Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 1

Chapter 14,055 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado los nombres propios de personas y lugares, y los gentilicios.

* No se han modernizado, sin embargo, los restantes términos ni la sintaxis utilizada por el traductor, propia del siglo XVIII.

* Los nombres de los dioses no aparecen con la denominación latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.

* El gentilicio «focense» se ha transcrito como «foceo» para aludir a los habitantes de la ciudad jonia de Focea; para los de la región continental de la Fócide se utiliza «focidio».

* Se han retirado las rayas intrapárrafos que indican diálogo, manteniéndose las comillas.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del tomo.

LOS NUEVE LIBROS DE HERÓDOTO.

Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, Colegiata, 6.

BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO VII

LOS NUEVE LIBROS DE LA HISTORIA

DE HERÓDOTO DE HALICARNASO

TRADUCIDA DEL GRIEGO AL CASTELLANO POR EL P. BARTOLOMÉ POU DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

TOMO II.

MADRID LUIS NAVARRO, EDITOR COLEGIATA, NÚM. 6 — 1884

LIBRO QUINTO.

TERPSÍCORE.

Los generales de Darío principian a conquistar varias plazas en Europa. — Costumbres de los tracios. — Traslación de los peonios al Asia. Véngase Alejandro de los embajadores persas enviados a Macedonia. — Política de Darío con Histieo, señor de Mileto. Sublévanse los jonios contra los persas por instigación de Histieo y Aristágoras, y piden socorro a los atenienses: situación de estos, sus guerras y revoluciones. Muerte de Hiparco, tirano de Atenas y expulsión de su hermano Hipias: los lacedemonios tratan de favorecer a este para recobrar el dominio de Atenas, pero se opone el corintio Sosicles refiriendo el origen de la tiranía en su patria y los males que acarreaba en ella. Irritado Hipias incita a los persas contra los atenienses, y Aristágoras por su parte persuade a estos que se alíen con los jonios contra los persas. — Ataque e incendio de Sardes por los griegos coligados. — Jura Darío vengarse de ellos, y sus generales principian a sujetar varios pueblos de los insurgentes.

I. Los primeros a quienes avasallaron a la fuerza las tropas persianas dejadas por Darío en Europa al mando de su general Megabazo, fueron los perintios, que rehusaban ser súbditos del persa y que antes habían ya tenido mucho que sufrir de los peonios, habiendo sido por estos completamente vencidos con la siguiente ocasión: Como hubiesen los peonios, situados más allá del río Estrimón, recibido un oráculo de no sé qué dios, en que se les prevenía que hicieran una expedición contra los de Perinto,[1] y que en ella les acometieran en caso de que estos, acampados, les desafiaran a voz en grito, pero que no les embistieran mientras los enemigos no les insultasen gritando, ejecutaron puntualmente lo prevenido; pues atrincherados los perintios en los arrabales de su ciudad, teniendo enfrente el campo de los peonios, hiciéronse entre ellos y sus enemigos tres desafíos retados de hombre con hombre, de caballo con caballo, y de perro con perro. Salieron vencedores los perintios en los dos primeros, y al tiempo mismo que alegres y ufanos cantaban victoria con su himno _Peán_, ofrecióseles a los peonios que aquella debía ser la _voz de triunfo_ del oráculo, y diciéndose unos a otros: «el oráculo se nos cumple, esta es ocasión, acometámosles», embistieron con los enemigos en el acto mismo de cantar el _Peán_, y salieron tan superiores de la refriega, que pocos perintios pudieron escapárseles con vida.

II. Y aunque tal destrozo hubiesen experimentado ya de parte de los peonios, no por eso dejaron de mostrarse después celosos y bravos defensores de su independencia contra el persa, quien al cabo los oprimió con la muchedumbre de su tropa. Una vez que Megabazo hubo ya domado a Perinto, iba al frente de sus tropas corriendo la Tracia, domeñando las gentes y ciudades todas que en ella había y haciéndolas dóciles al yugo del persa en cumplimiento de las órdenes de Darío, que le había encargado su conquista.

