Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 2
XXIII. Volviendo a Megabazo, llegó entretanto al Helesponto, llevando consigo a sus prisioneros de la Peonia, y pasando de allí al Asia, se presentó en Sardes. Por este mismo tiempo estaba Histieo el milesio levantando una fortaleza en el sitio llamado Mircino, que está cerca del río Estrimón, y que en premio de haber conservado el puente de barcas sobre el Istro, como dijimos, había obtenido de Darío. Había visto por sus propios ojos Megabazo lo que Histieo iba haciendo, y apenas llegó a Sardes con los peonios, habló así al mismo Darío: «Por Dios, señor, ¿qué es lo que habéis querido hacer dando terreno en Tracia y licencia para fundar allí una ciudad a un griego, a un bravo oficial y a un hábil político? Allí hay, señor, mucha madera de construcción, allí mucho marinero para el remo, allí mucha mina de plata; mucho griego vive en aquellos contornos y mucho bárbaro también, gente toda, señor, que si logra ver a su frente a aquel jefe griego, obedecerle ha ciegamente noche y día en cuanto les ordene. Me tomo la licencia de deciros que procuréis que él no lleve a cabo lo que está ya fabricando, si queréis precaver que no os haga la guerra en casa: puede hacerse la cosa con disimulo y sin violencia alguna, como vos le enviéis orden de que se presente, y una vez venido hagáis de modo que nunca más vuelva allá, ni se junte con sus griegos».
XXIV. Viendo, pues, Darío que las razones de Megabazo eran providencias discretas de un político sagaz y prevenido en lo futuro, se persuadió fácilmente con ellas, y por un mensajero que destinó a Mircino hizo decir de su parte a Histieo: «El rey Darío me dio para ti, Histieo, este recado formal:[17] “Habiéndolo pensado mucho, no hallo persona alguna que mire mejor que tú por mi corona, cosa que tengo más experimentada con hechos positivos que crecida por buenas razones. Y pues estoy ahora meditando un gran proyecto, quiero que vengas luego sin falta a estar conmigo para poderte dar cuenta cara a cara de lo que pienso hacer”». Con esta orden Histieo se fue luego hacia Sardes, bien persuadido por una parte de que eran sinceras dichas expresiones, y por otra muy satisfecho y ufano de verse consejero de Estado elegido por el rey. Habiéndose, pues, presentado a Darío, hablole este en tales términos: «Voy a decir claramente, Histieo, por qué motivo te he llamado u mi corte. Quiero, pues, que sepas, amigo, que lo mismo fue volverme de la Escitia y retirarte tú de mi presencia, que sentir luego en mí un vivo deseo de tenerte cerca de mi persona, y poder libremente comunicar contigo todas mis cosas, tanto, que empecé al punto a echar de menos tu compañía, sabiendo que no hay bien alguno que pueda compararse con la dicha de lograr por amigo y apasionado a un hombre sabio y discreto: estas dos prendas bien sé que posees en mi servicio, y nadie mejor testigo de ellas que yo mismo. De ti he de merecer, amigo, que te dejes por ahora de Mileto, ni pienses en nuevas ciudades de Tracia. Vente en mi compañía a mi corte de Susa, disfruta conmigo a tu placer de todos mis bienes y regalos, siendo mi comensal y consejero».
XXV. Así le habló Darío, y dejando en Sardes por virrey a Artafrenes, su hermano de parte de padre, dirigiose luego a Susa, llevando en su corte a Histieo. Al partir nombró asimismo por general de las tropas que dejaba en los fuertes de las costas a Ótanes, hijo de Sisamnes, uno de los jueces regios a quien, por haberse dejado sobornar en una sentencia inicua, había mandado degollar Cambises, y no satisfecho con tal castigo, cortando por su orden en varias correas el cuero adobado de Sisamnes, había hecho vestir con ellas el mismo trono en que fue dada aquella sentencia: además, en lugar del ajusticiado, degollado y rasgado Sisamnes, había Cambises nombrado por juez a Ótanes, su hijo, haciéndole subir sobre aquellas correas a tan fatal asiento, con el triste recuerdo que al mismo tiempo le hizo, de que siempre tuviera presente el tribunal en que estaba sentado cuando diera sus sentencias.
