Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 3
XLII. De su hijo Cleómenes corre por muy válido que, nacido con vena de loco, jamás tuvo cumplido el seso, al paso que Dorieo salió un joven el más cabal que se hallase entre los de su edad, lo que le hacía vivir muy confiado de que la corona recaería en su cabeza. En medio de esta creencia, vio por fin que a la muerte de su padre Anaxándridas, atenidos los lacedemonios a todo el rigor de la ley, nombraron por rey al primogénito Cleómenes, de lo cual dándose Dorieo por muy resentido y desdeñándose de tener tal soberano, pidió y obtuvo el permiso de llevar consigo una colonia de espartanos. En la fuga de su resentimiento, ni se cuidó Dorieo de consultar en Delfos al oráculo hacia qué tierra debería conducir la nueva colonia, ni quiso observar ceremonia alguna de las que en tales circunstancias solían practicarse, sino que ligera y prontamente se hizo a la vela para Libia, conduciendo sus naves unos naturales de Tera. Llegó a Cínipe, y cerca de este río, en el lugar más bello de la Libia, plantó luego su nueva ciudad, de donde arrojado tres años después por los macas, naturales de la Libia, auxiliados por los cartagineses, volviose al Peloponeso.
XLIII. Allí un tal Antícares, de patria eleonio, sugiriole la idea de que, ateniéndose a los oráculos de Layo, fundase a Heraclea en Sicilia, diciéndole que todo el territorio de Eris, por haberlo antes poseído Heracles, era propiedad de los Heráclidas.[25] Oída esta relación, hace Dorieo un viaje a Delfos a fin de saber del oráculo si lograría en efecto apoderarse del país adonde se le sugería que fuese, y habiéndole respondido la Pitia afirmativamente, toma de nuevo aquel convoy que había primero conducido a la Libia, y parte con él para Italia.
XLIV. Estaban cabalmente los sibaritas en aquella sazón, según cuentan ellos mismos, para emprender, con su rey Telis[26] al frente, una expedición contra la ciudad de Crotona, cuyos vecinos con sus ruegos, nacidos del gran miedo en que se hallaban, alcanzaron de Dorieo que fuera a socorrerles; y fue el socorro tan poderoso, que llevando sus armas el espartano contra la misma Síbaris, rindió con ellas la plaza, hazaña que los sibaritas atribuyen a Dorieo y a los de su comitiva. No así los crotoniatas, quienes aseguran y porfían que en dicha guerra contra los sibaritas no vino a socorrerles ningún extranjero más que uno solo, que fue Calias el adivino, natural de Élide y de la familia de los Yámidas; y de este dicen que se les agregó de un modo singular, pues estando antes con Telis, señor de los sibaritas, y viendo que ninguno de los sacrificios que este hacía para ir contra Crotona le salía con buen auspicio, pasó fugitivo a los crotoniatas, al menos como ellos lo cuentan.
XLV. Y es extraño que entrambas ciudades pretendan tener pruebas y monumentos de lo que dicen, pues afirman los sibaritas que, tomada ya la ciudad, consagró Dorieo un recinto, y edificó un templo cerca del río seco que llaman Cratis, y lo dedicó a Atenea, por sobrenombre Cratia. Pretenden además ser la muerte de Dorieo manifiesta prueba de lo que dicen, queriendo que por haber obrado aquel contra el intento y prevención del oráculo muriese de muerte desgraciada, pues si en nada se hubiera desviado Dorieo del aviso y promesa del oráculo, marchando a poner por obra la empresa para él destinada, sin duda, según arguyen, se hubiera apoderado de la comarca ericina y la hubiera disfrutado después, sin que ni él ni su ejército hubiera allí perecido. Pero los crotoniatas, por su parte, en el campo mismo de Crotona enseñan muchas heredades que se dieron entonces privativamente a Calias el eleo en premio de sus servicios, cuyos nietos las gozan aún al presente, cuando no consta haberse hecho merced ni gracia alguna a Dorieo ni a sus descendientes. ¿Y quién no ve que si en la guerra sibarítica les hubiera asistido Dorieo, era consecuencia que se desprendía del asunto haber dado muchos más premios a aquel que al adivino Calias? Tales son las pruebas que una y otra ciudad alegan a su favor; en mi opinión, puede cada uno asentir a la que más fuerza le hiciere.