III. Los tracios de que voy a hablar son la nación más grande y numerosa de cuantas hay en el orbe,[2] excepto solamente la de los indios, de suerte que si toda ella fuese gobernada por uno, o procediese unida en sus resoluciones, sobre ser invencible, sería capaz de vencer por la superioridad de sus fuerzas a todas las demás naciones; ahora por cuanto esta unión de sus fuerzas les es, no difícil, sino del todo imposible, viene a ser un pueblo débil y desvalido. Por más que cada uno de los pueblos de que la nación se compone tenga sus propios nombres en sus respectivos distritos, tienen sin embargo todos unas mismas leyes y costumbres, salvo los getas, los trausos y los que moran más allá de los crestoneos.

IV. Llevo dicho de antemano qué modo de vivir siguen los getas _atanizontes_ (o defensores de la inmortalidad). Los trausos, si bien imitan en todo las costumbres de los demás tracios, practican no obstante sus usos particulares en el nacimiento y en la muerte de los suyos;[3] porque al nacer alguno, puestos todos los parientes alrededor del recién nacido, empiezan a dar grandes lamentos, contando los muchos males que le esperan en el discurso de la vida, y siguiendo una por una las desventuras y miserias humanas; pero al morir uno de ellos, con muchas muestras de contento y saltando de placer y alegría, le dan sepultura, ponderando las miserias de que acaba de librarse y los bienes de que empieza a verse colmado en su bienaventuranza.

V. Los pueblos situados más arriba de los crestoneos practican lo siguiente: Cuando muere un marido, sus mujeres, que son muchas para cada uno, entran en gran contienda, sostenidas con empeño por las personas que les son más amigas y allegadas, sobre cuál entre ellas fue la más querida del difunto. La que sale victoriosa y honrada con una sentencia en su favor, es la que, llena de elogios y aplausos de hombres y mujeres, va a ser degollada por mano del pariente más cercano sobre el sepulcro de su marido, y es a su lado enterrada, mientras las demás, perdido el pleito, que es para ellas la mayor infamia, quédanse doliendo y lamentando mucho su desventura.

VI. Otro uso tienen los demás tracios: el de vender sus hijos al que se los compra, para llevárselos fuera del país. Lejos de tener guardadas a sus doncellas, les permiten tratar familiarmente con cualquiera a quien les dé gana de usar licenciosamente, a pesar de ser ellos sumamente celosos con sus esposas, de cuyos padres suelen comprarlas a precio muy subido. Estar marcados es entre ellos señal de gente noble; no estarlo es de gente vil y baja. La mayor honra la ponen en vivir sin fatiga ni trabajo alguno, siendo de la mayor infamia el oficio de labrador: lo que más se estima es el vivir de la presa, ya sea habida en guerra o bien en latrocinio. Estas son sus costumbres más notables.

VII. No reconocen otros dioses[4] que Ares, Dioniso y Artemisa, si bien es verdad que allí los reyes, a diferencia de los otros ciudadanos, tienen a Hermes una devoción tan particular, que solo juran por este dios, de quien pretenden ser descendientes.

VIII. En los entierros la gente rica y principal tiene el cadáver expuesto por espacio de tres días, durante los cuales, sacrificando todo género de víctimas y plañiendo antes de ir a comer, hacen con ellas sus convites: después de esto dan sepultura al cadáver, o quemándolo o enterrándolo solamente. Después de haber levantado sobre él un túmulo de tierra, proponen toda suerte de certamen fúnebre, destinando los mayores premios a los que salen victoriosos en la monomaquia, o duelo singular.