XXVI. Este mismo Ótanes, que antes había sido colocado en aquella funesta silla de juez regio, elegido entonces por sucesor de Megabazo en el mando de general, rindió al frente de sus tropas a los bizantinos y calcedonios, tomó la plaza de Antandro, situada en el territorio de Tróade, y conquistó a Lamponio.[18] Con la armada naval que le dieron los lesbios, apoderose de Lemnos y de Imbros, islas hasta entonces ocupadas de los pelasgos.
XXVII. Porque si bien es verdad que los lemnios, haciendo al enemigo una resistencia muy vigorosa, se defendieron muy bien por algún tiempo, con todo vinieron al cabo a ser arruinados y deshechos. Los persas victoriosos señalaron por gobernador de los que en Lemnos habían sobrevivido a su ruina, a Licareto, hermano de aquel célebre Menandrio que había sido señor de Samos; y como gobernador de Lemnos, Licareto acabó allí sus días ...[19] La causa que contra este (Ótanes) se intentaba, era porque prendía indistintamente y asolaba todo el país: a unos acusaba de haber sido desertores del ejército en sus marchas contra los escitas; a otros de haber perseguido las tropas de Darío en su retirada y vuelta de la Escitia. Tales eran las tropelías que había cometido Ótanes siendo general.
XXVIII. Hubo después, aunque duró poco, algún descanso y sosiego, porque dos ciudades de Jonia, la de Naxos y la de Mileto, como contaré después, dieron de nuevo principio a los males y calamidades. Era Naxos por una parte la isla que por su riqueza y poder descollaba sobre las otras asiáticas, y por otra veíase Mileto en aquella época en el mayor auge de poder que jamás hubiese logrado, viniendo a ser como la reina y capital de toda la Jonia, a cuya prosperidad llegó después de haberse visto tiempos atrás, cerca de dos generaciones antes, en el estado más deplorable a causa de sus partidos y sediciones, hasta tanto que los parios, a quienes había elegido Mileto entre todos los griegos por árbitros y conciliadores, lograron restituir en ella la concordia y el buen orden.
XXIX. Tomaron los parios un expediente para sosegar aquellos disturbios, pues venidos a la ciudad de Mileto los sujetos más acreditados de Paros, como viesen que en ella andaba todo sin orden, así los hombres como las cosas, dijeron desde luego que por sí mismos querían ir a visitar lo restante de aquel estado y señorío. Al hacer su visita discurriendo por todo el territorio de Mileto, apenas daban con una posesión bien cultivada en aquellas campiñas, que por lo común estaban muy descuidadas, tomaban por escrito el nombre de su dueño. Acabada ya la visita de aquel país, donde pocos fueron los campos que hallaron bien conservados y florecientes, y estando ya de vuelta en la ciudad, reunieron un congreso general del estado, y en él declararon por gobernadores y magistrados de la república a los particulares cuyas heredades habían encontrado bien cultivadas, dando por razón de su arbitrio que aquellos sabrían cuidar del bien público como habían sabido cuidar del propio: a los demás ciudadanos de Mileto, a quienes antes se les pasaba todo en partidos y tumultos, precisóseles a que estuvieran bajo la obediencia de aquellos buenos padres de familia. Con esto los parios pusieron en paz a los milesios, restituyendo a la ciudad el buen orden y concierto.