XLVI. Vuelvo a Dorieo, en cuya comitiva se embarcaron otros espartanos como conductores de dicha colonia, que eran Tésalo, Parébatas, Céleas y Eurileonte. Habiendo, pues, arribado estos a Sicilia con toda su armada y convoy, acabaron allí sus días a manos de los fenicios y de los egesteos,[27] que les vencieron en campo de batalla, pudiéndose librar de la desgracia común uno solo de los conductores, que fue Eurileonte. Este jefe, recogidos los restos que del ejército quedaban salvos, se apoderó con ellos de Minoa, colonia de los selinusios, y unido con estos, les libró del dominio que sobre ellos tenía su soberano Pitágoras. Desgraciadamente, el mismo Eurileonte, después de haber acabado con aquel monarca, se apoderó de Selinunte, donde por algún tiempo reinó como soberano; motivo por el cual los selinusios amotinados le quitaron la vida, sin que le valiese haberse refugiado al ara de Zeus Agoreo.
XLVII. Iba en la comitiva de Dorieo un ciudadano de Crotona, por nombre Filipo, hijo de Butácidas, y le acompañó asimismo en la muerte. Después de haber contraído esponsales con una hija de Telis, rey de los sibaritas, como no hubiese logrado Filipo casarse con dama tan principal, fuese de Crotona fugitivo corrido de la repulsa, y se embarcó para Cirene, de donde en una nave propia y con tripulación mantenida a su costa salió siguiendo a Dorieo. Había él llegado a ser _olimpiónico_ (vencedor en los juegos olímpicos), tanto que su gentileza y bizarría obtuvo de los egesteos lo que ningún otro logró jamás, pues le alzaron un templo en el lugar de su sepultura, y como a un héroe le hacían sacrificios.
XLVIII. Tan desgraciado fin tuvo Dorieo, quien si quedándose en Esparta hubiera sabido obedecer a Cleómenes, llegara a ser rey de Lacedemonia, donde este no reinó largo tiempo, muriendo sin sucesión varonil, y dejando solamente una hija llamada Gorgo.
XLIX. Pero volviendo ya al asunto, Aristágoras, el tirano de Mileto, llegó a Esparta, teniendo en ella el mando Cleómenes, a cuya presencia compareció, según cuentan los lacedemonios, llevando en la mano una tabla de bronce (a manera de mapa),[28] en que se veía grabado el globo de la tierra, y descritos allí todos los mares y ríos; y entrando a conferenciar con Cleómenes, hablole en esta forma: «No tienes que extrañar ahora, oh Cleómenes, el empeño que me tomo en esta visita que en persona te hago, pues así lo pide sin duda la situación pública del estado, siendo para nosotros los jonios la mayor infamia y la pena más sensible, de libres vernos hechos esclavos, no siéndolo menos, por no decir mucho más, para vosotros el permitirlo, puesto que tenéis el imperio de la Grecia. Os pedimos, pues, ahora, oh lacedemonios, así os valgan y amparen los dioses tutelares de la Grecia, que nos saquéis de esclavitud a nosotros los jonios, en quienes no podéis menos de reconocer vuestra misma sangre: porque en primer lugar os aseguro que para vosotros no puede ser más fácil y hacedera la empresa, pues que no son aquellos bárbaros hombres de valor, y vosotros sois en la guerra la tropa más brava del mundo. ¿Queréis ver claramente lo que afirmo? En las batallas las armas con que pelean son un arco y un dardo corto, y aun más, entran en combate con largas túnicas y turbantes en la cabeza. Mira cuán fácil cosa será vencerles. Quiero que sepas, en segundo lugar, cómo los que habitan aquel continente del Asia poseen ellos solos más riquezas y conveniencias que los demás hombres de la tierra juntos, empezando a contar del oro, plata, bronce, trajes y adornos varios, y siguiendo después por sus ganados y esclavos, riquezas todas que, como de veras las queráis, podéis ya contarlas por vuestras. Quiero ya declararte la situación y los confines de las naciones de que hablo. Con estos jonios que ahí ves (esto iba diciendo mostrando los lugares en aquel globo de la tierra que en la mano tenía, grabado en una plancha de bronce), con estos jonios confinan los lidios, pueblos que