IX. Muy vasta y despoblada debe de ser, según parece, aquella región que está del otro lado del Istro; por lo menos solo he podido tener noticia de ciertos pueblos que más allá moran, llamados siginas, quienes visten con el ropaje de los medos. De los caballos de aquel país dícese que son tan vellosos, que por lodo su cuerpo llevan cinco dedos de pelo, que son chatos y tan pequeños que no pueden llevar un hombre a cuestas, aunque son muy ligeros uncidos al carro, por lo que los naturales se valen mucho de ellos para sus tiros. Los límites de dichos pueblos tocan con los enetos, situados en las costas del mar Adriático, y colonos de los medos, según ellos se dicen, de quienes no alcanzo a fe mía cómo puedan serlo, si bien veo que con el largo andar del tiempo pasado, todo cabe que haya acaecido.[5] Lo que no tiene duda es, que los ligures situados sobre Masalia llaman siginas a los revendedores, y los de Chipre dan el mismo nombre a los dardos.

X. Al decir los tracios que del otro lado del Istro no puede penetrarse tierra adentro por estar el país hirviendo en abejas, paréceme que no hablan con apariencia siquiera de verdad, no siendo para los climas fríos aquella especie de animales.[6] Mi juicio es que el norte, por exceso de frío, es inhabitable. Esto es cuanto se dice de la región de Tracia, cuyas costas y comarca marítima iba Megabazo agregando a la obediencia del persa.

XI. Luego que Darío pasado velozmente el Helesponto llegó a Sardes, hizo memoria así del servicio que había recibido de Histieo, señor de Mileto, como del aviso que Coes de Mitilene le había dado. Llamados, pues, los dos a su presencia, díjoles que pidiera cada uno la merced que más quisiera. No pidió Histieo el dominio de alguna ciudad, puesto que tenía ya el de Mileto, pero sí pretendió que se le diera un lugar de los edonos llamado Mircino[7] para fundar allí una colonia. Pero Coes, no siendo todavía señor de ningún estado, sino mero particular, pidió y obtuvo el dominio de Mitilene. Así que los dos salieron contentos de la corte, lograda la gracia que habían pretendido.

XII. Vínole a Darío en voluntad, por un espectáculo que se le presentó casualmente estando en Sardes, el ordenar a Megabazo que apoderado de los peonios los trasplantase de Europa al Asia. Después que Darío estuvo de vuelta en Asia, dos peonios, llamados el uno Pirges y el otro Manties, llevados de la ambición de lograr el dominio sobre sus ciudadanos, pasaron a Sardes, llevando en su compañía a una hermana, mujer de buen talle y estatura bizarra, y al mismo tiempo muy linda y vistosa. Como observasen en Sardes que Darío solía dejarse ver en público sentado en los arrabales de la ciudad, echaron mano de un artificio para su intento. Vestida la hermana del mejor modo que pudieron, enviáronla por agua con su cántaro en la cabeza, con el ronzal del caballo en el brazo conduciéndolo a beber, y con su rueca y copo de lino hilando al mismo tiempo. La ve pasar Darío, y mucho le sorprende lo nuevo del espectáculo, mirando en lo que ella hacía, que ni era mujer persa,[8] ni tampoco lidia, ni menos hembra alguna asiática. Picado, pues, de la curiosidad, manda a algunos de sus alabarderos que vayan y observen lo que con su caballo iba a ejecutar aquella mujer. Ella, en llegando al río, abreva primero su caballo, llena luego su cántaro y da la vuelta por el mismo camino con el cántaro encima de la cabeza, con el caballo tirado del brazo, y con los dedos moviendo el huso sin parar.