XXX. Estas dos ciudades de Naxos y Mileto fueron, pues, como decía, las que dieron entonces nuevo principio y ocasión a la desventura de la Jonia. Sucedió que, habiendo la baja plebe desterrado en Naxos[20] a ciertos ricos y principales señores, refugiáronse los proscritos a Mileto. Era en aquella sazón gobernador de Mileto Aristágoras, hijo de Molpágoras, quien era yerno y primo juntamente del célebre Histieo, el hijo de Liságoras, a quien Darío tenía en Susa; pues por aquel mismo tiempo puntualmente en que Histieo, señor de Mileto, se hallaba detenido en la corte, sucedió el caso de que vinieran a Mileto dichos naxios, amigos ya de antes y huéspedes de Histieo. Refugiados, pues, allí aquellos ilustres desterrados, suplicaron a Aristágoras que procurase darles alguna tropa, si se hallaba en estado de poder hacerlo, a fin de que pudieran con ella restituirse a su patria. Pensó Aristágoras dentro de sí, que si por su medio volviesen a Naxos los desterrados, lograría él mismo la oportunidad de alzarse con el señorío de aquel estado: con este pensamiento, disimulando por una parte sus verdaderas intenciones, y por otra pretextando la buena amistad y armonía de ellos con Histieo, les hizo este discurso: «No me hallo yo, señores, en estado de poderos dar un número de tropas que sea suficiente para que, a pesar de los que mandan en Naxos, podáis volver a la patria, teniendo los naxios, como he oído, además de 8000 infantes, una armada de muchas galeras. Mas no quiero con esto deciros que no piense con todas veras en auxiliaros para ello, antes bien se me ofrece ahora un medio muy oportuno para serviros con eficacia. Sé que Artafrenes es mi buen amigo y favorecedor, y sin duda sabéis quién es Artafrenes, hijo de Histaspes, hermano carnal de Darío, virrey de toda la marina general de los grandes ejércitos de mar y tierra: este personaje, pues, si no me engaña el amor propio, dígoos que hará por mí lo que pidamos». Al oír esto los naxios dejaron todo el negocio en manos de Aristágoras, para que lo manejara como mejor le pareciese, añadiéndole que bien podía de su parte decir al virrey que no favorecería a quien no lo supiera agradecer, y que los gastos de la empresa correrían de su propia cuenta, pues no podían dudar que lo mismo había de ser presentarse en Naxos que rendirse, no solamente los naxios, sino aun los demás isleños, y hacer cuanto se les pidiese, no obstante que hasta allí ninguna de las Cícladas reconociese por soberano a Darío.
XXXI. Emprende Aristágoras su viaje a Sardes, donde da cuenta y razón a Artafrenes de cómo la isla de Naxos, sin ser una de las de mayor extensión, era con todo de las mejores, muy bella, muy cercana a la Jonia, muy rica de dinero, y muy abundante de esclavos. «¿No haríais, continuó, una expedición hacia allá para volver a Naxos unos ciudadanos que de ella han sido echados? Dos grandes ventajas veo en ello para vos: una que además de correr de nuestra cuenta los gastos de la armada, como es razón que corran, ya que nosotros los ocasionamos, cuento aún con grandes sumas de dinero para poderos pagar el beneficio: la otra es que aprovechándoos de esta ocasión, no solo podréis añadir a la corona la misma Naxos, sino también las islas que de ella penden, la de Paros, la de Andros, y las otras que llaman Cícladas. Y dado este paso, bien fácil os será acometer desde allí a Eubea, isla grande y rica, nada inferior a la de Chipre, y lo que más es, fácil de ser tomada. Soy de opinión de que con una armada de cien naves podréis conseguir todas estas conquistas». «Amigo, le respondió Artafrenes, muestras bien en lo que me dices el celo del público servicio, y tu afición a la casa real, proponiéndome, no solo proyectos tan interesantes a la corona, sino dándome al mismo tiempo medios tan oportunos para el intento. En una sola cosa veo que andas algo corto, en el número de naves: tú no pides más que ciento, pues yo te prometo aprestarte doscientas al abrir la primavera; pero es menester ante todo informar al rey, y que nos dé su aprobación».