poseyendo una fertilísima región no saben qué hacerse de la plata que tienen: con esos lidios, continuaba el geógrafo Aristágoras, confinan por el levante los frigios, de quienes puedo decirte que son los hombres más opulentos en ganados, en granos y en frutos de cuantos sepa. Pasando adelante, confinan ahí con los frigios los capadocios, a quienes llamamos sirios, cuyos vecinos son los cilicios, pueblos que se extienden hasta las costas del mar en que cae la isla de Chipre que ahí ves, los cuales quiero que sepas que contribuyen al rey con 500 talentos anuos; confinan con los cilicios esos armenios, riquísimos ganaderos, con quienes alindan los matienos, cuya es esa región. Sígueles inmediatamente esa provincia de la Cisia, y en ella a las orillas del río Coaspes está situada la capital de Susa, que es donde el gran rey tiene su corte, y donde están los tesoros de su erario; y me atrevo a asegurarte que como toméis la ciudad que ahí ves, bien podéis apostároslas en riquezas con el mismo Zeus. ¿No es bueno, Cleómenes, que vosotros los lacedemonios, a fin de conquistar dos palmos más de tierra, y esa no más que mediana, os empeñéis así contra los mesenios, que bien os resisten, como contra los arcadios y los argivos, pueblos que no tienen en casa ni oro ni plata, que son conveniencias y ventajas por cuyo alcance puede uno con razón y suele morir con las armas en la mano, al paso que pudiendo con facilidad, sin esfuerzos ni trabajo, haceros dueños desde luego del Asia entera, no queráis correr tras esta presa sino ir en busca de no sé qué bagatelas y raterías?».
L. Así terminó Aristágoras su discurso, a quien brevemente respondió Cleómenes: «Amigo milesio, pensaré sobre ello: después de tres días volverás por la respuesta». En estos términos quedó por entonces el negocio. Llega el día aplazado; concurre Aristágoras al lugar destinado para saber la respuesta, y le pregunta desde luego Cleómenes cuántas eran las jornadas que había desde las costas de Jonia hasta la corte misma del rey. Cosa extraña: Aristágoras, aquel hombre por otra parte tan hábil y que tan bien sabía deslumbrar a Cleómenes, tropezando aquí en su respuesta, destruyó completamente su pretensión; porque no debiendo decir de ningún modo lo que realmente había, si quería en efecto arrastrar al Asia a los espartanos, respondió con todo francamente que la subida a la corte del rey era viaje de tres meses. Cuando iba a dar razón de lo que tocante al viaje acababa de decir, interrúmpele Cleómenes el discurso empezado, y le replica así: «Pues yo te mando, amigo milesio, que antes de ponerse el sol estés ya fuera de Esparta. No es proyecto el que me propones que deban fácilmente emprender mis lacedemonios, queriéndomelos apartar de las costas a un viaje no menos que de tres meses». Dicho esto, le deja y se retira a su casa.
LI. Viéndose Aristágoras tan mal despachado y despedido, toma en las manos en traje de suplicante un ramo de olivo, y refugiándose con él al hogar mismo de Cleómenes, le ruega por Dios que tenga a bien oírle a solas, haciendo retirar de su vista aquella niña que consigo tenía, pues se hallaba casualmente con Cleómenes su hija Gorgo, de edad de 8 a 9 años, única prole que tenía. Respóndele Cleómenes que bien podía hablar sin detenerse por la niña de cuanto quisiera decirle. Al primer embite ofrécele, pues, Aristágoras hasta 10 talentos, si consentía en hacerle la gracia que le pidiera: rehúsalos Cleómenes, y él, subiendo siempre de punto la promesa, llega a ofrecerle hasta 50 talentos. Entonces fue cuando la misma niña que lo oía: «Padre, le dijo, ese forastero, si no le dejáis presto, yéndoos de su presencia, logrará al cabo sobornaros por dinero». Cayéndole en gracia a Cleómenes la simple prevención de la niña, se retiró de su presencia pasando a otro aposento. Precisado con esto Aristágoras a salir de Esparta, no tuvo lugar de hablarle otra vez para darle razón del largo camino que había hasta la corte del rey.