XIII. Admirado Darío, así de lo que oía de sus exploradores como de lo que él mismo estaba viendo, da orden luego de que se la hagan presentar. Los hermanos de ella, como quienes allí cerca observaban lo que iba pasando, comparecen ante Darío luego que la ven conducida a su presencia. Pregunta el rey de qué nación era la mujer, y dícenle los dos jóvenes que eran peonios de nación, y que aquella era su hermana. Tórnales Darío a preguntar qué nación era la de los peonios, y dónde estaba situada, y con qué mira o motivo habían ellos venido a Sardes: responden que habían ido allí con ánimo de entregarse a su arbitrio soberano; que la Peonia, región llena de ciudades, caía cerca del río Estrimón, el cual no estaba lejos del Helesponto, y que los peonios eran colonos de Troya. Esto punto por punto respondieron a Darío, el cual les vuelve a preguntar si eran allí todas las mujeres tan hacendosas y listas como aquella; y ellos, que le vieron picar en el cebo que adrede le habían prevenido, respondieron al instante que todas eran así.

XIV. Escribe, pues, entonces Darío a Megabazo, general que había dejado en Tracia, una orden en que le mandaba ir a sacar a los peonios de su nativo país y hacérselos conducir a Sardes a todos ellos con sus hijos y mujeres. Parte luego un posta a caballo corriendo hacia el Helesponto, pasa al otro lado del estrecho y entrega la carta a Megabazo, quien no bien acaba de leerla, cuando toma conductores naturales de Tracia y marcha con sus tropas hacia la Peonia.

XV. Habiendo sido avisados los peonios de que venían marchando contra ellos las tropas persas, juntan luego sus fuerzas, y persuadidos de que el enemigo los acometería por las costas del mar, acuden hacia ellas armados. Estaban en efecto prontos y resueltos a no dejar entrar el ejército de Megabazo; el daño estuvo en que, informado el persa de que juntos y apostados en las playas querían impedirle la entrada, sirviose de los guías que llevaba para mudar de marcha, y tomó por la vía de arriba hacia la Peonia. Con esto los persas, sin ser sentidos de los peonios, se dejaron caer de repente sobre sus ciudades, de las cuales, hallándolas vacías de hombres que las defendiesen, se apoderaron con facilidad y sin la menor resistencia. Apenas llegó a noticia de los peonios salidos a esperar al enemigo que sus ciudades habían sido sorprendidas, cuando luego separados fueron cada cual a la suya y se entregaron todos a discreción y al dominio del persa. Tres pueblos de los peonios, a saber, el de los siriopeones, el de los peoples y el de los vecinos de la laguna Prasíade, sacados de sus antiguos asientos, fueron trasportados enteramente al Asia.

XVI. Pero a los demás peonios, los que moran cerca del monte Pangeo, los doberes, los agrianes, los odomantos[9] y los habitantes en la misma laguna Prasíade, no los subyugó de ningún modo Megabazo, por más que a los últimos procuró rendirles sin llevarlo a cabo, lo cual pasó del siguiente modo. En medio de dicha laguna vense levantados unos andamios o tablados sostenidos sobre unos altos pilares de madera bien trabados entre sí, a los cuales se da paso bien angosto desde tierra por un solo puente. Antiguamente todos los vecinos ponían en común los pilares y travesaños sobre que carga el tablado; pero después, para irlos reparando, hanse impuesto la ley de que por cada una de las mujeres que tome un ciudadano (y cada ciudadano se casa con muchas mujeres), ponga allí tres maderos, que acostumbran acarrear desde el monte llamado Orbelo. Viven, pues, en la laguna, teniendo cada cual levantada su choza encima del tablado donde mora de asiento, y habiendo en cada choza una puerta pegada al tablado que da a la laguna: para impedir que los niños, resbalando, no caigan en el agua, les atan al pie cuando son pequeños una soga de esparto. Dan a sus caballos y a las bestias de carga pescado en vez de heno;[10] pues es tan grande la abundancia que tienen de peces, que solo con abrir su trampa y echar al agua su espuerta pendiente de una soga, pronto la sacan llena de pescado, del cual dos son las especies que hay; a los unos llaman _pápraces_ y a los otros _tilones_.