XXXII. Aristágoras, que tan atento halló al virrey en su respuesta, sobremanera alegre y satisfecho dio la vuelta para Mileto: Artafrenes, después que obtuvo para la expedición el beneplácito de Darío, a quien envió un mensajero dándole cuenta del proyecto de Aristágoras, tripuladas doscientas naves, previno mucha tropa, así persa como aliada. Nombró después para comandante de la armada al persa Megabates, que siendo de la casa de los Aqueménidas era primo de Darío. Era Megabates aquel con cuya hija, si es que sea verdad lo que corre por muy válido, contrajo esponsales algún tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, más enamorado del señorío de la Grecia que prendado de la princesa persa.[21] Luego que estuvo Megabates nombrado por general, dio orden Artafrenes de que partiera el ejército a donde Aristágoras estaba.
XXXIII. Después de tomar en Mileto las tropas de la Jonia los desterrados de Naxos y al mismo Aristágoras, diose a la vela Megabates, haciendo correr la voz de que su rumbo era hacia el Helesponto. Llegó a la isla de Quíos y dio fondo en un lugar llamado Cáucasa, con la mira de esperar que se levantase el viento Bóreas, para dejarse caer desde allí sobre la isla de Naxos. Anclados en aquel puerto, como que los hados no permitían la ruina de Naxos por medio de aquella armada, sucedió un caso que la impidió. Rondaba Megabates para inspeccionar la vigilancia de los centinelas, y en una nave mindia[22] halló que ninguno había apostado. Llevó muy a mal aquella falta, y enojado dio orden a sus alabarderos que le buscasen al capitán de la nave, que se llamaba Escílax, y hallándolo, mandole poner atado en la portañola del remo ínfimo, en tal postura, que estando adentro el cuerpo sacase hacia fuera la cabeza. Así estaba puesto a la vergüenza el Escílax, cuando va uno a avisar a Aristágoras y decirle cómo aquel mindio su amigo y huésped le tenía Megabates cruelmente atado y puesto al oprobio. Al instante se presenta Aristágoras al persa, y se empeña muy de veras a favor del capitán; nada puede alcanzar de lo que pide, pero va en persona a la nave y saca a su amigo de aquel infame cepo. Sabida la libertad que Aristágoras se había tomado, se dio Megabates por muy ofendido, y puso en él la lengua baja y villanamente. «¿Y quién eres tú, le replicó Aristágoras, y qué tienes que ver en eso? ¿No te envió Artafrenes a mis órdenes, para que vinieras donde quisiere yo conducirte? ¿Para qué te metes en otra cosa?». Quedó Megabates tan altamente resentido de la osadía con que Aristágoras le hablaba, que venida la primera noche, despachó un barco para Naxos con unos mensajeros que descubrieran a los naxios el secreto de cuanto contra ellos se disponía.
XXXIV. Ni por sombra había pasado a los naxios por la mente que pudiera dirigirse contra ellos tal armada; pero lo mismo fue recibir el aviso que retirar a toda prisa lo que tenían en la campiña, y, acarreando a la plaza[23] todas las provisiones de boca, prepararse para poder sufrir un sitio prolongado, no dudando que se hallaban en vísperas de una gran guerra. Con esto, cuando los enemigos salidos de Quíos llegaron a Naxos con tuda la armada, dieron contra hombres tan bien fortificados y prevenidos, que en vano fue estarles sitiando por cuatro meses enteros. Al cabo de este tiempo, como a los persas se les fuese acabando el dinero que consigo habían traído, y Aristágoras hubiese ya gastado mucho de su bolsillo, viendo que para continuar el asedio se necesitaban todavía mayores sumas, tomaron el partido de edificar unos castillos en que se hiciesen fuertes aquellos desterrados, y resolvieron volverse al continente con toda la armada, malograda de todo punto la expedición.