LII. Voy a explicar lo que hay en realidad acerca de dicho viaje. Por toda aquella carrera, caminando siempre por lugares poblados y seguros, hay de orden del rey distribuidas postas y bellos paradores; las postas para correr la Lidia y la Frigia son veinte, y con ellas se corren noventa y cuatro parasangas y media. Al salir de la Frigia se encuentra el río Halis, que tiene allí sus puertas, y en ellas hay una numerosa guarnición de soldados, siendo preciso que transite por allí el que quiera pasar aquel río. Entrado ya en Capadocia, el que la quisiere atravesar toda hasta ponerse en los confines de la Cilicia, hallará veinte y ocho postas y correrá con ella ciento cuatro parasangas. En las fronteras de Cilicia se pasa por dos diferentes puertas y por dos cuerpos de guardia en ellas apostados. Saliendo de estos estrechos de Capadocia y caminando ya por la misma Cilicia, hay tres postas que hacer y quince parasangas y media que pasar. El término entre Cilicia y Armenia es un río llamado Éufrates, que se pasa con barca. Encuéntranse en Armenia quince mesones con sus quince postas, con las cuales se hacen de camino cincuenta y seis parasangas y media. Cuatro son los ríos que por necesidad han de pasarse con barca, recorriendo la Armenia: el primero es el Tigris propiamente dicho; el segundo y tercero llevan también el nombre de Tigris, no siendo unos mismos con el primero, ni saliendo de un mismo sitio, pues el primer Tigris baja de la Armenia, al paso que los otros dos que se hallan después de él bajan de los matienos; el cuarto río, que lleva el nombre de Gindes, es el mismo que sangró Ciro en 370 canales.[29] Dejando la Armenia, hay en la provincia Matiena, donde se entra inmediatamente, cuatro postas que correr. Pasando de esta a la región Cisia, se encuentran en ella once postas, y se corren cuarenta y dos parasangas y media, hasta que por fin se llega al río Coaspes, que se pasa con barca, y en cuyas orillas está edificada la ciudad de Susa. En suma, suben a ciento once todas las postas, a las que corresponden otros tantos mesones y paradores al viajar de Sardes a Susa.[30]
LIII. Ahora, pues, si se tomaren bien las medidas de dicha carrera o camino real, contando por parasangas y dando a cada una treinta estadios, que son los que realmente contiene, se hallará que hay cuatrocientas cincuenta parasangas, y en ellas trece mil quinientos estadios, yendo de Sardes hasta los palacios memnonios, que así llaman a Susa, de donde haciendo uno por día el camino de ciento cincuenta estadios, se ve que deben contarse para aquel viaje noventa días cabales.
LIV. Así que muy bien dijo Aristágoras el milesio en la respuesta dada al lacedemonio Cleómenes, que era de tres meses el viaje para subir a la corte del rey. Mas por si acaso desea alguno una cuenta aún más precisa y exacta, voy a satisfacer luego su curiosidad: añádame este, como debe sin falta añadir a la cuenta de arriba, el viaje que hay que hacer desde Éfeso hasta Sardes; digo, pues, ahora que desde el mar de la Grecia asiática, o desde las costas de Éfeso, hay catorce mil cuarenta estadios hasta la misma Susa, o llámese ciudad memnonia, siendo quinientos cuarenta estadios los que realmente se cuentan de Éfeso a Sardes, y con estos alargaremos tres días más el citado viaje de tres meses.