XVII. Eran entretanto conducidos al Asia los peonios de que se había apoderado Megabazo. Transportados aquellos infelices prisioneros, escoge Megabazo los siete persas más principales que en su ejército tenía, y que a él solo le eran inferiores en grado y reputación, y los envía por embajadores a Macedonia, destinados al rey de ella, Amintas, con el encargo de pedirle _la tierra y el agua_ para el rey Darío, pues tal es la forma del homenaje entre los persas. Muy breve es realmente el camino que hay que pasar yendo desde la laguna Prasíade a la Macedonia, pues dejando la laguna, lo primero que se halla es la famosa mina que algún tiempo después no redituaba menos de un talento de plata diario al rey Alejandro,[11] y pasada la mina, solo con atravesar el monte llamado Disoro, nos hallamos ya en Macedonia.

XVIII. Luego que los embajadores persas enviados a Amintas[12] llegaron a presencia de este, cumpliendo con su comisión, pidiéronle con su fórmula de homenaje que diese la tierra y el agua al rey Darío, a quien no solo convino Amintas en prestar obediencia, sino que hospedó públicamente a los enviados, preparándoles un magnífico banquete con todas las demostraciones de amistad y confianza. Al último del convite, cuando se habían sacado ya los vinos a la mesa, los persas hablaron a Amintas en esta conformidad: «Uso y moda es, amigo macedonio, entre nosotros los persas, que al fin de un convite de formalidad vengar a la sala y tomen a nuestro lado asiento nuestras damas, no solo las concubinas, sino también las esposas principales con quienes siendo doncellas casamos en primeras nupcias. Ahora, pues, ya que nos recibes con tanto agrado, nos tratas con tanta magnificencia, y lo que es más, entregas al rey nuestro amo la tierra y el agua, razón será que quieras seguir nuestro estilo tratándonos a la persa». «En verdad, señores míos, les responde Amintas, que nosotros no lo acostumbramos así, no por cierto; antes el uso es tener en otra pieza bien lejos del convite a nuestras mujeres,[13] pero pues que las echáis de menos, vosotros, que sois ya nuestros dueños, quiero que también en esto seáis luego servidos». Así dijo Amintas, y envía al punto por las princesas, las cuales llamadas, entran en la sala del convite y toman allí asiento por su orden enfrente de los persas. Al ver presentes aquellas bellezas, dicen a Amintas los embajadores que no andaba a la verdad muy discreto en lo que con ellas hacía, pues mucho más acertado fuera que no viniesen allí las mujeres, que no dejarlas sentarse al lado de ellos una vez venidas al convite, pues el verlas fronteras era quererles dar con ellas en los ojos, que es lo que más irrita los afectos. Forzado, pues, Amintas, manda a las mujeres que se sienten al lado de los persas, quienes habiendo ellas obedecido, no supieron contener sus manos con la licencia que les daba el vino, sino que las llevaron a los pechos de las damas, y no falló entre ellos quien se desmandase en la lengua.

XIX. Estábalo Amintas mirando quieto, por más que lo mirase de mal ojo, aturdido de miedo del gran poder de los persas. Hallábase allí presente su hijo Alejandro, príncipe joven, no hecho a disimular para acomodarse al tiempo, quien siendo testigo ocular de aquella infamia de su real casa, de ninguna manera quiso ni pudo contenerse. Penetrado, pues, de dolor y vuelto a su padre: «Mejor será, padre mío, le dice, que tengáis ahora cuenta de vuestra avanzada de edad; idos por vida vuestra a dormir, sin tomaros la larga molestia de esperaros a que esos señores se levanten de la mesa, pues aquí me quedo yo hasta lo último para servir en todo a nuestros huéspedes». Amintas, que desde luego dio en que su hijo Alejandro, llevado del ardor de su juventud, podría pensar en obrar como quien era y como pedía su honor, replicole así: «Mucho será, hijo mío, que me engañe, pues leo en tus ojos encendidos y estoy viendo en esas tus cortadas palabras, que con la mira de intentar algún fracaso me pides que me retire. No, hijo mío; por Dios te pido que, si no quieres perdernos a todos, nada intentes contra esos hombres. Ahora importa sufrir disimulando, presenciar lo que no puede mirarse y coser los labios. Por lo que me pides, me retiro sin embargo, y quiero en ello complacerte».