XXXV. Entonces fue cuando Aristágoras, no pudiendo cumplir la promesa hecha a Artafrenes, viéndose agobiado con el gasto de las tropas que se le pedía, temiendo además las consecuencias de aquella su desgraciada expedición, mayormente habiéndose enemistado en ella con Megabates, sospechando, en suma, que por ella sería depuesto del gobierno y dominio de Mileto; amedrentado, digo, con todas estas reflexiones y motivos, empezó a maquinar una sublevación para ponerse en salvo. Quiso a más de esto la casualidad que en aquella agitación le viniera desde Susa, de parte de Histieo, un enviado con la cabeza toda marcada con letras, que significaban a Aristágoras que se sublevase contra el rey. Pues como Histieo hubiese querido prevenir a su deudo que convenía rebelarse, y no hallando medio seguro para pasarle el aviso por cuanto estaban los caminos tomados de parte del rey, en tal apuro había rasurado a navaja la cabeza del criado que tenía de mayor satisfacción, habíale marcado en ella con los puntos y letras que le pareció, esperó después que le volviera a crecer el cabello, y crecido ya, habíalo despachado a Mileto sin más recado que decirle de palabra que puesto en Mileto pidiera de su parte a Aristágoras que, cortándole a navaja el pelo, le mirara la cabeza. Las notas grabadas en ella significaban a Aristágoras, como dije, que se levantase contra el persa. El motivo que para tal intento tuvo Histieo, parte nacía de la pesadumbre gravísima que su arresto en Susa le ocasionaba, parte también de la esperanza con que se lisonjeaba de que en caso de tal rebelión sería enviado a las provincias marítimas, estando al mismo tiempo convencido de que a menos que se rebelara Mileto, nunca más tendría la fortuna de volver a verla. Con estas miras despachó Histieo a dicho mensajero.
XXXVI. Tales eran las intrigas y acasos que juntos se complicaban a un tiempo alrededor de Aristágoras, quien convoca a sus partidarios, les da cuenta así de lo que él mismo pensaba como de lo que Histieo le prevenía, y empieza muy de propósito a deliberar con ellos sobre el asunto. Eran los más del parecer mismo de Aristágoras acerca de negar al persa la obediencia; pero no así Hecateo el historiador, quien haciendo una descripción de las muchas naciones que al persa obedecían y de sus grandes fuerzas y poder, votó desde luego que no les cumplía declarar la guerra a Darío, el gran rey de los persas; y como viese que no era seguido su parecer, votó en segundo lugar que convenía hacerse señores del mar, pues absolutamente no veía cómo pudieran, a menos de serlo, salir al cabo con sus intentos; que no dejaba de conocer cuán cortas eran las fuerzas de los milesios, pero sin embargo, con tal que quisieran echar mano de los tesoros que en el templo de Bránquidas había ofrecido el lidio Creso, tenía fundamento de esperar que en fuerzas navales podrían ser superiores al enemigo; que en el medio que les proponía contemplaba doble ventaja para ellos, pues a más de servirse de dicho dinero en favor del público, estorbarían que no lo sacase el enemigo en daño de ellos. Ciertamente, como llevo dicho en mi primer libro, eran copiosos los mencionados tesoros. Por desgracia, tampoco fue seguido este segundo parecer, sino que quedó acordada la rebelión, añadiendo que uno de ellos se embarcase luego para Miunte, donde aún se mantenía la armada vuelta de Naxos, y procurase poner presos a los capitanes que se hallaban a bordo de sus respectivas naves.
XXXVII. Enviado, pues, allá Yatrágoras con esta comisión, apoderose con engaño de la persona de Olíato el milaseo, hijo de Ibanolis, de la de Histieo el termereo,[24] hijo de Timnes, de la de Coes, hijo de Erxandro, a quien Darío había hecho gracia del señorío de Mitilene, de la de Aristágoras el cimeo, hijo de Heraclides, y otros muchos jefes. Levantado ya abiertamente contra Darío y tomando contra él todas sus medidas, lo primero que hizo Aristágoras fue renunciar, bien que no más de palabra y por apariencia, el dominio de Mileto, fingiendo restituir a los milesios la libertad, para lograr de ellos por este medio que de buena voluntad le siguieran en su rebelión. Hecho esto en Mileto, otro tanto hacía en lo restante de la Jonia, de cuyas ciudades iba arrojando a algunos de sus tiranos: aun más, a los caudillos que había prendido sobre las naves de la armada que acababa de volver de Naxos, fue entregándolos a sus respectivas ciudades, cuyo dominio poseían, y esto con la dañada intención de ganárselas a todas para su partido.