LV. Volvamos a Aristágoras, que saliendo de Esparta aquel mismo día, tomó el camino para Atenas, ciudad libre ya entonces, habiendo sacudido el yugo de sus tiranos del modo siguiente: Aristogitón y Harmodio, dos ciudadanos descendientes de una familia gerifea, habían dado muerte a Hiparco, hijo de Pisístrato y hermano del tirano Hipias, el cual entre sueños había tenido una clarísima visión del desastre que le esperaba. Después de tal muerte sufrieron los atenienses por espacio de cuatro años el yugo de la tiranía, no menos que antes, o por decir mejor, sufrieron mucho más que nunca.
LVI. He aquí cómo pasó lo que empecé a decir de la visión que tuvo Hiparco entre sueños. Parecíale en la víspera misma de las fiestas Panateneas, que poniéndosele cerca un hombre alto y bien parecido, le decía estas enigmáticas palabras: «_Sufre, león, un azar insufrible; súfrelo mal que te pese; nadie haga tal, o nadie deje de pagarlo_». No bien amaneció al otro día, cuando Hiparco consultó públicamente con los intérpretes de sueños su nocturna visión; pero sin cuidarse de conjurarla desde luego, fuese a la procesión de aquella fiesta y en ella pereció.
LVII. Acerca de los gerifeos, de cuya ralea fueron los asesinos de Hiparco, dicen ellos mismos tener de Eretria su origen y alcurnia; pero, según averigüé por mis informes, no son sino fenicios de prosapia, descendientes de los que en compañía de Cadmo vinieron al país que llamamos al presente Beocia, donde fijaron su asiento y habitación, habiéndoles cabido en suerte la comarca de Tanagra.[31] Echados los cadmeos de dicho país por los argivos, fueron después los gerifeos arrojados del suyo por los beocios, y con esto se refugiaron al territorio de los atenienses, los cuales concediéronles naturalización entre sus ciudadanos, si bien con algunos pactos y condiciones, intimándoles que se abstuviesen de ciertas cosas, que no eran pocas, pero que no merecen la pena de ser referidas.
LVIII. Ya que hice mención de los fenicios venidos en compañía de Cadmo, de quienes descendían dichos gerifeos, añado que entre otras muchas artes que enseñaron a los griegos establecidos ya en su país, una fue la de leer y escribir, pues antes de su venida, a mi juicio, ni aun las figuras de las letras corrían entre los griegos.[32] Eran estas, en efecto, al principio las mismas que usan todos los fenicios, aunque andando el tiempo, según los cadmeos fueron mudando de lenguaje, mudaron también la forma de sus caracteres. Los jonios, pueblo griego, eran comarcanos por muchos puntos en aquella sazón con los cadmeos, de cuyas letras, que habían aprendido de estos fenicios, se servían, bien que mudando la formación de algunas pocas, y según pedía toda buena razón, al usar de tales letras las llamaban letras fenicias, como introducidas en la Grecia por los fenicios. A los biblos (o libros de papel) los llaman asimismo los jonios anticuadamente _difteras_ (o pergaminos), porque allá en tiempos antiguos, por ser raro el biblo o papel, se valían de pergaminos de pieles de cabra y de oveja, y aun en el día son muchas las naciones bárbaras que se sirven de _difteras_.
LIX. Yo mismo vi por mis propios ojos en Tebas de Beocia, en el templo de Apolo el Ismenio, unas letras cadmeas grabadas en unas trípodes y muy parecidas a las letras jonias: una de las trípodes contiene esta inscripción: «_Aquí me colocó Anfitrión, vencedor de los teléboas_». La dedicación de ella sería hacia los tiempos de Layo, hijo de Lábdaco, nieto de Polidoro y biznieto de Cadmo.
LX. Otra de las mencionadas trípodes dice así en verso hexámetro: «_A ti, sagitario Febo, me consagró Esceo, luchador victorioso por lucidísima joya_». Debió de ser dicho Esceo el hijo de Hipocoonte,[33] a no ser que hiciese tal ofrenda algún otro del mismo nombre de Esceo, hijo de Hipocoonte, que vivía en tiempo de Edipo, hijo de Layo.