XX. Después que Amintas, dados estos avisos, salió de la pieza, vuelto Alejandro a los persas: «Aquí tenéis, amigos, les dice, esas mujeres a vuestro talante, o bien queráis estar con todas ellas, o bien escoger las que mejor os parezcan; que esto pende de vuestro arbitrio. Entretanto, señores, lo mejor fuera, pues me parece hora de levantarnos de la mesa, mayormente viéndoos ya hartos de esas copas, que esas mujeres con vuestra buena gracia pasaran al baño, y luego de lavadas y aseadas, volvieran otra vez para haceros buena compañía». Dicho esto, a lo cual accedieron los persas con mucho gusto y aplauso, haciendo Alejandro que salieran las mujeres, las envió a su departamento particular. Él entretanto parte luego, y cuantas eran las mujeres, otros tantos donceles o mancebos escoge en palacio, todos sin pelo de barba; disfrázales con el mismo traje y gala de aquellas, les da a cada uno su daga, y los conduce dentro de la sala de los persas, a quienes al entrar con ellos habló en estos términos: «Paréceme, señores míos, que hemos hecho nuestro deber en daros un cumplido convite, al menos con cuanto teníamos a mano y con cuanto hemos podido hallar; con todo, digo, os hemos procurado regalar y servir como era razón. Mas para coronar la fiesta, queremos echar el resto: aquí os entregamos, a discreción y a todo vuestro placer, nuestras mismas madres y hermanas. Bien echaréis de ver en esto que sabemos serviros y queremos respetaros como pide vuestro valor, y con toda verdad podréis decir después al soberano, que el rey de Macedonia, príncipe griego, su feudatario y subalterno, os agasajó como correspondía en la mesa y en el lecho». Al hacer este cumplido, iba Alejandro con sus mancebos macedonios y hacía sentar uno disfrazado de mujer al lado de cada persa. Por abreviar, luego que los persas iban a abusar de dichos jóvenes, los cosían ellos con su daga.

XXI. Por fin concluyó la fiesta en que los persas, y toda la comitiva de sus criados, quedaron allí para no volver jamás, pues los carruajes que les habían seguido, los servidores con su bagaje y aparato entero, todo en un punto desapareció. No pasó mucho tiempo después de este atentado de Alejandro,[14] sin que los persas del ejército hiciesen las más vivas diligencias en busca de sus embajadores; pero el joven príncipe supo darse tan buena maña, que por medio de grandes sumas logró sobornar al persa Búbares, caudillo de los que venían en busca de los enviados, dándole asimismo por esposa a una princesa real hermana suya, por nombre Gigea. Así murieron los embajadores persas, y así se echó una losa encima de su muerte para que no se hablase más de ella.

XXII. Estos reyes macedonios, descendientes de Pérdicas,[15] pretenden ser griegos, y yo sé muy bien que realmente lo son; pero lo que insinúo aquí, lo haré después evidente con lo que referiré de propósito a su tiempo y lugar.[16] Además, es este ya asunto decidido por los presidentes de los juegos de Grecia que en Olimpia se celebran; porque, como deseoso Alejandro en cierta ocasión de concurrir a aquel público certamen, hubiese bajado a la arena con esta mira y pretensión, los aurigas sus competidores en la justa le quisieron excluir poniéndole tacha y diciendo que no eran aquellas fiestas para unos antagonistas bárbaros, sino únicamente para competidores griegos. Pero como probase Alejandro ser de origen argivo, fue declarado en juicio griego, y habiendo entrado en concurso con los demás en la carrera del estadio, su nombre salió el primero en el sorteo, juntamente con el de su antagonista.