XXXVIII. Resultó de ahí que los mitileneos, apenas tuvieron a Coes en su poder, sacándole al campo le mataron a pedradas, si bien los cimeos dejaron que se fuese libre su tirano, sin usar con él de otra violencia. Otro tanto hicieron con sus respectivos señores las más de las ciudades, y cesó por entonces en todas ellas la tiranía o dominio de un señor. Quitados ya los tiranos, dio orden el milesio Aristágoras a todas aquellas ciudades que cada cual nombrase un general de su propia milicia, y practicada esta diligencia, viendo que necesitaba absolutamente hallar algún aliado poderoso para su empresa, fuese él mismo para Lacedemonia en su galera en calidad de enviado de la Jonia.
XXXIX. No reinaba ya en Esparta Anaxándridas, hijo de León, sino Cleómenes su hijo, el cual no en atención a sus prendas y valor, sino al derecho de su familia, muerto su padre, había sido colocado sobre el trono. Para manifestar el origen y nacimiento de Cleómenes, se debe saber que se hallaba primero casado Anaxándridas con una hija de su hermana, a quien por más que no le diera sucesión amaba tierna y apasionadamente. Viendo los éforos lo que a su rey acontecía, le reconvinieron hablándole en esta forma: «Visto tenemos cuán poco cuidas de tus verdaderos intereses: nosotros, pues, que ni debemos despreciarlos, ni podemos mirar con indiferencia que la sangre y familia de Eurístenes acaben en tu persona, hemos tomado sobre ello nuestras medidas. Tú mismo ves por experiencia que no te da hijos esa mujer con quien estás casado; nosotros queremos que tomes otra esposa, asegurándote de que si así lo hicieres, darás mucho gusto a los espartanos». A tal amonestación de los éforos respondió resuelto Anaxándridas que ni uno ni otro haría, pues ellos exhortándole a tomar otra mujer dejando la presente, que no lo tenía en verdad merecido, le daban un consejo indiscreto que jamás pondría por obra, por más que se cansasen en inculcárselo.
XL. Tomando los éforos y los gerontes (o senadores) de Esparta su acuerdo acerca de la respuesta y negativa del rey, de nuevo así le representan: «Ya que tan apegado estás a la mujer con quien te hallas ahora casado, toma por los menos estotro consejo que te vamos a proponer, y guárdate de porfiar en rechazarlo, ni quieras exponerte a que tomen los espartanos alguna resolución que no te traiga mucha cuenta. No pretendemos ya que te divorcies, ni que eches de ti a esa tu querida esposa; vive con ella en adelante, como has vivido hasta aquí, no te lo prohibimos; mas absolutamente queremos de ti que a más de esa estéril tomes otra mujer que sepa concebir». Cediendo por fin Anaxándridas a esta representación, y casado con dos mujeres, tuvo desde entonces dos habitaciones establecidas, yendo en ello contra la costumbre de Esparta.
XLI. No pasó mucho tiempo, después del segundo matrimonio, hasta que la nueva esposa dio a luz a Cleómenes, al mismo de quien antes iba a hablar, y en él un sucesor a la corona. Al mismo tiempo hizo la fortuna que la primera mujer, antes por largos años infecunda, se sintiera preñada: los parientes de la otra esposa a cuyos oídos llegó el nuevo preñado, alborotaban sin descanso, y gritaban que aquella se fingía encinta con la mira de suponerse por hijo un parto ajeno; pero en realidad se hallaba la princesa embarazada. Quejándose, pues, altamente de aquella preñez simulada, movidos los éforos de la sospecha de algún engaño, llegado el tiempo quisieron asistir en persona a la mujer en el acto mismo de parir. En efecto, parió ella la primera vez a Dorieo, y de otro parto consecutivo a Leónidas, y de otro tercero a Cleómbroto, aunque algunos quieren decir que estos dos últimos fueron gemelos; y por colmo de singularidad, la quejosa madre de Cleómenes, la segunda esposa de Anaxándridas, hija de Prinétadas y nieta de Demármeno, nunca más volvió a parir de allí adelante.