LXI. He aquí lo que dice otra tercera trípode, también en verso hexámetro: «_Reinando solo Laodamante, regaló al dios Apolo, certero en sus tiros, esta trípode, linda presea_». En tiempo de este Laodamante, hijo de Eteocles, que mandaba solo entre los cadmeos, fue cabalmente cuando estos, echados de su patria por los argivos, se refugiaron a los pueblos llamados enqueleos,[34] si bien quedando por entonces los gerifeos en su país, solo algún tiempo después fueron obligados por los beocios a retirarse a Atenas. Tienen los gerifeos construidos en Atenas templos particulares en que nada comunican con ellos los demás atenienses, siendo santuarios de ritos separados, de los cuales es uno el templo de Deméter Acaya con sus orgías o misterios propios.
LXII. Hasta aquí llevo dicho cuál fue la visión que tuvo Hiparco entre sueños, y de dónde los gerifeos, de cuya raza fueron los matadores de Hiparco, eran oriundos en lo antiguo. Ahora será bien volver a tomar ya el hilo de la narración comenzada, y acabar de declarar lo que decía sobre el modo con que se libraron por fin los atenienses del yugo de sus tiranos. Sucedió, pues, que siendo Hipias tirano en Atenas, y estando muy irritado contra aquel pueblo a causa del asesinato cometido en Hiparco su hermano, procuraban en tanto con todas veras y por todos los medios posibles volver a su patria los Alcmeónidas, familia de Atenas echada de allí por los hijos de Pisístrato, y lo mismo procuraban con ellos otros desterrados. Viendo los Alcmeónidas cuán mal les había salido la tentativa, a fin de volver a la patria y procurar la libertad de Atenas, fortificados en un lugar llamado Lipsidrio, sobre Peonia, no dejaban piedra por mover para dañar a los Pisistrátidas. En tal estado, concertándose con los Anfictiones, tomaron a su cargo levantar el templo que al presente hay en Delfos y que entonces no existía: siendo, pues, hombres opulentos y de una familia de tiempo atrás muy ilustre, hicieron el templo mucho más bello y lucido de lo que requería ajustado al modelo, así en las partes de la fábrica, como en el frontispicio singularmente, pues estando en la contrata que el templo debería ser de mármol porino, hicieron la fachada de mármol pario.
LXIII. Estando, pues, de asiento en Delfos estos hombres, según cuentan los mismos atenienses, obtuvieron de la Pitia, sobornada a fuerza de dinero,[35] que siempre que vinieran los espartanos a consultar el oráculo, ya fuera privada, ya pública la consulta, les diera por respuesta que la voluntad de los dioses era que libertasen a Atenas. Viendo los lacedemonios cómo siempre se les inculcaba aquel recuerdo de parte del oráculo, enviaron por fin al frente de un ejército a uno de los principales personajes de su ciudad, llamado Anquimolio, hijo de Aster, y le dieron orden de que echase de Atenas a los hijos de Pisístrato, aunque fueran estos sus mayores amigos y aliados, teniendo más cuenta con la voluntad del dios que con la amistad de los hombres. Enviado por mar con su escuadra dicho general, y dando fondo en Falero, desembarcó allí sus tropas. Informados a tiempo los Pisistrátidas de la expedición contra ellos prevenida, llamaron a las tropas auxiliares de la Tesalia, con las cuales tenían contraída alianza. Implorados los tesalios, enviaron allá, de común acuerdo del estado, mil caballos conducidos por su rey Cíneas, que era de patria condeo.[36] Recibido, pues, dicho socorro, tomaron los Pisistrátidas el expediente de arrasar cuantos árboles había en las llanuras de los falereos, con la mira de dejar aquel campo libre y expedito para que pudiese obrar en él la caballería, la cual, en efecto, habiendo embestido después por aquel paraje y dejándose caer sobre el campo del enemigo, entre otros estragos que hizo en los lacedemonios fue muy considerable el dar muerte al general de estos, Anquimolio, obligando juntamente al resto de la armada a refugiarse en sus naves; y con esto hubo de retirarse de Atenas la primera armada enviada allá por los lacedemonios. El sepulcro de Anquimolio se ve al presente en Alopece, uno de los pueblos del Ática, cerca del Heraclio (o templo de Heracles), situado en Cinosarges.