósito el hombro a la carga, y que viéndose una vez libres y señores mismos, se esforzaban todos, cada cual por su parte, en acrecentar sus intereses y ventajas propias: en una palabra, no podían portarse mejor de lo que lo hacían.

LXXIX. Pero los tebanos, después de aquella pérdida, deseosos de volver el daño a los atenienses y de tomar de ellos venganza, enviaron consulta al dios Apolo, a la cual respondioles la Pitia: «que no pensasen poder por sí solos tomarse la satisfacción que deseaban, sino que les encargaba que consultando primero el asunto con Polifemo,[53] pidiesen ayuda a los más vecinos». Luego que los tebanos, a cuya asamblea los consultantes, vueltos ya de Delfos, daban razón de la citada respuesta, oyeron que era menester acudir a los más vecinos, se pusieron a discurrir de este modo: «Pues si ello es así, siendo nuestros más inmediatos vecinos los tanagreos, coroneos y tespieos, pueblos siempre hechos a seguir nuestras banderas y prontos a ser nuestros compañeros de armas, ¿a qué viene la prevención del oráculo de que les pidamos su asistencia y ayuda? ¿Quizá no será esto sino otra cosa la que quiere significar el oráculo?».

LXXX. Detenidos en su junta entre tales dudas y razones, uno que las oye, salta con este discurso: «Pues ahora me parece haber dado con el sentido de nuestro oráculo. Tengo entendido que fueron dos las hijas de Asopo, Teba y Egina;[54] paréceme, pues, que habiendo sido hermanas las dos, nos querrá decir Apolo en su respuesta, que acudamos los tebanos a los eginetas, pidiendo que quieran ser nuestros vengadores». Al punto los tebanos de la junta, a quienes pareció que no cabía interpretación más adecuada del oráculo, enviaron a los eginetas unos diputados que les pidieran su asistencia, convidándoles a la presa de orden del oráculo, pues que ellos eran sus más cercanos parientes. La respuesta que a los enviados dieron los eginetas, fue que los Eácidas irían allá en compañía de ellos.

LXXXI. Con el socorro de dichos Eácidas anímanse los tebanos a probar fortuna en la guerra; pero viéndose de nuevo mal parados en ella por los atenienses, envían otra vez diputados a Egina, que restituyendo a los eginetas sus Eácidas, en vez de ellos les pedían soldados. Implorados segunda vez los eginetas, llenos en parte de sí mismos y engreídos con su opulencia, y en parte no olvidados de su antiguo rencor contra los de Atenas, se resuelven a hacerles la guerra antes de declararla; y, en efecto, estando las tropas atenienses ocupadas contra los beocios, pasando de repente los eginetas al Ática en sus galeras, saquearon a Falero y a muchos otros pueblos de las costas, causando mucho perjuicio a los atenienses.

LXXXII. Bien será que diga ahora de qué principio nació la inveterada enemistad a que acabo de aludir entre atenienses y eginetas. Sucedió, pues, que negándose la campiña de los epidaurios a producir fruto y cosecha alguna, consultaron estos al oráculo de Delfos acerca de aquella calamidad y desventura. Respondió la Pitia a la consulta que como erigiesen dos estatuas nuevas, una a Damia y otra a Auxesia,[55] verían presto mejorar sus negocios. Instaron los epidaurios si sería bien hacerlas de bronce o de mármol: «Ni de bronce ni de mármol, dijo la Pitia, sino de dulce olivo». De resultas de este oráculo pidieron los epidaurios a los atenienses que les permitieran cortar en su tierra algunos olivos, persuadidos de que los olivos del Ática eran los más divinos y prodigiosos de todos, y aun se añade que en aquella época solo en Atenas y en ningún otro paraje se encontraban olivos. Vinieron gustosos los atenienses en conceder el permiso que se les pedía, pero con la condición de que ellos se obligasen a hacer todos los años sus ofrendas a Atenea la Políada,[56] y asimismo a Erecteo. Obligáronse a ello los epidaurios, lograron lo que pedían, hicieron los ídolos de olivo, y dedicados ya, volvió a dar fruto su campiña, y prosiguieron ellos en cumplir a los atenienses lo ofrecido.

LXXXIII. En el tiempo de que voy hablando obedecían todavía, como solían antes, los de Egina a los epidaurios, así en todo lo político como en la jurisdicción de los tribunales; de suerte que los eginetas acudían al foro de Epidauro en sus pleitos y acciones para pedir y responder en justicia. Pero desde aquella época,[57] viéndose los eginetas con gran número de naves, fueron levantándose a mayores, y negando sin razón alguna la obediencia a los epidaurios, empezaron a hacerles cuanto mal cabía como a sus mayores enemigos; y siéndoles superiores en la marina, sucedió que pudieron robar a los epidaurios aquellos ídolos de Damia y de Auxesia, los cuales, transportados a la isla, fueron colocados en medio de ella en un lugar llamado Oya, que viene a distar como veinte estadios de la misma ciudad de Egina. En este sitio, puestas las dos diosas epidaurias, íbanles haciendo sacrificios los de Egina y festejándolas con unos coros satíricos o danzas libres de mujeres, nombrando para cada una de las diosas diez prefectos que corrieran con el gasto de la fiesta. Era uso de dichas danzas y como ceremonia religiosa, practicada antes por los de Epidauro, decir a las mujeres del país mil insolencias y baldones, aunque sin meterse con los hombres. Usaban también sacrificios ocultos.

LXXXIV. Una vez robadas dichas estatuas, como cesasen los epidaurios de hacer las ofrendas que antes solían a los de Atenas, enviáronles estos por aquella falta a dar quejas mezcladas con amenazas. Probaron los epidaurios con buenas razones que ninguna injusticia les hacían en aquello; que en tanto que habían tenido en casa a las diosas, habían sido puntuales en cumplirles lo prometido; que después de habérselas quitado con violencia, no les parecía puesto en razón continuar en aquel antiguo tributo, y que lo exigiesen de los eginetas, pues que estos al presente poseían aquellas. Oído tan justo descargo, enviaron los atenienses a Egina unos diputados que pidiesen dichas estatuas, a los cuales respondieron los de Egina que nada tenían que ver ni hacer con los de Atenas.